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No recomendado para menores de 7 años
Transcripción completa

Subtitulado por TVE.

Me dijeron que se llega a Lasiesta por el puente de la acequia,

pero creo que ando perdida.

-Es guapa la moza, ¿quién es? No lo sé.

No me habían dicho que los hombres aquí fueran tan galantes.

-Ni a mí que las mujeres de Madrid fueran tan guapas.

Es Sofía, la chica de la que te hablé.

¿Aquellos dos son amigos?

-No, son hermanos, los Reverte, muy amigos nuestros.

¿Hermanos?

¡Adolfo! (CARRASPEA)

-Tendría más que contarte si no hubieses interrumpido.

No sufras; antes de que se marche habrá caído en mis brazos.

¿Te apetece pasear esta tarde?

No pararás hasta que diga que sí. -Ya empiezas a conocerme.

Mi querida Sofía va a dar un paseo romántico conmigo.

-Para usted Gato, hay confianza.

-Pero ¿qué Gato ni Gato?

-El Gato, miau. -No, no.

Peleas aquí no, por favor. -¡Ángel!

¡Suéltalo! ¿No me oyes!

No quiero ladrones en mi pueblo.

-Eh, eh, ¿ladrones?

¿A quién he robado yo?

-Venga, hombre, sé que anoche entraste en el horno de Dimas

y le hiciste el favor de llevarte todo el dinero.

-¿Yo le qué a quién?

-Mañana coges tus cosas y te vas a tu casa.

-Pensé que tendría la oportunidad de enmendarme.

-No puedo seguir con esto, con la boda, lo siento.

-¿Rompes tu compromiso conmigo?

-Ya no estoy con ella, Elena.

Lo he hecho porque te quiero.

-Tu hijo ha roto con mi Asunción.

Sería una pena que la expansión de... Bodegas Miranda

se viese frenada por un inoportuno mal de amores.

-Te aseguro que esa boda se celebrará.

-Necesito que me ayudes a recuperar a Luis.

Estoy seguro de que Elena se ve con Luis Miranda.

-Se casa con la hija del alcalde. No.

Ayer rompió su compromiso con ella.

Me lo ha dicho Rosalía.

No me diga que no es casualidad que tome esa decisión

justo días después de que Elena vuelva a Lasiesta.

-Necesito un poquito de tiempo

para preparar el terreno y...

y el momento para poderlo contar.

-Lo hacemos como quieras.

-Irás a ver a Asunción,

le dirás que has sido un necio y que te perdone.

No saldrás de su casa sin haber fijado la fecha de la boda.

Es lo que dice el periódico.

¿Cómo va a llegar el hombre a la Luna en un par de años?

(RÍE) A saber qué será lo próximo.

Si hay algo que aprender de esta época,

es que no hay nada imposible. Ajá.

Y si no, que te lo digan a ti, Rosalía.

¿A mí?

Claro.

Si hace unos meses te hubieran dicho que estarías aquí

desayunando con tu mejor amiga y un marido que te adora,

¿te lo habrías creído?

Visto así, habrá que creer en los imposibles.

-Don Vicente, ha llegado este paquete para la señora.

Al parecer viene de Argentina.

De Argentina.

Será el regalo de bodas de mi padre.

Es una cubertería de plata.

¿A que es preciosa? Sí que lo es.

Es de un gusto exquisito.

Debe de haberle costado una fortuna.

Sí... La verdad es que...

no esperaba menos de mi padre.

Siempre quiso que tuviera la mejor boda del mundo.

La pena es que él y mi hermano no pudieran celebrarla aquí.

Parece una carta de tu padre.

Querida Rosalía, mi más preciado tesoro.

Sé que este regalo no suple la ausencia de tu hermano y mía

el día más importante de tu vida,

pero espero que, tanto Vicente como tú,

comprendáis los motivos,

pues nada me crearía más zozobra

que pensar que te he podido fallar.

Sabes, mi pequeña linda,

que deseaba con todas mis fuerzas verte vestida de blanco

y llevarte del brazo hasta el altar.

Qué bella debías de estar.

Sin embargo, el destino es caprichoso

y a veces nos pone estas pruebas

como si no bastara estar cada uno en la otra parte del mundo.

Hija, no hay día que no piense en ti

y noche que no recuerde a tu madre.

Solo deseo que Vicente y tú seáis tan felices como nosotros

y que tengáis unos hijos tan maravillosos

como los que el Señor me ha brindado a mí.

Sin más,

tu padre que te quiere y añora.

Esta carta es el regalo más bonito que me podía hacer.

Se nota que eres la niña de sus ojos.

Sí.

No sabes cuánto los echo de menos a él y a mi hermano.

Hace tanto tiempo que no los veo que casi he olvidado sus caras.

Claro, me hago cargo.

Por eso llevo tiempo pensando.

Vamos a cambiar el destino de nuestra luna de miel.

Sí.

Vamos a ir a Argentina a conocer a tu padre y a tu hermano.

-Estuvisteis bailando cuando me fui.

-Bueno, bailar, bailar, lo que se dice bailar...

Me estuvo enseñando a cómo no pisarla.

El baile no es lo mío, ya sabes.

Pero me ayuda mucho con el pasodoble.

-¿Sí? -Mira, ya cojo el ritmo.

Es...

Un, dos, tres, cuatro.

Un, dos, tres, cuatro. -Sé bailar el pasodoble.

Yo quiero saber si la besaste.

-¿Besarla? Pero bueno...

Soy un caballero. ¿Te crees que esto es Francia?

-¿Qué tiene que ver Francia? ¿Aquí la gente no se besa?

-Sí, sí se besan. -¿Entonces?

-Bueno, y si me hubiera rechazado ¿qué?

-En el amor hay que arriesgar.

Además, si accedió a ayudarte con el baile,

seguro que le gustas.

Estoy convencida de que esperaba que la besaras.

-¿Tú crees?

No te negaré que se me pasó por la cabeza.

A la hora de la verdad, me temblaron las piernas

y ni le pedí que viniera conmigo a la verbena.

-¿Cómo? ¿No le has pedido...? -Sí, no...

Esta tarde seguimos la clase y te juro que se lo digo.

-Eso espero, porque si no lo haces tú, lo hará cualquier otro.

Manuela tendrá muchos pretendientes.

-Elena.

¿Qué haces aquí?

-Nada, me aburría en casa y vine a hacerle compañía a Rafael.

Además, me enseñaba unos dibujos

de unas ideas que tiene para modernizar las bodegas.

-Te intentaba convencer de esa locura

de hacer fermentar el vino en esos depósitos de acero.

-Padre, no es ninguna locura.

En Francia usan acero inoxidable para mejorar la higiene.

Además ayuda a controlar la temperatura de la fermentación.

-Aquí no estamos en Francia.

Mientras yo esté al frente de estas bodegas,

el vino envejecerá en barricas de roble,

como Dios manda. -Sí.

Como le enseñó su padre y el padre de su padre.

Déjalo, Elena.

Hemos hablado mucho de eso y nunca llegaremos a un acuerdo.

-No debería darle la espalda al futuro, padre.

Rafael tiene muy buenas ideas. -Lo sé.

Pero yo soy viejo para cambiar y vosotros, jóvenes para entenderme.

-Me tengo que ir. -¿Vas a algún lado?

-A la farmacia, tengo que comprar un cepillo de dientes.

-Hijo,

aprecio tu esfuerzo por lo que haces.

Sé que lo haces por el bien de la bodega.

-No tiene que darme explicaciones.

Es que a veces me dejo llevar por el entusiasmo de Elena.

(RÍE) -De ella precisamente quería hablar.

-¿Sí? ¿Pasa algo?

-Desde que llegó de Francia la noto rara.

Esquiva, ya no se refugia en mí como cuando era niña

y las cosas iban mal. -Padre...

Elena ha pasado dos años fuera.

Normal que haya aprendido a vivir sin nosotros.

-No, no es eso.

Elena me oculta algo.

¿Te has creído esa disculpa del cepillo de dientes?

-No sé por qué tendría que mentirle.

-Me preocupa que vuelva a las andadas con el hijo de Santiago.

-¿Con Luis?

-¿De qué te extrañas? -Bueno, después de lo que pasó...

-¿Tú sabes algo?

A ti te lo cuenta todo. -No.

Bueno, sí, pero no me ha hablado de Luis Miranda.

Seguro que en estos dos años le ha dado tiempo a olvidarlo.

Además, la hija del alcalde está rondando al Miranda.

-Me gustaría creer que no existe ningún peligro.

Pero no sé, tengo una sensación...

que no me deja.

Quiero que la vigiles de cerca,

que le sonsaques si sigue rondando a ese muchacho.

-Un momento, ¿me pide que espíe a mi hermana,

que traicione su confianza, que la traicione otra vez?

-Eso nos evitó una catástrofe, Rafael.

Solo quiero lo mejor para ella, para su futuro, para su vida.

Y lo mejor para ella es que permanezca alejada de Luis Miranda.

Escucha, hijo.

Si la quieres, si la quieres de verdad,

harás lo que yo te pido.

Sabía que podía confiar en ti.

(LLORA)

Se abre la puerta.

-Pero, hija...

No puedes estar aquí todo el día. Tienes que bajar a trabajar.

Hay clientes en la fonda y no me puedo ocupar de todo.

-¿Qué quiere que haga si no tengo fuerzas ni para vivir?

-No te puedes pasar la vida llorando

por el tarambana ese de los Cortázar.

(LLORA)

-Cariño...

Eres muy joven.

Seguro que pronto aparecerá un hombre que te quiera,

uno que te merezca de verdad. -Pero yo lo quería a él, madre.

Y ahora...

he traído la vergüenza a esta casa.

-¿De qué estás hablando?

-He hecho algo horrible, madre,

algo por lo que me odiará toda su vida.

-Cariño, me estás asustando, dime qué te atormenta.

-Antes de que Gabriel se fuese, estuve con él en el río.

Me dijo muchas cosas bonitas.

Yo le entregué mi virginidad.

-¿Y por eso lloras de esta manera?

El que debe avergonzarse por aprovecharse de ti

y de tus ganas de enamorarte es él y no tú.

-No es eso, hay algo más.

Estoy embarazada.

-Ay...

-Lo sé, madre, lo sé, soy una impresentable.

Ríñame, pégueme, deme un tortazo, haga algo, por favor.

-¿De qué serviría que te pusiese la mano encima o te gritase?

¿Eso te haría sentirte mejor? -No, pero me lo merezco

por creerme a ese canalla, sus mentiras.

Soy estúpida, madre. -No, no eres una estúpida.

Solamente eres...

Ay, eres una chiquilla

que se ha enamorado del hombre equivocado, lo mismo...

que hice yo cuando tenía tu edad.

Todos tenemos derecho a equivocarnos.

-Muchas gracias, madre.

-¿Por qué? ¿Eh?

¿Por tratarte como me hubiera gustado que lo hiciese mi madre?

Nos tenemos la una a la otra, cariño.

Y pase lo que pase,

no te dejaré sola nunca, ¿me oyes?

Ahora dime, ¿quién más sabe que estás embarazada?

-Se lo conté a Manuela

y a Gabriel, claro.

pero ha desaparecido como si se lo hubiese llevado el diablo.

A saber dónde se habrá metido. -Bueno.

Eso ahora es lo de menos.

Ya veremos lo que hacemos cuando se te empiece a notar la barriga.

Pero ahora escúchame.

Arréglate, péinate, ¿eh?, y alegra esa cara.

Baja como si no hubiese pasado nada.

Nadie debe sospechar, ¿estamos?

Venga.

Va.

A ver.

Sí.

Sí, dos pasajes para Buenos Aires.

Eso es.

No, no me importa que sea fumador.

Ya, me dice que solamente tiene esta fecha, ¿no?

Muy bien, gracias por la información.

-No sabía que tenías intención de ir a la Argentina.

Cambio el viaje de la luna de miel.

En vez de Lisboa, llevaré a Rosalía a ver a su familia.

-Fabuloso, hijo, ¿lo sabe Rosalía?

Estará loca de contenta.

Si hubiese visto la cara que puso cuando se lo dije...

Se quedó sin palabras.

Al principio no sabía reaccionar, pero, claro,

luego se ha puesto contenta.

Tiene ganas de ver a su padre y a su hermano.

-Claro, y tú, de hacer negocios con ellos.

Porque supongo que no desaprovecharás este viaje.

Es la oportunidad que estamos esperando.

Si el padre de Rosalía accede a exportar nuestro vino a Argentina,

Bodegas Cortázar ocupará el lugar que se merece en La Rioja.

Aplastaremos definitivamente a los Miranda.

-Suena bien, pero no hay que precipitarse.

En los negocios y en la vida la prisa es mala consejera.

Ya lo sé, padre.

Es que no permito que Santiago Miranda nos humille como lo hace.

Lo de la Viña Lobera ha sido la gota que colma el vaso.

Ahora, le digo una cosa.

Cuando nuestras exportaciones empiecen a dar frutos,

pienso hacerle pagar por el daño que nos ha hecho.

-Pagará, ese hombre pagará.

¿Y esos papeles?

-Unas facturas que han llegado de las bodegas.

Nos han cobrado los aperos de vendimia que compramos.

-Sí, pero hay algo más.

La reserva para dentro de unos días en una habitación de un hotel

de Montecarlo a nombre de las bodegas.

¿Sabes algo de esto?

Yo no cargaría a la cuenta de las bodegas

una extravagancia como esta.

Yo no soy como Gabriel.

-¿Piensas que ha sido él?

No es la primera vez que utiliza el dinero de las bodegas

para pagarse sus caprichos.

Estará camino de este hotel dispuesto a gastarse

toda la fortuna en el casino. -Y yo preocupado

como un necio por si le podría haber sucedido algo.

(SUSPIRA)

¿En qué he fallado?

No ha fallado, porque no tiene la culpa de nada, padre.

-Le advertí que si no trabajaba en las bodegas no vería un cuarto,

pero no ha servido de nada.

Ni siquiera para decirnos adiós

antes de irse de vacaciones a Montecarlo.

Gabriel solo piensa en sí mismo.

Si a él no le importa esta familia usted no debería sufrir por él.

-¿Cómo no voy a sufrir?

Es mi hijo y tu hermano.

Sí, un hijo y un hermano que no se merece el apellido que tiene.

-¿Interrumpo?

-Pasa, Adolfo, tú no interrumpes nunca.

Y se agradece ver una cara alegre como la tuya.

¿Quieres tomar algo? -No, gracias, don Alejandro.

En realidad no los busco a ustedes. -¿Ah, no?

-¿No? -No vengo en viaje de negocios,

sino de placer.

Ya me extrañaba a mí. -Busco a Sofía,

la amiga de tu esposa.

-Huy...

¿Qué haces aquí, hijo?

Se me hace raro verte tan pronto en casa.

Venía a por un poco de fruta nada más.

-¿Ya hay hambre?

La verdad, no, pero necesitaba salir de la bodega un rato.

-¿Y eso?

¿Quiere que le diga la verdad? -¿Me has mentido alguna vez?

Estoy un poco harto de Adolfo.

-A ver, ¿qué ha hecho ahora?

Será qué no ha hecho.

Se supone que debía ayudarme en la bodega

a trasladar unas barricas de sitio, pero, claro...

el señorito ni ha aparecido.

-Habrá tenido un contratiempo.

Ya sé cómo se llama el contratiempo,

Sofía se llama.

-Sofía.

¿La amiga de Rosalía, la mujer de Vicente Cortázar?

Exacto.

Parece que...

Adolfo y Sofía han hecho buenas migas.

-Ya sabes que tu hermano es un seductor nato.

Y esa Sofía, recuerdo que era bien hermosa.

No sé si es hermosa o no y me da igual.

Pero Adolfo me tenía que ayudar en la bodega.

-Venga, no es para tanto, Jesús.

Seguro que llega a tiempo para ayudarte.

Madre, usted lo conoce.

-Pues sí, lo conozco.

Sé que Adolfo tiene defectos, como cada hijo de vecino.

También sé que te quiere mucho y que, llegado el caso,

lo daría todo por ti.

Y eso, mi vida, no lo olvides nunca.

Supongo que tiene usted razón.

-Pues sí.

Bueno, madre, marcho para la bodega.

-Venga, hasta luego.

-Tenías que haber visto la cara de Vicente

al decir que iba a recogerte. ¿Como algo así?

-No, muchísimo peor.

Me recordó la cara de mi hermano cuando le conté que nuestro padre

lo había vendido a un tratante por no poder alimentarnos a los dos.

¿Le dijiste eso a Jesús? Pero ¿cómo eres tan cruel?

-Bueno, éramos unos niños y fue una broma.

Pobrecito.

-Tenías que haberlo visto.

Se pasó todo el día metido en una barrica

para que nadie lo viera y cuando mi padre lo encontró,

se meó encima y echó el vino a perder.

No.

-Entonces sí estuvo a punto de venderlo.

Pobre.

Adolfo, no me habría gustado nada tenerte de hermano.

-Tampoco a mí.

Si no, no podría estar ahora mirándote a los ojos

y deseando cogerte de la mano.

Ya, y eso es algo que no soportarías, ¿no?

-Pues no, igual que no soporto que te vayas en unos días

y no volver a verte más.

Bueno.

Sabíamos que eso era algo que iba a pasar, ¿no?

-Ya, pero no me resisto a ello.

Sofía.

Quédate un poco más en el pueblo,

el tiempo necesario para conocernos mejor.

No puedo.

Vine para la boda de Rosalía, no me puedo quedar más.

-Pero ¿por qué?

Porque el casado, casa quiere. Sería abusar de su confianza.

No puedo. -Pero ella es tu amiga,

seguro que no le importa y, además, no tienes nada que hacer en Madrid.

Me dijiste que no te espera nadie.

¿O no te hemos tratado lo bastante bien el Lasiesta?

No, no es eso.

Lasiesta es un lugar precioso.

Todos me habéis tratado con cariño,

algunos incluso más de la cuenta. -¿Entonces?

Mi lugar no está aquí.

-Pero si es todo tan maravilloso y te hemos tratado tan bien,

no entiendo qué te ata a Madrid.

El recuerdo.

-Ya.

El recuerdo de otro hombre. No.

El recuerdo de mi madre.

Ella era todo lo que tenía y...

falleció hace un par de meses.

-Lo siento, Sofía, no lo sabía.

Venir aquí ha sido como... un soplo de aire fresco, ¿sabes?

Pero no la puedo olvidar y...

mi hogar está donde la vi por última vez.

-¿Sabes que te equivocas?

Y si aún viviera tu madre, también te lo diría.

¿Qué me diría?

-Que tu hogar está donde te aprecian,

no donde habitan los fantasmas del pasado.

-No, no puede ser.

Otra vez he perdido, no me lo explico.

-No tienes arte, no le des más vueltas.

-Ya, pero vengo a relajarme del trabajo y salgo peor.

Carolina, ponme un vino, hazme el favor.

Mira, ni la tabernera me hace caso.

Ya lo decía mi madre: «No te fíes de las mujeres

que te harán la vida imposible». -Y por eso te quedas solterón.

-Un poco de respeto. Soy soltero porque he querido.

Decidí cuidar de mi madre.

Mi madre es lo más sagrado y ella a mí me cuidaba.

Me quería, que sí. Bueno, ya está bien, vamos a jugar.

Cuando hablo de mi difunta madre, me cortáis la conversación.

-Dimas. -Me tienes abandonado.

-Bueno, no. -Bueno.

-Venga.

-¿Cómo se lo ha tomado tu madre?

-Pues bastante mejor de lo que pensaba.

Ni siquiera me levantó la voz.

Dijo que yo no tenía culpa de nada

y que me apoyaría en todo.

-Pues qué suerte tienes.

Si le llego a mi madre con un bombo,

primero me mata y luego me echa de casa.

-Sí, la verdad, es una suerte tenerla a mi lado.

Ella debió de sufrir mucho conmigo y comprende mi situación.

-Menos mal. -Ya.

Hubiera preferido que Gabriel estuviera a mi lado.

-Ya, y yo tener el éxito de la Brigitte Bardot,

pero eso no va a pasar. -¿Y por qué no?

-Carolina.

Ahora que sabe que te ha dejado preñada, ¿volverá contigo?

-No sé...

Quizá si hablara con él... -No.

Él quería tu honra y ahora que ya la tiene, no va a volver.

A saber por dónde anda.

-Ya, Manuela, pero...

es a su niño a quien llevo dentro.

-¿Y crees que le importa?

Mi madre dice que creen que se ha ido a un hotel lejos de España.

-¿A un hotel? -Sí.

A ver, no, no me hagas mucho caso.

Es algo que ha oído mi madre, pero da igual.

Lo que tienes que hacer es olvidarte de él,

olvidarte de él para siempre.

-Pero ¿cómo?

-De la misma manera que él te ha olvidado a ti.

Para empezar, ven conmigo esta noche a la verbena de Haro.

Cuatro bailes bien dados y verás como te distraes.

-Manuela, no tengo fuerzas para bailes.

-Pues te quedas sentada tomando un mosto.

Te irá bien que te dé el aire. -No, de verdad.

Solo te amargaría la noche.

Prefiero quedarme ayudando a mi madre

que con lo que está haciendo por mí no puedo fallarle.

-Ya, pero si no vienes conmigo...

¿quién me salvará y me defenderá de los moscardones de por ahí?

-Ya...

Mira, hablando de moscardones...

Ahí viene tu favorito. (MANUELA CARRASPEA)

-Buenas tardes. -Hola.

-Manuela. Carolina, ponme un vino, por favor.

-Claro. -¿No es un poco pronto

para andar empinando el codo?

-Bueno, hoy tengo un rato largo antes de volver a la viña.

Como hoy es la verbena de Haro...

¿No piensas ir?

-Eh... No, no, no se me ha perdido nada allí.

-Gracias. Pues es una pena.

Me han dicho que este año traen una orquesta...

Bueno, de hecho dicen que es de las mejores de Zaragoza.

-Ah.

-Seguro que te lo pasabas igual de bien que el año pasado.

-¿Y cómo sabes cómo me lo pasé el año pasado?

Mi padre me castigó.

Y no fui a la verbena. -¿En serio?

Juraría haberte visto bailar en la plaza

cuando tocaban «Juanita Banana».

-Eso sería porque ibas borracho y me confundiste con otra.

-Igual la que iba borracha eras tú.

Digo, porque esa manera de mover las caderas que tenías

no era ni medio normal.

-Sí, está bien, está bien, era yo.

¿Qué pasa? Me gusta bailar, no es ningún crimen, ¿no?

-No lo es.

Si lo fuera, yo también sería culpable.

-¿Tú? ¿A ti te gusta bailar?

-Sí. -Con lo paradito que eres...

-¿Paradito?

Eso es porque tú no te has fijado bien.

Cuando quieras te demuestro lo paradito o no que soy.

-Eh, menos lobos.

-Mira, cuando yo bailo, es como si me olvidara de todo.

Es...

(RÍE) -¿Entiendes?

Libre.

Y lo mejor es que no hay nadie

recordándome todo el tiempo qué es lo que tengo que hacer.

-Eso es lo que a mí me pasa.

Y yo pensaba que eras un pasmado.

-Pues no se hable más.

Si te apetece...

me encantaría llevarte esta noche a la verbena de Aro.

Y así te demuestro que no soy un pasmado.

¿Cómo? ¿Que habéis ido al camino de la Fuente solos?

Sí, hemos ido a charlar y a pasear un rato.

No ha pasado nada.

Ya. Y seguro que teníais muchas cosas

que contar, claro, porque a mí

casi me dan las uvas esperándote.

No me lo puedo creer. ¿Ahora me vas a controlar

como si fueras mi madre? Pues sí.

Porque ese Adolfo Reverte es un caradura

y un embaucador, según dice Vicente.

Así que ándate con mucho ojo,

que ya bastante problema tenemos conmigo.

¿Has hablado con Vicente?

Sí. Pero sigue emperrado

en hacer ese dichoso viaje a Argentina.

Ya hasta ha empezado a mirar fechas y precios

para los pasajes.

¿Y qué vas a hacer? Ay, no lo sé.

No puedo dejar que descubra que mi padre

no es el rico empresario del que le hablé.

Bueno. Seguro que se te ocurre algo,

como lo de la cubertería de esta mañana.

Todavía estoy asombrada.

Te debe haber costado una fortuna.

-¿Te gusta mi camafeo? Me encanta.

Es precioso.

-Era de mi madre. Un joyero amigo nuestro

nos dijo que tenía mucho valor.

No. No, no.

La cubertería la compré con el dinero

que saqué de vender una joya familiar.

Ya.

Ay, Sofía. Sé lo que significa esa mirada.

Crees que debería decir la verdad.

Yo no he dicho nada. No, pero lo piensas.

Pues sí, lo pienso. Porque me preocupas.

Y me preocupa verte sin resuello por mantener una mentira

que debió terminar hace mucho.

Ya es demasiado tarde, Sofía. Nunca es tarde para ser sincera.

¿Y qué ganaría con eso? ¿Que Vicente me echara de su lado

y volver a mi antigua vida de camarera?

Vicente te quiere mucho. No.

Vicente quiere a la mujer que le dije ser.

Y si quiero que siga siendo así, tengo que dejarme de tonterías

y conseguir cancelar ese maldito viaje a Argentina.

-¿Sabe, madre, que he estado

en casa de los Cortázar y he visto

que han comprado una lavadora?

-¿Para qué la quieren, teniendo a la Inés?

-Para ahorrarle trabajo

y que la ropa salga más lustrosa.

¿No me diga que no le encantaría tener una?

-¿A mí? Pero yo no soy ninguna señoritinga.

Yo mientras tenga mis manos y un buen pedazo de jabón...

Bueno. Sabe Dios que mi colada no la va a tocar

ninguna máquina de esas.

¿Y si compramos un televisor? -Pero por Dios.

Mira que os ha dado fuerte por esas moderneces.

¿Pero qué televisión ni qué lavadora

ni qué ocho cuartos?

Que yo estoy muy bien con mi radio y con mi lavadero.

-Pues puede que abran un teleclub en el pueblo.

Igual hasta viene Fraga Iribarne a inaugurarlo y todo.

Ay, Dios mío. ¿Os imagináis una televisión en Lasiesta?

A lo mejor salimos en el NO-DO y todo.

(TARAREA LA SINTONÍA DEL NO-DO)

El excelentísimo Ministro de Información y Turismo,

Fraga Iribarne, acompañado de las autoridades locales,

ha inaugurado en el pintoresco pueblo de Lasiesta

un moderno teleclub para regocijo de grandes y pequeños.

Y en agradecimiento a los vítores del pueblo,

ha regalado a la vecina Renata Ramos una lavadora.

-Mira, mira qué bonito. Reírse de su propia madre.

Hombre. -Bueno, ya está bien de chácharas

y vamos a trabajar, que ya es hora.

Yo los alcanzo luego. Tengo que pasar por la ferretería

y compras una tijeras y unos alambres.

-¿Qué?

¿No vas a contarme tu paseo con Sofía?

-¿Por qué habría de hacerlo?

Pues porque es lo que haces siempre

después de tus conquistas.

¿O es que te ha dado calabazas? -¿A mí?

Mucho tiene que llover para que una mujer me diga que no.

El problema es que tiene que volver a Madrid.

Claro que tiene que volver a Madrid.

Tiene su vida en la capital.

-¿Pero qué vida?

Lo que tiene allí no se lo deseo ni a mi peor enemigo.

¿Qué sucede pues? -Pues que está más sola que la una.

Su madre murió hace unos meses.

No tiene ni un chucho que la reciba cuando vuelva a casa.

¿Por qué no se queda en Lasiesta?

Aquí tiene por lo menos a su amiga Rosalía.

-Eso le he dicho yo. ¿Qué te ha contestado?

-Hay que fastidiarse. Por una vez que una chica

me hace tilín de verdad y tiene que largarse a la ciudad.

Música en inglés.

-Muy bien. Está hecho usted

todo un bailarín, don Rafael.

A ver, si ha estado practicando con otra profesora

a mis espaldas, me voy a enterar.

-Pero si tengo a la mejor profesora de todas.

¿Por qué tendría que cambiar? -Calla,

que me voy a poner roja.

-¿Qué? Yo estoy diciendo nada que no te merezcas.

Si consigo ir a la verbena esta noche

y no hacer el ridículo, es gracias a ti.

¿Tú te has planteado dar clases de baile profesionalmente?

-¿Yo? ¿Pero qué cosas dices?

-¿Por qué no? Si a todo el mundo le enseñaras como a mí,

no te faltaría clientela. -No.

Pero todos no serían tan buen alumno como tú.

Además, que a mí me gusta otro tipo de música.

-¿No me digas que te gustan las jotas?

-No. Las jotas son para mi madre.

Y para la gente mayor. A mí lo que me gusta

es la música moderna. Los Brincos, Los Bravos.

¿Sabes quiénes son, no? -Sí.

¿Cómo no los voy a conocer?

-Son tan guapos y cantan tan bien.

Aunque ahora mis preferidos son los Beatles.

Cantan en inglés y yo no me entero de nada,

pero bueno.

El próximo día le pido más discos a tu hermana

y los escuchamos juntos. ¿Te parece?

-Me encantaría. Sí, sí.

-Pues ya está. Me voy.

-Muy bien. Manuela.

Espera. Eh...

Tengo algo para ti. -¿Para mí?

-Sí. Ten. Ábrelo.

-Pero... Pero, Rafael.

-Es lo menos que puedo hacer

después de enseñarme a bailar tan bien.

¿Te gusta? -Mucho.

Pero no tenías que haberte molestado.

-Mira. Vamos a ponerlo.

-A ver. ¿Puedes? -Sí.

Ten. -Sí.

Ya.

-No sé cómo hacéis estas cosas las mujeres tan rápido.

Ya está. -¿Cómo me queda?

-Parece que la hayan tallado especialmente para ti.

¿Y sabes cuál sería el mejor sitio para estrenarlo?

La verbena de Aro, esta noche. -Huy, no, no.

No me gustaría perderlo. Y menos que me lo roben.

-Bueno, yo no soy especialmente fuerte ni tampoco es

que me guste meterme en trifulcas, pero si tú quieres,

podemos ir juntos.

-¿Quieres que vaya contigo a la verbena?

¿En coche? -Sí, claro. En mi coche.

-Sí. Sí, sí. Claro. Me encantaría.

Se lo voy a decir ahora mismo a Roberto.

-¿Cómo que Roberto?

-Será mi pareja de baile hoy.

Me lo ha pedido en la fonda y le he dicho que sí.

Y cuando le diga que iremos en coche con su patrón,

no se lo creerá. -Claro.

-Oye, ¿y tú con quién vas a ir?

-Ah.

No la conoces. -¿Cómo que no?

Si es de Lasiesta, seguro que la conozco.

-Ostras.

Anda. No voy a poder llevaros.

Es que ya me había comprometido con unos amigos

y no cabríamos todos.

-Bueno. -Me sabe muy mal.

-No, no. No pasa nada.

Está bien. Nos veremos allí.

Y nos marcaremos un pasodoble,

aunque Roberto se enfade. -Sí.

Claro que sí. -Gracias.

Hasta ahora. -Adiós.

-Oye, ¿al final cuándo te vas a Madrid?

En un par de días Tengo que comprar el pasaje.

-¿Vas a comprar ida o ida y vuelta?

No, me temo que solo ida.

-Qué pena. A Rosalía le hubiera encantado

que te quedaras más días en casa.

No puedo seguir abusando de vuestra hospitalidad.

Bastante molestia he sido ya. -Ninguna molestia.

Además, me ha ido bien que estuvieras aquí,

porque he podido pasear por estas calles

que me traen tantos recuerdos.

Mira. Ese balcón. Ahí vivía mi mejor amiga.

Y cuando salíamos de la escuela, jugábamos aquí

a las gomas y a las tabas. ¿También se jugaba a las tabas?

-Sí. Y a la rayuela.

Éramos tan inocentes y tan felices.

Luego te haces mayor y todo se complica.

Ya nada es como esperabas.

¿No te gustaría a veces tener las preocupaciones de una niña?

Sí, ahora mismo me gustaría. Sí.

-Bueno, basta de melancolías,

que tengo que ir a comprar las revistas. ¿Me acompañas?

¿Me importa que te espere aquí? -No.

Me gustaría pasear un rato.

-Hasta luego. Hasta luego.

La última que le vi, parecía usted

totalmente perdida. Y ahora, en cambio,

se le ve tan tranquila, como si llevara

toda la vida en este pueblo.

Es cierto. Aunque en breve

no me servirá de nada saber dónde queda la mercería

o el horno de Dimas.

Entonces, ¿es verdad que se vuelve usted a Madrid?

Todo lo bueno llega a su fin, ¿no?

Además, mejor pronto que tarde, que ya me estoy encariñando

demasiado con este pueblo. Eso pasa por las dos partes.

¿El qué? Que la gente de este pueblo

también se ha encariñado con usted.

Es la segunda vez que me lo dicen hoy.

Al final me lo voy a creer.

Seguro que nadie le ha dicho que estaría dispuesto

a saltar en paracaídas para que no se fuese.

No sea mentiroso. Si a usted esos cacharros

le dan tanto miedo como a mí. Quédese y verá.

¿Sabe, Jesús?

Creo que usted y yo seríamos grandes amigos.

Si no lo somos, será porque no quiere usted.

¿Qué tiene que hacer en Madrid?

Pues la verdad es que nada.

Pero no me puedo seguir quedando en casa de los Cortázar

sin un trabajo, sin oficio ni beneficio.

Comprensible, ¿no?

-Que no. No te empeñes

que no voy a contratar a esa chica.

¿Por qué no? -Porque nunca ha trabajado

en un horno. A ver si te crees

que por llegar un mandil ya eres panadero.

Pero Sofía es muy espabilada. Contigo de maestro,

va a aprender enseguida.

-Que no intentes camelarme.

Si tanto interés tienes en que esa chica

se quede en el pueblo, ¿por qué no te la llevas

a las bodegas? Nosotros apenas sacamos

para el jornal de la familia.

A ti te vendría bien una aprendiz.

Alguien que te ayude con el pan. -El pan lleva años

saliendo puntual de este horno y nunca he necesitado ayuda.

Pero a costa de que no veas el sol.

Solo sales de aquí para meterte en casa

a leer novelas del Oeste.

-Bueno, de vez en cuando también me voy a la taberna

a perder a las cartas.

Tú verás. A mí me parece que has estado mucho tiempo

cuidando de tu madre y ya sería hora

de que empezaras un poquito a disfrutar de la vida.

-No, si tienes razón.

Además, esa chica me cayó en gracia cuando vino.

Pero es que eso de tener alguien aquí rondando, que no...

Mira. Tú dale una oportunidad

y si no te gusta cómo hace las cosas,

le dices que no vuelva y se acabó.

-Está bien. Me lo pensaré.

Pero piénsalo rápido porque Sofía se va pronto

del pueblo. ¿Eh? por favor.

Dimas, eres un amigo.

-Y tú un pesado.

Rápido, por favor. -Que sí.

-¿Qué hay? -Buenas.

-Póngame un bollo de esos, a ver si le doy para el pelo

a mi amiga la hucha.

-Pues tenga. Usted...

Usted es forastero, ¿verdad?

Lo digo porque es que su cara no me resulta familiar.

-Meridiano. La jeta del Gato no se olvida

si se observa una sola vez. -¿El Gato?

-O Ángel Ortega, que es lo mismo.

-Ah. El sobrino del guardia Ortega.

Sí, hombre. Yo soy Dimas. Encantado.

Aquí tiene. Ya me dijo su tío

que vendría al pueblo.

-Y aquí estoy.

-Y la verdad es que... perdone si le he resultado

desconfiado, pero es que hace poco

entraron a robarme y ando siempre

con la mosca detrás de la oreja. -Tranquilo.

Mi tío ya me había contado lo de su problema

con los amigos de lo ajeno. -Sí, menudo disgusto.

Si tuve que cambiar la cerradura y todo.

Ahora, que si entro aquí y pillo al tío ese,

es que lo meto vivo dentro del horno, ya se lo juro yo.

En fin. Pero, bueno,

son los tiempos que corren.

¿Quiere que le ponga otra para llevar?

-No. No, pero si no le importa,

tendría que cambiar el agua al canario.

-¿Cómo dice? -El baño.

Que me gustaría pasar al baño. Supongo que estará ahí dentro.

-Sí, al lado del patio. Pase si quiere.

Pero tenga cuidado, porque al vecino de arriba

le gusta tirar las sobras por la ventana.

A ver si le va a caer alguna en la cabeza.

-Pero, doña Inés, si Aro está aquí al lado.

Podemos ir en mi moto. -Que te he dicho que no.

No llevas a la carne de mis carnes

en ese cacharro desvencijado.

Tú te coges la moto de mi Eduardo y pones a Manuela en el sidecar

y punto en boca.

-Cómo cambian los tiempos. ¿Te acuerdas cuando íbamos

nosotros a la verbena en mula?

-Anda, quita, quita.

Que luego tardaba días en poder sentar las posaderas.

-Bueno, lo malo no era la ida, sino la vuelta.

Porque veníamos un poco ya cociditos con el vino

y luego el mareo con la dichosa mula.

Bueno, toma.

Eh. Y tú.

Ojito con Manuela, ¿eh?

-No se preocupe, Eduardo. No se preocupe.

Buenas, don Rafael.

-¿Le puedo ayudar con algo, don Rafael?

-No, tranquila. Iba a picar algo,

pero ya me lo preparo yo.

-No se le ve muy arreglado para ir a la verbena.

-Tampoco creo que tú puedas darme muchas clases de vestir, ¿no?

Además, a mí no se me ha perdido nada en la verbena.

-Pues disculpe. Como Manuela me había dicho

que a lo mejor nos encontrábamos allí,

yo había pensado... -Ya. Pues te dijo mal.

-Que no te enteras, Roberto. Que es que al señorito Rafael

no le gustan los bailes de verbena.

Anda, venga.

Ahuecando el ala, que ya es hora.

-Hala, Roberto. Hasta luego.

-Y yo me voy a tender la ropa,

que quiero ver cómo ha salido de ese cacharro nuevo

que me han comprado.

Esto para usted, don Rafael. -Muchas gracias, Inés.

(SUSPIRA)

Hola.

-¿Qué haces aquí tan solo?

¿No deberías estar practicando para la verbena?

-No voy a ir.

-¿Pero se lo has pedido a Manuela? -No ha hecho falta.

Ya tiene quien la acompañe.

Va a ir con Roberto, uno de nuestros empleados.

-Te dije que te dieras prisa.

Pero tampoco es el fin del mundo.

Va a haber muchas verbenas. -No.

No va a haber verbenas ni clases ni ballet ni nada.

Me voy a olvidar de ella. Ya está.

-Ahora lo dices porque estás dolido.

Ya verás... -Que no. Que es lo mejor, Elena.

Además, no sé en qué he estado pensando todo este tiempo.

Manuela es la hija de los sirvientes de nuestra casa.

-¿Y qué, si la quieres? -¿Y qué?

Es una relación que no tiene ni pies ni cabeza.

¿Crees que padre lo aceptaría?

Claro que no. Da igual.

Da igual. No quiero hablar más del asunto.

-Una cosa. -No, en serio. No quiero hablar.

-Que no, que es otro tema.

¿Qué quería padre esta mañana

cuando ha ido a visitarte a la cabaña?

-Nada.

Quería que estuviera atento a unos renques

que parece ser que pueden estar infectados.

¿Por qué lo preguntas?

-No, por nada.

Llaman a la puerta.

-Buenas, tío.

-¿Pero dónde andabas? ¿No estabas preparando la maleta?

-Tranquilo. Lo poco que tengo, ya está en su sitio.

Solo he venido para informarle de dos cositas.

-Pues soy todo oídos. Ya verás cómo no te voy a creer

ninguna de las dos.

-Pues mire. La primera es que yo no birlé

ni un chelín de la panadería de este pueblo de mala muerte.

-Ya he acertado. La primera no te la creo.

A ver, dime la segunda cosa.

-La segunda, que sé quién lo ejecutó.

Y que la rata estaba muy cerca del queso.

-¿De qué estás hablando?

-El vecino del panadero fue quien entró a sisarle.

-¿El Eustaquio?

¿El que tiene el corral

lindando con el horno de Dimas?

¿Eso tú cómo lo sabes? -Me he dejado caer

por el horno hace un rato y lo he visto meridiano.

El vecino se coló por la ventana del patio

y dio golpes a la puerta para que pareciera

que había entrado por ahí. -¿Estás seguro?

Y tanto, tío.

Los junquillos de la ventana estaban tocados.

Y no hay que devanarse los sesos para verlo

cuando lo has hecho toda tu vida.

¿Me cree ahora?

-Tiene sentido, sí. Tiene sentido.

Dimas y Eustaquio han tenido más de una disputa.

A lo mejor por eso le ha querido robar

y destrozarle la panadería para dejarle las cosas claras.

Claro que tiene sentido.

Lo siento, sobrino.

Perdóname por no haberte creído cuando me dijiste

que no eras el ladrón.

-Hace años habría birlado en la panadería

y me habría llevado las gallinas del vecino.

Pero ahora ya he dejado todo eso atrás.

-¿Pero qué iba a pensar? Con esta joyita que tengo tuya

de certificados de penales. Es que no le falta de nada.

Tienes de todo. Y todo malo.

-Eso es lo que pasa cuando un chaval de ocho años

ve cómo unos desalmados matan a su padre.

Acaba juntándose con malas compañías.

-Has tenido una niñez muy difícil.

Ay. Desde la muerte de tu padre, fue una auténtica desgracia.

-Mi madre intentó educarme por el buen camino,

pero le era imposible. No me dejaba domar.

-Cuando murió mi hermano, no solo se llevaron a tu padre,

también se llevaron a tu guía.

Desde entonces, fue entrar y salir de reformatorios.

-Pues esa es mi historia, tío. Ni más ni menos.

-¿Qué vas a hacer ahora con tu vida?

-Ya me calentaré la sesera con eso en el bus de vuelta.

-Voy a hacerte una sugerencia.

Y espero no equivocarme y que no tenga que rectificar.

Anda, vete deshaciendo la maleta y te vienes conmigo

a ver a Dimas y le cuentas todo lo que has averiguado.

-¿Entonces, quiere que me quede en su choza?

-Prefiero que la llames casa.

Pero sí, quiero que te quedes.

Ah, y a propósito.

¿Por qué no dices palabras que entendamos todos?

Todos los mortales.

Anda, acércame el gorro.

-Muchas gracias, tío. No le voy a fallar.

-Señor Cortázar.

Muy buenas, tabernera.

Veo que vienes de comprar el vino ese picado

que le pones a tus clientes.

-El vino que sirvo será humilde, pero decente.

No como...

cierta persona de su familia. ¿De qué estás hablando?

-De su hermano Gabriel.

¿Qué pasa con él?

-Ha dejado embarazada a mi hija.

¿Pero dónde cree que va?

¿Sabes qué, tabernera? No puedo perder tiempo

con tonterías. Si tu hija se ha quedado embarazada

y quieres encontrar al padre, busca entre la escoria

que va a tu fonda. No mezcles a mi hermano.

-¿Cree que le miento o que miente mi hija?

¿Por qué iba a decirme que el padre es Gabriel, si no es así?

Pues no lo sé.

Mírame a mí. Mírate a ti.

No sería raro que tu hija buscara la manera

de salir del nicho en el que vive la pobre.

-Mi hija no es una cazafortunas,

si es eso lo que me está insinuando.

Puede que no, pero eso no quita para que sea una cualquiera

que se deja manosear... -No se atreva a hablar

así de mi hija.

¿Qué quieres que haga, si me abordas por la calle

contándome semejante cantidad de sandeces?

-Entonces, dígame.

¿Por qué cree que su hermano se ha ido de España?

¿A ti quién te ha dicho eso?

-En este pueblo se tarde muy poco en saberlo todo.

¿No le parece mucha casualidad que Gabriel se haya ido

justo después de que mi hija le dijera

que estaba esperando un hijo suyo?

¿Ahora no le parecen sandeces lo que le digo?

Si lo que me cuentas es cierto,

¿qué quieres que haga yo?

-Mire, señor Cortázar. Mi hija y yo somos pobres.

Pero tenemos el suficiente orgullo

como para no tener que pedirle limosna a nadie.

Así que no queremos su dinero.

Yo lo único que quiero es que Gabriel se haga cargo

de lo que ha hecho. Nada más. Con eso me conformo.

Mi hija está destrozada y esto no se puede quedar así.

Está bien. Está bien.

Hablaré con él en cuanto vuelva.

Y arreglaremos todo esto.

-Espero.

Por el bien de todos.

-Desde luego, tienes un sobrino que es un portento.

-Sí, sí. Y si no es por él,

tú no recuperas el dinero.

Y el Eustaquio se va de rositas.

Ahora se va a tirar una temporadita a la sombra.

Y si quiere venir al pueblo, que venga.

Pero ya suave. Como un cordero.

-Me la tenía jurada desde el día que dejé de fiarle el pan.

Mira que a mí no me importa.

Pero, claro, es que llevaba más de medio año

haciéndose unos bocadillos de salchichón a mi costa.

-Pues ya sabes lo que se dice. Mejor pelearse con los parientes

que con los vecinos.

-Hasta el más lelo te la mete doblada.

-No sé qué has dicho, pero estoy de acuerdo.

-Es que habla raro.

-Además, así a partir de ahora podré volver a dormir.

Porque desde que ese sinvergüenza entró, no había noche

que no me desvelara pensando que podía volver a robar.

-La tranquilidad ha vuelto al pueblo, Dimas.

-Sí, señor. Como siempre ha sido.

Bueno, y ahora me voy a por unos tontos

para este chaval, que se los ha ganado

por buen detective.

-¿Qué ha dicho que va a hacer el papanatas este?

¿Me está llamando tonto después de haberle ayudado?

-No te ha dicho nada a ti. Va a preparar unos tontos,

que son unos dulces típicos de aquí, riquísimos.

Y tú cállate, que esto nos va a solucionar el postre.

Porque tú de cocinar, imagino que como tu tía, ¿no?

-Oye, si quiere que me quede para ser su chacha,

me rajo de aquí ya mismo. -Quieto.

¿Dónde vas? Te he dicho que te quedes

porque somos familia.

Y porque siempre nos necesitamos el uno al otro, ¿comprendes?

-O.K. -¿Como que qué?

-O.K., tío. Que es lo que dicen los americanos.

-¿Tú has estado en América? -Pues no.

Pero tengo unos compadres en Torrejón

y está lleno de yanquis.

-Ah, O.K. Como en las películas, ¿no?

Pues mira, te voy a decir una cosa.

A mí no me gusta que andes por el pueblo

de aquí para allá sin nada que hacer.

¿Por qué no te vienes conmigo a comisaría? Y te controlo un poco.

-Ya, tío. ¿Y qué hago yo todo el día en la comisaría?

-Pues...

Echarme una mano.

-¿Me está diciendo que quiere que me pase al lado de los buenos?

-Tú has venido aquí a Lasiesta a buscar una oportunidad.

Yo te la estoy ofreciendo. ¿Qué dices?

-Pues O.K. -O.K.

Ay, Gato, Gato.

Silbido.

-No sabía que silbabas tan bien.

-Bueno, dos años en internado dan para mucho.

Sobre todo para escaparte y evitar que te pillen.

-La verdad es que parecemos dos colegiales,

viéndonos así, a escondidas.

-La diferencia es que allí me escapaba para ir a conciertos

y aquí me escapo para verte.

-Espero que la recompensa sea mejor.

-Tenía unas ganas de verte...

-Yo también te he echado mucho de menos.

-¿Por qué no me has llamado?

-He estado toda la mañana con mi padre

y... bueno... -¿Qué ha pasado?

-Que se ha enterado de mi ruptura con Asunción.

Y no sabes cómo se ha puesto.

-No sé por qué se empeñan en que estés con alguien

a quien no quieres. -Bueno, Asunción es

la hija del alcalde. Mi padre solo ve los favores

que eso puede proporcionarle a nuestra bodega.

Me ha exigido que le pida perdón y que me case con ella.

-¿Y tú qué vas a hacer? -¿Acaso lo dudas?

Yo te quiero, Elena.

Nada de lo diga o haga mi padre va a cambiar eso.

No me voy a casar con una chica por la que no siento nada.

-No sé por qué todo es tan difícil.

¿Cuándo aceptarán que tú y yo estamos enamorados?

-No te desanimes, Elena.

No podemos bajar la guardia. Ahora no.

-Enamorarme de ti es lo mejor que me ha pasado en la vida.

¿Qué pasa? ¿No te gusta?

Es Eua de Parfum. Me lo compré en París.

-No, no. Tu perfume me encanta. -Ah. ¿Entonces?

-Me estaba acordando de la primera verbena

a la que fuimos. En Aro.

Te equivocaste y te echaste el perfume de tu padre.

-Sí. Yo tan mona con mis quince añitos

y mis vestiditos y mis coletitas

y oliendo al señor Cortázar. -Ya.

Te juro que no veía el momento de que la orquesta

dejara de tocar y separarme de ti.

Aquello era como bailar con mi abuelo.

-¿Te acuerdas que...

fue la primera vez que nos separaron?

-Ya.

Tu hermano Vicente apareció

y te llevó arrastrando de las coletas.

Te juro que me entraron ganas de patearle la cara allí mismo.

-Pero no te preocupes, porque nunca más

nos van a separar.

-¿Qué hace una Cortázar en mis bodegas?

Vete de aquí, si no quieres que te eche yo mismo.

-No, no se preocupe, que no le voy a dar ese placer.

¿Y tú? ¿Así se comporta un caballero?

Pensaba que eras diferente a tu padre.

Pero con tu silencio solo me demuestras

que eres igual que él.

¿Sí, dígame? -Elena.

-¿Hola?

-No estás sola, ¿no?

Tenemos que hablar. A las 9 estaré en tu bodega.

-¿Qué pasa? ¿Quién era? -No contestaban.

-Telefonista, ¿usted me podría decir quién acaba de llamar?

-Deberías irte a casa a dormir la mona. Anda.

-Juro que vi a ese muerto en las bodegas.

-¿De qué muerto hablas?

Un peón de los Cortázar me dijo que encontraron

un cadáver en su bodega. -¿Qué peón era ese?

-No sé. Uno con el que me crucé por la calle.

-Tengo que hacer algo en la bodega.

¿Sabes quién era? ¿O quién se lo llevó de allí?

-No.

Para mí que fueron ellos los que escondieron el cadáver

para que nada manchara su buen nombre.

-Tengo algo que proponerte.

Gabriel puede ser muchas cosas, pero no torturaría a padre

de esta manera. No lo comentes con nadie aún,

pero si mañana sigue sin dar noticias,

denunciaremos su desaparición.

-A cocinar se aprende. Pero lo que nadie puede enseñarle

es a ser honrada. Y usted lo es.

Así que si usted quiere, el puesto es suyo.

¿No vas a preguntarme qué me ata a este pueblo?

-No hace falta.

Perdón.

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Gran Reserva. El origen - Capítulo 8

22 may 2013

Los Cortázar siguen preocupados por la desaparición de Gabriel y el hallazgo de una factura parece indicar que el joven está en Francia. Por su parte, Rosalía se verá con un problema inesperado al proponerle su marido ir a Argentina de luna de miel.

A pasar de intentar llevar su amor en secreto, Luis y Elena son descubiertos por Santiago Miranda...Mientras que Rafael, muy ilusionado con Manuela, está decidido a invitarla a la verbena hasta que descubre que la joven ya tiene acompañante.

Tanto Adolfo como Jesús están deseando que Sofía no vuelva a Madrid. A Jesús se le ocurre una idea para conseguirlo.

Carolina confiesa a Pilar que está embarazada de Gabriel y la madre se lo cuenta a Vicente en busca de alguna solución.

Ángel, utilizando sus dotes de investigador, consigue descubrir al verdadero ladrón del horno, para sorpresa de su tío, que le echaba las culpas a él...

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