Es la historia de una venganza que no arregla nada. Y además hay que situarla bien: “Las Coéforas” es la segunda tragedia de la Orestíada de Esquilo, justo entre “Agamenón” y “Las Euménides”. Es decir, estamos en medio de una historia que todavía no ha terminado.
Arranca en una tumba. Orestes vuelve del exilio y no entra en palacio: va directo a hablar con su padre muerto. Porque todo sigue girando en torno a ese crimen. Allí aparece su hermana Electra, rota, sometida, y juntos pasan del lamento a la acción: hay que vengar a Agamenón.
El plan es simple y brutal: Orestes finge su propia muerte, dice que trae noticias de Orestes, consigue entrar en el palacio, mata a Egisto, el amante de su madre… y luego llega lo verdaderamente terrible: su madre, Clitemnestra.
Ahí Esquilo aprieta de verdad Porque ya no es solo una venganza, es un matricidio. Orestes duda, pero ejecuta la venganza. Y en ese mismo instante todo se vuelve en su contra: aparecen las Erinias, la culpa, la persecución.
Y ese es el golpe de genio: la venganza no cierra nada, solo abre otra herida. Por eso la historia no termina aquí. Tiene que continuar porque el problema sigue sin resolverse.
Como no hay nada más moderno que los clásicos grecolatinos les ponemos música actual. La banda sonora de “Las Coéforas” está formada por “Interstellar” de Hans Zimmer; “On the Nature of Daylight” de Max Richter; el Cuarteto nº 8 de Shostakovich; “Carmina Burana” de Carl Orff y “Hurt” de Johnny Cash.
La imagen corresponde al cuadro “Orestes acosado por las Erinias después del asesinato de Clitemnestra”, David Scott (1806-1849)