Presentado por: Elena S. Sánchez Dirigido por: Francisco Quintanar

'Historia de nuestro cine' hace un repaso por lo mejor del cine español desde el año 1930 hasta el 2000, con la intención de revisar sus grandes títulos. Presentado por Elena S. Sánchez y dirigido por Francisco Quintanar, el espacio cuenta con un equipo habitual de colaboradores expertos en el cine español.

El programa incluye la emisión de dos películas de diferentes épocas de nuestro cine, relacionadas por temática, género, directores, presencia en festivales de cine u otros epígrafes de diversa índole.
La primera es presentada por uno de los colaboradores/as habituales del programa y tras su emisión, y antes de la segunda película, hay un coloquio en el que participan figuras relevantes del cine, relacionadas con dichas películas, además de profesionales de nuestros días que estén de actualidad y los mencionados colaboradores del programa.
 

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Historia de nuestro cine - Piedra de toque - ver ahora
Transcripción completa

(CANTA EN UNA LENGUA AFRICANA)

¿Desea mesa?

No, gracias.

Papá, siéntate.

¿Qué tal, viejo?

Tranquilo, acogedor...

No me digas que va contra tus principios.

Mira, cada cosa a su tiempo.

Te dije que teníamos que hablar, pero aquí, la verdad...

Hablar, hablar... No te cité para hablar, sino para salvarte.

Ah.

Muy agradecido.

¿Y de qué me has salvado, si puede saberse?

De tu aburridísimo trabajo, de amontonar dinero...

Para que podamos vivir bien los dos.

Tocado.

Medio whisky que paga el señor.

¿Y usted? -Para mí, lo mismo.

Escúchame, Carlos. ¡Qué día tienes!

Vamos a ver, ¿es que prefieres que dejemos de ser amigos

para convertirnos simplemente en padre e hijo?

Pero ¿cuándo podré hablar contigo en serio?

¿Y de qué tema se puede hablar en serio?

¿Cómo? Ah, ya sé, claro.

De tu Guinea. De nuestra Guinea.

Bueno, está bien, lo que tú quieras.

(Canción en una lengua africana)

(Voces indistintas)

Buenos días, don Carlos. Hola.

¿Qué hay? Hola, señor.

-¿Qué tal?

Buenos días. Buenos días.

Hola. ¿Qué tal?

¿Qué hay? Buenos días.

Buenos días. Hola.

Señorita Dora,

está el dire, claro.

Si se refiere al señor director, sí.

Dígale, por favor, que quiero verle.

"¿Qué hay?".

Al pie del cañón, como siempre.

Señor Rivera, su hijo está aquí. "¿Cómo?".

"¿Qué dice usted? ¿Mi hijo?".

"¿Está segura?". Segurísima, don Enrique.

Oye, ¿es que te va a fallar ahora la voz de la sangre?

"Con estas sorpresas, va a fallarme el corazón. Anda, pasa, pasa".

¡Al fin te decidiste! Bienvenido, hombre.

Papá,

me rindo.

Por dos horas, soy tu prisionero.

Hola.

¿Cómo te dio hoy por aparecer en el despacho?

Mi padre, ya sabes.

Lleva días diciendo que quiere hablarme del negocio...

y yo llevo días evitándolo.

Como siempre.

Pero esta mañana me levanté pensando que los malos tragos...

Y, ya ves, me decidí.

¿Y qué?

Las fincas de Guinea.

Su eterno tema.

Que cuándo voy a encargarme de ellas,

etc., etc., etc.

¿Y cuándo será eso?

Mujer, más adelante.

Le dije que me diera tiempo para pensarlo.

¿Pensarlo para qué?

Porque estoy aburrido de oír hablar de Guinea.

Además, si me voy a África,

nos va a pillar un poco lejos para vernos. ¿No crees?

No tienes por qué dejar de verme.

Podemos casarnos... y marchar juntos.

¿No te cansa todo esto?

¿Qué dices?

¿Cómo voy a cansarme de quererte?

Sabes a lo que me refiero.

Todo el mundo se empeña hoy en hablarme con gravedad.

(Música suave)

Anda, no pongas esa cara.

Sonríe, mujer, es nuestra música.

Fíjate si somos importantes que tenemos hasta himno propio.

Ni siquiera eres capaz de tomar esto en serio.

Tonta. ¿Cómo no voy a tomar en serio esta canción

si escuchándola nos conocimos?

Carlos, ¿por qué no nos casamos?

Ya hemos hablado de ello muchas veces.

Sí, nos casaremos, pero en su momento.

¿Qué momento?

Dora, no hagamos escenas.

¿Qué te sucede esta tarde? Lo de siempre,

que no comprendo por qué nos ocultamos.

¡Estoy harta ya de todo esto y no sé ya cómo decírtelo!

No hay razón para que sigamos amándonos así.

Quiero que me conozcan como tu mujer,

quiero tener hijos, quiero tenerte a ti.

Pero si me tienes.

Así no.

Escúchame, Dora.

Cálmate.

Mira, estás muy nerviosa.

Vamos a cenar por ahí. Luego podemos ir al teatro.

Y después aquí, ¿verdad? ¡Ya está bien, Dora!

¡No está bien!

Mientras sigamos así, nada irá bien.

Decídete a poner nuestras cosas en claro... o déjame tranquila.

Antes he de hablar con mi padre, ya lo sabes.

¿Qué tiene que ver tu padre? Sí tiene que ver.

Le conoces, trabajas con él, es dominador, se ha formado así.

Ha luchado demasiado en África y aún sigue luchando.

Quiere que sea como él. ¿Y por qué no?

¡Qué afán, Dora! Él tiene su carácter y yo tengo el mío.

Es justo, recto, todo lo que quieras,

pero quien trabaje a su lado

ha de llevar el paso al compás que él marque.

Y no.

Acabaríamos mal.

Nunca hemos reñido, ¿entiendes?

Nunca nos hemos enfrentado por nada.

Y si yo le dijese ahora que iba a casarme...

Te exigiría que fueras responsable

y antes te forjaras tu propia vida.

Y huyes de las responsabilidades,

de las obligaciones y de la lucha, ¿no?

¡Basta ya, basta ya!

No quiero hablar de esto.

¿Y continuar siempre así?

No, mujer. Te prometo que pienso decidirlo pronto.

¡Pronto!

Ten cuidado, no sea yo la que pronto

se decida a cortar por lo sano.

Espera.

Nena,

¿sabes que enfadada estás guapísima?

Déjame.

Buenos días. Buenos días.

Don Enrique ha madrugado mucho hoy.

Preguntó por usted nada más llegar.

¡Vaya por Dios!

¿Me llamaba, don Enrique?

"Don Enrique, ¿está usted ahí?".

Sí, sí, claro.

Señorita Dora, haga el favor de pasar.

(Llaman a la puerta)

Adelante.

Pase, pase.

Siéntese.

No, no voy a dictarle.

Voy a hablarle de algo muy serio...

y muy particular.

Mire, Dora,

señorita Dora, ya sé...

que una cosa tan íntima como la que voy a decirle...

no es para tratarla en mi despacho,

pero usted y yo solo nos vemos aquí.

No le comprendo. No me extraña.

No hago más que dar rodeos.

Bien.

Se trata de usted,

de su vida privada.

Señor Rivera, yo... Aguarde.

No sabría cómo acabar si no.

Eh...

Ya sé que vive sola...

y que la soledad le pesa,

como a mí.

No sé...

No sé qué quiere decirme.

¡Mujer, que se case conmigo!

Yo... No me mire de esa manera.

¿Qué otra forma tenía de decírselo?

Pasé la edad de los galanteos.

Ya sé que no es así como se dicen estas cosas,

pero llevamos tanto tiempo trabajando juntos,

viéndola cada día,

sintiéndola cerca...

La necesito a usted.

Dora,

si lo encuentra ridículo, olvídelo,

pero te quiero.

(Voces indistintas)

¡Qué puntual!

Anda, sube.

Eh, ¿qué te pasa?

¿Qué cara es esa?

Mujer, si no son las... Carlos,

no... no es eso.

¿Entonces? Mira...

Bueno, anda, ya me lo dirás. Sube de una vez.

No subo.

No puedo subir.

Carlos, no sabes lo que ha pasado hoy.

¿Quieres explicarte con claridad?

Carlos,

esta mañana,

tu padre me ha pedido matrimonio. Dora,

si lo encuentra ridículo, olvídelo.

"Pero te quiero".

¿No me contestas nada?

Otro se me adelantó,

¿verdad?

Nunca me han pedido matrimonio.

¿Entonces?

Sí.

¿Qué has hecho? ¿Estás loca?

(Silbido)

¡Qué tío! ¡Largo!

¿Cómo se te ha ocurrido semejante monstruosidad?

¿Por qué lo has hecho? Di, ¿por qué?

¡Tú tienes la culpa de todo!

¿Yo? ¡Sí, tú!

Me has desengañado con tus evasivas y tu afán de ocultarme.

¿Y qué tiene que ver para que te cases con mi padre?

¡Claro que tiene que ver!

Tú me deseas únicamente.

Tu padre me quiere y, como yo, se siente solo.

Claro, te dio pena.

Y, como te es igual uno que otro,

elegiste al dueño del dinero como una cualquiera.

Puedes insultarme, pero elegí al más hombre,

al que supo decirme que me necesitaba y me quería

como tú no me lo dijiste nunca.

¿Yo?

Pero ¿sabes acaso cómo te quiero yo?

¡Todo esto es absurdo! ¿Me oyes? ¡Absurdo!

¿Cómo voy a consentir que te cases con él después de que tú y yo...?

Voy a decírselo ahora mismo.

Ya es tarde.

La sinceridad se emplea en su momento.

Ahora le harás daño. Se sentiría ridículo

y eso no lo perdonaría nunca.

¡Por ti! ¡Oiga, oiga!

¡Déjeme en paz!

-¡Qué escándalo! ¡En plena calle!

-Vamos. -¿Has visto qué chico tan violento?

¡Pss! Vete a saber lo que les pasa.

Carlos.

(TARAREA)

(SILBA)

(TARAREA)

Carlos, ¿qué te parece este batín?

Demasiado serio, ¿verdad?

Papá,

tengo que decirte algo.

Y yo a ti. Déjame a mí primero.

¿Qué te pasa?

¿Estás enfadado? ¡Qué raro!

Sé que piensas casarte con tu secretaria.

Vaya, ya te has enterado.

Me alegro. No sabía cómo decírtelo.

Yo tampoco sé cómo decirte a qué he venido.

Si tienes algún problema, resuelto.

Hoy no quiero ver caras largas.

Y menos, la tuya.

Pero dame la enhorabuena, hombre.

Precisamente, sobre eso quiero hablarte.

Ya.

Te molesta, ¿verdad?

Hijo,

en otra ocasión, quise dar este paso,

pero eras muy niño y dudé que te quisieran como a un hijo.

Ahora eres un hombre.

Apenas te veo.

Sabes vivir solo.

Yo no.

Papá,

no sé cómo hacerte ver...

que esa mujer no puede ser para ti.

Carlos, ¿no irás a llamarme carcamal?

¿Iba a casarme con una mujer como yo?

Para canas, me bastan las mías.

Además, estoy enamorado.

A mi edad... Ríete si quieres.

No sigas, por favor.

Tú no puedes casarte con Dora.

Pero ¿por qué?

Porque no es digna de ti. ¡No digas barbaridades!

¿Tú qué sabes?

¿Crees que me acepta por el dinero?

Tu vida de holgazán te ha hecho un cínico.

¡Papá! No temas.

No te quitará un céntimo de lo tuyo.

Piensa en lo que estás diciendo. Piénsalo tú,

si tu egoísmo de hijo único te lo permite.

Carlos, hijo,

nunca nos habíamos hablado así.

Ya suponía que no iba a gustarte,

pero hasta ese extremo...

Ya sé que Dora no está enamorada de mí.

No creas que soy ciego.

Me tiene respeto, agradecimiento,

pero yo sabré conseguir que me quiera.

Ya lo verás.

Estate tranquilo...

y deja hacer a tu padre.

¡No, no, no te dejo! ¡No puedo dejarte! ¡Debes escucharme!

Carlos,

te di siempre todo lo que deseaste.

No me niegues mi última oportunidad de ser feliz.

Está bien.

Haz lo que quieras,

pero discúlpame...

si no asisto a tu boda.

Me voy. ¿Te vas?

Sí.

Quiero hacerme cargo de las fincas de Guinea.

Pero ¿así, de repente?

No, de repente no.

Yo también hago planes sin decírtelo de antemano.

Mira,

se van a cumplir dos cosas...

que tú deseas mucho.

Casarte...

y que yo trabaje.

Perdóname, papá.

Estoy muy nervioso.

Yo también, hijo mío.

(Música de Salvador Ruiz de Luna)

(MUJER) Supongo que sí. Yo ya la avisé. Ten cuidado.

-Adiós, señorita. -Adiós.

¡Hola! -¡Oh!

(Voces indistintas)

¿Don Carlos Rivera? Sí.

Montoro, administrador. Mucho gusto.

¿Su padre bien? Perfecto.

El viaje estupendo, ¿no? Sí.

Con estos aviones, se llega rápido.

Cierto. Yo me ocupo del equipaje.

Deme el billete.

Tome. Espéreme en la salida.

Gracias.

¡Qué bonito esto!

-Yo me quiero ir. -Vamos.

-Yo quiero irme a mi casa. -Bueno.

-Yo quiero irme a mi casa. (LLORA)

¿Son estas? Sí.

Siente el calor de aquí, ¿eh?

Ahí tengo el coche.

Ahora estamos en la seca, en verano.

Luego viene la época de las lluvias.

¿Está cerca la finca? A unos 40 km.

A la izquierda del río Benito, por el interior.

Ud. no había estado nunca, claro.

Claro.

¿Le molesta que conduzca yo?

Eh... Como quiera.

(Música de Salvador Ruiz de Luna)

Aquello es Bata, nuestra capital, pequeña pero muy acogedora.

¿Quiere que nos detengamos antes de seguir hasta la finca?

Otro día. Ajá.

(Risas y voces infantiles)

¡Cómo saludan!

Son muy ricos los niños papues.

Parecen muñecos de chocolate.

Y listos, ¿eh?

Enseguida aprenden a leer y a escribir.

Aquí apenas hay analfabetos.

Ud. dirá: "¿Cómo es posible?".

Yo no digo nada.

Bueno.

Estamos entrando en su finca.

Ya verá, ya verá qué finca.

Hermosas, ¿verdad?

Son palmeras reales.

Esto es cacao.

Esta plantación nos da la mejor calidad de cacao de Guinea.

Bueno, del mundo.

(Carreteo)

(Carreteos)

Son loros.

¿Hablan? No, estos no.

Menos mal. ¿Eh?

(Música de Salvador Ruiz de Luna)

Este es Sila, su boy. -Massa.

Hola. Mateo, el cocinero.

Muy bien. Pase.

(Chillidos de mono)

Y esta es Pita.

Quieta.

Tampoco le agrada la casa, ¿eh?

La verdad es que no la esperaba así.

Le he molestado, ¿no es cierto?

No, señor. A mí hay pocas cosas que me molesten.

Mejor dicho,

no me molesto en molestarme.

Este es su cuarto.

Sí, me gusta.

Le resultará cómodo, ya lo verá.

Ah, esta noche, oirá usted el tamtam.

Confío en que le dejen dormir.

En un poblado próximo, celebran un funeral...

a su manera.

Se la hizo la última vez que estuvo aquí.

Gran persona su padre.

Sí, sí que lo es.

(Música de Salvador Ruiz de Luna)

(Tamtam)

(Tamtam)

(Cesa el tamtam)

(Música suave)

(Tamtam)

(Tamtam a todo volumen)

(Tamtam a volumen normal)

(Voces indistintas)

(Música popular)

(HABLA EN UNA LENGUA DE GUINEA)

(HABLA EN UNA LENGUA DE GUINEA) No.

Massa, manzanas, manzanas, massa. ¿Me las compra?

¡Apártese!

Lámpara de gas, massa, lámpara.

Massa, por favor, massa, por favor.

(HABLAN EN UNA LENGUA DE GUINEA)

(Repique de campanas)

(Repique de campanas)

(Repique de campanas)

(Repique de campanas)

Ave María purísima.

Hace...,

no sé,

mucho tiempo que no me confieso,

pero ahora...

necesito hacerlo.

Dime, hijo mío.

Oiga.

¿Por qué ha hecho ese desprecio a un sacerdote?

¿Es acaso por el color de esta piel?

No se lo tomo en cuenta como negro,

sino como ministro del Señor. ¿O tiene Ud. un Dios distinto?

Discúlpeme.

He llegado a irritarme...

olvidando que tiene usted derecho a elegir sus confesores.

Perdóneme.

Ave María purísima. Sin pecado concebida.

Padre...

(Música de Salvador Ruiz de Luna)

(Música de los 60)

Juanita, ¿te has fijado qué chico más guapo tienes ahí?

Dile algo.

¿Nos invitas a una copa?

No nos ha hecho ni caso.

¡Qué más da!

Oye, Pita.

¿Tú no te aburres?

Pues yo sí.

No, no, no, llévatelo, no quiero.

Bueno, tráelo, tráelo.

Toma.

Toma. Anda, vete.

Muchacho,

¿qué se puede hacer aquí...

además de esto y de dormir?

Massa, yo... -¿Por qué no prueba

a darse una vuelta por la finca?

(RÍE) Es una idea,

pero ¿de veras lo cree usted interesante?

Pues sí.

Y a ellos les gustará que usted demuestre

un poco de curiosidad por lo menos.

¿Va a darme lecciones?

No pasan de ser consejos.

Inútiles, desde luego.

Le creo incapaz de dejarse guiar por nadie.

Usted no se equivoca nunca, ¿verdad?

¡Pss! Pues esta vez no dio en el clavo.

Acepto su consejo.

Bueno, ¿por dónde empezamos?

(Cantos en una lengua de Guinea)

Y luego va a los secaderos. -¿Quiere verlos?

No. Por hoy, ya está bien de café.

¿Qué hay por allí?

Selva y poblados.

¿De salvajes? De salvajes, no, señor.

Me gustaría verlos, pero no llevo armas.

Ni le hacen falta. Puede ir tranquilo.

¿Quiere que le acompañe? No, gracias.

Si se pierde, cualquiera de esos salvajes

le indicará el camino.

Están muy bien educados.

Hasta luego.

¡Qué niño! ¡Qué niño!

(Música de Salvador Ruiz de Luna)

¡Oh!

(Chillido de mono)

(Música de Salvador Ruiz de Luna)

¡Vamos! ¿Qué os pasa?

(Motor)

Empujad, empujad otro poquito.

Ya es nuestra, vamos.

Ánimo, ánimo, que ya es nuestra.

Vamos a por ella.

Ánimo, ánimo.

(Motor calado)

Otro empujón y es nuestra.

¿Qué hace ahí parado?

Ayude, hombre, ayude.

Perdóneme, pero es que este trasto se mete siempre donde no debe.

No se preocupe.

¿Listo? Adelante.

(Motor arrancando)

¡Eh, eh! ¡Que me está mojando!

¿A quién se le ocurre ponerse ahí?

Ande, empuje.

Ya.

Cuando quiera.

¿Qué le parece?

Elena,

esta vez, se te atascó definitivamente.

No lo tome a broma, padre, y ayúdenos.

¿Conoce alguna oración para casos como este?

Empujaré primero...

y rezaré después.

¿No nos hemos visto en otra ocasión?

Ya sabe que sí.

¿Quieren empujar de una vez?

Ya vamos.

Ahora.

¡Oh! Estupendo.

Lo conseguimos.

Espero que no se haya roto algo.

Elena sabe que no debe fiarse de su cafetera.

¿Cómo han llegado a ese bache? ¿Acaso no lo vieron?

Mire, yo no sé nada.

Lo único que puedo decirle es que pasaba por aquí...

Ah. Pues se lo agradezco en nombre de la conductora y en el mío.

Mi nombre es Anwe, padre Antonio Anwe.

La señorita Elena Olabarría.

Me llamo Carlos Rivera.

Gracias por su ayuda.

Se han puesto perdidos.

Por mí no se preocupe, señorita.

¿Voy bien para la finca de Mampaka?

No va usted por el buen camino.

Ha de cambiar de ruta.

Vaya siempre derecho hacia adelante.

Muchas gracias.

Oiga.

Aunque no lo sepa porque viene de la civilización,

aquí es costumbre despedirse.

Adiós, señor.

Adiós.

(Música de Salvador Ruiz de Luna)

¿Sabe que todo esto es muy hermoso?

Aunque no lo crea, aquí lo difícil es empezar.

Luego, lo que cuesta trabajo es acostumbrarse a otra cosa.

Bueno, bueno, no exageremos.

¡Oh!

Ahora conocerá nuestro aprovechamiento forestal.

Perdón, digo "nuestro" por costumbre.

Suyo.

Mire, ya hemos llegado.

¿Qué te pasa? Baja.

Massa, astilla hacerme herida.

A ver. No es nada.

Anda, ve al practicante.

Que continúe otro enseguida. -Sí, massa.

Está a punto de ceder.

Vamos por él.

Ya está. Quítese. Baja.

¡Vamos, deprisa!

Apartaos.

Don Carlos,

le ruego que me disculpe por haber entrado sin su permiso.

Estaba esperándole.

Necesito hablar con usted.

Pues aquí me tiene.

Siéntese, por favor. Gracias.

Usted dirá.

He venido a verle, don Carlos,

porque, desde que le conocí, me tiene usted muy preocupado.

No sé por qué.

Haga memoria.

¿No recuerda lo que le llevó a un confesionario?

Eso es cosa mía, ¿no cree?

Si es una angustia o una preocupación honda,

no cargue usted solo con ella.

Compártala con Dios.

Mire, padre,

yo le admiro como misionero tenaz, pero...

no pierda el tiempo conmigo.

No es el tiempo lo que puede perderse.

¿Ud. cree correcto perseguir a la gente para meterla en la iglesia?

No.

No lo es, en efecto.

Ni que le busque para recordarle su intención de confesarse,

pero usted entró en la iglesia

porque, en ese momento, su conciencia se lo pedía...

y mi presencia lo echó de allí.

¿No comprende? Siento como si su estar en culpa

recayera sobre mí y no puedo pensar en otra cosa.

Por eso es por lo que he venido a verle.

No debe preocuparse más, padre.

Lo que me llevó hasta su confesionario...

fue solamente un estado de desconcierto...

que ya pasó.

De verdad, no piense más en ello.

Bien, celebro que así sea.

De todas formas,

si en cualquier ocasión volviera usted a encontrarse desconcertado,

sepa que también hay padres blancos en mi iglesia.

Si eso sucediera,

le buscaría a usted.

Bueno, y ahora vamos a tomar algo.

A ver qué hay por aquí. ¿Whisky?

De acuerdo, pero con bastante agua.

¿Suficiente? Sí.

¿Nos sentamos, padre? Ajá.

¿No quiere un poco de hielo?

Dígame, padre,

¿quién es esa chica de la furgoneta?

¡Ah! Elena.

Su padre era mi mejor amigo.

La conozco desde que era una niña.

A propósito,

¿puedo pedirle un favor para ella?

Claro.

Cuando murió su padre, no quiso dejarnos.

Y, desde entonces, hace portes con su camioneta.

¿Podría darle trabajo? Descuide.

Gracias.

(Gritos)

(Voces en una lengua de Guinea)

Buenos días. -¿Qué hay, Gorri?

Fíjese en la cara que le pusieron los gorilas.

Ahora le tienen miedo. Le dejaron tan feo...

¿Cómo va esto, Gorri? La carga, un poco retrasada.

Enseguida te vendrá ayuda. Está al caer.

(Motor traqueteando)

Más que al caer, al explotar.

(Risa)

(HABLA EN UNA LENGUA DE GUINEA)

¿Qué le parece? Tenía que pararse precisamente hoy y ahora.

¿Alguna vez se porta de otra manera?

¡Oiga, que mi coche es...!

Mi coche es un desastre.

No se ría.

¿Entiende algo de esto?

Ah, y gracias. ¿Por qué?

Por haberme dado trabajo.

El trabajo me lo está Ud. dando ahora.

Hoy está más ocurrente que el otro día.

Perdón.

Ande, póngalo usted en marcha.

¿Lo ve? Estupendo.

Es usted un hacha.

¿Y, cuando le pasa esto y yo no estoy, qué hace?

Pues soplo. ¿Eh?

Soplo en las bujías, en el carburador, en el delco,

hasta que alguien me ayuda. Una vez, estuve así dos días.

¿Soplando? Maldiciendo.

Voy para allá. Están esperándome.

(Motor arrancando)

¡Ahí va!

Venga, deprisa, muchachos, que está aquí el patrón.

Tú, Tomás, que no se diga.

Buenos días, señorita Elena.

Hola, Patricio. A trabajar también tú.

¿Por qué?

Porque te lo pido yo. Bueno.

Mucho la quieren aquí.

No les queda otro remedio. ¿Y eso?

Porque yo también les quiero a ellos.

Eh, basta ya,

que debo ponerla en marcha.

Gracias, muchachos.

Cuando les da la vena servicial, me entierran el coche con banda.

Bueno, hasta la vista.

Eh... Un momento.

¿Podría llevarme a la fábrica?

¿No tiene su jeep?

Sí, pero lo necesita el administrador.

Además, ¿quién va a poner esto en marcha si se para?

Suba.

A usted le extrañará mi trabajo.

En absoluto.

¿En la península, muchas mujeres se dedican a chófer de transporte?

En la península, como aquí,

hay muy pocas mujeres como usted, Elena.

¿Debo darle las gracias o enfadarme?

(Cantos en una lengua de Guinea)

Eh, ¿qué hacen?

Entonan el "mukuru mandiri",

la canción del baño de las mujeres.

Hola, don Lino.

Hola. No, no me digas quién es.

Enrique. No, señor.

Me llamo Carlos.

Eso es, Carlos, el hijo de mi amigo Carlos, digo Enrique.

¡Tengo un día!

No se preocupe.

Ya era hora de que nos conociéramos.

Soy Salazar, Lino Salazar.

Mi finca está ahí, a dos pasos. Mucho gusto.

¿No te importará que te tutee? Tuteo a tu padre, figúrate.

Y a todos. Menos al padre Antonio,

que me tiene frito.

Como es negro y aquí priman ellos...

¡Qué tiempos aquellos!

Vaya usted ahora a zurrarle a alguno.

Ah, y, como surja un pleito, le dan la razón a él.

Si la tiene... Y aunque no la tenga.

Paso porque sean españoles,

pero también lo soy y no me miman tanto.

Mire, yo soy de la Belle Époque,

cuando el colono era un colono de verdad y no un...

Bueno, me callo.

Mientras usted clama contra todo, yo voy a descargar.

¿Manda algo, don Carlos? Nada. Muchas gracias.

¿Qué? ¿Vamos a tomar una copa?

Conforme. Solo una, ¿eh?

(Motor arrancando)

(Marcha militar)

Mira qué bien. Perdón, señora.

Mirad, mirad, fijaos. Ahora pasa la banda.

¿Le ha sucedido algo? Nada nuevo,

pero hoy no podré darle servicio, don Carlos.

¿No le valió soplar?

De la rabia, me quedé sin aire.

¿Es seria la avería?

Lo sabré cuando me cobren el arreglo.

Ande, bájese de ahí. Parece un pájaro triste.

La llevaré en mi coche.

¡A la orden! ¡Para!

Espere.

Mañana me acercaré al garaje y quiero verlo andando, ¿eh?

Lo procuraremos.

¿De veras cree que eso volverá a andar?

¿Y qué voy a hacer si no?

Además, las cosas se realizan si se cree en ellas con mucha fuerza.

¿Adónde vamos? A la iglesia de Santa Águeda.

¿La del padre Antonio? Sí,

pero hoy anda por la misión. Ah.

¿Me acercaría? Prometí llevarle unas cosas en mi camioneta.

Las llevaremos. No se preocupe.

Dígame,

¿eso es el casino? Sí.

¿Qué le parece si antes nos tomamos ahí algo?

¿Con esta facha?

¿Le preocupa el qué dirán?

No es por los socios.

Es al portero a quien temo. Mírelo, mírelo.

Si me ve entrar así, le da un colapso.

Y hoy, que está más orgulloso que nunca por la fiesta de esta noche.

¿Hay una fiesta?

Sí, dedicada a los marinos de la fragata que llegó ayer.

Y usted va, claro.

Naturalmente.

Creo que hay unos oficiales majísimos.

Sí, ríase, ríase.

Usted sí que se ríe de su propia sombra.

¿Y usted no? No, yo no.

Yo tomo la vida en serio.

Pues está usted aviado.

(Voces infantiles)

¿De veras no le entretengo? Si tiene algo que hacer, déjelo.

Ya le enviaré las cosas al padre. Ande, ande, la espero.

Se han cambiado las tornas. Hoy hago yo los portes.

¡Cuidado!

Bueno, vamos a ver qué tal jugáis al fútbol.

¿De quién es? De todos.

Ea, cada equipo, a un lado. Yo sacaré.

¿Preparados? (TODOS) ¡A mí, a mí!

¡A mí, a mí, a mí, a mí!

-Tíreme a mí.

¿No estáis por colores?

-No, pero nos van a comprar las camisetas

para distinguir los equipos. -Sí.

-Pero tírela ya. ¡Ahí va!

-¡Pásala! -La he cogido yo.

Enseguida vuelvo.

(Voces indistintas)

-¡Gol, gol, gol, gol, gol!

(Balido)

(Balido)

(Balido)

¿No se habrá olvidado de algo?

Una jirafa, por ejemplo.

En Bata, no hay jirafas.

Menos mal.

¿Y qué va a hacer el padre con todo esto?

¿Poner un almacén?

¿Nunca oyó hablar de las misiones?

Trabaja para ellas.

Pues ya podía pedir con una hucha.

(Canto religioso)

(NIÑOS) # Y bendita

# tú eres.

No, no es una alucinación. Son los alumnos del padre Antonio.

(NIÑO) # Y bendita... Pues parecen ángeles.

Es que lo son un poco.

# ...tú eres...

# entre todas

# las mujeres.

No sea tímido. Venga.

(Órgano)

(NIÑOS) # Y bendito

# es el fruto...

# de tu vientre,

# Jesús,

# de tu vientre,

# Jesús. #

-¡Eh, mira, mira!

¡Mira! ¡Mira quién ha venido!

¡Calma, calma!

Hay para todos.

(TODOS) ¡A mí, a mí!

Toma.

Buenos días, don Carlos. No esperaba visita.

Ha traído en su coche lo que usted me encargó, padre.

Ah. Y quedó sitio para nosotros.

¡Oh! -¡A mí más!

Cuidado, no me empujéis.

Si lloras, no te doy ninguno. -¡Yo también!

Este para ti y este de menta para ti.

Otro favor más que tengo que agradecerle, don Carlos.

Y yo creí que era Ud. el que me necesitaba.

Hay que ser buenecitos.

Si no, me enfado. Bueno, ¿qué le parece?

Que cantan maravillosamente.

Sí. ¡No! Estate quieto.

Quiero decir que qué le parece ella.

¿Es que lleva usted doble intención?

Por supuesto que sí.

Padre,

¡qué cuidado hay que tener con usted!

(Música de los 60)

(Voces indistintas)

Hola, Enrique. Te vas ambientando, ¿eh?

Me llamo Carlos, ¿recuerda?

¡Qué manía! Tú debías llamarte como tu padre. Es lo clásico.

Tiene razón. Me reconfirmaré.

Anda, ven a tomar una copa. Luego nos veremos.

¡Vaya con el hijo de Carlos!

Digo, de Enrique.

Una limonada.

Con su poquito de ginebra, ¿no?

No, con su muchito de hielo.

¡Elena, Elena!

(Voces indistintas)

Vamos a brindar.

Su limonada, señor. Déjala ahí.

Mientras se enfría, tráeme un whisky doble.

¿Cómo?

En un vaso, hombre, ¿cómo va a ser? Y ligero.

Sí, señor, sí.

Su whisky, señor.

Bébetelo tú.

Muchas gracias.

¡Ay!

¡Ay!

(Risas)

(Música suave)

Elena,

su promesa. ¿Eh?

Vamos, vamos.

Perdonen.

¿Sabe que es usted muy atrevido?

¿Cómo se le ocurrió venir?

Me aburría en la finca.

Ah, ya.

¿Quiere que le presente a mis amigas?

No, muchas gracias.

Elena, tengo que hablar contigo.

Te esperamos, ¿eh?

Oiga, ¿qué le sucede?

En estos casinos, suele haber una terraza al mar.

¿Por dónde se va?

¿Se encuentra mal?

Perdón.

¿La hay o no la hay?

Claro.

Bueno, ya estamos en la terraza.

¿Se siente mejor? Sí,

porque aquí puedo decirle lo mucho que le debo.

No le entiendo.

Elena,

yo vine dominado por una obsesión...

y tú me has alejado de ella.

¿En... mi camioneta?

Sí, en tu camioneta.

Lo malo es que mi camioneta se para enseguida.

¿Verdad?

Eso depende de ti.

Vamos, vamos dentro. No, aún no.

Yo necesito decirte que te... No, Carlos, por favor.

Todavía no.

¿Por qué?

Porque no me gustan las decisiones precipitadas.

Te aburres.

Desde que llegaste, no has tratado a más mujer que a mí.

Enamorar a un hombre en esas condiciones...

es una canallada.

Demasiado fácil.

¿No crees?

Escúchame. (LINO) ¡Hola!

Ya di con vosotros.

¿No os parece que es...?

Perdón, molesto, ¿verdad?

No, en absoluto.

Si ya entrábamos.

¡Qué inoportuno!, ¿verdad, Enrique?

Carlos. Ah, sí.

Pero llámeme como quiera porque me siento otro.

(Música suave)

¡Dora!

Ha llegado la carta antes que yo.

Lo siento.

Habría preferido explicártelo antes.

¿Qué haces aquí?

Si la has leído, puedes suponerlo.

Te lo dice todo, ¿verdad?

¿Por qué lo has dejado? Di.

Porque te quiero a ti.

(Cesa la música)

Te has dado cuenta un poco tarde, ¿no crees?

Es mejor cortar a tiempo que arrastrar una equivocación.

¿A tiempo? Sí, a tiempo.

Pero a él lo has hundido.

Escucha esto.

"Tenías razón, Carlos".

"Me he dado cuenta. No habrá boda.".

"Dora se ha ido en busca de otro".

"No sé quién es ni me importa saberlo,

pero me ha robado la última ilusión".

¿Lo ves? ¿Lo comprendes?

Solo comprendo que te quiero a ti.

Pero ¿crees que todo puede volver a ser lo mismo?

¿Y tienes el cinismo de venir aquí?

Donde tú estás.

Qué sencillo, ¿verdad?, ir de uno a otro.

No he ido de uno a otro.

Te juro que sigues siendo el único hombre de mi vida.

Está bien, te creo, pero te olvidas de una cosa,

que es mi padre.

Es imposible que tú y yo ahora...

Mira, márchate.

Pero contigo.

¿Para que supones que he venido?

¿Crees que una mujer se humilla por nada?

Y yo he venido por ti humillándome, Carlos.

Te quiero.

No imaginaba que pudiera quererse tanto.

Quita.

Quítame tú...

si tienes fuerza para ello.

¿Ves?

No has podido olvidarme.

Ya casi lo había conseguido.

No trates de engañarte.

(Puerta abriéndose)

El chófer que trajo a la señorita pregunta que qué hace.

Es muy tarde ya para salir.

¿No ha oído? ¡El coche que se vaya!

Buenos días. Hola.

Vengo a comprobar una partida de las que revisamos ayer.

Con permiso.

Montoro,

usted querrá saber algo.

Creo que sé lo suficiente.

Don Enrique me había escrito.

Don Enrique me ha honrado siempre con su confianza.

¿Y qué supone?

Nada, don Carlos, no tengo que suponer nada.

¿Puedo confiarme a usted?

Le ruego que no lo haga.

Prefiero obedecerle... como hice anoche.

Efectivamente.

Hay un error en los últimos albaranes del café.

Haré que lo enmienden.

Buenos días.

Buenos días.

(Claxon)

(LINO) ¡Carlos, Carlos!

(Puerta abriéndose)

Con permiso, señorita.

Hola, Carlos.

Buenos días. No bajo, ¿sabes? No bajo.

Voy a llevar a este cura a Bata y quiero acabar cuanto antes.

Solo he venido a decirte que mañana hay fiesta en el poblado sesenk.

Bueno, yo no sé si podré ir.

Procúrelo. El jefe Momboto tomaría a mal que usted no fuera.

Es un gran amigo de tu padre y...

Carlos. ¡Oh! Perdón.

La señorita Albear,

el padre Antonio y don Lino Salazar,

un viejo amigo de mi padre. ¿Pariente tuya?

No, no.

La señorita Dora es la secretaria de don Enrique.

(LINO RÍE) Conque la secretaria de tu padre, ¿eh?

Este Enrique, y esta vez no me refiero a ti,

siempre supo escoger.

Bueno, tomaremos una copa.

Discúlpenos, llevamos prisa. No lo olvide.

Sí, hombre, sí, ya nos vamos.

Os esperamos mañana en el "balele".

Y usted, señorita, no se lo pierda. Merece la pena.

Ya me lo dirá.

Adiós. Adiós.

Si no necesita nada, voy para la oficina.

¿Ves la situación que se ha creado?

Todos pensarán lo mismo y se harán idénticas preguntas:

"¿Qué hace aquí? ¿A qué ha venido?".

Haber dicho que soy tu prometida. Que hasta ayer lo era de mi padre.

Dora,

lo he meditado bien...

y tienes que irte.

¡Sí, te quiero, te quiero,

pero no puedo hacerle esto a él ni a mí mismo!

Sería...

demasiado sucio.

Por favor.

No te tortures más.

Me iré ahora mismo.

(Pasos acercándose)

Haz que envíen mi equipaje al hotel de Bata.

Dora.

Dora.

¿Ves?

Es inútil que queramos luchar.

Pero...

tenemos que encontrar una solución.

Así no puede ser.

Tu padre lo comprenderá.

No, no lo comprenderá.

Yo debí decírselo todo.

No se lo dijiste para no hacerle daño.

Él se dará cuenta.

Es bueno y sabrá perdonarnos.

En cuanto a los demás,

ya saben que soy la secretaria de tu padre.

Diles que vengo por un asunto importante.

(Claxon)

Y no mentirás. Fíjate si es importante.

(Claxon)

¿Quién es?

Trabaja para nosotros. Hace portes.

Guapa y activa, pero inoportuna.

Hasta el atardecer no cierran. ¿Quiere algo?

No, gracias. Arréglamela hoy sin falta.

Sabes que no puedo valerme sin la moto.

Descuide. Adiós.

Buenos días, señorita. Buenos días.

¿Puedo ayudarla en algo?

Preguntaba por la Srta. Elena. El padre Antonio la conoce mucho.

Yo me ocuparé de su moto.

Gracias. Adiós.

¿Busca a Elena? ¿No está hoy en la finca de ustedes?

No sé. Realmente, no tiene ninguna importancia.

¿Sabe?

Su llegada ha despertado gran curiosidad.

¿Por qué?

Aquí no ocurren muchas novedades,

por eso todos se interesan por todo.

Y usted no es una excepción, claro.

No, la verdad.

¡Vaya!

¿Es que aquí no puede venir una mujer a trabajar?

No se trata de eso,

sino que no es un caso demasiado frecuente.

¿No? Pues yo conozco a una que lo hace, y de chófer.

¡Ah! Se refiere a Elena.

Eso es distinto. Ella nació aquí.

Por lo que veo, le interesa esa joven.

En absoluto.

Y no tendré tiempo de interesarme por nada.

Nos vamos muy pronto.

¿Se van?

Sí, don Carlos y yo.

Para eso he venido, a llevármelo.

¿Ahora? ¿Con lo que le ha costado hacerse a esto?

Es una pena.

Lo será, padre, pero don Carlos tiene mucho que hacer en Madrid.

Entre nosotros, también.

Puede ser, pero siempre habrá quien le reemplace.

Hay cosas que solamente puede hacerlas uno mismo.

Lo sé, padre,

por eso he venido con tanta oportunidad.

Buenos días. Buenos días, señorita.

(Voces indistintas)

Carlos, ven para acá.

Tienes que saludar al jefe.

¿Yo? Es obligado. Venga.

¿Usted no viene?

Tengo que preparar el bebestible.

Dios te guarde, Momboto, jefe de los sesenk.

Jefe Momboto saluda a sus hermanos.

Tú eres massa Carlos, hijo de massa Enrique.

Sí. Tu padre es amigo sabio

de jefe Momboto.

Venir a casa de la palabra.

¿Adónde van?

A la casa de la palabra.

Al casino de aquí, vamos.

Ahí se tirarán un buen rato cambiándose saludos

y oyendo las hazañas del jefe Momboto.

Cada vez las inventa más gordas.

Molidos los huesos, ¿eh?

Estos caminos por la selva son tremendos,

pero vale la pena.

Yo nunca me pierdo un "balele". Me chiflan.

Sobre todo, el guerrero.

Luego, por las noches, sueño.

Soy tan impresionable... Claro, claro.

¿Ud. no lo es?

Creí que no venías. Te estuvimos esperando.

No sabe lo pesado que estuvo Montoro.

"Que vaya allá, que venga acá...". No acababa nunca.

Y eso que le dije que venía al "balele".

Este baile es extraordinario. Perdone.

¿Conoce a esa chica?

¿Elenita? Claro.

¿Quiere presentármela? Ahora mismo.

Elenita.

Ven, acércate.

Perdone.

Elena Olabarría, la secretaria del Sr. Rivera.

Encantada.

Carlos no me dijo que...

¿Carlos?

¿Se refiere a su jefe?

Y al suyo también, ¿no?

Sí, por ahora.

(CANTAN EN UNA LENGUA DE GUINEA)

¿En qué piensas?

En lo que estamos viendo.

Me da la impresión de que estás muy lejos.

Al menos, de mí.

¿Qué le parece esto? ¿A que no exageré?

Estoy deseando que termine de una vez.

¿Por qué?

Fíjese bien.

Danzan lo que sienten, sin reglas ni orden previsto...

ni compases medidos.

Esa es la fuerza de este baile,

su sinceridad.

Está usted tan identificada con esta gente

que confunde sinceridad con salvajismo.

Dora, por favor.

Volveremos a la península enseguida, Carlos.

De lo contrario, acabarás volviéndote igual.

Mire ahora. No se pierda esto.

Elena.

¿Adónde vas? Para mí, se acabó la fiesta.

Discúlpala.

Ella no me ha ofendido, sino usted.

No me gusta que jueguen conmigo. Escúchame.

No me juzgues sin oírme antes.

¿Qué son Ud. y ella?

Comprendo.

No se moleste en contestarme. No hace falta.

¡Elena!

Déjela ir.

Escúcheme bien, don Carlos.

No olvide lo que voy a decirle.

Aunque estamos en la selva,

este no es lugar para aventuras de ninguna clase.

(CANTAN EN UNA LENGUA DE GUINEA)

(GRITAN) Cuidado, cuidado.

No os hagáis daño.

Venga.

(HABLAN TODOS)

¿Quería hablar conmigo? Sí.

No me quiere dar la pelota, padre.

Vamos, vamos, jugad.

Usted dirá.

¿Adónde ha llevado a Elena?

Me han dicho que fue a recogerla.

¿Dónde está?

Antes, yo le pregunto:

¿Y usted? ¿Sabe ya dónde está usted mismo?

No he venido aquí a confesarme.

Es verdad. Ya sé que no le sirvo para eso.

No es por ahí, padre. Solo quiero ver a Elena.

¿Para qué?

¿No le ha hecho ya bastante daño?

Créame, no se lo merece.

Por eso es por lo que se ha ido.

Entonces, ¿ella me quiere?

Esa respuesta no es cosa mía.

Dígame de una vez dónde está.

¿Y la otra?

¿Dónde está la otra... en usted?

¿Lo ignora?

Pues ella parece saberlo perfectamente.

Habla como si usted le perteneciera,

como si los dos se pertenecieran.

Perdón, soy un entrometido.

Cierto.

Ayer me retuvo usted,

pero hoy ni lo intente.

¿Me viene usted a mí con amenazas?

Mal camino es ese, don Carlos.

Creo que lo hemos hablado todo.

Buenos días.

Comprendo que no pueda usted ayudarme.

Es imposible.

¿Imposible?

¿Por qué?

Pero ¿cómo va usted a comprenderme?

¡Ay, ya!

Supone que debajo de un hábito no hay comprensión

para los problemas apartados de Dios.

Le creía más inteligente, don Carlos.

Pues...

no olvide que en cada sacerdote hay un hombre

que, antes de renunciar a todo por su fe,

ha tenido que dar batalla y vencer a esos problemas

que Ud. cree que no entendemos.

Perdóneme, padre.

No sabes a cuál de las dos quieres, ¿verdad?

Esa es tu batalla.

Efectivamente.

A Dora creí haberla olvidado.

Y a Elena temes no olvidarla unca.

(Palmadas)

(Canto en una lengua de Guinea)

Los plateros usan de la piedra de toque

para distinguir lo que es oro

de lo que tan solo resulta ser una vulgar imitación.

Ve a tu casa.

Allí, frente a la mujer que en ella tienes, reflexiona,

mira hondo hacia tu interior...

y, si tu voluntad te empuja de nuevo... a buscar a Elena,

entonces, vuelve.

Así lo haré.

(Canto en una lengua de Guinea)

En cualquier caso,

gracias.

(Puerta cerrándose)

(Música suave)

Hola, Carlos.

Creí que desayunaríamos juntos.

Te estaba esperando.

Lo siento.

¿Qué te pasa?

Estoy preocupado por nosotros.

Y no me digas que es una novedad.

Sí. Hay algo nuevo en tu actitud hacia mí.

No sé a qué te refieres.

No soy ciega, Carlos.

Tú y esa especie de chófer de la selva...

¡Por favor, deja eso!

Está bien. Si no quieres, no hablaremos más de ello.

Lo pasado, pasado.

¿Conforme? No ha pasado nada.

Es una buena amiga solo con la que anoche te portaste mal.

He estado buscándola para rogarle que te disculpe.

¿Disculparme a mí ante esa...? ¡No la ofendas!

Carlos,

no estarás enamorado de ella, ¿verdad?

No lo sé.

¿Cómo no vas a saberlo?

Ella no puede quererte como yo.

¿Crees que haría por ti lo que yo hice?

Ni tú puedes quererla como a mí.

Dime que no puedes, Carlos. ¡Dime que no puedes!

¿Por qué no voy a poder? ¡Porque me quieres a mí!

¿No recuerdas que me impediste irme el otro día?

Es imposible que hayas podido cambiar en unas horas.

¿O mentías? No, no mentía,

pero no sé qué me pasa. ¡Yo sí!

Estás ciego, ¿me oyes?, ciego por esa aparente dulzura suya,

por esa hipócrita sencillez.

Pero ¿la has puesto a prueba para saber si es tan fácil como yo?

¡No hables así!

Yo he sido fácil solo para ti, pero ¿ella con cualquiera...?

¡Calla!

Un día, me pegaste,

por mí.

Hoy, casi lo has hecho otra vez, pero por ella.

Perdóname.

Siento que todo...

termine así.

Mira.

Se ha roto.

A ver cómo cantas hoy.

Tú ponte aquí.

(Vehículo acercándose)

¡Padre, padre!

¡Ya no tengo duda!

Entonces, ve a Nambú.

Gracias.

¡Niños, aleluya!

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Historia de nuestro cine - Piedra de toque

04 jul 2020

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