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No recomendado para menores de 7 años Gran Reserva. El origen - Capítulo 17 - Ver ahora
Transcripción completa

¿Qué pasa ahora? Que hace poco que nos conocemos,

que llevamos poco y está mal.

Pero queremos estar juntos.

Que no, no soy de esas chicas. Eres peor,

me enciendes y me dejas así.

No vuelvas a acercarte a mí, cerdo.

Está bien que te quieras hacer respetar,

pero...

si Adolfo vuelve y te pide perdón,

dale un poquito de tregua al pobre.

¿Y si no vuelve? Vendrá.

-Tu amiga es de todo menos una mujer decente,

si lo fuera no se hubiera subido a la fonda al hijo de los Reverte.

-Se irá mañana de Lasiesta y todos tranquilos,

Sofía ni se enterará.

Debería, para que sepa de quién se ha enamorado.

Eh, ¿no irás a contárselo?

Somos hermanos, no puedes hacerme eso.

Sofía me gusta de verdad.

Espero que sea así, no voy a estar siempre tapándote.

-¿Y qué vas a hacer, cantarle las 40 a Adolfo?

(LLORANDO) No.

¿Para qué, para que me mienta?

Ánimo.

-Estoy embarazada. -¿Qué dices?

-Espero un hijo tuyo.

-Tengo muchos planes y ninguno pasa por casarme contigo,

estés o no estés embarazada.

-¿Quién más sabe que estás embarazada?

-Se lo he contado a Manuela.

Y a Gabriel, claro,

pero ha desaparecido como llevado por el diablo.

-Lo han encontrado muerto en las bodegas.

-No, a Gabriel no.

-Sí, sí. -No, te has equivocado.

(TITUBEA)

-¡Carolina, Carolina!

-Tu hermano Gabriel. ¿Qué pasa con él?

Ha dejado embarazada a mi hija.

Ese dinero debe servirte para...

deshacerte de...

su problemita.

-¿Cómo lo vamos a hacer?

-Buscaré un médico bueno, de confianza.

-¿El dinero de los Cortázar? Devuélvalo.

Ellos han arruinado mi vida.

-Carolina y yo nos vamos a Logroño,

a que le revisen los bronquios.

-Madre, no hace falta que disimule, Manuela lo sabe todo,

le he pedido que me acompañe.

Cuando vi esa camilla y los aparatos que iban a utilizar conmigo,

¡Dios, fue como si me faltara el aire!

Y no pude seguir adelante.

-¿Lo sabe tu madre? -No.

Yo solo sé que quiero tener a este niño.

-Un momento.

-Este mechero se lo regalé yo a Luis,

el hijo de Santiago Miranda.

-Queda Vd. detenido como sospechoso del asesinato de Gabriel Cortázar.

-Es mi mechero. -¿Reconoce que es suyo?

-Sí, claro.

-Pues este mechero estaba en la tina

donde se encontró el cadáver de Gabriel Cortázar.

-Qué cagada, ¿eh? Caérsele cuando echaba el cadáver en la tina.

-Le juro que no sé cómo llegó mi mechero ahí,

no tengo que ver con esto, te lo juro.

-Se trata de los Miranda, han detenido a su hijo.

¿Han detenido a Luis Miranda, por qué?

-Eso no lo sé, solo vi que Ortega lo esposaba.

Será grave, o no le habrían detenido.

-¿En qué estás pensando?

En lo mismo que tú, que tiene que ver con la muerte de Gabriel.

Tú hijo es el principal sospechoso de la muerte de Gabriel Cortázar.

Una prueba implica directamente a Luis Miranda,

¿o pensabas que lo habían detenido porque sí?

-No, no puede ser...

No, tiene que haber un error.

Por favor, Elena, ¿quieres despertar de una vez?

los Miranda van a por nosotros y Gabriel es la primera víctima.

-No hables así, no es una guerra. Claro que sí, siempre lo ha sido,

desde los tiempos del abuelo.

Pero esta guerra la termino yo, cueste lo que cueste.

-Haré todo cuanto esté en mi mano, descuida.

-Yo sabré agradecértelo.

¿O crees que me he olvidado

de tus aspiraciones a presidente de la diputación?

-No es eso lo que me quita el sueño ahora, Santiago,

sino mi hija Asunción.

-Saca a mi hijo de allí y yo me ocuparé de eso.

-Don Santiago es el empresario más importante de la comarca,

¿por qué tiene que ponerse en su contra innecesariamente?

No le conviene.

-Cumplo con mi deber, Sr. alcalde.

-Lo seguirá haciendo si libera a su hijo.

No es un vulgar ladronzuelo que se vaya a escapar,

es un hombre de buena familia.

-¡Aquí ha habido un asesinato, hay un hombre muerto!

Ese señorito va a chupar calabozo

hasta que al juez le salga entre los mismísimos.

-Él no es capaz de hacer algo así, tienes que creerme.

-Lo dices porque estás enamorada, Elena.

Yo lo tengo muy claro, ¿pero tú qué harás cuando se le acuse?

¿De qué lado te pondrás, del suyo o del de tu familia?

Buenas noches.

-¿Cómo que no quiere vestirse? Pues que vaya en pijama.

¡Por encima de todos los Ortegas la niña va hoy a la escuela!

Dile que si no va se enterará quién es su padre.

Hasta luego.

-Tiene bemoles, la mocosa de mi prima.

-Más que el caballo del espartero,

y le ha cogido las vueltas a tu tía y a mí ya me ha pillado mayor,

esto me pilla hace 20 años...

-Hace 20 años, igual, tío, la niña los tiene bien puestos,

y es lista, yo algún día le veo quitándole el puesto.

-¿Pero tú estás bobo o qué? Una mujer de guardia,

de uniforme y en Lasiesta, anda, anda...

-Pues seguro que nos vendría muy bien una mujer

para saber por qué Miranda mató a Gabriel Cortázar.

-¿Eso por qué lo dices?

-Por eso que llaman intuición femenina.

No sé, tío, llevo toda la noche dándole al tarro y...

y no imagino qué llevó a alguien como Luis Miranda a ser un asesino.

-Sospechoso, sobrino, sospechoso,

porque, que encontraras su mechero en la tina donde estaba cadáver

no quiere decir que le matara. -Ok, sospechoso,

pero no entiendo por qué un señoritingo así mataría a nadie.

-Porque es un Miranda y el otro un Cortázar,

son dos familias que se odian desde siempre,

como suegras y nueras.

-¿Pero tanto como para matarse?

-Yo qué sé, habrá que preguntarle al difunto.

O al asesino, si es que quiere hablar.

-Pues espero que si él es el culpable no tarde en confesar,

porque eso de mantenerlo aislado para que cante aún no da resultado.

-La paciencia es la madre de la ciencia, sobrino,

además, ¿qué más podemos hacer?

Tenerle ahí a ver si estando en el calabozo

se derrumba y confiesa.

-Pues no sé, quizás si me hablase un poco más del fiambre

podría averiguar algo con qué apretarle las tuercas.

-¿Qué quieres saber? Ya lo sabes todo,

pero que era un... un malcriado,

un pendenciero, un mujeriego de tomo y lomo...

-No sé, tío, quizás si tenía algún tipo de relación

con alguna chica del pueblo,

con la hija de la tabernera, por ejemplo.

-¿Carolina?

-Elena.

Por fin, llevo toda la mañana llamándote a casa.

¿Dónde estabas?

-He ido a dar un paseo temprano.

Estas calles me alivian un poco de mi dolor.

-Sí, te entiendo perfectamente,

levantarte y saber que no verás más a alguien a quien quieres...

-¿Qué te pasa?

-Tú no le conoces como yo, pero Luis sería incapaz de hacer algo así.

-Ya lo sé, pero al parecer han encontrado el mechero

justo donde estaba el cuerpo de mi hermano.

-Lo sé, pero apostaría mi vida a que hay alguna razón para ello.

Ay, Elena, si Luis va a la cárcel por mi culpa yo no me perdonaría.

-¿Por qué dices por tu culpa?

-Porque yo dije a la policía que ese mechero era de Luis.

-No entiendo.

-El sobrino de Ortega fue al despacho de mi padre preguntando

y yo le dije que el mechero era de Luis.

-¿Y cómo estabas tan segura?

-Porque se lo regalé yo.

Pero te aseguro que él no haría daño a tu hermano

o a nadie de su familia, él no es como su padre.

-Ya lo sé.

-Me siento muy mala persona, no tenía que haber dicho nada.

-No pienses eso, hiciste lo que debías,

tú no sabías nada.

-Pero pensar que podría ir a la cárcel por algo que dije

me duele como nunca nada me había dolido.

-Me imagino lo duro que tiene que ser...

ver a alguien a quien quieres en esta situación.

-Sí, incluso si esa persona no te quiere como te gustaría.

-¿Qué quieres decir?

-Poco antes de su detención,

nuestros padres nos organizaron una cita sorpresa.

Pensé que Luis iba a pedirme perdón, pero qué va,

me dijo que jamás me querrá como yo a él.

-Lo siento mucho.

-Elena, Luis me mintió, siempre ha estado enamorado de otra mujer.

(SUSPIRA)

-Lo siento.

-¿Qué tiene que ver Carolina en este asunto?

Bueno, bueno, tú lo que quieres saber

es si Gabriel andaba con la hija de Pilar

porque te gusta la moza.

Claro, por eso vas tú tanto a la taberna.

-¿Qué dice, tío? Este gato está acostumbrado a bacalao del bueno,

y esa Carolina no llega ni a pescadilla.

Lo pregunto por la investigación. -Ya, ya.

Claro, claro. (RÍE)

Pues mira, si quieres ayudar

en vez de pensar en peces mójate el culo y vete a correos

y traes el informe del forense.

-¿Ya lo han mandado de Logroño? -Sí, ya está ahí,

así que si Luis Miranda no dice nada esperemos que la autopsia nos diga

si el hijo de Miranda es o no un asesino.

-Si tuviera más luces no le haría falta autopsias

para saber que es inocente.

-Señor Miranda, aquí no tenemos ni recambio de bombillas,

o sea que no le pida muchas luces a su servidor.

-Déjese de ironías, Ortega,

vengo a ver a mi hijo.

Y esta vez no me iré sin haberlo hecho.

-Ya le dije que solo puede visitarle su abogado.

-Usted sabe tan bien como yo, que en una ocasión como esta

un padre es más importante que un picapleitos.

-Yo no hago las leyes, don Santiago.

-Pero es el encargado de que se cumplan,

¿o no?

-¿Qué... está insinuando, que quiere comprarme?

-No. (RÍE)

Sé que el dinero no le haría cambiar de parecer.

Pero sé que es padre,

y si su hija se encontrara en el momento más difícil de su vida

también tendría necesidad de verla.

-Sé por lo que está pasando, don Santiago,

pero yo no puedo hacer nada. -Ortega,

no estoy acostumbrado a suplicar,

no me lo haga más difícil...

déjeme ver a mi hijo...

por favor.

-Es la primera vez que le oigo pedir algo por favor.

Está bien, don Santiago,

espere ahí fuera, ahora le mando un agente

para que le acompañe a ver a su hijo.

-¿En serio dejará pasar a ese impresentable?

-Ese impresentable...

también necesita un poco de piedad.

-Después de cómo le trató ayer, tío.

-Eso da igual.

Y además, si queremos seguir investigando,

en el asesinato de los Cortázar,

será mejor que nos llevemos a bien con don Santiago Miranda.

¿Ok?

(SUSPIRA) -Ok, ok.

Abren la puerta.

-Tienen cinco minutos, señores.

-¡Padre!

-Luis...

¿cómo estás?

-Todo lo bien que se puede estar aquí dentro.

Creí que no quería verme.

-A pesar de nuestras diferencias eres lo más importante en mi vida,

jamás podría dejarte solo en un momento así.

-Padre, le juro que yo no maté a Gabriel Cortázar.

-No tienes que darme explicaciones, yo te he criado

y sé que no harías daño a nadie.

Luis...

te voy a sacar de aquí.

-Ortega encontró mi mechero en la tina donde apareció Gabriel.

-Eso no demuestra que mataras a ese desgraciado.

-Ya, ¿pero cómo llegó hasta allí? -He contratado

al mejor abogado de Logroño

para que demuestre tu inocencia.

-Pues espero que sea pronto

porque no sé cuánto más aguataré aquí metido.

-Tienes que ser fuerte

y dentro de nada estarás respirando el aire de nuestras viñas.

-Ya, ¿y si no encuentran al verdadero culpable?

-Eso da igual porque no pueden tener encerrado a un inocente.

-Ya ve que sí.

-Vas a salir libre, hijo, ¿me oyes?

¡Te lo juro!

-Siento mucho lo que le dije ayer.

-No tienes que disculparte,

la culpa fue mía

por engañarte y obligarte a ver a Asunción.

Estaba tan cegado por esa boda,

que lo que para mí era la felicidad

para ti era un sufrimiento.

Pero te prometo que desde ahora las cosas cambiarán en casa,

no quiero más discusiones entre nosotros.

-Se les acaba el tiempo.

-Es curioso,

desde que murió madre no he tenido la necesidad de abrazarle,

y ahora que quiero hacerlo...

no puedo.

-No desesperes, hijo,

que te voy a sacar de aquí aunque sea lo último que haga en la vida.

Campanadas.

-Alegra esa cara, mujer,

que las rosquillas tontas son muy listas

y cogen el sabor de los sentimientos de quien las hace.

Pues mejor las tiras, que no sabrán a nada bueno.

¿Has hablado con Adolfo? No,

y mejor me olvido de él, no voy a perseguirle

para ver qué hizo con la de los cosméticos.

Me parece muy bien, si quiere que dé él el primer paso.

En la vida hay que tener dignidad,

aunque algunas parece que no sepan lo que es.

-Buenos días. -Buenos días.

(RESOPLA) Buenas.

Cariño, ponme una barrita de pan, me haré un bocadillo para el viaje.

¿Ya se va del pueblo?

Sí, ya he vendido todo el género y no tengo nada más que hacer aquí.

Me da pena irme, además de dejar cosméticos dejaré algún buen amigo.

Ya. Sí, me dijo que le gustaba mucho conocer gente, sí.

¿Eres de aquí? Madrid.

Qué raro, por tu aspecto nunca lo hubiera dicho.

También tengo buenos amigos ahí. Sí, no me extraña.

¿Por qué lo dice? Por nada, cinco pesetas.

¿Qué pasa? Parece de mal humor.

Me duele la cabeza y no tengo ganas de cháchara.

Ya, pues permítame un consejo,

de cara al público hay que saber aguantarse y sonreír siempre.

Hasta la vista.

(BURLONA BAJITO) "Permítame un consejo".

(MALDICE) Eh, eh, eh...

Perdón, perdón. No te hagas mala sangre, mujer.

Perdona, Dimas.

Oye...

si el viva la virgen de Adolfo prefiere una como esta a una como tú

él se lo pierde.

-Sí, señor Escamilla, entiendo que tiene mucho trabajo,

pero cada hora que pasa mi hijo sigue encerrado en ese agujero.

¡Que no, que el dinero no importa!

Lo que quiero es que usted venga y lo saque de ahí.

Está bien, gracias.

-¿Cómo está Luis?

¿Has conseguido que Ortega te deje pasar?

-Pues claro, no faltaría más.

-Hombre, ¿y cómo está?

-¿Cómo quieres que esté?

-Pobre Luis.

No entiendo cómo ha podido acabar...

encerrado de esta manera.

-¿No te das cuenta? A Luis le han tendido una trampa.

Lo que quieren es hacer daño a nuestra familia, vernos sufrir.

-Pero por más que lo pienso, ¿quién podría hacer algo así?

¿Y para qué?

-Desde luego, pensar no es lo tuyo,

los Cortázar,

los únicos que han querido durante años verme sumido en la miseria.

-Santiago...

ni siquiera ellos sería capaces, ni por muy ruines que fueran,

aprovecharse de la muerte de un ser querido para hacerte daño a ti

o a tu hijo. -Tú no conoces bien a esa gente,

sobre todo al mayor.

Esa víbora de Vicente Cortázar haría lo que fuera con tal de verme caer.

Pero yo no me quedaré con los brazos cruzados.

-¿Has conseguido hablar con los abogados?

-Sí, ahora mismo.

-He oído decir que este tal Escamilla es alguien

que sería capaz de sacar del infierno al mismo diablo.

-Si no lo consigue...

tendremos que recurrir a otro método.

-¿Qué método, Santiago?

-Si un inocente tiene que acabar entre rejas,

ese no será Luis.

-Me estás asustando, Santiago,

¿no estarás hablando de buscarte un falso culpable?

-Estoy hablando de sacar a mi hijo de la cárcel cueste lo que cueste.

-Si apenas hace un día que lo han detenido,

tienes que tener un poco más de paciencia.

-¿Paciencia?

Cada minuto que mi hijo pasa en la cárcel,

es un minuto que me quitan de vida.

-Lo sé, lo sé.

A pesar de los problemas que tenéis,

siempre has querido lo mejor para él.

Pero que un inocente pague por algo que no ha hecho, eso...

eso no es la solución, Santiago.

Cariño...

no hagas nada hasta que hables con el abogado.

Todo se arreglará.

-Es la primera vez que me llamas cariño en meses.

Y para ello ha hecho falta que mi hijo esté acusado de asesinato.

-Ay, no seas injusto conmigo, solo pretendo apoyarte.

-Está bien,

te haré caso.

No haré nada hasta hablar con el abogado.

Pero que sea la última vez...

que me dices a mí lo que tengo que hacer.

Tengo que irme, he de hacer cosas en la bodega.

-Lo que le pido, Ortega, es un poco de discreción

con todo lo de Luis Miranda,

no sé si me entiende.

-Perfectamente, señor alcalde.

Es que nadie tras una muerte tan trágica como esta

quiere que ensucie el nombre de nuestro pueblo.

-Exacto, hay mucha gente interesada

en dañar el prestigio de nuestros vinos,

así que más allá de las viñas del Tuerto nadie debe saber

qué investiga, ¿estamos? -Sí.

-Tío, ya tengo el informe forense.

Excelencia.

-¿Qué es eso de "informe forense"?

-He pedido un estudio complementario al hospital de Logroño.

Quería saber las causas exactas de la muerte de Gabriel Cortázar.

-Creí que las causas de la muerte eran un golpe en la cabeza,

yo mismo le practiqué la autopsia. -Sí, sí.

pero quería saber cómo, dónde, por qué fueron los hechos.

-¿Y bien? -Bueno, no aclara nada.

Confirma la hora del fallecimiento

entre las ocho y las nueve de la noche.

-¿Traigo al sospechoso para interrogarlo?

-Sí, estaría bueno saber dónde estaba y qué hacía

el señor Miranda a esas horas.

Señor alcalde, si me lo permite tengo un asesinato que investigar.

-Si me lo permite me gustaría echar un vistazo al informe.

(RÍE) -Me ha pedido discreción,

¿tan pronto quiere que rompa mi promesa?

-Claro...

claro, discreción.

Ortega.

(RÍEN AMBOS)

-Eso es una pechuga y no la de los pollos de mi corral.

(RÍE)

-Qué pechuga van a tener si eres un agarrado y ni pienso les pones.

-A ti sí que te iba a dar yo pienso, Pilarcita, pero...

-Menos lobos, Caperucita, y cuidadito con lo que dices

que esta es mi casa, ¿estamos?

-Oye, ¿esa cara?

Parece que hayas visto al diablo.

-No madre, es que he dormido mal y estoy cansada, solo eso.

-¿Seguro?

Oye, que a lo mejor es por lo de tu...

operación.

Algunas después de hacer eso tiene complicaciones.

-Ya lo sé, madre, pero no estoy así por la operación, de verdad.

-No me digas que aún piensas en Gabriel Cortázar.

-¿Qué quiere? Gabriel era el padre del hijo que llevo...

que llevaba dentro.

Y ahora está muerto, ¿qué quiere que sienta?

-Ya, vale, claro, si te comprendo, cariño, pero...

sabes que es lo único que podíamos hacer.

-¿Usted cree? -Pues claro.

Y además, volverás a tener la oportunidad de ser madre,

de tener tu familia con un hombre que te quiera.

-¿Y si no es así,

si no encuentro a nadie ni puedo quedarme embarazada?

-¿Pero por qué dices eso?

Oye, ¿tú no...?

¿no te estarás arrepintiendo de lo que has hecho?

-No. No, no, de verdad.

Vale.

-Espero estar aquí porque ya tienen al verdadero asesino.

-Pues siento defraudarle, pero no.

Tengo que hacerle unas preguntas.

-Ortega, ya le he dicho que no he matado a nadie.

Y no diré nada más sin mi abogado.

-Solo quién tiene algo que ocultar tiene miedo a hablar.

-Yo no oculto nada.

-¿Y por qué quiere hablar solo delante de su abogado?

No tardaremos mucho, solo quiero hacerle unas preguntas.

Quiero saber el día de autos dónde estaba usted

y qué hacía entre las ocho y las nueve de la noche.

-¿Para qué quiere saberlo?

-En primer lugar, quien pregunta aquí soy yo,

y en segundo lugar este informe confirma

que Gabriel Cortázar falleció a esa hora.

Así que, ¿por favor puede contestarme?

-A esa hora estaba en mi bodega.

-¿Tan tarde?

-Tuve que comprobar la temperatura de unos depósitos

para no echar a perder su vino. -¿Y alguien puede testificar

que eso es exacto, algún trabajador o alguna otra persona?

-El otro día me dijiste que me querías y eso lo cambió todo.

(RÍE) -No debería haber dicho nada.

Si además estás comprometido, y con una mis mejores amigas.

-Ya no.

-¿Cómo?

-Ya he roto con ella, Elena.

Y lo he hecho porque te quiero.

-No, estaba solo.

-Haga memoria, señor Miranda.

Si hay alguien que pueda decirnos que estuvo con usted a esa hora

entonces ratificaremos que no pudo estar en el lugar del crimen,

¿comprende? Y quedará libre.

¿Está seguro...

que no estaba con usted ninguna otra persona?

-No juegues conmigo... -Elena, Elena,

te sigo queriendo como el primer día.

Y ahora sé que nunca dejé de hacerlo.

No puedo.

Seguro, no había nadie más.

-Pues entonces, realmente no me deja otro camino

que mandarle de nuevo al calabozo.

-Ortega, se está equivocando, yo no soy un asesino.

-Me gustaría creerlo, pero...

si no me demuestra usted

que no estuvo en la bodega de los Cortázar

y no me explica por qué estaba su mechero

en la tina donde encontramos el cuerpo de Gabriel,

no me deja otra elección.

-Pajarillo.

-¿Ha cantado?

-Hacía tiempo que no estaba en unas bodegas como las suyas,

limpias, modernas,

y con unos caldos de primera.

-Está mal que yo lo diga, pero estas bodegas son las mejores de La Rioja

y si no, pregunte por ahí.

-Señor mío, no hace falta, ya lo he hecho.

Como comprenderá me gusta conocer

a aquellos con los que voy a hacer negocios.

-Lo entiendo.

Aunque me preocupa lo que haya podido oír,

el éxito genera envidias

y puede levantar hasta infamias. -Señor mío, qué me va a contar.

Cuando empecé con mi cadena de supermercados

no me faltaron enemigos que me calumniaban para verme caer.

-Entonces tenemos algo en común.

-Mucho más de que cree.

También he oído que usted es un hombre de negocios intachable.

-Señor Olea, me halaga usted con sus palabras.

-Y es usted también humilde.

Señor Miranda, quiero 10 000 botellas de sus caldos

para potenciar la sección de mis supermercados,

¿qué me dice?

-¿Qué quiere que diga?

Vamos a tomarnos una copa de su vino.

(RÍEN) -Santiago, perdón,

menos mal que te encuentro.

Me habían dicho que estabas aquí, pero...

(RÍE NERVIOSA)

-Elvira, estoy reunido con un cliente.

Señor Olea, esta es mi esposa, Elvira.

-Señora, a sus pies. -Encantada.

Y disculpe esta interrupción, pero es que...

ha llamado nuestro abogado y...

necesitaba hablar urgentemente con mi marido.

-¿Un abogado? ¿Tienen algún problema?

-No, son solo asuntos de las bodegas,

estaba a la espera de unos documentos,

no es nada que no pueda esperar.

-Señor Miranda, lo primero son los negocios,

por favor atienda a sus asuntos

y no se preocupe por mí, me voy a pasear por el pueblo y lo conozco.

-Igual le interesa abrir un supermercado aquí.

-Señor, nunca se sabe.

Si le parece esta tarde le visito y firmamos el acuerdo.

-Sí, sí, le esperaré en mi casa.

-Señora, encantado. -Igualmente.

-Santiago...

-¿Qué te pasa, eres imbécil?

¿Cómo vienes a la bodega a hablar de abogados?

-No me insultes, Santiago.

He venido porque Escamilla ha pedido una papeles para el caso.

Pensé que cuanto antes se los envíes antes quedará libre Luis.

-Eso no quita que casi me hundes un negocio muy importante.

-Creía que tu hijo era lo más importante para ti.

-Y lo es, pero hay que pagar el abogado, y tus vestidos...

-Está bien,

siento no haber sido más discreta.

¿Estás contento ahora? -Con sentirlo no basta.

Si Ernesto Olea descubriera

que mi hijo es sospechoso de un asesinato,

tal vez no firmaría nunca ese contrato.

-Pero no ha ocurrido nada de eso.

¿Quieres seguir discutiendo o vas a devolver la llamada a Escamilla?

Hasta luego.

Pero Sofía, ¿qué te pasa?

Has vuelto a quemar el pan, ¿no?

Ojalá.

¿Y por qué esa cara de alma en pena?

Por Adolfo.

Ay, sigues enfadada por lo que pasó en las viñas.

¿Entonces?

Ayer me enteré por el alcalde de que estuvo en la fonda

en una habitación con Claudia.

¿Con Claudia?

¿La de los cosméticos?

Como comprenderás no estaba comprándole colorete, claro.

Sofía, ¿pero estás segura?

Sí, lo estoy, don Bernardo estaba seguro.

No, si me advirtió Vicente de la fama de conquistador de este.

Pero es que no pensé nunca que podría traicionarte así.

Yo creía que me quería de verdad, ¿cómo soy tan tonta?

¿Y qué piensas hacer? (LLORANDO) Rosquillas.

Más rosquillas.

Porque me salen muy bien

y porque no se merece ni que le parta la cara.

Pues me parece muy bien.

(SUSPIRA) Ay...

si necesitas algo ya sabes que puedes contar conmigo.

Lo sé.

Abren la puerta.

Buenos días. -Muy buenos días.

¿En qué puedo ayudarle? -Quería un dulce típico de la zona

y me han aconsejado venir aquí.

Le han aconsejado bien, mi amiga es la mejor panadera de Lasiesta.

No le haga caso, solo soy una aprendiz,

pero puedo ofrecerle unas rosquillas

que me han quedado de rechupete.

-Pues sí, deme una rosquilla entonces.

Muchas gracias.

(DEGUSTANDO) ¡Oh!

Por favor, enhorabuena, está riquísima.

¿Me pone un kilo para llevar, por favor?

Claro, voy dentro a por más.

Ojalá todos los dulces de mis tiendas fueran como este.

¿Sus tiendas?

Eh... Perdone.

Soy Ernesto Olea, propietario de los supermercados Olea.

Ah, sí, sí, he oído hablar de sus supermercados.

¿Ah, sí? Sí, sí.

¿Y qué le trae por Lasiesta?

Pues lo que me lleva a todos los lugares de España,

negocios, estoy a punto de cerrar un negocio con Santiago Miranda.

Supongo que conoce las bodegas. Sí, por supuesto,

todo el mundo en la comarca conoce a los Miranda.

Igual que... las bodegas Cortázar.

Pues lo siento...

pero no he oído hablar de ellas.

¿No? Pues yo no me iría de Lasiesta sin probar alguno de sus caldos,

no desmerecen nada a los de Miranda.

(RÍE) Perdone, pero no estoy tan seguro,

sus caldos son de una calidad extraordinaria.

Créame, si se va de Lasiesta sin visitar las bodegas Cortázar

se arrepentirá el resto de sus días.

No me ha dicho cómo se llama.

Soy Rosalía.

Rosalía Cortázar.

Ah...

Encantado.

-Don Vicente, disculpe.

Busco a su padre,

pero no está en las viñas, ¿sabe dónde encontrarle, por favor?

No, pero si me dices qué necesitas de él igual yo puedo ayudarte.

-Es un asunto de trabajo que me gustaría hablar con él,

si no le importa. Roberto, mi padre no está para eso,

si quieres algo debes hablar conmigo.

Dime, ¿qué quieres?

-Bueno, la verdad es que no sé muy bien por dónde empezar.

He estado dándole vueltas a la sesera últimamente

y me gustaría pedirles una cosa.

(RÍE) Malo cuando la gente como tú empieza a darle a la cabeza

porque normalmente no se os ocurre nada bueno.

A ver, cuenta.

-Verá, yo llevo años dándolo todo por estas bodegas,

llego a la viña con el alba, marcho cuando pone el sol...

¿Y? Se te paga por ello, ¿no? Como al resto de tus compañeros.

-Sí, señor, pero hasta donde yo sé

ustedes no han tenido ninguna queja mía.

Y creo que merezco un aumento de jornal.

(RÍE)

Ya decía yo que malo cuando alguien como tú empieza a darle a esto.

Así que quieres que yo te suba el sueldo.

No estás a gusto con nosotros.

-No es eso, estoy muy a gusto.

Ocurre que bueno, un primo mío que trabaja en Madrid,

me ha escrito para que me vaya a la fábrica donde está él

porque allí se gana más dinero. Ajá.

Sí, pero también la vida allí es más cara.

¿O piensas que es oro todo lo que reluce en la capital?

-No señor, no lo pienso,

lo que pasa es que con lo que ustedes me pagan

me da para las habichuelas y ahorra unas pocas perras,

y en cambio allí...

Bueno, tiene que entender que uno ha de mirar por su futuro.

Roberto, lo entiendo muy bien, pero...

los aumentos no hay que pedírselos, hay que ganárselos.

Si bien es cierto que en todo este tiempo no he oído quejas sobre ti,

tampoco he oído halagos, es como si no existieras.

-Señor...

yo desde que era un zagal que no levantaba ni esto

he estado deslomándome por estas bodegas.

Creo que merezco un reconocimiento.

No insistas, no pagaré más por un trabajador

cuando en la plaza del pueblo

conseguiría un puñado de ellos por menos de lo que tú ganas.

-¿No va a darme el aumento?

Pues no me deja otra opción

que dejar estas bodegas para siempre.

Muy bien, si es lo que tú quieres

no va a quitarme el sueño.

Eso sí, debes saber que las puertas de las bodegas Cortázar son anchas

para irse, pero estrechas como el ojal de una aguja para volver.

Puedes irte.

Pasos acercándose.

Vicente. Rosalía, te hacía en el pueblo.

De ahí vengo, de encontrarme con este señor tan amable

al que seguro que te interesará conocer.

Vicente, el señor Ernesto Olea,

dueño de los supermercados Olea.

Don Ernesto Olea, Vicente Cortázar, un placer, encantado.

-Igualmente, su mujer dice que no debo irme de aquí

sin probar sus vinos,

así que espero que la visita merezca la pena.

No se arrepentirá, cuando uno prueba por primera vez

los vinos Cortázar no lo olvida nunca.

Pero compruébelo usted mismo, si me acompaña.

-Estupendo.

-Vete a descansar,

cuando amanezca mañana verás lo de Adolfo de otra forma.

No sé, Dimas,

me ha hecho mucho daño, no le podré perdonar.

-Sí, pero mira, no hay mal que cien años dure,

y con el tiempo lo olvidarás.

Eso espero.

Pero es que este pueblo es tan chico...

me da miedo encontrármelo en cualquier esquina.

-Cuando doblas una esquina o abres una puerta, ¿verdad?

Mira, no sé qué pasa que cada vez que hablo de alguien aparece,

os dejo con lo vuestro.

¿Qué haces aquí?

Visitar a la panadera más guapa del mundo y parte del extranjero.

Tus zalamería no arreglarán lo que hiciste, Adolfo Reverte.

¿Y esto, Sofía Ruiz?

Sé que lo que pasó en las viñas te hizo sentir incómoda,

pero no puedes odiarme para siempre.

Sí puedo y acostúmbrate porque no voy a hablarte más.

Lo siento, no creí que lo tomaras así,

pero no quise ir más allá

porque crea que eres una fresca sino porque me gustas.

Tenía tantas ganas de amarte que no me controlé,

pero si quieres ir más despacio puedo esperar el tiempo que sea.

¿Ah, sí?

Sofía, estoy enamorado de ti y no quiero perderte.

-Te lo tienes merecido, por golfo. -¿Y yo qué he hecho?

-No está enfadada por lo de las viñas,

sino por lo de la vendedora de cosméticos en la fonda.

-Si yo a esa chica la conozco de hola y adiós y poco más.

-No se dice eso por ahí. -Porque la gente se aburre y larga,

que en este pueblo hay mucha portera.

-No te caló una portera con esa chica, ha sido el alcalde.

-¿El alcalde? -Sí, señor.

Y le dijo a Sofía que había visto a un hijo de los Reverte

subiendo a la habitación con ella

y tu hermano no ha podido ser.

-Bueno, sí, estuve en su cuarto,

pero para comprar un regalo a mi madre.

-Según el alcalde la cara cuando bajabas del cuarto

no era de haber comprado sombra de ojos.

¿Pero de verdad merece la pena

perder la oportunidad de pasar toda la vida con esta mujer

por qué, por pasar un buen rato con esta chica?

-Yo no he hecho nada, Dimas.

Tómese su tiempo,

deje que los sabores recorran cada rincón de su boca.

¿Y bien? (RÍE) Es excelente.

Ya le dije que no tenemos nada que envidiar a los Miranda.

-Ambos vinos son extraordinarios, sin duda,

tanto que si tuviera que decantarme ahora por alguno de los dos

me resultaría imposible.

Claro, lo entiendo,

pero si lo que quiere es poner al servicio de sus clientes

un auténtico vino riojano, el Cortázar es el suyo.

¿Y por qué dice eso?

Supongo que Santiago Miranda habrá intentado cegarle

con su modernidad, la industrialización de sus vinos,

pero créame, señor Olea, no todo lo nuevo es un avance.

Sí, he visto la diferencia que hay entre sus bodegas.

Con Santiago Miranda es cierto que uno tiene la sensación...

de estar en el futuro,

y aquí, pues...

sí, señor, se respira tradición.

Tradición y prestigio.

Por eso si quiere un buen vino está en el lugar adecuado.

-Vicente, sin duda este es de los mejores vinos

que he probado en mi vida,

y el trato que me han dispensado su señora y usted ha sido exquisito.

Me temo que lo que va a decir no me va a gustar.

-Lo siento mucho, de verdad,

pero estoy a punto de cerrar un trato con Miranda

para que provea de vino a mis supermercados,

entienda que no pueda faltar a mi palabra.

Mis supermercados, como sus bodegas, tienen un prestigio que mantener.

Con más razón no debería firmar ese contrato.

No sé si se ha enterado, pero...

el hijo de Santiago Miranda

está detenido como sospechoso de un asesinato.

-No...

no había oído nada de eso.

Supongo que Miranda no le dijo nada por miedo a perder el negocio.

Señor Olea, no me gusta hablar mal de mis competidores,

pero como verá a Santiago Miranda le importa el dinero,

no la reputación de sus clientes.

Supongo que si es cierto lo que dicen eso lo cambia todo,

no quiero ensuciar con nada el nombre de mis supermercados.

¿Entonces firmará con nosotros? Deme tiempo para pensarlo, Vicente,

ahora mismo estoy muy aturdido.

No le quepa duda de que tendrá noticias mías lo más pronto posible.

Señora.

Vicente. Un placer, de verdad.

-Hasta luego.

(RÍEN AMBOS)

Aún no sé cómo lo has conseguido, cómo le has hecho venir aquí,

pero tu padre estaría muy orgulloso de ti,

has heredado su olfato para los negocios.

He hecho lo que cualquier mujer haría por su marido.

No, has hecho mucho más,

me has ayudado a quitarle un cliente a Santiago Miranda,

y esta vez sí que haremos que pague por todo el daño que nos ha hecho.

-Con esto de Luis Miranda hay más follón en la comisaría

que en Madrid en la hora punta del metro.

¿Qué pasa, te hace gracia mi rollo?

-No, es que me estaba imaginando cómo sería vivir en Madrid

con tanto agobio incluso para ir a tomar un chato.

Debe ser tan distinto a Lasiesta.

-Ni te imaginas, más diferente que un Mercedes y un cuatro latas,

pero también tiene sus cosas buenas. -Sí, ¿cómo qué?

-Como que nadie te conoce la jeta y no hay que explicar lo que haces,

no como en este pueblo de cotorras.

-Ya...

Oye, ¿y es muy caro vivir allí?

-Depende de cómo te lo montes,

no es igual vivir en Carabanchel que en el Ritz.

-¿Y en una habitación de fonda? -Allí no hay fondas, hay pensiones.

¿Es que estás pensando ir a la city y dejar a tu madre con esta panda?

-No, no, ¿qué dices?

Ni loca me voy a un sitio donde hay tanto gato como tú.

Era por curiosidad.

-Ya, curiosidad.

¿Y si te hago yo una pregunta, también por curiosidad,

me contestarías? Es sobre Gabriel Cortázar.

Erais novios, ¿verdad?

-¿A ti qué te hace pensar eso?

-La forma de desmayarte cuando te dije que lo encontraron.

A nadie le da un vahído así por la muerte de un vecino,

así que tengo razón.

-Sí.

Sí, pero nunca fuimos novios.

-¿Y cómo es eso?

(RÍE) -¿Tú sabes cuando estás enamorado de alguien

y sientes...

que se están aprovechando de ti?

Pues eso fue lo que pasó.

Poco antes de que muriera rompimos y dejé de creerme su novia.

-Lo siento.

-Bueno, gracias, pero ya está.

Ahora solo tengo que olvidarme de él.

-Bueno, estás en el mejor sitio para hacerlo.

-¿Eso por qué?

-Porque se necesitan ver muchos culos como estos

para olvidar ciertas cosas.

-Hablas como si te hubiera ocurrido algo parecido.

-¿Qué te debo por el vino?

-Nada.

Hoy invita la casa.

Pero no te acostumbres, ¿eh? -Gracias.

-Ese muchacho es otro bala perdida,

no tropieces dos veces en la misma piedra, hija.

-¿Dónde se habrá metido este hombre de Dios?

¡Otra vez que se le va a enfriar la comida!

¡Eduardo!

-Madre, si no está aquí, está en las viñas, no le oirá.

-Es que siempre me hace lo mismo.

Ni recuerdo cuándo comió a su hora.

Todo el santo día pendiente del trabajo.

-Ya. -¿Qué te hace tanta gracia, eh?

¿Que se coma el potaje como un témpano?

-Que dice que padre está todo el día trabajando,

pero es que son tal para cual.

-¿A qué te refieres? -¿Que a qué me refiero?

Pues que parece que no hay más mundo que los fogones y las viñas.

-Si es que no conocemos más vida que esta,

¿qué quieres que hagamos?

-Que salgan y se diviertan un rato

y no estar todo el día pendiente de la casa y de los Cortázar.

-Cuidado, que lo poco que tenemos se lo debemos a ellos.

Hale, venga. -Que ya lo sé, madre,

pero pienso que podrían salir de casa e ir al teatro, a Logroño.

(RIENDO) -Al teatro... -O a comer churros,

lo que sea, pero salir de casa, madre,

y divertirse, y olvidar el trabajo.

-Pero si llega el domingo y yo quiero sentarme al fuego

y descansar mientras tu padre escucha el carrusel deportivo.

-Para mí eso no es vida. -¿No?

-No. Yo cuando me case

no voy a vivir para trabajar sino que voy a trabajar para vivir.

-Ay, si es que tú eres muy lista, hija.

Ay, madre.

Abren la puerta.

-¿Interrumpo?

-¿Tú qué vas a interrumpir, Roberto?

Además, me marchaba ahora a ver si encuentro a mi marido y...

le traigo para que el potaje no se quede tan frío,

que no lo quieran ni los guarros.

Hale...

Me gustaría hablar contigo, Manuela.

-¿De qué?

Pero si ya te dije todo lo que te tenía que decir.

-Lo sé.

Que no...

que no podrías volver a confiar en mí...

aunque pudieras olvidar lo que hice.

-Sí, y aún así insistes.

-Necesitaba verte.

Marcho de Lasiesta.

-¿Qué?

-Tengo una oferta de trabajo en Madrid, mejor pagado,

y la voy a aceptar.

-Ya, pero ¿y el trabajo en las bodegas?

Mi padre te aprecia mucho y...

quiero decir que si es por el dinero

creo que don Alejandro puede subirte el jornal.

-En realidad ya fui a hablar con don Vicente...

y...

no le quita el sueño que me vaya.

-Y te vas así, de repente.

-Solo busco un futuro mejor para mí.

Los dos sabemos que no hay nada que me ate aquí,

¿no es así?

-Roberto...

que tengas mucha suerte en Madrid, de verdad.

-Gracias.

Cierra la puerta.

-¿Quién ha dejado estas herramientas aquí?

Ya puedes recogerlas si no quieres que te despida ya mismo.

Deja, deja, ya lo recojo yo.

Disculpa, Juan.

¿Se puede saber qué te pasa?

Si queremos que las bodegas progresen

mano dura con estos gandules.

Esos gandules se dejan la vida por nosotros,

merecen un poco de respeto.

Tienes razón, solo que no estoy teniendo un buen día,

y lo he pagado con quien menos culpa tiene.

¿Qué te pasa?

Sofía que...

que ha descubierto lo de la vendedora de cosméticos.

Ahora lo entiendo.

Según Dimas el alcalde me vio subir a la habitación con ella

y lo ha ido cascando como una portera.

Jesús, siento que por primera vez estoy enamorado de verdad,

y no quiero perder a Sofía.

Tenías que haberlo pensado antes de liarte con Claudia.

Ya lo sé, pero soy un desastre.

¿Qué puedo hacer?

Dejar de comportarte como un niño, lo tienes todo para ser feliz,

una familia que te lo aguanta todo,

un negocio que puede empezar a ir muy bien,

y esta vez tenías hasta una mujer a la que amabas.

¿Por qué lo estropeas todo? Si yo lo supiera...

Pero te juro que quiero cambiar.

Como cuando estabas con la hija del boticario

y te liaste con la hija del sastre o...

Sí, no es la primera vez que digo que voy a cambiar,

pero esta vez es en serio. ¿Por qué esta vez sí?

Porque Sofía es la mujer más maravillosa que conozco

y estoy dispuesto a lo que sea para recuperarla

y vivir con ella el resto de mis días.

Imagino que debe estar muy dolida.

Si pudiera dar marcha atrás en el tiempo.

A todos no gustaría una segunda oportunidad,

y eso casi nunca es posible.

Lo siento, hermano.

Quiero brindar por mi fantástica esposa,

porque gracias a ella

firmaremos el contrato que hará que estas bodegas

acaben por fin con el imperio de los Miranda.

No, Vicente, Olea aún no ha dicho la última palabra.

No vendamos la piel del oso antes de cazarla.

Ese oso está muerto

y tiene en la frente el nombre de Santiago Miranda.

-No sé, Vicente,

sabes que no me gusta quitarle clientes a nadie

y menos en circunstancias así.

No quiero que piensen que actuamos por rencor.

Padre, esa gentuza le ha robado un hijo,

por muchos clientes que les quitáramos

no pagarían el daño hecho.

-Aún así.

-No está demostrado que fuera Luis. Ya estamos.

¿Y qué hacía su mechero en la tina donde estaba Gabriel?

-Sabes que eso no demuestra nada.

Sí...

demuestra que Luis es un hijo de perra

y que hicimos bien al separarte de él.

-Te ciega el odio,

todos somos inocentes hasta que se demuestra lo contrario.

En Francia, en esta casa los Miranda son culpables.

-Dejadlo ya, tengamos la comida en paz.

Cada vez que habláis de Gabriel me aumenta la tristeza.

-Lo siento, padre.

-Lo que no entiendo es cómo habéis convencido a Olea.

Como dice tu hermano,

cuando uno prueba el vino Cortázar por primera vez, no lo olvida.

-Sí, ya lo sé, pero vamos, una persona como él,

¿tú crees que rompería un contrato con Miranda por eso?

Por eso y por miedo a que sus establecimientos

se relacionen con un apellido marcado por el escándalo.

Ernesto Olea tenía una imagen idealizada de Santiago Miranda

pero cuando le dije que su hijo estaba acusado de asesinato....

se dio cuenta de su error.

-No me lo puedo creer.

¿Le has dicho eso para que rompiera el acuerdo con los Miranda?

No.

Le he dado la información que le faltaba

para saber con qué gentuza trataba.

¿Has usado la muerte de Gabriel para hacer un negocio?

No te permito que me hables así, ¿me oyes?

Jamás usaría el dolor de esta familia para cerrar un trato

¡Te crees mejor que ellos, pero eres peor!

-¡Elena!

Déjela, padre.

Si no puede ver lo que hago por la familia

no merece sentarse a esta mesa.

Ya he perdido un hijo,

no quiero perder otro por la forma que tienes de hacer las cosas.

Vosotros también creéis que tenía que haberme callado

y que el padre del asesino se llevara el cliente, ¿no?

-Las bodegas Cortázar llevan existiendo décadas,

y nunca hemos recurrido a esos métodos para salir adelante.

Padre, todo lo que hago es por el bien de las bodegas...

pero si quiere que no firme el contrato con Ernesto Olea

solo tiene que pedírmelo.

Eso no cambiaría nada.

-Cuando Santiago Miranda descubra lo que has hecho

va a querer vengarse de nosotros. No será la primera vez.

Sí, pero Santiago Miranda no sabe perder.

Padre, no se preocupe, le haremos frente

hasta que entienda que por primera vez le hemos ganado la partida.

Sí, ¿pero a qué precio?

Me temo que esta victoria nos costará muy cara.

-La quiero Jesús, y no quiero perderla.

Solo tú puedes ayudarme, por favor,

no será fácil convencerla,

por eso ella tiene que pensar que será todo un error,

que fuiste tú quien se acostó con Claudia.

El alcalde le contó que un Reverte subió a la habitación con Claudia,

pero no dijo qué Reverte era.

-¿Var a abandonar Lasiesta para siempre?

-Sí, señor. -¿Por qué te vas, por los cuartos

o por los problemillas que has tenido con Manuela?

-Eso ya no importa, Eduardo,

yo necesito encontrar un lugar donde se me aprecie.

-Se lo pido como un favor personal, si pudiera mediar con su hijo

para que le subieran el sueldo

y yo le estaría profundamente agradecido.

Es que... Roberto se lo merece.

-Cuenta con ello.

-¿Sabes qué creo? Que se va porque le has roto el corazón.

-Que no, se va para prosperar,

y aquí no le suben el jornal.

-Por muy poco jornal que tenga

se quedaría si su corazón tuviera dueña

y que le correspondiera, claro.

-Me consta que su hijo está en el calabozo.

-Mi hijo es inocente, señor Olea.

-Pero de momento está encarcelado

y hasta que no se demuestre su inocencia

mi empresa y mi prestigio prefieren mantenerse al margen de sus bodegas.

Señor Miranda, ya hablaremos.

Pronto los vinos Cortázar estarán en las estanterías

de la mayor cadena de supermercados del país.

¡Maldito cabrón, tú me has robado al cliente, a Ernesto Olea!

¿Pero qué dice, hombre, qué dice?

Ernesto Olea es un hombre libre, hace negocios con quien quiere,

pero si no es con el padre de un asesino, mejor.

¡Vas a pagar por esto!

¡Tú y todo tu familia!

-Sé que estás deseando verle, pero...

no puede ser ahora.

Si vas a la comisaría y tu familia se entera de que has estado viéndole

delatarás vuestro amor.

(BAJITO) -Me da igual,

no aguanto más.

-Necesito ver al detenido, a Luis Miranda.

-Solo pueden visitarle su abogado y su familia.

-Necesito ver a ese hombre.

Ese hombre está acusado de la muerte de su hermano.

-Yo estoy enamorada de él y él de mí,

y no aguanto más sin verle.

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Gran Reserva. El origen - Capítulo 17

04 jun 2013

La detención de Luis activa a Santiago a remover lo que haga falta para poder liberarlo, pero de momento las pruebas en su contra y Ortega no se lo pondrán fácil. Sofía está dolida con Adolfo y este se entera de que ella sabe lo suyo con Claudia, la vendedora de cosméticos.

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