París arde. No solo en sus calles… también en su arte. A finales del siglo XIX, Europa cambia: nacen nuevas ideas y la bohemia. La música deja de imponerse para empezar a sugerir. Desde la solemnidad de Gounod hasta la ironía de Saint-Saëns, la orquesta aprende a describir y jugar. Con Dukas, la música se vuelve narración: El aprendiz de brujo no se escucha… se ve. Después, Fauré insinúa, Debussy rompe y Ravel ordena. La música se hace ambigua, sensorial: ya no camina, flota. Y cuando todo parece medido, Satie lo desmonta, reduciéndolo a lo esencial. Desde ese París convulso nace una nueva forma de escuchar: una música que inspira y que duda, pero que no impone. Una música que, desde entonces, ya no volverá a ser la misma. Y nosotros… tampoco.