La 2 abre una ventana al teatro en horario de máxima audiencia y emite algunas de las obras con más éxito de crítica y público producidas en España en los últimos años. Todas irán precedidas de una breve presentación que invitará al espectador a asistir a esta peculiar función desde su propia casa.

‘La 2 es teatro’ cuenta con la colaboración del INAEM, que ha puesto a disposición de Televisión Española las grabaciones de las obras realizadas por el Centro de Documentación de las Artes Escénicas y de la Música.

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No recomendado para menores de 7 años La 2 es Teatro - Mariana Pineda - ver ahora
Transcripción completa

(Murmullo)

(Ventisca)

(Música dramática)

(VOCES DISTANTES) "Mariana". -"Mariana".

-"Mariana". -"Mariana".

-"Mariana". -"Mariana".

-"Mariana".

(Música suspense)

(RESPIRA AGITADA)

(Música suspense)

(Voces indistinguibles)

(Música suspense)

# Amor, amor,

# que está herido,

# herido de amor,

# huido.

# De amor herido,

# muerto de amor.

# Decid a todos que ha sido

# el ruiseñor.

# Herido,

# herido.

# Muerto de amor.

# Bisturí de cuatro filos,

# garganta rota y olvido.

# De amor herido, # muerto de amor.

# Que vengo muy malherido.

# Herido.

# Herido.

# Muerto de amor. #

¿Y la niña?

-Borda y borda lentamente.

Yo la he visto por el ojo de la llave.

Parecía el hilo rojo, entre sus dedos,

una herida de cuchillo sobre el aire.

-¡Tengo un miedo!

-¡No me digas! -¿Se sabrá?

-Desde luego, por Granada no se sabe.

¿Por qué borda esa bandera?

-Ella me dice que la obligan sus amigos liberales.

-Don Pedro, sobre todos.

-Y por ellos se expone a lo que no quiero acordarme.

Si pensara como antigua, le diría embrujada.

-Enamorada. -Sí.

-¡Quién sabe!

-Se le ha puesto la sonrisa casi blanca,

como vieja flor abierta en un encaje. -Ella debe dejar esas intrigas.

¿Qué le importan las cosas de la calle?

-Y si borda, que borde unos vestidos para su niña, cuando sea grande.

-Que si el rey no es buen rey, que no lo sea;

las mujeres no deben preocuparse.

-Esta noche pasada no durmió.

¡Si no vive! ¿Recuerdas ayer tarde?

(LLAMAN A LA PUERTA)

-Son las hijas del Oidor. Guarde silencio.

-Marianita.

Sal.

Que vienen a buscarte.

¡Las dos bellas del Campillo por esta casa!

-¡Clavela! ¿Qué tal tu esposo el clavel?

-¡Marchito! -¡Amparo!

-¡Paciencia!

Pero clavel que no huele, se corta de la maceta.

-Dona Angustias, ¿qué os parece? -Siempre tan graciosa.

-Mientras que mi hermana lee y relee novelas y más novelas,

o borda en el cañamazo rosas, pájaros y letras,

yo canto y bailo el jaleo de jerez, con castañuelas;

el vito, el ole, el zorongo,

y ojalá siempre tuviera ganas de cantar, señora.

-Qué chiquilla.

-¡Estate quieta! ¡Descarada!

-Yo no puedo mirar. -¿No te da vergüenza?

-Pero ¿no sale Mariana? Voy a llamar en su puerta.

¡Mariana, sal pronto, hijita!

-Perdonad, señora. -Déjala.

(Latidos, música suave)

-¡Cómo has tardado!

¡Niñas! ¡Marianita!

-¡A mí otro beso! -¡Y otro a mí!

¡Preciosas!

¿Trajeron una carta?

¡No!

Tú, siempre joven y guapa. -¡Ya pasó los cuarenta!

-¡Pues parece que tiene quince!

-¡Viuda y con dos hijos! -¿Cómo siguen?

-Han llegado ahora mismo del colegio, y estarán en el patio.

-Voy a ver. No quiero que se mojen en la fuente.

Hasta luego, hijas mías. -Hasta luego.

(SE BURLA)

(RÍEN)

Tu hermano Fernando, ¿cómo sigue?

Dijo que vendría a buscarnos para saludarte.

Se estaba poniendo su levita nueva. Todo lo que tienes le parece bien.

Quiere que vistamos como tú te vistes. Ayer...

-Ayer mismo nos dijo que tú tenías en los ojos...

¿Qué dijo? -¿Me dejas hablar?

-¡Ya me acuerdo! Dijo que en tus ojos

había un constante desfile de pájaros.

Un temblor divino, como de agua clara,

sorprendida siempre bajo el arrayán, o un temblor de luna

sobre una pecera donde un pez de plata finge rojo sueño.

-Mira, lo segundo son inventos de ella.

-¡Lucía, eso dijo!

¡Qué bien me causáis con vuestra alegría de niñas pequeñas!

La misma alegría que debe sentir el gran girasol al amanecer,

cuando sobre el tallo de la noche vea abrirse

el dorado girasol del cielo.

La misma alegría que la viejecilla siente

cuando el sol se duerme en sus manos

y ella lo aprisiona creyendo que nunca la noche y el frío

cercarán su casa.

¡Te encuentro muy triste! -¿Qué tienes?

¡Clavela! ¿Llegó? ¡Di!

Señora, no ha venido nadie.

-Si esperas visita, nos vamos. -Lo dices y salimos.

¡Niñas, tendré que enfadarme!

No me has preguntado por mi estancia en Ronda.

Es verdad que fuiste. ¿Y has vuelto contenta?

Mucho. Todo el día baila que te baila.

-Vámonos, Amparo.

¡Cuéntame! Si vieras cómo necesito de tu fresca risa,

cómo necesito de tu gracia joven.

Mi alma tiene el mismo color del vestido.

Qué cosas tan lindas dices, Marianilla.

-¿Quieres que te traiga una novela?

-Tráele la plaza de toros de la ilustre Ronda.

¿Estuviste en los toros? Estuvo.

(Ventisca)

-En la corrida más grande que se vio en Ronda la vieja.

Cinco toros de azabache, con divisa verde y negra.

Yo pensaba siempre en ti.

Yo pensaba: "Si estuviera conmigo mi triste amiga,

mi Marianita Pineda".

Las niñas venían gritando sobre pintadas calesas

con abanicos redondos bordados de lentejuelas.

Y los jóvenes de Ronda sobre jacas pintureras,

los anchos sombreros grises calados hasta las cejas.

La plaza, con el gentío, calañés y altas peinetas,

giraba como un zodíaco de risas blancas y negras.

Y cuando el gran Cayetano cruzó la pajiza arena

con traje color manzana, bordado de plata y seda,

destacándose gallardo entre la gente de brega

frente a los toros zainos que España cría en su tierra,

parecía que la tarde se ponía más morena.

¡Si hubieras visto con qué gracia movía las piernas!

¡Qué gran equilibrio el suyo con la capa y la muleta!

Ni Pepe-Hillo ni nadie toreó como él torea.

Cinco toros mató; cinco, con divisa verde y negra.

En la punta de su estoque cinco flores dejó abiertas,

y a cada instante rozaba los hocicos de las fieras,

como una gran mariposa de oro con alas bermejas.

La plaza, al par que la tarde, vibraba fuerte, violenta,

y entre el olor de la sangre iba el olor de la sierra.

Yo pensaba siempre en ti;

yo pensaba: "Si estuviera conmigo mi triste amiga,

mi Marianita Pineda".

¡Yo te querré siempre a ti tanto como tú me quieras!

(Ventisca)

Nos retiramos.

Si sigues escuchando a esta torera, hay corrida para rato.

-Y dime, ¿estás más contenta?

Porque este cuello... ¡Oh, qué cuello!

No se hizo para la pena.

-Hay nubes por Parapanda. Lloverá aunque Dios no quiera.

-¡Este invierno va a ser de agua! ¡No podré lucir!

-¡Coqueta!

-¡Adiós, Mariana! ¡Adiós, niñas!

¡Que te pongas más contenta! Tardecillo es.

¿Queréis que os acompañe Clavela? ¡Gracias! Pronto volveremos.

-¡No bajes, no! ¡Hasta la vuelta!

(Música suave)

Si toda la tarde fuera como un gran pájaro,

¡cuántas duras flechas lanzaría para cerrarle las alas!

Hora redonda y oscura que me pesa en las pestañas.

Dolor de viejo lucero detenido en mi garganta.

Ya debieran las estrellas asomarse a mi ventana

y abrirse lentos los pasos por la calle solitaria.

¡Con qué trabajo tan grande deja la luz a Granada!

Se enreda entre los cipreses o se esconde bajo el agua.

¡Y esta noche que no llega!

¡Noche temida y soñada,

que me hieres ya de lejos con larguísimas espadas!

Buenas tardes.

(ASUSTADA) ¡Fernando! (RÍE) ¿Te asusto?

No te esperaba y tu voz me sorprendió.

¿Se han ido ya mis hermanas? Ahora mismo.

¡Se olvidaron de que vendrías a buscarlas!

¿Interrumpo?

Adelante.

(RÍEN)

¡Cómo me gusta tu casa!

Con este olor a membrillos.

Y qué preciosa fachada tienes,

llena de pinturas de barcos y de guirnaldas.

¿Hay mucha gente en la calle? ¿Por qué preguntas?

Por nada.

Pues hay mucha gente. ¿Sí?

Al pasar por Bibarrambla he visto dos o tres grupos

de gente envuelta en sus capas, que aguantando el airecillo

a pie firme comentaban el suceso. ¿Qué suceso?

Un capitán que se llama... No recuerdo.

Liberal, prisionero de importancia,

se ha fugado de la cárcel de la Audiencia.

¿Qué te pasa? Ruego a Dios por él.

¿Se sabe si le buscan?

Ya marchaban antes de venir yo aquí un grupo de tropas hacia el Genil

y sus puentes para ver si lo encontraban,

y es fácil que lo detengan camino de la Alpujarra.

¡Qué triste es esto! !Dios mío!

El preso, como un fantasma, se escapó.

Pero Pedrosa ya buscará su garganta.

Pedrosa conoce el sitio donde la vena es más ancha,

por donde brota la sangre más caliente y encarnada.

¡Qué chacal! ¿Tú le conoces? Le conocí por desgracia.

Él está amable conmigo y hasta viene por mi casa,

sin que yo pueda evitarlo. ¿Quién le impediría la entrada?

¿Te da mucho miedo? ¡Mucho!

Ayer tarde yo bajaba por el Zacatín.

Volvía de la iglesia de Santa Ana, tranquila;

pero de pronto...

vi a Pedrosa.

Se acercaba seguido de dos golillas entre un grupo de gitanas.

Con un aire y un silencio...

¡Él notó que yo temblaba!

¡Bien supo el rey lo que se hizo al mandarlo aquí a Granada!

Se trajo en el maletín un centenar de mortajas,

hechas, según se murmura, por manos que son sagradas.

¡Ya es noche!

¡Clavela! ¡Luces!

Ahora los ríos sobre España,

en vez de ser ríos son largas cadenas de agua.

Por eso hay que mantener la cabeza levantada.

¡Señora, las luces! ¡Déjalas!

(LLAMAN A LA PUERTA)

¡Están llamando!

Mariana, ¿por qué tiemblas de ese modo?

¡Abre pronto, por Dios! ¡Anda!

Sentiría en el alma ser molesto. Marianita, ¿qué tienes?

Esperando, los segundos se alargan de manera irresistible.

¿Bajo yo?

Un caballo se aleja por la calle. ¿Tú lo sientes?

Hacia la vega corre.

Ya ha cerrado el postigo Clavela. ¿Quién será?

!Yo no lo sé! ¡Ni siquiera pensarlo!

Una carta, señora. ¡Qué será!

Me la entregó un jinete. Iba embozado.

La negra capa izada por el aire.

Soltó las bridas y se fue volando hacia lo oscuro de la plazoleta.

Desde aquí lo sentimos. ¿Le has hablado?

Ni yo le dije nada, ni él a mí. Lo mejor es callar en estos casos.

¡No la quisiera abrir!

¡Ay, quién pudiera en esta realidad estar soñando!

¡Señor, no me quitéis lo que más quiero!

Estoy confuso. Esto es tan extraño. Tú sabes lo que tiene.

¿Qué le ocurre? Ya le he dicho que no lo sé.

Me callo.

Con tu permiso. ¿Ya te vas?

Me marcho; voy al café de la Estrella.

Perdona estas inquietudes... ¿Necesitas algo?

Gracias... Son asuntos familiares hondos

y tengo yo misma que solucionarlos.

Yo quisiera verte contenta. Diré a mis hermanillas

que vengan un rato, y ojalá pudiera prestarte mi ayuda.

Adiós, que descanses.

Adiós.

Buenas noches. Salga, que yo le acompaño.

(Latidos, música tensión)

¡Pedro de mi vida! ¿Pero quién irá? Ya cercan mi casa los días amargos.

Y este corazón, ¿adónde me lleva,

que hasta de mis hijos me estoy olvidando?

¡Tiene que ser pronto y no tengo a nadie!

¡Yo misma me sorprendo de quererle tanto!

¿Y si le dijese... y él lo comprendiera?

¡Señor, por la llaga de vuestro costado!

Por las clavellinas de su dulce sangre,

enturbia la noche para los soldados. ¡Es preciso!

¡Tengo que atreverme a todo! ¡Fernando!

¡En la calle, señora! ¡Fernando!

¡Doña Mariana, qué confundida está!

Desde que usted puso sus preciosas manos

en esa bandera de los liberales,

aquellos colores de flor de granado desaparecieron de su cara.

(LLAMAN A LA PUERTA)

¡Abre!

Y respeta y ama lo que estoy bordando.

Dios dirá; los tiempos cambian con el tiempo.

Dios dirá. ¡Paciencia!

Tengo, sin embargo, que estar muy serena, muy serena.

Aunque me siento vestida de temblor y llanto.

¿Qué quieres? Hablar contigo.

Puedes irte. Hasta mañana.

Dime, pronto. ¿Eres mi amigo?

¿Por qué preguntas, Mariana? Sabes que siempre fui.

¿De corazón? ¡Soy sincero!

¡Ojalá que fuese así! Hablas con un caballero.

Lo sé.

¿Qué quieres de mí?

Quizá quiera demasiado y por eso no me atrevo.

No quieras ver disgustado este corazón tan nuevo.

Te sirvo con alegría. Fernando, ¿y si fuera...?

¿Qué? ¡Algo peligroso!

Iría. Con toda mi buena fe.

¡No puedo pedirte nada! Pero esto no puede ser.

Como dicen por Granada, ¡soy una loca mujer!

Marianita. ¡Yo no puedo!

¿Por qué me llamaste? Di.

Porque tengo mucho miedo de morirme sola aquí.

¿De morirte?

Necesito, para seguir respirando,

que tú me ayudes, amigo.

Mis ojos te están mirando, y no lo debes dudar.

Pero mi vida está fuera, por el aire, por la mar,

por donde yo no quisiera.

¡Dichosa la sangre mía si puede calmar tu pena!

¡No! Tu sangre aumentaría el grosor de mi cadena.

Confío en tu corazón.

¡Qué silencio el de Granada!

Fija, detrás del balcón, hay puesta en mí una mirada.

¿Qué estás hablando? Me mira la garganta,

que es hermosa, y toda mi piel se estira.

¿Podrás conmigo, Pedrosa?

Toma esta carta, Fernando.

Lee despacio y entendiendo.

¡Sálvame! Que estoy dudando si podré seguir viviendo.

(LEE) "Adorada Marianita".

No interrumpas la lectura.

Un corazón necesita lo que pide en la escritura.

"Adorada Marianita: Gracias al traje de capuchino,

que tan diestramente hiciste llegar a mi poder,

me he fugado de la torre de Santa Catalina,

confundido con otros frailes, que salían de asistir

a un reo de muerte".

"Esta noche, disfrazado de contrabandista,

tengo absoluta necesidad de salir para Cadiar,

donde espero tener noticias de los amigos.

Necesito antes de las nueve el pasaporte que tienes en tu poder

y una persona de tu absoluta confianza que espere con un caballo,

más arriba de la presa del Genil, para, río adelante,

adentrarme en la sierra".

"Pedrosa estrechará el cerco como él sabe,

y si esta misma noche no parto, estoy irremisiblemente perdido.

Me encuentro en la casa del viejo don Luís,

que no lo sepa nadie de tu familia, No hagas por verme,

pues me consta que estás vigilada. Adiós, Mariana.

Todo sea por nuestra divina madre, la libertad. Dios me salvará.

Adiós, Mariana. Un abrazo...

y el alma de tu amante.

Pedro de Sotomayor".

Mariana.

¡Me lo imagino! Pero silencio, Fernando.

¡Cómo has cortado el camino de lo que estaba soñando!

No es tuya la culpa, no.

Ahora tengo que ayudar

a un hombre que empiezo a odiar, y el que te quiere soy yo.

¡El que de niño te amara lleno de amarga pasión!

Mucho antes de que robara don Pedro tu corazón.

Pero...

quién te deja en esta triste angustia del momento.

Y torcer mi sentimiento...

Ay, qué trabajo me cuesta.

¡Pues iré sola!

¡Dios mío, tiene que ser al instante!

Yo iré en busca de tu amante por la ribera del río.

Decirte cómo le quiero no me produce rubor.

Me escuece dentro su amor y relumbra todo entero.

Él ama la libertad y yo la quiero más que él.

Lo que dice es mi verdad, agria, que me sabe a miel.

Y no me importa que el día con la noche se enturbiara,

que con la luz que emanara su espíritu viviría.

Por este amor verdadero que muerde mi alma sencilla

me estoy poniendo amarilla como la flor del romero.

Mariana, dejo que vuelen tus quejas. ¿Mas no has oído que el corazón

tengo herido y las heridas me duelen?

Pues si mi pecho tuviera vidrieritas de cristal,

te asomaras y lo vieras gotas de sangre llorar.

¡Basta!

Dame el documento.

¿Y el caballo? En el jardín.

Si vas a marchar, al fin, no hay que perder un momento.

Ahora mismo. ¿Y aquí va? Todo.

Bien. Perdón, amigo.

Que el Señor vaya contigo. Yo espero que así sea.

Yo espero que así será.

Está la noche cerrada. No hay luna, y aunque la hubiera,

los chopos de la ribera dan una sombra apretada.

Adiós.

Y seca ese llanto,

pero quédate...

sabiendo que nadie te querrá tanto como yo te estoy queriendo.

Que voy con esta misión para no verte sufrir,

torciendo el hondo sentir de mi propio corazón.

Evita guarda o soldado...

Por aquel sitio no hay gente. Puedo marchar descuidado.

¿Qué quieres más? Sé prudente.

Ya tengo el alma cautiva; desecha todo temor.

Prisionero soy de amor, y lo seré mientras viva.

Adiós. No salgas, Mariana.

El tiempo corre, y yo quiero pasar el puente primero que don Pedro.

Hasta mañana.

(Risas)

(Música suave)

¿Dónde está la Marianita?

Rosa y jazmín de Granada.

-Está esperando a su novio. -Pero su novio ya tarda.

-Si la vieras cómo mira por una y otra ventana.

Dice: "Si no hubiera tierras, lo vería en la distancia".

-Ella lo espera segura. -No vendrá, por su desgracia.

-¿Marianita va a morir?

¡Hay otra luz en la casa! -¡Y cuánto pájaro! ¿Has visto?

Ya no caben en las ramas del jardín ni en los aleros;

-Nunca vi tantos, y al alba, cuando se siente la Vela,

cantan y cantan y cantan...

-Y al alba despiertan brisas y nubes desde el frescor de las ramas.

-Y al alba, por cada estrella que muere nace diminuta flauta.

-¿Y ella? ¿Tú las has visto? Ella me parece amortajada

cuando cruza el coro bajo con esa ropa tan blanca.

-¡Qué injusticia! Esta mujer de seguro fue engañada.

-¡Su cuello es maravilloso!

(AMBAS) ¡Ah!

-Sí, pero... -Cuando lloraba,

me pareció que se le iba a deshojar en la falda.

-Ay, Mariana, qué juego inventaron los niños. Regáñales.

¿Qué hicieron?

Mariana, la bandera que bordas en secreto...

¿Qué dices? Han hallado en el armario viejo

y se han tendido en ella fingiéndose los muertos.

Serán cosas de niños, está bien, pero vengo muy mal impresionada

y me da mucho miedo la dichosa bandera.

¿Pero cómo la vieron? ¡Estaba bien oculta!

Mariana, ¡triste tiempo para esta antigua casa,

que derrumbarse veo, sin un hombre, sin nadie,

en medio del silencio! -Y luego, tú...

¡Por Dios! Mariana, ¿tú qué has hecho?

-Cercar estas paredes de guardianes secretos.

Tengo el corazón loco y no sé lo que quiero.

¡Olvídalo, Mariana! ¡Olvidarlo no puedo!

Los niños. Vamos pronto.

¿Cómo alcanzaron eso?

Así pasan las cosas.

-¡Mariana, piensa en ellos!

Sí, sí; tienes razón. Tienes razón. ¡No pienso!

Los niños están dormidos.

(Música suave)

Dormid tranquilamente, niños míos, mientras que yo, perdida y loca,

siento quemarse con su propia lumbre viva

esta rosa de sangre de mi pecho.

Soñar en la verbena y el jardín de Cartagena,

luminoso y fresco, y en la pájara pinta que se mece

en las ramas del verde limonero.

Que yo también estoy dormida, niños,

y voy volando por mi propio sueño, como van, sin saber adónde van,

tenues por el viento.

(LLAMAN A LA PUERTA)

Vieja y honrada casa, ¡qué locura!

Tienes una visita.

¿Quién?

Don Pedro.

-¡Serénate, hija mía! ¡No es tu esposo!

Tienes razón. ¡Pero no puedo!

Gracias, Mariana.

Gracias.

Cumplí con mi deber.

Muchas gracias, señora.

¿Y por qué? Buenas noches.

Yo me voy con los niños.

Ten buen juicio, Mariana.

¡Quién pudiera pagarte lo que has hecho por mí!

Toda mi sangre es nueva,

porque tú me la has dado exponiendo tu débil corazón al peligro.

¡Qué miedo tan grande tuve por él, Mariana!

¿De qué sirve mi sangre, Pedro, si tú murieras?

Un pájaro sin aire, ¿puede volar? ¡Entonces...!

Yo no podré decirte cómo te quiero nunca,

a tu lado me olvido de todas las palabras.

¡Cuántos peligros corres sin el menor desmayo!

¡Qué sola estás cercada de maliciosa gente!

¡Quién pudiera librarte de aquellos que te acechan con mi dolor

y mi vida, Mariana!

(RÍEN)

¡Así! Deja tu aliento sobre mi frente.

Limpia esta angustia que tengo y este sabor amargo;

esta angustia de andar sin saber dónde voy,

y este sabor de amor que me quema la boca.

¡Pedro!

¿No te persiguen?

¿Te vieron entrar? Nadie.

Vives en una calle silenciosa y la noche se presenta endiablada.

Yo tengo mucho miedo. ¡Ven aquí!

Mucho miedo de que esto se adivine, de que pueda matarte

la canalla realista. Y si tú...

Yo me muero, lo sabes, yo me muero.

¡Mariana, no temas! ¡Mujer mía!

¡Vida mía!

En el mayor sigilo conspiramos. ¡No temas!

La bandera que bordas temblará por las calles

entre los corazones y los gritos del pueblo.

Por ti la libertad suspirada por todos pisará tierra dura

con anchos pies de plata.

Pero si Pedrosa... ¡No sigas!

...nos sorprende y hemos de morir...

¡Calla!

Mariana, ¿qué es el hombre sin libertad?

¿Sin esa luz armoniosa y fija que se siente por dentro?

¿Cómo podría quererte no siendo libre?

¿Cómo darte este firme corazón si no es mío?

No temas, ya he burlado a Pedrosa en el campo,

y así pienso seguir hasta vencer contigo,

que me ofreces tu amor y tu casa y tus dedos.

¡Y algo que yo no sé decir, pero que existe!

Cuando me acerco a ti para mirar tus ojos,

digo: "¿Por qué lo quiero? Si apenas lo conozco.

Un hombre. ¿Qué es un hombre para torcer mi vida?".

Pero cuando traspones la esquina de mi calle,

¡qué bien estoy contigo! Pero aunque alegre,

noto un gran desasosiego que me turba y enoja;

me parece que hay hombres detrás de las cortinas,

que mis palabras suenan claramente en la calle.

¡Eso sí! ¡Qué mortal inquietud, qué amargura!

¡Qué constante pregunta al minuto lejano!

¡Qué otoño interminable sufrí por esa sierra! ¡Tú no lo sabes!

Dime, ¿corriste gran peligro? Estuve casi en manos de la justicia.

Pero me salvó el pasaporte y el caballo que enviaste

con un extraño hombre, que no me dijo nada.

Y dime... ¿Qué te ocurre?

Sigue. ¿Después? ¿Después?

Vagué por la Alpujarra. Supe que en Gibraltar

había fiebre amarilla; la entrada era imposible,

y esperé bien oculto la ocasión. ¡Ya ha llegado!

¡Venceré con tu ayuda, Mariana de mi vida!

¡Libertad, aunque con sangre llame a todas las puertas!

Mi victoria consiste en tenerte a mi vera.

En mirarte los ojos mientras tú no me miras.

Cuando estás a mi lado, olvido lo que siento

y quiero a todo el mundo: hasta al rey y a Pedrosa.

Al bueno como al malo, Pedro. Cuando se quiere,

se está fuera del tiempo, y ya no hay día ni noche,

sino tú y yo.

(RÍE)

¡Mariana! Como dos blancos ríos de rubor y silencio,

así enlazan tus brazos mi cuerpo combatido.

Ahora puedo perderte, puedo perder tu vida.

Como la enamorada de un marinero loco

que navegara eterno sobre una barca vieja,

acecho un mar oscuro, sin fondo ni oleaje,

en espera de gentes que te traigan ahogado.

No es hora de pensar en quimeras,

que es hora de abrir el pecho a bellas realidades cercanas

de una España cubierta de espigas y rebaños,

donde la gente coma su pan con alegría,

en medio de estas anchas eternidades nuestras

y esta dura pasión de horizonte y silencio.

España entierra y pisa su corazón antiguo,

su herido corazón de península andante,

y hay que salvarla con manos y con dientes.

Y yo soy la primera que lo pide con ansia.

Quiero tener abiertos mis balcones al sol

para que llene el suelo de flores amarillas y quererte,

segura de tu amor sin que nadie me aceche,

como en este decisivo momento.

¡Pero ya estoy dispuesta!

Así me gusta verte,

hermosa Marianita.

Ya no tardarán mucho los amigos, y alienta ese rostro bravío

y esos ojos ardientes sobre tu cuello blanco,

que tiene luz de luna.

(Música suspense)

(GRITA)

(GIMEN)

Señora.

Me parece que han llamado.

Don Pedro.

Dios te guarde.

¿Recuerdas quién vendrá? Sí, señora; lo sé.

¿La seña? No la olvido.

Antes de abrir, que mires por la mirilla grande.

Así lo haré, señora. No enciendas luz ninguna,

pero ten en el patio un velón prevenido,

y cierra la ventana del jardín.

Enseguida.

(RÍE)

¿Cuántos vendrán? Muy pocos.

Pero los que interesan. ¿Noticias?

Las habrá dentro de unos instantes.

Si al fin hemos de alzarnos, aquí decidiremos.

(LLAMAN A LA PUERTA)

¡Calla!

¡Ya están aquí! Puntuales, como buenos patriotas.

¡Son gente decidida! ¡Dios nos ayude a todos!

¡Ayudará! ¡Debiera, si mirase a este mundo!

¡Adelante, señores!

¿Les vieron? ¡No!

Vinimos separados hasta la entrada de esta oscura calle.

-¿Habrá noticias? Llegarán esta noche, Dios mediante.

Hablen bajo. ¿Por qué?

Toda la gente duerme en este instante.

Creo que estamos seguros. No lo afirmes.

Pedrosa no ha dejado de espiarme, y, aunque lo despisto,

continúa al acecho y algo sabe. Ayer estuvo aquí.

¡Como es mi amigo no quise, porque no debía, negarme!

Hizo un elogio de nuestra ciudad; pero mientras hablaba, tan amable,

me miraba..., no sé..., ¡como sabiendo!

De una manera penetrante. En una sorda lucha con mis ojos

estuvo aquí toda la tarde, y Pedrosa es capaz de lo que sea.

No es posible que pueda figurarse... Yo no estoy tranquila,

y os lo digo para que andemos con cautela.

De noche, cuando cierro las ventanas,

imagino que empuja los cristales.

(RÍEN)

Es noche cerrada. El emisario debe estar ya muy cerca de esta calle.

Poco debe tardar. -¡Dios lo permita!

¡Que me parece un siglo cada instante!

Estarán sobre aviso los amigos. Enterados están. No falta nadie.

Todo depende de lo que nos digan esta noche.

La situación es grave, pero excelente si la aprovechamos.

Hay que estudiar hasta el menor detalle,

porque el pueblo responde sin dudar. Andalucía tiene todo el aire

lleno de libertad. Esta palabra perfuma el corazón de sus ciudades,

desde las viejas torres amarillas hasta los troncos de los olivares.

Esa costa de Málaga está llena de gente decidida a levantarse:

pescadores del Palo, marineros y caballeros principales.

Nos siguen pueblos como Nerja, Vélez, que aguardan las noticias.

Hombres de acantilado y mar abierto, y, por lo tanto, libres como nadie.

Algeciras acecha la ocasión,

y en Granada, señores de linaje como vosotros exponen su vida

de una manera emocionante.

¡Dios, qué impaciencia tengo!

Como todos los verdaderamente liberales.

Pero ¿habrá quien os siga?

Todo el mundo.

¿A pesar de este miedo? ¡Sí!

No hay nadie que vaya a la Alameda del Salón tranquilamente a pasearse,

y el café de la Estrella está desierto.

Mariana, la bandera que bordaste será acatada por el rey Fernando,

y no puede retrasarse.

Cuando ya no le quede otro recurso, se rendirá a las huestes liberales,

que aunque se finja desvalido y solo, no cabe duda que él hace y deshace.

-¿No tarda mucho? Yo no sé decirte.

¿Lo habrán detenido? -No es probable.

Oscuridad y lluvia le protegen, y él está siempre vigilante.

(LLAMAN A LA PUERTA)

Ahora ha llegado. Y al fin sabremos algo.

Bienvenido, si buenas cartas trae.

-Caballeros. Doña Mariana.

¿Hay noticias? Tan malas como el tiempo.

¿Que ha pasado? Casi lo adivinaba.

Qué tristeza. ¿Y las gentes de Cádiz?

Todo en vano. Hay que estar prevenidos.

El Gobierno por todas partes nos está acechando.

Tendremos que aplazar el alzamiento, o luchar y morir de lo contrario.

Yo no sé qué pensar;

que tengo abierta una herida que sangra en mi costado,

y no puedo esperar, señores míos. Don Pedro, triunfaremos esperando.

La situación no puede durar mucho. -Ahora tenemos que callarnos.

Nadie quiere una muerte sin provecho. ¡Mucho dolor me cuesta!

¡Hablen más bajo! España entera calla, ¡pero vive!

Guarde bien la bandera.

La he mandado a casa de una vieja amiga mía,

allá en el Albaicín, y estoy temblando.

Quizá estuviera aquí mejor guardada. ¿Y en Málaga?

En Málaga....

un espanto.

Una infamia de González Moreno.

No se puede contar lo que ha pasado.

Torrijos, el general noble, de la frente limpia,

donde se estaban mirando las gentes de Andalucía,

caballero entre los duques, corazón de plata fina,

ha sido muerto en las playas de Málaga la bravía.

Le atrajeron con engaños que él creyó, por su desdicha,

y se acercó, satisfecho con sus buques, a la orilla.

Malhaya el corazón noble que de los malos se fía,

que al poner el pie en la arena le prendieron los realistas.

Muy de noche lo mataron con toda su compañía.

Caballero entre los duques, corazón de plata fina.

Grandes nubes se levantan sobre la sierra de Mijas.

El viento mueve la mar y los barcos se retiran

con los remos presurosos y las velas extendidas.

Entre el ruido de las olas sonó la fusilería,

y muerto quedó en la arena, sangrando por tres heridas,

el valiente caballero con toda su compañía.

La muerte, con ser la muerte, no deshojó su sonrisa.

Sobre los barcos lloraba toda la marinería,

y las más bellas mujeres, enlutadas y afligidas,

le iban llorando también por el limonar arriba.

Cada dificultad me da más bríos.

Señores, a seguir nuestro trabajo.

La muerte de Torrijos me enardece para seguir luchando.

Yo pienso así. -Pero hay que estarse quietos.

Otro tiempo vendrá. -¡Tiempo lejano!

Pero mis fuerzas no se agotarán. Pedro, mientras yo viva...

¿Nos marchamos? -No hay nada que tratar.

-Esto es lo que tenía que contaros y nada más.

-Hay que ser optimistas. ¿Gustarán de una copa?

La aceptamos porque nos hace falta. -Está apenado.

-Como todos nosotros.

Es verdad.

Y razones tenemos para estarlo.

"Luna tendida, marinero en pie", dicen allá, por el Mediterráneo,

las gentes de veleros y fragatas.

¡Como ellos, hay que estar siempre acechando!

(TODOS) "Luna tendida, marinero en pie".

Que sean nuestras casas como barcos.

(Golpe fuerte)

Es el viento que cierra una ventana.

(Golpes)

¿Oyes, Mariana? ¿Quién será?

¡Dios Santo! ¡No temas! Ya verás como no es nada.

¡Ay, señora! Dos hombres embozados, y Pedrosa con ellos.

¡Pedro, vete! ¡Y todos, Virgen santa! ¡Pronto!

¡Vamos! ¡Es indigno dejarla!

¡Date prisa! ¿Por dónde?

¡Di! ¿Por dónde?

¡Están llamando! -¡No debemos dejarla abandonada!

¡Es necesario!

¿Cómo justificar aquí mi presencia?

Vete enseguida. ¡Ponte a salvo!

¡Mariana!

¡Dios os guarde, amigos!

¡Pedro..., y todos, que tengáis cuidado!

(Ventisca)

(Música tensión)

¡Abre, Clavela!

Soy una mujer que va atada a la cola de un caballo.

¡Dios mío, acuérdate de tu pasión y de las llagas de tus manos!

(Música suspense)

Adelante.

Señora, siento mucho irrumpir en su casa a estas horas.

No importa. La noche estaba triste y me disponía a dormir.

Vi luz en su balcón y quise visitarla.

Perdone si interrumpo su descanso. Al contrario.

Se lo agradezco mucho.

Dígame, ¿es muy tarde?

Sí, muy tarde.

El reloj de la Audiencia ya hace rato que dio las once.

No las he sentido. Yo las sentí lejanas.

Ahora vengo de recorrer las calles silenciosas,

y cumplo deberes de mi duro cargo.

Mientras que usted, espléndida Mariana,

en su casa, al abrigo de los vientos, hace encajes...

o borda...

¿Quién me ha dicho que bordaba muy bien?

¿Es un pecado? ¿Le extraña mi visita?

No.

Mariana,

una mujer tan bella como usted, ¿no siente miedo de vivir tan sola?

¿Miedo? ¡Ninguno!

Hay tantos liberales y tantos anarquistas en Granada,

que la gente no vive muy segura.

¡Usted ya lo sabrá!

¡Señor Pedrosa! ¡Soy mujer de mi casa y nada más!

Y yo soy juez.

Por eso me preocupo de estas cuestiones.

Perdonad, pero hace ya tres meses que ando loco sin poder capturar

a un cabecilla, un tal don Pedro de Sotomayor.

Es probable que esté fuera de España.

No.

Yo espero que pronto será mío.

¡Pedrosa! ¡Señora Mariana, esté serena!

¿Qué piensa de mí?

¡Diga! Muchas cosas.

Pues yo sabré vencerlas.

Sepa que yo no tengo miedo a nadie.

Como el agua que nace soy de limpia, y me puedo manchar si usted me toca,

pero sé defenderme.

¡Salga pronto! ¡Silencio, quiero ser amigo suyo!

¡Me debe agradecer esta visita!

¿Puedo yo permitir que usted me insulte?

¿Que penetre de noche en mi vivienda para que yo...?

¡Canalla! No sé cómo usted quiere perderme.

¡Lo contrario! Vengo a salvarla. ¡No lo necesito!

¡Mariana! ¿Y la bandera?

¿Qué bandera?

La que bordó con esas manos blancas en contra de las leyes y del rey.

¿Qué infame le mintió? ¡Muy bien bordada!

De tafetán morado y verdes letras.

Allá en el Albaicín la recogimos.

Y ya está en mi poder.

Como tu vida.

Pero no temas, soy amigo tuyo. Es mentira.

¡Mentira!

Sé también que hay mucha gente implicada.

Espero que dirás sus nombres, ¿verdad?

Nadie sabrá lo que ha pasado.

Yo te quiero mía.

¿Lo estás oyendo?

Mía o muerta.

Me has despreciado siempre,

pero ahora puedo apretar tu cuello con mis manos,

este cuello de nardo transparente,

y me querrás porque te doy la vida.

¡Tenga piedad de mí! ¡Si usted supiera!

Y déjeme escapar.

Yo guardaré su recuerdo en las niñas de mis ojos,

¡Pedrosa, por mis hijos!

La bandera no la has bordado tú, linda Mariana,

¡y ya eres libre porque así lo quiero!

¡Eso nunca! ¡Primero doy mi sangre! Que me cueste dolor, pero con honra.

¡Salga de aquí! ¡Mariana!

¡Salga pronto! ¡Está muy bien!

Yo seguiré el asunto y usted misma se pierde.

¡Qué me importa! Yo bordé la bandera con mis manos,

con estas manos, ¡mírelas, Pedrosa!

Y conozco muy grandes caballeros que izarla pretendían en Granada.

¡Mas no diré sus nombres!

¡Por la fuerza delatará! Los hierros duelen mucho,

y una mujer es siempre una mujer!

¡Cuando usted quiera me avisa!

Aunque en mi corazón clavaran vidrios no hablaría.

Pedrosa, aquí me tiene. Ya veremos.

¡Clavela!

El candelabro.

No hace falta, señora.

Queda usted detenida en nombre de la ley.

¿En nombre de qué ley?

Buenas noches.

¡Ay, Mariana, mi niña! ¡Clavelito, prenda de mis entrañas!

Yo me voy, Clavela, dame el chal.

¡Sálvese pronto! ¡Me iré a casa de don Luís!

¡Cuida los niños!

Se han quedado en la puerta, no se puede.

-¡Mariana! ¿Dónde vas? Tu niña llora.

Tiene miedo del aire y de la lluvia. ¡Estoy presa!

Estoy presa.

Clavela.

Marianita.

Ahora empiezo a morir.

¡Mírame!

Y llora.

(Viento)

Ahora empiezo a morir.

(Viento)

(Música)

(Continúa la música)

Hoy siento en el corazón un vago temblor de estrellas,

pero mi senda se pierde en el alma de la niebla.

La luz me troncha las alas y el dolor de mi tristeza

va mojando mis recuerdos en la fuente de la idea.

Todas las rosas son blancas,

tan blancas como mi pena,

y no son las rosas blancas que ha nevado sobre ellas,

antes tuvieron el iris.

También sobre el alma nieva.

La nieve del alma tiene copos de besos y escenas,

que se hundieron en la sombra o en la luz

del que las piensa.

La nieve cae de las rosas, pero la del alma queda,

y la garra de los años hace un sudario con ellas.

¿Se deshelará la nieve cuando la muerte nos lleva?

¿O después habrá otra muerte,

y otras rosas más perfectas?

Si la muerte es la muerte, ¿qué será de los poetas

y de las cosas dormidas que ya nadie las recuerda?

Son de las esperanzas, agua clara, luna nueva,

corazones de los niños, almas rudas de las piedras.

Hoy siento en el corazón un vago temblor de estrellas.

Todas las rosas

son tan blancas

como mi pena.

(Puerta)

(CHISTA)

¿Qué hace? -Habla más bajito, está rezando.

Qué mujer tan valiente.

Cuando ayer vinieron a leerle la sentencia de la muerte,

no ocultó su sonrisa.

-En la iglesia la vi después llorando.

Y me parecía que ella tenía el corazón en la garganta.

¿Por qué está presa? -Porque no quiere al rey,

yo tampoco lo quiero.

Ay, Mariana Pineda, ya están abriendo flores

que irán contigo muertas. -Pero, niñas, ¿qué miráis?

(A LA VEZ) Hermana. -¿No os da vergüenza?

Ahora mismo, al obrador.

¿Quién os enseñó esa fea costumbre? Ya nos veremos.

-Con licencia. -Con licencia.

Hermanas... Diga.

Nada. Decidlo, señora.

Pensaba... ¿Qué?

Si pudiera quedarme aquí en el beaterio para siempre...

Qué contentas nos podríamos.

No puedo. ¿Por qué?

Porque ya estoy muerta. Doña Mariana, por Dios.

Pero el mundo se me acerca,

las piedras, el agua, el aire. Comprendo que estaba ciega.

La indultarán. Ya veremos.

Este silencio me pesa...

Mágicamente.

Se agranda, como un techo de violetas.

(RÍEN)

Y otras veces se fije en mí una larga cabellera.

(RÍEN)

Ay, qué buen soñar.

Mariana.

¿Cómo soy yo? Eres muy buena.

Soy una pecadora, pero amé de una manera...

Que Dios me perdonará, como a Santa Magdalena.

Fuera del mundo y en él perdona. Si usted supiera.

Estoy muy herida, hermana, por las cosas de la tierra.

Dios está lleno de heridas de amor que nunca se cierran.

Nace el que muere sufriendo. Comprendo que estaba ciega.

¡Alegrito! ¿Qué?

Paciencia para lo que vais a oír. ¡Habla pronto, no nos vean!

¿Fuiste a casa de don Luís?

Y me han dicho que les era imposible pretender salvarla.

Que ni lo intentan, porque todos morirían,

pero que harán lo que puedan.

Lo harán todo, estoy segura.

Son gentes de la nobleza, y yo soy noble, Alegrito.

¿No ves cómo estoy serena?

Hay un miedo que da miedo.

Las calles están desiertas. Solo el viento viene y va,

pero la gente se encierra. No encontré más que una niña

llorando sobre la puerta de la antigua Alcaicería.

¿Crees que van a dejar que muera la que tiene menos culpa?

Señora, yo no sé lo que ellos piensan.

¿Y de lo demás? Señora...

¡Sigue hablando! No quisiera.

El caballero don Pedro de Sotomayor se aleja

de España, según me han dicho. Dicen que marcha a Inglaterra.

Quien te lo dijo desea aumentar mi sufrimiento.

¡Alegrito, no lo creas!

¿Verdad que tú no lo crees?

Lo que usted quiera.

Don Pedro vendrá a caballo como loco

cuando sepa que yo estoy encarcelada por bordarle su bandera.

Y si me matan, vendrá para morir a mi vera,

que me lo dijo una noche besándome la cabeza.

Él vendrá como un San Jorge de diamantes y agua negra,

al aire la deslumbrante flor de su capa bermeja,

y porque es noble y modesto, para que nadie lo vea,

vendrá por la madrugada, por la madrugada fresca,

cuando sobre el cielo oscuro brilla el limonar apenas

y el alba finge en las olas fragatas de sombra y seda.

¿Tú qué sabes? ¡Qué alegría!

No tengo miedo, ¿te enteras? Señora.

¿Quién te lo ha dicho? Don Luis.

¿Sabe la sentencia? Dijo que no la creía.

Pues es muy verdad.

Me apena darle tan malas noticias. Volverás.

Lo que usted quiera. Volverás para decirles

que yo estoy muy satisfecha,

porque sé que vendrán todos, y son muchos, cuando deban.

Dios te lo pague.

Hasta luego.

(Viento)

(Música)

# Amor, amor,

# que está herido,

# herido de amor,

# huido.

# Herido,

# muerto de amor.

# Decid a todos que ha sido

# el ruiseñor.

# Herido,

# muerto de amor. #

Y me quedo sola,

mientras que bajo la acacia en flor del jardín,

mi muerte acecha, pero mi vida está aquí.

Mi sangre se agita y tiembla, como un árbol de coral

con la marejada tierna. Y aunque tu caballo pone

cuatro lunas en las piedras y fuego en la verde brisa

débil de la primavera, ¡corre más!

¡Ven a buscarme!

Mira que siento muy cerca dedos de hueso y de musgo

acariciar mi cabeza.

No puedes entrar. ¡No puedes! Pedro, por ti no entra,

pero sentada en la fuente toca una blanda vihuela.

# Bisturí de cuatro filos,

# garganta rota,

# y olvido.

# Cógeme la mano, amor. #

Bisturí de cuatro filos, garganta rota y olvido,

cógeme la mano, amor, que vengo muy malherido.

# Que vengo muy malherido.

# Herido de amor, huido. #

Esta copla está diciendo lo que saber no quisiera.

Corazón sin esperanza,

que se lo trague la tierra.

# Herido,

# muerto de amor. #

(Viento)

Pedrosa. El mismo.

Que aguarda como siempre sus noticias.

Ya es hora, ¿no os parece?

Siempre es hora de callar y vivir con alegría.

¿Conoce la sentencia? La conozco.

¿Y bien? Pero yo pienso que es mentira.

Tengo el cuello muy corto para ser ajusticiada, ya ve, no podrían.

Además, es hermoso y blanco, nadie querrá tocarlo.

¡Mariana! Se olvida que para que yo muera

tiene toda Granada que morir y que saldrían

muy grandes caballeros a salvarme. Váyase de aquí, déjeme tranquila.

No habrá nadie en Granada que se asome

cuando usted pase con su comitiva.

Los andaluces hablan, pero luego... Me dejan sola, ¿y qué?

Uno vendría para morir conmigo, y esto basta.

¡Pero vendrá para salvar mi vida!

Yo no quiero que mueras tú, ¡no quiero!

Ni morirás, porque darás noticias de la conspiración, estoy seguro.

No diré nada como usted querría,

a pesar de tener un corazón en el que ya no caben más heridas.

Fuerte y sorda seré a vuestros halagos.

Antes me daban miedo sus pupilas.

Ahora le estoy mirando cara a cara

y puedo con sus ojos que vigilan el sitio donde guardo este secreto

que por nada del mundo contaría.

Soy valiente, Pedrosa.

¡Soy valiente! Está muy bien.

Ya sabe, con mi firma puedo borrar la lumbre de sus ojos.

Con una pluma y un poco de tinta puedo hacerla dormir un largo sueño.

¡Ojalá fuese pronto por mi dicha! ¡Esta tarde vendrán!

¿Cómo?

Esta tarde. Ya se ha ordenado que entres en capilla.

¡No puede ser! ¡Cobardes!

¿Y quién manda dentro de España tales villanías?

¿Qué crimen cometí? ¿Por qué me matan?

¿Dónde está la razón de la Justicia?

En la bandera de la Libertad bordé el amor más grande de mi vida,

¿y he de permanecer aquí encerrada?

¡Quién tuviera unas alas cristalinas para salir volando en busca tuya!

Hable pronto, que el rey la indultaría.

Mariana, ¿quiénes son los conjurados?

Yo sé que usted de todos es amiga. Cada segundo aumenta su peligro.

Antes que se haya disipado el día ya vendrán por la calle a recogerla.

¿Quiénes son? Y sus nombres. ¡Vamos, pronto!

Que no se juega así con la Justicia, y luego será tarde.

¡No hablaré! ¿Quiénes son?

Ahora menos lo diría.

Suelta, Pedrosa, vete.

Quieres morir.

(Música)

(SOLLOZA)

(Continúa la música)

(Continúa la música)

Señor, no es justo.

Buenas tardes.

Tendré un placer muy grande si me avisa.

Es muy buena, señor. ¡No os pregunté!

¿Huyen de mí?

Nos vamos a... Nos íbamos.

Yo decía... Es muy tarde.

¿Soy tan mala? ¡No, señora! ¿Quién lo dice?

¿Qué sabes tú, niña? ¡Nada!

-Pero si la queremos todas. ¿No lo está usted viendo?

(SOLLOZA) Gracias.

Vámonos.

-¡Ay, Marianita, rosa y jazmín de Granada,

que está esperando a su novio, pero su novio se tarda!

Pedro, coge tu caballo o ven montado en el día, pero pronto,

que ya vienen para quitarme la vida.

Clava las duras espuelas.

¿Dónde está tu valentía?

Mariana, un señor que trae permiso del juez

viene a visitarla.

¡Que pase! ¡Por fin, Dios mío!

¡Pronto!

(RÍE) ¡Qué segura estaba!

¡No!

¡Mariana! ¿No quieres que hable contigo? ¡Dime!

¡Pedro! ¿Dónde está Pedro?

¡Dejadlo entrar, por Dios! Está abajo, en la puerta.

¡Tiene que entrar! ¡Que suba!

Tú viniste con él, ¿verdad?

Tú eres muy bueno. Él...

Vendrá muy cansado, pero entrará en seguida.

Vengo solo, Mariana. ¿Qué sé yo de don Pedro?

¡Todos deben saber, pero ninguno sabe!

Entonces, ¿cuándo viene para salvar mi vida?

¿Cuándo viene a morir, si la muerte me acecha?

¿Vendrá?

Dime, Fernando.

Aún es hora.

Don Pedro no vendrá, porque nunca te quiso, Marianita.

(LLORA)

Ya estará en Inglaterra con otros liberales.

Te abandonaron todos tus antiguos amigos.

Solamente mi triste corazón te acompaña.

¡Mariana! ¡Aprende y mira cómo te estoy queriendo!

¿Por qué me lo dijiste? Yo bien que lo sabía,

pero nunca lo quise decir a mi esperanza.

Ahora ya no me importa.

Mi esperanza lo ha oído

y se ha muerto mirando los ojos de mi Pedro.

Yo bordé la bandera por él.

Yo he conspirado para vivir y amar su pensamiento propio.

Más que a mis propios hijos y a mí misma le quise.

¿Amas la Libertad más que a tu Marianita?

Pues yo seré la misma Libertad que tú adoras.

Sé que vas a morir.

Dentro de unos instantes vendrán por ti, Mariana.

¡Sálvate y di los nombres! ¡Por tus hijos!

¡Por mí, que te ofrezco la vida!

No quiero que mis hijos me desprecien.

Mis hijos tendrán un nombre claro como la luna llena.

Mis hijos llevarán resplandor en el rostro

que no podrán borrar los años ni los aires.

Si delato, por todas las calles de Granada

este nombre sería pronunciado con miedo.

¡No puede ser! ¡No quiero que esto pase! ¡No quiero!

¡Tú tienes que vivir! ¡Mariana, por mi amor!

¿Y qué es amor, Fernando?

Yo no sé qué es amor.

Pero...

Nadie te quiso como yo, Marianita.

A ti debí quererte más que a nadie en el mundo.

Si el corazón no fuera nuestro gran enemigo. Corazón,

¿por qué mandas en mí si yo no quiero?

Te abandonan todos.

¡Habla, quiéreme y vive! Estoy muerta, Fernando.

Tus palabras me llegan a través del gran río del mundo que abandono.

Ya soy como la estrella sobre el agua profunda,

última débil brisa que se pierde en los álamos.

No sé qué hacer, ¡qué angustia! Ya vendrán a buscarte.

¡Quién pudiera morir para que tú vivieras!

Morir...

Qué largo sueño sin ensueños ni sombras.

¡Pedro!

Quiero morir por lo que tú no mueres,

por el puro ideal que iluminó tus ojos.

¡Libertad! Porque nunca se apague tu alta lumbre,

me ofrezco toda entera. ¡Arriba, corazón!

¡Pedro, mira tu amor a lo que me ha llevado!

Me querrás muerta tanto, que no podrás vivir.

Y ahora ya no te quiero, porque soy una sombra.

¡Vete! ¿Quién eres tú?

Ya no conozco a nadie.

Voy a dormir tranquila.

Adiós, Mariana.

(A LA VEZ) Mariana, Mariana.

(GRITA) ¡Vete!

(Música)

Ya vienen a buscarme.

Como un grano de arena siento al mundo en los dedos.

Muerte, ¿pero qué es muerte?

Y vosotras, ¿qué hacéis? Qué lejanas os siento.

¡Corazón no me dejes! ¡Silencio! Con un ala, ¿dónde vas?

Es preciso que tú también descanses.

Nos espera una larga locura de luceros que hay detrás de la muerte.

Corazón, no desmayes.

¡Olvídate del mundo, preciosa Marianita!

Qué lejano lo siento.

Ya vienen a buscarme.

Pero...

Qué bien entiendo lo que dice esta luz.

Amor, amor, amor,

y eternas soledades, os doy mi corazón.

Dadme un ramo de flores,

en mis últimas horas yo quiero engalanarme.

Quiero sentir la dura caricia de mi anillo

y prenderme en el pelo mi mantilla de encaje.

Amas la Libertad por encima de todo,

pero yo soy la misma Libertad.

Doy mi sangre, que es tu sangre y la sangre de todas las criaturas.

¡No se podrá comprar el corazón de nadie!

Ahora sé lo que dicen el ruiseñor y el árbol.

El hombre es un cautivo y no puede librarse.

Libertad de lo alto, Libertad verdadera,

enciende para mí tus estrellas distantes.

Adiós, secad el llanto.

Vamos, pronto. Adiós, hijos.

Contad mi triste historia a los niños que pasen.

Yo soy la Libertad porque el amor lo quiso.

Pedro, la Libertad por la cual me dejaste.

Yo soy la Libertad, herida por los hombres.

Amor,

amor,

amor,

y eternas soledades.

(Aplausos)

(Aplausos)

(Vítores)

(Aplausos)

(Aplausos)

En la bandera de la Libertad

yo borde el amor más grande de mi vida.

La 2 es Teatro - Mariana Pineda

27 mar 2021

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