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Para todos los públicos  Otros documentales - Ciudades secretas: La Basílica de San Pedro - ver ahora
Transcripción completa

En el corazón de Roma, Italia, en la Ciudad del Vaticano,

un solo edificio encarna la historia,

los excesos y el poder de la Iglesia Católica: la Basílica de San Pedro.

Esta verdadera megaestructura religiosa

es un depósito de obras maestras del arte cristiano.

Con 219 metros de largo y 155 de ancho,

San Pedro puede acoger hasta a 150.000 feligreses.

Durante la década de 1940

se encontraron huesos en el sótano de la iglesia.

Esas reliquias pertenecían al apóstol más importante de todos:

San Pedro.

San Pedro de Roma es una basílica diferente, un proyecto único.

Pero también es un edificio que no tiene parangón.

Iniciada en 1506,

la construcción de esta singular iglesia duró 120 años.

San Pedro fue, sin lugar a dudas,

el sitio de construcción a cielo abierto más grande de Europa.

Más de un siglo de trabajos

en el que participaron miles de trabajadores

y docenas de arquitectos.

Entre ellos, el artista más grande del Renacimiento: Miguel Ángel.

El punto álgido de este proyecto fue la construcción

de la cúpula de San Pedro,

una estructura de doble bóveda de 42 metros de diámetro,

137 metros de altura, y un peso aproximado de 14.000 toneladas.

Fue la mayor proeza técnica de la arquitectura occidental.

No hay nada comparable a la basílica romana de San Pedro.

San Pedro, Roma.

La historia de una iglesia

que fue el orgullo de los papas del Renacimiento.

Es un instrumento de poder.

Una demostración de la autoridad del Papa.

Un instrumento de poder que dejaría al descubierto

todos los trucos de la Iglesia Católica.

Hay hijos ilegítimos, relaciones abiertas con cortesanas...

Arte, guerra, religión...

San Pedro, la obra maestra barroca del Renacimiento,

se convertiría a lo largo de los siglos

en la iglesia de todos los excesos.

CIUDADES SECRETAS LA BASÍLICA DE SAN PEDRO

La basílica de San Pedro.

Una iglesia sin igual en el corazón de Roma,

visitada cada año por once millones de peregrinos y turistas.

Con una superficie de 20.000 metros cuadrados,

su prodigiosa cúpula, imitada en todo el mundo,

y la gigantesca plaza de San Pedro, con su obelisco y sus 284 columnas,

es una de las megaestructuras religiosas

más espectaculares del mundo.

Es el epicentro de la fe católica.

Los colosales pilares de esta iglesia guardan reliquias de Cristo

como el velo que estuvo en contacto con su rostro

o la lanza que le atravesó el costado.

Y es aquí, bajo esta majestuosa cúpula,

en el eje del gigantesco baldaquino,

donde se puede encontrar el origen de esta basílica extraordinaria,

a pocos metros bajo tierra,

en una capilla a la que solo el Papa puede acceder.

Fue construida sobre la supuesta tumba del apóstol San Pedro.

Un hombre y un lugar

detrás de toda la historia de esta basílica excepcional.

El apóstol Pedro es fundamental

porque Jesús confió personalmente a Pedro que cuidara de su rebaño,

y él fue el primer papa.

Según el Evangelio de Mateo, Jesús dijo:

"Tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi Iglesia

y te daré las llaves del reino de los cielos".

Para los católicos, Pedro es el apóstol más importante,

el vicario de Cristo en la Tierra.

Un hombre cuyo destino cambió por un hecho inesperado,

cuyo eco atravesaría los siglos,

dando lugar a una gigantesca megaestructura religiosa.

64 años después de Jesucristo, Roma fue pasto de las llamas.

La ciudad eterna estaba ardiendo.

El emperador Nerón buscó un chivo expiatorio.

Y acusó a los cristianos de Roma,

que pronto serían martirizados por las autoridades.

Empezando por su líder, Pedro.

Se cree que San Pedro murió martirizado

en torno al año 65 de nuestra era.

Y también que fue ejecutado boca abajo

para no ser crucificado igual que lo fue Jesús.

Su martirio estaría detrás del origen de la basílica de San Pedro.

Tuvo lugar al pie de la Colina del Vaticano, en el Circo de Calígula,

que hoy ya no existe.

Como resultado de ese trágico hecho fundacional,

el Príncipe de los Apóstoles fue enterrado a pocos pasos,

al pie de la Colina del Vaticano.

Y fue sobre esa tumba que, en el siglo IV nuestra era,

el emperador Constantino ordenó construir una gigantesca basílica

en honor del apóstol.

Con más de 120 metros de largo, 66 metros de ancho

y 37 metros de altura,

fue una de las primeras megaestructuras cristianas.

Ya teníamos constancia de la importancia de este lugar.

Estamos sobre su tumba.

Tenemos el simbolismo del sacrificio de San Pedro y tenemos una basílica

que muestra su magnificencia en sus dimensiones

y siempre estará la historia de San Pedro de Roma.

Ideológica y simbólicamente esta es la iglesia más importante,

la que representa la autoridad del papa y, por lo tanto,

la primacía de la Santa Sede.

La primera basílica de San Pedro

marcó la entrada del cristianismo en una nueva era;

una era en la que su fe estaba a punto de suplantar

al politeísmo romano,

algo que la veneración por el apóstol Pedro sirvió para promover.

La basílica de San Pedro se convirtió inmediatamente

en el principal destino de los peregrinos de Occidente.

Hay que imaginar a los peregrinos llegando en masa.

Esa es la idea clave.

Y también es el problema de esta basílica,

que, a pesar de su monumentalidad, siempre será demasiado pequeña

para las multitudes que cada vez se congregaban aquí en mayor número

para venerar a San Pedro.

La basílica de San Pedro,

la obra maestra del arte renacentista que hoy conocemos,

se lo debe todo a esa primera basílica,

conocida como la basílica Constantiniana.

Fue el centro de un proyecto monumental

que la Europa cristiana no había conocido nunca.

Mil años después, en 1503,

la primera basílica de San Pedro aún seguía en pie.

A lo largo de esos mil años,

la Iglesia se había impuesto en toda Europa

y ahora gobernaba la vida de todos los creyentes.

A años luz de distancia de la época de los primeros cristianos,

ahora era una institución rica y poderosa que gobernaba desde Roma.

El papado es un poder, un poder con territorios.

Hablamos de los “territorios papales”, de los “estados papales”,

que se expandieron con el tiempo y varios papas permitieron

que el papado adquiriera más territorios en suelo italiano.

Y el Papa era el jefe de la Iglesia, pero también era un jefe de estado,

a veces, incluso, un caudillo.

Un papa encarnó esa nueva era más que ninguna otro.

Autoritario y ambicioso, Giuliano della Rovere,

mejor conocido por el pontificio nombre que él mismo se dio: Julio II

Por supuesto, en el contexto de Roma, Julio, el César más grande de todos,

es un nombre que a él le interesaba mucho adoptar.

Julio, un nombre que proclamaba su sed de poder:

jefe militar, jefe de estado, Julio II

tenía que prevalecer sobre una Europa dividida.

Dividida en Italia, en ciudades estados como Florencia, Milán,

Venecia y Nápoles.

Dividida también por las grandes potencias europeas,

como eran los reinos de Francia, España o el Sacro Imperio Romano,

que soñaban con gobernar sobre toda la cristiandad

y que desafiaban continuamente la autoridad de la Santa Sede.

Para reafirmar su legitimidad y su poder,

Julio II tomó una decisión radical:

reconstruir la más importante de sus iglesias, la Basílica de San Pedro.

En realidad quería imponer a la Iglesia como heredera de San Pedro

en un momento en que esta se encontraba amenazada

y reafirmar la primacía de San Pedro.

Debemos recordar igualmente que la Basílica de San Pedro

tenía más de 1.100 años en aquel momento.

Si pensamos que la actual tiene 400 años y nos parece antigua,

entonces debía de ser muy antiguo, muy venerable,

pero era antigua para la estética de la época.

Para romper con el pasado, la antigua Basílica Constantiniana,

testigo del triunfo del cristianismo

debía desaparecer y dejar espacio para un nuevo edificio.

Y, para hacer frente a ese desafío, Julio II recurrió

al arquitecto más vanguardista de su tiempo: Donato Bramante.

Fascinado por las construcciones de la antigua Roma,

Bramante encarnaba a la perfección

el renacimiento de la arquitectura italiana.

Era uno de los nombres más famosos de la arquitectura europea de la época.

Julio II acudió a él primero porque era un arquitecto reconocido

y también porque el proyecto de Bramante coincidía a la perfección

con lo que el Papa Julio II había pensado.

Julio II quería que la nueva basílica de San Pedro

fuera la iglesia más bella jamás creada.

Más hermosa que el edificio florentino

que encarnaba el Renacimiento italiano.

La catedral de Santa María del Fiore y su gigantesca cúpula octogonal,

de 45 metros de diámetro, la más grande del mundo.

Construida entre 1420 y 1436, alcanzaba los 55 metros de altura.

Realmente fue la primera cúpula de esas dimensiones

y ocupa un lugar central en la historia de la arquitectura.

Fue una empresa excepcional, una proeza artística y tecnológicas

que parecía inigualable.

Fue una especie de reto.

Julio II quería demostrar su poder, su autoridad,

con un edificio a gran escala que, obviamente,

reflejaría su propio poder.

Bramante comprendió que la cúpula, el elemento celestial y onírico,

debía estar en el centro del proyecto.

Es decir, todo debía comenzar en la cúpula.

El plano de la basílica de Bramante tenía la forma de una cruz griega,

perfectamente centrada.

En su corazón había una cúpula colosal,

una majestuosa señal para todos los fieles

de la presencia de la tumba del apóstol Pedro.

Pero, ¿cómo podían superar a Florencia

y ampliar los límites de la técnica constructiva renacentista?

Donato Bramante encontró la respuesta a esa pregunta

en las calles de Roma,

frente a una antigua megaestructura aún intacta: el Panteón.

Era un edificio tan imponente que se rumoreaba que era obra del diablo.

El Panteón era la forma de unir la antigüedad con la modernidad,

y para Bramante ese edificio era la referencia.

Y se inspiró en su cúpula monumental.

Finalizado en el siglo II d. C., esta megaestructura romana

sustentaba la cúpula más grande de la antigüedad,

de 43 metros de diámetro.

Bramante se inspiró tanto en sus dimensiones como en su forma:

un cilindro con un hemisferio en la parte superior

que representaba la perfección geométrica,

que a su vez representaba la perfección espiritual.

A diferencia de la cúpula octogonal de Florencia,

la cúpula del Panteón es una semiesfera perfecta.

Durante más de mil años nadie había construido un edificio igual.

Pero el Panteón tenía un defecto: su cúpula era invisible desde la calle.

La cúpula que honraría la tumba de San Pedro

debía ser visible desde todas partes.

Bramante decidió coger este enorme y sombrío mausoleo,

del tamaño del Panteón, y elevarlo 45 metros sobre cuatro arcos.

Un desafío que nadie había intentado nunca.

Cuatro enormes arcos que descansaban sobre cuatro pilares

que estarían coronados por un tambor,

sobre el cual se construiría una cúpula de más de 40 m. de diámetro.

Ese sistema permitía que el peso se distribuyera

por toda la mampostería de la megaestructura.

No es necesario decirlo: los pilares tenían que ser monumentales,

ya que estamos hablando de una cúpula colosal.

De hecho, esos cuatro pilares se convertirían en elementos claves

en la futura historia de la Basílica.

Con una cúpula elevada sobre cuatro pilares,

Bramante estaba ofreciendo a su cliente, Julio II,

un proyecto de alto riesgo.

El problema era que la cúpula sería frágil.

La presión resultante sería difícil de contener.

Podía, por lo tanto, romperse y venirse abajo.

El riesgo de que la cúpula se hundiera era muy real.

Construirla sería un desafío arquitectónico extraordinario.

Pero para demostrarle al mundo el poder de la Santa Sede,

el papa Julio II aprobó el proyecto de Donato Bramante.

Fueron enormemente valientes empezando a construir sin saber

si alguna vez lo terminarían,

porque nadie había hecho nada parecido antes que ellos.

Solemos llamarlo “un desafío audaz”.

Pero tal vez "imprudente" sea una mejor descripción.

Un desafío imprudente.

1506. La primera piedra de la nueva basílica

fue colocada por el propio Julio II

en los cimientos del primero de los cuatro grandes pilares,

el pilar de Verónica,

que aun hoy sigue siendo visible debajo de la cúpula.

Entre los bastidores de la basílica, una zona de difícil acceso

custodia la memoria de ese acontecimiento crucial:

Los archivos de la Fábrica de San Pedro en Roma.

Esta institución, fundada en 1509 para construir la Basílica,

aún conserva su herencia intacta.

Son dos kilómetros de documentos y 500 años de historia.

Aquí es donde se guarda el certificado de nacimiento

del nuevo San Pedro.

Comienza así: se puede ver el nombre de Julio II della Rovere,

el gran papa que tuvo tanto coraje.

Y con este documento, el 13 de enero de 1509,

se publicó la Bula Papal, que era una ley oficial.

En ella se anunciaba al pueblo la reconstrucción

de la Basílica de San Pedro.

Este documento formalizaba el inicio de los trabajos.

Con la contratación de miles de trabajadores,

docenas de artesanos, albañiles, herreros, canteros

para hacer que este proyecto imposible funcionara

bajo la dirección de Donato Bramante.

El proyecto Bramante se convirtió rápidamente

en un sitio de construcción de unas dimensiones extraordinarias.

Pero era una construcción que crecía verticalmente, hacia la cúpula,

desde el crucero, con el soporte de grandes pilares.

Su función era recibir la carga de todos los muros,

de toda la cúpula, y transferirla a los cimientos.

Por eso son tan imponentes.

Los pilares, de 45 metros de altura,

distribuirían las 14.000 toneladas de la cúpula por todo el edificio.

Se construyeron con una mezcla de hormigón y piedra.

Necesitado de una fuente barata de piedra,

el Papa no dudó en autorizar

el saqueo de las numerosas ruinas romanas de la ciudad.

Hay que recordar que desde el punto de vista de los papas de la época,

la ciudad de Roma era como una cantera abierta.

En aquella época las maravillas de la era romana,

que para nosotros hoy no tienen precio,

entonces eran monumentos vacíos sin ninguna función.

Abandonados, pronto se convirtieron en verdaderas canteras.

Para los cristianos del Renacimiento, esas ruinas eran,

por encima de todo, el testimonio de un pasado pagano.

Un pasado que pretendían cristianizar

entre los muros de la principal iglesia del cristianismo.

Una vez se levantaron los pilares,

los trabajadores de la Fábrica de San Pedro

colocaron los arcos que debían unirlos.

Era un trabajo que tenían que hacer a 45 metros de altura

sobre la tumba del apóstol Pedro.

Mientras tanto, construyeron un pequeño templo

para proteger el corazón de la iglesia

donde estaba la tumba de San Pedro.

Después, con piezas tomadas de la antigua basílica,

que fue desmantelada gradualmente,

construyeron ese pequeño templo para proteger la tumba de San Pedro.

En el plazo de solo siete años, entre 1506 y 1513,

Bramante y los trabajadores de la Fábrica

consiguieron levantar los cuatro pilares y sus arcos,

así como parte del coro de la Basílica.

La gigantesca construcción llegó hasta el pie

de la antigua iglesia de Constantino

que Julio II no pudo destruir por completo.

La basílica paleocristiana, que aún se usaba para ceremonias,

estaba parcialmente cerrada para permitir el culto.

De forma que a un lado estaba la antigua basílica cristiana primitiva

y, detrás de ella, la nueva obra en construcción.

Había dos basílicas al mismo tiempo.

La basílica Constantiniana y la nueva basílica en construcción.

La razón por la que Julio II no destruyó

la antigua Basílica de San Pedro

fue que la necesitaba para llevar a cabo

su grandioso y terriblemente oneroso proyecto.

Se recibían donaciones para San Pedro.

Los peregrinos visitaban la tumba de San Pedro,

pero también la basílica de Constantino.

Los vestigios de la antigua basílica

eran otra forma de atraer fondos importantes y necesarios.

El dinero siempre fue clave en la historia de San Pedro.

Para financiar su colosal proyecto, Julio II no dudó en sacarles

el dinero a los fieles directamente de sus bolsillos.

Es a ellos a quienes la Basílica de San Pedro debe su existencia,

sus muros, así como su rica ornamentación y sus obras de arte.

En los archivos de la Fábrica de San Pedro,

la institución a cargo del proyecto,

se conservan muchos documentos que cuentan esta dimensión,

en ocasiones controvertida, de su historia.

Este documento es una copia impresa

que se colocaba en las cajas dispuestas para recoger limosnas

en todas las iglesias de los Estados Pontificios.

En él se indicaba que las limosnas que daban los fieles

estaban destinadas a la construcción de la Basílica de San Pedro.

Poco después,

Julio II daría un paso más allá de las donaciones espontáneas

para incrementar la entrada de dinero para financiar los trabajos,

otorgando poderes especiales a la Fábrica

que le permitirían obtener ingresos adicionales.

Y uno de esos poderes tendría consecuencias catastróficas

para San Pedro.

Era un poder que explotaba la credulidad de los fieles

en una época en la que el cielo

y el infierno eran las únicas perspectivas después de la muerte:

La venta de indulgencias papales.

El papa prometía el perdón de los pecados causados o cometidos

a cambio de una pequeña suma de dinero.

Es lo que llamamos “la venta de indulgencias”,

que básicamente eran trozos de papel,

páginas que se estampaban en el Vaticano.

Una indulgencia, y disculpen la expresión,

era una especie de ascensor para llegar al cielo más rápido.

Pero un hombre se rebeló contra esos enredos con la voluntad divina.

Era un monje llegado de Alemania.

Su nombre: Martín Lutero.

Lutero se había quedado profundamente conmocionado

por todo el lujo que descubrió en el mundo del papado

y la forma en la que la corrupción reinaba en el Vaticano.

Se gastaba dinero en arte y arquitectura y no en obras devotas.

A eso hay que añadir niños ilegítimos,

relaciones abiertas con cortesanas.

Él tuvo la visión de que toda la Roma papal no era nada más que palabrería

y que cosas como las indulgencias solo eran invenciones irrelevantes.

El 31 de octubre de 1517,

Martín Lutero clavó en la puerta de la iglesia en Wittemberg, Alemania,

el certificado de nacimiento de la reforma protestante:

sus 95 tesis.

En ese documento,

que tendría enormes consecuencias para el cristianismo,

vilipendiaba sin piedad el comercio de indulgencias.

Lutero atacó directamente las indulgencias

y las relacionó con la construcción de San Pedro.

¿Por qué el Papa no financiaba el proyecto él mismo?

¿Y por qué chupaba la sangre a los pobres para pagarlo?

Esa es la paradoja de San Pedro.

Sencillamente,

construyendo San Pedro de Roma de esa manera espoleó la Reforma,

que significó la ruptura del mundo cristiano,

entre los protestantes por un lado y los católicos por el otro.

El simbolismo de San Pedro fue incluso mayor cuando se produjo

ese cisma dentro del mundo cristiano.

Julio II, fallecido en 1513, no llegó a ver las consecuencias

del comercio de indulgencias sobre la Basílica de San Pedro.

Su arquitecto, Donato Bramante,

lo seguiría a la tumba un año después.

Tras su muerte, los trabajos apenas progresaron.

En 1517 se cumplían once años desde que las obras empezaron

y aún quedaba mucho por hacer.

Para los protestantes del norte de Europa el proyecto de San Pedro

se había convertido en el símbolo de todos los excesos de los papas

y de la Iglesia.

La basílica se había convertido en el blanco de todas las críticas.

Desde el primer momento, uno de los temas preferidos de los luteranos,

y el que tuvo un mayor impacto mediático, por así decirlo,

fue comparar la Basílica de San Pedro con una nueva Torre de Babel.

Roma era la nueva Babilonia.

San Pedro: la nueva torre de Babel, símbolo de la soberbia papal.

En solo unos años, la Basílica,

ideada para afirmar la unidad de la Iglesia,

se convirtió en la encarnación de la división de la cristiandad.

Una división por la que pronto tendría que pagar un precio.

1527.

Las tensiones entre las potencias europeas se doblan en intensidad.

En Roma, un nuevo papa, Clemente VII,

se vio obligado a elegir entre dos monarcas

enfrentados por el dominio de Europa.

Por un lado, el rey de Francia, Francisco I;

por el otro, el emperador Carlos V.

El poder de Carlos V no paraba de crecer:

reinaba sobre el Sacro Imperio Romano, España y Nápoles.

En Roma, el papa se sentía rodeado por ese rival.

En consecuencia, decidió aliarse con Francia.

Para intimidar al papa, Carlo V reunió un gran ejército.

En él servían los famosos lansquenetes alemanes,

los mejores soldados de su época;

los más valientes, feroces y aguerridos,

se alistaron a ese gran ejército que sin duda tuvo que asustar al papado.

Y sabemos que la mayoría de los lansquenetes alemanes

eran protestantes.

Ese ejército, en el que servían muchos protestantes,

invadió la península italiana, tierra católica.

Pero los soldados no recibían su paga.

Cuando vieron los muros de Roma, la Nueva Babilonia,

la ira de las tropas era tan grande que no dudaron en saquear la ciudad.

No hay nada más peligroso que un ejército mercenario

que no cobra su salario.

En 1527 se produjo el ataque contra Roma,

conocido como el Saco de Roma.

Duró varios meses y fue experiencia traumática

que marcaría el mundo cristiano durante mucho tiempo.

Los soldados protestantes ocuparon y saquearon la ciudad eterna.

Empezando por la sede del orgullo papal: la Basílica de San Pedro.

Para los pontífices gobernantes

que provocaron el surgimiento del protestantismo,

la tormenta de fuego fue terriblemente violenta.

Hubo millares de víctimas.

Algunos soldados llegaron incluso a instalar sus establos

dentro de San Pedro de Roma.

Eso demuestra que el edificio no se salvó en absoluto.

El sitio de construcción quedó paralizado, vacío.

Según todas las representaciones de la época,

era como caminar entre ruinas.

Se ven plantas creciendo en los muros de la basílica.

Ya no había obreros y todo estaba abandonado.

San Pedro, la nueva Torre de Babel, el orgullo de los pontífices,

había sido castigada por Dios.

De hecho, la construcción no avanzaba porque Dios mismo,

como hizo con la Torre de Babel,

había impedido que se terminara ese edificio.

Un castigo divino que estuvo a punto de impedir

que esta obra maestra del arte católico viera la luz del día.

El Saco de Roma había pisoteado todo el prestigio de la Iglesia.

Para los papas solo quedaban los símbolos.

Comenzando con los más importantes de la Iglesia,

martirizada, humillada...

Sin embargo, su futuro dependía de su finalización.

Los trabajos de construcción de San Pedro se detuvieron durante 12 años.

Doce años durante los cuales tomó forma un nuevo e importante proyecto

para la Basílica.

La obra del arquitecto Antonio da Sangallo,

cuyo rostro ha sido olvidado por la historia,

es un testimonio de la voluntad de la Iglesia

de responder enérgicamente a la afrenta que acababa de sufrir.

Sangallo ideó un proyecto excepcional, monumental, espectacular

En aquel momento, el proyecto alcanzó unas dimensiones gigantescas,

nunca antes vistas en su historia.

De todos los proyectos propuestos para San Pedro,

el de Sangallo era el más monumental.

La ambición del papa era realmente muy grande.

El Vaticano conserva un gran modelo en madera de aquel proyecto.

Encargado por el papa Pablo III, costó lo mismo que una iglesia.

Sus tres dimensiones nos proporcionan una idea

del tamaño de esta monumental basílica.

Mucho más grande que la del proyecto original,

habría cubierto más de 20.000 metros cuadrados.

La cúpula se habría elevado a una altura de 120 metros.

La cúpula actual tiene 137 metros de altura.

El papa quería ver algo más que dibujos, quería una maqueta,

un modelo real en tres dimensiones

de cómo se vería la Basílica de San Pedro.

Sangallo y sus ayudantes se pusieron manos a la obra

y en siete años construyeron este maravilloso modelo.

Nunca se había hecho una maqueta tan grande y tan hermosa.

Los trabajos se reanudaron en 1539.

Pero, a mediados de la década de 1540,

solo se había terminado

una de las grandes capillas del sur del edificio.

El tiempo se agotaba.

La construcción de San Pedro apenas había avanzado

y el proyecto era objeto de fuertes críticas

por parte de los protestantes.

Constantemente se criticaba

que la Fábrica de San Pedro no estuviera terminada.

Se la comparaba con una ruina, con una ruina pagana.

Se convirtió así en el emblema del nuevo paganismo del papa de Roma.

Necesitaban terminarla cuanto antes para demostrar que era una iglesia.

Demostrar que San Pedro no era un templo pagano

sino una iglesia cristiana.

Ese era, paradójicamente, el deber del Papa a ojos del mundo.

Era un objetivo que solo un hombre providencial le permitiría alcanzar.

Ese hombre era el mejor artista de su época.

Su nombre: Miguel Ángel.

Él solo encarnaba todo el arte del Renacimiento.

Pintor y escultor, también era un arquitecto genial.

Era un artista devoto.

Tenía casi 72 años.

Era un hombre muy anciano para aquellos tiempos.

Detrás de sí tenía una carrera excepcional

y había trabajado para muchos papas.

En la cumbre de su carrera, Miguel Ángel soñaba

con tomar las riendas de la obra más importante del siglo.

La muerte de Antonio da Sangallo fue su gran oportunidad.

1546.

En el corazón de la ciudad eterna, Miguel Ángel trabajaba

en la remodelación de la sublime Piazza del Campidoglio.

Pero, para él, San Pedro era lo más importante.

Ese proyecto sería su obra maestra final.

Miguel Ángel presentó al Papa Pablo III su nuevo proyecto,

al que la actual Basílica le debe todo.

Empezando por la luz.

Las numerosas ventanas aportan al edificio una claridad sin parangón.

La luz también es un símbolo. La luz divina es la fuente de la revelación.

Más sencillo, menos ornamentado,

su plan para San Pedro encarnaba a la perfección

el espíritu del Renacimiento.

Miguel Ángel, que quería poner fin al proyecto de Sangallo,

propuso un plan grandioso y al mismo tiempo menos voluminoso.

Una idea que recibió el beneplácito del papa.

Cuando intentaba hacerse con el proyecto,

Miguel Ángel le dijo al Papa que su nueva idea

podría ahorrar 300.000 coronas;

pero que, sobre todo, ahorraría cien años de trabajo.

Y puede que tuviera razón, que no estuviera exagerando.

Gracias a su nuevo proyecto, que ahorraría un siglo de trabajo,

la propuesta de Miguel Ángel triunfó.

Bajo su dirección, el proyecto se revitalizó.

Y avanzaba a una velocidad nunca vista antes.

En aquel momento,

el sitio de la construcción de San Pedro bullía de vida.

Por un lado estaban las cuadrillas de obreros de la construcción,

los andamios; hay que imaginar todas esas máquinas,

los cabrestantes, al igual que los animales.

Se utilizaron muchos animales, porque había una multitud de rutas

para transportar los ladrillos, etc. a las partes más altas de la obra.

Como jefe del proyecto,

Miguel Ángel tomó varias decisiones radicales.

Empezó destruyendo toda la cantería de Sangallo.

Luego, comenzó a trabajar en el exterior del edificio.

Fue una decisión estratégica,

pensada para obligar a sus sucesores a seguir su proyecto.

Pero su impronta no se detuvo ahí.

El escultor, como maestro de obras, impuso el uso de mármol travertino,

una piedra clara de la región de Roma.

Un material precioso,

desde entonces omnipresente en todos los niveles de la megaestructura.

Miguel Ángel nació escultor.

Llevaba la piedra en la sangre.

Y eligió el mármol travertino por motivos de calidad.

También es más preciado

porque sabemos que es un material muy valioso.

Era como si él nos estuviera diciendo:

“cada piedra que utilizo, cuando uso un material valioso,

debo estar a la altura de ese material”.

Eso es algo que nuestra época parece haber olvidado.

Con Miguel Ángel llegaron cientos de toneladas de travertino

por tierra o por el río.

Eran enormes bloques de piedra que los trabajadores a menudo

tenían que izar decenas de metros en el aire.

Miguel Ángel encontró la solución a ese problema

en su experiencia como escultor.

Miguel Ángel llegó y empleó una técnica que se usaba

levantar bloques en los puertos próximos a las canteras de mármol.

Después, tenían que izarlos y depositarlos en una barcaza.

Pero para izarlos y cargarlos en las barcas, utilizaban grúas.

Eran estructuras verticales muy altas capaces de mantener su rigidez

una vez fijadas.

Luego, usando juegos de poleas

de diferentes dimensiones dispuestas correctamente,

podían izar cargas muy pesadas.

Era una estructura portuaria típica que Miguel Ángel

impuso en la obra de San Pedro de una forma radical, casi exagerada;

porque esas torres grúa no tenían 10 metros de altura,

en algunos casos alcanzaban los 60 o 70 metros de altura.

Era impresionante.

Mediante ese sistema, Miguel Ángel consiguió que la construcción

fuera más eficiente y más rápida.

En 1553, Miguel Ángel inició la construcción

de un elemento estructural que era clave para terminar la Basílica:

el tambor, diseñado para elevar la cúpula y hacerla visible.

Era una estructura gigantesca con dieciséis ventanas

que iluminaban el interior de la cúpula.

Miguel Ángel la construyó mucho antes de terminar la Basílica

porque quería llegar lo más alto posible

para instalar el elemento más característico,

el más representativo de la Basílica, que era su cúpula sobre el tambor.

Porque esa era la vieja idea de Bramante.

San Pedro es la cúpula y todo lo que hay debajo.

Una vez terminado el tambor,

todo estaba preparado para recibir la cúpula de San Pedro:

la culminación de este proyecto interminable.

Miguel Ángel había imaginado la forma de la cúpula con sus bordes,

sus ventanas y su gigantesca linterna.

Pero San Pedro tendría que esperar aún un poco más.

El 18 de febrero de 1564, Miguel Ángel moría

dejando al cristianismo huérfano de su mayor artista.

Tenía 88 años.

Desde la mampostería externa hasta el tambor,

el trabajo en San Pedro nunca había avanzado tanto.

Pero aún quedaba mucho por hacer.

Empezando por la construcción de la cúpula.

Miguel Ángel dejaba detrás de él una obra maestra inacabada.

1588.

El proyecto avanzaba velozmente.

Desde la mampostería hasta el tambor,

todo estaba preparado para que la megaestructura recibiera

la gigantesca cúpula de casi 42 metros de diámetro.

Señalaría majestuosamente a todos los cristianos

la ubicación de la tumba del apóstol Pedro.

La cúpula semiesférica es obviamente una forma perfecta.

Porque se trata de un círculo.

Una vez más volvemos al simbolismo de las formas.

El círculo es una forma sin principio ni fin, es la forma del infinito

y, obviamente, la forma de Dios.

La cúpula descansaría sobre los mismos cuatro pilares

utilizados como base para distribuir su peso colosal

por toda la megaestructura.

Era un desafío arquitectónico que nunca se había logrado.

Y cuyo resultado era incierto.

Primero imaginada por Bramante, el arquitecto más grande de su tiempo

y diseñada después por Miguel Ángel,

un artista cuya obra ha atravesado los siglos.

Sin embargo, el Papa confió

la construcción de la cúpula a un desconocido,

el arquitecto en jefe de San Pedro Giacomo Della Porta.

Varios genios se habían sucedido y trabajado en San Pedro.

Comparado con ellos, Giacomo della Porta era mucho más humilde.

Era un hombre amable, con poca personalidad,

pero era un técnico extraordinario

que había trabajado en la obra de San Pedro.

A pesar de todo, sobre él recayó ese desafío arquitectónico,

del cual dependía el futuro de la Iglesia.

Un hundimiento habría sido inaceptable,

por lo que era algo impensable.

Giacomo Della Porta no podía permitir esa posibilidad.

Para Della Porta,

el reto era reducir el peso de esa cúpula gigante

y garantizar al mismo tiempo su estabilidad para toda la eternidad.

Un problema que su maestro Miguel Ángel

había resuelto ideando con dos cúpulas.

Entrelazadas en su base mediante espolones,

formarían dos estructuras independientes entre sí,

reduciendo significativamente el peso del edificio.

El dispositivo de Miguel Ángel tenía un defecto. Era demasiado liviano.

Fue diseñado para la ligereza.

De hecho, por extraño que parezca,

cuando un edificio es demasiado liviano, pierde resistencia

y puede empezar a sufrir daños.

Giacomo Della Porta sabía que no tenía margen de error

con la cúpula de San Pedro,

la basílica más controvertida jamás construida por los católicos.

Así que no correría riesgos.

El arquitecto usó los diseños de la doble cúpula de Miguel Ángel

como punto de partida.

Pero hizo muchas modificaciones.

Para empezar, reforzó la cúpula interior

para asegurar que la megaestructura resistiera.

Para hacer la cúpula más sólida,

aseguró las dos cubiertas con espolones de piedra hasta arriba.

Y sobre todo, cambió sustancialmente el perfil de la cúpula exterior

elevándola en casi seis metros.

Sin duda tomó esa decisión porque una cúpula puntiaguda

es más estable que una cúpula semiesférica.

La carga creada por una cúpula tiene un componente vertical muy fuerte,

pero también horizontal.

En la práctica, la fuerza de un arco o de una cúpula es diagonal.

Cuanto más agudo sea el arco, menor será la carga horizontal

y mejor se distribuirá verticalmente.

Con esta cúpula más esbelta,

Della Porta limitaba el riesgo de expansión

y, por lo tanto, el colapso de la estructura.

Pero las precauciones que adoptó el arquitecto no se detuvieron ahí.

Della Porta planeó instalar siete marcos de hierro

en el corazón de la mampostería para contener aún más la presión.

En esos marcos introdujo ligaduras de hierro

en el interior de los espolones

para reforzar aún más el soporte entre las dos cubiertas.

Como un búnker de hormigón armado.

Se ve que no podía dormir por las noches.

Tenía miedo de construir un edificio así

y tomó todas las precauciones necesarias

para evitar todos los posibles problemas

desde el punto de vista estructural.

Piedra, hierro...

el 15 de julio de 1588, 800 trabajadores estaban preparados

bajo la dirección de Della Porta

para construir la cúpula de San Pedro.

Era una gran responsabilidad.

Espero que él no fuera consciente, porque pretendía construir una cúpula

de una forma que nadie había intentado antes.

Nunca se había hecho algo así.

Era una operación imposible

sin construir antes una gran estructura de sujeción.

Totalmente construida en madera a más de 60 metros de altura,

sujetaría la cúpula hasta su finalización.

El transporte de las vigas tuvo una dimensión homérica y heroica,

ya que medían más de 100 palmos.

Eran vigas de 23 metros de longitud

que eran transportadas 50 kilómetros por tierra,

desde el lago Bracciano hasta la obra. Fue algo realmente increíble.

Gracias a esa inmensa estructura de madera, al talento organizativo

y a los preparativos de Giacomo Della Porta,

el trabajo avanzaba a un ritmo inimaginable para la época.

En el plazo de 16 meses, la cúpula estuvo concluida.

Varios años antes de lo previsto.

Fue la mayor hazaña ingenieril de la arquitectura occidental.

No conozco ningún ejemplo comparable; por sus dimensiones,

por la complejidad del desafío

y por la rapidez con la que se llevó a cabo.

Hemos visto que, afortunadamente,

el genio humano es absolutamente infinito

y que las herramientas de la ingeniería han evolucionado mucho.

¡16 meses!

Un siglo antes, la construcción de la cúpula de Florencia

había costado dieciséis años, de 1420 a 1436.

La de San Pedro fue una hazaña inconmensurable.

Pero la aventura de su construcción aún no había finalizado.

La fachada y su sublime decoración interior aún no estaban terminadas.

La nueva Basílica de San Pedro no se consagró hasta 1626,

120 años después de que se iniciaran los trabajos.

Pero aún faltaba una pieza vital del rompecabezas.

El sublime baldaquino de bronce.

Fue obra de un escultor genial: Gianlorenzo Bernini.

Se eleva 29 metros de altura bajo la cúpula.

El baldaquino de San Pedro era el vínculo arquitectónico

y también simbólico entre la subestructura, la tumba,

y la superestructura, la cúpula.

La finalización de esta megaestructura religiosa

sería la construcción de la columnata de la Plaza de San Pedro.

También fue obra de Bernini,

el genio final de este proyecto interminable.

Con sus 284 columnas y 340 metros de anchura,

puede acoger a 300.000 personas.

Había cuatro niveles de columnas.

La columnata cuádruple diseñada por Bernini

era como los brazos de Cristo abiertos.

Su simbolismo era muy evidente.

Los brazos abiertos a los fieles señalaban el triunfo

y la renovación de la Iglesia Católica.

San Pedro, que fue el origen del protestantismo,

el mayor desafío que la Iglesia Católica haya conocido,

se había convertido en su respuesta ante los ojos del mundo.

Una respuesta majestuosa, a la altura de la riqueza de su historia

y de los grandes genios del Renacimiento

que marcaron su construcción.

Una respuesta que sigue resonando hoy.

Otros documentales - Ciudades secretas: La Basílica de San Pedro

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Contenido disponible hasta el 1 de abril de 2020

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