Un mapa incluye muchas geografías. El de Brasil, por ejemplo, puede mostrar el circuito más conocido: el del turismo, la caipirinha, el carnaval y la "bosa nova"; el de una sociedad opulenta que se permite el lujo de ser la segunda compradora de Ferraris en el mundo; el de una economía boyante; el de uno de los ecosistemas más ricos del mundo. Pero, como todos, Brasil alberga también una geografía más oculta, poco conocida: la de la exclusión, la de los desposeídos, la de la lucha por la tierra, la de la búsqueda angustiosa de un trabajo, la del trabajo esclavo.
Ni Açailândia, en el sur del estado de Maranhâo, ni Marabá, en el vecino estado de Pará no figura en ningún recorrido turístico. Son ciudades jóvenes, nacidas al calor de la explotación minera y de la expansión del agronegocio. Sus alrededores son un paisaje reciente, consecuencia de la tala y quema de la Amazonía. Lo que, hasta hace poco más de 30 años, era selva virgen ahora lo ocupan inmensas haciendas. Sus mercados son internacionales, los beneficios millonarios y los sueldos de los peones cumplen también la media internacional de ser escasos y, en algunos casos inexistentes. Y aquí comienza un problema tan viejo como la humanidad y tan actual como la economía global. Los excluidos, como siempre, son además víctimas la explotación extrema.
Muchas veces se han alzando en Brasil contra el trabajo esclavo. Desde Pedro Casaldáliga, en 1971, como obispo de Saô Feliz de Araguaia hasta organizaciones como la Comisión Pastoral de la Tierra, el Centro de Defensa de la Vida y los Derechos Humanos de Açailândia o Reporter Brasil.
La denuncia topa muchas barreras e, irónicamente, los propios afectados suelen ser la primera. Caio Cavechini, coordirector de un premiado documental sobre el trabajo esclavo, titulado "Correntes" ('Cadenas), nos comentaba que, durante el rodaje, lo que más le llamó la atención era el silencio y la reticencia de las propias víctimas. Pensaban que lo más difícil sería hablar con los hacendados, con los "gatos" (los intermediarios del negocio del trabajo esclavo), pero no, lo más difícil fue hablar con los trabajadores esclavizados. Para muchos de ellos, el silencio y la opresión son elementos consustanciales de sus propias vidas y las condiciones del trabajo esclavo no llaman especialmente la atención. Ignoraban que lo que ellos sufrían y sufren se llama "esclavitud" y que ésta está penada desde hace más de un siglo y que hoy se considera, al menos en teoría, un crimen y una violación de los derechos humanos más elementales. Frente a su silencio, los patrones, los "fazendeiros" alegan que estas condiciones forman parte de la "cultura" de la zona y pretenden la legitimidad de la costumbre. Olvidan que un crimen nunca es "cultura", sino barbarie.
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