Presentado por: Alexandra Alévêque Dirigido por: Christophe Castagne | Jérôme Mignard | Stéphane Jacques | Mikaël Lefrançois | Alexandra Alévêque

Alexandra Alévêque, periodista, vivirá la vida en las ciudades más extremas del mundo. Cada episodio nos ofrece una reflexión sobre la increíble adaptabilidad de las personas y las soluciones que aportan.

Alexandra Alévêque, periodista, vivirá la vida en las ciudades más extremas del mundo. Durante varias semanas vive, come, se mueve, a -52 °C en la ciudad más fría del mundo, empapada hasta los huesos en la más húmeda o sin aliento a cada paso, en la ciudad más alta de nuestro planeta. Cada episodio nos ofrece una reflexión sobre la increíble adaptabilidad de las personas y las soluciones que aportan, tanto conductuales como organizativas. ¿Cómo son estas inusuales ciudades? ¿Cómo viven sus habitantes? ¿Qué tenemos que aprender de ellos?

Y es que mañana todos seremos urbanos ... El hombre, inexorablemente, quiere vivir en la ciudad. Dos tercios de la población mundial estarán hacinados en 2030, y esta cifra seguirá aumentando. El resultado está ahí: Ciudades que crecen, en cualquier lugar, de todos modos. Y hombres para vivir en ellos, adaptarse a ellos y encontrar la manera de convertirlos en su 'hogar, dulce hogar'.

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Para todos los públicos Bienvenidos a mi extraña ciudad - Episodio 8: Aarhus - Ver ahora
Transcripción completa

Os tengo que confesar una cosa,

por más que me gusten las bromas, soy una gruñona empedernida.

Como buena francesa y buena parisina,

soy una maestra en el arte de quejarme.

Para curarme de este mal, aparentemente incurable,

me han aconsejado que viaje a Dinamarca,

el país más feliz del mundo, según una clasificación de la ONU.

Francia está en el puesto 24.

¡Pobrecitos nosotros!

Me han dicho:

«Ya verás, Dinamarca es genial,

es el país del hygge», palabra impronunciable.

¡Va por el hygge!

¡Ay! ¡Mierda! ¡Mecachis! ¡Mierda!

Se acabó el quejarme continuamente.

Para sentirme bien conmigo misma,

he decidido viajar a la ciudad más feliz de Dinamarca

o, lo que es lo mismo, la ciudad más feliz del mundo.

¡Ahí queda eso!

Se trata de Aarhus,

la segunda ciudad del país después de Copenhague,

al este de la península de Jutlandia.

(Música)

Pero ¿cómo hacen estos daneses para estar siempre de buen humor?

Dinamarca no da mucho juego:

en invierno es casi siempre de noche

y en verano, llueve.

Si esta gente es tan feliz es porque deben de tener algún secreto.

Si no, no me lo explico.

(Música)

(Música)

(Música)

BIENVENIDOS A MI EXTRAÑA CIUDAD

(Motor de avión)

Empieza mi viaje al país del hygge,

el arte de la felicidad a la manera danesa.

Admito que tras leer cincuenta páginas al respecto,

no termino de entender bien de qué se trata.

Ya veremos.

Dispongo de quince días

para descubrir las recetas de la felicidad

en la ciudad más feliz del mundo, Aarhus,

de trescientos mil habitantes,

poco más grande que Rennes y con un cielo gris plomizo.

¡Qué suerte la mía!

Mi familia de acogida ya me lo había avisado:

«Seguro que te cuesta encontrarla».

Cierto, la casa está algo alejada de la ciudad.

Cualquiera diría que está en pleno campo.

(Pica en la puerta)

¡Hola! ¡Hola! Debes de ser Alex.

Sí. Bienvenida.

Soy yo, la francesa.

¡Has encontrado la casa! Tú debes de ser Ditte.

Sí, bienvenida.

Me alegro mucho de conoceros. -Igualmente.

Gracias.

Y hablando de felicidad,

creo que he acertado con Ditte y Anders.

Su hija mayor se llama Smilla, que significa «sonrisa» en danés,

y la pequeña, Sommer, «verano».

Todo encaja, estamos en junio. Todo muy estival.

¿Sabes? Es la primera vez que estoy en Aarhus y en Dinamarca.

¿Sí? Sí. Para mí es todo nuevo.

Bienvenida. Gracias. ¡Gracias!

Es la ciudad y el país más feliz del mundo.

Sí, eso he oído.

Es lo que me han contado. Sí.

¿Es cierto?

Creo que a veces sí y otras, no tanto.

¡Genial! Genial. Lo comprobaremos.

Te va a mostrar dónde vas a dormir.

¡Pero si la cama está arriba!

¡Ay, mi madre!

Es genial.

Qué chulo, ¡me encanta!

Voy a dormir mirando las estrellas.

¡Gracias!

Muy chulo.

Entra muchísima luz. Sí.

¡Sí! Genial.

¿Qué es eso? Es un alce.

¡Es enorme! Sí, es enorme.

Me encantaría contarte que lo cacé yo,

con un arco y mucho esfuerzo físico,

pero la verdad es

que un amigo de mi hermano se ha ido a viajar por todo el mundo

y no sabía qué hacer con él,

así que me lo he quedado yo.

Me encanta vuestra casa.

A lo mejor, en mi maleta viene algún regalito.

¡Bien! ¡Sí!

Vamos a ver, ratoncita.

-Sí, háblale en francés, no te cortes.

Seguro que al final lo aprende.

Yo tengo dos semanas para ser feliz

y ella tiene dos semanas

para aprender francés y volverse gruñona.

¡Hecho a mano!

-¡Mirad!

¿Qué es esto?

-¡Dinamarca! -¿Sí?

¡Dinamarca!

Acabo de llegar y ya me siento a la mesa.

Tendré que acostumbrarme a los horarios de esta casa:

aquí se cena a las seis en punto.

¿Un poco de lasaña?

¿Lasaña? Sí.

Sí, gracias.

Decidme, ¿por qué creéis que la gente dice

que los daneses sois los más felices del mundo?

¿De dónde creéis que sale eso?

(Música)

¿El sistema sanitario francés es gratis?

Sí. Vale.

-¿Y la educación es gratuita? Sí. Sí.

-¿Y el Estado os da ayudas para estudiar?

Sí.

¿Sí? Sí.

¿Y os quejáis? No entiendo por qué no sois vosotros los más felices.

Buena pregunta.

Quizá, al final de mi estancia, habré encontrado la respuesta.

¿Quién sabe?

Vamos allá.

Primera noche en mi habitación, con todas mis cositas.

Venga. Subiré por esta escalera.

Tengo todas las papeletas para caerme.

Esta noche mejor no me levanto de un salto.

Son exactamente... ...las once y cuarto de la noche

y no es totalmente de noche. Aún no.

Qué calor.

Así no podré dormir.

Tengo que dejar de quejarme y adoptar una buena actitud.

(Música)

Es mi primera mañana en Aarhus

y reconozco que, visto lo visto, no tendría mucho sentido quejarme.

Empieza el verano, hace un tiempo maravilloso

y Ditte me ha invitado a acompañarla en su jornada de trabajo.

Ditte da clases a pocos kilómetros de su casa

y allí lleva a Smilla y a una amiguita que vive cerca.

¡Cualquiera diría que van al colegio! Es de locos.

¿Puedes preguntarles

si están contentas de ir al colegio así, en bicicleta?

Niñas, ¿os gusta ir así al colegio?

Sí. ¿Sí? ¡Qué sorpresa!

Sí.

No me extraña que les guste. Esto es el paraíso.

¡Ay! ¡Merde! ¡Me caigo!

Eso lo he entendido.

-Ya sabemos una palabra en francés.

¡Merde!

-Sí, pero ojo, porque, si la decís,

Alexandra os va a entender.

Ditte, cuidado, que nos adelanta una persona corriendo.

(Música)

Esto es precioso. Es como vivir en el campo.

Campos...

vacas...

Sí. Me recuerda a Francia.

Ni que estuviéramos en Borgoña.

Increíble.

Ditte enseña danés en la escuela libre de Aarhus,

una institución privada concertada,

cuyo lema recuerda al del hinduismo de los años 70:

«Juega, sonríe, ama».

Y lo mínimo que se puede decir es

que los métodos de aprendizaje son, cuanto menos, originales.

(Cantan)

He aquí el ritual que se sigue a diario

para empezar las clases de primaria.

Los alumnos entre seis y once años se reúnen alrededor de Yohan,

el profesor de música,

para improvisar una canción al piano.

Así empiezan el día, cargados de energía y buen humor.

(Cantan)

-Uno de los principales objetivos de este colegio es

que los niños tengan ganas de vivir,

que sean felices cuando llegan por la mañana y cuando se marchan.

Queremos que la alegría sea

un ingrediente fundamental de la vida escolar.

Creemos que la felicidad es

un punto de partida óptimo para adquirir conocimientos.

¡Y ahora con palmas!

(Cantan)

La música amansa a las fieras, ya se sabe.

Además, los alumnos de Ditte parecen muy despiertos.

Hasta ahí, nada sorprendente.

Solo que por más que he rebuscado entre mis recuerdos de primaria,

creo que nunca me preguntaron cómo me sentía

y, menos, delante de mis compañeros.

Aquí arriba quiere decir que estáis muy contentos

y aquí abajo, muy tristes.

Decidme, ¿dónde os colocaríais?

Emeline, ¿qué puntuación te darías?

-Yo diría que un seis.

-¿Quieres decirnos por qué?

-Sí. He dormido mejor que otros días y, por ahora, la mañana va genial.

Por eso.

-Bjorn, ¿y tú?

Yo me pondría un diez. Y si hubiera más, me pondría más.

-¿Quieres contarnos por qué?

-Sí. Porque cuando me he despertado me sentía en plena forma,

y eso que me costó dormirme.

-Creo que si uno tiene la oportunidad de expresar sus sentimientos,

puede llegar a conocerse mejor.

A veces estás triste y otras, enfadado;

estás arriba o abajo.

Los cambios de humor son algo totalmente normal

y no tiene nada de malo estar triste.

Cuando uno comparte delante de la clase

por qué siente vergüenza, por qué está triste o contento,

ayuda a que los demás se suelten.

Qué suerte que ninguno esté entre el cero y el dos.

¡Me alegro!

Pero ¿cómo podríamos ayudar a los que estuvieran por esta zona,

para que se sientan de mejor humor hoy?

¿Qué podemos hacer para que suban un poco?

¿Helena?

-Por ejemplo, si alguien no está bien,

si no se siente bien, podemos intentar consolarlo.

Podemos jugar con esa persona o prestarle más atención.

-¿Queréis saber quién es? ¡Es Mu!

En la escuela libre de Aarhus,

la empatía y la buena voluntad son clave en el aprendizaje.

A quince días de las vacaciones,

Ditte y la profesora de los alumnos de 7 años

han improvisado una pequeña ceremonia de apadrinamiento.

¡Es August!

Los mayores protegen a los pequeños

y les descubren la que será su clase el año que viene.

Y, a su vez,

los alumnos de ocho años pueden acudir

para leer cuentos a los de siete.

Y parece que funciona.

El objetivo es que los pequeños se sientan más seguros

y que sepan que tienen a alguien que se preocupa por ellos.

Mientras, los mayores aprenden a cuidar del otro,

aprenden a ayudar

y eso les hace crecer.

Creo que es algo que se puede extrapolar

a otros aspectos de la vida;

tanto en tu entorno familiar como profesional,

puedes desarrollar esa empatía

y, al final, esto construye una sociedad mejor,

una sociedad en la que nos preocupamos los unos de los otros.

Sí. Una sociedad feliz. Sí. Una sociedad muy feliz.

Feliz, claro.

Hora de reunirme con todos en el aula de música.

Su día termina tal cual empezó: cantando.

Aquí da igual desafinar o soltar gallos.

Hay algo más importante:

todos los alumnos participan en la big band, incluida Ditte,

que da sus primeros pasos como trompetista.

Creo que nunca había visto a tanta gente feliz en un colegio.

Y adivinad de qué habla la canción.

¿Quizá aquí es donde empieza la felicidad danesa?

¿En los pupitres del colegio?

Podría ser.

Y una vez transcurridos estos primeros años,

¿conservan los adultos este buen rollo?

Para encontrar la respuesta,

lo mejor será ir a dar una vuelta al centro

y preguntar a desconocidos.

Veamos, ¿cómo va esto?

Como buena danesa en potencia, me desplazaré en bici,

algo que no hago nunca en Francia.

Al menos en París, porque la gente está pirada.

Vaya, tengo que hacerme una cuenta.

Listo. Ahora me pide dinero. ¡Sí!

Perfecto.

(Música)

La arquitectura es una amalgama entre el estilo de Inglaterra,

de Bélgica...

Y me encanta.

¡Me encanta!

Cómo cuesta subir esta pendiente.

Y yo que creía que aquí era todo plano.

¡Qué gusto esta bajadita!

Todos los ciclistas llevan casco.

Todos menos una, ¿adivináis quién?

Sí, yo.

Tendré mucho cuidado.

¡Me encanta!

Aarhus es muy práctico: todo está a cinco minutos,

así que todo el mundo se mueve a pie o en bicicleta.

El centro de la ciudad se parece mucho

a las ciudades rurales francesas más bonitas.

Pero, ahora que lo pienso,

se respira algo especial en el ambiente,

una especie de quietud, un algo que transmite serenidad.

Madre mía. Hay una tranquilidad increíble.

No hay ruido. Ni un ruido.

Es genial.

Me he dado cuenta de una cosa: aquí la gente es muy respetuosa.

Los conductores respetan a los ciclistas

y los ciclistas, a los peatones.

Aquí no se aplica la ley del más fuerte.

¿Sabíais que Aarhus es considerada la ciudad más feliz del mundo?

¿A qué creéis que se debe?

Qué buena pregunta. ¿Por qué?

Dadle una vuelta y me lo contáis en tres horas.

-¡En tres horas!

¿Tú eres feliz? -¿Que si soy feliz?

Sí, muy feliz. ¿Sí?

¿Es usted feliz? -Mucho.

-¿Si soy feliz? Sí, bastante.

-¡Claro!

-¿Yo? Sí, superfeliz.

Un hombre feliz.

Busco a un hombre guapo. Ya aparecerá.

Tipo Viggo Mortensen.

¿Es usted feliz? Sí. O satisfecho.

La felicidad es fugaz.

No es Viggo, pero no está mal.

¿Es usted feliz? Sí, creo que sí.

Genial. Así se habla. ¿Y usted?

Sí, ¡claro! Estoy en Aarhus.

Bueno, claro.

¿Sabe qué? Estoy buscando a Viggo Mortensen.

¿Sí?

¿No está aquí? No.

Es que sería incluso más feliz si lo conociera.

¿Por qué cree usted que Aarhus es la ciudad más feliz del mundo?

-Porque los daneses somos personas felices.

Claro. Somos muy felices.

Sí, pero ¿por qué?

Por estar siempre enamorados. Amamos a nuestras mujeres.

Parecéis mujeres felices. ¡Sí!

¡Sí! Pero es que venimos de tomarnos algo.

Ah, es por eso.

¿Sabe? Estoy buscando a Viggo Mortensen.

¿Sí? Sí, lo estoy buscando.

Está en todas partes. ¿En todas partes? ¡Qué me dice!

Vaya por dios.

Tendré que ponerle una cruz a Viggo Mortensen,

el actor danés y estadounidense más sexy.

Porque si está en todas partes, es que no está en ninguna,

ni en los frondosos bosques que rodean Aarhus

ni en las playas idílicas que están tan cerca en bicicleta.

Inalcanzable, como la felicidad.

(Música)

Por suerte, los daneses han inventado el hygge

para consolarse.

Dice: «Se habla del hygge

en situaciones en las que no hay nada que alcanzar,

como un amor que empieza.

El secreto de la felicidad pasa por no hacer nada».

Creo que eso no se me da mal, si lo he entendido bien.

(Rumor de olas)

Dime, amigo, tengo una duda: ¿qué es eso que suena?

¿Qué suena?

Sí, esto también es Dinamarca.

Mucha lluvia, mucha lluvia.

Habrá que investigar a fondo sobre la felicidad.

(Tumulto)

La lluvia, ¡qué mala suerte!

Y, además, en mi primer fin de semana.

Yo que ya me veía disfrutando del aire libre.

He quedado con Ditte y Anders en este festival,

que se celebra todos los años en Aarhus

y que es muy conocido en Dinamarca.

Eso sí, se pone a llover cada diez minutos,

pero nada aplaca la energía de vivir de los habitantes de Aarhus.

Porque la felicidad es

algo tan sencillo como una buena caña.

Ellos sí que saben.

Mis amigos no están en el bar, sino recogidos bajo una carpa.

Anders y Ditte me han prometido

un espectáculo que alegraría a los gruñones más incorregibles.

No sé qué me espera y ojalá no me decepcione.

¿Qué van a hacer ahora?

Van a hacer pressing catch.

Escogerán a gente del público y montarán un combate.

¿No te presentas voluntario? No.

Algo me dice que a Ditte le apetece.

-¡Venga! ¡Sal, sal con nosotros! No seas aburrida, ¡venga, sal!

Una vez embadurnados generosamente de aceite,

los voluntarios se muestran sin ningún commplejo.

¡Qué locura! No les da reparo desnudarse en público.

Qué va. Es solo para divertirse.

-¡Contamos! Cinco, cuatro, tres, dos, uno, ¡a luchar!

(Música)

Resulta curioso:

dos personas que hace cinco minutos ni se conocían

se encuentran en un ring medio desnudas.

Las reglas del juego no pueden ser más sencillas:

ganará el primero que le quite los dos calcetines a su adversario.

Pero, ojo,

que con el cuerpo cubierto de aceite todo puede pasar.

(Música y griterío)

¡Bravo!

¿Y si fuera esta una de las claves de la felicidad danesa:

cultivar el buen humor en todo momento,

incluso con perfectos desconocidos?

¡Muchas gracias!

Hay algo que no admite dudas:

los daneses, tan civilizados entre semana,

saben relajarse el fin de semana.

Llevo casi una semana en Aarhus

y, sinceramente, empiezo a sentirme bastante bien en esta ciudad.

(Música)

Con el fin de eliminar los rastros de la fiesta de anoche

y empezar en modo detox mi segunda semana aquí,

Ditte me ha pedido que vaya a por frutas y verduras.

Y para eso no hay nada más sencillo:

los daneses han inventado un sistema de autoservicio

que dice mucho sobre los usos y costumbres del país.

En el país de los osos amorosos no podía ser de otra manera.

Aquí tenemos este pequeño carromato,

que es una monada,

en el que alguien deja frutas y verduras

a primera hora de la mañana;

se marcha;

y la gente viene a servirse y paga por hacerlo.

Eso implica que hay una confianza absoluta,

que resulta casi inconcebible.

Sí, es eso,

apostar por la honestidad de otras personas.

Genial. Voy a probar para estar segura.

Sí, están buenas.

¿Qué será esto? Parece zumo de frutas.

Zumo de frutas y verduras.

A ver, ¿cuánto cuesta esto?

108 coronas danesas son unos... 14 o 15 euros.

No está regalado,

pero aquí el coste de la vida, en general, es algo más alto.

Lo compraré.

Y, como danesa en potencia, soy extremadamente honesta.

A ver si tengo... Ciento ocho.

Uno podría pensar que cualquiera se podría llevar esto.

Pero no.

No te puedes llevar la caja porque está bien sujeta.

Confían en el prójimo, pero no del todo.

No, no, es genial.

La honestidad de estas personas es loable.

En marcha.

(Música)

Claro, tenía que habérmelo imaginado:

Dinamarca tiene

uno de los índices de delincuencia más bajos de todo el mundo.

Es considerado el quinto país más seguro del planeta.

Francia se encuentra en el puesto número 37.

En fin...

En otras palabras,

que no hay peligro de que me agredan un domingo por la mañana

en el centro de Aarhus.

Vamos a poner a prueba a los vecinos de la ciudad,

que supuestamente son tan felices y tan honestos.

Ya está bien de tanto positivismo. ¡Estoy harta!

Comprobaremos si son tan honestos si de repente se me cae el monedero.

(Música)

Pues vamos a ver si la gente es tan honesta como dicen.

(Música)

Creo que, por ahora, nadie lo ha visto.

Un grupo de niños.

No está bien cogerlo, eso estaría mal.

Vale, no lo han visto.

¡Ah!

(Música)

Lo han recogido.

¿Qué van a hacer?

¿Qué van a hacer?

Lo ponen allí.

Lo han puesto encima de un banco.

Bueno, el caso es que no se lo han quedado.

¡Perdone, señora! Gracias.

¡Gracias! Ay, Dios mío.

¿Todos los daneses son tan honestos? Solo cuando están con su mujer.

(Música)

¡Gracias, ratoncito! Muchas gracias. Gracias. ¡Tak!

Pues eso, Tak. Estas personas son sonrientes y amables.

Son felices y, además, son honestos.

No lo entiendo.

Tiene que haber alguna razón;

será algo que comen. Algo será.

Yo creo que es el aire que respiran.

Bien. Aquellos dos lo van a ver.

Vale, lo ven.

¿Y ahora qué hacen?

Se lo llevan.

¿Adónde van?

¡A la iglesia! ¡Vaya!

Perdona, se me ha caído ese monedero.

Gracias.

Es curioso que los únicos que se han quedado con el monedero

eran turistas, no daneses de Aarhus.

Queda claro.

La confianza de los daneses con el prójimo

alcanza unas cimas inimaginables.

Esta mañana he salido con Ditte y su amiga Léa,

una mujer encantadora que tiene un bebé.

¿Te parece si vamos a aquel bar a tomar algo?

Sí, al Ziggy.

-Venga, ya podemos ir.

¿Ella se queda aquí? Sí. Podemos ir.

Pero ¿dejas al bebé aquí?

¿Qué? ¿Dejamos al bebé solito en la calle?

No pasa nada. No pasa nada.

¡Pero se queda allí, sola!

¡Se queda sola!

No me lo creo.

Increíble.

¿Dónde está?

¿Dónde está?

Detrás del coche rojo. Pero desde aquí no la ves.

No, pero tengo mi walkie.

Va todo bien.

¿Cuánto tiempo la dejarás sola en la calle?

Dos horas.

Si duerme, la puedo dejar ahí dos horas.

¡No! Sí.

En Francia nunca verías eso.

Pero ¿qué te da miedo?

No sé, alguien podría robar el bebé.

En Francia, podría pasar un policía y llevarse a tu bebé.

Igual es que nos estresamos demasiado, ¿no?

Sí. Fíjate.

La gente pasa al lado del carrito y ni se fijan que dentro hay un bebé.

Pasan como si nada; es algo natural.

-Todo el mundo deja a su bebé en la calle.

¿Sí? Sí.

¿Y tú también lo has hecho con Smilla y Sommer?

Sí.

¿Sí? Por supuesto.

-No me preocupa para nada.

Nadie se la llevará. Ella va a dormir tranquila.

Y si pasa cualquier cosa, la gente entrará aquí

preguntando si hay alguna madre, porque hay un niño llorando.

Está tranquila. No se mueve.

(Música)

Aun así echaré un vistazo. Estoy estresada.

¿Dónde está mi ratoncita?

(Música)

Está durmiendo, increíble.

Y ¿cómo haces en invierno?

¿Haces lo mismo aunque haga muchísimo frío?

Sí.

La única vez que tengo dudas sobre dejarla fuera es cuando truena.

Pero es algo natural,

porque, en ese caso, tengo miedo de que le alcance un rayo.

Pero es la única excepción.

No me lo puedo creer.

(Música infantil)

(Música)

Llevo diez días disfrutando

del pequeño paraíso que es el barrio de Anders y Ditte

y admito que, a cada día que pasa, mi mal humor tiende a disiparse.

(Música)

¡Buenos días!

Aunque Sommer no puede decir lo mismo.

¿Te doy un besito?

¡No quiere!

¡Hola! ¡Hola, buenos días!

Antes de atacar el día,

tengo derecho a un desayuno contundente:

zumo de naranja recién hecho, gachas y...

yogur mezclado con espinacas, una especialidad de Anders.

¡Huele bien! ¡Sí!

Y cuando sabes que algo es sano, te sabe mejor.

Aunque hay muchas cosas sanas que saben a rayos.

El día que me vaya de Dinamarca...

...estaré en plena forma.

Anders me ha invitado a pasar el día con él.

Nos dirigimos al jardín de infancia.

O, mejor dicho, al bosque de infancia.

Al igual que el colegio de Ditte y Smilla,

la guardería de Sommer parece un cuento de hadas.

Y ¿cómo no quedarse aquí también con la boca abierta?

Los pequeños juguetean alegremente por el bosque

y, para más inri,

no hay ni una sola valla alrededor de la guardería.

¡Increíble!

¿Será que esta gente es un pelín irresponsable?

El hecho de que no haya un vallado también sirve

para que los niños entiendan que confías en ellos,

que son adultos,

y que crees en ellos.

De esa forma, cuando, en la edad adulta,

tu jefe cree en ti y te deja trabajar a tu aire,

te sientes valorado.

El arte de vivir a la manera danesa.

Hay que creer en la gente, creer en su buena fe.

Entiendo.

Me ha dicho: «¿Te puedes ir?

No quiero que te quedes todo el día en la guardería».

¿Te puedes pirar? ¿Te puedas largar?

-¡Marchaos! ¡Marchaos!

¡No quiero veros más!

(Música)

Está claro que tanto si es por los colegios,

por la salud o por la jubilación,

el modelo danés tiene un coste

y, más bien, elevado.

Los daneses tienen el tipo impositivo más alto del mundo,

por detrás de... ¿quién va a ser?

Francia, por supuesto.

(Música)

¿Los daneses están de acuerdo con el pago de los impuestos?

Sí, estoy de acuerdo con los impuestos.

De hecho, estaría abierto a pagar más

si pudiera decidir que el dinero fuera a los profesores del colegio.

Me gustaría que hubiera, al menos, dos profesores por clase.

Si me dejasen decidir eso, pagaría hasta el doble de impuestos.

Igual el doble no, porque me quedaría sin nada.

Ya pagamos el 45 %.

(Sirenas de barco y música)

Anders empieza su jornada laboral

trasladándose al barrio de los muelles industriales

de Aarhus,

el segundo puerto del país, tras el de Copenhague.

¡Genial!

¡Mi mechero!

Uno pequeño.

Anders me ha invitado a ver algo especial,

algo que suele gustar a los más pequeños.

(Soplete)

Mi anfitrión tiene formación como carpintero

y se especializó en la construcción de casas ecológicas.

Ha desarrollado una técnica,

en principio muy básica, pero muy eficaz,

para que la madera resista el paso del tiempo.

¡Es genial!

Explícame por qué quemas la madera.

Es una manera de impregnar la madera y protegerla.

Al hacer eso, los organismos ya no pueden desarrollarse,

porque no tienen de qué alimentarse.

Al quemar las capas superiores de la madera,

el agua ya no penetra y la madera la repele.

Entiendo. Y es bonito. Me gusta el negro. Es elegante.

Sí.

(Música)

Tras mucho investigar,

Anders ha registrado una patente para su madera quemada

y ha montado su pequeña empresa.

Bastante valiente por su parte,

ya que el índice de desempleo no supera el 4 % en el país

y abundan los puestos de funcionario.

Dinamarca tiene uno de los índices de funcionarios más altos del mundo,

bastante más que Francia, en relación al número de habitantes.

¿Es complicado encontrar trabajo en Dinamarca?

¿Es complicado o tampoco tanto?

No tengo ni idea.

¿Tú siempre has trabajado? Sí.

Claro.

He creado mi propio negocio.

Pero en el sector privado no tienes la misma seguridad

que si trabajas para el sector público.

¿Y cómo lo ves? Me refiero desde tu negocio privado.

Yo me siento seguro,

porque mi mujer da clases en el sector público.

Pase lo que pase, siempre habrá un sueldo en casa.

La seguridad financiera...

...es la clave de la felicidad. (Ríe)

Para mostrarme su último proyecto, Anders me lleva a la isla de Aarhus,

un barrio moderno,

en el que los mejores arquitectos del país han dejado

volar la imaginación.

Esto es lo más bonito del barrio: la zona de la madera quemada.

Enséñame más.

Todo esto es madera quemada.

Se ha empleado un método heredado directamente de los vikingos.

Se siguen encontrando en el subsuelo

piezas de roble quemado de la época vikinga,

de sus asentamientos.

Nosotros hemos relanzado ese antiguo método

porque es respetuoso con el medioambiente.

Entiendo. Y no necesitas emplear productos químicos.

No. En absoluto.

¡Me gusta! ¿Sí?

Las damas primero. Las damas primero, dice.

¿Quieres que te coja de la mano? ¿No es como hacen los franceses?

Madre mía, me encanta.

Precioso.

¿Sabes qué? Es cien por cien escandinavo.

Justo lo que me esperaba antes de llegar aquí.

Es geométrico.

Tu madera quemada es muy bonita.

Y muy limpia.

Bueno... Sí, ya sabes...

¿Qué son? ¿Apartamentos? Sí. Creo que son pisos en alquiler.

Se nota que la gente es feliz aquí.

No sé, por la madera... No sé.

Pero la gente que se puede permitir esto es muy rica,

que es otra manera de ser feliz.

¿Es del mismo arquitecto que ha construido

los pisos y los apartamentos? Sí.

Eso te viene bien. Ya te digo.

Un gran arquitecto que opta por mi material.

Mejor, imposible.

Desde luego.

¿Te das cuenta de que eres feliz? ¡Soy un hombre feliz!

Sí, un hombre feliz.

Anders encontró la llave de su felicidad profesional

viviendo una experiencia totalmente impensable en Francia:

cuando terminó el instituto,

pasó un año en una escuela alternativa,

que, en Dinamarca,

todo el mundo conoce con el nombre de hojskole.

Anders me ha aconsejado

que vaya a visitar la hojskole de Ronde,

una pequeña ciudad a unos treinta kilómetros de Aarhus.

Allí quedo con Christian,

un joven de 21 años que se ha labrado su propio camino.

Yo vivo aquí. Muy bien.

Adelante.

Christian sigue un curso de seis meses en una hojskole,

que gustaría a muchos jóvenes franceses.

¡Qué de zapatos!

Esta es mi habitación. Bien.

Bien por la decoración. Bravo.

¿Es la primera vez que vives sin tus padres?

Sí.

Ya he viajado sin ellos,

pero es la primera vez que no comparto casa con ellos.

¿Y qué tal? Es genial.

Esta es la cocina.

Después de tres años sin estudiar,

trabajando por horas y viajando por el mundo,

Christian ha decidido coger las riendas de su futuro.

Aquí aprendes muchas cosas de ti mismo y de la vida.

Aprendes a ser independiente.

Es una especie de escuela de la vida

y, también, una manera de ponerte a prueba

para saber si el camino que has escogido es el adecuado.

Ahora sé lo que es el periodismo y sé que quiero ser periodista.

(TV) Y decide poner una cámara de vigilancia.

Quizá así consiga mejorar la seguridad.

Christian me ha invitado a un curso de ética y de filosofía.

Los estudiantes están concentrados, pero perfectamente relajados,

porque en las hojskole no hay notas, no se pasa lista

y no hay obligación de ir a clase.

-El dueño de un restaurante ha instalado cámaras

porque cree que algunos empleados cogen cervezas de la nevera.

¿Tienen derecho a hacerlo?

Las hojskole apuestan

por la motivación y la responsabilidad individual,

especialmente,

porque la mayoría de los alumnos se ha esforzado mucho

para concederse este paréntesis:

un curso de seis meses cuesta unos cinco mil euros,

con alojamiento y manutención incluidos.

¿Por qué vuestros padres os han dicho:

«Vale, cariño, puedes hacer una pausa en tus estudios»?

-Mis padres me dijeron: «Adelante, tómate una pausa.

Total, vas a tener que trabajar hasta los 70».

Me han apoyado mucho.

Creen que ir directamente a la uni no te aporta la experiencia vital

que adquieres en una hojskole.

-En mi caso, fue mi madre

quien me dio la idea de apuntarme a una hojskole.

¿Sí?

Yo le había contado que quizá quería ser periodista,

pero que era muy difícil conseguir plaza,

y ella me dijo: «Prueba el periodismo en una hojskole».

Me apoyó.

-Si quieres estar segura de lo que quieres estudiar,

la hojskole es una buena manera de comprobar

si ese oficio encaja contigo;

y así evitas ir a la universidad

y darte cuenta allí de que te has equivocado.

¿Creéis que pasar unos meses en una hjskole os convierte

en buenos ciudadanos o, quizá, en mejores ciudadanos?

-En Dinamarca, confiamos mucho los unos en los otros

y creo que las hojskole nos ayudan a acercarnos más.

Somos un país pequeño y así hacemos piña.

-Aquí cargas las pilas y te preparas para lanzarte al mundo.

Te llenas de energía y de felicidad.

Sí, creo que una Hojskole te hace muy feliz.

¿Os dará mucha pena cuando se termine?

¡Sí!

En una hojskole,

uno puede prepararse tanto para ser periodista

como para ser auxiliar médico, policía o ingeniero;

y siempre alternando las clases con las actividades deportivas.

La única consigna es pasarlo bien

y, si es posible, junto con un buen puñado de amigos.

Christian ha elegido kayak y bádminton,

el deporte nacional de Dinamarca,

y parece que ha escogido bien.

-He solicitado entrar en dos facultades de periodismo

y me han aceptado en las dos.

Creo que no lo habría conseguido de no haber pasado estos meses aquí.

¿Te sientes distinto tras estos meses en la hojskole?

¿Eres mejor persona?

Sí. Creo que sí.

Bueno, quiero creer que sí.

(Música)

En 175 años de existencia,

las hojskole han reconducido a cientos de miles de jóvenes.

Yo no me preocuparía en absoluto por el futuro de Christian.

(Música)

Conforme pasan los días, me voy dando cuenta

de que los daneses tienen un talento oculto

para construir una sociedad

en la que la armonía no es simplemente

una palabra lanzada al aire.

Dinamarca cuenta con algo menos de seis millones de habitantes,

en comparación con los setenta de Francia,

una cantidad mucho más manejable

para adoptar decisiones sociales que me dejan con la boca abierta.

Esta mañana toca vaciar los cubos de basura.

Anders me ha pedido que preste mucha atención

y que no mezcle nada,

porque en Dinamarca se toman muy en serio

la cuestión de la basura selectiva.

Los daneses son unos maestros en el arte del reciclaje:

tan solo el 10 % de los desechos van al vertedero,

en comparación con el 45 % de Francia.

Y todavía no se han terminado las sorpresas,

especialmente, tras conocer a Henrik,

basurero en el distrito de Aarhus.

¿Cuánto tiempo llevas trabajando en el basurero?

Empecé en 2017,

cuando pusieron en marcha el nuevo programa de reciclaje de deshechos.

¿Te gusta tu trabajo? Me encanta mi trabajo.

No me imagino otro mejor. Es el mejor que he tenido.

Con Henrik no hay tiempo para descansar:

la jornada transcurre implacable,

porque el sueldo de los basureros de Aarhus resulta

de una ingeniosa relación entre las horas empleadas

y el número de contenedores recogidos.

Henrik, perdona. ¿Te puedo preguntar cuánto ganas?

Recojo unos mil trescientos contenedores por semana,

y eso me reporta 1 300 euros,

así que gano unos 5 400 brutos al mes.

Los trabajos más duros están bien pagados.

Es decir, que gana unos 4 500 euros al mes, libres de impuestos,

casi tres veces más que un basurero francés.

No me lo puedo creer.

Especialmente,

porque Henrik trabaja solamente veintidós horas por semana,

lo que le deja bastante tiempo para dedicarse a una pasión que,

cómo no, me impresionará.

Y así es como termino, un domingo por la tarde,

en el hipódromo de Aarhus.

Henrik ha cambiado su chaleco amarillo de basurero

por los chalecos tan habituales en este entorno.

Porque no solo es un amante de las apuestas,

sino que, gracias a sus cómodos ingresos,

también es propietario de caballos de carreras.

Increíble.

Estos daneses no dejan de sorprenderme.

¿Cuántos años tiene? Cuatro.

Cuatro años.

¿Es usted quien montará este caballo?

Sí. ¿Sí?

-Es el adiestrador de mis caballos.

¿Es usted quien adiestra los caballos de Henrik?

Sí.

Y ¿cuántos caballos tienes? Tres.

Tres. ¡Tres! Caray.

Y ¿a veces ganan?

A veces; cuando tenemos suerte.

¿Es rico? -No, no.

Es más fácil ser feliz con un buen salario, ¿no?

No estoy de acuerdo.

El dinero no es lo que me hace feliz.

He tenido otros trabajos en los que ganaba menos

y también era feliz.

Si trabajo mucho, gano mucho dinero.

Y eso va conmigo, porque me gusta esforzarme.

¿Cuándo es la próxima carrera? Ahora.

¿Ahora?

Puedo apostar, ¿no? Sí.

Pero me tienes que ayudar a elegir al caballo adecuado

para que gane mucho dinero. ¡Mucho! Mucho.

Venga, vamos a apostar.

Número cuatro. Número cuatro. Seiscientos.

Genial. ¡Tak!

¡Venga!

¡Ha empezado!

¡Qué estrés!

Venga. No está mal, va tercero.

No va mal, no va mal. ¿Tú has apostado?

Sí. ¿Sí?

El carácter danés.

En Francia,

la gente estaría berreando para animar a su caballo.

Aquí...

Atención, el tramo final.

¡Fíjate! ¡El número cuatro!

¿Va delante? ¡Sí!

¡Vamos, vamos! ¡Adelante!

¡Adelante!

¡Bravo!

He apostado 20 euros y he ganado 60. No está mal.

Me compraré una casa en Dinamarca.

Me voy a comprar una casa en Aarhus.

Este es el secreto de la felicidad: ganar en las apuestas, ¡claro!

¡Estoy muy contenta!

¡Es facilísimo! ¡Sí!

¡Ea, al número cuatro!

Ser feliz es muy fácil.

Hoy es mi última tarde con mis amigos de Aarhus.

¿Cómo no celebrar con ellos mi buen ojo en las carreras?

-¡Salud!

-¡Merde! ¡Merde!

Esto es para vosotros, para toda la familia.

¿Os suena? Astérix.

¡Sí! Astérix y los vikingos.

Quería daros las gracias de corazón,

porque he aprendido muchas cosas con vosotros.

Y cuando esté de mal humor en Francia,

espero pensar en vosotros.

¡Gracias!

Mi familia de acogida me ha regalado dos semanas inolvidables en Aarhus,

pero todavía me falta experimentar una cosa.

¡Gracias!

El cochecito y el conejo. Esto es algo serio, menos bromas.

Anders y Ditte me han invitado

a compartir el hygge del viernes por la noche.

El hygge, ese famoso concepto

que me parecía confuso antes de venir a Dinamarca.

Ya lo he entendido.

Es muy fácil.

El hygge es un momento en familia, relajado,

con algo de picar, un bocadillo, unas gominolas,

unas velas y unos dibujos animados.

Pero en danés; y eso lo cambia todo,

que los dibujos animados sean en danés.

Si no fuera por eso, sería una maestra del concepto.

Al término de mi investigación,

creo que he despejado alguna duda

sobre el secreto de la felicidad danesa.

Como diría un buen anuncio de una gran marca de salchichas,

a esta gente «le gustan las cosas sencillas

y les va muy bien».

El hygge.

A ver si aprendemos.

(Música)

¿Te puedes poner al lado de la foto?

¿Nos parecemos?

Bienvenidos a mi extraña ciudad - Episodio 8: Aarhus

51:59 05 abr 2021

Como una buena francesa, y por lo tanto quejica, Alexandra Alévêque se propone conocer a los habitantes de Aarhus, la segunda ciudad más grande de Noruega, considerada la ciudad más feliz del mundo. Aquí, los daneses experimentan una armonía social que a muchos líderes políticos les daría envidia.

Contenido disponible en España hasta el 14 de Diciembre de 2023.

Como una buena francesa, y por lo tanto quejica, Alexandra Alévêque se propone conocer a los habitantes de Aarhus, la segunda ciudad más grande de Noruega, considerada la ciudad más feliz del mundo. Aquí, los daneses experimentan una armonía social que a muchos líderes políticos les daría envidia.

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    Episodio 8: Aarhus

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    51:59 05 abr 2021 Como una buena francesa, y por lo tanto quejica, Alexandra Alévêque se propone conocer a los habitantes de Aarhus, la segunda ciudad más grande de Noruega, considerada la ciudad más feliz del mundo. Aquí, los daneses experimentan una armonía social que a muchos líderes políticos les daría envidia. Contenido disponible en España hasta el 14 de Diciembre de 2023.

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