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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1465 - Ver ahora
Transcripción completa

"Mi estimada esposa".

"El único consuelo que me queda es saberte amada

por un hombre como David".

"Ha llegado el momento de dar un paso atrás

para que podáis emprender un camino juntos y sin remordimientos".

Yo haré la demostración de la síntesis del gas,

pero usted debe ocuparse de David.

"Ocuparse"... Llámelo por su nombre,

usted quiere que se lo quite de encima.

Haré lo que sea por recuperar a mi esposa.

Me gustaría saber en qué está dilapidando el dinero

ese hombre para tener que engañar a Lolita de esa manera.

¿Y no hay manera de hablar con él seriamente

y que te diga qué está pasando?

Por eso, he decidido que... puedes ir a hacer esa prueba,

tienes mi permiso.

Me quedaré aquí hasta que venga alguien a sustituirme.

Hasta entonces, te asistiré para que no te falte de nada.

Gracias.

Muy bien, doña Genoveva.

Póngale el embudo, que le voy a echar agua pa que vomite.

Muy bien, muy bien.

Eso es. -Vamos, doña Genoveva, siga andando.

Necesito descansar.

Después descansará. -Un paso más.

No puedo, de verdad. ¿Paramos ahí, doctor?

Sí. Despacito, despacito, ¿eh?

Échese.

¿Se acuerda usted de su nombre?

Claro que me acuerdo.

¿Cómo se llama?

Genoveva.

Muy bien.

¿Y cuántos años tiene usted?

Eso no se le pregunta a una dama.

Diga que sí, señora. Eso es que se encuentra mejor.

Ya. Vamos a ver. ¿Dónde vive?

En Acacias.

Acacias 38. Muy bien, muy bien, muy bien.

Pero no se duerma, no se duerma.

Muy bien. -No se duerma.

Necesito descansar. No se duerma.

Tengo sueño.

No, no, no. -¡Genoveva!

¡Genoveva! ¡Genoveva!

Se va a arrepentir.

Ningún hombre me ha pegado como usted

y ha dejado de pagar por ello.

Bueno...

Pues se ve que lo malo ya ha pasado.

Vamos a llevarla a su habitación.

¿Está seguro? -Sí.

Se ve que su mente ha vuelto a su ser.

Vamos, con cuidadito.

Poco a poco, señora.

Cuidado. -Con cuidadito.

Muy bien, señora.

-Eso es.

(Sintonía de "Acacias 38")

(LLORA)

Toma, bebe, te asentará el cuerpo.

No es el cuerpo lo que tengo alterado, es el alma.

La carta me ha llenado de desasosiego,

la he tenido que releer varias veces.

No sé si quieres contarme su contenido.

Sí, claro que sí,

también te atañe a ti.

Mi marido habla de los dos. Siéntate.

Rodrigo me demuestra en esta carta

que no me equivoqué cuando le conocí,

es uno de los hombres más íntegros y generosos que he conocido nunca.

Reconozco que he apreciado esas virtudes en nuestra charla.

Las tiene, elevadas a un grado superlativo.

Me dice que no puede negarse a que tú y yo vivamos nuestro amor,

a que yo sea feliz.

Me pide perdón por...

haberme dejado atrás,

y se justifica diciendo que intentaba protegerme,

pero que todo salió mal.

Salió todo lo contrario de lo que él pretendía.

¿Quién podía imaginar tanta maldad en Aurelio Quesada?

Le conozco hace años, Valeria,

para mí no ha sido una sorpresa.

Me pide que tú y yo nos escapemos,

que nos vayamos a un lugar

en el que podamos vivir nuestro amor en libertad, sin remordimientos.

Es lo mismo que me dijo a mí.

Dice que no dudemos.

Que no miremos atrás.

Que nos vayamos antes de que sea tarde,

y que mejor hoy, que mañana.

¿Qué vamos a hacer, Valeria? -No lo sé.

Te quiero con toda mi alma.

Deduzco que hay un pero.

Sí, claro que lo hay.

No viviría tranquila conociendo su sacrificio.

¿El sacrificio de renunciar a ti? -No.

No, el de quedarse aquí, mientras nos vamos poniendo en juego su vida.

¿Su vida?

No es su vida la que estará en juego si nos vamos.

Sí, la tuya, la suya, la mía.

¿Crees que Aurelio se quedaría de brazos cruzados?

Valeria,

Rodrigo quiere acabar con él.

¿Qué?

O mucho me equivoco o eso es lo que nos ha dicho, sin decirlo,

a mí en su conversación y a ti en la carta.

Rodrigo siente la ira de los hombres tranquilos,

y te aseguro, Valeria,

que esa ira es implacable.

Lo normal es que doña Genoveva duerma hasta mañana,

no se preocupe por eso.

¿No será peligroso? -Al contrario.

Déjele una jarra con agua en la mesilla por si la necesitara.

¿Algo más?

Sí, exprima un poquito de limón.

Y déjela descansar. Que descanse, que descanse.

Como mande, doctor.

Otra cosa más,

seguro que se despierte con un fuerte dolor de cabeza,

así que, le recetaré unas pastillas que le debe dar.

¿De acuerdo? -Gracias, doctor.

No sé qué habría pasado de no estar usted cerca.

Que doña Genoveva ya no estaría entre los vivos,

don Marcelo, pero eso es cosa de mi trabajo.

Ahora que está a salvo, hay otra cosa que me preocupa.

¿Qué?

Don Aurelio, que hay que darle la noticia

con mucho tiento, ya sabe el carácter que tiene.

Yo lo haré, no se preocupe.

Esa también es mi obligación como médico.

Conozco a don Aurelio casi desde que nació.

Sé cómo darle las malas noticias.

Se lo agradezco, que se me hace cuesta arriba decírselo.

Me voy, que tengo otros pacientes.

Vaya tranquilo. Le acompaño.

Con Dios.

Le haré llegar las pastillas analgésicas, ¿de acuerdo?

Aquí estaré. -Muchas gracias.

Si es que a ti se te da muy mal mentir, Jose.

Por eso a ti no te miento nunca, flor de mis entretelas.

Claro que me mientes, lo que pasa es que te pillo.

Para el caso, es lo mismo.

Niño, tienes que hablar con don Ramón,

no puedes seguir evitando a Lolita.

No me lo repitas más, que estoy convencido.

Tiene que eximirme de la carga que me ha puesto sobre los hombros.

Bueno, escucha, llámale antes,

no te presentes por sorpresa en su casa,

que se pondrá como un basilisco.

Calla, que no va a hacer falta.

Está allí, en el banco,

esperando a que yo entre a matar.

Ea, pues ya sabes, torero mío. -¿No me acompañas?

No, me voy a saludar a Fabiana y os dejo,

que lo que vais a tratar son asuntos entre vosotros.

Eh, tú sabes que todo lo mío es tuyo.

Bueno, pero a lo malo no me apunto.

¡Suerte!

Cobarde.

Muy buenas, don Ramón. Hombre, don Jose.

Precisamente estaba pensando en usted hace un momento,

en lo buen amigo que es,

siempre se puede contar con su ayuda.

Qué casualidad, yo también pensaba en nuestra amistad.

Creo que está resultando desigual.

No me diga usted eso, hombre.

¿Es que hay algo que me haya pedido que yo no haya atendido?

No, no. Quiero decir que...

Vamos, que no me siento cómodo mintiendo a Lolita.

¿Me está diciendo que no quiere ayudarme

en un momento de tensión como el que vivo?

No, le estoy pidiendo que me exima del compromiso

que me ha obligado a contraer.

Muy bien.

Si quiere dejar de ayudarme, no se lo puedo impedir.

Dejaré, eso sí, de considerarle mi amigo.

Así que vaya, vaya a contárselo todo a Lolita.

Por el amor de Dios, no estoy diciendo eso, don Ramón.

Don Jose, obre como le pida la conciencia.

¿Qué, cómo ha ido?

Cuidado con este hombre. Fatal.

Me ha dicho que si le digo a Lolita la verdad dejaremos de ser amigos.

Uy, por Dios, por Dios, eso son palabras mayores.

¿Qué será lo que oculta este hombre?

Algo muy grave, desde luego.

Pues te ha convertido en su cómplice.

Esperemos que no te meta en un problema.

¿Sabes por qué me pasa esto? Por ser una buena persona,

eso es lo que pasa.

¿Leyendo el vespertino?

Sí.

Hay que estar informado.

En ese caso, me quedaré con este que te había traído.

He comprado unas galletas inglesas donde Lolita

para amenizar la lectura.

No quiero galletas.

¿Te preparo un té para acompañarlas?

Me acabo de tomar uno hace un rato.

Puedo hacer otro. Dori...

No quiero que me hagas un té, ni quiero galletas, no quiero nada.

Parece como si te hubiera incomodado,

solo quería atenderte, como es mi obligación.

Dori...

No podemos seguir así.

No podemos comportarnos como un enfermo

y la persona que le asiste.

Entre nosotros hay algo más.

Felipe, ya lo hemos hablado. Tendremos que seguir hablándolo.

Dori, hemos vivido muchas cosas,

siempre hemos estado a gusto.

Y ahora, solo hay tensión.

¿Prefieres que me vaya?

Yo debo esperar a que el doctor Quiroga me encuentre una sustituta,

pero si hago más mal que bien aquí. No.

Quiero que hablemos y tratemos de solucionar las cosas.

Está bien. Hablaremos.

De acuerdo.

¿Te sientas? No.

Vamos a hablar, pero no quiero que sea aquí.

No te entiendo.

En esta casa no podemos hablar de igual a igual, es tu casa,

tú eres el señor y yo una persona que te atiende.

Dori, eso es lo que quiero que olvides.

Cuando estamos juntos, somos dos iguales.

Prefiero que hablemos en un terreno neutral,

un lugar que no pertenezca a ninguno de los dos.

Está bien.

¿Te parece si damos un paseo por el parque?

Prefiero un lugar que no me recuerde a paseos

que hemos dado tú y yo juntos.

De acuerdo. ¿Dónde, entonces?

En el restaurante, a las siete.

Allí nos veremos.

De acuerdo.

¿Estás bien? -Sí.

-Has estado muy callada todo el camino.

Es que, le vengo dando vueltas,

Y te arrepientes de haber hecho la audición hoy.

No, de eso ya no.

Me alegro de haberme presentado.

Yo estaba seguro de que lo ibas a hacer muy bien.

No sé, Guillermo, yo creo que lo podría haber hecho mucho mejor.

¿Por qué dices eso? Lo has hecho perfecto.

No, ya me gustaría.

Podría haber colocado mejor los brazos,

que no estaban muy elegantes.

Y las manos tenían que haber estado más relajadas...

Creo que eres demasiado exigente contigo misma.

Seguro que el jurado ni siquiera lo ha notado.

Gracias, gracias por los ánimos.

Pero creo que ha sido precipitado,

no me he preparado bien la prueba.

¿Hace cuántos años te pusiste las zapatillas de ballet

por primera vez?

Pues hará unos 20 años.

No levantaba ni dos palmos del suelo.

¿Y veinte años no te parecen suficientes de práctica?

No es lo mismo, Guillermo.

Una cosa es bailar por bailar, pero esto es una prueba seria.

Azucena, dejaste a todo el mundo con la boca abierta.

Igual que a mí, cuando me colé en la academia y te vi bailar.

Ya, pero eso es porque no sabes de ballet.

Pero sé de belleza y de pasión.

Ahora, lo que tienes que hacer es relajarte, ya has hecho tu parte.

Gracias.

Gracias por venir, por confiar y estar conmigo.

Cuando he escuchado Azucena Rubio casi me da algo.

Pero te has subido al escenario.

Y demostraste lo que sabes hacer.

Porque vi tus ojos mirándome desde el patio de butacas.

Buenas tardes, doña Milagros. -Buenas tardes.

Y hablando del patio de butacas,

¿te fijaste en un señor muy elegante que no paraba de mirarte?

No especialmente.

Había muchos ojos en el público, pero yo solo reconocía los tuyos.

Pero ¿por qué lo preguntas?

No lo sé. Era un hombre muy tildado, pero me dio mala espina.

Y, bueno, cuando terminaste de bailar,

le dijo algo a uno de los ojeadores.

Y si no recuerdo mal, también le dio algo.

"Algo". ¿En qué estás pensando?

No lo sé. No me fijé bien, y seguramente, no sea nada.

Será mejor olvidarlo.

¿Te apetece dar un paseo por los jardines?

Aunque tenga que soportar los gritos de mi madre,

solo hay una respuesta posible.

Fidel...

¿Todavía sigue aquí ese joven?

Hasta que no cuente algo, va a estar sentado en esa silla.

¿Y cómo se sabe cuándo lo ha dicho todo?

No se sabe, pero se intuye.

Pero sí hay una manera de asegurarse de que no queda nada dentro.

¿Cuál?

Estoy seguro de que no tiene interés en saberlo, don Ramón.

No, sin duda, no tengo interés.

Prefiero que me hable de David Expósito.

El seguimiento está en marcha, en breve se le podrá detener.

Secuestrar, llámelo por su nombre. Llámelo como quiera.

Estamos a punto de solucionar el problema que nos ha creado Aurelio,

un tipo muy peligroso,

capaz de cargar contra usted,

contra Lolita y contra su hijo Moncho.

Si no fuera por ellos,

si el peligro solo se cerniese sobre mí,

no haría nada de esto.

Lo que yo le puedo decir

es que ese hombre no tiene los límites morales que usted.

Lo sé.

Por eso me sorprende que no me haya acosado estos días,

esperaba tenerlo respirando día y noche sobre mi cogote.

No se fíe.

Sabe que usted tiene presente su amenaza

y sabe que usted se mueve por amor a los suyos.

En los últimos tiempos me he movido más por el odio que por el amor.

Eso es algo muy humano, don Ramón, pero pronto lo vamos a solucionar.

El plan está trazado y la hora marcada.

A David Expósito le queda poco tiempo moviéndose a su antojo.

¿Quiere saber los detalles?

No quiero saberlos.

Pero no me queda más remedio.

Debo hablar con Aurelio Quesada

y advertirle de lo que vamos a hacer.

Vamos a la habitación contigua y le cuento los detalles.

"No te enfades, era un asunto de vida o muerte".

Sí, gracias a Dios, la vecina está estupendamente.

¿A ti?

A ti te trataría mejor, lo sabes.

¿Qué crees, que a mí no me molestó dejar las cosas a medias?

Bueno, así cogemos el asunto mañana con más ganas.

¿En el piso nuevo?

La alcoba está ya terminada y todo estupendamente.

Pero mi esposa puede venir en cualquier momento, es arriesgado.

Sí. Está bien, te llamo en cuanto pueda.

Y yo también.

(Puerta)

Sí, sí, sí, sí, sí.

Efectivamente.

Son cuatro gotas cada ocho horas.

Lo disuelves bien en un vaso con agua...

Efectivamente, eso es.

Llámeme cuando quiera, cuando quiera.

Con Dios, con Dios.

Todo el día trabajando,

tienes que pensar en disfrutar un poco más de la vida, Ignacio.

Y usted que lo diga, tía, y que lo diga.

¿Se salvó el vecino ese que trataste,

el que te avisaron de urgencia?

Sí, sí, sí, gracias a Dios.

¿No vas a decirnos quién era?

Ya sabe que tengo que guardar discreción con mis pacientes.

Y no digan nada, que no quiero que se entere el barrio.

No hace falta ni que lo digas, que nosotros no somos dos cotillas.

-¿"Cotillas"?

¿Ha pasado algo?

Nada, Alodia. ¿Has visto los muebles que buscabas?

En esta ciudad no hay clase ninguna, parece mentira.

Estoy pensando en pedirlos a París.

¿"A París"?

Mira, como los niños.

A ver si te traen los muebles una cigüeña.

No tiene gracia, don Jose,

que los muebles no están a la altura de la casa de un médico.

No exageres, Alodia, seguro que había cosas preciosas.

De maderas vulgares.

Yo lo quiero todo de ébano y caoba. ¿Verdad, Ignacio?

Sí, lo que tú digas, mi vida.

¿Vas a acompañarme a ver la mesa, las sillas y el aparador?

No sé si voy a poder, que con tanta guardia...

Eso, Ignacio, ve tú con ella,

que mi Jose y yo no tenemos clase para escoger esos muebles.

A ver si encuentras un mueble con marquetería,

o unas cortinas de tafetán...

Sería tan ideal eso.

(Llaman a la puerta)

Ya voy a abrir yo.

Ignacio, ¿quieres que hable con el director del hospital?

Tienes muchas guardias.

De bueno y dispuesto, pareces tonto.

Déjale a tu esposo las cosas del hospital, Alodia, hija.

(Puerta cerrándose)

Adivinad quién está aquí.

¡Maruxiña, hija! Cómo se te ha echado de menos.

Cuidado, señora, que me desgracia el otro pie.

A ver, déjame que vea ese pie.

Después. Ahora, Maruxiña se tiene que poner a preparar la cena.

De eso nada. Siéntate, hija.

Maruxiña tiene que reposar.

Ignacio le va a ver ese tobillo

y no va a trabajar hasta que esté perfecta.

Tú no te preocupes por nada, Maruxiña.

Yo subo tu equipaje al altillo.

No, no, de eso nada. Después me ayuda Jacinto.

Ni hablar.

Ahora mismo lo dejo en tu cuarto del altillo.

Tranquila.

Denme un segundo, que voy a analizar este pie.

A ver...

Un segundito. -Tenga cuidado.

No te estoy tocando.

Sí, Saoret, repiten el pedido de dos toneladas.

Señal de que las mandamos en el mejor momento.

Tendrás que hablar con el primo de Vicent

para comprarle la cosecha.

Exacto, toda.

Ya iré yo de visita y hablo con los vecinos.

Y nos comemos un allipebre como Dios manda, sí, señor.

Venga, un abrazo.

¿Llego en mal momento? No, don Liberto, nunca lo hace.

De hecho, me viene bien darme un descanso.

¿Mucho trabajo? Sí, mucho.

Pero es porque las cosas van bien.

Hoy he vendido tres toneladas de naranjas.

Una por la mañana y dos por la tarde.

Eso es un montón de naranjas. -Ya lo creo.

¿Una horchata? -Claro, me encanta la horchata.

Ramiro.

Dos horchatas y unos fartóns, por favor.

¿Y con Hortensia, qué, ha vuelto a ser impertinente con usted?

Si le soy sincero, no sé qué ha pasado.

Me dijo que iba a pagarme lo que me debía,

y por ser amable, le dije que no corría prisa.

Entonces, en lugar de agradecerlo, se puso como una energúmena.

Mi cuñada Hortensia tiene reacciones difíciles de entender.

Sí que las tiene.

Pero usted ya está acostumbrado, supongo.

No se crea que uno se acostumbra a eso,

tenerla en casa es una prueba constante para los nervios.

Y cuando se junta con mi esposa, es peor, se disparan aún más.

Oh, aquí los tenemos.

¿Conoce los fartón, don Liberto? -La verdad es que no.

Pues ya verá, ya.

El secreto mejor guardado de mi tierra.

Típico de Alboraya.

¿Sí? ¿Se come así, sin más, como un bollo?

Hay que mojarlo en la horchata y dejar que se empape.

Pruebe.

Um... Esto es espectacular.

Con chocolate también están buenos, no es igual que con la horchata,

un manjar de dioses.

¿Instruyendo a don Liberto en los secretos del fartón?

No sé cómo he podido pasar toda la vida sin conocerlos.

Hoy se nos han acabado, pero otro día le preparo una bandeja

para que los pruebe su esposa.

Le tomo la palabra.

Porque me tengo que ir a dar un paseo, pero no se me olvida.

De hecho, a veces pienso en irme a vivir a Valencia,

y solo por la horchata.

Con su permiso, les dejo, pero esto me lo llevo.

Muy bien. -Que tengan un buen día.

Hasta luego. Con Dios, don Liberto.

Qué agradable es este hombre, ¿eh, hijo?

Y la paciencia que tiene.

Menudas son su esposa y su cuñada.

Ya.

Por lo que sé, has discutido con doña Hortensia.

No, madre, no. Ella ha discutido consigo misma.

Esa mujer es insoportable, ni ella misma se aguanta.

Vaya.

Yo que pensaba que ya os entendíais mejor.

No se haga ilusiones,

porque no tengo el menor interés en esa mujer.

Si por mí fuera, Guillermo no volvería a ver a su hija.

Buenas tardes, don Felipe.

Vaya, va usted hecho un figurín.

No exagere, que uno ya peina canas.

Mire, más interesante que le hacen.

Espera aquí, no se te ocurra marcharte,

que saludo un momento a la señora Inma,

le pregunto si necesita algo de la tienda de tejidos y salgo.

¿Por qué tengo que ir contigo?

Ya está decidido, vamos los dos juntos.

Y no se te ocurra volver a preguntarme.

¿Qué te pasa, Servando? ¿Dónde te llevan?

A comprar sábanas.

¿Y de eso te quejas?

Lo que tiene que hacer uno por las mujeres.

Se lo voy a contar a usted, que ha pasado varias veces por vicaría.

Que yo recuerde, un par.

Como yo, entonces.

Se me hacía que había pasado varias veces más.

A punto sí, pasar no.

Si le sirve de algo mi consejo, hágame caso, no vuelva a pasar.

Cuidado.

Venga, vamos.

Y usted no le haga caso a Servando, le diga lo que le diga,

que es un liante.

No se preocupe. Que tengan suerte.

Gracias. A más ver. Con Dios.

Vamos, venga. Que sí, que sí. Ya voy.

Aquí tiene su tila, Azucena. -Gracias.

No hay razón para que esté nerviosa, seguro que ha bailado divinamente.

Qué va, hasta he dado un traspiés.

Ya te digo que la única que ha notado el traspiés has sido tú,

yo estaba mirando y no me he dado cuenta.

Tú me quieres mucho y entiendes poco de ballet.

Las dos cosas son verdad, pero deja de flagelarte.

Además, hasta mañana no dan los resultados.

Voy a pasar toda la noche sin dormir.

Si quiere le pregunto a Dori, la enfermera de don Felipe,

si hay algún preparado que le sirva para dormir.

Lo que me faltaba.

Contaré ovejas, como toda la vida de Dios.

Sea como sea, tienes que descansar,

tienes que estar preparada para la segunda prueba.

¿Hay una segunda parte?

Solo para las mejores.

Pues prepárate, que te va a tocar bailar, Azucena.

Y haz caso a tu profesora,

¿no te dijo ella que lo habías hecho muy bien?

Sí, para tranquilizarme, nada más.

Pues le ha salido el tiro por la culata.

Marcho para la cocina, que tengo que hacer la prueba.

Esta casa es un no parar.

Te noto preocupado.

¿Sigues pensando en el hombre del patio de butacas?

Sí. Me dio mala espina ese hombre.

No te preocupes, seguro que no es de los que decide.

Sí, será mejor no pensarlo.

(Llaman a la puerta)

¿Podrá ir Casilda a abrir? -Si no, que vuelvan a llamar.

Dame un beso, antes de que aparezca mi madre.

¡Carta! Un mozo ha traído una carta del Teatro Real.

Eh...

Esto es que han quedado tan impresionados,

que se han decidido con un día de adelanto.

Seguro.

Que la vamos a ver bailando en el París de la Francia.

Nada, no he sido seleccionada.

"Señorita Azucena Quiñonero Rubio, no ha sido seleccionada".

"Gracias por presentarse".

Estás muy bella.

Gracias.

Esa es la corbata que más me gusta.

Lo sé, por eso me la he puesto.

Siento vernos aquí,

pero creo que es mejor que hablemos en un sitio público.

¿Qué pasa, no te fías de mí?

No, todo lo contrario,

temo que no seamos capaces de contenernos

y nos echemos uno en los brazos del otro,

que es lo que nos apetece.

¿A los dos?

No puedo hablar por ti, pero es lo que me apetece a mí.

Entonces, lo mejor será que nos levantemos y subamos a casa.

No, Felipe, no vamos a hacer eso.

No vamos a dejar una y otra vez nuestra conversación pendiente.

Quiero que hablemos con calma.

Está bien. Hablemos.

Tú no eres sincera conmigo, tienes planes a mis espaldas.

Nunca te he ocultado que tuviera planes anteriores a ti.

Tú tienes un pasado, yo tengo el mío.

Yo he olvidado el pasado en cuanto te conocí,

quiero vivir el futuro a tu lado.

Dori,

llegaste en uno de los peores momentos de mi vida,

me ayudaste a salir adelante.

Quiero que acabemos el trabajo.

Felipe, llevo años luchando por cumplir mis sueños,

formarme en mi profesión. Y no ha sido fácil,

he tenido que aceptar trabajos que no me gustaban,

y pasar noches sin dormir, estudiando.

Lo que me pides es que abandone todo eso para que sea tu esposa.

¿Te puedo dar algo mejor?

Supongo que no, no es lo que deseo ahora mismo.

He luchado mucho para conseguir oportunidades

a las que no voy a renunciar.

Me pones por detrás de tu trabajo.

Y no quieres explicar nada, solo quieres marcharte.

Ni me das la oportunidad de seguirte.

Tu sitio está en Acacias. Mi sitio está a tu lado.

Que no, Felipe, cuando llegue la nueva enfermera, me marcharé.

¿No me vas a dar explicaciones?

Lo haría si pudiera, pero no puedo.

Entonces, no...

no voy a seguir jugando a esto.

Que tengas suerte.

Todo va según lo previsto,

los laboratorios están en marcha,

en breve, el doctor Lluch adiestrará a los científicos

para poder sintetizar el gas,

nuestros enemigos están a punto de desaparecer.

Creo que es un día para celebrar.

Una buena cena es lo que quiero. -Señor.

Podemos abrir una de esas botellas que trajimos de México,

de esas que con tanto mimo guardaba mi padre para ocasiones especiales.

Señor, hay algo que debo decirle.

¿Ha ocurrido algo? -Me temo que sí.

¿Mi esposa? -Sí.

Está en su cuarto, tuvo que venir el doctor Quiroga.

De no ser por él, doña Genoveva habría fallecido.

¿Cómo?

Doña Genoveva ha ingerido una dosis muy alta de somníferos,

una dosis mortal,

de no ser por la intervención del doctor...

Eso no puede ser,

mi esposa no toma somníferos, no ha podido ser un accidente.

Todo parece indicar que no ha sido un accidente,

sino un intento de suicidio.

No. Eso es absurdo.

Está fuera de peligro.

Ahora está dormida.

El doctor ha dicho que no se despertará hasta mañana.

Ha dejado un analgésico que debo suministrarle mañana

para el dolor de cabeza que sufrirá.

Lo he dejado aquí, para tenerlo a mano.

¿Y mi hijo? -Gracias a Dios, está bien.

El embarazo sigue su curso con toda normalidad.

Si llega a hacerle daño a mi hijo,

no tiene que suicidarse, la mato yo con mis propias manos.

Jacinto.

Buenas tardes, don Ignacio.

Una pregunta, a ver si usted sabe, como médico.

¿Por qué se llena el suelo de polvo si he fregado por la mañana?

Ni idea, Jacinto.

¿No hay una explicación científica?

La hay, pero hay que ser creyente para entenderla.

¿Tú eres creyente? -Por supuesto.

Entonces, has oído lo que dice la biblia:

"Polvo eres y en polvo te convertirás".

Sí, claro.

Pues eso, que nos convertimos en polvo.

Por eso se llena el suelo de polvo,

de lo que va perdiendo la gente que pasa.

Entonces, ¿vamos a ir desapareciendo?

Tranquilo, dentro de muchos años: 200 o 300 años.

Ah.

Ah, claro, por eso los ancianos son más bajitos.

Mira, mira cómo lo vas entendiendo.

Ole ahí.

Ahora quería hablar contigo de otra cosa, Jacinto.

Usted dirá.

Si yo le pido un favor, quiero que usted esté despierto,

que no se apague,

que no se duerma en las musarañas, ¿me explico?

Sí, pero usted me pide que mienta.

No, no, no.

Le pido que me cubra.

Y de los asuntos de hombres,

solo nos tenemos que enterar los hombres.

Buenas tardes.

Antes que hombre, soy portero, y los porteros no podemos mentir.

¿Y eso quién lo dice? -El señor Servando.

¿"Servando"?

Servando no tiene ni idea, Jacinto.

Quiere aprovecharse de ti, y sacar información

para cuchichear por el barrio.

Yo lo que quería era...

pedirte un favor en breve. -¿A mí?

Buenas tardes. -Muy buenas.

Mira qué rápido espabilas. Qué gracioso.

Toma.

Y no seas avaricioso,

que la avaricia rompe el saco, Jacinto. Toma.

Que no, don Ignacio, que no puede aceptar sobornos.

Coge. ¿Quién dice que no? ¿Te lo ha dicho Servando?

Sí.

¿Y propinas?

Propinas sí.

Pues esto es una propina por lo bien que limpias el polvo,

el polvo que va perdiendo la gente que pasa.

Y también para que le digas alguna mentirijilla a mi Alodia

y a mi tita Bellita.

-¿Por qué le pagas?

Es una propina, un dinero sin importancia.

¿Por qué? -Eh...

No, son cosas...

Cosas a las que estamos acostumbrados los médicos,

que estamos dando propina...

¿Dar propina a los porteros?

Sí, pero siempre que ellos salvan una vida.

Si Jacinto no me avisa a tiempo de que había una emergencia,

no habría podido salvar a un paciente.

Ah, no sabía esa costumbre.

Eso mismo le decía yo a don Ignacio, que es mi obligación

y no hace falta que me dé nada. -Me parece estupendo.

Me quedo el dinero para las cortinas del salón.

¿Vamos, Ignacio?

¿Qué haces? En polvo te vas a convertir.

Ya verá qué rica está, don Felipe.

Ha llegado a la tienda, y el primero en el que he pensado es en usted.

Pues has hecho muy bien.

Me he acordado cuando doña Celia me mandaba a comprarla.

La verdad es que me encanta, sobre todo la de bonito.

Ya, ya lo sé.

A veces, la echo mucho de menos.

Y yo.

Aunque reconozco que menos de lo que debiera.

Han pasado muchos años.

Sí. Muchos años y muchas cosas.

Um...

Esta empanada está riquísima, de las mejores que he probado.

Ya se lo he dicho. ¿Guardamos un poco para Dori?

No. No creo que Dori baje hoy.

Supongo que cenará en el altillo.

¿No se han arreglado las cosas?

No, Lolita, no.

Todo va peor.

Insiste en marcharse,

y es por su proyecto profesional,

pero ni siquiera sé de qué se trata,

así que, no puedo pensar en acompañarla.

¿Se lo ha propuesto abiertamente?

En su vida no hay espacio para mí,

su proyecto profesional lo ocupa todo.

Confiaba en que tú pudieras enterarte de algo.

Lo he intentado, pero no he conseguido nada.

Dori es muy celosa con su intimidad.

Ya.

Yo no puedo hacer más.

Le he pedido a don Ignacio que le busque una sustituta.

Le desearé suerte

y le daré una gratificación para que pueda empezar su nueva vida.

¿De verdad no hay vuelta atrás?

Le estaré agradecido por ayudarme a salir del pozo en el que estaba,

pero no hay nada más que pueda hacer.

Qué lástima.

Bueno, nos queda confiar en que regresarán los buenos tiempos.

No lo creo, Lolita,

a mí, pocos placeres me quedan en esta vida

mas que comer empanadas tan ricas como esta.

No diga eso. Hace meses, parecía imposible

que ninguno de los dos se volviera a enamorar.

¿"Ninguno de los dos"?

¿Me estás ocultando algo? No.

Ahora no te eches atrás.

¿Ha conseguido un hombre conquistar el corazón de esta mujer?

No me haga hablar, que ni yo misma sé lo que siento.

Está bien, no insisto más. Pero prométeme algo,

cuanto te aclares vendrás a contármelo.

Se lo prometo.

Sabes que te aprecio y que te deseo la mayor de las suertes.

Te voy a dar un consejo:

lánzate.

De lo que más se arrepiente uno en la vida,

es de lo que nunca se atrevió a hacer.

Me voy antes de que se haga tarde y hable de más.

¿Se va a comer lo que queda de empanada?

No, Lolita, no tengo mucho apetito.

Súbela al altillo.

Eso le iba a proponer.

Dile a Dori que la pruebe, seguro que le gusta.

Ay, don Felipe...

No puedo creer que sigáis aquí.

A estas horas, os hacía en un tren camino de algún sitio.

Es difícil tomar una decisión así.

Valeria, hazme caso, no hay tiempo, la vida de David corre peligro.

No es un juego, Aurelio Quesada es un asesino.

No puede atreverse.

No hay nada que detenga a ese hombre, y menos una vida humana.

Te tienes que marchar, ni tienes tiempo para hacer el equipaje.

Coge un bolso, mete el dinero, las joyas y márchate.

Lo quiero que vuelvas a Acacias ni a la ciudad, ni a España siquiera.

Rodrigo...

No sabía que estaba aquí.

He subido para comprobar si os habíais marchado.

Le estaba diciendo a Valeria que no podéis retrasarlo más.

Valeria tiene algo que decirte.

Escúchela, por favor.

No quiero dejarte atrás,

no puedo dejarte a expensas de lo que te quiera hacer Aurelio.

Yo sabré apañarme. -Lo acabas de decir,

es un hombre peligroso, no hay nada que lo detenga.

Pero ya tiene lo que quería de mí, la fórmula del gas venenoso.

Ya la tiene, Valeria, no le necesita para nada.

Me alegra que te preocupes por mí, Valeria.

De verdad.

Pero no debes hacerlo, lo tengo pensado, tengo un plan.

¿Cuál?

No te lo puedo decir, pero confía en mí.

He pensado en la salida de todo esto.

Yo huiré, como hice en el pasado,

pero necesito que os marchéis.

¿Y Aurelio?

Aurelio será la única víctima de esta situación.

Rodrigo, por favor, ten cuidado.

Lo tendré, descuida.

Pero marchad.

Siento que te dejo en la estacada.

Hasta que no huyas, no podré llevar a cabo mi plan.

David, para mí, es un sacrificio muy grande

abandonar a la única mujer que me ha hecho feliz,

a la única que he amado, así que, por favor,

se lo pido desde el corazón, cuídela bien.

Está bien.

Saldremos mañana en el primer coche de línea o en el primer tren.

Quiero su palabra.

La tiene.

Y la tuya también, Valeria.

¿Qué haces levantada?

Me duele mucho la cabeza.

El doctor dijo que tenías que dormir toda la noche.

No podía seguir en la cama.

Me he despertado y el dolor es insoportable.

¿Ha dejado el médico alguna medicina?

Sí, están ahí.

Dame una, me va a estallar la cabeza.

Has intentado suicidarte,

has intentado matar a mi hijo. Por favor, Aurelio.

Cállate, que estoy hablando yo.

Igual que mataste a mi hermana Natalia.

También te tendría que haber matado a ti.

Te odio.

Te salva la criatura que llevas en tu vientre.

Si no...

Ese niño no nacerá.

Prefiero morir a parir un hijo tuyo.

Muy bien, querida,

en ese caso, voy a ayudarte... a morir.

Yo me rompo cada vez que pienso que me voy a separar de él para siempre.

Le está haciendo mucho daño. -Al revés,

soy yo quien no sabe amarle como merece.

Piénselo un instante. ¡Cálmese!

Si da muerte a su esposa, nadie le librará del patíbulo.

Aquí no tiene la protección que tendría en su tierra.

No merece la pena que lo pierda todo por ella.

El amor no se da por nada,

se tiene que conseguir con cariño y atención.

Y por mucho que haya pasado,

nunca es tarde para recomponer nuestro corazón.

He venido a decirte que me marcho del barrio.

Pero ¿así, de repente? ¿Qué sorpresa es esta?

He conocido a una mujer,

y me atrae su franqueza y su fuerte carácter.

Me recuerda a ti en ciertos aspectos.

Tal vez debería...

lanzarme y dar el paso, pero...

no quiero dejar de honrar tu memoria.

Me ha dicho qué comida prefiere, a qué hora...

Casilda, me da igual. ¿Dónde está Dori?

¡Tiene que estar aquí!

También he descubierto que Gerónimo, acudió a la academia

de Azucena acompañando a los ojeadores que juzgaban las pruebas.

No puede ser.

Eso significa que le han robado el puesto a la niña.

Hoy mismo llevaremos a cabo el secuestro de David Expósito.

Creo que no ha entendido lo que yo pretendo de ustedes.

No le comprendo.

No se trata de que retenga a ese individuo en ningún sitio,

yo quiero que lo ejecuten.

Tengo la sensación de que su marcha

está relacionada con esos laboratorios.

Podría ser, sí.

Lamento que no pudiéramos cerrarlos.

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Acacias 38 - Capítulo 1465

08 abr 2021

Ignacio, con la ayuda de Marcelo y Luzdivina, salvan la vida de Genoveva en el último minuto. Más tarde, el mayordomo hace partícipe a Aurelio del intento de suicidio de Genoveva y se enfada con su esposa.

Mientras tanto, David revela a Valeria que Rodrigo se propone acabar con la vida de Aurelio, a la vez que Fidel pone al tanto a Ramón del plan del secuestro de David.

Maruxiña regresa a Acacias pero aún sigue con el esguince y no va a poder servir, para disgusto de Alodia. Y, por su parte, Azucena se presenta a la prueba.

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