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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1433 - Ver ahora
Transcripción completa

Pero solo me interesas tú. -Permíteme que lo dude.

¿Por qué te crees que busqué trabajo en la academia?

¿Por Claudia, a la que no conocía?

¿Por qué te sientes propiedad de un hombre que huyó sin pensar en ti?

¿Qué?

La despedida se está alargando. Tengo que marcharme.

¿Aurelio no tiene protegido a mi marido?

Don Aurelio le protege, claro que sí.

No puedes irte así.

¿En qué estaría yo pensando cuando le hablé de mi sobrina,

la persona a la que más he querido? -Eso no es algo vergonzoso.

¡Eso no es algo de lo que cotillear!

Vigile las cartas que lleguen a nombre de Alodia.

Lo que usté diga.

Fue un placebo.

Se tomo una pastilla sin efecto alguno.

¿De qué me está hablando?

La odio con todas mis fuerzas,

no veo el momento de hacerle pagar.

He estado pensando en cómo podría librarse del chantaje

al que le somete. -"Moncho viene mañana".

Antoñito y Carmen querrían que estuviéramos los tres juntos.

Esa es la verdad, porque David no es su marido,

ni es nada de usted.

¿No va a decir nada al respecto?

Parece haberse quedado muda.

No es para menos que me muestre sorprendida.

¿De dónde ha sacado la idea de que David no es mi esposo?

No, Valeria, no mienta.

A la vista está que no es lo suyo.

Ha debido de perder el juicio. Sus acusaciones son absurdas.

Lo absurdo es su insistencia en mantener el teatro.

¿No ve que es inútil?

Lo sé todo.

Y de mujer a mujer,

también estoy al tanto hubiese deseado

que su falso marido no fuese tan falso.

¿No es cierto?

Me lo tomaré como un sí.

Ya se dice que quien calla, otorga.

Es una lástima,

ahora que había logrado seducir a David,

él decide poner tierra de por medio.

O quizás haya sido precisamente por eso,

la ama tanto, que ha decidido huir de usted.

¡Qué romántico!

No sé qué pretende con sus invenciones.

Aurelio me ha puesto al día de lo que le pasó en Barcelona

a su verdadero esposo, Rodrigo Lluch,

y su posterior huida.

¿"Huida"?

Sí.

Por lo que he escuchado, tengo serias de que Aurelio sepa

el verdadero paradero de Rodrigo.

¿Está segura de que mi esposo juega limpio con usted?

Yo apostaría a que,

lejos de tenerlo escondido para protegerlo,

Aurelio ha dedicado su tiempo a seguir su rastro sin éxito.

Ya. Tal idea resulta perturbadora.

¿Verdad?

Ya es suficiente. Fuera de mi casa.

¿No me ha escuchado? ¡Fuera!

Está bien.

No se sulfure.

Seguiremos nuestra conversación en otro momento.

(RESPIRA AGITADA)

(Sintonía de "Acacias 38")

Estoy esperando una explicación,

¿Dice que la medicación que tomé en casa de Ramón era un placebo?

Eso he dicho.

Y no era el primero que tomaba.

(GRITANDO) ¿Cómo pudo hacer tal cosa?

Porque hay otras formas más seguras de curarlo.

Muchos científicos aseguran que la enfermedad

está regida por la mente.

Hay medicamentos que carecen de acción curativa,

y el paciente se cura,

como usted ha comprobado. Debería echarla.

¡No, debería denunciarla!

¿Te estás riendo? ¿Te hace gracia mi indignación?

No, pero sí me satisface. ¿No se da cuenta?

Se está defendiendo, está mostrando un amor propio

que no había visto hasta ahora. Empieza a ser el Felipe que fue.

Tenga cuidado, no estoy de humor para sus tonterías.

¡La voy a poner de patitas en la calle!

Si me aparta de su vida, cometerá un grave error.

¡El error fue dejar que entrara en ella!

Ese fue el error.

El Felipe que tengo ahora ante mí,

el que regresó solo de casa de don Ramón, sin ayuda de enfermeros

ni pastillas, necesita algo distinto al tratamiento del doctor.

¿No se da cuenta?

Tiene que exorcizar sus miedos, y sí,

hacer listas como esta que le indiqué.

Acabe el ejercicio, termina la lista.

Fuera de mi vista.

Le agradezco que haya venido, Luzdivina.

La agradecida soy yo porque me lo haya pedido.

Me sorprendió su nota, Marcelo,

temí que siguiera molesto

por haberme ido de la lengua con la señora, hablándole de su sobrina.

Créame que lo hice sin mala fe.

No imaginé que le pudiera molestar tanto

que le hablase de Sara a la señora. Nunca quise molestarle.

Espero que me perdone.

No hablemos más de eso.

Le prometí un retrato y he cumplido con mi palabra.

Qué ilusión.

¿Puedo verlo ya?

Por supuesto.

¿No le agrada la pintura, Luzdivina?

Marcelo,

¿por qué me ha pintado así?

La respuesta es sencilla.

A la hora de pintarle, su rostro se había borrado de mi mente,

al igual que el aprecio que sentía por usted,

se ha borrado de mi corazón.

Gracias a su traición,

he descubierto cómo es en realidad.

Ahora, váyase de mi cuarto.

(Suenan las campanas)

Me alegra haberlo encontrado, Liberto.

Le debo una explicación.

Le aseguro que no pretendía disgustar a su esposa y a su cuñada.

Tan solo trato de velar por lo que creo mejor para mi hijo.

Descuide. Ya le dije que, como padre es su derecho y deber,

comparta o no sus opiniones. -Gracias.

Me temo que las mujeres de su casa no opinan de igual forma.

Tanto Rosina como su hermana tienen un carácter, como decirlo, especial.

Esperemos que con un poco de tiempo sepan disculparme.

Rosina, Hortensia, venid un momento.

Lo haremos cuando estés en mejor compañía.

Peor sería imposible.

(RÍEN)

Me temo que van a precisar de algo más que un poco de tiempo.

Cuando se ven atacadas son de armas tomar.

Y cuando no, también. Trataré de hacerla entrar en razón.

No parece que vaya a resultar tarea sencilla.

Venga, le convido a un café.

Claro.

Con Rosina, seguro que no,

pero me temo que su hermana es mucho peor.

No envidio a su difunto esposo.

Porque ella es viuda, ¿no? -Sí.

No está resultando fácil la convivencia con ella.

No dejamos de enfrentarnos.

Por si el Señor no hubiese tenido suficiente

con hacernos pagar nuestros pecados con las suegras,

nos dio de regalo a las cuñadas.

Yo me estoy ganando el cielo con ella.

Pero ¿sabe qué es lo que más me inquieta?

La influencia que tiene sobre mi esposa.

De seguir así la cosa, mi matrimonio puede resentirse.

No diga eso, Liberto.

Debe cuidar de su matrimonio como del tesoro más preciado.

Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde.

Amelia, mi esposa,

falleció en trágicas circunstancias.

Yo aún no he sido capaz de reponerme de su pérdida.

Lo lamento, Pascual.

Sabía que era viudo, pero no conocía las circunstancias.

Me rompe el corazón hasta pronunciar su nombre.

Aproveché que Guillermo tenía que venir a la ciudad,

para comprarle el restaurante a mi madre,

mientras yo dedicaba mis días a viajar,

tratando de olvidarla.

A la vista está que no lo ha logrado.

Así es.

Haga caso de mi humilde consejo.

Disfrute cada segundo que pase al lado de su esposa.

A mí no se me permitió disfrutar mucho tiempo de Amelia.

Jacinto, tu chorizo.

¿Adónde vas? Yo no te pedí tanto.

Más vale que sobre, que no que falte.

Lo que me faltan son monedas pa pagarte, que no me llega.

Tú dame lo que puedas, el resto te lo regalo.

Mujer, ¿y tal dispendio?

Pa que levantes el ánimo, que pareces un alma en pena.

¿De dónde vienes tan tristón?

De la iglesia, de confesar mis pecados.

Pues habrás tardao un suspiro, tú eres más bueno que el pan.

No creas, Lolita.

Uno no sabe si había actuao bien o mal.

Creo que he ayudao a una persona a engañar a la otra

y queriendo hacer un favor, quizás haya pecao.

Te explicas como un libro, pero cerrao a cal y canto.

No te puedo contarte más. El resto queda entre mi confesor y yo.

Está bien. A saber qué te ha dicho el cura.

Pero, con lo poco que he entendido, te puedo decir dos cosas.

La primera: seguro que actuaste de buena fe, como siempre.

Gracias por la consideración. ¿Y la segunda?

Que ese chorizo, con un poco de pan,

te va a absolver de los pecados y te va a devolver la sonrisa.

¿Lo ves?

Ya te estás riendo. Hoy no quiero caras largas,

hoy es un día feliz pa todos.

¿Y eso por qué?

Arrea, ¿no te has enterao? ¡Que viene mi Moncho!

¿Viene el pequeño? Pero ¿cómo no me habías contao na?

¿Qué planes tienes con él? ¿En qué puedo ayudarte?

En na, salvo en darle un achuchón bien grande.

Tengo un sinfín de planes.

-...llevarlo a la feria, subirlo al tranvía,

pasear con él por el centro,

llevarlo al barbero... ¿Y qué otra cosa?

Ah, a dar de comer a las palomas en la plaza.

Por Dios, pobre niño, va a acabar agotado.

Pues Lolita aún me contó más planes que pensaba hacer con su hijo,

pero ya no me acuerdo. -Tiene que estar como loca.

No es para menos. Ya es mucho tiempo separada de él.

El lugar de un niño es junto a su madre.

Lo sé, Jose, pero Lolita ha tenido que sacrificarse por don Ramón

y por el bienestar del niño.

Esperemos que Ramón haya recapacitado en este tiempo

y ceda al fin con su nieto.

Yo no contaría con ello, cariño.

Las cosas de familia son a veces muy complicadas.

-Así es,

pero con un poco de paciencia y ganas,

todo se termina solucionando.

Bueno, si no, míranos a nosotros, reina mora,

¡que ya se nos van los invitados!

Calla, que te pueden oír.

No sabes las ganas que tengo de que no me puedan oír.

La verdad es que yo tampoco veo el momento.

Alodia está muy pesada con la mudanza.

Te sobra "con la mudanza", está pesada, y punto.

(Pasos)

Nada, que en las maletas no caben ni la mitad de mis vestidos.

Y como muestra un botón.

Mejor os dejo solas.

Sí, que en estas cosas, las mujeres os arregláis divinamente.

Cobarde.

Bellita, ya no sé qué hacer.

Esta mudanza va a acabar conmigo.

No solo contigo, hija. -¿Podría dejarme otro baúl?

Como no lo pinte, ya te he dejado todos los que había en casa.

Ya estoy de regreso.

Te apuesto a que en un santiamén te arrepientes de haberlo hecho.

Ignacio, no tengo donde guardar la ropa para la mudanza.

Que todos los problemas sean esos.

Te compraré las maletas que necesites.

Uy, pues van a ser cientos.

Ya está, le diré a Jacinto que las traiga.

Tú mira tu ropa y dime cuántas necesitas.

Deja, que yo te ayudo a colocarla.

Anda, anda.

Don Ignacio, lo estaba aguardando. Un mozo trajo una nota para usted.

¿Pa mí? A ver, trae.

(CARRASPEA)

(LEE) "No sufras más, mi desconsiderado amante".

"Ya he podido comprobar que tus palabras de amor eran huecas,

tan solo engaños pa seducirme".

"No te molestaré más ni a ti ni a tu esposa".

"No le deseo mal, al contrario,

la compadezco por haber tenido la mala suerte de caer en tus brazos".

¿Qué haces ahí?

Nada, nada. Lo que pase no es asunto mío.

-Y lo que más le va a gustar,

es el bizcocho de limón de la Fabiana.

Qué suertudo. El bizcocho de Fabiana es el mejor del mundo.

Se lo va a pasar en grande. -No tanto como su madre.

Estoy deseando tenerlo en brazos. -Ya no te queda na, Lolita.

Te dejo, que tienes clientes. Y gracias por el chorizo.

Que aproveche. -Seguro que sí.

Con Dios.

Lolita, se la ve radiante.

Así me siento, Fidel.

Lástima que no lleve el pasador que le regalé, le quedaría muy bien.

No lo encontraba.

Dígame, ¿qué le pongo?

Nada, no he venido a comprar.

¿Entonces?

Verá, me han dado unas invitaciones para ir a la chocolatería

de la que todo el mundo habla. ¿Sabe cuál le digo?

Sí, El obrador de Rufino, tiene muy buena fama.

Así es.

Mañana harán una exhibición de cómo se produce el chocolate

y una degustación.

He pensado que tal vez...

le gustaría acompañarme.

Sí me gustaría, pero mañana me resulta imposible.

Ah. ¿Ya tiene planes?

Sí, e inmejorables.

Hoy llega mi hijo del pueblo.

Quiero dedicarle todo el tiempo que pueda.

Qué alegría. Debe estar muy ilusionada.

Sí.

Eh, Lolita...

¿Por qué no va a la chocolatería con su hijo?

Será un buen plan para los dos.

¿Y usted?

Seguro que su hijo lo disfruta más.

Vaya.

Se lo agradezco.

A Moncho le va a encantar, es muy goloso.

Lolita,

disfrute mucho de su hijo.

A más ver. -Buen día.

Gracias. Con Dios.

Te agradezco que me hayas acompañado, Casilda.

Esos polvos blanqueadores con lirio de Florencia y aroma de rosa

solo los venden en esa droguería.

Llevaba tiempo ahorrando para comprármelos.

No te preocupes, si yo estoy encantada de acompañarte.

Pero no te hacía falta ahorrar pa tal dispendio.

Si tú tienes la piel de porcelana y te huele el aliento a flores.

Qué lisonjera eres.

Contigo a mi lado, no preciso de abuela.

Una solo dice la verdad.

Dime, ¿qué has comprado tú en el quiosco?

Unas garrapiñás.

¿Te ha entrado capricho de dulce?

No son pa mí, sino para Monchito, el niño de la Lolita.

Hoy vuelve con su madre. -Cuánto me alegro.

Ya verás,

entre la Lola y el resto nos lo vamos a comer a besos.

Anda, mira, ahí está Guillermo.

Espero que no le haya perjudicado mucho

la pelotera que tuvieron tu tía y tu madre con don Pascual.

Ya.

-Qué mal se han tomao que el hombre no quiera que su hijo te ronde.

Si ellas no querían que se te acercara.

Las madres son así, son unas cabezonas.

Siempre quieren tener la última palabra.

En el caso de doña Rosina, ella quiere tenerlas todas.

Ya.

-A las buenas.

¿Paseando?

Más bien, regresando a casa. Hemos salido a hacer unos recados.

Señorita, yo la espero en casa.

Que tengo faena.

Con Dios.

Estaba deseando verte, Azucena. Siento lo sucedido con mi padre.

Descuida, soy yo la que debe disculparse

por la reacción de mi madre y mi tía.

Me he enterado de que la tomaron contra tu padre.

Entre tú y yo, se lo tenía bien merecido.

Menos mal que nosotros no hemos heredado sus ganas de pelear.

Desde luego, y mucho menos contigo.

Dime una cosa, Azucena,

a pesar de nuestros padres, ¿volvemos a ser amigos?

Tal vez. Dejemos que el tiempo decida.

¿Está leyendo la prensa? Es lo que intento.

Mas no consigo centrarme en su lectura.

Le traigo su medicación de esta hora.

¿Puedo fiarme de usted o me va a dar nuevamente un placebo?

Para mí no es tan importante lo que toma,

sino lo que cree que está tomando. No me ha contestado.

¿Serviría de algo que le dijera que son pastillas?

¿Me creería?

¿Tendría efecto en usted?

Si la pregunta es si confío en usted,

la respuesta es claramente que no.

Tómesela, si es su pastilla, le hará efecto.

Y si no, mientras crea que así es, también le hará efecto.

Estará de acuerdo conmigo en que no tiene sentido seguir así.

No puedo estar más de acuerdo.

De nada vale trabajar en su recuperación

si no remamos los dos hacia la misma orilla.

Por eso, le he traído esto.

¿Su renuncia?

Sí, así le evitaré el trámite de tener que despedirme.

¿Se marcha, así, sin más? No, no me marcharé.

A no ser que usted lo quiera así.

Subiré al altillo, espero su decisión.

Eso sí, si finalmente decide mantenerme como su enfermera,

deberemos acordar las condiciones de su tratamiento.

Si no me llama, mañana mismo dejaré el edificio.

He encargado su comida en el restaurante,

Guillermo se la subirá a la una y media.

También me encargaré de su cena, en caso de que no me llame.

En su mesilla he dejado las tomas con sus medicamentos

y los horarios apuntados en el papel.

Espero volver a verle.

Y si no es así, permita que le diga que me encantó conocerle.

Aurelio, aguarde.

Valeria, querida, parece agitada. ¿Acaso ha sucedido algo?

Tenemos que hablar. David se ha marchado.

Tranquila, estoy al tanto.

Que esté al tanto, no me tranquiliza.

Tengo tantas dudas.

¿Qué vamos a hacer ahora?

Lo primero, no puede ser más sencillo, tranquilizarse.

Conténgase, no queremos llamar la atención de los vecinos.

Esta tarde paso por su casa

y me podrá hacer todas las preguntas que quiera.

Pero, ahora mismo, nos despediremos como dos buenos vecinos

que están hablando de frugalidades.

Está bien.

Pero le ruego que se presente. No me falle.

Descuide, tiene mi palabra. A las seis de la tarde.

¿Y bien?

Espero que lo que vaya a contarme justifique lo que cobra.

Hay que verte, Fabiana, hay que verte,

mientras más años pasan, más golosa estás.

A las buenas, Fabiana. -Buenas.

¿Está listo el bizcocho de mi Moncho?

Está, muchacha.

Y llévatelo corriendo, que soy capaz de comérmelo yo sola.

Qué pinta tiene, se ha superado a sí misma.

Tu niño se va a chupar los dedos.

Pobrecito, cuánto habrá echado de menos sus dulces.

No sufras por él, que se va a hartar.

Estoy dispuesta a prepararle bizcochos todos los días.

Ni tanto ni tan calvo, no vaya a engordar una barbaridá.

Pero no le íbamos a decir que no. Menuda mano gasta usted.

El secreto es la ralladura del limón, bien fina y en abundancia.

En la ralladura y el cariño, que de eso va sobrada.

Ay, Lolita.

Te has puesto bien linda para recibir a tu niño.

Al final va a ser verdá,

que me han dicho que tenía el guapo subío.

Eso es verdad.

Pero más que por la ropa,

es por la sonrisa de felicidad que tienes.

Hacía tanto que no adornaba tu rostro, hija.

No me sobraban los motivos, Fabiana.

Pero hoy es distinto. Ya lo tengo to preparao pa mi niño.

He comprao flores, he puesto un muñeco nuevo en su habitación

y he preparao su comida favorita.

Muy bien. ¿A qué hora llega su autobús?

¿Qué autobús?

He pagao un coche pa que lo traiga a él y a Marita,

la hija del panadero, que le acompaña.

Te habrás gastao un dineral. -La ocasión lo merece.

Entre todos vamos a malcriar a tu niño.

Hasta Servando se ha ido al centro

por su cuenta propia pa comprar un juguete.

Este hombre... ¿Pa qué se habrá molestao?

Quía, tu niño lo vale, hija.

(FABIANA SUSPIRA

Fabiana, ¿puedo hablar un momento contigo?

Lolita, te hacía en la mantequería.

He salido una miaja.

¿Qué quería, don Ramón?

Nada, nada, solo...

tomar un café, si no es molestia.

Claro que no. Ahora mismo se lo sirvo.

Siéntese, siéntese.

¿Quién se ha creído que es ese tal Pascual?

Debería rogarnos porque dejáramos a su hijo besar el suelo

que pisa mi niña.

Abren un pequeño negocio y ya se creen alguien.

Que no olvide que es poco más que un camarero.

Y aun así, se atreve a despreciar a Azucena.

Cada vez que lo pienso, más me indigno.

No entiendo cómo Liberto sigue tratándole,

considerarle su amigo todavía.

A tu esposo no parece importarle que haya despreciado a su familia.

Deberías hablar con él y aclararle cómo se debe actuar en estos casos.

¿Quieres que yo se lo diga?

Pues claro, hermana,

puede ser peor si se lo digo yo.

Tendría que darle vergüenza.

Mire usté, señora Hortensia,

no hay nadie más noble en estas calles que don Liberto.

Enhorabuena, hermana, tu esposo no sabe defender a los suyos

y tu criada no sabe cuál es su sitio.

Ya lo sé. Casilda, te tengo dicho

que no te metas en nuestras conversaciones.

Pero señora...

Buenos días.

Está Acacias revolucionada porque esta tarde llega Moncho.

¿Y quién es ese tal Moncho?

El hijo de Lolita, el niño más guapo y tierno del barrio.

Y el más salado.

¿Otra vez? ¡Venga, a la cocina!

¿Y vosotras, de qué estabais hablando?

De ti, Liberto.

Vaya. Creo que no debería haber preguntado.

No comprendemos cómo puedes seguir tratando a Pascual,

después de la ofensa que nos ha hecho.

Tienes que saber cuál es tu sitio. -Pero olvidáis algo,

que yo soy amigo de quién me da la real gana.

Además, es un buen hombre.

Un buen hombre que no ha dudado en despreciar a tu sobrina.

No le parece lo suficientemente buena para su hijo.

Eso no es cierto, no le hubiera parecido buena ni Azucena ni nadie.

Quiere que Guillermo se centre en sus estudios.

O sea, ¿te parece bien? -Ni bien ni mal,

pero está en su derecho como padre.

Eso le dije cuando lo comentó.

¿Ya lo sabías?

¿Y no nos lo dijiste?

¿Lo ves, Rosina?

Parece que tenemos al enemigo en casa.

¡Te exijo una explicación, muchacho!

No se confunda, señora,

yo no tengo que darle explicaciones a usted de nada.

Bien dicho, señor.

Aquí tiene su cafelito, don Ramón.

Gracias.

Ya puede decirme qué le ha traído a la pensión.

Está claro que no ha venido simplemente a tomar café.

¿Tan mal disimulo?

Mal no, don Ramón, peor.

Hasta se le pone cara de culpable.

No me diga más,

quería hablarme de la llegada de Moncho, ¿verdad?

Qué bien me conoces, Fabiana.

Pues sí.

Tanto, como para comprender que no comparte la ilusión de Lolita

por ver a su nieto.

Compréndeme,

no sé cómo me voy a reaccionar cuando lo vea esta tarde.

¿De verdad no lo sabe?

Se sentirá dichoso de volver a tener a su nieto con usté.

¿Y si no es así?

¿Y si al verlo soy incapaz de contener la rabia

contra aquellos que le arrebataron a su padre?

¿Y sí le arruino el momento a Lolita?

No se me ponga en lo peor, don Ramón.

Ya verá como el amor que siente por ese niño,

borra de su corazón todo el odio que ahora lo llena.

Ojalá así sea, pero no las tengo todas conmigo.

Dígame que al menos lo intentará.

Eso tenlo por seguro.

Pero por si acaso,

no está de más ser prevenidos.

Resérvame esta noche una habitación en la pensión,

por lo que pueda pasar.

Si soy incapaz de contenerme,

me quitaré de en medio, no molestaré a Lolita.

Mire que lo lamento, pero no tengo ningún cuarto libre.

Fabiana, no me engañes,

ayer mismo te escuché hablar con Servando.

Le aseguraste que os quedaba una habitación sin reservar.

Y así era, pero la alquilamos de improviso.

No le miento, don Ramón, de verdad se lo digo.

Don David, el marido de Valeria,

se presentó de improviso alquilándonos el cuarto.

Supuestamente era pa una noche, pero aquí sigue.

No hemos dicho nada por discreción.

Lamento escucharlo.

Pensaba que era una pareja muy bien avenida.

Esperemos que sea una pelea de enamoraos

y que la sangre no llegue al río.

Créame, don Ramón, créame de verdad cuando le digo

que siempre pido lo mismo, que haya paz en todas las casas,

que las familias estén unidas, se respeten y que se acepten.

Me temo que ya no estamos hablando de David y Valeria.

Así es.

Ya sabe lo que le toca,

pasar la noche donde debe, en su casa,

con su nuera

y con su nieto.

Tú no me ayudes, no.

Cuidado con el baúl, Jacinto, que su contenido es muy frágil.

Lleva dentro la vajilla.

Por lo que pesa, debe llevar la comida puesta.

Cómo rompas algo, lo pagas, que le quede claro.

(SUSURRA) Qué ganas tengo de perder de vista a la señorona.

Y yo, Jacinto, pero hoy se irá de Acacias

y dejaremos de ver a Alodia.

Coloque mejor las maletas, que te vas a quedar sin espacio.

¿Y usté va a seguir de brazos cruzados?

¿No me iba a ayudar?

Y eso estoy haciendo.

¿Qué harías tú sin mis indicaciones?

Pa quedarme aquí y que no me lo agradezcas,

me voy pa dentro, que hace frío. Adiós, ahí te quedas.

Les estoy muy agradecido por su hospitalidad durante tanto tiempo.

No digas tonterías, Ignacio, ha sido un placer teneros con nosotros.

Ya sabéis que aquí tenéis vuestra casa.

Venid cuando queráis de nuevo.

Pero tampoco hace falta que sea muy pronto.

Mujer, no me mires así.

Si lo digo para que disfruten un poco de su hogar, tranquilos.

Que ya se sabe que el casado, casa quiere.

Claro que sí.

Usted quiere disfrutar de su tranquilidad.

No, hombre, que tampoco es eso.

Si apenas habéis dado guerra.

Más que en el 18.

No hace falta que disimule.

Mi esposa y yo vamos a ser dichosos en nuestra casa.

Vendremos a verlos, pero ya de visita.

Muchas gracias por todo, los echare mucho de menos.

Y nosotros a ti, no te haces ni idea.

Voy a ver si Jacinto, ha terminado.

Jacinto. -Sí.

Una propina por las molestias. -Ah

Pero...

Pero esto es mucho, don Ignacio, si solo he cargao las maletas.

No. Por todo lo que has hecho por mí.

¿Entiende? -Sí.

Arrea, ¿a santo de qué le da a este semejante pastizal?

En cuanto vea a Casilda, se lo digo.

Aquí hay gato encerrao.

A las buenas, Dori.

¿Qué hace aquí que no está atendiendo a don Felipe?

Hace unas horas le he presentado mi renuncia.

¿Cómo? ¿Y has tenido que hacerlo hoy, que llega Moncho?

Menudo disgusto le vas a dar a Lolita.

Ya sé que bastante ha aguantao con don Felipe,

sé que no le pone las cosas fáciles.

Pero por un par de días, tampoco le iba a pasar nada.

¿Me dejas hablar?

Aún no es seguro que me vaya a marchar.

Si me acaba de decir que ha renunciado.

Está en mano de Felipe. Tiene hasta mañana para decidirse.

Si me pide que me quede y acepta mis condiciones, me quedaré.

-¿Y si no?

Me marcharé.

Espero que suene el timbre, eso me indicará que ha aceptado.

-Suena, condenado.

Dori, por favor, si no lo hace usté, nadie lo podrá hacer.

Arrojo, mujer.

Estoy segura de que si usté pierde la colocación,

enseguida encontrará otra.

No es tan fácil, Casilda, me juego más que un jornal.

Necesito seguir en esa casa, es vital que acepte mis condiciones.

Al fin se le ve el pelo, Guillermo. ¿Dónde estaba metido?

Tenía cosas que hacer.

Además, la instalación está casi acabada.

¿Nos abandona entonces?

Sí, en cuanto termine el trabajo.

Le voy a echar de menos.

Pero si la montaña no va a Mahoma, Mahoma irá a la montaña.

Iré a verle de nuevo a Acacias. -Cuando usted quiera.

Aunque también hay otra solución.

Puedo estropear la instalación para que no pueda marcharse.

¿Qué hace, Claudia?

Ya me ha oído, evitar que nos abandone.

No sea loca. Baje de ahí, por favor.

Me ha salvado. Mi héroe.

(EXHALA)

(Suena el timbre)

Felipe.

¿Qué?

Ya voy, ya.

A ver, don David,

tómese un cafelito calentito, a ver si le sube el ánimo.

Muchas gracias, pero no creo que lo consiga, Servando.

Ahí está. Ya ha visto que Mañas sigue rondando la pensión.

No me da buena espina. Me está escamando.

Aquí hay gato encerrado.

Y lo que me gustaría saber

es cuál es la sociedad que nos quiere comprar a todos.

¿Usted no se podría enterar? Tiene relación con esas cosas.

No, Servando.

Yo no tengo relación con nada.

No soy más que un maldito farsante, nada más.

-Don David, no hable usté así de sí mismo.

Lo que tiene que hacer es volver con su esposa,

que tendrá que estar echándole de menos una barbaridá.

Les dije que iba a pasar solo una noche en su pensión, y así va a ser.

Pero no porque vaya a volver con Valeria.

Me marcho hoy mismo de Acacias.

¿Está usted seguro de lo que dice? Piénseselo bien.

Servando, será mejor que vayamos a ver si ya llega Monchito.

Así dejamos a son David pensárselo mejor,

que las prisas no son buenas consejera.

Se lo dejo aquí, por si le apetece otro cafetito.

Venga, anda. Ya, ya, ya.

¿Qué es esto?

Genoveva. -Gracias por venir.

Acostumbro a cumplir mis promesas.

Ya sabe que estoy siempre a su entera disposición, Valeria.

Tan solo le pido que cuando estemos en público, seamos discretos.

Lo sé. Pero era vital que habláramos.

Ya. ¿Sobre la marcha de David?

Sí, y sobre la huida de mi esposo.

¿"Huida", de qué está hablando?

Ya debería tener noticias de mi esposo.

Ya tendría que estar a mi lado. Necesito respuestas.

Y estoy perdiendo la paciencia.

No, por favor, no dispare.

Somos inocentes, de verdad, se lo juro.

Nosotros no hemos robado la pelota, don Moncho.

¡Las manos arriba!

Y ahora... ¡a correr!

(Risas)

Muchas gracias, Marita. Te aviso para la vuelta.

Disfruta de la ciudad.

Lo que ha crecido el chiquillo, Lolita.

Y la fuerza que tiene.

Menudo achuchón me ha dao al llegar.

Tú tampoco te has quedao atrás.

Digo: "Lo va a espachurrar a la criatura".

Digo, y lo nerviosa que estaba.

Hace un rato la pinchan, y no la sacan sangre.

es que se han demorado mucho.

Y Jacinto diciendo que el coche se podía haber espachurrao por ahí.

Bueno, pero han llegao, que eso es lo importante.

Lo que daría mi Jose por tener un nieto en España.

Ya le veo todo el día zascandileando por ahí.

(SUSPIRA) Cómo me acuerdo de mi Linda.

Lolita, por cierto, ¿dónde está el abuelo de la criatura?

Don Ramón iba a comprarle un regalo al niño, se habrá entretenido.

Ya me lo imagino dudando en comprar un juguete u otro.

Qué barbaridad, Lolita, el ímpetu que tiene tu hijo.

Un poco más y acaba con nosotros.

Anda, no diga eso, si está hecho un chaval.

¡Don Jose, don Jose, venga, a jugar a indios y vaqueros!

Bueno, venga, pero tú eres el indio y yo el vaquero.

Una cosa, Monchito,

¿y si dejamos a los indios y a los vaqueros merendar?

Me ha dicho un pajarito

que en la pensión hay un chocolate caliente para ti.

(DON JOSE GRITA) -Vamos, vamos.

Acabo de oír chocolate. Tira.

No estoy yo para estos trotes, niña.

(DON JOSE RESOPLA)

Valeria, yo solo trato de proteger tanto a Rodrigo

como a usted.

Soy el primero que desea que puedan reunirse de nuevo,

pero ahora mismo, por su seguridad, no es aconsejable.

Basta ya de excusas. Quiero la verdad.

¿A qué vienen tantas dudas?

Yo siempre le he contado la verdad.

No es eso lo que me ha sugerido su esposa.

Genoveva. -¿Dónde está mi esposo?

¿Qué tiene que ver usted con la marcha de David?

¿Quiere saber la verdad?

La verdad...

es que estoy enamorado de usted desde que la vi.

La deseo.

No puedo esperar más para hacerla mía.

¿Ha perdido el juicio? ¡Fuera de mi casa inmediatamente!

No, Valeria, no, ya es tarde.

No.

Le aseguro que no acepto un no por respuesta.

(SOLLOZA)

Estos asuntos no admiten demora.

No vaya a ser que uno se arrepienta y sea demasiado tarde.

Por favor,

dígame si va a prescindir de mis servicios.

-"Cuando llegamos a casa, no estaba".

Dejó una nota diciendo que cenaría fuera y un tren pa Moncho.

Esos desplantes no se hacen, y menos a un niño.

Pues no.

Pero ya le digo que no me va a aguar la fiesta, ni él ni nadie.

Jacinto también se ha quedao contento.

¿Por qué?

Por la propina que le dio don Ignacio.

¿Qué propina? ¿Qué favor le hizo pa que le diese una propina?

Claudia no me interesa.

Tú eres la única mujer de mi vida. Créeme.

¿Por qué tendría que creerte?

Porque te amo con toda mi alma.

Si tanto te preocupas por mí, ayúdame a encontrar a mi esposo.

Precisamente, eso,

es lo único que no puedo. -Necesito saber dónde está

y si está bien.

Todo lo que me ha dicho Aurelio es mentira.

Sepa que he pensado dejar el trabajo con los Quesada.

¿Se va a ir?

Nos vamos a centrar en nuestro objetivo de una vez.

¿Qué objetivo?

¿Cuál va a ser? Buscarte un pretendiente.

Pasaba por aquí y he pensado en venir a verla.

Fidel, ¿se encuentra usté bien? No tiene buena cara.

La verdad es que no.

No sé si me duelen más las heridas que se ven o las que no se ven.

Tengo el cuerpo destrozado.

David se ensañó con usted de mala manera.

Lo que más me duele...

es la humillación de ver mi orgullo vapuleado.

Ese desgraciado no sabe bien lo que acaba de hacer.

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Acacias 38 - Capítulo 1433

22 feb 2021

Genoveva le revela a Valeria que en realidad Aurelio no sabe dónde está su verdadero marido Rodrigo. La joven cita a Aurelio: quiere saber toda la verdad.
Por su parte, Dori le da un ultimátum a Felipe si quiere que ella continúe tratándole.
Mientras tanto, Lolita se prepara para la visita de su hijo Moncho. Pero Ramón no siente preparado para ver a su nieto, le recuerda demasiado a su fallecido hijo Antoñito.
A su vez, Azucena y Guillermo hablan sobre el conflicto entre sus padres y se vuelven a acercar, aunque Claudia no deja de acercarse con intención amorosa al joven estudiante.

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