La mayoría de nosotros damos por hecho que la muerte es el fin de la conciencia. Pero ¿alguna vez te has preguntado por qué pensamos así? ¿Cómo hemos llegado a esta conclusión, que muchos afirman tajantemente con tanta seguridad? Así comienza su sección "Pensemos fuerte" Enric F. Gel esta semana. Dice Gel que la mente, la conciencia, los recuerdos o la personalida dependen estrechamente del cuerpo es algo que hemos sabido desde siempre. ¿Por qué ahora -pregunta el filósofo catalán- tendemos a interpretar estos mismos datos como prueba definitiva de que la conciencia se extingue con el cuerpo? "Pues esto es lo que se me ocurre: la diferencia no está en la evidencia, está en la cosmovisión", señala Enric.
¿Qué ocurre si cambiamos esa cosmovisión, si nos quitamos esas gafas? Tomemos una propuesta, la del filósofo y psicólogo estadounidense William James quien, a finales del s. XIX, impartió dio una conferencia titulada “Human Immortality”, donde aborda esta cuestión. La pregunta importante es: cuando el cerebro muere, ¿la conciencia desaparece? Pues no necesariamente, va a decir James. Eso va a depender del tipo de relación de dependencia que haya entre el cerebro y la mente. Si el cerebro es un órgano productivo, si produce la conciencia, pues entonces sí, cuando deje de funcionar. Enric nos pone ejemplos prácticos para entenderlo: un prisma o un transistor. Y va argumentando siguiendo el hilo de James. Y al final resulta, según Gel, que el gran argumento a favor de la conclusión de que la muerte es el final en verdad no es tan sólido como parece.