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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1409 - ver ahora
Transcripción completa

¡Felipe!

Felipe.

-¡Don Ramón, mire!

-¡Dios santo!

Felipe.

-¿Está...?

-Gracias a Dios, respira.

Hay que llamar inmediatamente a un médico, Jacinto.

Ve a buscar al doctor Quiroga. Dios quiera que esté en su casa.

¡Corre!

-Olvidas que eres un hombre casado. Solo puedes tener ojos para mí.

-Si esto no cambia,

nos arruinamos antes de que pase un mes.

Tal vez, si continúas dándole pábulo

a esas... supuestas infidelidades,

acabes enajenada.

¿Qué diría entonces la gente de ti?

Dirían que tuve el mal tino de casarme con un canalla.

O que, quizá, acabaste por perder el juicio.

Y, entonces, quizá también tendría que buscar

a alguien que te ayudará.

No sé, ingresarte en un sanatorio...

hasta que recuperarás la cordura.

Aurelio, ¿con quién estás hablando?

¿De verdad crees que puedes doblegarme

con tus amenazas?

No son amenazas. Me preocupa de verdad.

Ya te gustaría a ti que me volviera loca.

¿Va a mudarse aquí, a casa de don Felipe?

-Temporalmente.

Ha quedado demostrado que no es conveniente que esté solo.

-Preciso de un cuarto para depositar mis pertenencias.

-Lo tiene al final del pasillo. Está abierto.

-Me pone usted muy difícil no ofenderme ante sus palabras.

Si quiere evitarlas, hágame caso.

Camine descalzo mientras esté en casa.

Buenos días.

-Buenos días.

(FABIANA) "Si quiere que frecuenten su local",

debe darle una pátina más refinada y convertir el local

en uno de los restaurantes del centro.

Su esposo se encuentra en un refugio, y a salvo,

hasta que cesen las amenazas.

-¿Cuánto estaremos separados? -Hasta que sea seguro.

Estáis en la ruina, ¿verdad?

-"Si puede hacerle llegar una misiva a mi esposo".

Que sepa que siempre le tengo en mi pensamiento.

(AURELIO) "Le aseguro que se la haré llegar

con total prontitud, como siempre".

Señor, ¿me da su permiso para ausentarme?

-¿Va usted a salir a la calle?

-He de atender unos asuntos personales.

Pero en breve estaré de vuelta. -Bien, vaya.

Vaya. Aunque, antes de que se marche,

me gustaría consultarle algo.

Usted dirá.

-Me gustaría conocer su parecer sobre un asunto.

Verá,

Rodrigo Lluch es un empleado mío que ha desaparecido,

llevándose algo muy valioso.

-¿Y ese algo era de su propiedad?

-Así es. Me gustaría recuperarlo a toda costa.

¿De qué naturaleza es el valor de ese objeto tan deseado?

Digamos que es algo

que me hará conseguir muchos beneficios.

Un motivo más que justificado

para que ese hombre esté escondido a conciencia.

-Todo con tal de no entregar su secreto.

¿Y ha pensado el señor

en cómo hacer salir al tal Rodrigo de su escondite?

Tengo un as en la manga que hará que regrese cuanto antes.

Su hermosa esposa.

Mire.

Dígame si no le parece un reclamo más que poderoso.

-Lo es.

Aunque, para ello, él debería saber que ella está aquí.

Lo sabe, ya me he encargado de ello.

En ese caso, solo le queda esperar.

Es cuestión de tiempo que reaparezca.

Aunque, si tarda en hacerlo,

siempre le quedaría una vuelta de tuerca más.

¿Cuál?

-Hacer pensar al fugitivo

que su esposa va a sufrir las consecuencias de sus acciones.

¿Dice usted hacerle daño a la joven?

No es necesario llegar tan lejos.

Solo hacer creer al marido

que la integridad de la señora corre peligro

y que de su regreso depende poder evitarlo.

Sus sabias palabras nunca defraudan.

Espero haber aliviado sus posibles dudas, señor.

Márchese a hacer sus recados.

No le voy a necesitar esta tarde. -Gracias, señor.

(Sintonía de "Acacias 38")

¿Qué pasa, Rosina? ¿No me vas a contestar?

-¿Contestarte a qué?

-Ya te lo he dicho, quiero saber si Liberto y tú estáis arruinado.

¡Por favor! ¿De dónde te sacas semejante disparate?

Me ha parecido intuir ciertas estrecheces.

Por no mencionar algún comentario de la criada.

No mientas, Casilda es incapaz de contar algo de tal naturaleza,

-Solo te digo lo que me ha parecido, nada más.

-Pues me has ofendido.

Tu comentario me ha ofendido, y mucho.

No te lo voy a tener en cuenta porque eres mi hermana.

Pero otra en mi lugar te retira el saludo.

-Oh, pues sí que estás sensible tú.

¿Acaso no te gusta la comida que te servimos?

¿No te estoy tratando bien?

¿O mi hospitalidad no está a la altura de tu categoría?

-Tampoco exageres.

Solo me pareció que racaneabas un poquito más de lo normal.

-No, no, no, no confundas.

No confundas que sea minuciosa con la economía

con estar pelada como un pavo de Pascua,

porque no tienen nada que ver.

-Bien, me alegra que no haya ruina a la vista.

Que tampoco seríais los primeros.

(NERVIOSA) Que no lo digo porque...

Porque conozca a alguien que esté...

O sea, es... Pues eso, un comentario.

-Ya.

Pues has de saber que Liberto y yo estamos estupendamente.

Como Liberto tiene tantos inmuebles

repartidos por toda la ciudad...

-Ese chico siempre ha tenido un ojo de lince para los negocios.

Me acuerdo de cuando lo de las minas de oro,

-Las minas de oro en un asunto mío, no de Liberto.

¿Qué más da? Tanto monta, monta tanto.

(SUSPIRA)

La verdad es que no... No nadamos en la abundancia,

como cuando teníamos la mina, ¿verdad?

Pero no carecemos de nada.

Estamos estupendamente, como te digo.

Es más... Casilda, ven un momento, por favor.

-Diga usted, señora.

Quería recordarte que mañana, cuando vayas al mercado,

compres ternera. Solo si es gallega.

¿Entendido? -Señora...

¿Y no sería mejor que comprarse unos filetitos de cerdo

o algo de pollo?

¡No! No.

Ni pollo ni cerdo.

Ternera. No, cochinillo,

que a mi hermana le encanta, ¿verdad, querida?

Ay, un cochinillo, con su piel churruscadita.

-Pues ya sabes, mañana, cochinillo.

Que aún no hemos agasajado como se merecen

a mi hermana y a mi sobrina.

-Lo que usted diga, señora.

¿Ves como tus sospechas eran infundadas?

Sí.

Entonces ¿no nos vas a ayudar? -Nones, Jacinto.

Nones.

Cuando una mujer de Cabrahígo se pone cabezota, apaga y vámonos.

-No se equivoque, Fabiana.

No se trata de ser de Cabrahígo o de Lorcha, ese pueblo tan bonito.

Se trata de actuar con conciencia y con sentido común.

El sentido común es ayudar a los que nos necesitan,

y no dejarnos tirados como perros.

¿Como perros, dice?

Para maltratar, una servidora, que me he desvivido por don Ramón,

y solo he recibío a cambio gritos y malas palabras.

-Porque no está en sus cabales.

Lo mismo que don Felipe.

Mira lo bien que le cuidaba Gerardo, y le dejó marchar.

-Di, más bien, que se marchó por las buenas y sin avisar, ¿eh?

-Pues que se apañen.

Ese hombre tiene el cielo ganado por la paciencia y la dedicación

que le ha tenido a don Felipe.

-O encuentran a otra persona o van a terminar sacándose los ojos.

-Los ojos y la mugre, Jacinto.

Que son los dos muy leídos y muy instruidos,

pero incapaces de ponerse una camisa limpia

y un plato de comida delante.

-Caro le va a salir a don Felipe el calentón con Gerardo.

Le va a costar encontrar a alguien con tanto temple y aguante.

-Bien les vendrá. Así aprenderán.

Y de darán cuenta de lo que hacemos por ellos.

-Lo saben de sobra hora.

Otra cosa es que sepan reconocerlo.

Esos dos no se bajan del burro aunque les vaya la vida en ello.

Mi suegro es un desagradecido.

Y don Felipe se cree que merece más de lo que da.

-Tarde o temprano se darán cuenta.

Sí, cuando prueben de su propia medicina.

Los dos solitos y sin que nadie les haga caso.

Pues creo que tiene razón.

Jacinto, ¿ahora se me va a cambiar de bando?

Solo digo que lo que dice Lolita tiene mucho sentido.

-Pues ¿saben lo que les digo?

Que por muchas razones que a mí me pongan por delante,

yo no puedo evitar sentir lástima por los señores.

Le he traído unas pastas de anís para acompañar la infusión.

¿No está todo a su gusto?

¿No va a tomar más?

Don Ramón, no quiero pecar de impertinente,

pero, más que una infusión, debería llamarlo agua caliente.

Quizá haya escatimado un poco con las hierbas.

Pero eso tiene una fácil solución,

se prepara una nueva. Tranquilo.

Se me han quitado las ganas.

Cómase usted al menos una pasta de anís.

No le conviene tener el estómago vacío.

Aborrezco el anís.

Vaya por Dios, no lo sabía.

La próxima vez, le compraré de otra clase.

Don Ramón, no hace falta que se desviva por mí.

Podría usted disimular un poco su desagrado.

Ya lo hago, evitando las arcadas que me produce.

Evitará las arcadas,

pero no escatima usted en malas palabras.

Si no me presionara, no le hablaría así.

Intentaba ser amable. Y yo, sincero.

Nada más.

Sepa que la sinceridad sin educación

es un rasgo distintivo de los bárbaros.

Por favor, no me sermonee.

(Puerta)

Ya voy yo, no se moleste usted.

-Buenas tardes, don Felipe.

Ah, ya veo que le he pillado en plena merienda.

-Sí.

Una infusión aguada y unas deliciosas pastas de anís.

Si le apetece, sírvase usted mismo.

Yo les dejo.

(SUSPIRA) (CARRASPEA)

¿Va todo bien?

Le contestaría con sinceridad,

pero no creo que haya venido aquí a que le cuente mis problemas.

El sobrino me ha dicho

que, aparte de la herida en la pierna,

ha quedado todo en un susto.

Pues, si se lo ha dicho, su pregunta sobra.

Sea lo que sea, solo he venido a ofrecerle mi apoyo y mi compañía.

Tanto a usted como a don Ramón.

Mire, quédese si quiere,

pero ya he visto que a don Ramón le sobramos usted y yo.

(SABOREA)

¡De anís!

¡Buenísima!

(Campanas)

Una moneda, señora. Dios se lo pague.

Bellita. -Genoveva.

La mención del párroco a las víctimas del atentado

me ha removido todo.

Ay, han pasado cinco años,

pero aquí nadie olvida, y mucho menos los que perdieron a alguien.

Y he podido comprobar que don Ramón sigue sin levantar cabeza.

No ha mejorado ni un ápice desde que nos fuimos a México.

Imagínese, perder de golpe un hijo y una esposa.

No hay consuelo para tanta desgracia.

Menos mal que tiene una mujer fuerte como Lolita,

que ha podido hacerse cargo de él. No tan fuerte.

Que don Ramón se ha enfadado con ella

y se ha marchado a vivir con don Felipe al 38.

Dos desgraciados juntos, cada uno con sus demonios.

Al parecer, el enfermero de don Felipe también se ha hartado

y se ha quitado de en medio.

Ahora mismo iba mi marido a ver qué tal se apañaba.

Aunque, como buena cristiana, no le deseo ningún mal a Felipe,

la verdad es que ya solo es un espectador del pasado.

La entiendo perfectamente.

Y más cuando ha puesto distancia de por medio,

casándose con otro hombre.

Por fortuna, la desgracia no ha azotado a todos.

Usted y su esposo siguen tal y como les dejé, espléndidos.

Yo no diría tanto,

pero sí es cierto que estamos más tranquilitos.

Además, de un tiempo a esta parte, he paseado mis actuaciones,

para no saturarme.

Y la tranquilidad que tiene que darle

que su sobrino se haya convertido en todo un señor doctor.

Con lo calavera que era,

y ahí lo tiene usted, casado con Alodia.

Hay que ver lo que ha mejorado la situación de su antigua criada.

Ni se le ocurra mencionar eso delante de ella.

Ya imaginaba que eso tampoco había cambiado

en los meses que he estado fuera. No.

Pues, como ve, la única novedad de que han reabierto el restaurante.

Esperemos que tenga éxito

y que dinamicen la vida social del barrio.

Habrá que esperar,

porque, de momento, no parece que hayan empezado con buen pie.

Aunque hay una novedad que no hemos comentado, Bellita,

he visto caras nuevas en el 38.

Ah, si se refiere a la hermana de Rosina y a su sobrina,

poco le puedo contar,

salvo que ella se llama Hortensia y la joven, Azucena.

Las dos con nombre de flor, como Rosina.

Digo yo que será tradición familiar.

Hay un matrimonio...

Precisamente.

Valeria, muy buenas. -Buenas.

Solo quería agradecerle de nuevo la cena de ayer.

Fue una velada deliciosa.

-Me alegro. Nosotros también la disfrutamos mucho.

Señoras, si me disculpan, debo marcharme.

Nos veremos en otro momento.

Con Dios. Con Dios, Genoveva.

Otra vez será.

Fabiana, se nos ha hecho de noche enseguida.

-Bueno, no tan enseguida,

que llevamos varias horas recorriendo las calles del pueblo.

-La verdad, entre la merendola y la visita a los restaurantes,

se me ha pasado la tarde volando.

-Espero que la salida le haya servido para aclararle las ideas.

-Sí, he aprendido muchísimo.

-Le he enseñado los establecimientos

que más éxito tienen entre las señoras

para que usted se haga una idea.

-El caso es que, viendo los platos de los restaurantes y los precios,

no sé si en este barrio están dispuestos a pagar tanto.

-Por eso no se preocupe.

El restaurante de doña Felicia y los Olmedo

tenían precios más elevados y no les iba mal.

-Ah, bueno es saberlo.

Es que en Aldaya no nos movíamos con estas cantidades, ¿sabe?

-Como que no es lo mismo un pueblo, por muy grande que sea,

a una gran ciudad como es esta.

-Pero una cosa le digo: los Sacristán siempre hemos tirado para adelante.

Y, ahora, unas señoritingas de ciudad

no nos van a achicar. -Diga usted que sí.

Ahora descanse, que mañana será otro día.

-Muchísimas gracias por todo, Fabiana. Buenas noches.

-Buenas noches.

-Abuela.

¿Dónde se había metido? -He ido al centro con Fabiana.

Me ha enseñado unos lugares para que coja ideas

y ver qué hacemos con el negocio. -¿Y se le ha ocurrido algo?

-Creo que tengo la solución.

-¿Y de qué se trata?

¿Abuela?

Esperaba ver un documento

con referencias a anteriores trabajos.

Aquí solo está su nombre y dirección.

-No tengo referencia.

He sido ayudante de cocina en un restaurante, y poco más.

-Se supone que debería deslumbrarme con el éxito cosechado en su oficio.

-No soy muy dada a presumir.

-Cultiva la virtud de la modestia, por lo que veo.

-En mi casa, siempre nos decían

que, cuanto menos nos hiciéramos de notar, mejor.

-Un consejo prudente,

aunque no sé si muy eficaz a la hora de buscar trabajo.

Se trata de hacerse notar, sino de hacerse valer.

¿De verdad sabe cocinar?

Si no se cree lo que le he contado... -Disculpe, me he expresado mal.

Solo me refería al tipo de comida que se gasta en esta casa.

-Nunca he servido a una familia tan distinguida.

-Si esta cocina le parece distinguida,

tendría que haber visto la de la hacienda de México.

La familia Quesada adora las exquisiteces.

-Entonces, no sé si le voy a valer.

-No tire piedras sobre su propio tejado.

-Es que lo que se dice cocinar para una familia,

solo lo hice en la casa de los caciques de mi pueblo.

-Que, de refinados, me imagino que tenían poco.

-Patatas y lentejas, mayormente.

Los domingos, con chorizo.

Bien de pimentón, eso sí.

-Pero ha trabajado algún tiempo

en la cocina de un restaurante de la capital.

-De ayudante.

-Ya.

En fin...

¿Qué me ha traído para probar?

Un potaje, de los corrientes, de Semana Santa.

Espinacas y bacalao.

-Está muy bueno.

Quizá un poco largo de sal. -Por eso le decía antes

que no es lo mismo cocinar para una familia

que para un restaurante.

Allí el bacalao sale sabroso para que se beba más vino.

-Deberá quitarse esas malas costumbres.

-¿Deberé?

¿Eso quiere decir que me contrata?

-Quítese el sombrero, por favor.

Espere, espere. ¿Ya no le interesa el trabajo?

-Así no.

-Supongo que le pareceré un viejo extravagante.

-Viejo, no.

Extravagante...

Por no decir otra cosa.

Lamento haberle dado una mala impresión.

Es que me recuerda mucho a alguien.

-¿A quién?

-¿Podría empezar a trabajar a la hora del desayuno?

Ay, Alodia, ¿dónde va tan temprano?

-En realidad, vengo de desayunar con mi marido

en un restaurante muy sofisticado del centro.

-Ah, entonces ha tenido que madrugar.

Se ve que no olvida los hábitos del pasado.

-Los dueños nos tratan divinamente, besan el suelo que pisa Ignacio.

Aún no hemos terminado un plato cuando ya no están trayendo otro.

-Supongo que, debido a la profesión de Ignacio,

querrán sacarle el mayor partido a la visita.

-Qué va, si no nos cobran ni na.

Como curó de una fiebre al hijo del propietario...

-Ah, comprensible.

Liberto y yo, de toda la vida,

somos muy dados a desayunar en restaurantes.

Yo siempre he pensado que empezar el día en un lugar distinguido

marca el humor de la gente de bien.

-Es la diferencia entre los señores que realmente lo son

y lo que dejaron de serlo hace mucho.

-¿A qué señores se refiere usted?

-Pues ¿a quién va a ser?

A don Felipe Álvarez-Hermoso.

Que menudo mal rato le hizo pasar a don Jose cuando subió a ayudarle.

-Ese hombre va de mal en peor.

-Si Lolita tuviese en consideración a su suegro,

no dejaría que conviviese con él, y mucho menos hacerle de enfermero.

-No, ese hombre necesita un profesional,

-Y porque está mi marido para ayudarle;

si no, le iría muy mal. -Pues sí.

La verdad es que tener a un médico en el edificio da tranquilidad.

-Y que conste que mi marido no ha querido sacarle ni un real,

que cualquiera en su situación se hubiera hecho de oro.

-Muy buenas.

Perdonen las señoras que me entrometa.

Pero no hacen ustedes nada bien hablando tan mal de Lolita.

La muchacha se ha desvivido no solo por su suegro,

sino también por aliviar la situación de don Felipe.

-Sí, sí, sí. Sabemos que los tres perdieron mucho en ese atentado.

-Así es, doña Rosina.

Y, si a ellos dos les cuesta salir adelante,

imagine usted a Lolita:

viuda y con su único hijo tan lejos.

-No quiero ni ponerme en su lugar.

-Además, no es culpa de Lolita

que esos dos señores se hayan querido ir a vivir juntos.

A ver si así aprende don Ramón

y valora todo lo que ella está haciendo por él.

Que tengan un buen día, señoras.

-Oiga, ¿es correcto que dos señoras como nosotras

hablen con Fabiana?

Lo digo porque solo es la dueña de la pensión.

-Hombre, yo creo que sí, ¿no?

Tratándose de Fabiana, que es del barrio

y que la conocemos de toda la vida, sí, ¿no?

¿Me comida convida a un café?

Vamos.

Perdón.

Aquí tienes. Gracias.

Son Ramón. Felipe.

Parece que les ha enganchado bien el cura.

Yo no sé lo que les estará contando.

Pero ya lleva un buen rato.

(Temporizador)

Un poco de mano dura no estaría mal.

La mano dura solo agitaría a los alborotadores.

(Llantos y gritos)

¿Señora?

Señora, señora...

Señora, conteste. ¿Señora?

¿Estás bien?

¿Me oyes?

Ven aquí.

Ven aquí.

¡Ayuda!

Será un lugar...

de reconciliación...

y concordia.

Don Ramón.

¿Podría darme su opinión sobre el discurso que he preparado

para la inauguración de la plaza de su hijo?

"Mirar al pasado, solo produce dolor...

y resentimiento...

por todo lo que perdimos".

"Hemos de mirar hacia adelante".

"Es duro, casi imposible,

doloroso incluso,

pero tiempos de esperanza nos aguardan".

¡Felipe, basta! ¡Basta!

No quiero escucharle más.

No voy a ser partícipe de semejante farsa.

¿Farsa por qué?

Es un homenaje a su hijo,

una manera de que nadie olvide el atentado.

Ninguna plaza va a recordarme más aquel fatídico día.

Lo que sucedió, lo tengo metido aquí, aquí, aquí dentro.

El humo,

el dolor,

el llanto y los gritos de los pobres inocentes.

El ruido que se tornó en silencio.

De eso, de eso es de lo que debería usted hablar,

y no utilizar edulcoradas palabras sobre un futuro lleno de esperanza.

Si quiere contar la verdad, la cuenta usted sin camuflajes.

Esos miserables arrebataron la vida a unos pobres inocentes

y merecen arder en el infierno

por todo el dolor y la angustia que han causado...

a los que, como yo, tuvimos el infortunio de sobrevivir.

Si quiere usted que los políticos

le hagan un homenaje al nombre de mi hijo,

les dice que se dejen de palabras y que pasen a la acción.

¡Que esos miserables no merecen justicia!

¡Sino la contundencia de un castigo ejemplar!

(LLORA)

Felipe, ¿está usted bien?

Discúlpeme.

No sé cómo se me ocurre.

Voy a darle sus sedantes. No.

No, no, no quiero más medicación.

Pero no, mírese...

¡Usted tiene la culpa de todo!

Lo siento. ¡Déjeme en paz de una vez!

Soy su amigo y no voy a abandonarlo, y mucho menos en este estado.

Déjeme solo, por favor.

Déjeme solo, por favor. Déjeme solo.

Por favor, déjeme solo.

Está bien, me voy a mi habitación. Ya sabe dónde estoy si me necesita.

Rosina dice que Liberto es propietario de varios inmuebles

en la ciudad. ¿No te parece extraño?

-No, usted misma me lo dijo cuando se casó con la tía Regina.

-Ya, pero yo pensaba que sus rentas venían de algunas casas de alquiler,

no de tanto edificio y finca que dice mi hermana que tiene.

-Bueno, dos o tres. El caso es que le den para vivir bien.

-Algo más diría yo que el cobro de tanto alquiler

les debe reportar sus buenos réditos.

-Alégrese de que le vaya bien, en vez de meterse donde no le llaman.

-Bueno, era un simple comentario.

No se te puede decir nada.

-Madre, que nos conocemos.

Y para usted no hay comentario inocente.

-Tonterías. -Liberto es un hombre excepcional.

Un caballero, simpático, cortés. ¿Qué más se le puede pedir?

-A ver, que no tengo nada contra este muchacho,

pero de ahí a llamarle caballero... -¿Y por qué no?

Él aúna todas las virtudes para ser un caballero.

-Te equivocas, hija.

Caballero era Maximiliano, el primer marido de Rosina.

-Bueno, si le digo la verdad, no lo recuerdo muy bien.

Pero creo que la tía Rosina

es muy afortunada de tener a don Liberto a su lado.

-Te dejo, que voy a comprar unos hilos

antes de subir al principal.

-¿Al principal?

-Doña Genoveva nos ha invitado a las señoras

a tomar un refrigerio, y no me gustaría retrasarme.

-Yo aprovecharé para leer un rato en los jardines del príncipe.

-Disculpe, señorita, no la había visto.

-Estamos condenados a tropezarnos.

A no ser que lo haya hecho adrede.

-No, no, en absoluto.

¿Cómo puede pensar eso? -Tranquilo.

Soy tan culpable como usted,

que no se puede caminar sin mirar por dónde se va.

Tendré más cuidado.

Buenos días.

-Buenos días.

(SUSPIRA)

Lo buenísimo que está el café, Genoveva.

Conociéndola, seguro que lo ha mandado traer de ultramar.

Así es, Bellita.

Qué paladar tan fino tiene usted, si me permite decírselo.

Yo barro mucho para la tierra.

Pero, en cuestión de café, no hay color.

No sabía yo que le gustara tanto.

Le diré a la criada que le prepare una bolsita

y se lo lleva usted a casa. Agradecida, pero no es menester.

Insisto.

Pero no se lo diga usted a doña Rosina,

que enseguida se sube al carro.

Por cierto, están tardando demasiado.

Ya llegarán. Que Rosina no se pierde una velada ni muerta.

No, eso seguro que no.

Mientras, pruebe usted estas pastas,

son de mantequilla.

Las he descubierto en una confitería poco conocida.

Por Dios, qué detalle, Genoveva, está en todo.

(Puerta)

Deben de ser doña Rosina y doña Hortensia.

Buenas, señoras. Adelante. (ROSINA) Gracias.

-Gracias. Pasen.

-Que conste que llegamos tarde por mi hermana.

Que se ha entretenido comprando unos hilos.

-Para hacer punto de cruz.

Que no hay nada que me entretenga más que bordar gatitos en un bastidor.

Tomen asiento y sírvanse.

Gracias. Pasen.

-Qué pintaza tienen las pastas, ¿no?

-¿Así que usted borda?

-Solo punto de cruz.

Hago unos tapetes que son una maravilla.

-De gatitos, ¿no?

-Y no vea usted lo bien que me salen.

Que parece que van a salir los gatitos maullando del bastidor.

(RÍEN)

A la próxima, traiga usted algunos y así podemos admirarlos.

-A todo esto, ¿no la acompaña Alodia?

-Ah, pues en casa se ha quedado,

dándole vueltas a un piano que quiere comprarse.

Ahora quiere aprender a tocarlo.

Hablando de pianos,

es Una lástima que Valeria no haya podido acompañarnos.

-¿No me diga que ha rechazado su invitación?

Se ve que tenía algunas cosas pendientes

y le venía mal.

-Precisamente, la otra noche cenamos con el matrimonio.

Ah, ¿sí? ¿Y qué tal son?

Uy, la mar de agradables los dos, ya le digo.

Imagino que hablarían ustedes de muchas cosas.

Mire, conversación no les falta a ninguno de los dos.

Sobre todo a ella.

Que no vean lo que entiende de música.

Y que toca el piano que es un primor.

De hecho, ella le va a dar clase de piano y solfeo a Alodia.

(AMBAS) Ah.

-Supongo que ahora también la escucharemos a ella

a través de las paredes.

Y es de suponer que pronto les devuelvan a ustedes

la invitación a su casa.

-Pues, por lo que nos contó, no está el piso todavía para recibir,

que, por no tener, no tienen todavía ni doncella.

Ya. -Qué raro.

Ni ella en el marido parecen escasos de posibles.

-Y maneras de señora le sobran.

Que hay que ver la belleza y la figura que tiene.

-Mejorando lo presente, claro.

Que sí.

Que vengas conmigo. Que no quiero ir sola.

Déjame por lo menos que termine el solitario.

Si no deja de enganchar uno con otro. Venga, venga.

¿Estas son maneras de tratar a tu señor esposo?

¡Ay, "señor esposo"! Te voy a dar yo a ti.

Eso, vamos a repetir lo de anoche. ¡No seas guarro, hombre! ¡Tira!

¿Qué?

¿Que no lo ves?

Que está cerrado. Todo el día lleva así.

Pues sí que le están dando una buena vuelta.

Le estarán dando vuelta y media.

Estarán haciendo buena reforma.

Espero que esta vez atinen mejor

y tengan un buen recibimiento entre las señoras.

La última vez estuvieron poco receptivas.

Poco receptiva, dice. Fue un fracaso absoluto.

Pobre doña Inma, qué mal lo pasó.

Hablando del rey de Roma, mira quién viene.

Doña Inma, que estábamos preocupados por usted.

-Vengo de reclutar a unos mozos, a ver si me echan una mano

y le doy el cambio definitivo ya al negocio.

-De eso hablábamos, que le va a dar una buena vuelta, ¿no?

-A ver si por fin les gusto a los vecinos del barrio.

Un guiso de castañas de Naveros del Río.

Eso es infalible.

¡Chis!

-Pues ¡quién sabe!

Vamos por aquí.

Yo me voy, que me estoy pelando de frío.

Las ganas que tengo de tomar mis clases de piano.

No veo el momento de poner mis manitas

sobre las clavijas.

-Las teclas, Alodia.

Se llaman las teclas.

-Lo bonitas que van a quedar ahí encima.

Y, sobre todo, con el anillo de pedida de Ignacio.

-Cuidado, no te vayan a pesar mucho los dedos y te frenen en las escalas.

-Me da igual, don Jose. No voy a escalar ninguna montaña,

solo tocar el piano.

Estoy pensando en preparar una de las piezas esas tan bonitas

que me enseñó Valeria para inaugurar mi casa.

-Di que sí, niña. Una cosa facilita para empezar.

-Oiga, y usted se puede cantar un tema mientras yo toco el piano.

Oh, dos señoras, la mar de elegantes, codo con codo.

Perfecto. -No te embales, Alodia,

que igual te estampas.

-Muy buenas.

Siento el retraso, se me ha complicado la cosa, tito.

-¿Qué? ¿Otra visita a domicilio? -Una urgencia de última hora.

Pero ya estoy por aquí. -Muy bien, Ignacio.

Porque Alodia tiene un montón de cosas que contarte.

-Ah, ¿sí? ¿El qué?

-Mi vida, soy todo oídos.

-Nada, le estaba contando a tus tíos lo de mis clases de piano.

Por cierto, estoy practicando con el de Valeria,

pero nos vamos a tener que comprar uno.

He pensado en uno de cola; así, negro brillante.

O uno blanco, que combine con las paredes.

No sé, ya iremos viendo.

-La familia Domínguez al completo.

-Y la Quiroga de regalo también.

-Les hemos visto hablando muy animosos desde lejos.

¿Alguna novedad?

-Les estaba comentando

que estoy pensando en tomar clases de piano.

-Sí, ya nos lo ha comentado Bellita esta mañana.

-Que, por cierto, ya he hablado con Azucena

sobre que les voy a enseñar una de las piezas que aprenda.

Y, como ella es bailarina, seguro que entiende mi delicado arte.

-Se ve que tanto usted como su hija

se han integrado muy bien en el barrio.

¿Piensan quedarse por aquí?

-Mi hermana nos trata tan bien

que seguiremos abusando de su hospitalidad.

No te importa, ¿verdad?

-Mi casa es tu casa, ya lo sabes.

Bueno, con Dios.

-Con Dios. -Con Dios.

-Con Dios.

-Vamos.

Entonces, el piano, ¿blanco o negro?

-Niña, tengo que pedirte un favor, reina mora.

-Por supuesto, hijo, ¿de qué se trata?

-Diles a tus amigas que no mencionen la palabra piano delante de Alodia,

por lo que más quieran.

(SUSPIRA)

¿Me acompañas a dar un paseo?

Estoy ocupado.

No nos vendría mal que nos vieran juntos por el barrio

de vez en cuando.

Si seguimos así,

nadie se va a creer nuestro matrimonio modélico.

Está bien. Pero más tarde, cuando acabe con esto.

Está oscureciendo, se nos va a hacer de noche.

Pues mejor.

Así, cuando volvamos. rematamos la función

con una noche digna del mejor matrimonio.

Eso habría que verlo.

Oh, no he escuchado una negativa.

Así que voy a abreviar los papeles y a proceder a lo que sea.

Y, hablando de interpretar,

deberías volver a tus labores benéficas.

Ya sabes lo que le gusta a la sociedad española

esa pátina de respetabilidad que deja la caridad.

Sé muy bien granjearme la admiración ajena.

No te preocupes.

-Señores.

Perdonen que les interrumpa.

Pero necesito preguntarles si el almuerzo ha sido de su gusto.

-Sí, sí, claro. ¿Por qué pregunta algo así?

-Me gustaría presentarles a la nueva cocinera.

Hágala pasar, Marcelo.

-Buenas tardes.

¿Cómo te llamas? Luzdivina, señora.

Tanto al señor como a mí

nos gusta disfrutar de la buena comida.

Espero que no nos defraudes.

-Ha trabajado como ayudante en un restaurante

y he comprobado personalmente sus habilidades.

En ese caso, poco más hay que decir, ¿no?

-Veo que Marcelo vuelve a acertar con su sabia elección.

Acompáñeme a la cocina.

Te daré algunas instrucciones.

-Sí, señora.

Pero ¿tú has visto la compra que has hecho?

Nabizas, col...

¡Ay, nabos!

¿No hay verdura de mejor calidad en el mercado?

-Señora, si quiere, el próximo día le traigo una lombarda.

Cuesta lo mismo y le da color al plató.

-¡No, ni lombar...!

Ni lombarda ni estas cosas.

Carne de calidad y setas, que estamos en temporada.

-Señora, aclárese, o setas o ternera.

Pero los duros no dan para más.

-(SUSPIRA) Ay, no puedo...

Aquí tienes. ¿Estás contenta?

-Apañás, vamos.

-Pues ya sabes, a estirarlo.

Que dure toda la semana, y con calidad, calidad.

-¿Qué pasa? ¿Ya andáis otra vez a la gresca?

-Señor, su esposa pretende que servidora haga milagros.

Y el primero de ellos

es hacerle asumir que donde no hay no hay.

-¿Qué sabrás de milagros? Blasfema. -Eso digo yo.

Es que, si esto sigue así, se va a destapar todo.

-Y lo tienes que pagar con Casilda, ¿no?

-Sí, de ella depende que Hortensia no descubra

que no estamos nada boyantes.

Así que le he pedido que compre carne, setas...

-No entiendo por qué se lo ocultas a tu hermana.

-Prefiero cualquier cosa antes de anunciarle nuestra ruina.

-¿Te estás escuchando, cariño, la tontería que estás diciendo?

-¡No son tonterías!

Por favor, Liberto, sabes de sobra

de la rivalidad que hay entre Hortensia y yo desde siempre.

Si se entera de esto,

me va a tratar como a una fracasada.

-¿Una fracasada? Por el amor de Dios, Rosina.

Estás exagerando como siempre. ¿No lo ves?

-¿Acaso no estamos mal de dinero?

-Es un bache económico grande, pero de ahí a estar en la ruina...

-En esto no hay término medio, o se tiene o no se tiene.

Es lamentable que Hortensia y tu obsesión por las apariencias

esté marcando nuestra vida.

-Asúmelo, nuestro estatus depende de las apariencias,

te guste o no.

-Como sigas así, tendré ganas de que se marchen de verdad.

-¡Chis!

-¿Sabes algo de cuándo se van?

-No, no me ha dicho ni mu.

-Pues me escama. -Y a mí.

Como se nos apoltronen aquí, no la sacamos ni con una manguera.

Ya te lo digo yo. -Eso es imposible.

-Imposible.

Hola.

-¿Estás cerrando ya?

-Estaba recogiendo.

¿Quería algo?

-Necesito algunas cosas.

-Pase y le despacho.

Usted dirá.

-¿Arenques tienes?

-Sabe que nunca faltan salazones.

-Pues ponme unos cuantos y un poco de pan, por favor.

-¿No pensará tomárselo para cenar?

-De hecho, pensaba cenarlos.

-Pues usted verá, o se acuesta con el botijo o no pegará ojo.

-Ya.

-Si es para cenar, mejor que se lleve algo ligero.

-¿No pensarás matarme de hambre?

-Hágase una ensalada con estos pimientos asados.

Y de postre, membrillo con queso fresco.

Si quiere, puede poner miel de la Alcarria,

que está muy rica.

-¿Y ya está?

-Pues le pondría también atún en escabeche y un huevo duro.

Que da consistencia.

-Habrá que cocinar el huevo.

-Ya me han dicho que casi quema la cocina.

-No hagas caso de las habladurías.

A la gente le gusta mucho hablar por hablar.

-Con el atún, los pimientos y unas alubitas de Cabrahígo

tendrá más que suficiente.

Le puede poner aceite, sal y un toque de comino.

-Ya sé cómo aliñarla, y no me interesa el atún.

En su lugar, haré una tortilla a la francesa.

-Tendrá de cocinarla. -Como si fuera la primera que hago.

-¿Por qué insiste en no dejarse ayudar?

-Porque no te necesito ni te he pedido ayuda.

No te olvides de ponerme los huevos frescos.

Y, cuando termines, te cobras.

En el mercado, irás directa al puesto de hortalizas.

Y, al volver a casa,

puedes aprovechar para comprar los sobres

para las cartas que necesitas.

-Puede que me detenga a descansar en un banco.

¿No lo apuntas?

-También debes recoger un vestido de la modista.

Le he pedido a un mozo que te lo traiga a casa.

-Me gustaría probármelo antes.

-No, mejor te lo pruebas aquí.

Y, si hay que hacer algún arreglo, ya haremos venir a la costurera,

-No se te pasa nada.

-Cuanto menos te vean por la calle, mejor.

A no ser que vayas conmigo, claro.

-Como un matrimonio feliz.

-Mañana saldremos a pasear.

Y por la tarde acudirás a casa de los Domínguez

a dar clases de música a la mujer del médico.

-¿Está don Aurelio al tanto de todo esto?

-Por supuesto.

Aurelio está al tanto de cada cosa que haces.

Y ahora me dirás que es por mi bien. -Así es.

Para protegerte.

-Pues dile a tu jefe que tanto exceso de celo me agobia

y que no me deja respirar.

-Será mejor eso a que te den alcance, ¿no crees?

-Empiezo a dudar de que necesite tanta seguridad.

-Valeria...

Tengo la impresión de que no acabas de enterarte

de cuál es tu situación.

Los que atentaron contra la vida de tu marido en Barcelona,

es muy posible que estén al tanto de tu paradero.

Llevo meses sin salir,

y no voy hacerlo porque usted sea un inepto en la cocina.

Pero sí pensaba hacerlo

para dar el discursito de inauguración de la plaza.

-"¿Ha dicho Azucena cuándo se van?".

-No, no me ha dicho ni mu. -Pues deberían.

Venían para dos o tres días, y llevan una semana aquí.

-No la voy a echar, ¿no? -No lo había pensado,

pero ahora que lo dices...

Creo que entonces me adaptaré pronto a este sitio.

Más deprisa que a la casa en la que voy a servir.

-No te arriendo yo la ganancia.

-¿Son muy complicados?

-Doña Genoveva tiene un genio endemoniado.

Y don Aurelio...

Más de lo mismo.

-Bueno, yo con quien tengo que tratar es con Marcelo, el mayordomo.

Muy formal y muy serio, pero amable.

Mayordomo, criada, cocinera... No se cuidan mal los Quesada.

-Se creen grandes señores.

Pues yo no voy a ser menos, contrataré lo mismo.

Y no solo eso, también un ama de llaves.

-¿No le valdrá un llavero?

-No seas ignorante, Maruja.

-Maruxiña.

Empiezo a tener tantas dudas...

-¿De qué?

-De tus verdaderas intenciones.

De las del señor Quesada.

De si volveré a ver a mi esposo.

-Esta tarde terminan de llegar los manteles y la vajilla que pedí.

-Espero que cambio funcione; si no, estamos arruinados.

-¿Y cree que le gustará la reforma a mi padre?

-Pues espero que sí.

-Eso si algún día llega, ¿no?

Madre, debería decir la verdad a su hermana.

-Cállate, que te van a escuchar. -No podemos seguir mintiendo.

Ninguno se lo merece. -Pero ¿quién está mintiendo?

Hemos venido a pasar unos días. Y eso hacemos, pasar unos días.

-Que se eternizan y se eternizan.

-Eso es lo que hay que hacer, y ya está.

Estoy encantada. Ya sabe que adoro la música.

-Digo yo, pero no se me ocurriría tratar de enseñarle nada a Alodia.

Aquí, entre nosotras,

creo que tiene un oído enfrente del otro.

-Seguro que exagera.

Todo el mundo acaba conquistado por la música.

-Ya verá, ya.

(DESAFINANDO) Do, re, mi, fa, sol,

la, si.

Ahora lo he bordado, ¿no?

Mucho mejor.

Estoy teniendo mucha paciencia con usted.

Todo son quejas.

El trato, los ruidos... Ya lo hemos hablado.

No le he pedido que venga.

He venido porque sé que le hace falta.

¿Para qué? Para llevar una vida normal.

¿Quién le dice que quiero una vida normal?

-"No sé para qué hay criada en esta casa".

Quería ponerme una blusa, y no está ella para plancharla.

-Mañana, mañana te la plancha.

-Me alegro mucho de que esté aquí, Hortensia.

Me gustaría hablar con las dos.

Rodrigo está bien.

Es lo único que te puedo decir.

¿Lo sabes? -Lo sé.

Pero no sé nada más, créeme.

-Sé cómo convencer a don Aurelio para que traiga a Rodrigo.

Pero debes ayudarme. Si yo me hiciera pasar por loca,

si le dijera que mi vida corre peligro si no lo trae...

Aurelio no se lo va a creer. -Sí, si tú me ayudas.

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Acacias 38 - Capítulo 1409

18 ene 2021

En la intimidad de su casa, Valeria se encara con David por el control asfixiante que ejerce sobre ella.
En un encuentro con las señoras, Genoveva se interesa discretamente por Ramón y Felipe; a la vez que Rosina sigue mintiéndole a su hermana Hortensia: la economía familiar va de maravilla. Mientras, Alodia está entusiasmada con las clases de piano que va a dar con Valeria de profesora.
Por otra parte, Fabiana lleva a Inma al centro para que coja ideas de los restaurantes de la ciudad y ponga al día el Nuevo Siglo XX. La valenciana le agradece a Fabiana su disposición y comparte sus nuevos planes para el negocio con su nieto Guillermo.
Mientras tanto, Marcelo encuentra a una cocinera para los Quesada: Luzdivina.

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