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Historia de nuestro cine - Algo amargo en la boca - ver ahora
Transcripción completa

(Estruendo)

(Música dramática)

(Continúa la música)

(Continúa la música)

(Silbido)

(Bocina)

(Bocina)

(Bocina)

¡Eh, César!

¡César, espera!

Mira que eres, ¿eh?

Te dije que no vinieras.

César, ¿de verdad estarás de vuelta para Reyes?

Y puede que antes.

¿Cuántas veces te lo voy a tener que repetir?

Me voy a pasar fuera estas fiestas, eso es todo.

No es para hacer un drama.

Ni siquiera son parientes tuyos. Como si lo fueran.

Eran primas lejanas de mi madre.

Me han invitado muchas veces a su casa y tenía que ir.

Además, no son días para estar solo. César, en mi casa...

En tu casa no me pueden ni ver.

Parece como si nunca hubiésemos hablado de esto.

¿Tú crees que es momento con el tren a punto de arrancar?

Te voy a echar mucho de menos.

¿Me escribirás? Claro.

¿Todos los días? Casi todos.

Déjame que te acompañe hasta el andén.

El tren está a punto de arrancar. Tengo que salir. Mañana te escribo.

(Campanadas)

(Campanadas)

(Campanadas)

(Campanadas)

(Música dramática)

(Continúa la música)

(Ruido)

¡Te voy a quitar de una vez esta costumbre!

¡Asqueroso!

¿En eso empleas la poca inteligencia que Dios te ha dado?

¡Jacobo! ¡Jacobo!

(MUJER) ¿Has oído, tía? ¿Qué le ocurrirá?

Nada, es la hora de Aurelia.

¡No te molestes en escapar!

¡Ven aquí!

Ya sabes que no puedes escapar.

No te va a servir de nada que te refugies en el salón.

¡No busques a tus defensoras!

No te digo, empieza su hora mala.

Le he vuelto a descubrir.

Me espiaba por el ojo de la cerradura

y estoy dispuesta a que esto no vuelva a ocurrir.

¿Otra vez?

Aurelia,

debías comprender que... Claro que comprendo, es un anormal.

Es un anormal para todo menos para eso.

Por favor, tía, ten un poco de paciencia con Jacobo.

¿Paciencia? Tú eres demasiado ingenua, Ana.

Y tú demasiado intolerante.

Sí, Clementina.

Ya lo sé, querida hermana.

A ti no te importa que te mire

por las noches mientras te desvistes.

Incluso parece que te agrada.

Desengáñate, Aurelia.

A él no le divierte contemplarte,

sin observar cómo miras ese uniforme raído.

Ya sé que le quisiste mucho,

pero...

Miguel murió ya hace muchos años. Sí.

Miguel murió,

pero los tuyos te abandonaron todos.

Fui yo la que no quiso continuar aquello.

Lo sabes de sobra.

Nos vinimos a vivir aquí

porque las dos nos sentíamos ya cansadas.

Ninguna necesitábamos descanso.

Yo quería recordar.

Yo quería recordar.

Solo eso.

Recordar...

Eras tú la que necesitabas huir, refugiarte.

Supongo que mañana, cuando venga César,

no seguiréis discutiendo delante de él.

¿Verdad?

César...

Ya estará hecho un hombre.

(Música dramática)

(Continúa la música)

¡Tía! ¡Tía! ¡Date prisa, ha llegado César!

Creíamos que llegarías en el tren de la tarde.

Te has puesto perdido de agua. Bueno, no tiene importancia.

Me doy una ducha de agua caliente, me cambio de ropa y como nuevo.

¿Otra ducha?

¿Te parece poco lo que te has mojado?

Menos mal que ya está saliendo el sol.

Dentro de un rato hará un día espléndido.

¡Estaba deseando venir a verlas!

¡Pues poco se notaba!

Llevamos dos años diciéndote que vengas.

¿Sigues en la universidad?

Por la mañana. Estoy en segundo de Económicas.

Por la tarde tengo que ir a una oficina.

La beca que recibo por huérfano de funcionario es pequeña, ¿sabe?

Dentro de un momento termino.

Enseguida acabo y bajo a desayunar.

Oh, perdona. No se preocupe, pase.

Bueno, total estamos en familia, ¿no?

Claro.

Aquí traigo la ropa.

La hemos planchado, aunque esto está un poco húmedo todavía.

No importa. He traído otro pantalón.

Baja cuando puedas.

El desayuno está puesto. Enseguida iré.

Es... Es un jersey precioso.

¿Lo compraste en Madrid?

No, me lo regaló mi novia.

¿Quieres más café, César? No, no, está bien.

Gracias. Pues ya ves, Aurelia.

César dice que tiene novia. Vaya...

Pronto empiezas.

¿Y es novia formal?

¿Ella? Sí. El que no es formal soy yo.

Y pensar que tu madre cuando niño quería que fueras sacerdote.

Sin vocación es imposible.

Ahí tienes a Ana. Un día dijo que quería ser monja

y no duró más que dos años en el convento.

Clementina, no empecemos.

Deja tranquila a Ana.

No te metas con ella.

Por favor, tía,

te he dicho muchas veces que no me gusta que hables de eso.

Es cierto, lo pasado está pasado.

A tía Clementina le encanta recordármelo a cada momento.

¿Sabes una cosa?

Cuando supe que habías dejado el convento, me alegré.

Cuánto tiempo sin vernos, ¿verdad?

Sí, tres años.

Sí.

Entonces me parecías un crío.

Y total, somos de la misma edad.

¿Te lo parezco ahora?

¿Has vuelto a Zarautz?

No.

No he vuelto a veranear desde que murió mi madre.

Las cosas han cambiado. Claro.

Nosotras tampoco hemos vuelto.

Yo entré en el convento y mis tías se volvieron aquí.

¿Te gustaría volver este verano, por ejemplo?

¿Te gustaría que volviéramos? ¡Ah!

Mira, Jacobo, más vale que lo dejes.

Vas a romper todo el nacimiento.

Vete al jardín.

Anda.

(Música dramática)

Vaya por Dios, ha tenido que romper un rey mago.

Y el negro, que es el que más se nota.

Bueno, ponemos dos.

Y decimos que al otro no le dejaron venir

por cuestiones segregacionistas.

(Música dramática)

Pobre Jacobo. No es culpa suya.

Pero no tienes ni idea

de la cantidad de cosas que rompe.

Tiene unas manazas...

¿Por qué le tenéis aquí?

Es hijo de una criada que tuvieron los abuelos toda la vida.

Ha nacido aquí.

Ha vivido siempre aquí.

¿A dónde le vas a mandar siendo como es?

Ya.

Te resulta desagradable, ¿verdad? No, qué va, todo lo contrario.

Lo que me da es pena.

Antes no me has contestado.

¿Te gustaría volver a Zarautz conmigo?

Volver a Zarautz...

No sé...

¿No te gustaría?

Sí, gustarme sí, pero... ¿Entonces?

Bueno, falta mucho para el verano.

No vamos a hacer planes a tan largo plazo.

¿Por qué no?

No quieres. Sí.

Sí que quiero, César.

De verdad que sí.

Pero tengo que pensarlo, ¿comprendes?

(Maullido)

(Chillido)

Jacobo...

¿Qué has hecho? ¿Qué ha pasado?

Ha sido Jacobo.

Acaba de matar al gato.

¿No os lo tengo dicho?

Dentro de ese anormal hay un asesino.

Es la rezadora, la mantis religiosa.

Un insecto muy abundante por estos contornos.

Ah. Por eso le pusieron a la casa el nombre de Villa Mantis, ¿no?

Sí. Dicen que cuando la construyó mi padre

estaba llena de esos bichos toda la explanada.

Ah, sí.

Es un insecto muy curioso.

La hembra devora al macho después del apareamiento.

Creo que estudié algo de eso en el Bachiller.

Una característica curiosa.

Ya lo había oído otras veces.

Yo también.

Tuvimos un obrero que venía a cultivar la huerta.

Decía que todas las hembras son como la mantis.

Les gustaría a todas

comerse al macho después de la noche de bodas

para que fuesen suyos siempre.

Caray.

Era un hombre muy bruto.

Le tuvimos que echar por grosero.

Pues a mí me resultaba muy simpático.

No me extraña.

(RADIO) "Son las 22 de la noche".

Son las 22 de la noche.

¿No creéis que empieza a ser hora de acostarse?

César no estará acostumbrado a irse a la cama tan temprano.

Bueno, la verdad es que estoy algo cansado.

Claro, te has pasado la noche viajando

y no has querido acostarte ni una hora a descansar.

Lo peor es que debo haber cogido un catarro de aúpa.

Pues tómate una aspirina y a la cama corriendo.

Mañana puedes levantarte tarde.

No necesitas madrugar.

Recuerda que aquí has venido de vacaciones.

(TOSE)

(TOSE)

(TOSE)

Ha estado tosiendo toda la noche.

Yo le he oído también.

Debió ser ayer cuando vino.

Se mojó tanto...

Y encima se duchó.

¿No lo oyes?

Debe tener un catarro tremendo.

No le ha bajado la fiebre en todo el día.

Menos mal que nos quedaba esta inyección de estreptomicina.

Debíamos mandar a Jacobo al pueblo a que buscara al practicante.

¿Para qué? Tú, precisamente, las pones muy bien.

Pero a César, a lo mejor, le da vergüenza.

Qué tontería.

No lo creo.

¿Qué?

¿Te ha dolido?

Casi... casi no lo he notado.

Ahora descansa.

Luego volveré a hacerte compañía.

Bendita tú eres entre todas las mujeres

y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores.

Ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo.

Bendita tú eres entre todas las mujeres

y bendito es el fruto de tu vientre...

Ah...

(Música dramática)

(Continúa la música)

(Silbido del tren)

(Traqueteo del tren)

(Silbido)

(Ruido)

(Música dramática)

(Continúa la música)

(Ruido)

(Música dramática)

(Continúa la música)

(HOMBRE) "Querida Aurelia:

Esta noche puedo escribirte muy poco.

Las horas en Guadarrama son heladas.

Los hombres se mueren más que por las balas,

por el frío, por el odio,

por la tristeza.

Pero yo volveré a ti".

(Música de tensión)

(Maullido)

(Maullido)

(Maullido)

(Maullido)

(Maullido)

(Maullido)

(Maullido)

(Maullidos)

(Maullido)

(Maullido)

(Maullido)

(Maullido)

(Maullido)

(Maullido)

(Música de tensión)

¿Se curará pronto Jacobo, tía Aurelia?

Sí, Ana, Jacobo se curará.

Pero que esto sirva de lección.

No se os ocurra trepar por los árboles.

Es un juego peligroso.

¿Usted cree, doctor?

Sí, desgraciadamente estoy seguro.

A veces un trastorno en la cabeza produce trastornos físicos.

Él tiene solo 12 años.

Tal vez con el tiempo vaya recuperando el habla.

Cuestión de paciencia.

Habrá que decírselo a su madre.

Me da pena. Pobre chiquillo.

Nosotras hemos hecho todo lo que hemos podido.

Fíjate el dineral que nos está costando.

No tiene por qué agradecernos lo que hemos hecho por su hijo.

¿Por qué no puede hablar ahora Jacobo?

¿Qué le pasa?

Yo quiero que vuelva a hablar. Calla, Ana.

Y reza.

Reza para que Dios le ayude.

César, ¿se puede? Pase, pase.

Buenos días, Clementina.

Pero bueno, ¿se puede saber qué haces levantado?

Llevaba demasiado tiempo durmiendo.

Ayer tuviste fiebre todo el día, más de 39.

Era del catarro, me pasa siempre.

Pero me baja enseguida.

A ver si te vas a poner peor. Qué va.

Ya estoy bien. No aguanto más de un día en la cama.

Oh, qué naturaleza.

Ayer estabas inconsciente y hoy te levantas tan fresco.

Con enfermeras como usted se cura uno enseguida.

Aunque casi hubiera sido mejor que me siguiera curando

una temporada. Lo hace de maravilla.

(Música dramática)

Perdón. Vaya...

Podías haber soplado para otro lado. Lo arreglamos enseguida.

Cuidado, que me haces daño.

Qué barba más dura tiene.

Me acuerdo que la última vez que te vi en Zarautz

tenías solamente una pelusilla muy suave.

Sí, era un crío.

Claro que eras un crío.

(Música dramática)

Bueno, me voy. Volveré cuando acabes para hacer la cama.

Quédese. Ya... ya he terminado.

César, ¿por qué nos llamas de usted?

Pues... Antes nos tuteabas.

Sí, es posible, pero de pronto...

De pronto, nos has encontrado hechas dos viejas.

No diga tonterías.

Sabes perfectamente que estás bien, muy bien.

¿Te estás burlando de mí?

(Silencio)

¡Ah!

Ha sido Jacobo.

Solamente él puede haber hecho esto.

No se lo perdono.

¡Jacobo!

¡Jacobo!

¡Jacobo!

¡Jacobo!

¡Jacobo!

Jacobo. Jacobo.

Baja de ahí enseguida.

¿Me oyes?

¡Jacobo, baja inmediatamente!

Cálmate, Aurelia.

Déjalo, tía, no vas a conseguir nada.

Hay que darle un escarmiento.

Cualquier día nos hará algo malo a alguna de nosotras.

Vamos a casa, Aurelia.

Cogerás frío y, además, sabes que te perjudican

estas excitaciones. Nosotros le haremos bajar. Vamos.

Jacobo...

No te creas, cuando se asusta o se excita es terrible.

Una vez estuvo tres días sin querer bajar del tejado.

Dejadme sola, yo sé cómo convencerle.

Escúchame. Ahora, Jacobo, baja.

Ya se han ido.

Está bien. ¿Quieres que suba yo?

Yo no puedo subir, Jacobo.

Podría caerme. Baja conmigo.

Jacobo, ¿por qué lo hiciste?

Enfadaste mucho a tía Aurelia.

Bueno, no te aflijas.

Ya no hablaremos más de ello.

Pero ¿prometes dejar en paz a tía Aurelia?

¿Te das cuenta, Jacobo?

Estamos otra vez los dos aquí arriba.

Todo parece igual.

Y, sin embargo, ya nada es lo mismo.

Ni siquiera yo.

Qué felices éramos entonces.

En aquellos veranos calurosos,

los campos recién secados y los días interminables, eternos.

¿Te acuerdas, Jacobo?

¿Y de nuestra canción?

Cuando nos pasábamos las horas enteras

viendo trepar a las hormigas por este mismo árbol.

Y los dedos se nos quedaban pegajosos

por el jugo dulzón de la fruta.

¿Recuerdas cuando me puse tan enferma

del atracón que me di una vez?

Nadie te llamaba anormal entonces.

Y siempre reías.

Y pegabas a los demás muchachos cuando me perseguían.

Es una pena que no puedas hablar.

Tú también tendrías muchas cosas que decir.

Pero en el fondo tienes más suerte que yo.

Tú puedes estar siempre escuchando.

Y siempre callado.

Guardándote todo dentro de ti.

Siempre acompañado de tus secretos.

No llores, Jacobo.

No arregla nada.

Vamos, ayúdame a bajar.

Ya no puedo saltar como antes.

Ayúdame, anda.

(Música dramática)

Me encantaba verte montado en tu motocicleta.

Con el pantalón vaquero tan ceñido,

la camisa abierta y el aire golpeándote en el pecho.

¿Cuántos años tenías la última vez que nos vimos en Zarautz?

¿En Zarautz?

Unos 15 o 16 años.

(Ruido de motocicleta)

Tú no conoces a Aurelia.

Solo quiere esconderse, aislarse.

Vivir cada vez más de sus recuerdos.

Me parece más extraña cada día.

Creo que Aurelia...

te tiene atemorizada.

No, eso no.

Tal vez dominada.

Pero es mi hermana y la quiero, ¿sabes?

La quiero mucho.

Su explicación es clara, pero...

lo que no comprendo es tu reclusión.

Tú eres diferente, más joven.

Podrías casarte.

Eso pasó ya para mí.

Esperé mucho tiempo inútilmente.

Solo escuché alguna proposición de otra clase.

Así que me vine con Aurelia.

Quizá para defenderme de mí misma,

de mi propia debilidad.

Tengo que irme.

Es muy tarde. No.

Espera un poco más.

(Música dramática)

Me apetecía andar por la nieve. A mí también.

Pero tenía razón tía Aurelia.

No era necesario venir tan lejos por un pino.

Podíamos haberlo encontrado al lado.

No divertiremos, ya verás.

Oye, por cierto,

¿por qué has traído a Jacobo?

¿Te daba miedo venir sola conmigo? ¡Oh!

Qué tonto eres.

(RÍEN)

Ellas han sido siempre muy buenas conmigo.

Entiéndeme bien, Ana.

Yo no tengo nada en contra de tus tías.

Pero me parece un crimen

que pases tu juventud encerrada en ese caserón.

A veces se me ha ocurrido

reanudar de nuevo mis estudios en la facultad de Letras.

Estaba en segundo año de la carrera cuando me fui al convento.

Eso, eso es lo que debías hacer, volver a la facultad.

Encontrarías de nuevo la vida, la alegría.

Serías otra vez... joven. ¿Comprendes?

¿No te das cuenta?

Tienes 22 años.

Y además eres demasiado bonita para que lo desaproveches.

Sería muy largo de contar.

Perdóname. Ya sé que te fastidia hablar del convento.

No...

Contigo no me importa.

Es con las tías, que no entienden nada.

Lo que pasa es que no sé explicarte por qué fui allí.

Influyeron muchas cosas, ¿sabes?

Me hubiera dicho alguien que tú te ibas a meter monja...

me hubiera muerto de risa.

Cuando me lo contaron no me lo podía creer.

El otro día me dijiste

que te alegraste cuando dejé el convento.

¿Por qué?

Tú ya sabes por qué.

O el hacha no corta o yo no sirvo para leñador.

Las dos cosas, me parece a mí.

Deja que lo haga Jacobo, anda.

¿Echamos una carrera? ¿Una carrera?

Sí, vamos.

(Música dramática)

(Continúa la música)

Verás, verás.

No puedo más.

¡Para, para!

Desde aquel verano he pensado muchas veces en ti.

Al principio te odiaba, ¿sabes?

¿Me odiabas? ¿Por qué?

Fue una madrugada cuando regresaba a casa.

Paseaba por el malecón de la playa.

¿Y qué te ocurrió? Vi a un chico y a una chica

tumbados en la arena.

Al lado de la orilla.

Estaban...

estaban demasiado juntos.

¿Quiénes eran?

Eras tú.

Estabas con aquel chico que te acompañaba siempre.

Sí.

Era Ignacio,

un muchacho de Bilbao que estudiaba Medicina en Madrid.

Pero, nunca me has hablado de eso.

¿Para qué? Aquel era tu secreto.

Y desde aquella madrugada

pasó a ser también mi secreto.

Si supieras la de planes de venganza que se me ocurrían.

¡No!

No tienes ningún derecho a considerarme una mujer fácil.

¿Y quién habla de derechos?

Anda, vamos, hay que poner el árbol.

(Campanadas)

(Campanadas)

(Campanadas)

(Campanadas)

Ana y Clementina bajaron al pueblo

para comprar unas cosas para él árbol.

¿Y Jacobo? Está en el campo.

Bueno, nos entretendremos charlando un rato.

¿Sabes una cosa, César?

Nos alegramos mucho que hayas venido a vernos.

Deberías venir más a menudo. Sí.

Antes nos veíamos casi a diario.

Es una pena que no vivan en Madrid.

No tenemos nada que hacer allí.

Vamos ya para viejas.

Pero Ana todavía...

Ella hace ver que está aquí por nosotros, por acompañarnos.

En realidad le da miedo volver. ¿Miedo?

¿De qué? No sé.

Hay muchas clases de miedo.

Aurelia, ¿de quién es el uniforme que guarda en su habitación?

De un novio que tuve,

la única persona que quise.

Murió.

Lo siento. Quizá no debí preguntar.

No, no importa.

César, ¿podrías...

podrías hacer una cosa por mí?

Por supuesto que sí.

Ven conmigo.

Ese uniforme...

lo llevaba puesto el día en que murió.

Es lo único que conservo de él.

Esto y sus cartas.

Bueno, usted dirá que por qué no me meto en mis asuntos,

pero ¿no cree que sería mejor deshacerse de él?

¡No!

Yo no tengo ya nada más que mis recuerdos.

Y los recuerdos hay que concretarlos en algo.

¿Comprendes?

De pronto, un olor,

el tacto de una tela áspera,

pueden devolver toda la felicidad de un momento vivido.

¿Complacida? ¿Puedo quitármelo ya?

Creo que no debió pedírmelo.

Esto solo puede provocar más dolor,

más tristeza.

(Música dramática)

(Disparo)

(HOMBRE) "Los hombres mueren más que por las balas, por el frío,

por el odio, por la tristeza".

(Música dramática)

(Disparo)

Miguel...

Miguel...

(Disparo)

Miguel, has vuelto.

Has vuelto por fin.

(Disparo)

Te he esperado tanto.

¿Por qué has tardado?

(Disparo)

Miguel...

(Disparo)

¡No!

No...

¡No!

No...

Aurelia...

Por favor, cálmese.

Cálmese.

¿Por qué todo esto? ¿Ve como era una tontería?

¿Te doy lástima?

Sí.

Me da lástima verla así.

Su piel también era suave

y a la vez áspera.

Su cuerpo despedía el mismo calor que el tuyo.

Aurelia...

Dentro de un rato se arrepentirá de todo esto.

Recordar no es delito.

Recordar no, pero consagrarse a un recuerdo es una barbaridad.

Nunca he tenido otra cosa más que esto en la vida.

¿A dónde vas?

A quitarme este uniforme.

No es mío.

Bueno, mañana ya estaremos en Nochebuena.

Hacía muchos años que no poníamos el árbol navideño.

¿Verdad? Desde luego.

Nos estamos quedando anticuadas.

Durante todos estos años no hemos tenido más entretenimiento

que ir a la Misa del Gallo.

Con el frío que hace a esas horas.

Iremos también este año.

Supongo que nos acompañarás, ¿verdad, César?

Bueno, si os empeñáis. Lo malo es que hay que bajar al pueblo.

La podíamos escuchar por la radio.

Como mañana haga el frío de hoy,

no va a haber quien se mueva de casa.

Lo mejor es que nos quedemos.

En la radio transmiten misa, incluso del Vaticano, más solemne.

Bueno, como queráis.

No quiero que me digáis que os estropeé la fiesta.

Mañana tenemos que cantar villancicos.

¿Sabes villancicos, César?

La Nochebuena se viene, la Nochebuena se va

y nosotros nos iremos y no volveremos más.

Hija, desde luego no cabe duda de que eres bastante fúnebre.

¿Por qué no cantamos eso de...?

# Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad,

# dame la bota, María, que me quiero emborrachar. #

Desde luego qué diferentes sois a pesar de ser hermanas.

Somos muy diferentes.

(Música de tensión)

(Tictac)

(Tictac)

(Música dramática)

(Continúa la música)

(Continúa la música)

Aurelia, tenemos que preparar las cosas para la cena.

¿Qué quieres preparar?

Debemos subir a la buhardilla a buscar la vajilla de plata.

Es cierto. No me acordaba.

Ana y César han ido a un invernadero de flores,

que está junto a la carretera,

a por unas macetas para adornar el saloncito.

Hay que poner la casa alegre.

¿Hasta la carretera?

Está a casi 3 kilómetros y va a llover.

No importa. En cuanto vuelva Jacobo del pueblo,

le diremos que vaya a buscarles con paraguas.

Llevamos estas también. Tú verás, las que más te gusten.

Podemos con las tres y con la enredadera.

Qué color tiene, ¿verdad?

Los blancos serían más navideños. ¿No crees?

Vaya, ahora se pone a llover.

Pues esperaremos a que escampe.

No vamos a ir mojándonos todo el camino.

Apestas a perfume.

Me he echado unas gotas de esencia.

¿Unas gotas? Por lo menos un frasco entero.

Y además llevas la cara llena de maquillaje.

¿Llevamos también la sopera de plata?

Deberías mirarte al espejo.

No sabes el aspecto que tienes.

Por favor, Aurelia, no empecemos.

Hoy es Nochebuena.

¿A quién quieres agradar?

Todavía no necesito de perfumes ni de maquillajes

para agradar... ¡a nadie!

Es verdad.

Te basta con tus dotes personales.

¿Qué le has ofrecido a él?

¿Es que vas a nombrarle tu heredero?

Ya sabía que te enterarías.

Esta casa es demasiado pequeña para encerrar secretos.

Sí.

Y, sobre todo, para encerrar vergüenza.

¿Por qué tratas de engañarme?

Estás celosa, solamente eso.

¡Estás celosa!

De sobra sabes que tengo ya muy superado todo eso.

Deja ya de disimular.

César...

¿César te ha dicho algo?

No ha sido necesario que él me lo dijera.

Lo suponía.

Pero yo no me he enfadado.

Lo comprendo.

Lo comprendo...

Claro.

Estás demasiado acostumbrada a esas cosas.

¿Por qué iban a importarte?

Pero ¿cómo me iba a importar tratándose de ti?

Conozco demasiado a César.

Él nunca cedería por compasión.

No me interesa.

Es un muchacho.

Yo...

Yo no soy una enferma como tú.

Ya.

Están demasiado verdes para ti esas uvas.

¡Aurelia!

Al volver de Zarautz vi de nuevo a Ignacio en la facultad.

¿Habías hablado en serio con él?

No.

Él no quería saber nada de noviazgos formales.

Y mucho menos de matrimonio.

Odiaba las casas llenas de niños y oliendo a comida.

Pero me gustaba.

¿Y tú a él?

También.

En cierto modo fue bonito.

Su voz, sus pasos...

El olor de su tabaco...

Fue algo completamente nuevo para mí.

¿Vivisteis juntos?

Sí, casi un año.

¿Se enteraron tus tías?

No se quisieron enterar, supongo.

Ya estaban aquí.

Fue el año que decidieron venirse vivir al campo.

Total, la historia de siempre.

Él se cansó y tú arrepentida y echa polvo

fuiste a buscar refugio al convento.

¿No es eso?

Ni se cansó ni se fue, al contrario.

Lo que pasa es que nunca quiso aceptar la idea del matrimonio.

Yo estaba educada en otro ambiente. ¿Comprendes?

Me habían inculcado la moral, la religión...

Claro.

Y un buen día te arrepentiste de pronto y al convento.

No, no es eso.

Yo iba de buena fe. ¿Entiendes?

A las dos cosas.

A Ignacio y al convento.

¡No, no, no, no lo entiendo!

¿Entonces por qué le dejaste?

Porque aquella vida no era para mí.

O yo no era para aquella vida, como mejor te parezca.

Yo creía comportarme como una mujer de ideas avanzadas.

Pero un buen día me empecé a sentir como una golfa.

Era una sensación extraña.

Como la de comer sin tener ganas.

¿Comprendes?

Sin ninguna gana.

No va a parar de llover en todo el día.

Deberíamos intentar salir.

Justo, para coger una pulmonía.

No digas tonterías, anda.

Espera, ya dejará de llover cuando sea.

Nos pasamos la vida riñendo.

Sería un error que siguiésemos viviendo en esta casa.

Ya no nos soportamos la una a la otra.

Son discusiones sin importancia.

Tú deberías irte a vivir a nuestro piso en Madrid.

Yo me quedaría aquí sola.

O con Ana, si es que me quiere acompañar.

Sabes de sobra que no soy capaz de...

de dejarte.

Nos estamos hiriendo a cada momento.

Son riñas entre hermanas.

La de hoy ha sido diferente.

¿Por qué?

¿Es que no te das cuenta? ¿Cuenta de qué?

La tentación, ha vuelto el pecado.

Por Dios, Aurelia...

Las dos hemos vivido mucho.

Somos dos mujeres que estamos de vuelta de estas cosas.

No somos ningunas ingenuas.

Pero lo habíamos superado todo.

Ya se nos había perdonado.

También esto pasará.

El tiempo lo sanará todo.

Hay que alejar la tentación de nuestro lado.

No te preocupes.

Él se irá.

Se irá solo.

No será necesario que nosotras le echemos.

Él se irá.

Hay que destruir la tentación.

Bueno, Aurelia, haremos lo que tú quieras.

¿Me lo prometes?

Sí, te lo prometo.

Vamos a hacer las paces.

Anda, ¿me das un beso, Aurelia?

Te tienes que venir conmigo. Tienes que empezar de nuevo.

Yo te haré olvidar todo eso.

No empieces como siempre, por favor. ¿Para qué andarnos con tonterías?

Yo te gusto a ti igual que tú a mí.

Eso es lo que más te molesta precisamente.

Me voy, si te quieres quedar, allá tú.

Qué cobarde eres.

No tienes miedo de mí, tienes miedo de ti misma.

Vas a acabar como Aurelia o Clementina,

o como las dos juntas.

No has sabido ser libre.

Ni sabes ser decente más que encerrándote en esa casa.

¿Y a ti qué te importa?

¿Quién te manda meterte en mi vida?

Has servido para esconderte en las faldas de tus tías,

dos solteronas.

No insultes a las tías.

¿Quién te crees que son tus tías?

Dos fracasadas, dos mujeres ansiosas, tan ansiosas como tú.

¡Imbécil!

Toma.

Si se rompe, se enfadarán tus tías.

(Música dramática)

(Continúa la música)

(Música dramática)

¡Uh! ¿Qué te ocurre?

Contemplando el paisaje, ¿eh?

¡Te voy a arrancar la cabeza como aquel gato,

para que no mires más en tu vida!

¡Cerdo asqueroso!

Déjalo, César.

Seguramente habrá venido a traernos el paraguas.

¡Por Dios, César!

¡No le pegues más!

No te preocupes más.

Después de esta paliza no creo que le queden ganas de contar nada.

Suelta. ¡Suelta!

Qué tarde vienes.

¿Qué ha pasado?

Nada.

¿Dónde está César?

Ha ido al pueblo a buscar unas botellas de champán

para la cena.

¿Y Jacobo?

Le enviamos a buscaros con unos paraguas.

Supongo que ahora vendrá.

Estás temblando.

Además tienes muy mala cara.

Ana, ¿qué ha ocurrido?

(Música dramática)

Siéntate.

Relaja el cuerpo. Tranquilízate.

¿Qué te pasa?

¿Te encuentras enferma? No.

Debe ser por la lluvia.

¿Has venido corriendo? No.

No es nada.

No os preocupéis.

Me ha debido sentar algo mal.

Notaba un gusto extraño.

Algo amargo en la boca.

(Música dramática)

¿Has oído, Clementina?

¿Comprendes lo que le ocurre?

Ella también siente algo amargo en la boca.

# ...la Marimorena...

# Ande, ande, ande que es la Nochebuena. #

No volverá.

# ...la Marimorena...

# Ande, ande, ande que es la Nochebuena. #

Dijo que regresaría cuando comprase las botellas.

No se atreverá.

No se atreverá a volver a esta casa.

¿Por qué no se va a atrever?

No le dejaremos entrar.

El candado de la cancela está cerrado.

Qué cosas dices.

Está lloviendo a mares.

No le abriremos.

Con la misma lluvia que llegó tendrá que irse.

Mira, Aurelia,

hoy es Nochebuena.

Pasaremos esta noche juntos y en paz

y mañana le diremos que nos parece más oportuno

que se vaya a Madrid.

No quiero que vuelva a pisar esta casa.

No entrará.

Solo es esta noche.

Y tiene que recoger sus cosas.

Se las enviaremos a su domicilio en Madrid.

Mañana Jacobo irá al pueblo

y facturará su equipaje.

No seas tremendista, Aurelia.

Puede solucionarse todo amigablemente.

¿Para qué vamos a dar un escándalo?

No te molestes, no me convencerás.

Aurelia, él es muy joven.

Bien pensado no tiene culpa de nada.

Recuérdalo, Clementina,

habíamos llegado a unas conclusiones.

Decías que estabas de acuerdo.

No, no lo he olvidado, sigo estando de acuerdo.

Pero en una noche como esta

me parece horrible dejarle en la calle.

No se le puede echar de esta manera.

Compréndelo.

¡Eh! ¡Abridme!

¡Está cerrada la puerta!

¡Abridme!

(Ruidos)

(Ruidos)

¡Eh! ¿A qué viene esto?

¡Abridme!

¿No oís?

¿O es que no queréis oír?

No podemos dejarle, Aurelia.

Debemos abrir.

La puerta no se abrirá para él, Clementina.

Nunca.

No entrará.

¿Has olvidado nuestro pacto?

No lo soporto.

¿Lo oyes?

¡No lo aguanto!

¡Eh! ¡Abridme!

¡Os advierto que no me costaría

el menor trabajo saltarme esta verja!

¿Comprendéis?

¡Ningún trabajo!

Sí, ya sé lo que os pasa...

Lo entiendo perfectamente.

Tendría que ser imbécil para no darme cuenta.

No queréis que vuelva entrar, ¿verdad?

El arrepentimiento...

¿No es eso?

¡Pues no, no, no es eso!

¡Os da vergüenza ser lo que sois!

¡Y sobre todo cosa que he descubierto yo,

que os he quitado la careta!

Un aliento de macho...

¡Se acabó la represión!

¡Se hundieron los recuerdos y se fue a la mierda toda la moral!

Ana...

Ana...

Tú no eres así.

Ana...

Está lloviendo mucho.

Llueve... Hace frío.

Pero la noche se volverá infinitamente caliente

cuando tú salgas de esa casa.

Ana...

Ana...

¡Ana!

Por favor, César, márchate.

No nos pidas explicaciones.

Mañana te enviaremos la maleta a Madrid.

¡No quiero irme!

¡No puedo irme así!

¿Por qué no la dejáis salir?

Por favor, Aurelia, démosle si quiera la maleta.

Estará chorreando.

Puede coger una pulmonía.

Jacobo. Jacobo.

Dásela por entre los barrotes.

¡No le abras!

(Ruidos)

# Campana sobre campana,

# Y sobre campana una,

# Asómate a esa ventana,

# Verás el Niño en la cuna.

# Belén, campanas de Belén,

# Que los ángeles tocan,

# Qué nueva me traéis?

# Recogido tu rebaño.

# ¿A dónde vas pastorcillo?

# Voy a llevar al portal...

# Requesón, manteca y vino.

# Belén, campanas de Belén,

# Que los ángeles tocan...

# ¿Qué nuevas me traéis?

# Campana sobre campana,

# Y sobre campana dos,

# Asómate a esa ventana... #

(Música dramática)

(Continúa la música)

Historia de nuestro cine - Algo amargo en la boca

20 mar 2021

César va a celebrar la Navidad a la casa de campo de unos familiares: Aurelia y Clementina, dos hermanas ya mayores, y Ana, una sobrina que regresa al domicilio familiar después de dos años en un convento. Cuando llega César las tres mujeres se sienten atraídas por él.

Contenido disponible hasta el 2 de marzo de 2022.

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