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Para todos los públicos Crónicas - Antropoceno, nuestro legado en las rocas - ver ahora
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Vamos a imaginarnos por un momento

que fuéramos un astronauta que viene del espacio exterior,

que llega a la tierra y que se encuentra en este sitio.

Y observa cómo hay un océano con un oleaje,

que rompe contra las rocas, que son oscuras,

y observando las capas geológicas se da cuenta

de que hay unos materiales rocosos de una cierta edad

y otros materiales que en vez de estar verticalizados

están más o menos horizontales.

Son también oscuros pero contienen una serie de evidencias

que llaman la atención.

Estamos observando unos objetos

que están imbricados dentro de la roca,

que forman parte de la misma,

pero resaltan del conjunto del sedimento,

porque tienen, para empezar, un color diferente,

con lo cual, eso a simple vista ya nos llama la atención,

y además cuando los tocamos nos damos cuenta de que no es arena,

a pesar de que esta arena sea escoria de fundición de Altos Hornos,

de la siderurgia, vemos que este material plástico es otra cosa.

El geólogo de la Universidad Pública del País Vasco, Alejandro Cearreta,

es el único científico español

en el Grupo de Trabajo sobre el Antropoceno,

reinta y cuatro expertos que buscan, en la superficie de la Tierra,

las evidencias de que hemos entrado en un tiempo geológico nuevo.

El Antropoceno es una propuesta revolucionaria

que considera al ser humano actual

la principal fuerza de transformación del planeta.

Con ojos geológicos este material no es basura.

Son tecnofósiles que nos están hablando de una especie inteligente

que tiene tecnología y que es capaz

de mostrar dentro de las rocas de su tiempo geológico

las evidencias de su actividad.

Es una reflexión muy poderosa

porque nos dice que somos capaces de hacer geología

y de perdurar geológicamente en el tiempo

más allá de la duración de nuestra propia especie.

El mensaje principal que transmite el Antropoceno

es que es un periodo, una época, un tiempo de vida

en el que el planeta está afectado muy profundamente y muy globalmente,

por las actividades de una especie, de homo sapiens.

Homo sapiens, cambia las cosas de una forma radical.

Tiene un impacto neto

sobre los procesos de la materia y de la energía sin precedentes.

Seguramente otras formas de vida, microorganismos de muchos tipos

podrán sobrevivir a un planeta recalentado y con el nitrógeno,

el agua y el carbono cambiados de sitio, pero nosotros no.

Sabemos que llevamos rumbo de colisión,

que esto no es sostenible,

pero de colisión con qué con las condiciones del planeta

que permiten nuestra propia subsistencia.

La discusión sobre el Antropoceno es útil también

para esta posible toma de conciencia

sobre donde estamos realmente

en este siglo XXI que yo llamo hace tiempo,

El Siglo de la Gran Prueba.

Si hubiera que sintetizarla en una frase

sería los efectos del choque de las sociedades industriales

contra los límites biofísicos del planeta Tierra.

El movimiento de materiales

que estamos haciendo los seres humanos ya desde hace un tiempo

supera todos el arrastre de sedimentos de todos los ríos,

la actividad fluvial, digamos, del Planeta Tierra.

O por ejemplo, a consecuencia

del desarrollo de la agricultura industrial

y el uso de fertilizantes de síntesis,

estamos alterando, incluso, grandes ciclos biogeoquímicos

de la Tierra como son el ciclo del fósforo o el ciclo del nitrógeno.

O se puede ver también constatando la devastación biológica

producida sobre las poblaciones, los individuos

y las especies de seres vivos

que ponemos bajo el rótulo de la Sexta Gran Extinción,

la sexta mega extinción.

Eso es también es un impacto de escala geológica.

El homo sapiens es un recién llegado a la Tierra.

La mayor parte del tiempo hemos sido una especie inofensiva,

pero ahora nos comportamos como un meteorito

que ha impactado contra el planeta.

El choque está siendo tan brutal

que la comunidad geológica debate

si ha llegado el momento de decir adiós con el Holoceno,

la época en la que vivimos desde hace unos doce mil años,

y abrir una nueva etapa en las Edades de la Tierra.

La propuesta del Grupo del Antropoceno

es fijar su comienzo en la segunda mitad del siglo XX.

Geológicamente el inicio y el fin de un tiempo geológico

tienen que ser simultáneos y globales en todo el planeta.

La denominada Gran Aceleración,

el momento en el cual todos los indicadores de población humana,

de consumo de agua, de intercambio económico,

de consumo de materias primas,

comienzan a ser sincrónicos y globales

después de la II Guerra Mundial.

Y también porque tienen un indicador

que es el máximo que podemos aspirar en geología

para la idea de la sincronicidad y globalidad,

que son los isótopos radioactivos

producidos por las explosiones atómicas atmosféricas.

Inicia una cadena de explosiones atómicas

por parte de las superpotencias,

pero desde el punto de vista geológico

es más importante lo que ocurre a partir de 1952

con las explosiones termonucleares en la atmósfera.

Generaron nuevos isótopos radioactivos,

el plutonio 239-240, el cesio 137, el estroncio 90

y otros isótopos de vida corta

que se inyectan en la atmósfera, en la parte alta de la atmósfera,

que se difunden a nivel global en todo el planeta

y que poco a poco han ido decantando hacia la superficie terrestre.

De modo que todos los sedimentos

que se han depositado en nuestro planeta desde el año 1952

contienen isótopos radioactivos de origen artificial

producto de las explosiones atómicas en la atmósfera,

nos encontremos en el fondo oceánico, en una playa, en un parque,

en el continente europeo, en la Antártida

o en cualquier lugar del planeta.

El paleontólogo, Juan Carlos Gutiérrez Marco,

acostumbrado a mirar los procesos del pasado

con una perspectiva de millones de años,

es parte de los miembros de la comunidad científica

que consideran la escala de tiempo humana

con la que trabaja el Antropoceno carente de consistencia geológica.

En los años 50 y 60 se producían explosiones en la atmósfera

y había mucha contaminación radioactiva en la atmósfera.

Hubo los tratados de desarme

y entonces, dejaron de producirse esas explosiones.

De todos modos, la vida media del plutonio 239

que es el isótopo artificial que se pretende utilizar

para definir el Antropoceno cuando se registren los sedimentos

pues me parecen que son 24 100 años,

y es detectable durante cien mil años en los sedimentos,

eso a escala geológica no es nada, es decir,

que no va a perdurar esa señal.

Entonces, a escala de una vida humana pues pocas cosas se han hecho

excepto que nosotros nos estamos,

la humanidad nos estamos cargando nuestro propio ecosistema,

no el Planeta, porque el Planeta es una cosa muy grande,

pero sí el ecosistema en el que vivimos nosotros

y las especies que conviven con nosotros.

El calentamiento global es la consecuencia más evidente

de las agresiones que infligimos al sistema.

Si la temperatura

sube por encima de un grado y medio sobre los valores preindustriales,

habremos sobrepasado una línea roja.

Vivimos como si tuviéramos

casi dos planetas a nuestra disposición,

y esta voracidad está alterando ciclos esenciales para la vida,

como el ciclo del carbono.

Emitimos a la atmósfera un carbono

que ha tardado cientos o miles de años en almacenarse

y probablemente miles de años en fosilizarse

y ponerse en las formas de petróleo, o de carbón, o de gas.

Y nosotros en apenas unas décadas,

o a veces en unos años o en unas horas

movilizamos unas cantidades de carbono,

lo ponemos en la atmósfera de donde saldrá,

mediante los organismos fotosintéticos,

a unas velocidades mucho más lentas de las que nosotros lo incorporamos.

Con lo cual hemos desequilibrado una parte del ciclo,

hemos acelerado una parte del ciclo

y esto está teniendo estas consecuencias de calentamiento.

Por encima de ese grado y medio

y sobre todo si nos vamos por encima de los dos

el sistema se comportaría de una forma difícil de predecir

y estamos anticipando y estamos viendo

con las tormentas tipo Gloria

o con lo que le ha ocurrido a Australia,

estamos viendo muestras de cómo sería ese sistema desestabilizado

y exponencialmente cambiante.

Si las cosas van mal en el calentamiento global,

si llegamos a tres grados, cuatro grados,

cinco granos, que es el camino en el que estamos,

la senda que seguimos ahora

con respecto a las temperaturas preindustriales,

posiblemente no haya seres humanos, o puede haber una humanidad residual

viviendo en condiciones infernales alrededor del Ártico,

o en la Antártida.

Y ese riesgo de antropocidio, de aniquilación,

se da por primea vez en la historia de la humanidad.

Niveles CO2 más altos que los actuales ha habido muchas veces,

temperaturas más altas también,

y la Tierra sigue ahí.

Pero nosotros como especie somos muchísimo más sofisticados,

necesitamos muchos recursos, y si todo esto pasa,

los perjudicados vamos a ser nosotros.

El Planeta, si no le gustamos, nos va a echar,

porque nosotros necesitamos al planeta,

el planeta no nos necesita.

La Tierra ya ha superado cinco grandes extinciones,

aunque por el camino han desaparecido

la mayor parte de las especies.

Esos organismos de otros tiempos

se quedan atrapados en los sedimentos y las rocas,

se fosilizan y se convierten en marcadores que señalan

el final de un tiempo geológico y el comienzo de otro.

Hay períodos o límites geológicos que están marcados

por grandes extinciones a nivel mundial.

Puede desaparecer, en algunos casos,

hay una extinción que desaparecieron

más del 95% de las especies que había en nuestro planeta.

Eso es evidente que marca un límite,

porque las rocas que tenemos por debajo tienen esos fósiles

y las que tenemos por arriba no los tienen.

Hace 65 millones de años,

un meteorito de al menos 10 kilómetros de diámetro

chocó contra la Tierra.

Fue el final de los dinosaurios y del 70 % de las especies.

Aquel apocalipsis nos sigue contando una verdad que no queremos escuchar:

en toda gran extinción hay ganadores y perdedores.

Y en la Sexta extinción, también los habrá.

Estamos muy por encima, del orden de al menos diez veces,

algunos dicen que incluso cien veces más

de la tasa de extinción natural de las especies.

Lo paradójico es que estamos llevando al planeta a unas condiciones

en que una de las especies

que se podrían extinguir en este pool sería la nuestra, nosotros mismos.

Podríamos estar siendo cómplices de nuestro propio final.

En el Antropoceno estamos poniendo al planeta

contra las cuerdas a una velocidad exponencial.

Es como si le quitáramos un orden de magnitud,

prácticamente, lo que solía ocurrir en milenios ocurre en siglos,

lo que ocurría en siglos ocurre en décadas,

y lo que ocurría en décadas ocurre en años.

Y muchas de las grandes incidencias que tenemos sobre el Planeta

y su funcionamiento son, precisamente, sin querer,

como un aprendiz de brujo que no es consciente de su poder.

Hemos incluso afectado el eje de inclinación de la tierra,

muy poco, pero lo hemos afectado de forma perceptible.

Y una vez más lo hemos hecho sin querer.

El término Antropoceno yo creo que es un término

que también tiene un punto culpabilista,

es como una vacuna colectiva que implica que ese daño es irreversible.

Una vez que entras en el Antropoceno ya no tienes vuelta atrás.

Llevamos 70 años de Antropoceno,

imaginemos que dentro de otros 50 años hay gente clarividente,

se inventa algunos dispositivos de generación de energía nuevos,

inconcebibles ahora, de energía limpia,

y se revierte todo el asunto.

¿Qué hacemos, creamos un nuevo periodo

para para definir que el periodo sucio de la humanidad

ha quedado atrás?

Me parece que no es serio.

La Gran Aceleración de los años 50 fue un fenómeno global

ligado al desarrollo capitalista

que tuvo su traducción local en la Ría de Bilbao.

El mineral de hierro estaba cerca, era fácil de extraer,

se podía procesar sin salir de casa y, además,

ofrecía una salida natural al mar.

La siderurgia vizcaína generó dinero, trabajo y prosperidad.

Pero fue a costa de convertir la Ría en una cloaca.

Si podemos decir algo que caracteriza la Ría de Bilbao

es que no hay un solo cm, literal, un solo cm natural.

Todo está ocupado, rectificado, canalizado,

para dar un servicio a los intereses económicos de la población

que ha vivido aquí durante los últimos siglos.

A mediados del siglo XIX,

con la explotación minera

y el asentamiento de los Hornos industriales,

sobre todo los Altos Hornos, comienza la ocupación física del territorio.

Todas las fábricas y Altos Hornos

se asientan sobre los antiguos dominios de la Ría.

Alejandro Cerreta y su equipo sondean la Ría

para conocer su evolución ambiental.

A 35 metros de profundidad, están los sedimentos del estuario virgen,

tienen unos nueve mil años.

Unos cuantos metros más arriba encuentran la huella del siglo XIX,

y el sondeo que están haciendo tiene la edad del Antropoceno.

En este pequeño testigo de 50 cm

lo que tenemos es las últimas décadas de historia más reciente.

Aproximadamente los 20 cm superficiales

representan la etapa actual,

la etapa que podemos llamar post industrial,

en la cual hay una mejora

en las condiciones ambientales del estuario

porque ha habido cierre de fábricas,

ha habido una política ambiental

con el fin de eliminar los vertidos directos hacia el estuario

con lo cual hay menos metales,

menos contaminantes orgánicos, más cantidad oxígeno, etcétera,

y esta seria la primera etapa, la parte más superficial,

y a continuación tendríamos los siguientes 30 cm

en este caso, tendríamos el final de la etapa industrial más dura,

la etapa industrial con muchos contaminantes,

sin restos de microfósiles, sin oxígeno, etcétera.

Fue el peor momento ambiental de la Ría.

Solo las bacterias pudieron sobrevivir a tanta contaminación.

De los Altos Hornos de Vizcaya sólo ha sobrevivido

este gigantesco fósil de 80 metros de altura.

El Alto Horno número 1 se apagó en 1993

y ningún otro se ha vuelto a encender.

Es el símbolo del pasado industrial de la Ría.

La margen izquierda recibió los impactos ambientales,

y la margen derecha los beneficios económicos.

La industria lo mandaba todo y dominaba todas las decisiones

y por tanto los impactos en este caso

también sobre el paisaje son absolutos.

En un espacio territorial muy muy concreto

prácticamente hablamos de escasos kilómetros cuadrados,

podríamos hablar de que concentrábamos del entorno

de doscientos mil puestos de trabajo, doscientos mil trabajadores.

El transporte,

todos los condicionantes desde el punto de vista urbanístico,

las necesidades que había de alojamiento

para tratar que todas esas familias

pudieran vivir en este caso al lado de la fábrica,

todo tiene unas consecuencias sobre el territorio importantísimas

que a día de hoy las consecuencias de todo aquello,

incluso las seguimos viendo.

Incluso la propia configuración de nuestros pueblos

y nuestros municipios también es consecuencia

en este caso, del desarrollo industrial,

por tanto, vivimos, en este caso, en un espacio absolutamente

perteneciente al periodo del Antropoceno.

El testigo que el equipo del profesor Cearreta

ha recogido en la Ría de Bilbao,

se analiza en este laboratorio de isótopos

de la Universidad de Cantabria.

Miden los elementos radioactivos de la muestra,

la huella de las explosiones atómicas de los años 50

en los sedimentos del estuario.

Todos estos elementos radioactivos que se liberaron en aquellas pruebas

han ido posando sobre la superficie,

sobre la corteza terrestre, y nosotros es lo que medimos.

En estos que tenemos aquí, el cesio 137,

que es uno de los elementos que más se produce

cuando hay una explosión nuclear

o cuando hay un accidente como el de Chernóbil

también el cesio 137 también es de los que más aparece,

o cuando un accidente como el de Fukushima

también se libera a la atmósfera muchísimo cesio 137 y otros.

Una vez que nuestra especie no esté en el planeta,

todas las construcciones humanas, sean científicas o artísticas,

no van a poder ser interpretadas por ninguna otra especie.

Una vez de que nosotros no estemos,

la idea del Antropoceno, pero lo mismo la idea del Jurásico,

o del Carbonífero o un cuadro de Botticelli,

no servirán a ninguna especie, porque serán incapaces de entenderlo.

Solo el homo sapiens

puede interpretar el lenguaje de las piedras,

inertes y silenciosos,

nos cuentan cómo era nuestro mundo en tiempos remotos

y qué seres fantásticos lo habitaban.

No hay en el planeta

ningún otro testimonio de lo que pasó hace millones de años,

antes de que el hombre pudiera documentar su historia.

Cuando un geólogo abre las rocas

accede al código secreto que descifra la historia de la Tierra.

Son los guardianes del tiempo.

Si vemos rocas volcánicas evidentemente

nos van a hablar de que ahora

o hace muchos millones de años había erupciones volcánicas.

Determinados tipos de rocas sedimentarias,

que son suelos fósiles,

pues nos van a decir

cómo era la superficie de la tierra en ese momento

o también nos van a decir la vegetación que había.

Las rocas marinas nos van a decir los animales

y las plantas que habitaban esos mares.

De la misma manera que ahora podemos ver rocas que se están formando

y nos van a dar información sobre nuestro planeta en la actualidad.

Queremos saber si existen rocas del Antropoceno,

piedras que se forman en menos tiempo del que dura una vida humana.

La respuesta es un viaje al noroeste de la isla de Tenerife.

Si miramos en detalle, las rocas que nosotros vamos a estudiar,

ni siquiera figuran en este mapa.

Este mapa es del año 1985 y esto nos indica o esto es,

porque esta rocas se formaron después de 1985,

es decir, son rocas que prácticamente acaban de nacer.

Ana María Alonso lidera un trabajo de investigación

en el que cuatro actores, rocas volcánicas, agua,

vegetación y actividad humana,

están formando rocas en menos de 30 años.

En geología esto es algo muy excepcional,

pues en general se asume que los procesos geológicos,

salvo los terremotos, los volcanes o las inundaciones,

suceden a una escala temporal de millones de años.

Pero aquí, en Lomo Morín,

vamos a ver cómo este paisaje se forma a una escala de tiempo humana.

-Estamos en tierra de volcanes

y debajo de esta exuberante vegetación

pues están las rocas volcánicas

que se han formado a lo largo de millones de años

por la llegada del magma desde el interior de la tierra.

También tenemos el agua,

el agua que continuamente se va infiltrando desde la lluvia,

que va introduciéndose hacia el interior de la tierra

y en ese contacto agua roca

el agua se va cargando de determinados elementos químicos

entre los cuales se encuentra el calcio.

Hasta que en un momento determinado y gracias a la mano del hombre,

se alumbra, ese agua sale al exterior.

El canal de riego nos marca el camino que tenemos que seguir

para encontrar las rocas del Antropoceno.

A simple vista, no pasa nada,

aunque los geólogos si han empezado a observar procesos interesantes.

El agua retiene el calcio, pero va perdiendo el gas,

el CO2 que también adquirió en el interior de la tierra.

Lo hará lentamente mientras circula por el canal,

y de forma abrupta si cae por una pendiente.

Los agricultores isleños lo sabían

y condujeron el agua hasta la cascada de Lomo Morín.

Estas aguas que utilizaban para el riego

necesitaban agua que no tuvieran una gran concentración de minerales,

y la forma de conseguir este agua más depurada

fue dejando que el agua corriera por la superficie del terreno

haciendo precipitar el carbonato cálcico,

y el resultado fue un agua mucho más limpia,

mucho más pura,

con la cual pudo regar las extensiones de plataneras

que están al pie de esta cascada, de alguna manera, artificial.

Es roca en tiempo real, es roca a escala de años,

hemos visto el sistema vivo ahora mismo,

se han formado todos estos metros de roca,

que además han dado lugar

a este paisaje maravilloso de cascadas petrificadas.

Creo que es fácil ver

que aquí están las plantas como protagonistas de esta historia.

Lo que vemos es que sobre los tallos de estas plantas

que colgaban de estas preciosas cascadas se va acumulando poco a poco

la calcita formando distintas capas concéntricas.

Una vez que se ha formado la calcita las plantas dejan de respirar

y se mueren, entonces se pudren, y por tanto, nos quedan sus huecos.

Y esto es lo que vemos aquí, los huecos de las plantas.

Formaciones similares

son muy frecuentes en muchos lugares del mundo

y también en la Península Ibérica, sobre todo,

pero allí la acumulación de carbonato

o de calcitas suele ser de unos milímetros al año.

Aquí estamos hablando de la formación de metros al año.

Esa diferente velocidad se debe

a que estas cascadas son el resultado de la actividad humana,

rocas pertenecientes al tiempo del Antropoceno.

Aquí tiene todo su sentido, o sea,

hay una simbiosis entre la naturaleza con todo,

hay nidos de pájaros abundantes dentro de lo que son los naranjos,

inclusive hacen en las piñas los nidos.

No sé, es una diversidad

y he procurado siempre que sea todo lo más natural posible.

La filosofía es procurar no echar tratamiento químico,

ya sea ni aguas ni aéreo, hay que echar tratamientos ecológicos,

el caso de una resina de pino

para controlar casi todas las plagas y muy poco más.

En esta finca tenemos plátanos viejos,

una variedad de hace cien años

y luego tenemos una parte que es nueva.

Y se ve que la variedad vieja

es mucho más resistente a plagas de todo tipo

en cambio en las nuevas hay que estar haciendo cambios

o cultivando frecuentemente, o sea,

arrancar y volver a sembrar.

La finca de Francisco Melo es un espacio de resistencia

frente a la agricultura industrial.

La revolución verde da de comer a una humanidad

de casi ocho mil millones de personas,

pero a cambio los fertilizantes químicos

han sustituido a los procesos naturales

y los monocultivos a las variedades locales muchos más resistentes.

En el camino estamos perdiendo la biodiversidad,

el escudo que nos protege de agresiones externas.

Hay muchos estudios que demuestran

como los ecosistemas más capaces de tolerar una perturbación,

son aquellos ricos en especies,

los ecosistemas que son más productivos,

que funcionan mejor,

normalmente tienen complementariedad entre grupos de especies

que se reparten las funciones y que se complementan

y hacen que el colectivo funcione mejor.

Así que la biodiversidad no es un lujo,

la biodiversidad es el corazón mismo

del funcionamiento de los ecosistemas.

Lo ideal que intentamos es mantener una agricultura de zona

para evitar el traslado muy kilométrico,

evitar el transporte lejano, el kilómetro cero que se le llama,

producir en la zona para la zona.

Si todo el mundo va a comprar las papas fuera

los campos aquí no se cultivan.

Y es una idea de sostenibilidad:

cultivas aquí, produces aquí, vendes aquí.

En la agricultura tradicional comemos energía solar

y en la agricultura industrial

estamos comiendo petróleo y gas natural.

Entonces, eso va a durar poco,

el comer petróleo y gas natural pues tiene un recorrido limitado.

Nuestro sistema industrial de agricultura

es absolutamente dependiente de los hidrocarburos fósiles.

Y estos se agotan.

Ese debería ser el planteamiento de base de cualquier reflexión

sobre la demografía, cómo vamos a hacer

ahora que no va a haber petróleo y gas natural

para construir cuerpos humanos.

La mitad de la humanidad vive ya en grandes ciudades,

mega urbes que funcionan como organismos vivos

con un metabolismo propio.

La tecnosfera está generando sus propios fósiles.

Se llaman tecnofósiles

y son la huella de los inventos humanos

en los sedimentos y las rocas.

En algunos trabajos se habla que en este momento

existen más objetos humanos diferentes

que especies diferentes en nuestro planeta.

Estamos hablando de cientos de millones de objetos diferentes.

Inventamos un nuevo modelo de teléfono móvil

que se vende simultáneamente en todas las tiendas de esa marca

y en todas las ciudades del mundo.

Y va a dejar de estar en esas tiendas

y por tanto de ser parte del comercio internacional

instantáneamente también, dos años después, por ejemplo.

Esos dos años van a quedar perfectamente datados

o datables en el futuro por la presencia de ese tecnofósil,

de ese miembro de la tecnosfera humana

que sólo va a estar presente ese lapso de tiempo.

Y así con muchos otros modelos de teléfonos móvil

o modelos de muñecas Barby, o modelos de bolígrafos,

de vehículos de motor de lo que sea.

Los defensores del Antropoceno

con relación a lo que puede perdurar en el registro geológico

están llamando tecnofósiles a cosas que todavía no son fósiles.

Pero es que nunca lo serán.

Por ejemplo, una botella de plástico,

susceptible de ser llamada tecnofósil.

Esta botella va a durar 150 años, nada a efectos del tiempo geológico.

Un teléfono móvil modelo antiguo jamás va a fosilizar,

igual que los plásticos más duraderos,

como un envase de yogures, o, por ejemplo, una pajita

o los plásticos destinados a contener líquidos calientes.

Estos su máxima vida son mil años,

que a escala geológica no es absolutamente nada.

Por el contrario aquí tenemos un hacha de piedra prehistórica,

del Paleolítico,

y esto a pesar de haber sido hecho por un ser humano no es un tecnofósil

y esto va a perdurar toda la vida, porque esto es un instrumento lítico.

La hipótesis del Antropoceno no niega el registro arqueológico

ni el impacto del hombre sobre la Tierra

en otros momentos de la historia.

Lo que sostiene es que esas trasformaciones

son planetarias y exponenciales

a partir de la segunda mitad del siglo XX.

En la Playa de Tunelboca, muy cerca de Bilbao,

hay rocas que están formadas por materiales humanos.

Es un depósito de playa natural

pero formado por materiales que no son naturales.

Es una roca muy joven, es un depósito de playa

formado en los últimos 70 años, y constituido por aproximadamente

un millón de toneladas de escorias de fundición de Altos Hornos

que fueron vertidas aproximadamente desde el año 1902

hasta mediados de los años 90.

Se vertieron se calcula

que unos 30 millones de toneladas en mar abierto,

lo que ocurre que algunos de esos materiales

se vertieron demasiado cerca de la costa,

fueron atrapados por el oleaje, por las mareas

y fueron depositados justamente en la base del acantilado.

Vemos que está completamente litificado

y vemos que hay dos tipos de tamaño de grano importantes.

Por una parte la arena, y por otra,

estas bandas de grava que representan episodios de tormenta

cuando este depósito se formó.

Con el paso de los años, el oleaje ha devuelto a la playa,

junto a las escorias,

los restos fósiles de aquellos Altos Hornos

que funcionaron a toda máquina a partir de los años 50.

Los componen materiales totalmente distintos

a los de cualquier otro tiempo geológico.

En este caso, por ejemplo,

que tenemos una buena muestra de ello,

tenemos un depósito antropoceno

donde podemos encontrar diferentes elementos

que responden a esta idea de tecnofósil.

Por ejemplo, tenemos ladrillos refractarios de color naranja

que destacan muy bien en este conjunto de escoria de la siderurgia,

y estas piezas cilíndricas de color amarillo

también formadas por material refractario

pero que son piezas distintas

dentro del proceso de fabricación industrial,

de extracción industrial del hierro.

Si perduran en el tiempo estos tecnofósiles

hablarán de nuestra tecnología

y de una época en la que fundimos los recursos del planeta

a una velocidad sin precedentes.

Nos haría falta en algunos sentidos una contracción de emergencia

para poder intentar salir medio bien de esta tesitura histórica

tan difícil.

Vamos a vivir con menos energía lo queramos o no,

eso quiere decir que viviremos también más despacio lo queramos o no

viviremos de manera más sencilla lo queramos o no.

Lo importante sería poder discernir cuáles son nuestros fines,

qué es realmente lo que queremos como sociedad,

a qué llamamos vida buena y cuáles son los componentes de la vida buena.

Subtitulación realizada por Beatriz Barroso Bravo.

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Crónicas - Antropoceno, nuestro legado en las rocas

23 sep 2020

‘Antropoceno, nuestro legado en las rocas’ es un trabajo que reflexiona sobre si estamos ante un nuevo periodo en las Edades de la Tierra. El nuevo tiempo se llama Antropoceno y nace en la segunda mitad del siglo XX, coincidiendo con el desarrollo de las sociedades industriales.
Un equipo del programa ha visitado paisajes donde las rocas se forman en menos de 20 años, debido a la acción del hombre; y playas acantiladas donde los sedimentos son escorias de la industria del hierro. En el Antropoceno, el ser humano es un agente geológico comparable a las fuerzas naturales.
Movemos más sedimentos y materiales que todos los ríos del mundo. Hemos alterado los ciclos naturales del carbono, el agua o el nitrógeno, esenciales para la vida. Y destruimos la biodiversidad con una ignorancia suicida. De hecho, estamos a las puertas de la sexta Gran Extinción, sin tomar conciencia de que nuestra especie tiene todas las cartas para desaparecer.
Aunque el Antropoceno sólo tiene 70 años, ya está generando sus propios fósiles. Les han llamado tecnofósiles y son la huella de los inventos humanos en los sedimentos y las rocas. Los isótopos radioactivos de las bombas nucleares, los plásticos, el cemento o los teléfonos móviles podrían hablar de nosotros cuando ya no estemos aquí.

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