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No recomendado para menores de 12 años Versión española - La playa de los ahogados (coloquio) - ver ahora
Transcripción completa

"Hasta que suba la marea", así queda cerrado este caso.

Caldas y Arias conversan amigablemente.

Ambos saben que el mar, testigo de todo,

acabará borrando la huella de los muertos

y guardará para siempre en su seno la memoria de los vivos.

Aquí seguimos con nuestros invitados de la noche.

Domingo Villar, buenas noches de nuevo.

Buenas noches. Autor de la novela

"La playa de los ahogados",

en la que está basada la película de hoy,

y coguionista junto a Felipe Vega

de esta película que ha dirigido Gerardo Herrero,

como decíamos al principio.

Y acompañado de compañeros escritores también

de novela negra: Arantza Portabales y Pedro Feijoo.

Arantza, buenas noches de nuevo.

Pedro, buenas noches otra vez.

Pues vamos a empezar por los personajes, por ejemplo,

porque, como espectador, como lector, te cuesta a veces,

cuando tú amas un texto literario,

ver que se ha convertido

en un personaje y que tus imágenes literarias

pasan al cine. ¿Como autor cómo se vive eso, Domingo?

También de una manera parecida,

porque el oficio del lector, que yo creo que es un oficio,

consiste en aportar tu fantasía

y rellenar los espacios que ha dejado el autor literario

y tú tienes que convertir la historia en tuya.

Por eso es tan difícil que, cuando lees una novela

que te ha gustado, la adaptación te guste,

porque es muy difícil que alguien compita con tu fantasía.

¿Reconoces tu "Playa de los ahogados"

en la película de Gerardo Herrero

y a tu Leo Caldas? A mi Leo Caldas sí.

La película tiene una particularidad

y es que "La playa de los ahogados"

es una novela extensa, son 460 páginas, y, claro,

para reducirlas al metraje convencional

de una película obliga a dejar muchas cosas fuera.

Entonces "La playa de los ahogados",

la película, sí recoge toda la trama que sucede

en la novela. A lo que no da tiempo es

a que recoja todas las actuaciones periféricas,

todos los aledaños de la trama policiaca.

¿Y qué me dice s de los personajes, los reconoces?

Sí. Porque Leo Caldas, además, es

un personaje muy querido para ti.

Sí, es curioso, además, Carmelo Gómez iba a hacer de Estévez

en principio. Es un tipo corpulento, grande.

En las novelas, es más grande Estévez que Caldas.

Aquí Carmelo es más tiarrón que Antonio,

aunque Antonio es un actor corpulento también.

Pero, fíjate, lo veo y no me resulta...

No noto ninguna distorsión. Lo veo con naturalidad. Se ve

que son muy buenos actores los dos. (RÍE) Son muy buenos actores todos,

porque realmente hay un plantel de actores maravillosos.

Sí, la panoplia de secundarios es excelente.

¿Verdad? Es que en Galicia hay

una materia prima actoral maravillosa.

Estupenda. Es cierto eso.

Sí es verdad

¿Puedo preguntar a qué viene este interés

después de tanto tiempo?

# La marea # me dejó arenas de plata. #

¿Qué es lo que más os gusta de la adaptación y a qué cosas

pensáis que el cine no llega?

Como te decía antes, para mí, "a priori",

es una alegría que exista esta película.

Luego está un poco lo que decía Domingo,

que es verdad, sobre todo, cuando te lanzas de tal manera

a la lectura y te atrapa esta historia,

es inevitable no hacerte tu propia composición de lugar.

Cuando de repente representas en el teatro

o en el cine un personaje, siempre hay alguien que te dice:

"Bueno, la peli me ha gustado mucho,

pero este Leo o este Simón no es así, ¿eh?".

Me hace mucha gracia cuando el lector le dice al autor:

"No es así".

Eso es fantástico. Ay, qué maravilla.

Eso es precioso. Porque de repente

tu personaje, tu texto, tu historia ya no es tuya.

Es mía. Pasa a ser tuya.

Es mía. Es mía.

Esta es magia que dejan. Yo siempre lo digo cada vez

que publico un libro y lo cuelgo en redes:

"Ya han dejado de ser míos, ahora son vuestros".

Tú tienes en la calle ahora una novela: "Belleza roja".

Sí. Estoy contentísima con ella.

Novela negra. Una novela negra,

yo diría casi policial, un poco que podríamos hablar...

-Sí, con enigma. -Con enigma y resolución

y, sobre todo, yo creo que sí que comparto con Domingo

lo que nos gusta recrearnos en analizar la psicología humana.

Yo dibujo muy mal geografía sobre el papel,

pero transito muy bien

por los sentimientos humanos o por lo menos me siento cómoda.

Háblame de la adaptación.

¿Qué significa adaptar tu propia novela al cine

y cómo es ese proceso? Eres coguionista junto a Felipe Vega

de tu propia novela.

Es una experiencia muy extraña,

porque escribir literatura es contar

lo que le pasa a la gente por dentro.

Tú cuentas lo que un personaje teme, lo que siente, lo que desea,

lo que sueña, lo que añora, lo que le impregna, lo que huele,

envuelves en algo que está dentro del personaje.

En cambio, escribir cine es contar lo que le pasa a la gente por fuera.

Tú no puedes decir: "El actor entra recordando

los días felices".

Eso sería lo que el director transmite

al actor para que el actor pueda contarlo.

Exactamente. Pero en el guion tú cuentas lo que le pasa a la gente

por fuera, lo que hacen y lo que dicen.

Y la aproximación es completamente distinta.

Sucede lo mismo al escribir teatro también.

Tú cuentas lo que hacen y lo que dicen

y, cuando lees teatro, lees lo que hacen y lo que dicen

y luego ahí está la magia. Por eso es tan difícil ser actor

y tan difícil ser actor bueno. Hay que transmitir lo que le pasa

por dentro a partir de lo que hacen y lo que dicen.

En cambio, la novela es contar lo que hay dentro.

Es curioso. Parecen profesiones hermanas,

pero no están tan próximas

como alguien podría creer.

Leo Caldas es un personaje estupendo, es

un chico taimado adicto al trabajo

con permanente crisis personal.

Es un acierto enorme también el personaje de Rafael Estévez,

que es su fiel escudero con un carácter muy distinto,

y hace de contrapunto absolutamente compatible.

¿Usted qué cree?

Pero esto es lo de siempre.

Aquí la gente abre la boca para no decir nada.

Y, a través de sus ojos, de este personaje, vemos

toda la extrañeza del carácter gallego

del que quiero que me habléis.

"Aquí la gente abre la boca para no decir nada"

o "disculpe, pero a veces se me olvida

a que usted es uno de ellos". Vosotros sois uno de ellos, ¿no?

Pues habladme de ese carácter. ¿Cómo definiríais ese carácter

que es tan particular? ¿Dónde está lo particular,

lo diferente?

Yo creo que es una cuestión meteorológica.

(RÍE) Creo que es cosa del tiempo,

porque, como todo el mundo sabe, en Galicia llueve tanto y hace frío,

vamos todo el tiempo así,

con cara de sospechar, estamos sospechando todo el día.

No, no, no sé, no...

No soy tan consciente de esos rasgos tampoco,

de esta cosa tan identitaria. No sé.

Estaba pensando ahora, por ejemplo, en esto

de este juego de Leo y de Rafa,

que a mí me recuerda un poco al juego de Holmes y Watson.

Total.

Yo creo que, si funcionó tan bien,

de hecho, en su momento era precisamente por eso,

porque eran formas que, de un modo más o menos,

en nuestro subconsciente estaban ahí, pero faltaba un poco

normalizarlo, hacerlo normal en nuestro espacio.

El gallego no se sabe si sube o si baja

y en esta novela se ve muchas veces, cuando le preguntan...

Leo va preguntando y las respuestas son "será".

que nunca responden. "¿Sabe usted si estaba?

-Estaría". Nunca responden los personajes

contundentemente. -Responder, responden.

-Responden, sí, pero...

-La cuestión es si el que mira desde fuera

es capaz de desentrañar esa respuesta

que no es exactamente directa, sino que se mueve en ambigüedades.

-Claro, dice Pedro que no es consciente.

Yo, que he vivido muchos años fuera,

aunque soy hija de gallegos, sí soy consciente de esa particularidad

de nuestra forma de ser que yo también tengo

y, sobre todo... El otro día en una campaña publicitaria ya

dijeron algo que acabas de decir:

"Hemos conseguido que el ser desconfiado mole".

(RÍE)

Sobre todo, porque es muy práctico al final.

Al final va a ser práctico.

No...

Somos desconfiados, pero somos tremendamente abiertos.

-Y afectivos y amables. Sí encuentro que hay una identidad,

al contrario de lo que dices tú,

sí veo una identidad. Y, cuanto más lejos estoy,

más próxima la veo, pero la veo en Galicia

y la veo en los gallegos de Buenos Aires

y en los gallegos de La Habana

y en los gallegos de Suiza. Y no sé qué es, no es algo político,

es algo que tiene que ver con una forma de ver el mundo,

que tiene que ver con la retranca.

-Claro. -Que tiene que ver

con mirar la tierra con cierta añoranza,

con dar valor a cosas pequeñas,

con la familia, con la mesa, con celebrarlo todo pimplando

y comiendo. -Efectivamente, sí, sí.

Pero es que a eso me refería, de hecho, hablaba antes del tiempo

cuando en realidad estoy pensando todo lo contrario

porque, de hecho...

(RÍE) Uno de los secretos mejor guardados

de Galicia... -Hace un tiempo maravilloso.

-Un tiempo estupendo. Sobre todo, últimamente.

No queremos contarlo mucho, que sigan yendo a Benidorm.

Un saludo, Benidorm.

-Y para mí es un as en la manga.

Cuando escribo, tengo a Estévez, que es de fuera, pregunta las cosas,

las costumbres, cómo funciona una nasa,

cómo son las artes de pesca, por qué el tiempo es de una manera

o el que se admira cuando hay un paisaje

o una puesta de sol. Los que estamos allí

y lo vivimos todo de manera diaria

ya no tenemos esa sorpresa ante una puesta de sol

y no nos maravilla un cielo violeta encima del mar.

-Exacto. -Pero así,

mientras los otros personajes le van contando lo que no entiende,

puedo contar cómo es mi tierra

porque ellos se lo cuentan a Estévez.

Tú has escrito mucho sobre Vigo,

especialmente sobre Vigo, que es vuestra ciudad natal.

¿Qué tiene Vigo?

Para mí es una cuestión de una deuda pendiente de memoria.

Yo vengo de...

Soy nieto de Manuel de la Fuente, era un periodista muy muy conocido

en Galicia y especialmente en Vigo,

que fue uno de aquellos nombres que a finales de los 70, los 80

y hasta bien entrados los 90

se encargaron de recuperar la memoria de la ciudad y del país.

Os hablo de una época en la que todo tuvo

que crecer muy rápido,

la ciudad también, y solo se miraba hacia delante

y hacia hoy y nos olvidábamos un poco de ver de dónde veníamos.

Yo pasé...

Era mi abuelo, crecí en buena parte con él.

Y, cuando mis amigos estaban jugando a la pelota

en la calle o lo que fuera,

yo estaba acompañándolo a registros,

al Registro Civil, al archivo,

a la biblioteca municipal. De repente recuerdo la alegría,

por ejemplo, cuando encontró los registros del Hotel Continental

donde se demostraba que Matahari había estado alojada varias veces

en el año 16,

creo, en Vigo. Aquello era un motivo de celebración en casa.

Cuando escribí "Los hijos del mar",

todas aquellas historias de los galeones, de Rande

y de todo eso me las contaba él. Crecer con eso

y, sobre todo, con la sensación de:

"Presta atención aquí porque esto vale mucho

y hay que contarlo, hay que compartirlo".

Antes tú decía esto de: "Los diálogos entre Rafa y Leo

te permiten al lector hablar de tu país".

Yo hago exactamente lo mismo.

Mis novelas son pretextos, son excusas para compartir

esa memoria, compartir ese espacio, esa identidad, contigo.

-¿Sabes qué pasa también?

Que, cuando alguien se enfrenta a escribir

una historia policiaca

y si un autor no conoce un lugar

y cerrase los ojos y dijese:

"Voy a buscar un escenario para una novela negra"

y probablemente habría un territorio sinuoso,

probablemente habría playas,

habría islas, habría zonas de acantilados,,

habría un mar batido, habría un mar tranquilo,

se comería bien, habría un puerto por el que pudiese entrar

cualquier mercancía, habría una frontera cercana.

En fin, cuando abriese los ojos,

se encontraría Vigo o alguna otra ciudad

de las poblaciones costeras de Galicia bastante identificada.

Es una ciudad que encaja como anillo al dedo

en una historia de este tipo.

Es verdad. ¿Y cómo llegáis cada uno de vosotros

al género negro? ¿Por qué lo consideráis

una herramienta estupenda

para la literatura?

En mi caso, yo venía de una novela intimista

y necesitaba divertirme.

Y suena muy raro decir que uno se divierte

haciendo novelas en la que matan a niñas de 15 años

y cosas así. Pero realmente lo que necesitaba

era recuperar esa pasión lectora

con la que yo leía cuando tenía diez y 11 años

y la felicidad era sentarte en un sofá a leer

una novela de Agatha Christie y decir:

"No, por Dios, no puedo levantarme hasta que acabe"

y esa forma de leer que no es la que tenemos

cuando somos adultos. El otro día me preguntaron

en una entrevista: "¿Y cuál es la que tenemos de adultos?".

Dije: "En aquel momento, leíamos simplemente para ser

felices, no nos importaba nada el sentido de la vida,

que es lo que hacemos ahora: buscar en la literatura el sentido

de la vida". Pero intentar recuperar también

simplemente esa capacidad de evasión, que, al final,

es una capacidad de evasión,

pero que nos lleva también a lo que tú decías antes,

al final, acabamos enfrentándonos

a todos los monstruos y a todas las pasiones humanas,

que al final es lo que subyace

en todas las novelas negras. Y además digo una cosa muy terrible

y que no gusta nada, pero es verdad: el horror en la ficción

nos reconcilia con nuestra propia normalidad

en la vida real. Nos sentimos muy bien diciendo:

"Esto a mí no me ha pasado".

Y eso nos da una dosis de tranquilidad.

Y nos gusta, somos morbosos.

Como cuando veíamos las pelis de pequeños

y hacíamos así, pero dejábamos abierto para ver.

Ese abrir los dedos.

Porque nos seduce el horror. Y luego a la gente no le gusta decir

que le seduce el horror y que le seducen

las cosas malas y ponemos el grito en el cielo

cuando los periodistas están encima

de un caso especialmente negro

y lo tildamos de amarillismo, pero al final nosotros nos vamos

corriendo a por la última

de Domingo Villar a ver a quién ha matado.

O sea, es que somos así de poco congruentes.

¿Cómo llegas al género negro?

Yo llego porque mis mayores,

entre mis mayores, el mayor y el que más he admirado de todos,

se nos acaba de ir, que es Andrea Camilleri,

que es un escritor siciliano

que nos enseñó que, desde un rinconcito del mundo,

él lo contaba desde su Sicilia, desde el sudeste

de Sicilia, de una población ficticia

que se llama Vigàta, nos contó que desde allí

se podían contar cosas que eran universales

a todo el mundo, cosas que eran comunes a todos

y que viajaban a través de la emoción

y que, además, escribiendo una novela policiaca,

una novela negra se podía ser valiente

y se podía ser audaz y se podía ser divertido

y se podía ser muchas cosas más. Eso me lo enseñó Andrea Camilleri

o me lo enseñaron sus libros,

me lo enseñó gente, como Manolo Vázquez Montalbán,

a cuya viuda mandé mi primera novela

en cuanto estuvo publicada.

Es lo primero que hice con el primer ejemplar,

mandárselo a Ana Sallés, porque no se la podía mandar

a Manolo. Y me enseñaron que esto se podía hacer y que se podía hacer

desde cualquier rincón y pensé:

"¿Por qué no hacerlo desde las poblaciones de Galicia?

¿Por qué no hacerlo desde mi ría?".

Y aquí sigo contándolo. Qué bonita historia, por favor.

Me cago en los muertos del marinero,

sus supersticiones y su puta madre.

-¿Qué te pasa? -Me ha escupido en la bota, coño.

-Ramiro Pinilla, el escritor vasco, que escribió

"Verdes valles, colinas rojas", que es aquella obra monumental,

también escribía novelas policiacas.

Él tenía una máxima que era muy cachonda

que decía que las novelas policiacas

se diferencian del resto en que el muerto

aparece al principio. Y que el resto, si lo piensas,

Hamlet es una novela negra,

sobre quién mató al rey de Dinamarca, y Macbeth.

Sí, yo estoy convencido de que, si Cervantes viviese hoy

o si Alejandro Dumas viviese hoy,

escribirían novela negra, que hoy la novela negra es

la novela épica imperante

y como hubo la novela de capa y espada en su día

o como hubo las novelas de caballerías.

Respecto al contexto, es verdad que dónde suceda

la historia tiene muchísimo interés

y en la ficción es un personaje más.

¿Le dais mucha importancia

a la localización? Ya hemos visto que sí.

¿Le dais mucha importancia al contexto en vuestros relatos?

¿Tiene mucho que ver con lo que ocurra

con esos personajes

que desarrolláis de esa manera tan minuciosa

y con la trama? Yo voy a hacer algo horrible,

que es confesar los defectos. Yo describo muy mal localidades

y geografías, hay que hacerlo para que el lector se ubique,

pero, sobre todo, tengo muy poquito tiempo para escribir.

Entonces lo que hago es que mis personajes transiten

solo por lugares en los que yo he transitado

para minimizar

el error, quiero decir, yo creo que no podría escribir

una novela que sucediese en Valencia o en Sicilia o en China.

Necesito que vayan al supermercado al que yo voy.

Los personajes toman café donde yo tomo café.

Sus hijos van al colegio al que van mis hijos.

Luego todo el mundo me dice: "Esa eres tú. Ese es el otro".

Además, eso te pone los pelos de punta

para tus lectores, porque, claro...

"Es que es la clase de los niños".

"¡Sal de ahí, sal de ahí!". -En mi novela, por ejemplo,

muere una niña de 15 años que se llama Xiana

que vive en una urbanización de Cocheiras,

yo vivo en una urbanización de Cacheiras,

mi hija se llama Xoana y tiene 15

y entonces todo el mundo le da vueltas a la cabeza.

Pero es que necesito, o sea, soy tan sumamente...

Mira la mirada de tu referente, por favor,

que está... Ojiplático.

-El cuarto está más ordenado.

(RÍE) (RÍE)

No, sí que es verdad que necesito esa tranquilidad,

saber que mis personajes van pisando por donde yo he pisado,

porque eso me hace sentirme segura y yo creo que transmito más realidad

o, por lo menos, así lo pienso.

-Me vas a perdonar, pero estoy pensando,

en vez de la cara de Domingo, la cara que ha puesto,

me gustaría más ver la cara

de tu niña diciendo: "¿Mamá, me quieres decir algo?".

-Ahora estoy escribiendo

un nuevo caso de Abad y Barroso y sale

una niña y tengo otra pequeña y le dije:

"La niña se llama Antía"

y me dice: "¿Se puede llamar como yo?"

y luego dijo: "Perdón, ¿se va a morir?".

(RÍE)

-Pero... -Mi padre hace vino,

como el padre de Caldas, hacía vino mi padre antes de...

Era su oficio y me tenía prohibido matar al padre de Caldas.

Me decía: "No lo mates".

Yo le decía: "Papá, esto es ficción". Me decía:

"Tú no lo mates, por lo que pueda pasar."

Me da un poco de yuyu. Es verdad.

El padre de Caldas es nuestro segundo personaje favorito

después de Caldas.

Es un personaje maravilloso.

"Sí, bueno, sí, Caldas y yo estamos hermanados por eso,

por tener un padre bodeguero y por haber vivido en una casa

en la que las estaciones no se llamaban 'primavera,

verano, otoño e invierno',

sino 'poda, purga, floración y vendimia',

que es como se van sucediendo

las estaciones en el campo y en la viña."

Está bueno.

-Y eso que aún le falta un poquito.

-Está muy bueno.

"Estaba escuchando a Arantza y pensaba:

'Hombre, para mí, eso no es un defecto'."

Creo que fortalecer la verosimilitud del relato,

para mí, es determinante,

y algo donde yo me agarro siempre muchísimo

es precisamente en el...

Empleo localizaciones porque es un lugar que conozco,

sé cómo huele, sé qué luz tiene a lo largo del día,

sé qué aire hay en esta calle. Creo que esas cosas sí que son,

por lo menos, no diré "de agradecer",

pero, si contribuyen a la musculatura del relato,

a mí me parece interesante.

-Es que la clave no es ser un topógrafo.

No tenemos que ser absolutamente fieles a lo que hay,

pero lo fundamental es el viaje emocional,

fundamental es que el puente de emoción

que tiendes con tu tierra...

-Que sea sólido. -Que sea sólido y que sea intenso

y que sea sugerente

y que haga que emocione al lector como a ti te emociona

cuando lo estás escribiendo. Yo creo que eso es la clave de todo.

A mí me gustaría que contarais más concreto

de vuestro oficio. ¿Cuál es la rutina de un escritor?

¿Por dónde se empieza? Vamos a empezar por algo concreto,

Domingo, ¿por dónde se empieza un trabajo

como "La playa de los ahogados"?

Yo creo que cuando construyes una trama,

por lo menos, yo no soy capaz de empezar

a escribir sin conocer el final.

Me parecería como un mago que hace un truco de magia

o que pretende hacer un truco de magia sin saber

cómo lo va a resolver o como si alguien te va a contar

un chiste sin saber cómo va a ser al final el giro

que te arranque una sonrisa. Yo necesito conocer eso y hago...

Tengo una idea previa, una idea clara del caso,

y después empiezo a acumular todo lo demás.

Que conste que no arranco por el caso, arranco

por el ambiente del que quiero hablar.

En "La playa de los ahogados",

sabía que quería hablar

de la pesca de bajura y de los marineros y entonces

busqué una historia que se adecuase a esto.

Y, cuando encontré el final, cuando supe qué había pasado,

quién era el culpable, etc., entonces empiezo a escribir.

Y antes me documento, hago mapas,

me lleno de papeles que luego no miro

y que luego incumplo el plan de viaje radicalmente.

Pero sí sé adónde quiero llegar. Luego la literatura toma el mando

y te lleva por mares procelosos,

por lugares inesperados

y es mejor atender todas esas sugerencias

del momento, de la intuición, y dejarte llevar

y acabar yendo, peor sabiendo que el puerto

de destino es un lugar concreto.

-En mi caso, arranca intentando controlar la neurosis.

(RÍE) Qué personaje.

Es maravilloso. Tu amigo Pedro es un personaje.

Sí, sí.

Porque, claro, es lo que decías tú, yo creo

que lo primero, lo más importante, es

qué es lo que quieres contar,

qué ambiente, qué espacio, que situación

y luego ya nos metemos en el cómo, la forma, en el caso.

A mí me parece exactamente lo mismo.

Y para eso necesito ir bajando, bajando

y no perder la calma por el camino, que tampoco es...

-Tú escribes de día y de noche.

-A todas horas y en todas circunstancias.

¿Porque primero escribís en gallego

y después lo pasáis al castellano vosotros mismos?

Sí. En mi caso y creo que los vuestros son semejantes,

creo que sí. Yo empiezo escribiendo

casi todo en gallego y, hasta que no he llegado

al final del primer borrador, porque eso es como un trabajo

de relojería finísimo, hasta que no tengo todo en el sitio

y he acabado, no empiezo con la traducción.

-Yo no. Yo voy capítulo a capítulo.

Cada capítulo lo escribo en gallego y en castellano

y, solo cuando estoy convencido de que el capítulo merece la pena,

paso al capítulo siguiente,

como un cuento, no soy capaz de escribir

nada demasiado largo. Entonces me planteo la meta

de un capítulo cortito y lo hago en las dos lenguas.

¿Y Arantza? Mis metas también son capítulos.

Escribo, no puedo decirte,

yo cuando puedo. Yo, a diferencia de ellos,

que los envidio mucho, tengo otro trabajo y entonces

por las mañanas soy interventora;

por las tardes, mamá, funcionaria y esposa.

Claro, claro. Hombre, claro, por supuesto.

-Y hay que vivir. Porque, además, es que el escritor

tiene que vivir por él y por sus lectores,

porque yo siempre digo que nos dedicamos a capturar

instantes, a observar, a apropiarnos de las vidas ajenas

y a llevarlas a nuestros libros.

El escritor que vive encerrado podrá escribir un libro,

pero no podrá escribir ninguno más

porque la vida está afuera y nosotros contamos la vida, ¿no?

Entonces es necesario. Luego no tengo ninguna rutina,

escribo cuando puedo. Cuando puedo y es así.

Siempre digo: "Escribo en el coche".

Voy en el coche pensando lo que voy a escribir

y luego ya casi paro producto terminado

porque lo pienso tanto,

porque, claro, uno puede ir pensando en el coche

y puede ir pensando mientras que espera a que salga

el número 32 en la carnicería, pero lo que no puede es escribir.

(RÍE) Es maravilloso porque luego hay que compatibilizar

esa vocación con la vida

y esa realidad de escritor con la vida.

No sé, es lo que tiene, que nuestra cabeza va a mil

e intentamos eso, encajarlo. -Es yo llevo tantos años en Madrid

que es curioso, pero con los diálogos

soy mucho más fino en castellano.

Estoy más cerca de la calle, me parece que tiene más verdad.

En cambio, el gallego me permite estar emocionalmente

donde quiero estar cuando me siento a escribir.

De manera que casi todas las descripciones,

todas las referencias, los recuerdos, etc., todo eso

arranca en gallego.

En cambio, cuando los pongo a hablar,

me sale mejor en castellano y luego los paso al gallego.

-Qué bueno eres, porque yo hubiera jurado,

cuando oí que escribías unos trozos en gallego

y otros en castellano, que lo que escribías en gallego

eran los diálogos porque, para mí, son lo más gallego.

-Lo que pasa es que se modifican.

Lo sabéis los dos, traducir no es cambiar unas palabras

por otras, es descomponer el texto,

bajar al sustrato y recomponerlo otra vez.

Es verdad que son lenguas que son

primas hermanas, son lenguas romances,

que, además, el escribir en dos lenguas permite que haya

dos correcciones en las que se benefician

los dos libros porque pasas...

-Y ediciones. -Claro, pasas el texto

por el colador dos veces y entonces se queda más líquido,

más fácil de leer. Pero esto que acabas de describir

es muy elocuente porque nos habla directamente

de la relación que tiene la emoción con tu lengua materna

o con otra lengua aprendida. Quiero decir, es muy importante

en qué lengua te expresas.

Dice Rivas que que se acabe una lengua

es como que se acabe una fuente

o un río. Es muy importante.

Los que hay hay que cuidarlos todos.

Todos son muy importantes. Todos son muy importantes.

Yo creo que eso también es muy elocuente para conoceros

y está muy bien y completa lo que hemos estado comentando

aquí. Muchas gracias, de verdad, a los tres

por habernos acompañado hoy,

por haber abierto un poquito el corazón

para contarnos quiénes sois, que llega

a los espectadores de "Versión española".

Un placer. Gracias de verdad.

Ha sido un placer.

Gracias. Un placer.

Muchas gracias a vosotros también por seguir ahí.

Ya sabéis que la semana que viene nos volvemos a encontrar

para seguir disfrutando

y comentando el mejor cine español reciente.

Hasta entonces. Un beso muy fuerte. Chao.

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Versión española - La playa de los ahogados (coloquio)

27 ene 2020

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