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Historia de nuestro cine - La leyenda del alcalde de Zalamea - ver ahora
Transcripción completa

(G. Abril BSO "Alcalde de Zalamea")

(Continúa la música)

¡Esta es la cárcel, soldados, donde están los capitanes!

¡Si no os los dan al momento poned fuego y arrasadla!

¡Y si se pone en defensa arrasad el lugar!

¡Todo el lugar!

¡Entregad a los capitanes, villanos!

Nos van a soltar.

Nos tienen que soltar.

Malditos villanos.

¡Nos tienen que soltar!

Yo, aunque la cárcel enciendan, no he de darles libertad.

¡Que mueran esos villanos!

¿Que mueran? Pues qué.

¿No hay más?

¡Soldados, id volando!

Y a todas las compañía que alojadas estos días

han estado y van marchando,

decid que bien ordenadas llegan aquí en escuadrones.

¡Con balas en los cañones y con las cuerdas caladas!

(Gritos)

Pues vive Dios, que he de ver si dan los presos o no.

Pues vive Dios que antes yo haré lo que se ha de hacer.

(Música animada)

# Aunque la cárcel...

# debe darles libertad.

# Que mueran estos villanos

# que mueran, puesto no hay más.

# Al rey, la hacienda y la vida

# se han de dar pero el honor

# es patrimonio del alma...

# y el alma solo es de Dios.

# Los soldados se preparan

# para atacar Zalamea.

# Para defenderla están

# los villanos de la aldea. #

(Música dramática)

¡Alto!

¡Alto!

¡Orden de regresar!

(Marcha militar)

¡Alto, media vuelta!

¡En pie!

¡Orden de regresar!

(G. Abril BSO "Alcalde de Zalamea")

Estandartes.

¡Jía!

¡Desplegad estandartes!

¡Cajas!

¡Suenen cajas!

¡Adelante!

(Música animada)

(Gritos)

(Gritos)

¡Disponed los cañones!

¡El rey! ¡El rey!

¡Señor, el rey!

Señor. ¿Qué es esto?

¿Pues de esta manera estáis viniendo yo?

Esta es, señor, la mayor temeridad de un villano que vio el mundo.

Y vive Dios

que al no entrar en el lugar tan aprisa,

señor, vuestra majestad,

había de hallar luminarias puestas en todo el lugar.

¿Qué ha sucedido?

Un alcalde prendió a unos capitanes.

Y viniendo yo por ellos no consintió en entregarles.

¿Quién es el alcalde?

Yo soy.

(Música animada)

# ¿Quién es el alcalde del rey que preguntaba?

# Yo...

# Por la puerta apareció

# Pedro Crespo con la vara.

# Voy a contarles, señores,

# y aprenderla de memoria

# del pueblo de Zalamea una verdadera historia. #

(G. Abril BSO "Alcalde de Zalamea")

(Continúa la música)

(Redoble de tambores)

(Redoble de tambores)

¡Padre! ¡Padre!

¡Padre, soldaos!

¡Adentro! ¡Tú también!

¿Dónde se encuentra el alcalde? -En el cementerio.

Murió la semana pasada.

Hasta que no se reúna el concejo no hay alcalde.

Os encargaréis vos.

Hay que alojar a dos compañías que llegan a Zalamea.

Qué remedio. -¿Qué decís, villano?

Hablaba del tiempo, señor, se prepara tormenta.

Malo para la siega.

¿Y a qué se debe el honor?

Nos ha salido gracioso el villano.

Quiero decir que por qué le ha tocado la suerte a Zalamea.

Está camino de Portugal y el rey nuestro

ha heredado la corona portuguesa y hacia allí se dirige.

¿Vais a estar mucho tiempo aquí?

Mientras lo ordene el maestro de campo don Lope de Figueroa.

Está bien.

Vamos a repartir las boletas.

(G. Abril BSO "Alcalde de Zalamea")

¿Cuántas veces te tengo que decir que se debe llamar antes de entrar?

¿Qué hacéis? Bordamos.

No, estamos decidiendo a cual de los siete bailes

a que nos han invitado vamos a ir.

¿Qué bailes?

¿Por qué no me ayudáis a limpiar la casa?

Para eso tenemos criada. Tú lo haces porque te gusta.

Nosotras tenemos que bordar. -Sí.

Tenemos que estar preparadas para cuando nos casemos.

Sí. ¿Con quién?

(Marcha militar)

¡Soldados! ¡Soldados!

¿Soldados? -Soldados.

¡Viva!

Están entrando, hermana.

¡Bien!

Un capitán. -Qué apuesto es.

Me ha mirado. -Me ha mirado a mí.

¿Tú crees que nos habrá visto?

Otro capitán.

Este me ha mirado a mí.

Hermana. -Hermana.

Están aquí.

¿Qué hacemos?

Abre la ventana que nos vean.

¿Y si se creen que estamos deseando que nos miren?

¿Y si se van y no vuelven?

Ay, hermana, ¿qué hacemos?

Abre. -¿Y qué les decimos?

¿Cuál te gusta más?

El del bigote.

Los dos tienen bigote. -El más alto.

Está bien. Abre que se van a ir.

Qué calor hace hoy.

Pregúntales cómo se llaman.

Amor ha hallado entrada en nuestros corazones.

El corazón me ha robado el veros.

Ay, hermana. -Ay, hermana.

Esperadnos en la puerta al otro lado de la tapia.

Aquí nos puede ver alguien.

¿Por allí? -Sí.

Qué dulce pena es separarse.

Pero si nos vamos a ver ahora mismo.

(Música dramática)

Señoras.

Esta se llama Inés y yo... -¿Cómo os llamáis?

Diego. -Juan.

¡Cuidado que viene mi padre! -Marchaos.

¿Volveréis? -Volveremos.

Adiós.

¡Hola, padre!

¿De dónde bueno? Hola, Juan. De la era.

¿Y tú?

No sé cómo decírtelo sin que te enfades.

Dilo. He jugado dos partidas.

Vaya.

Y las he perdido.

Las habrás pagado, supongo.

No tenía dinero.

Y hablando de dinero quería pedirte...

Un momento, rapaz. Escucha antes de hablar.

Dos cosas no has de hacer nunca.

No ofrecer lo que no sabes que vas a cumplir,

ni jugar más de lo que está delante.

Un buen consejo, padre.

Y como no cuesta mucho te voy a pagar con otro.

En tu vida no has de darle consejo

al que ha menester dinero.

Hola.

Ven, padre.

Siéntate aquí.

Ponte cómodo.

Hola, padre.

Hola, padre.

¿Qué habéis estado haciendo?

Nosotras nada, padre.

De eso me quejo.

Mucha vagancia hay en esta casa.

Hemos estado bordando, como siempre.

(Música animada)

# Ay, Dios mío, qué locura un inútil disparate.

# ...hará una mujer si ella no quiere guardarse. #

(Percusión)

¡Alto!

¡Descansad!

Señor.

Voy a buscar alojamiento en Zalamea.

(Música animada)

¡Cuidao! ¡Cuidao!

¡Cuidao!

¡Uy!

(Música dramática)

¡No os encuentro!

¿Dónde estáis?

Venga.

¡Jía!

¡En marcha a Zalamea!

¡Jía! ¡Jía!

-¡Vamos!

Ya está hecho el alojamiento.

¿Dónde estoy alojado?

En la casa del villano más rico del lugar.

Dicen que tiene más orgullo que un infante de León.

Más conviene a un villano ser orgulloso.

Es la mejor casa del pueblo.

Está bien.

Pero a decir vedad no te la he elegido por eso,

sino porque tiene una hija

que es la mujer más bella de Zalamea.

¿Una villana? Tienes que verla.

Una villana es una villana.

Una mujer es una mujer.

Cualquiera vale para matar el tiempo.

Ya lo verás.

(Percusión)

(Música dramática)

¿Qué mandáis?

Vengo a anunciar a don Álvaro de Ataide.

Capitán de la compañía que esta tarde

se ha alojado en Zalamea.

No digáis más, eso basta.

Para servir a Dios y al rey y a sus capitanes

están mi casa y mi hacienda.

Decidle que puede venir cuando guste

y que puede servirse de todo.

Mientras tanto le prepararán el aposento.

¿Por qué quieres aguantar siendo tan rico estos hospedajes?

¿Y cómo puedo excusarlos?

Comprando una ejecutoria de hidalgo. Dime, por tu vida,

¿hay alguien que no sepa

que soy de linaje limpio, pero villano?

¿Qué gano comprando una ejecutoria al rey si no le compro la sangre?

¿Dirán entonces que soy mejor que ahora?

Dirán que soy noble por cinco o seis mil reales.

Y eso es dinero y no honra, que honra no la compra nadie.

Villanos fueron mis abuelos y mis padres,

sean villanos mis hijos.

Está bien, padre, pero los villanos

tienen que dar alojamiento a los soldados.

Pues lo hacemos.

A propósito de soldados, ayer

por la noche me pareció ver a dos hablando con alguien de la casa.

Cuando yo llegué se fueron.

¿Estás seguro? No, seguro no.

El otro día yo me crucé con dos capitanes.

¡Isabel!

Dime, hija.

¿Sabes si tus hermanas han hablado con unos capitanes?

No, padre, no sé nada.

Está bien, vete a llamarlas.

Mujeres son, están sin madre...

No cuesta tanto guardar una viña.

Hijas, va a venir un capitán a alojarse.

No quiero que os vea.

Así que mientras esté aquí

no salgáis de vuestras habitaciones.

Bienvenido seáis a esta casa.

Es un honor para mí recibir a un caballero tan noble como vos.

Vos seáis bien hallado.

Tenéis mi casa a vuestra disposición.

Aquí os han preparado una estancia.

Os agradezco la atención y el cuidado.

¿Necesitáis algo más?

Nada más, gracias. Sargento.

Manda traer mi ropa del cuerpo de guardia.

Voy a ver si te traigo a la villana.

¿Qué? ¿Tienes envidia del traje de soldado?

Tú eres rico. Aquí tienes todo lo que necesitas.

Somos felices, ¿no? Tú sí.

Aquí no nos falta nada.

Excepto tu madre.

Dejadlo.

Esperad ahí.

¿Qué pasa?

Lo siento, señor. ¿Por qué?

No vas a poder ver a la villana. ¿Y qué?

El padre la ha escondido de ti.

Viejo ladino.

¿Por qué habrá dicho que esperemos?

Pregunté a una criada por ella y respondiome,

que ocupada la tenía su padre en algún cuarto alto

y que no había de bajar nunca acá.

Que es muy celoso. ¿Qué villano no ha sido malicioso?

De mí digo

que si acaso aquí la viera de ella caso no hiciera.

Y solo porque el viejo la ha guardado...

deseo vive Dios de entrar me ha dado donde está.

¿Pues qué haremos para que allá, señor,

con causa entremos sin dar sospecha alguna?

¡Rebolledo!

Dios, han tenido esta ayuda de posta que he pedido

un ladrón, una gallina y un cuitado

y ahora que la pido un hombre honrado, no se la dan.

(GRITA) ¿Cómo...?

¿Qué pasa? Que están riñendo.

No te metas... de soldados.

Dios mío, todos están locos.

¡Calma, Rebolledo, que te pierdes!

Usted es mi capitán, solo por eso callaré.

Más por Dios que si tuviera yo la insignia.

¿Qué me hiciera? Que me hablara mejor.

No doy muerte a un pícaro atrevido.

Huyo por el respeto que he tenido a esa insignia.

La segunda a la derecha, no lo olvides.

¡Socorro! ¡Salvadme!

¡He de matar!

(Suspiros)

Esperad. No son esas.

Idiota. Te he dicho la segunda puerta.

Usted es el capitán, solo por eso callaré, más por Dios

que si tuviera insignia... -Sigue.

¡Socorro que le matan!

¿Qué pasa?

Que el capitán quiere matar a Rebolledo.

¡No hullas, te ha de matar!

-Nos atacan.

Marchaos.

Voy a matar a ese hombre.

Fuera.

No solo vuestra hermosura es de rara perfección,

pero vuestro entendimiento lo es también.

No seáis estúpido.

¡Dentro!

¿Cómo es ello, caballero?

Cuando pensó mi temor a hierro matando a un hombre

os hallo requebrando a una mujer.

Muy noble sin duda sois

porque tan puestos se os pasan los enojos.

Quien nació con obligaciones debe acudir a ellas.

Y yo al respeto de esta dama suspendí todo el furor.

Isabel es hija mía y es labradora, que no dama.

¡Bajad todos!

Vive el cielo que todo ha sido invención para haber entrado aquí.

Bien, señor capitán, pudierais ver con más segura atención

lo que mi padre desea serviros para no ver este disgusto.

¿Y quién os mete en ese a vos, rapaz?

¿Qué disgusto ha habido?

Si el soldado le enojó, ¿no debía ir tras él?

Claro está que no ha sido otra causa.

Y ved mejor lo que decís. Yo lo veo muy bien.

Porque estáis delante no le doy castigo a este rapaz.

Detened, señor capitán.

Yo puedo tratar a mi hijo como quisiere y no vos.

çYo sufrir a mi padre a otra persona no.

¿Qué habíais de hacer? Perder la vida por la opinión.

¿Qué opinión tiene un villano? Aquella misma que vos.

Que no hubiera un capitán si no hubiera un labrador.

¡Vive Dios que ya es bajeza!

¡Atención, don Lope llega!

¿Qué es aquesto?

¿La primera cosa que he de encontrar hoy

acabado de llegar ha de ser una cuestión?

¿Qué ha habido?

¿Qué ha sucedido? ¡Hablad, voto a Dios!

Todo esto es nada, Señor.

Hablad, decid la verdad.

Pues es que alojado estoy en esta casa.

Un soldado... ¡Decid!

Ocasión me dio que sacase con él la espada.

Hasta allí...

Entreme tras él donde estaban esas tres labradoras.

Y su padre y su hermano o lo que son

se han disgustado de que entrase hasta aquí.

Pues yo a buen tiempo he llegado satisfaré a todos hoy.

¿Quién fue el soldado, decid,

que a su capitán le dio ocasión de que sacase la espada?

¿Qué, pago yo por todos?

Denle dos tratos de cuerda.

Tra... tra... ¿Qué me han de dar, señor?

Tratos de cuerda.

El capitán me mandó que fingiese la pendencia

para tener ocasión de entrar allí. Ahora sí hemos tenido razón.

No la tuvisteis para haber así puesto en ocasión

de perderse este lugar.

Y para que no quedéis para con este empeño vos

y vos con este disgusto

y satisfechos los dos, buscad otro alojamiento,

que yo en esta casa estoy desde hoy alojado.

Tus preceptos órdenes precisas son para mí.

Mil gracias os doy señor por la merced que me hicisteis

de excusarme la ocasión de perderme.

¿Cómo habías decir de perderos vos?

Dando muerte a quien pensara agravio menor.

Sabéis voto a Dios que es capitán.

Sí, voto a Dios.

Y aunque fuera el general en tocando a mi opinión...

le matara.

A quien tocara, ni al soldado menor,

solo un pelo de la ropa

por vida del cielo yo lo ahorcara.

A quien se atreviera un átomo de mi honor

viven los cielos también

que también le ahorcara yo.

Sabéis que estáis obligado

a sufrir por ser quien sois estas cargas.

¡Con mi hacienda!

Pero con mi fama no.

Al rey la hacienda y la vida se ha de dar,

pero el honor

es patrimonio del alma y el alma solo es de Dios.

Voto a Cristo que parece que vais teniendo razón.

Juro a Cristo porque siempre la he tenido yo.

Yo vengo cansado.

Y esta pierna que el diablo me dio a menester descansar.

¿Pues quién le dice que no?

Ahí me dio el diablo una cama y servirá para vos.

¿Y diola hecha el diablo? Creo que sí.

Pues a deshacerla voy, que estoy, voto a Dios, cansado.

Pues descansad, vive Dios.

Testarudo es el villano.

Tan bien jura como yo.

¿Qué pasa?

¿Necesitáis algo, señor?

Nada, déjame solo.

¿Qué os sucede, señor?

¿Que una villana tenga tan hidalga resistencia

que no te haya respondido una palabra siquiera apacible?

Esta, señor,

no de los hombres se prenda como tú.

Si otro villano la festejara y sirviera hiciera más caso de él.

Fuera de que son tus quejas sin tiempo.

Si te has de ir mañana,

¿para qué intentas que una mujer

en un día

te escuche y te favorezca?

¿En un día?

El sol la alumbra y falta.

En un día se trueca un reino y todo.

En un día es edificio una peña.

En un día una batalla pérdida y victoria ostenta.

En un día tiene el mar tranquilidad y tormenta.

En un día nace un hombre y muere.

Luego pudiera en un día ver mi amor

sombra y luz como planeta.

No hay dicha como imperio,

gente y brutos como selva,

paz e inquietud como mar,

triunfo y ruina como guerra,

vida y muerte como sentidos y potencias.

Y habiendo tenido edad en un día

su violencia de haberme hecho tan desdichado...

¿Por qué?

¿Por qué no pudiera tener edad en un día

de hacerme dichoso?

¿Es fuerza que se engendren más despacio las glorias

que la ofensas?

¿Verla una vez solamente

a tanto extremo te fuerza?

¿Qué más causa había de haber llegando a verla

que verla?

¿No decías que villanas

nunca tenían belleza?

Y aun aquesa confianza me mató.

Porque el que piensa que va a un peligro

ya va prevenida la defensa.

Pensé hallar una villana,

si hallé una deidad

no era preciso que peligrase mi misma inadvertencia.

¿Dónde vas?

Lo intentaré arreglar.

Soy yo.

¿Qué quieres?

¿Se ha levantado ya Don Lope? Está con tu padre en el patio.

¿Has preparado ya la cena? Sí.

Me han dado un recado para ti.

¿Quién? ¿Mi padre?

El capitán quiere verte.

Está abajo el sargento esperando que le digas algo.

No quiero saber nada del capitán.

Bastantes disgustos ha dado ya.

¡Ginesa!

¿Tú por qué tienes que llevar recados?

Dile que se marche inmediatamente y que no vuelva.

No le vaya a ver padre y vaya a haber otra vez pelea.

¿Qué pasa? -¿Qué pasa?

Nada.

Es que nos habíamos asustado. -Calla. Vamos a nuestro cuarto.

No estamos haciendo nada, no te creas.

Entra.

Hermana.

Dios mío.

Ahí están.

Con el amor y el deseo vengo luchando, ángel mío.

El deseo para veros y el amor para sentiros.

También pudierais oír que mi amor es infinito.

Que son relojes del alma, bella Leonor, los suspiros.

Qué lisonjeros estáis.

Mejor nos diréis perdidos.

Dulce Inés, los rayos limpios del sol

cuando en nubes de oro bordan los soberbios riscos

y de los humildes valles doran claveles y lirios

nunca alegraron mis ojos.

No es lisonja y ni artificio bella Inés

como me alegran tus bellos rayos divinos.

Nunca el oriente galán

en cuyo balcón los indios miran asomarse

el sol alegre que le hayan visto,

muestra mayor hermosura mi Leonor.

Pues yo os suplico por los indios y el balcón,

por el sol asomadizo,

que me digáis sin lisonjas vuestra venida qué ha sido.

Si es saber mi firmeza no es más firme el amor mismo.

A eso venimos, mi bien.

Que aunque os habemos escrito

tememos que el amor os haga faltar al concierto.

Primero faltar un monte. -Inés, ¿y el concierto?

Solo espero hacer vuestra voluntad.

Ahora idos que nos pueden descubrir.

Juzgamos un siglo lo que hay desde aquí a la cita.

También juzgamos lo mismo.

Solo pude hablar con la criada.

¿Y qué te dijo?

¿No te lo imaginas?

No quiere verte.

Nunca, señor, hubieras visto a la hermosa villana,

que tantas ansias te cuesta.

¿Cómo ha servir la mesa no entran mis criados?

Yo, señor, dije con vuestra licencia,

que no entraran a serviros

y que en mi casa no hicieran prevenciones,

que a Dios gracias pienso que os falte en ella nada.

Pues no entran criados

hacedme favor que entren vuestras hijas

aquí a cenar conmigo.

Di a tus hermanas que vengan al instante, Juan.

Mi poca salud me deja sin sospecha de estafar.

Aunque vuestra salud fuera, señor, la que yo os deseo

por dejar sin sospecha... Hombre, Crespo.

...que si todos los soldados corteses como vos fueran

ellas habían de acudir a serviros las primeras.

¿Le duele?

No tengo mucha razón de quejarme.

Si ha ya 30 años que asistiendo en Flandes al servicio de la guerra

en invierno con la escarcha,

y en verano con la fuerza del sol,

nunca descansé

y no sabido que sea estar sin dolor una hora.

Dios, señor, os dé paciencia.

¿Para qué la quiero yo? No os la dé.

Nunca aquí venga, sino que dos mil demonios

carguen conmigo y con ella.

Excusadme un momento, señor.

¿Qué pasa? Se le cayó a Leonor.

Quieren fugarse, padre, con unos soldados.

Luego lo de los capitanes era cierto.

Han estado fingiendo todos estos días.

Sí, padre.

¿Qué vas a hacer?

Mi honor no se lo lleva nadie.

¿Llevárselas? He de matarlas primero.

Llamáis a ver y a ellas que no se extrañe Don Lope.

Calla y espera.

¡Isabel!

¡Inés, Leonor!

¿Sucede algo?

Nada. Nada, señor. ¿Queréis?

Esta es mi hija Isabel.

Muy hermosa.

Gracias, señor.

Estas son Inés y Leonor.

Señor. -Don Lope.

Que cenéis conmigo quiero. Sentaos.

Sentaos. Siéntate, Juan.

Bendecid la esa, Don Lope.

Vos.

Vos, señor.

Voto a Cristo, Crespo.

Voto a Cristo, señor.

Voto a Dios.

Está bien.

Aquel santo niño que nació en Belén

bendiga estos alimentos y a nosotros también.

Amén.

-¡Nuestro redoble!

¿Qué es aquello?

Por la calle los soldados se pasean cantando y bailando.

Mal los trabajos de la guerra sin aquesta libertad se llevaran,

que es dura la vida de un soldado.

Con todo eso es linda vida.

¿Irías con gusto a ella?

Sí, señor, si os llevara a vos por padrino.

Eso está hecho.

¿Qué os parece, Crespo?

Él dueño de sus actos. Dame permiso, padre.

Lo tienes.

La vida del soldado rebosa de glorias y aventuras, hijo.

Ya sé que en las aldeas se piensa de otra manera.

¿Qué queréis, señor?

Si en este pueblo en 40 años

no han entrado soldados que no causaran...

El que es de veras soldado es de veras bueno.

Ahora que os conozco, señor,

confieso que hay entre los soldados

honra y comedimiento.

¿Ahora lo habéis sabido?

Algunas quejas sin embargo se dicen de los soldados.

Un compadre me ha contado

que dos capitanes intentan infamar a unas doncellas,

hijas de un amigo mío.

Quejas acumula siempre el vulgo sin consejo,

que como es aborrecido el soldado

siempre ha sido o con envidia mirado

o sin razón murmurado.

Si ellas, las hijas de mi amigo,

de dejaran aconsejar por la vergüenza

o por su padre,

advertirían cómo las engañan con palabras de maridos

los que en viéndolas sin honra han de publicarlo a gritos.

¿Dónde vas, Inés?

Vamos a cambiar los platos. ¿Me ayudas, Leonor?

Que lo haga Ginesa, hermana.

Se puede hacer muy tarde...

entre plato y plato.

Ah, sí. Voy, voy.

Ve a sacar el pan.

Válgame Dios.

Del cielo son los avisos. -¿Tú crees que sabe algo?

¿Por qué va a saberlo?

¿Entonces esos dos capitanes que pretenden otras?

¿No será nuestros capitanes?

Inés, ¿si pretenden otras?

Leonor, ¿a cuántas dijo don Diego?

A las 0. -Vamos.

Que termine pronto la cena y disimula.

Sí, hermana.

¿Qué os sucede, hijas?

Nada, padre.

¿Seguro? Estáis acaloradas.

Es el calor del verano, padre.

Verdaderamente, Crespo, os envidio.

Sois una familia dichosa.

Eso pretendo, señor.

Y espero conseguirlo.

¿Nos das permiso para retirarnos, padre?

Lo tenéis, hijas.

Yo también estoy cansado.

Despediros de Don Lope. Fíjate bien, hijo.

Los cañones de los flamencos nos tenían cercados.

Y en ese momento yo... Señor.

Descansad esta noche.

¿Eh? Ah, sí.

Descansad, descansad.

Buenas noches a todos.

¿Por dónde íbamos?

Ah, sí.

Los cañones de los flamencos...

¿Qué va a pasar, padre?

No te preocupes, Isabel.

Retírate tú también

y no salgas de tu habitación.

Fíjate bien, hijo.

El grueso de las tropas estaba cansado ya de tanta batalla.

Don Lope. Y entonces yo...

Buenas noches, hija.

Buenas noches, señor.

Buenas noches, hermano.

Señor, dispensadme, yo también me retiro.

Bueno. Bueno, Crespo,

entonces retirémonos todos a descansar.

Aunque en mi caso

me lo veda esta maldita pierna de todos los demonios.

Ya te contaré, ya te contaré.

Quería pediros algo, Don Lope.

Si os vais mañana temprano dejad que el rapaz quede conmigo.

Al atardecer saldrá y cabalgando por la noche,

porque en el estío

antes es comodidad que fatiga,

os dará alcance. No habléis más, Crespo.

Es muy justo lo que pedís. Gracias, señor.

Dormid bien. Que durmáis, Crespo.

¿Qué vamos a hacer, padre?

Métete en tu cuarto y no salgas hasta que no te llame.

¿Quién es?

Soy yo, hijas.

¿Ya estáis en la cama?

Sí, padre. ¿Qué quieres?

¿Necesitáis algo?

¿Puedo hacer algo por vosotras? No. Gracias, padre.

-Estamos bien.

Bueno, hijas.

Buenas noches.

Buenas noches, padre.

Una hora. Falta solo una hora.

Silencio.

Deja que se duerman todos.

(Música dramática)

Todos duermen.

Ya falta poco.

Hermana. -Hermana.

(Continúa la música dramática)

Sígueme.

¡Ojo!

¿Qué os pasa?

¿Dónde vais con espadas? Silencio, señor.

Explicadme, Crespo.

¿Dónde vais con espadas?

Esto no es cosa vuestra.

¡Que los demonios os lleven!

¿No soy vuestro amigo?

Silencio, señor.

Enséñale el papel, Juan.

¿Quiénes son? Dos de vuestros capitanes.

Cuerpo de Cristo.

¿Qué pensáis hacer?

Matarles.

Son capitanes. Es mi honor.

Calmaos, Crespo.

Todavía no ha sucedido nada.

Permitidme que os ayude. No queráis perderos.

Son ellos.

Esperad en la puerta de atrás.

(Música dramática)

Adiós. -Vamos, vamos.

(BALBUCEA) -Silencio que ahí llegan.

De noche todos los gatos son pardos.

-Don Juan. -Don Diego.

-Amores. -Vamos.

-(CHISTA)A

-(GRITO) -Don Diego.

¿Tú eres el que penas de amor?

¿Dónde tenéis los caballos?

(Gritos)

(Continúa la música dramática)

Venturosos seremos si con la presa en Portugal nos vemos.

Apresuraos, bellas.

Ya el carro sale de la noche ciega.

Dos soles han turbado la noche.

-Ay.

Bella, Leonor,

¿os habéis lastimado o suspiráis de amor?

¡Voto a Cristo!

(GRITA)

(GRITA)

¡Don Diego! ¡Cobardes!

Calma. Crespo,

¿veis como no ha sucedido nada?

Ni siquiera me duele la pierna.

No me había sucedido desde la campaña

de Flandes del 60. Hace ya tantos años...

¡Malditos villanos!

El alma se arrasa en fuego de venganza.

Verá el mundo si me vengo de este agravio.

Pagarán los villanos su infamia.

¡A formar!

-¡Vamos! -¡Vamos! ¡Vamos!

-¡Adelante!

(Percusión)

(Música animada)

# Ya los soldados se marchan

# haya paz en Zalamea.

# Más el destino está escrito

# y ella quien menos lo espera. #

(Marcha militar)

No te atormentes, señor.

Todo el mundo es derrotado alguna vez.

A muchas cosas os estoy en extremo agradecido.

Pero entre todas esta de darme hoy a vuestro hijo

como soldado, en el alma os lo agradezco y estimo.

Yo os le doy para criado.

Yo os le llevo para amigo,

que me han inclinado en extremo su desenfreno y su brío

y la afición a las armas.

Siempre a vuestros pies rendido me tendréis.

Y vos veréis de la manera que os sirvo

procurando obedeceros en todo.

Lo que suplico es que perdonéis, señor, si no acertare a serviros

porque en el rústico estudio a donde rejas y trillos

palas, azadas y bieldos

son nuestros mejores libros,

no habrá podido aprender lo que en los palacios ricos

enseña la urbanidad.

Bien. Tengo que irme.

No me fuera sin besaros las manos

y sin pediros que liberal

perdonéis un atrevimiento digno de perdón.

Pues no el premio hace el don, sino el servicio.

Esta venera

que aunque está de diamantes ricos bendecida

llega pobre a vuestras manos,

suplico que la toméis

y traigáis por patena en nombre mío.

Mucho siento que penséis con tan generoso indicio

que pagáis el hospedaje.

Pues de honra que recibimos

somos los deudores.

Esto no es paga,

sino cariño.

Por cariño y no por paga solamente la recibo.

A mi hermano os encomiendo,

ya que tan dichoso ha sido que merece ir por criado vuestro.

Otra vez os afirmo que podéis descuidar de él,

que va, señora, conmigo.

¿Y vuestras hermanas? Encerradas están.

Si queréis las aviso.

Despedidme vos de ellas.

Ya está la litera puesta.

Con Dios queda. Él siempre os guarde.

Ah, buen Pedro Crespo.

Oh, señor Don Lope invicto.

¿No descabalga, señor?

Descansa y olvida todo.

¿Estás para oír un consejo?

No. Intenta lo que quieres.

¿Qué?

¿Puedes olvidar?

La vida me has de costar, hermosísima villana.

Has de volver al lugar.

Pues, señor, si has de volver...

mira que habrá menester volver bien acompañado, porque al fin...

no hay que fiar de villanos.

Ya lo sé.

Algunos puedes nombrar que vuelvan conmigo.

Padre, han llegado el alguacil y el escribano.

Hazlos pasar.

Seáis, compadre, bien hallado. Salud, Crespo.

Qué de buena gente viene a honrarme.

Sentaos, compadres.

La villa ha hecho hoy elección de oficios.

Ya se ha nombrado alcalde.

Sí. Y tiene el lugar voto acertado.

Vaya, vaya.

¿En qué se ocupa?

Ponía una esquila a este collar,

que compré un buey a Gil Benítez. ¿El gacho?

Sí. Buen animal.

Pudiera ser del rey. Pudiera.

Y aun gobernar una vacada entera.

Os van bien las cosas, compadre.

No me quejo. ¿Quejaros vos?

Por lo que se ve lucid tenéis lo que desea todo el lugar.

Por mi fe de cristiano os juro que si en mi mano está

vierais emparejar este lugar con el mejor.

Pues en vuestra mano está.

Que a lo que hemos venido aquí

por encargo del concejo es, Pedro Crespo...

Decid.

Que os han nombrado alcalde de Zalamea.

Pues se han equivocado.

Que un alcalde debe ser un hombre de entendimiento

y yo soy un ignorante.

Más no me sé averiguar en mi casa

y vos queréis que rija todo un lugar.

Este es servicio de Dios

y no habéis de replicar.

Tomad la vara.

Y con ella el parabién.

¿Yo alcalde?

Quién tal pensara.

Por Dios que me sienta bien.

Esta es la vara del rey.

Con ella yo soy el rey.

Compadre, yo ya me holgara veros dar una sentencia.

Pues aunque no es día de audiencia oíd, compadre.

¿Qué mandáis?

Por ahí dicen que estáis amancebado

y que tenéis la cama en casa,

y no hacéis como cristiano.

Si vivís en vida tan suelta y vana,

compadre,

un consejo os doy.

O echadla de casa hoy,

o yo os destierro mañana.

¿Conmigo andáis liberal?

¿No sois mi amigo? Y leal amigo.

Pero no amigo de dilatar el castigo si mi amigo vive mal.

Señores,

quedo agradecido en extremo

y honrado.

También el lugar lo ha sido.

Pues para honrarse

ha acertado el haberos elegido.

Haré cuanto me mandéis.

Escúchame, hijo, lo que te digo.

Por la gracia de Dios, Juan, eres de linaje limpio

más que el sol pero villano.

Lo uno y lo otro te digo. Aquello,

porque no mires tanto tu orgullo y tu brío

que dejes de aspirar a ser más,

lo otro, porque no vengas a ser menos igualmente.

Usa designios con humidad

porque siendo humilde con recto juicio

acordarás lo mejor.

Sé cortés sobre manera.

Sé liberal y esparcido,

que el sombrero y el dinero

son lo que hacen los amigos,

que no vale tanto el oro como ser uno

bien quisto.

No hables mal de la mujeres,

la más humilde digo que es digna de admiración.

Porque al fin de ellas nacimos.

No riñas por cualquier cosa.

Con esto y con el dinero que llevas para el camino y mi bendición

yo fio en Dios

que tengo de verte en otro puesto.

Adiós, hijo, que me enternezco en hablarte.

Hoy tus razones imprimo en el corazón

a donde vivirán mientras yo vivo.

Dame tu mano.

Y tú, hermana, los brazos.

Los míos bien quisieran detenerte.

Adiós, hermana.

Ea, vete presto que cada vez que te miro

siento más el que te vayas.

El cielo con todos quede.

El cielo vaya contigo.

¡Ja!

Qué había que hacer conmigo sino ser toda su vida un holgazán,

un perdido.

Váyase a servir al rey.

Volvamos a casa, padre. Volvamos.

Hija, sácame a esta puerta asiento.

A la verdad no entra dentro

porque desde aquí imagino cómo el camino blanquea...

que vea a Juan en el camino.

Aquí está el banquillo.

Huele a tormenta. Sí, padre.

Se prepara una tormenta.

Ahora me pesa que tan tarde haya salido.

Llama a tus hermanas que tengo que hablar con ellas.

¡Inés! ¡Leonor! No están por aquí.

¡Inés! ¡Leonor!

¡Leonor!

Dios mío.

¡Padre!

¡Padre!

Habla. Se han ido.

Deshonradas. Deshonradas.

Y por su gusto.

¿No veis que no está en mis manos guardarlas

si Dios no cría vergüenza y recogimiento en ellas?

Ay, honra mía.

Señor, castigáis pecados viejos

con esta desdicha.

Padre, puede que todavía las encuentres

si vas con un par de cuadrillas.

¿Y publicar mi vergüenza?

Si salen de casa nuevas y me las vuelven raídas,

¿para qué las quiero?

Ya es tarde...

Quería veros.

Ya me habéis visto.

¡Malditos!

¡Malditos!

¿Cómo os atrevéis, villano?

¡Démosle muerte! ¡Dejadle, cobardes!

¡Cobardes! ¡Calla, villana!

¡Calla!

Una vez vinimos nos atrevemos a todo.

Bueno será haber venido.

¡Vamos!

¡Padre!

¡Isabel! ¡Padre!

¡Dadle muerte!

(Música de tensión)

(Truenos)

(Truenos)

(Truenos)

(Truenos)

(Truenos)

(Truenos)

(Truenos)

(Truenos)

...al hombre...

...que solicita por fuerza ganar un alma,

pues no advierte

pues no mira que las victorias de amor

no hay trofeo en que consista,

sino en granjear el cariño de la hermosura que estima.

Porque querer sin el alma una hermosura ofendida

es querer una belleza hermosa, pero no viva.

(Truenos)

(Truenos)

(Truenos)

(Música dramática)

Tú... Tú...

¡Hermano!

¿Qué intentas?

Vengar así la ocasión en que hoy has puesto mi vida y honor.

Advierte... Tengo que darte la muerte.

(Música dramática)

¡Vamos, levantad el campo!

Inés. -Hermana.

Inés.

¿Estás contenta? -Soy dichosa.

Don Juan respira honor. -Amor don Diego.

Mala villana...

Don Diego...

¡Suelta, villana! -¿Yo te causo enojo?

Ay, cielos, ¿qué es esto?

Villana de tu boca soy tan presto.

Siempre has sido villana.

Infame y loca como lo es tu hermana.

-Querido esposo...

¿Eres también conmigo riguroso?

Vive el cielo que dé con tu muerte ejemplo al suelo.

¿Tu marido me llamas?

¿Cuando con tu nombre mi nombre infamas?

¡Inés! -¡Leonor!

Ay, don Juan de mis ojos.

¿Es posible...?

Villana, provocar no quieras mi pecho vengativo.

-¿Yo qué te he hecho? -En el alma escribo

de tu padre la ofensa hecha por su misma mano.

-Una cosa he sentido,

que nobleza las dos no hayáis tenido

para que al deshonraros

pudierais de más pérdida quejaros.

¡En el campo os quedáis como rameras!

¿Dónde irá una mujer sola y perdida?

¿No teméis a los cielos?

¿Ya ha llegado el día en que te alegre la desdicha mía?

¡No me dejéis en manos del verdugo!

¡Mira que lo es mi padre!

Porque tiene heredada villana sangre,

pero sangre honrada. -¡...os dejaba!

-¡De todo de esta suerte nos vengamos!

¡Don Diego, espera!

¡Escucha! -¡Don Juan!

¡Escucha, espera, que me llevas el alma!

¡Canallas!

(Música dramática)

¡Corre! -¡Don Diego!

¡Muera!

La dichosa fortuna nuestros agravios venga.

-¡A las armas daremos la sentencia!

-¡Atadle a un árbol de esos!

¡Porque a sus hijas vea como a rameras viles,

que todos las desprecian!

(Continúa la música)

(Música de tensión)

(Continúa la música)

¡Padre!

Padre, quiero referirte...

Detente, Isabel. Detente, no prosigas,

que desdichas, Isabel, para contarlas

no es menester referirlas.

Volvamos a casa, que nadie nos vea.

El ansía mía no ha de parar hasta darles muerte.

Ya lo saben.

Vete a tu cuarto y enciérrate.

Puesto que la infamia es pública,

pública ha de ser la venganza.

Escuchad. Esta es la vara del rey.

Vosotros me la habéis dado.

Con ella cobraré justicia.

Yo que me he enfrentado solo contra todo,

que jamás pedí a nadie que haga lo que yo me puedo hacer

ahora ordeno.

Formad piquetes, tomad caballos.

Que no quede un palmo de camino donde puedan esconderse.

Porque ahora no voy a matarles para vengarme yo, Pedro Crespo,

sino prenderlos como alcalde y juzgarlos.

Desde que al traidor herí en el monte,

desde que maté... ¡Basta, basta!

Que ese error que os atreváis a venir así delante de mí hoy.

Señor, si yo hice esa ofensa,

que fue en honrada defensa de tu honor...

¡Basta, Juan!

Llevadle preso.

¿A tu hijo, señor, tratas con tanto rigor?

Y aun a mi padre también con tal rigor le tratara.

Has herido a un capitán ni has matado...

Escucha por qué.

Habiendo un traidor herido

A mi hermana he pretendido matar también.

Ya lo sé. Pero no basta saberlo yo como yo,

que ha de ser como alcalde

y he de hacer información sobre ello.

Y hasta que conste qué culpa te resulta de proceso,

tengo que tenerte preso.

¡Vamos!

(Música dramática)

Son tus hijas... Ahí están todos.

Ay, lágrimas, ¿qué queréis?

¿A dónde salís?

¿No veis que ahora soy juez severo?

¿Por qué me afrentasteis?

Te pedimos clemencia.

Y justicia.

Tus capitanes que entraron a hacer gente en Zalamea

nos vieron, señor, un día...

...no nos vieran.

Dieron en rondar la calle.

Ya lo sé.

Nos iban siguiendo juntos hasta en volver de la iglesia.

Enviaron papeles llenos de locas promesas.

¡Ya lo sé!

Di lo demás, Leonor, que tengo vergüenza.

Perseveraron humildes con lágrimas y con quejas.

Ya lo sé.

Más no pudieron tener esperanza cierta de su amor,

porque teníamos cerradas ventanas y puertas.

Eso es lo que yo no sé.

Pero como las estrellas inclinan las voluntades.

Diréis que os hicieron fuerza.

No hacemos de fuerza queja, señor,

sino del engaño.

Pues en verdad bien podríais no dejaros engañar.

Que no es tan baja la venta del honor

para mirarse primero antes que se venda,

pues no hay precio que la compre.

Que la queja nuestra es justa os lo podemos probar.

Díganlo estas cédulas.

Prometen los dos en ellas de casarse con nosotras.

Os cumplirán la promesa.

Juro a Dios.

Jurad aquí

que hasta tener estas cédulas no disteis el sí.

Juramos. -Juramos.

¿Dónde está los capitanes? En el castillo, señor.

Volved a casa y encerraos.

¡Vamos!

(Música dramática)

¿Por qué tuvisteis que venir aquí?

Mejor me hubierais llevado al infierno.

¡A las armas!

Las puertas están tomadas.

Que no salga de aquí soldado que aquí estuviere.

Y si salir si quisiere, matadle.

¡La justicia...!

¿Quién entra con tanto estruendo?

Ahora veréis muriendo quiénes somos.

¿Cómo os atrevéis?

Cómo no.

A mi parecer la justicia a menester más licencia...

¿La justicia?

Cuando vos ayer a cabo seáis no tiene que ver conmigo.

¿Sabéis lo que me debéis?

¿Qué debemos?

¿Qué queréis?

Quiero que en este día... Oigamos la letanía.

...con mis hijas os caséis.

Es nuestra sangre muy clara.

Pues si es clara bueno fuera

que primero se mirara porque no se oscureciera.

¡Llevadlos!

Ya que yo como justicia me valí

de su respeto... No tenéis ese derecho.

La vara a esta parte dejo.

Y como un hombre no más deciros mis penas quiero.

Y puesto que estamos solos, señor don Álvaro,

hablemos más claramente los dos.

Mirad a vuestros pies os lo ruego de rodillas.

¿Qué os pido?

Un honor os pido que me quitasteis vos mismo.

Y con ser mío

parece según os lo estoy pidiendo que no es mío lo que os pido,

sino vuestro.

Mirad que puedo tomarle con mis manos

y no quiero si no... que vos me le deis.

Ya me falta la paciencia.

Viejo cansado y prolijo,

agradeced que os doy la muerte,

a mis manos soy por vos y por vuestro hijo.

Quiero que debáis no andar

con vos más cruel a la venta de Isabel.

Si vengar solicitáis por armas vuestra opinión

tan poco tengo que temer.

Si por justicia ha de ser no tenéis jurisdicción.

¿Qué? ¿No os mueve mi llanto?

Llanto no se ha de creer de viejo, niño o mujer.

Echado en suelo mi honor a voces os pido.

¡Villano!

Mirad que soy alcalde en Zalamea hoy.

Sobre mí no habéis tenido jurisdicción.

El consejo de guerra enviará por mí.

¿En eso os resolvéis?

Sí, caduco y cansado viejo.

¿No hay remedio? El callar es mejor para vos.

¿No otro? ¡No!

Juro a Dios que me lo habéis de pagar.

¡Venid!

¡Venid! ¿Qué es lo que mandas?

Prended al capitán.

Buenos son vuestros extremos.

Con un hombre como yo y al servicio del rey.

No se puede hacer. Probaremos.

De aquí si no es preso o muerto no saldréis.

¡Os apercibo que soy un capitán vivo!

¿Soy yo acaso alcalde muerto?

Daos al instante a prisión.

Dejad esa espalda. ¡No es acción!

Cómo no si vais preso.

¡Tratad con respeto!

Eso está muy puesto en razón.

Con respeto llevad en efecto a las casas del concejo

y con respeto un par de grillos echad y una cadena.

Y tened gran cuidado con respeto que no hable a ningún soldado.

Y a los dos también poned en la cárcel,

que es razón y aparte.

Porque después con respeto a todos tres

tomen confesión y así,

con muchísimo respeto os he de ahorcar,

juro a Dios.

Ah, villanos con poder.

(Música animada)

...a decir... ¿Qué?

cuanto anoche pasó. Tu hija mejor que yo lo sabe.

Has de morir.

Determina negarlo punto por punto.

Pues si le das pruebas tendrá excusa para matarnos.

Solo si testificáis os libraréis del tormento.

Os serviré de testigo.

Contaré todo, señor.

Pero prometedme... No hay promesas.

Tomadle declaración. Después a los otros.

Si necesitan tortura, torturad.

Quiero testimonio de todos.

(Llanto de mujer)

Isabel, entra a firmar esta querella

que has dado contra aquel que te ha injuriado.

Tú que quisiste ocultar nuestra ofensa,

eres ahora quien más trata de publicarla.

(Llaman a la puerta)

Oh, Pedro Crespo.

Yo soy que volviendo a este lugar de la mitad del camino

donde me trae imagino un grandísimo pesar,

no era bien alojarme a otra parte siendo vos tan mi amigo.

Guarde Dios, que siempre tratáis de honrarme.

Vuestro hijo no ha aparecido por allá.

Presto sabréis la ocasión.

La que tenéis, señor, de haberos venido

meced merced de contar que veréis mortal, señor.

La desvergüenza es mayor que se pueda imaginar.

Es el mayor desatino que hombre alguno intentó.

Un soldado me alcanzó y me dijo en el camino

que estoy perdido confieso de cólera.

Proseguid.

Que un alcaldillo de aquí a un capitán tiene preso.

Voto a Jesucristo que al grande desvergonzado

a palos he de matar.

Pues venís en balde porque pienso

que el alcalde no se los dejará dar.

Pues dárselos sin que deje dárselos.

¿Sabéis por qué le prendió?

No.

Más sea lo que fuere justicia la parte espere de mí.

Que también sé yo degollar si es necesario.

Vos no debéis alcanzar, señor,

lo que en un lugar es un alcalde ordinario.

¿Será más que un villanete?

Un villanete será.

Que si cabezudo da que hay que darle garrote

por Dios se salga con ello.

No se saldrá tal, por Dios.

Y si por ventura vos si sale o no queréis vedlo

decidme donde vive o no.

Bien cerca vive de aquí.

Pues a decidme vení quién es el alcalde.

Yo.

Voto a Dios que lo sospecho.

Voto a Dios como os lo he dicho.

Pues, Crespo, lo dicho, dicho.

Pues, señor, lo hecho, hecho.

Yo por el preso he venido y a castigar este exceso.

Yo acá le tengo preso por lo que acá ha sucedido.

¿Vos sabéis que a servir pasa al rey

y soy su juez yo?

¿Vos sabéis que me robó a mi hija de mi casa?

¿Vos sabéis como robó en un monte mi honor?

Que os entráis bien se arguya en otra jurisdicción.

Él se me entró en mi opinión sin ser jurisdicción suya.

Yo os sabré satisfacer obligándole a la paga.

Jamás pedí a nadie que haga lo que yo me puedo hacer.

Me he de llevar al preso.

Ya estoy en ello empeñado.

Yo por acá he sustanciado el proceso.

Iré por él a la cárcel.

No embarazo que vayáis.

Solo se repare

que hay orden que el que llegare le den un arcabuzazo.

Por cierto, señor, que no estáis del todo bien informado.

Tres hay que tengo apresados

y los tres han de pagarme.

¡Esta es la cárcel, soldados, donde están los capitanes!

¡Si no os los dan al momento poned fuego y arrasadla!

¡Y si se pone en defensa, arrasad el lugar!

¡Todo el lugar!

¡Entregad a los capitanes, villanos!

Yo, aunque la cárcel enciendan, no he de darles libertad.

¡Que mueran esos villanos! ¿Que mueran?

Pues qué, ¿no hay más?

¡Soldados, id volando!

Y a todas las compañía que alojadas estos días

han estado y van marchando,

decid que bien ordenadas llegan aquí en escuadrones.

¡Con balas en los cañones y con las cuerdas caladas!

¡Jía!

Pues vive Dios, que he de ver si dan los presos o no.

Pues vive Dios que antes yo haré lo que se ha de hacer.

Tenéis el tiempo justo para cumplir vuestra promesa o morir.

¿Pagaréis lo que debéis?

Salid.

Y vos, ¿habéis cambiado de idea?

Pues si amor me veis fingir, no lo finjáis también.

Por ver lo que nos importa a fingir aprenderé.

Llegue la noche, don Diego.

-Lejos de aquí, quién sabrá.

¡Llevadles!

(Música dramática)

¿Estáis dispuesto a morir...? ¿No lo entendéis?

Lo entiendo muy bien.

Entonces callad.

Decidle a vuestra hija que es muy hermosa.

Y decidle también que me perdone.

¿Queréis decir que cedéis?

Villano.

(Música de tensión)

¿Qué queréis?

Señor, quiero deciros algo que os importará mucho.

Hablad. Podréis ver que estoy sin culpa.

Abrevia.

Si hablo, ¿qué ha de ser de mí después?

Lo que Dios se ha servido.

Escuché una conversación entre don Juan y don Diego.

Di.

Hoy son tus yernos,

mañana no lo serán. Habla.

Piensan matar a tus hijas camino de Portugal.

(Música de tensión)

(Música animada)

¡Disponed los cañones!

¡El rey! ¡El rey!

Señor, el rey.

¡Firmes!

Señor. ¿Qué es esto?

¿Pues de esta manera estáis viniendo yo?

Esta es, señor, la mayor temeridad de un villano que vio el mundo.

Y vive Dios

que al no entrar en el lugar tan aprisa,

señor, vuestra majestad,

había de hallar luminarias puestas en todo el lugar.

¿Qué ha sucedido?

Un alcalde prendió a unos capitanes.

Y viniendo yo por ellos no consintió en entregarles.

¿Quién es el alcalde?

Yo soy.

Explicadme.

No merezco los pies que tienen debajo el mundo.

Alzaos. Alzaos.

¿Qué ha sucedido?

Yo, señor, he detenido a tres capitanes

acusados de infamar a doncellas de la aldea.

¡Voto a Cristo, soltadles, villano!

Ya os los entrego, señor.

Estos, señor,

son los dos capitanes, don Diego y don Juan.

Han engañado con promesas de matrimonio a dos doncellas.

Son sus hijas.

Qué importa.

La justicia es la justicia. Yo soy alcalde.

Ellas eran mis hijas,

por cualquier extraño hubiera hecho lo mismo.

Mírese si está bien hecho el proceso.

Mirad si hay alguien que pueda decir

que falseé las pruebas,

que he inducido a algún testigo, que no es cierto lo que digo

y entonces... matadme.

Más si es cierto y ellos han confesado,

si yo tengo aquí las pruebas y el engaño es manifiesto,

si han traicionado la dignidad que han obligado a un caballero,

si sus actos les desmienten de su condición de hidalgos,

¿por qué no habría de juzgarles?

Perdonadme, señor,

que me haya exaltado delante de vos.

Yo he querido tener presos a los capitanes

hasta que no han cumplido

su promesa de casarse con mis hijas.

Yo he querido reparar mi honor.

¿Es esto injusto?

Es justo. Obligadles que se casen.

Ya están casados.

¿Entonces por qué no les habéis puesto en libertad?

Ya lo hice, señor. Pero hay más datos.

Traed al sargento.

Hay algo más que necesitáis saber.

Este hombre que va a hablar es un soldado,

un sargento de las compañías del señor Don Lope,

un testigo del que no se puede sospechar que sea de mi partido.

Pero su honor de soldado y su corazón

le han inducido a confesarme...

Decid al rey lo que me habéis dicho.

Soy testigo de que los capitanes...

tenían la intención de matar a sus mujeres camino de Portugal.

¡Miente! -¡Miente!

¡Juro a Dios!

Silencio todos.

Señor, vos conocéis el corazón de los hombres.

Vos también por lo que veo.

¿Conocéis el vuestro?

Sí.

¿Creéis que es cierto? Sí, es cierto.

¿Por qué habría de mentir el testigo?

En buena lógica está el saber que mienten ellos.

Está bien.

Más eran tres capitanes.

¿Dónde está el otro?

El otro es un asunto más grave.

¿Cuál es su culpa?

Culpa que merece la muerte, señor,

según vuestro juicio y vuestro edicto.

Aquí está el proceso.

Está acusado y probado de robar una doncella, mi hija,

y de forzarla no admitiendo después reparar su afrenta.

Culpa es en efecto que merece la muerte.

Traedle.

¡Traedle!

Temo, señor,

que os habéis de enfadar cuando le veáis.

¿Por qué?

¿Le habéis matado? Le he ejecutado.

¿Era justa la sentencia? Sí.

Lo era.

Pero no teníais autoridad para ejecutar la sentencia

que toca a otro tribunal.

Otro tribunal le ha sentenciado y ejecutado.

¿Quién? El rey.

¿El rey le ha ejecutado?

Esta vara es la autoridad del rey.

Con ella le he ejecutado.

Lo hecho, hecho, Don Lope.

Bien dada la muerte está,

puesto que he sido yo el que ha le ejecutado.

Llevaos presto las tropas,

que no quede soldado en la aldea.

Tengo urgencia por llegar a Portugal.

En cuanto a vos,

os nombro alcalde perpetuo de Zalamea.

Señor, ¿qué sentencia mandáis a los capitanes?

Puesto que tenéis la vara del rey a vos os toca juzgar.

La sentencia dada está.

Han de pagar con la muerte. ¡No, no es cierto!

¡Perdonadnos! ¡Llevadles dentro!

¡No! No...

Una última cosa, señor.

Tengo a mi hijo preso porque defendiendo mi honor

ha dado muerte a un soldado y se enfrentó a un capitán.

¿Qué sentencia corresponde?

¿Puedo darle libertad?

A vos os toca juzgar, puesto que el alcalde sois.

Mi corazón le hace libre pues comprendo su razón.

Tened también bien presente

que un villano no puede herir a un soldado bajo pena de muerte.

Es delito por mucha razón que tenga si no tiene autoridad.

Señor, yo no puedo juzgarle. Tendréis que hacerlo.

Pero sabed que en vos confío.

Y lo que decidáis bien decidido estará.

(Campanadas)

(Campanadas)

(Campanadas)

(Campanadas)

-¡Eh!

A estos liberadles.

¡No quiero morir! No, no...

No, soy inocente.

-No quiero morir. ¡No!

¡No quiero morir!

(Música animada)

# Así el mundo aprenderá porque el rey lo ha confirmado...

# Que a ofensas de caballeros hay justicia

# de villanos... #

(Ruido)

(Llanto de mujer)

Tengo que hablar con mi hijo. Os ruego que nos dejéis solos.

Hijo, has cometido un delito y yo tengo que juzgarte.

Tú sabes por qué lo hice. Lo sé.

Hice lo único que podía hacer.

¿Por eso vas a matarme? Es delito matar a un soldado.

Tú también lo has hecho.

Yo tenía autoridad. ¿Y si no la hubieras tenido?

Igualmente los hubiera buscado hasta matar.

¿Y me vas a castigar por lo que tú hubieras hecho?

Escucha. Yo tampoco puedo elegir.

Yo también tendré que hacer lo único que puedo hacer.

Si el rey hubiera querido que no te castigara,

lo habría dicho.

Yo como alcalde he matado para reparar mi honor.

¿No me puede comprender?

Si tú como alcalde

tuvieras que juzgar a otro por lo que a mí me acusas,

¿qué habrías de hacer?

No sé. ¿No ves que tu razón?

A otro quizás se la diera, pero a mi hijo...

Dirán que te excusé porque eres mi hijo.

Mi honor me obligó a emplear el rigor de la justicia.

Me va a obligar ahora a hacer lo mismo.

Qué te importa lo que digan.

Prefiero morir a vivir sin opinión.

¿Crees que es justo lo que hice?

¡Sí, pero el rey no dijo...! ¿Qué prefieres?

¿La justicia o la opinión?

La opinión está en los otros, la justicia...

La justicia...

Ya no sé qué es la justicia.

Ay, cielos, ando perdido.

Yo ya no sé quién soy yo.

Solo la opinión de los otros

puede vivir ya a Pedro Crespo.

(Llaman a la puerta)

(Llaman insistentemente)

Hija.

Agradeced a la suerte que llegara su majestad.

Por Dios que aunque no llegara no había remedio ya.

¡Vive Dios, Pedro Crespo!

¿Qué queréis, Don Lope?

Oh, Pedro Crespo, yo soy

que volviendo a este lugar en la mitad del camino

donde me trae imagino un grandísimo pesar,

no era bien ir a apearme a otra parte

siendo vos tan mi amigo.

La desvergüenza es mayor que se pueda imaginar.

Es el mayor desatino que hombre alguno intentó.

Estoy perdido confieso de cólera.

Proseguid.

Que un alcaldillo de aquí a un soldado tiene preso

voto a Jesucristo que al grande desvergonzado

a palos he de matar.

Pues habéis venido en balde

porque el alcalde no se los dejará dar.

Yo a por el preso he venido y a castigar este exceso.

¿Vos sabéis que a servir pasó al rey y que soy su juez yo?

Sí, lo sé.

Pues el alcalde no tiene jurisdicción sobre él.

¡Voto a Cristo, Crespo!

Vuestro orgullo es infinito.

Agradeced a la suerte la llegada de su majestad

y que su opinión es sagrada.

Por eso voy a ceder ante vos.

Si vuestro orgullo es grande el mío es aún mayor.

Esta vez no cederé en mis derechos.

¡Yo he de juzgar a este soldado, no vos!

Por una vez, por una única vez en vuestra vida,

alguien os hará ceder,

testarudo Pedro Crespo.

Y ese soy yo con mi espada.

Está bien, señor.

Podéis vos. Os entrego al soldado.

Bien halla.

Soldado, nos vamos.

¿Cuál ha de ser vuestra sentencia?

Eso no importa al alcalde.

Lo pregunto como padre.

Pues sabed que le castigaré duramente.

Yo haré de él un soldado.

Y si por valor probado hasta capitán llegare

algún día encontrare en alguna aldea perdida

con un alcalde villano.

Nos vamos.

Adiós, hija. Don Lope.

Adiós, hermano.

Adiós, hermana.

Padre... Adiós.

¿Y vuestras otras hermanas?

Arriba están encerradas. ¿Qué habéis de hacer con ellas?

Serán monjas.

Monjas han de ser.

O se las llevaría el diablo. Bien está.

¿Y con Isabel?

Adiós, Pedro Crespo amigo.

Con Dios, amigo Don Lope.

(Música dramática)

(Percusión)

Padre, ¿qué va a ser de mí?

Soy viejo, me quedaré solo.

Si no te importa puedes quedarte conmigo.

Vamos dentro, hija, que nadie nos vea llorar.

(Música animada)

(G. Abril BSO "Alcalde de Zalamea")

Historia de nuestro cine - La leyenda del alcalde de Zalamea

20 mar 2020

En el pueblo extremeño de Zalamea, durante el traslado de las tropas españolas a Portugal (1580-1581) con motivo de la subida al trono portugués de Felipe II, el capitán Álvaro de Ataide se aloja en la casa del rico labrador Pedro Crespo. Allí rapta y seduce a la fuerza a su hija menor, Isabel, mientras el padre es abandonado en el monte, amordazado y atado a un árbol.

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