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Para todos los públicos Somos Cine - Guadalquivir - Ver ahora
Transcripción completa

(Música)

Desde hace más de 500 años,

las cartas marinas señalan a este lugar

como uno de los más peligrosos del mundo.

Los antiguos árabes temblaban en esta costa ante el gran océano,

al que denominaron El Circundante.

Unos diminutos viajeros americanos han llegado a esta playa andaluza.

Su odisea ha durado siete años.

Son angulas. A lomos de la corriente del golfo,

han nadado 6000 kilómetros hasta aquí.

Algunas remontarán el río durante 18 años más

antes de volver a América.

Esta ruta prodigiosa de las angulas

solo es una de las mil historias que nos cuenta

el río Guadalquivir.

El legado escrito en su curso por el viento.

Otros, como náufragos del tiempo,

esperan a que el estrecho de Gibraltar vuelva a cerrarse.

África zarpó sin ellos hace mucho. Desde entonces,

vagan por las orillas del mundo del norte.

Criaturas sin prisa. Sus relojes son de arena.

Arena que ya no mide el tiempo, sino la vida.

Las dunas reptan tratando de sepultar a los pinos

en su avance lento pero inexorable.

Historias reescritas cada día,

porque el aire del océano borra sus pasos.

Allí donde los bosques de pinos han vencido al viento,

el estuario del río Guadalquivir

reúne a seres africanos con otros del norte de Europa.

La culebra de herradura abandona el bosque de púas

aconsejada por el hambre, y se dirige

al paisaje en el que el Guadalquivir

se ensancha en un universo atravesado

por millones de dagas, de espadaña y junco.

Las marismas tienen ojos.

Lanzas capaces de traspasar el espejo.

La marisma refleja el rostro del cielo,

y en el Guadalquivir tiene nombre

de mujer: Doñana.

En este edén, el más importante de Europa para las aves acuáticas,

hasta los nidos son balsas,

como el de estos fumareles.

Incluso el mismo Estrabón narró las delicias

de lo que los romanos llamaban

Lago Ligustinus,

donde nacen y desaparecen islas con nombre.

Plinio habló de los montes de arena, y Festo Avieno,

en el siglo IV, glosa las virtudes

de un horizonte consagrado a Venus Marina.

Poblado de criaturas monstruosas, como el linceo,

cuya vista atravesaba el horizonte.

Todo está listo en las marismas del Guadalquivir para despedir

a los pasajeros blancos del estrecho.

Las cigüeñas regresan a África.

En su camino al sur

necesitan descansar en los brazos del río grande.

Desde el principio de los tiempos,

estos terrenos bendecidos por el agua del sur de Europa

han sido poblados por los seres humanos.

Los hijos del mítico Hércules aún luchan aquí

con Neptuno, el dios del Mar,

para arrancarle a la espuma sus tesoros.

La cosecha de la arena es parte del legado que deja el Guadalquivir

en su desembocadura.

Sin embargo, esta es una historia

que empezó 700 kilómetros tierra adentro.

El Guadalquivir rompe a llorar pequeño y arrogante

en su cuna de rocas,

más allá de las nieblas de la Sierra de Cazorla.

A los pies de un gigante, nuestro protagonista se comporta

como todo recién nacido.

Ruidoso, trata de escapar de los brazos de su madre,

que apenas puede retenerlo entre sus dedos de piedra y musgo.

Aquí la soberana es el águila real.

Puede verlo todo desde su torre de aire.

Este es su momento, porque al final del verano

dan comienzo en las montañas

los juegos de los fugitivos del hambre.

Es su bosque.

Allí abajo, el hueco entre dos pinos

es un espacio suficiente para morir...

o seguir viviendo.

En el aire huele a torneo.

(Berrido)

Los guerreros preparan sus yelmos.

Gladiadores que se perfuman de monte,

como si supieran que una cota de malla de barro

les hará más fieros.

Con su sombrero de dagas, son mitad árboles, mitad caballos.

En el abrevadero de los valientes, las ardillas como esta

deben esperar a que todos se vayan.

Soplan vientos de cambio.

El choque de egos se aproxima. Todos lo saben.

Agua con sabor a venado.

Aroma de hormonas a punto de estallar.

(Berrido)

Muchas coronas, un solo trono.

Los recuerdos de infancia del río Guadalquivir

son rubios cuando la bruma regresa.

Atesorando relatos, nuestro protagonista sigue creciendo

a su paso por los bosques de otoño de la Sierra de Cazorla.

Una alfombra dorada recibe al triunfador de las justas,

porque la Sierra ya tiene un nuevo rey.

El ganador se lo lleva todo.

Para los otros, el consuelo del tiempo.

Pero más brama el hambre.

Las cabras montesas, ocupadas también en sus amores,

hacen soñar al zorro con una comida caliente.

Se burlan del horizonte, desobedecen a la ley de la gravedad,

y obligan al cazador a poner los pies en el suelo.

Hace tiempo, la suerte estuvo de su lado.

En épocas mejores enterró aquí sus últimas reservas de carne.

Se acabó la tregua.

Cuando la niebla se arrastra entre los pinos,

solo significa una cosa:

los cristales de nieve bajarán del cielo de nuevo.

El agua helada que duele. El juicio final del invierno.

Sin reservas, sin recursos,

condenado al frío.

Su futuro negro se viste de blanco.

Lleva semanas masticando incertidumbre.

Sobre este inmenso mantel bordado en verde,

todos juegan al límite de la inanición.

No hay reglas en el bosque del águila.

Sin embargo, el sacrificio de los habitantes de Cazorla

es la génesis para el Guadalquivir.

La piedra recoge el agua de las cumbres,

cuyos neveros se funden como un tesoro fluido,

y el río se alimenta de la nieve.

Su madre es la montaña. Su padre,

el deshielo.

El Guadalquivir, como un enorme animal,

también se alimenta del invierno muerto.

Cuando el perdón del sol levanta el manto,

se descubren las víctimas del frío.

El cuerpo de la cierva manda invitaciones

al viento, pero este es un funeral privado.

(CHILLA)

La carne tiene dueños. Otros dos zorros han llegado antes.

El más grande permite acercarse a uno.

Pero tres son multitud.

El hambre le muerde por dentro.

Y le da valor para hacer una locura.

(Chillidos)

Demasiado ruido. El bosque lo ve todo.

A río revuelto, ganancia de cazadores.

(Chillidos)

El monte de Cazorla

alberga a muchas criaturas.

Tal vez demasiadas para un zorro al borde de la ruina.

No sabe quién es.

No tiene manada. No es un superpredador.

Solo es el jefe de un grupo de perdedores

con un solo integrante.

Quizá sea el momento de marcharse. Fugitivo de sí mismo,

con más pasado que futuro, solo entiende una cosa:

en un lugar sin horizonte como este, el único guion lo escribe el río.

Nuestro Guadalquivir

se despide también de la Sierra.

Ha crecido mucho, alimentado por el deshielo.

Sus riberas mutan.

A sus costados, los árboles cambian.

El olivar es un bosque peinado.

El suelo se viste de lunares.

A su paso,

el río grande recibe el tributo

de otros cauces que se unen a su causa.

La unión, la fuerza.

Una mañana, los residentes del río

oyen cómo las hordas nórdicas invaden su silencio.

(Graznidos)

Las grullas llegan a millares desde Escandinavia

huyendo del frío de Hibernia.

Vienen aquí por una sola razón:

el árbol de los dioses hace sus ofrendas

al bosque ordenado.

Las encinas dejan caer sus bellotas

justo cuando en toda Europa no hay nada más que comer.

Se llama dehesa.

Es el monte mediterráneo conquistado.

La patria de la madera con la que se construyeron

los galeones del Imperio español.

Ningún otro horizonte se parece a este

en toda Europa.

Sierra Morena siempre fue el refugio de los fugitivos,

el lugar al que el río trae a los proscritos y bandoleros.

El sitio perfecto para los que no quieren ser encontrados.

Pero hay algo inquietante: un olor

que el zorro conoce.

Su instinto le dice que ese rugido lejano

no trae nada bueno.

Los carros invasores vienen cargados

de seres inteligentes que añoran el monte.

Los que una vez fueron hermanos

ahora son sus enemigos, porque tienen sus mismas armas.

(Ladridos)

Son ellos, los mercenarios.

Cánidos a sueldo.

Son muchos.

Son fuertes.

Sicarios del hombre.

Confidentes capaces de delatarlos.

Cortan todos los vientos.

(Disparos)

Nadie está a salvo. Ni siquiera el río.

La única posibilidad de escapar

es que elijan a otro.

No matan por hambre.

Son insobornables, porque lo hacen por lealtad.

Y contra eso no hay defensa posible.

(Silbido)

Esta vez hubo suerte.

Pero volverán. Ellos siempre vuelven.

En su huida,

el viajero ignora que ha entrado

en el coto del cazador que sabe escuchar.

El arma más eficaz de un lince es el silencio.

(Chillidos)

De buena gana les robaría el conejo.

Si no fuera porque nadie es capaz

de mantenerle la mirada al lince.

Pronto empezará la ceremonia.

El monte negro respira aires calientes

que despiertan a los hermanos.

Hay gárgolas junto al río.

La cofradía de los ángeles pardos

sabe que tras el paso de los perros alguien debe contar las bajas.

Cientos de hermanos con voto de hambre

peinarán el cielo buscando muerte.

Alas hambrientas que no tardarán

en hallar su destino.

El hábito no hace al monje,

pero hoy sí.

Es el más grande, el monarca negro. El sultán

ante el que todos los demás bajan la cabeza.

El gran hermano bendice la mesa a golpes,

con la autoridad del tamaño, porque puede.

El zorro y el río crecen juntos en su camino hacia el océano.

Quizá sea él el próximo en caer.

Pero no puede pensar en eso. Correr es todo lo que tiene.

Las cigüeñas no eluden en sus rutas

las manchas blancas del hombre, porque desde hace milenios

anidan en sus torres sagradas, y son bienvenidas.

Generaciones de ellas han sobrevolado este mismo lugar.

Sus antepasados han visto desfilar la historia por aquí.

Mientras, el Guadalquivir se abraza a Montoro

como queriendo llevárselo.

Pero una de las viajeras está herida.

Su pata cuelga, rota.

Algo tan sencillo como aterrizar en el río para beber y descansar

es para ella un infierno de dolor.

Su pareja desde hace años

viaja junto a ella,

la acompaña, confía en que se recupere.

El último sorbo de Guadalquivir le supo amargo.

Ya no le quedan fuerzas sino para despedirse.

(Berridos)

Las otras cigüeñas, las negras,

necesitan también el agua del río grande

para repostar en sus viajes migratorios.

A menudo coinciden aquí

con los míticos toros rojos del Guadalquivir.

Los mismos que según

la mitología Hércules vino a robarle al rey Gerión.

El peregrino atraviesa las ondas en la pena del gran río,

que tiñen de verde la campiña dominada por el hombre.

Entonces el Guadalquivir llega a Córdoba,

y se ensancha.

Se aman y se odian.

La ciudad,

romana y árabe, ha sido devorada cientos de veces

por la serpiente de agua.

Pero el río ha traído hasta ella la cultura y la ciencia,

convirtiéndola en la capital del mundo civilizado.

En la noche andaluza,

el lince le cede los pinceles a otro guerrero del silencio:

el búho real.

(ULULA)

Es mejor bordear la ciudad arropado por la oscuridad.

Pero pasear de noche es peligroso.

Demasiados animales salen a cenar fuera de casa.

Los lirones son listos, pero los ratones, abundantes.

La víbora hocicuda solo tiene que esperar

a que la inyección letal funcione.

El ajedrez del hambre continúa. Todo movimiento imprudente

es juzgado.

La araña tapadera invita a su casa a todo el que pasa.

Pero algunos no aceptan.

Moverse es peligroso cuando las jinetas están cerca.

(Gruñidos)

Los sultanes de al-Ándalus

las trajeron desde África para librarse de roedores,

y se quedaron para siempre.

Esta ignora que está haciendo arqueología,

porque este lugar es un yacimiento romano

con siglos de antigüedad.

Los agujeros aún están vacíos.

En pocos días, el talud terroso junto al río

recibe a las aves con más colores del mundo:

los abejarucos.

Aquí se fabricaban las ánforas de barro

que viajaban en barcos por el río, transportando

aceite y pescado para todo el Imperio romano.

A la vera del Guadalquivir,

la vida salvaje comparte universo

con la historia del mundo.

Recién llegados de África,

los machos invitan a cenar a las hembras hasta 10 veces,

antes de que ellas muestren interés por el apartamento

que ellos reforman.

Acaban extenuados.

Es un trabajo agotador tras venir volando

desde más de 8000 kilómetros.

Pero ellas solo elegirán

a los mejores cazadores y arquitectos.

Después hacen algo increíble.

Toman baños de sol para reparar sus plumas y eliminar parásitos.

Cuando las galeras navegaban por el Guadalquivir,

bajo la frontera del agua había dragones.

Dicen que sus cuerpos escamosos pesaban más de 100 kilogramos,

y que alcanzaban los tres metros de largo.

Subía desde el mar

más de 100 kilómetros río arriba para desovar,

pero nadie ha vuelto a verlo desde hace decenios.

El mítico esturión, el gigante arcaico

cuyas huevas lo han condenado a nadar entre las brumas

de la extinción.

Pero viven más de 50 años. Tal vez

alguno esté aún oculto en lo más profundo del río grande.

Continuar existiendo es por lo que todos pelean.

Elegir pareja, cuidar el plumaje con un baño...

o huir.

El zorro y el río no se parecen en nada. Por eso se llevan bien.

No bebe para olvidar, bebe para recordar que sigue vivo.

Los compañeros de curso comienzan a amarse.

Permanecer solo no es una opción.

Los chorlitejos lo saben bien.

Solo el agua les susurra.

Raudales a su izquierda.

Al frente, el miedo.

Al otro lado del espejo roto, las angulas son capaces de todo.

Diminutas por fuera, titanes de fuerza

y determinación por dentro.

Corazones salvajes que no se rendirán jamás.

Nuestro Guadalquivir ya es grande, sereno y padre.

Esta cigüeña negra dejó de viajar con su grupo por un buen motivo.

Junto a su pareja, trabaja sin descanso.

Solitaria, tímida, buscó un lugar escondido

para abastecer de pescado a sus cuatro bocas famélicas,

que comen como si no hubiera un mañana.

Siempre junto al río,

porque ella también los alimenta de Guadalquivir.

Para el águila calzada,

sin embargo, solo un líquido merece la pena.

Y para conseguirlo,

tiene que matar...

si puede.

En su nido no hay paz.

Hace tiempo que no caza,

y esto ha desatado a Caín en el interior de uno de sus hijos.

El mayor va a matar al pequeño

para que al menos uno de ellos pueda salir adelante.

El viajero del río conoce bien

lo que es el dolor de la nada en el estómago.

Lo trae desde Cazorla. Lo acompaña como su sombra.

La primavera llena el monte de comeflores.

Inocentes, recién salidos de la madriguera.

Tiernos... y tontos.

Su primera comida caliente en semanas.

Con el vientre lleno, todo florece a su alrededor.

Entonces, los duendes dormidos del suelo

se convierten en orquídeas.

El despertar.

El resplandor.

Las ranitas meridionales se suman

al coro de música ancestral.

Abajo, en el reino del silencio,

hay joyas de vida discreta.

Peces únicos en el mundo, como los salinetes.

Son un prodigio fisiológico,

porque pueden soportar tanto aguas dulces

como aguas tres veces más salinas que las del mar.

Conquistadores de la sal en extremo peligro de extinción.

Están siendo desplazados

por las gambusias, inmigrantes agresivos

introducidos para eliminar larvas de mosquitos.

Pero hay una ninfa ahí abajo.

Un alien enorme nacido para matar peces.

Ansía la metamorfosis.

Quiere volar algún día siendo libélula, pero ahora solo es

un monstruo de las profundidades, ávido de fluidos vivos.

Parte del pez se hace Guadalquivir.

Arriba ya palpitan los vampiros.

La nobleza también vive aquí.

La familia imperial tiene dos herederos.

Es el águila más valiosa de España,

porque sus alas lucen los galones blancos de la extinción.

El emperador en persona los alimenta

para que pronto recorran su legado salvaje.

No emigran, no viven en otro sitio. Son fieles

a su cielo, leales al paraíso que las vio nacer.

Sangre azul.

Spal para los fenicios.

Híspalis para los romanos.

Sevilla... para la eternidad.

Naos y galeones que surcaban los mares zarpaban desde aquí.

Entonces, el océano empezaba en ella.

Una ciudad con branquias, un puerto americano,

el primer lugar de Europa donde se probó el tabaco,

la patata o el tomate.

Huele a indias, a especias y a ron.

En el año 843,

los vikingos subieron por el Guadalquivir y la atacaron.

Entonces ellas ya estaban aquí.

Pero él no.

La primavera le explota en la cara.

El caminante continúa a lo largo del río siguiendo el mapa

de la fertilidad que le rodea.

Sabe lo que busca:

lo que ellas ya tienen.

Algunas de las cigüeñas blancas

que cruzaron el estrecho de Gibraltar

no siguen hacia el centro de Europa.

Se quedan en España.

Es una buena decisión.

Cada vez son más.

Esta es la colonia de cría mayor del continente.

En el aire hay un olor que le es familiar.

Pinos. Pinos como los de la Sierra de Cazorla.

Pero diferentes, mezclados con sal.

El pinar sobre arenas es la antesala de Doñana.

Para los rabilargos, el lugar perfecto para picar algo.

De pronto, Guadalquivir,

el hijo de la Sierra, se abraza al suelo de Andalucía,

y lo besa, expandiéndose.

Se libera de sus orillas

y se niega a alimentar al océano.

Ha olvidado su nombre, rompiendo la rosa de los vientos.

El nómada ha encontrado su oasis.

El paisaje más rico de Europa: las marismas del Guadalquivir.

Una vez más, el río grande llena su estómago vacío.

Pero el agua no mata el hambre.

Lo que él necesita beber es sangre, y aquí parece que hay mucha.

Mas la marisma no es lugar para débiles.

Un paisaje anfibio donde la sal muerde

las patas carnosas de un mamífero.

Todos tienen zancos largos de cuero y bocas adaptadas

a cada tipo de comida.

Pero el forastero rojo

tiene recursos. Puede mantenerse durante semanas

solo a base de pequeños caracoles e insectos

que encuentra en su camino.

Hay un rugido al fondo.

Una llamada amniótica que lo impulsa a continuar.

No es el mar. No es la tierra.

No se parece a un río y tampoco es un lago.

La marisma es marisma, tanto como efímera,

cambiante como el humor del Poniente.

Era el paraíso de al-Ándalus para los sabios árabes.

El lugar verde y acuático

con islas de hierba fresca repletas de caballos y toros.

¿Dónde si no podría vivir el ave del sol?

Al verlos aquí, los antiguos romanos

pensaron que nacían del polvo.

Mirándolos volar bajo el calor, creían ver

llamaradas rojas en sus alas.

Por eso estaban seguros

de que los flamencos eran el mítico ave fénix,

capaz de consumirse bajo el fuego y renacer de sus cenizas.

Su nombre deriva del latín "flamma", que significa llama.

Son nómadas filtradores,

aptos para vivir en lugares vetados a otras criaturas:

paisajes de sal pura y sulfuro.

Pero su vida no es del color de su cuerpo.

Viajan cientos de kilómetros cada día

en busca de lagunas adecuadas.

Y para ello necesitan reparar su plumaje constantemente

con agua dulce.

Se hablan. Son sociales.

Toda la marisma es una batalla naval

en la que mensajes codificados, visuales y sonoros

buscan quien los entienda.

Los ojos de agua se abren al cielo

para invitar a las espátulas a tomarles el pulso palpando.

Enormes platos servidos por el Guadalquivir

para un banquete en el que cada invitado

utiliza un cubierto diferente.

Los espaldas mojadas de la marisma son legión.

Un descomunal aeropuerto internacional

de actividad frenética que funciona desde hace milenios.

Desde Laponia hasta Sudáfrica,

cientos de miles de aves migratorias de tres continentes

pasan por los cristales bendecidos de Doñana.

Solo cambia la luz, nunca la búsqueda.

Los linces salen de noche a ganarse la vida,

porque guardan secretos inconfesables

entre las sombras.

Por eso, en lo alto,

los hijos de la luz tendrán miedo hasta el alba.

(Chillidos varios)

Esta mañana,

las arenas de Doñana son testigo

del primer paseo largo de un príncipe.

El único superviviente de cuatro hermanos.

El orgullo de su madre. Acaricia con los ojos el horizonte

que algún día será su coto de caza.

Aquellas ninfas de libélula que devoraban peces

se han convertido en hadas.

Una de cada millón de angulas

de las que subieron el río hace 18 años

ha regresado transformada en anguila.

Enorme y dispuesta a volver nadando hasta América para reproducirse.

Pero hay cosas en las dunas

que nunca cambian.

Para el viejo camaleón, el estrecho es ya

demasiado ancho.

Llegó desde África hace milenios,

pero nunca tuvo problemas con la lengua.

El pequeño dinosaurio

es lento por fuera, pero cuando abre la boca,

un relámpago de siete millones de años de evolución

se proyecta inapelable.

Siempre directo a la cabeza.

Aunque a veces, el mensaje no es bien recibido.

Las marismas del Guadalquivir

pueden parecer un lugar fácil para vivir.

Sin embargo, estas criaturas

son esclavas de su propia abundancia.

Las colonias de aves tienen el centímetro cuadrado muy cotizado.

Es necesario un extremo cuidado hasta para aterrizar.

Cada pareja de garzas reales vigila su parcela de cría con celo.

Incluso ante la presencia de una amenaza,

prefieren no moverse en absoluto por temor a perder su espacio.

Las disputas son frecuentes.

La intimidad no existe.

Cada instante de sus vidas lo ven todos los vecinos.

En el suelo, el estrés

no es menos. Esta garza imperial

tiene una familia violenta.

Pelean por comida.

El vencedor recibe su trofeo de pescado.

Dicen los últimos estudios

que en este lugar estuvo el mítico reino perdido de la Atlántida.

Pero a él le importa poco.

Ha cambiado su pelaje al de verano. Ha recorrido un camino muy largo

junto al río, pero sus problemas solo acaban de empezar.

Sigue en las tierras del lubicán,

el gato que caza conejos. Un enemigo íntimo.

Alguien con quien no quiere enfrentarse.

Sobre todo ahora.

El príncipe ha crecido, y afila sus armas,

porque pronto tendrá que cazar sus propios conejos.

El viajero ha descubierto lo que había

al final del cauce:

la playa rugiente del río de una sola orilla.

Y ha traído hasta aquí el secreto

que guardaba en su interior.

El zorro y el río han recorrido un largo camino juntos.

Desde las cumbres de Cazorla hasta el mar.

El Guadalquivir guarda aún muchos secretos.

Muchas historias que contar.

Esta ha sido solo... una de ellas.

(Música)

# Te vi en Cazorla nacer.

# Y en Sanlúcar morir.

# Un borbollón de agua clara

# debajo de un pino verde.

# Y eras tú.

# ¡Qué bien sonabas!

# Como yo, cerca del mar.

# Río de barro salobre.

# Eres tú mi manantial.

# Como yo cerca del mar.

# Río de barro salobre.

# Eres tú mi manantial. #

Somos Cine - Guadalquivir

05 jun 2020

Más que un río, el Guadalquivir es el cauce que une tres de los espacios naturales más importantes de España: Cazorla, Sierra Morena y Doñana. Esta película nos muestra la vida al paso de la corriente, los paisajes de estos tres grandes espacios en las diferentes épocas del año. Comienza en otoño en las sierras de Cazorla y Segura, donde nace el gran río y el agua, más que fluir, se despeña por los riscos y cortados de piedra; son las tierras del águila real, el ciervo y la cabra montés. Siguen las laderas suaves y ásperas de Sierra Morena en invierno, los paisajes de las grullas, el buitre negro y el lince ibérico. El viaje aguas abajo concluye en Doñana, en primavera y verano, allí donde una barrera de dunas detiene al río antes de disolverse en el mar, las aguas se desbordan en las marismas y la biodiversidad alcanza los máximos niveles de toda Europa.

Contenido disponible es España hasta el 12 de junio de 2025.

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