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Uribe pelea por su legado entre los escándalos

  • El presidente colombiano ve enturbiado su gestión por los escándalos
  • Se vuelca en la campaña para asegurar la victoria de su 'delfín'

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Uribe saluda durante la ceremonia de investidura de la presidenta de Costa Rica.
Uribe saluda durante la ceremonia de investidura de la presidenta de Costa Rica.

"¿Qué es lo que quiere el señor presidente? ¿Ahora tiene tiempo para nosotras? Nosotras no tenemos tiempo para él. Si quiere yo le puedo atender, pero después de las elecciones".

Detrás de las rejas de la Casa de Nariño, el palacio presidencial colombiano, Carmenza Gómez Romero, una mujer humilde de la depauperada localidad de Soacha, a las afueras de Bogotá, clamaba ante los periodistas a mediados del mes de febrero.

El motivo de su indignación: que solo dos años después de que se conociese el caso de las muertes de su hijo y los de otras quince madres de la localidad a manos del ejército por el escándalo de los "falsos positivos", el presidente Uribe quiso recibirlas.

La mayoría aceptó hacerse la foto con él, pero Carmenza y otras cuatro compañeras se negaron al considerar que el presidente del país las usaba por motivos electoralistas.

Reelección frustrada

Apenas quince días después, esos motivos se evaporaron: la Corte Suprema colombiana tumbaba cualquier posibilidad de reforma para que Uribe se presentase a un tercer mandato después de haber enmendado ya la Carta Magna para lograr el segundo.

De esta forma, se ponía fecha de caducidad a los ocho años de mandato del presidente Uribe, cuya reelección se daba por segura, con una popularidad del 80%. Ahora el 7 de agosto tendrá que pasar el relevo al ganador de los comicios, que celebran este domingo su primer vuelta.

Desde entonces se ha abierto la veda a la caída inesperada de su figura, que él ya daba como consagrada a la Historia del país por ser el hombre que logró atraer riqueza a Colombia y reducir al mínimo el poder de las FARC con el éxito de su política de 'seguridad demócratica'.

En las últimas semanas, las investigaciones periodísticas han desvelado una trama de espionaje ilegal de la policía secreta, que rinde cuentas directamente a Uribe, a destacados magistrados de la Corte Suprema de Colombia, que tenía que decidir el futuro del presidente, así como a opositores como el dirigente del Polo Democrático, Gustavo Petro.

Los 'falsos positivos'

El asunto llevará al presidente ante los tribunales, aunque solo sea para declarar como testigo, y es el último de una cadena de rupturas de la legalidad que tiene como caso más grave -y más significativo- los falsos positivos que denuncian Carmenza y otras madres de Soacha.

Su lucha se remonta a septiembre de 2008, cuando denunciaron ante la opinión pública la desaparición de 16 jóvenes, que luego aparecieron con uniformes de las FARC abatidos a tiros por los soldados cerca de la selva.

Con ellas empezó una cadena que no ha parado desde entonces: se calcula que hay hasta 2.000 casos de civiles muertos a manos de militares que los 'disfrazaron' de guerrilleros. El motivo era simplemente económico y radica en la propia política de Uribede fomentar las capturas de guerrilleros.

Pese a las medidas contra la impunidad de los militares anunciadas por el entonces ministro de Defensa y ahora candidato oficialista Santos, los resultados son insuficientes.

"La actual tasa de impunidad en relación con presuntas ejecuciones por parte de las fuerzas de seguridad, que llega hasta el 98,5% según fuentes creíbles, es demasiado alta", denuncia Philip Alson, relator especial de la ONU para las ejecuciones arbitrarias, que considera que persisten los "graves problemas" en relación con las políticas de seguridad del país..

"Aunque estos asesinatos no fueron cometidos como parte de una política oficial, encontré muchas unidades militares comprometidas con los llamados 'falsos positivos', en los cuales las víctimas eran asesinadas por militares, a menudo por beneficio o ganancia personal de los soldados", añade, para luego sentenciar: "Los soldados sabían que podían quedar impunes".

"Este tema ha generado un gran efecto en la sociedad colombiana, que considera que no se puede lograr la seguridad a cualquier precio", asegura el politólogo Pedro Medellín, que está siguiendo la campaña electoral colombiana.

Balance de gestión

Para él, si Uribe tuvo un mérito fue captar en 2002, cuando llegó al poder, que la población estaba cansada de las interminables negociaciones con las FARC y que quería una nueva política de seguridad.

Así, Uribe consiguió poner este asunto en el centro de la agenda pública, hacer retroceder a las FARC y darle importantes golpes como el rescate de Ingrid Betancourt.

"La Seguridad Democrática es una política de Estado, que por primera vez en Colombia fue prioridad absoluta del Gobierno", explica a Efe el director de la Fundación Seguridad y Democracia, Alfredo Rángel, para quien el mayor éxito está en "haberse ganado un inmenso apoyo de la población".

Durante el gobierno de Uribe, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) pasaron a tener de 18.000 a 6.000 combatientes; y en el caso del Ejército de Liberación Nacional (ELN) se redujeron a una quinta parte hasta los 500, al tiempo que se desmovilizaron 31.000 paramilitares, detalla.

En cuanto al narcotráfico, "Colombia, que producía el 90% de la cocaína a nivel mundial, hoy está produciendo el 50%", matiza.

El problema es que estos éxitos tienen su reverso; en el caso de la política de seguridad, las detenciones ilegales y la persistente inseguridad en las ciudades pese a la importante reducción de la criminalidad.

Personalismo

Más allá de eso, el legado de Uribe queda cautivo de una manera absolutamente personalista de entender la tarea de Gobierno, que ahora sufre su 'delfín' Santos: tras atraer para él multitud de apoyos cuando estaba en la cresta de la ola de la popularidad, Santos es el que sufre las consecuencias de los escándalos por haber sido parte de su Gobierno.

Por eso, en los estertores de la campaña, el presidente se vuelca en apoyar a su candidato pese a la neutralidad formal que se le exige su cargo. Eso sí, lo hace simplemente por la propia seguridad de su legado: "Yo soy el camino, no me cambiéis", ha proclamado.