Toño Pérez recuerda 50 años junto a su pareja: "Nunca estuvimos dentro del armario"
- El chef de Atrio habla con Mercedes Milá de su relación, su cocina de raíces y el valor de quedarse en el territorio
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Hay historias que pesan más cuando se cuentan sin darles demasiada importancia. En su visita a Me meto en un jardín, Toño Pérez habla con Mercedes Milá de sus raíces, su cocina; de José, su pareja desde hace casi 50 años y de Atrio, el proyecto de vida que Toño Pérez y José Polo han levantado en Cáceres, un restaurante con tres estrellas Michelin situado en pleno casco histórico, donde la cocina de vanguardia convive con el respeto por la tradición y el producto extremeño.
Uno de los momentos más personales llega cuando el chef recuerda su historia con José. Lo hace con humor, sin convertirlo en una gran escena. "Yo nunca he estado dentro del armario", cuenta.
Ambos se conocieron muy jóvenes, con 14 o 15 años. Toño era Pérez y José, Polo, así que se sentaban muy cerca. "José me tiraba los tejos", recuerda entre risas. Venían de mundos muy distintos: Toño, de una familia tradicional y católica; José, de Juventudes Comunistas. Después, incluso hicieron la mili juntos y, por sus apellidos, acabaron durmiendo en la misma litera. "Él tenía el 186 y yo el 187. Imagínate, maravilloso".
Una relación contada sin solemnidad
Mercedes Milá subraya algo importante de su historia: no siempre ha sido fácil vivir una relación homosexual con esa libertad en este país. Toño, sin embargo, asegura que ellos siempre se sintieron respetados y queridos. "Todo el mundo sabía que éramos pareja. No pasaba nada", dice.
Atrio, memoria y alta cocina
En Atrio, las raíces son muy importantes en la cocina. Toño define su propuesta como una cocina basada en el territorio, los productos y la memoria. Uno de los ejemplos más claros es la sopa de tomate de su madre, que él transforma en un bocado que se puede coger con los dedos.
"Los clientes me lloran con ese bocado", explica. Para él, la emoción está precisamente ahí: en convertir algo familiar en alta cocina sin borrar de dónde viene. Hacerlo más bonito, más amable a los ojos, pero manteniendo su esencia.
La misma mirada aparece en su jardín de macetas. Como no podía plantar directamente por las instalaciones del edificio, decidió crear una escenografía vegetal inspirada en las señoras de los pueblos que sacaban sus mejores macetas a la puerta.
Una casa que decidió quedarse
Para Toño, Atrio no es solo un restaurante. Es una casa y una familia. Hay empleados que abrieron con ellos hace 40 años y siguen allí. Tuvieron oportunidades en Madrid, Barcelona, Nueva York y otros lugares, pero decidieron quedarse en Cáceres.
"Este territorio nos lo ha dado todo", dice. Por eso siente que ahora les toca devolver parte de lo recibido. Para Toño, los pueblos y los territorios solo se mantienen a través de la cultura y la formación.
José también aparece en esa forma de entender el proyecto, incluso desde el humor. Al hablar de la bodega, una de las señas de identidad de Atrio, cuenta que han hecho limpiezas energéticas para mantener la calidad y ambiente del lugar. "Yo no creo en nada, pero por si acaso", admite. Y remata: energía hay, porque basta con meter los dedos en un enchufe.
Lo que queda al final no es solo una lección de cocina ni una historia de éxito. Es la impresión de alguien que ha hecho de la constancia una forma de vivir: trabajar lo cotidiano hasta convertirlo en algo extraordinario y seguir mirando su propia casa con la curiosidad de quien todavía no la da por terminada.