Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, la CIA amplió su papel operativo, consolidándose como una organización con capacidades paramilitares...
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13/09/2026 01:31:20Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, la CIA amplió su papel operativo, consolidándose como una organización con capacidades paramilitares...
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13/09/2026 01:31:20Disponible hasta: 13-10-2026 01:45:00
Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, la CIA amplió de forma significativa su papel operativo, consolidándose como una organización con capacidades paramilitares de alcance global, autorizada para capturar, interrogar e incluso eliminar objetivos considerados terroristas. Durante más de dos décadas, operaciones clandestinas, decisiones políticas y estrategias cada vez más controvertidas marcaron un conflicto cuyas consecuencias siguen definiendo el equilibrio geopolítico mundial.
Tras los atentados, el presidente George W. Bush lanzó la denominada «guerra contra el terrorismo» una estrategia orientada a combatir a Al Qaeda y otros grupos extremistas. Como primera respuesta, Estados Unidos inició una intervención militar en Afganistán con el objetivo de desmantelar las bases de Al Qaeda y derrocar al régimen talibán, que daba refugio a la organización. La CIA tomó el control mediante la Operación Jawbreaker y, pocos días después de los atentados, agentes secretos se infiltraron en el país armados con fusiles Kaláshnikov y maletas repletas de millones de dólares. Poco después, la atención de la Casa Blanca se trasladó a Irak. La invasión se sustentó en informaciones sobre la existencia de armas de destrucción masiva que posteriormente fueron desacreditadas, desencadenando una profunda crisis de credibilidad, fuertes tensiones internas y uno de los episodios más controvertidos de la historia reciente de la CIA.
La caída de Sadam Husein abrió un largo periodo de inestabilidad en Irak. La disolución de las estructuras del Estado y del ejército iraquí dejó sin empleo a cientos de miles de funcionarios y militares, muchos de ellos aún armados, lo que alimentó la insurgencia y agravó el deterioro de la seguridad. En ese escenario, Al Qaeda encontró un nuevo espacio para reorganizarse, reforzar su presencia y ampliar su capacidad de actuación, alimentando una nueva fase de la «guerra contra el terrorismo».