Hay ciudades que viven de espaldas al paisaje y otras que parecen construidas para contemplarse. Roses pertenece claramente al segundo grupo. Asomada al Mediterráneo y abrazada por una de las bahías más bellas de la Costa Brava, la localidad ampurdanesa ha hecho del acto de mirarse una forma de identidad.
Desde el mar, desde los caminos costeros, desde sus fortalezas o desde las capas profundas de su historia, Roses se observa constantemente, orgullosa de lo que fue y de lo que todavía es.
No resulta casual que los griegos eligieran este rincón hace más de dos mil años. La antigua Rhode nació como refugio marítimo y enclave comercial en las rutas mediterráneas. Aquí encontraron abrigo para sus embarcaciones y un territorio fértil para el intercambio.
Aquella colonia griega dejó huellas que todavía hoy explican buena parte del carácter abierto y marinero de la ciudad. Incluso acuñó moneda propia, la conocida dracma de Roses, símbolo de una prosperidad temprana vinculada al mar.
Pero la historia de Roses comienza mucho antes. La ciudad también se contempla desde su pasado megalítico. El Dolmen de la Cobertella, construido alrededor del año 3000 a.C., sigue siendo uno de los más grandes de Cataluña. Entre pinos y caminos de piedra, este monumento funerario recuerda que la relación entre el ser humano y este paisaje viene de muy lejos.
La mirada histórica alcanza su máxima expresión en la Ciudadela de Roses, auténtico origen patrimonial del municipio. Bajo sus murallas conviven restos arqueológicos que abarcan desde el siglo IV a.C. hasta el siglo XX.
Allí aparecen los vestigios del barrio helenístico, estructuras visigóticas y tardo-romanas, el monasterio medieval y las huellas de las antiguas viviendas destruidas tras la militarización del recinto. Pasear por la ciudadela es recorrer, capa a capa, la biografía completa de Roses.
También el Castillo de la Trinitat funciona como un gran observatorio. Desde esta fortaleza defensiva del siglo XVI la ciudad se despliega en todas direcciones. Hacia el exterior, la bahía parece interminable. Hacia el interior, las calles blancas y el puerto recuerdan que Roses sigue viviendo de cara al Mediterráneo.
Porque el mar continúa siendo el gran espejo de la ciudad. Desde las playas de Santa Margarida, el Salatar, la Platja Nova o Palangrers, se contempla en aguas tranquilas y luminosas. Algunas playas son amplias y familiares; otras, pequeñas y pedregosas. Todas forman parte de una geografía litoral diversa que cambia de carácter a medida que se acerca al Parque Natural del Cap de Creus.
Allí el paisaje se vuelve abrupto y espectacular. El camí de Ronda serpentea junto a acantilados escarpados y calas escondidas de aguas transparentes. Cala Murtra, Rustella, Canadell o Jòncols muestran una Costa Brava más salvaje, donde el azul intenso del Mediterráneo domina el horizonte. Es un territorio especialmente apreciado por aficionados al snorkel y al submarinismo, atraídos por la claridad de sus fondos marinos.
Entre todas las calas destaca Montjoi, ligada para siempre a la revolución gastronómica impulsada por Ferran Adrià. Allí se encontraba elBulli, considerado durante años el mejor restaurante del mundo. Tras su cierre en 2011, el espacio renace como elBulli1846, un centro dedicado a la creatividad culinaria y a la memoria de aquella experiencia irrepetible.
La gastronomía sigue siendo, precisamente, otro de los reflejos en los que Roses se reconoce. Restaurantes como Sumac, Sodemar o Norat mantienen viva una cocina profundamente vinculada al producto del mar y a la tradición del “mar y montaña”.
La ciudad mira su pasado griego, sus piedras medievales, sus playas y su horizonte marítimo para entender quién es. Y en ese ejercicio constante de observación encuentra también la manera de seducir a quienes la visitan.
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