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Para todos los públicos En Portada - Mauritanas - ver ahora
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SUBTITULADO POR TVE

SUBTITULADO POR TVE

Son voces valientes en un extenso desierto.

Apenas cuatro millones y medio de personas viven en este país

de fronteras trazadas con escuadra y cartabón,

que refleja como pocos la transición entre el Magreb y el África negra.

Mujeres luchadoras se abren camino

en esta sociedad patriarcal y desigual,

que discrimina por el género y por el color de piel.

En una república islámica

que ha sufrido cinco golpes de Estado desde su independencia.

En el último país del mundo en abolir la esclavitud.

Pasó por la cárcel con solo once años.

Creció en una familia noble que tenía esclavos en casa.

Ella los incitó a emanciparse.

Su familia nunca se lo perdonaría.

Para domesticarla, su padre llegó a encadenarla.

La hija rebelde se casó a los quince años para huir del maltrato.

Aminettou Mint El Mokhtar lleva medio siglo jugándose la vida

por una sociedad igualitaria.

Que pusieran precio a su vida no la alejó del activismo.

Hoy preside la Asociación de Mujeres Cabeza de Familia.

La llamaron así porque entonces el Ministerio del Interior

no aceptaba hablar de violencia contra las mujeres.

Hablamos con Aminettou entre viaje y viaje.

Participa en numerosos foros feministas,

consciente de que su lucha es la de muchas mujeres,

en su país, en el continente y en todo el mundo.

Es una tarea titánica, pero no se rinde.

Cuando Zeinabou aún era una niña, la obligaban a comer en exceso

para que engordara.

Así sería más fácil casarla.

El "leblouh" o "gavage"

es una práctica tradicional en Mauritania,

donde la obesidad es símbolo de riqueza y canon de belleza,

a pesar de que genera graves problemas de salud.

Afortunadamente, la alimentación forzada ya está en desuso.

Hoy en día Zeinabou pide a los políticos

que incluyan en sus programas la problemática

de la violencia de género.

En su trabajo como matrona, comprobó de cerca que muchas mujeres

sufrían agresiones.

Para ayudarlas, creó la Asociación Mauritana

para la Salud de la Madre y el Niño.

Tiene solo catorce años y ya carga un bebé en sus brazos.

Su hijo es fruto de una violación.

Ha recorrido más de quinientos kilómetros para llegar hasta aquí.

La Asociación Mauritana para la Salud de la Mujer y el Niño

recibe en este centro El Wafa a las supervivientes de violencia.

Y atiende las llamadas al Número Verde,

un servicio gratuito que funciona las veinticuatro horas.

Una vez recogidos los primeros datos,

hay que estudiar su caso para ver cómo ayudarla.

En Mauritania no existen datos oficiales sobre violencia de género.

Desde que se creó este centro El Wafa, en 2005,

aquí han acompañado a más de dos mil quinientas víctimas.

Nueve de cada diez son menores.

Lubna tiene quince años.

Es un nombre ficticio, como el de todas las supervivientes,

para preservar su intimidad.

Le explica a la matrona que aquel día se quedó sola en casa.

La puerta estaba, como siempre, abierta,

cuando llegó un amigo de su hermana mayor que cada día pasaba a saludar.

El agresor se sintió impune y volvió a violarla.

De eso aún no han pasado setenta y dos horas.

La comadrona le da la píldora del día después.

En la segunda agresión hubo un testigo:

su hermano, que volvió a casa.

Lubna se atrevió a contárselo a su madre

y lo han denunciado a la policía.

Muchas supervivientes de violencia sexual

tienen que abandonar los estudios.

Otras ni siquiera saben leer ni escribir.

Las familias suelen dar prioridad a que estudien los hijos varones.

Todas las organizaciones mauritanas

que trabajan en este terreno coinciden:

los casos de violencia de género han ido en aumento.

En los últimos años,

a este centro llegaba un caso cada dos o tres días.

Solo hoy han llegado dos nuevas víctimas.

Es la sala del alivio emocional.

Con la voz rasgada, como si cada palabra le doliera,

Saïda empieza a desgranar el horror vivido.

Tiene apenas catorce años, estudia primero de secundaria.

La madre espera fuera.

A menudo, las familias culpan del abuso a las propias víctimas.

Aquí las escuchan, no las juzgan y las alientan a romper el silencio.

Fatimata ha hecho historia en su país.

logró convertirse en la primera mujer abogada en Mauritania.

Para hacerse respetar en un ámbito que estaba reservado a los hombres,

ha tenido que pelear con uñas y dientes.

Especializada en la protección de menores y mujeres,

hoy trata un caso de divorcio en el que la mujer

reclama la pensión compensatoria.

Su exmarido es su primo.

En Mauritania abundan los matrimonios entre familiares.

Cuando se trata de un caso de violencia de género,

la mujer se enfrenta a la presión social y a la familiar.

En una calle sin asfaltar, como la mayoría en Nuakchot,

está la Brigada de Menores del Oeste.

Creada en 2005, constituye una experiencia piloto

para los casos de violencia de género.

Al frente de la brigada hay una mujer.

Cuando la comisaria nos está explicando el proceso,

llega un caso real y nos permiten rodarlo.

Primero interrogan al agresor.

El hombre admite la agresión.

Después llega el turno de la víctima.

Es una joven de diecisiete años que viene del sur del país.

Su tía lo sabía desde el primer día.

La menor declara ante la policía judicial

y personal del Ministerio de Justicia.

También está presente una asociación de lucha contra la violencia,

que la acompañará durante todo el proceso.

La atención especializada y las campañas de sensibilización

ayudan a romper con el tabú.

Cada vez más menores se atreven a denunciar.

La comisaria Lagdaf pertenece a la primera promoción

de mujeres policía de Mauritania.

En todo el país no son más de trescientas.

Acaba de recibir el certificado médico

que ella misma ha pedido al hospital.

Servirá de prueba de cargo para llevar al agresor

ante la justicia.

El hospital público Madre e Hijo, en Nuakchot,

se alza sobre un antiguo palacio.

Pero las pacientes tienen que esperar su turno fuera.

Hoy, por suerte, no hace mucho calor.

Un guardia de seguridad controla la entrada.

No salta a la vista, pero esta maternidad

se ha convertido en un hospital de referencia en Mauritania.

Aquí se ha creado la primera unidad de atención especial

a las víctimas de violencia de género.

Maya es la comadrona principal y uno de los puntales del proyecto,

impulsado por la ONG Médicos del Mundo.

Farida tiene veinticinco años y está embarazada.

Con el alma destrozada, acude a la unidad contra la violencia

del Hospital Madre e Hijo.

Se derrumba varias veces al contarle a la asistenta psicosocial

lo que le ha hecho su marido.

Cada mes reciben a más de cuarenta víctimas.

Por primera vez, tienen acceso gratuito a todas las pruebas,

análisis y tratamiento que requiere su caso.

Otra novedad: el personal de la unidad

recibe formación específica para abordar la violencia de género.

Y trabaja en colaboración con las dos asociaciones

que luchan en este ámbito.

En Mauritania no existe un sistema de cobertura de salud universal,

como el que podamos tener en España.

Aquí cualquier prestación sanitaria es de pago.

Tienes que pagar por la consulta y por cualquier actividad

de enfermería, cura, medicamentos, etc.

Es la primera vez en Mauritania que hay una unidad especial

de violencia de género reconocida por el Estado,

gestionada por el Estado,

ya que se encuentra en un centro hospitalario público.

Amparo lleva siete años viviendo en Mauritania

y dos bregando con autoridades e instituciones

para que este proyecto saliera adelante.

Para la ONG era indispensable

integrarlo en el sistema público de salud

en un país que no registra los casos de violencia de género.

Si una mujer viene después de haber sufrido

un tipo de agresión sexual, no hay dónde anotarlo.

Porque la única rúbrica en este registro de información sanitaria

es la de los accidentes en la vía pública.

Da igual tener un accidente de tráfico, que te muerda un perro

o que te violen, sale exactamente igual.

Y ese es el problema que tiene el país.

Muchas mujeres se esconden de nuestra cámara,

también algunos hombres.

En esta sociedad hay muchos asuntos de interés general

que apenas se tratan en público.

La violencia contra las mujeres ha sido, hasta hace poco,

un tema tabú.

"¿Y por qué esto?", se lee en varios carteles de la capital.

Para sensibilizar a la población en torno a esta problemática,

Médicos del Mundo ha lanzado esta campaña,

la primera en la historia de Mauritania.

Houleye es periodista, pero se considera, ante todo, activista.

En sus vídeos para la televisión francesa rompe moldes,

aborda los temas que los medios mauritanos no se atreven a tratar.

Houleye predica con el ejemplo

e intenta generar puntos de encuentro entre chicas y chicos.

A menudo organiza charlas sobre temas

relacionados con el género.

Hoy ha elegido una forma de violencia

que afecta aún a dos de cada tres mauritanas:

la mutilación genital femenina.

Salma tenía tres años cuando le extirparon el clítoris.

La hemorragia casi le cuesta la vida.

Desde entonces, sufre al orinar y tiene reglas muy dolorosas.

Pero, a los dieciséis años, la luz ha vuelto a su rostro,

por fin recibe tratamiento.

Unos ochenta y cinco euros.

Nur no solo estaba en condiciones de esclavitud.

En casa de su patrón, fue violada por un vecino.

A los quince años.

En Mauritania, cada vez más niñas van al colegio,

pero todavía en muchas casas adineradas tienen criadas

que son menores.

Todas estas mujeres y niñas han sufrido violencia,

a menudo de varios tipos.

Si reciben ayuda, si se atreven a denunciar

es gracias a las asociaciones que las acompañan y las acogen.

Ellas han conseguido que el Gobierno mauritano tome conciencia

y empiece a actuar.

Mauritania es una república islámica.

La legislación surge de la "sharia".

La blasfemia está castigada con la pena de muerte.

Las relaciones sexuales fuera del matrimonio

también están castigadas por ley.

Muchas víctimas de violencia sexual, al acudir a la justicia,

han sido acusadas de "zina" o adulterio.

Jamila lo sabe bien.

Vino de Guinea-Conakry para estudiar en una escuela coránica.

El director la llevó a su casa, pero ella nunca pisó la escuela.

Estuvo encerrada un año y medio, sin poder contactar con su familia.

Sus hermanos tampoco tienen recursos.

La Asociación de Mujeres Cabeza de Familia los acoge en un centro.

Jamila no sabe si tiene trece o catorce años,

pero ya ha sufrido la violencia y la trata.

Esta exposición sería transgresora en cualquier lugar del mundo.

En Mauritania, todavía más.

La artista Amy Sow ha escogido nombres de mujer

de todos los continentes.

Su mensaje: cualquier mujer del mundo puede sufrir violencia.

Amy es otra superviviente.

Sufrió una violación.

Hace dos años decidió romper el silencio.

Hablar de ello aún le duele.

Prefiere sacar el dolor y la rabia a través del arte.

Muchas mauritanas se cubren con la melahfa,

una tela colorida que disimula las formas de su cuerpo.

La llevan sobre todo las mujeres maduras.

Esa generación se ha abierto camino en una sociedad

donde los hombres aún toman las grandes decisiones.

Mujeres fuertes, valientes, empoderadas,

llevan décadas luchando sin tregua.

Curtidas en un clima adverso, incomodan, pero son necesarias.

Cada avance, cada conquista se la han ganado a pulso

y no están dispuestas a dar ni un paso atrás.

En Mauritania, cada vez más mujeres

saben que tienen que luchar por sus derechos.

Aún queda mucho que conquistar,

pero hoy denuncian la violencia que ayer callaban.

Las mauritanas han roto el silencio

contra las agresiones y las injusticias,

por ellas y por todas las demás.

Y no permitirán que nadie acalle sus voces.

Subtitulación realizada por: Virginia Sander.

En Portada - Mauritanas

10 feb 2020

En Mauritania, los casos de violencia de género han aumentado en los últimos años, según denuncian las organizaciones de la sociedad civil. En Portada narra a través de voces femeninas la problemática de la violencia de género en esta república islámica.

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