El colapso sirio rompe el tablero de Oriente Medio

ALBERTO FERNÁNDEZALBERTO FERNÁNDEZ 

"Si Egipto es la cabeza del mundo árabe, Siria es su corazón". Esta sentencia bien conocida en Oriente Medio planeó durante buena parte de la histórica votación de la Liga Árabe que, desde la' cabeza' egipcia' atacaba directamente su corazón, contra el que impuso las primeras sanciones económicas contra un miembro en la historia de la organización.

La decisión, a la que se opusieron los pocos aliados que le quedan al régimen de Asad -el Líbano gobernado por un ejecutivo sostenido por Hizbulá y el Irak cada vez más controlado por su socio Irán-, suponía una ruptura simbólica de dimensiones aún mayores que el apoyo a la intervención extranjera en la guerra de Libia.

Tras la caída del Imperio Otomano, Siria fue la cuna de los grandes pensadores del panarabismo, así como la base que el rey Huseín de Jordania defendía para construir el gran estado árabe.

Allí también está el germen del Partido Baaz, una curiosa mezcla de nacionalismo árabe, marxismo y autoritarismo convertido en la herramienta con la que la familia Asad ha gobernado el país durante décadas.

Ahora, en una extraña cuadratura del círculo, la Liga Árabe se ha unido como nunca contra uno de sus miembros, aunque con sus contradicciones internas: el envío de los observadores árabes aceptados a regañadientes -y previa instrucción rusa- por Asad ha provocado dudas en toda la región y ha indignado a los opositores, que denuncian la "farsa" montada por el régimen.

Tras las sanciones árabes Turquía, uno de los principales socios comerciales del régimen, hacía lo propio tras pedir directamente la salida del presidente sirio, Bachar el Asad.

La clave: la burguesía suní

Esta asfixia económica coordinada, unida a las sanciones ya aprobadas y ampliadas por la Unión Europea y Estados Unidos, amenazan con hacer colapsar desde dentro al régimen más de ocho meses después del inicio de las protestas, cuya represión se ha cobrado ya más de 5.000 víctimas, según los últimos datos publicados por la ONU.

Aunque las noticias cada día hablan de muertos en las regiones de Homs, Hama e Idlib, en el centro y el norte del país, así como en Deráa, ciudad fronteriza del sur donde nació la revuelta, el futuro real del régimen de Asad no se juega allí sino en los círculos económicos de la élite suní, situados en Damasco, la capital, y Aleppo, la ciudad más poblada.

"Hay gente que está empezando a hacer cuentas sobre lo que les cuesta el régimen para dejarle caer", señala Félix Arteaga, experto del Real Instituto Elcano.

Arteaga considera que si las sanciones coordinadas terminan haciendo que cierren los negocios de esta burguesía que hasta ahora ha permanecido apática o ha apoyado al régimen, todo el sistema se derrumbará por sí mismo, porque no habrá dinero para mantener el clientelismo en torno al que ha construido su poder la familia Asad.

"Hasta ahora se han quedado al margen al no financiar a la oposición, no animar las protestas, no salir a las calles o no cerrando sus negocios o participando en huelgas generales", recuerda el experto del Council of Foreign Relations, Mohamad Bazzi, en una entrevista reciente publicada por el think tank estadounidense.

Tras esta burguesía se pondría a la cabeza de una mayoría también hasta ahora silenciosa -urbana y suní, fundamentalmente- que está viendo cómo empieza a haber problemas para lograr petróleo para calentar las casas, la comida se hace más y más cara y los cortes de luz se hacen generalizados, según estima Bazzi.

Irak y Líbano: el eje de cercania

Con todo, el proceso degenerativo que lleve la situación del país a un punto de no retorno aún no ha llegado y es poco probable que se produzca a corto plazo, ya que las sanciones de Liga Árabe no serán aplicadas ni por Líbano ni por Irak, que coparon las exportaciones del régimen el año pasado.

Estos dos países fronterizos conforman, junto a Jordania -con lazos con Estados Unidos y con Arabia Saudí y que ya ha condenado al régimen sirio-  el primer círculo de las profundas implicaciones regionales de la crisis siria, la principal diferencia con lo ocurrido en Libia según el analista Anthony Skinner, de la consultora británica Maplecroft.

"El problema del conflicto en Siria es que es mucho más difícil de contener de lo que vimos en Libia. Tiene muchas más amplias implicaciones regionales que han sido ignoradas", defendía en declaraciones a Reuters.

El principal país que recibió las exportaciones de Siria es Irak, que ve cómo tras la salida definitiva de los soldados de Estados Unidos del país crece la influencia de Irán, a través de los socios de gobierno que necesita para seguir al frente del país el primer ministro, Nuri al Maliki.

Pero por ahora el salvavidas para la economía siria y para los Asad pueden ser los bancos libaneses, que cuentan con una de las legislaciones de secreto bancario más estrictas de la región y que ya tiene importantes fondos procedentes de Siria.

"Los sirios solo tendrán a los bancos libaneses para tomar el riesgo de sus operaciones y Líbano será el conducto financiero de Siria", declaraba a Reuters el economista jordano y exbanquero Mifleh Aqel.

Tras estos intereses económicos está el evidente lazo político e histórico de Líbano con Siria, hasta el punto de que en el país libanés las coaliciones de gobierno se articulan entre prosirias y antisirias.

Hasta hace unos meses, una coalición teóricamente antisiria presidida por Rafic Hariri presidía el país. Ahora lo hace otra impulsada por Hizbulá, la guerrilla chií tercera pata del eje formado por Siria e Irán y que ha ofrecido un apoyo total al régimen de Asad.

En realidad, para la milicia dominada por el jeque Nasralá, como señala un informe reciente sobre la situación del país del International Crisis Group (ICG), el apoyo a Asad es también una cuestión de supervivencia: si la mayoría suní derroca al régimen sirio, los suníes libaneses se verán tentados de hacer lo mismo contra Hizbulá, el mayor actor político de Líbano.

Irán y Arabia Saudí: el eje sectario

Tanto Irak como Hizbulá tienen en común que están dirigidos por chiíes, al igual que Irán, la principal potencia chií que a su vez es el principal socio internacional de Asad.

Éste, por su parte, gobierna el país gracias fundamentalmente al apoyo fiel de la minoría chií alauita, lo que da un complemento sectario y estratégico perfecto a la postura de Bagdad.

Ante el escenario generalizado de las revueltas, Irán y Arabia Saudí, que ostenta el liderazgo suní, han decidido jugar sus propias cartas para tratar de ganar peso regional.

En el primer caso, el país de los ayatolás ve en la salida de Estados Unidos de Irak una posibilidad de fortalecer su postura y ha apoyado la caída de dictadores árabes considerados enemigos, como Mubarak, así como el levantamiento de las minorías chíes contra las monarquías absolutas del Golfo Pérsico.

El caso de Arabia Saudí es justo el opuesto: ha reprimido las protestas cuando han afectado a sus socios -véase el caso de Baréin- pero ha apoyado la caída de antiguos enemigos como Gadafi.

Por lo que respecta a Siria, tras un intento baldío de negociación, ha impulsado su condena en la Liga Árabe y juega la carta suní para ganar influencia en un país clave en el mundo árabe.

Como señala el informe del ICG, uno de los éxitos del régimen de Asad durante las revueltas ha sido el de ligar directamente su suerte a la de la comunidad alauita, que representa en torno a un 15% de la población, y que ha dominado el país frente a la mayoría suní.

"A los alauitas les han metido en la cabeza que los van a matar y empieza a pasar como en Libia, que se producen ajustes de cuentas. Hay paramilitarización en ambos lados", relata Arteaga, que detalla que en algunas zonas de Homs estas guerrillas se secuentran y se contrasecuestran.

Un posible avance de la creciente resistencia armada dentro del régimen haría que los alauitas huyesen a sus feudos y se iniciase una dinamica similar a la que cerró la guerra de Libia con los últimos bastiones de Gadafi, advierte el ICG.

En este ámbito, tienen especial importancia los shabbiha, civiles extremistas próximos a Asad que se desplazan en una especie de Mercedes llamado shabah (fantasma) y que con el desmembramiento del régimen se han convertido en verdaderas bandas crIminales y sus líderes locales en una especie de señores de la guerra.

"A medida que la represión ha escalado en los ultimos meses, muchos sirios han pasado de culpar a una serie de elementos del régimen a culpar al régimen en su conjunto y, finalmente, culpar a la comunidad alauita", resume la situación el ICC.

Ante esta situación, el peligro de que el conflicto sirio se convierta en realidad en una lucha a gran escala de suníes y chiíes fue evocado por el presidente turco, Abdalá Gül, y se intuye ante la creciente hostilidad de los suníes hacia los alauitas.

Turquía y los países árabes: el eje regional

Las palabras de Gül tampoco son desinteresadas: Turquía ha visto cómo el conflicto en Siria ha pasado ser la molesta revuelta contra un estrecho aliado -Asad era incluso amigo personal del primer ministro turco, Racep Tayyip Erdogan- a una oportunidad para ampliar su influencia regional y extender su modelo político, basado en un islamismo moderado y democrático, encarnado en el propio partido de Gül y Erdogan.

En una escalada dialéctica, Erdogan  ha pedido a Asad que se vaya, le ha llegado a comparar con Hitler y Mussolini y le ha impuesto sanciones económicas.

Mientras tanto, ha dado cobijo al desertor Ejército Libre Turco y a las reuniones del Consejo Nacional Sirio (CNS), el principal órgano en el exilio, patrocinando incluso una reunión entre ambas partes.

Además, no ha descartado establecer una zona tapón en el norte de Siria para proteger a los refugiados, algo que incluso le han pedido los manifestantes en Siria el pasado viernes, que bautizaron en una de sus protestas habituales tras la oración como el "Viernes de la zona tapón".

Para Arteaga, "no es necesario que Turquía se arrogue ese papel", que además le podría granjear problemas con Irak teniendo en cuenta el problema común que tienen en el Kurdistán.

"No está claro si los turcos van a permitir que se use su territorio para ataques a gran escala sobre el terreno contra el régimen sirio", señala Bazzi, que cree que los turcos temen la respuesta que puede tener un régimen herido como el de Asad.

Turquía ha estado en pública colaboración e íntima competencia con la Liga Árabe, que ha desarrollado una intensa actividad diplomática, hasta el punto de trazar un plan de paz que ha sido asumido por la comunidad internacional como eje para una posible solución del conflicto.

En un giro dramático, Asad aceptó finalmente la presencia de observadores árabes, con el objetivo también de que su principal socio externo más allá de Irán, Rusia, ganase tiempo ante la presión de Occidente para aprobar una resolución ante el Consejo de Seguridad que condene a Siria, algo que ya ha vetado en múltiples ocasiones.

Y es que, en última instancia, la cuestión siria puede convertirse en un reflejo del vacío de poder creado ante la reticencia de las potencias occidentales, con Estados Unidos a la cabeza, de tener intervención alguna en el avispero sirio, temerosos de las consecuencias que puede tener para Israel una respuesta a la desesperada de Hizbulá.

"Estados Unidos e Israel probablemente buscarán definir la política exterior Siria. Turquía buscará contener las aspiraciones autonomistas kurdas y podría promover a los Hermanos Musulmanes Sirios. Arabia Saudí podría apoyar a corrientes de inspiración salafista. Irán, pero también Irak, podrían estar tentados de jugar la carta aluita para frustrar la emergencia de una política dominio suní", resume la situación el ICG.

"La naturaleza aborrece el vacío...y lo quieren cubrir las potencias emergentes", recuerda Thomas Barnett, de la consultora Wikistrat.

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