Los primeros días de todo nuevo año son días de recapitulación a modo de diario o memorándum, un echar cuentas del tiempo pasado. La conciencia de la muerte y por ende de la vida se acentúa más en días festivos, en días familiares y por supuesto en días que nos recuerdan mucho más el calendario, su pasar, esa extraña numerología cuantitativa que cada vez tiene que ver menos con el tiempo, pero sí con la percepción que tenemos de él. Tomar conciencia del tiempo nos lleva irremediablemente a pensar en la vida y en la muerte, no solo en su estado elemental sino el preguntarnos qué suponen esos dos términos en nuestro devenir mundano y cotidiano. En época de pandemia, las muertes contadas son parte del noticiario, de ese llover que en muchas ocasiones se escucha lejos pero que nos sigue perturbando y nos alienta a seguir pensando el porqué de nuestra existencia. Una pregunta que hoy y por diferentes razones sigue siendo trascendental para muchos seres que deciden abandonar este mundo por no haber encontrado una respuesta válida a sus necesidades. Sí, hablo de uno de los términos tabú que tenemos en nuestro lenguaje, el suicidio.