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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 357 - ver ahora
Transcripción completa

¿Don Mauro San Emeterio? Soy Ignacio del Valle,

el nuevo comisario que sustituye a Peiró.

Hoy es mi primer día. Bienvenido, señor.

Me preguntaba si habría trabajo para alguien como yo

en tu escuela de equitación.

En las cuadras no

pero sí que necesito a alguien que me haga recados.

¿De verdad?

Sí. A ver, no te emociones

que es lo que es.

Todo el día para arriba y para abajo haciendo recados,

de un sitio a otro. Sí, sí, sí, sí.

Muchísimas gracias, de verdad, no te arrepentirás.

Templa, templa. Si me alegra poder dar trabajo a un amigo,

que eso antes no lo podía hacer.

-¿Has descubierto cuál es el trabajo de mi hijo?

-Él mismo me lo confirmó. Dibuja para los periódicos.

-¿Dibujos?

-Sí, dibujos, retratos, caricaturas, monigotes.

-Naranjas de la China. Qué va a hacer mi hijo caricaturas.

-Anda, ¿y eso por qué? -Porque mi hijo dibuja patrones,

pero no retratos para personas. -Pues él mismo me lo dijo.

-Pues te engañó y se rió de ti. Así que, hale,

de momento ni uniforme ni uniforma.

Arreando.

-Para su tranquilidad y sosiego,

será mejor que a partir de ahora nos veamos bien lejos del barrio.

-Te lo agradezco.

-De hecho, ya sé lo que haremos.

¿Recuerda aquel sitio donde quería llevarla?

-¿Ese sitio tan misterioso que no quieres decirme cuál es?

-Y seguiré manteniéndolo en secreto hasta que lleguemos allí, sí.

Será una sorpresa.

-Le ruego por favor que no le diga a mi esposo

que usted es amiga de mi familia.

-¿Y eso por qué?

-Mauro guarda mucho rencor hacia mis padres y...

el saber de su amistad con ellos podría enturbiar la relación laboral

entre él y usted.

No quisiera perjudicarle, y muchísimo menos ahora.

-¿Y menos ahora? ¿Por qué dices eso?

-Se encuentra en mitad de un caso muy importante para él.

Quiere llevar a la cárcel a la mujer más poderosa de esta ciudad.

-A doña Cayetana, viuda de La Serna.

Lo sé.

-Yo podría escribir una carta asumiendo la muerte de Úrsula

y luego marcharía de la ciudad.

Lejos de aquí. Muy lejos.

Nunca más regresaría.

Eso sería tu salvación.

Pero mi condena.

Mauro no quedaría conforme con eso.

No dejaría de perseguirme.

De ir a por mí.

De intentar encerrarme de por vida.

Pero quizá eso sea lo mejor.

Que me den garrote.

Y acabar de una vez con esa triste suerte.

Comisario, no le había escuchado entrar.

Ya lo he visto. Solo quería devolverle esto.

El informe sobre el caso Cayetana Sotelo Ruz.

¿Lo ha leído? De la primera a la última página.

¿Y bien?

Le felicito.

Ha hecho usted un buen trabajo.

Es un informe extremadamente minucioso.

Agradecido, pero no le preguntaba eso.

¿Cuento con su apoyo para seguir adelante?

Así es.

Tome las medidas necesarias para llevar a juicio a esa mujer.

¿Sorprendido?

No debería. Tiene el caso perfectamente armado.

Lo que me sorprende es que no le entren dudas

de ir contra una mujer tan poderosa.

Nadie lo es tanto

como para no tener que responder ante la justicia de sus actos.

Así lo pienso yo.

Pero me agrada escucharlo en boca de un superior.

Marcho a ultimar los permisos y todo el papeleo

para que pueda proceder a su detención.

Por cierto, San Emeterio, en el poco tiempo que llevo en comisaría

he podido comprobar que siempre le encuentro trabajando

a cualquier hora.

Hay mucha faena que atender.

No lo dudo, pero me ha impresionado su dedicación.

¿Acaso no tiene a nadie que le espere en casa?

Se equivoca, comisario.

Estoy casado con una mujer sumamente comprensiva

que entiende lo esclavo que soy de mi trabajo.

Debe ser una esposa sumamente comprensiva.

Lo es.

Y generosa como la que más.

A pesar de las desdichas con las que le ha castigado la vida,

ella sigue entregada a los demás. Y sin preocuparse por si misma.

Veo que habla con estima de ella.

La que merece.

En fin,

me marcho a preparar el papeleo.

¿Sabe, Mauro?

Usted me inspira confianza.

Creo que nuestra colaboración va a ser muy productiva.

Esa es mi impresión también, comisario.

Estas mangas te las voy a quitar y te las voy a cambiar.

-Bueno, lo que consideres menester, Susana,

ya sabes que confío ciegamente en tu criterio.

-Lo sé, eres una clienta fiel.

No como otras, que se dejan seducir por los cantos de sirena

de los grandes almacenes. -Bueno, es que donde se ponga

una modista de toda la vida, que se quiten esas tiendas.

No hay ni punto de comparación. -Así debe pensar

una señora de posición. En esos comercios...

solo reina la vulgaridad.

-Bueno, tampoco es así. Acuérdate de lo bien acabado

que estaba el vestido de Celia.

-Un golpe de suerte.

Habría encontrado un mirlo blanco

entre un montón de grajos negros. -Sería un golpe de suerte.

-No lo dudes, tenlo por seguro.

Que esas criadas se vistan ahí lo puedo entender,

pero una señora con posibles, eso no deja de sorprenderme.

-¿Crees que el corte de la cintura me favorece?

-A ver. Te quedará fetén.

Muy preocupada te veo en lucir bien.

Debes querer el vestido para una situación muy especial.

-Eh... Sí, sí.

Los empresarios que explotan mi yacimiento

están por la ciudad. Voy a reunirme con ellos

y quiero aparecer impecable.

Oye, y otra cosa:

este cuello me ahogaba mucho.

Y hecho así, ¿qué te parece?

No sé, podrías abrir un poco el escote.

-Poder podría, pero no me parece lo más adecuado.

-Tan solo un poquito. Mira, cortas por aquí.

-Rosina, ¿acaso deseas que esos empresarios murmuren sobre ti?

¿Qué sería de tu reputación? Estando viuda

no puedes llevar un escote como el que me propones.

-Pero si es que solo quería parecer un poco más lozana.

-Ibas a parecer una fresca.

Menos mal que estoy yo aquí para evitarlo.

Buenas, Juliana. -Muy buenas, doña Trini.

¿Desea usted un chocolate?

-¿No te amuela, Juliana?

Desear, claro que lo deseo, con todas mis fuerzas.

Pero me tomaré un café, que siendo el negocio familiar

habrá que predicar con el ejemplo.

-Descuide, que si le apetece un chocolate le guardaré el secreto.

¿Cómo va con la mudanza?

-Pues... fetén.

La verdad que no me puedo sentir más dichosa.

Después de todo lo que hemos pasado, volver a estar todos juntos en casa

me hace sentir aliviada.

-No sabe cómo me alegra verles de nuevo en el barrio.

-Lo sé. Y no podría ser de otra forma.

Que gracias a los muchachos tú y yo somos casi familia.

Así lo siento, sí. -Por cierto,

¿no sabrás de alguna muchacha que precise colocación?

Que estoy buscando criada.

-Lo lamento, pero no sé de nadie que busque ahora mismo.

Pero vaya usted a la puerta de la iglesia,

ya sabe que allí se suelen poner las que buscan casa donde servir.

-Qué maravilloso día hace, querida.

-Al menos lo es para usted, don Leandro,

que viene más contento que unas castañuelas.

-Sí, tengo mis motivos.

Mis patronos están muy contentos con mis diseños.

Hasta están pensando ya en un ascenso.

-¡Tan pronto!

Leandro, eso es maravilloso.

Enhorabuena. -¿Te sorprendes?

¿Es que acaso dudabas de mi talento?

-Pues claro que no. Ya sabes que nunca lo he hecho.

-Y, don Leandro, ¿se puede saber qué ocupación es esa,

que no me queda del todo claro? -Pues...

trabajo en lo mío.

-Ah.

(CARRASPEA)

Servando, ¿me estabas espiando? -No, no, na nai, na nai.

¿Cómo puede pensar usted eso de mí?

-¿Entonces qué hacías parado aquí como un pasmarote?

-Na... nada, no, nada.

Estaba mirando la fachada del edificio, que no recordaba

de qué color era.

-Servando, pareces muy interesado en saber dónde trabajo.

-Qué...

(BALBUCEA) Y, a colación,

ya que saca usted el tema,...

que tuvo usted mucha gracia con eso de decir que

faenaba de dibujante en los papeles.

¡Es usted un bromista!

(CARRASPEA)

Aunque sea todo dicho, no me importaría saber

qué colocación tenga, al fin y al cabo somos vecinos.

-Ya. Se lo digo y va corriendo a contárselo a mi madre, ¿verdad?

-No. -Servando, que te conozco muy bien.

Y conozco muy bien a mi madre y sé que tenéis algo entre manos.

-No, no. No.

(BALBUCEA) Por cierto, me tengo que ir,

que tengo faena y tengo que... Con Dios, don Leandro.

Vaya por Dios.

Vaya.

-Sin arrollar, Servando.

Me alegra sobremanera que finalmente haya recapacitado

y haya decidido salir a la calle.

No se equivoque, Teresa,

no tengo ningún interés en salir.

Solo lo hago para que se deje de la retahíla.

Pues viendo el resultado, ha merecido la pena mi insistencia.

(AHOGA UN QUEJIDO)

Disculpe, trato de hacerlo con la mayor delicadeza.

No, no es culpa suya.

Es culpa de mi malograda piel.

Cayetana,...

aplicándose tan solo las cremas nunca va a mejorar.

Es que no voy a mejorar, Teresa. No hay cura para mí.

Puede que esté equivocada.

Acuérdese del doctor Sampedro.

Es un hombre que está investigando con...

¿Es que no tiene usted fin, Teresa?

Ahora que ha vencido con lo de salir de paseo,

ahora parece dispuesta a insistir con el nuevo asunto,

a ver si doblega de nuevo mi voluntad.

Solo busco su bienestar.

Me he estado informando y... es el mejor especialista

en quemados del país.

Al parecer, tiene muchos.

Y celebrados logros operando y eliminando cicatrices como la suya.

Teresa, mi cuerpo ya ha sufrido demasiado

como para someterme a otra intervención.

¿Quién sabe si meterme en quirófano me dejará peor?

¿Y acaso no merece la pena correr el riesgo?

Puede que sí, pero no me encuentro con fuerzas para afrontarlo.

Ya he sufrido demasiado.

Disculpe el retraso.

Deje, señorita, ya termino yo de vestir a la señora.

No, no es ninguna molestia. Espéreme en el salón.

Fabiana terminará.

¿Has pensado en nuestra conversación de ayer?

Sí, señora.

¿y bien?

Por nada del mundo quiero llevarla yo al garrote.

Haré lo que me pide.

Me culparé del asesinato de Úrsula.

Así que te has quitado de la cabeza la idea de la carta

que me comentaste.

Tenía usted razón.

Podría no ser suficiente para salvarla.

Es mejor que acuda a comisaría.

Sé que es mucho el sacrificio. Y me conmueve tu determinación.

De verdad que no tengo palabras para agradecértelo, madre.

Pero no hay otra manera...

de acabar con esta pesadilla para siempre.

Ojala sea así.

No me voy tranquila...

sin saber quién pudo enviar el broche de Úrsula.

Nada me pueden hacer con tu generoso gesto.

Es lo que haría una madre por su hija.

Aunque eso signifique su fin.

Voy a estar contigo.

No te voy a dejar sola.

No te abandonaré a tu suerte.

Lograré que salgas indemne.

Te lo juro.

Pero espera a ir a comisaría.

Yo te diré cuándo es el momento más adecuado.

Está bien.

Casilda, ¿has visto a mi madre? -Pues verla sí la he visto,

pero apenas un suspiro. Marchó a misa con las demás señoras.

-¿Y tampoco Pablo se encuentra en casa?

-Ese sí que marchó pronto.

Con el alba. Últimamente madruga más que las lechuzas.

-Di que sí.

Ya no me espera ni para desayunar. -Bueno,

seguro que se fue a la hípica,

que ya sabe usted que se está dejando la piel en ella.

-Esperemos que solo la piel.

Mira que mi intención era que recuperara el ánimo gracias a ella.

-Pero ahora piensa que lo hace en demasía.

-Así es, Casilda. Está obsesionado.

-Bueno.

Ya le conoce usted.

Sabe que los caballos son su pasión,

que le gustan más que a un goloso un dulce.

-Ya, pero no debería tratar de controlarlo todo.

Ha preparado las pistas de doma, las de saltos, todo.

-Demasiada faena para un hombre solo.

Menos mal que ahora se ha buscado un buen ayudante.

-¿Ayudante, dices?

-Pues sí, el Martín, ¿no lo sabe usted?

-Ya ves que no me cuenta nada.

-Hombre, pero no se amostace, doña Leonor,

que eso es que se le ha olvidado. Ayer mismico le dio la colocación.

Y ya verá usted como teniendo tan buen ayudante como el Martín,

se liberará un poco de la faena.

Que él es bien hacendoso.

Y así también descansa un poco.

Ahí tiene usted más razón que un santo,

tantos sudores no han de ser buenos para sus dolores de espalda.

-¿De qué dolores hablas?

¿Acaso sabes que se queje?

-Sí. Yo misma le he escuchado lamentándose de su espalda.

Pero bueno, doña Leonor, no se inquiete usted,

que ya me ha dicho que no es más que un pinchazo.

Por favor, muchacha, tráeme un café.

Voy a lavarme la cara al aseo, a ver si despierto a las musas.

-Veamos a qué cuento viene tanto misterio.

-¿Qué, Servando?

(GRITA)

¿Mis diseños te resultan de interés?

¿Otra vez tras mis pies? -No, no, no, verá usted,

don Leandro, esto no es lo que parece.

Todo tiene una explicación. -Pues estoy deseando

que me la expliques. ¿Otra vez espiando mis cosas,

Servando? Por favor.

-No, no, verá. Yo estoy recogiendo los papeles del suelo

porque de repente ha venido un golpe de viento y los ha tirado todos.

-Servando, por favor, ¿me tomas por tonto?

Mira, aquí va a haber golpes y no van a ser de viento.

-Don Leandro, yo...

-No trates de seguir mintiéndome, por favor, Servando,

esto ya pasa de castaño oscuro.

¿Qué hacías espiando mis cosas? -Disculpe, don Leandro,

aunque le cueste creerlo, Servando no le miente.

Yo también vi cómo el viento se llevaba sus cosas.

-Martín,

¿estás seguro de lo que estás diciendo?

-Sí, sí, seguro.

Espere, Servando, que le ayudo.

¿Se encuentra bien, Cayetana?

Sí, parece que ya no estoy acostumbrada a la luz del sol.

Caminemos. Enseguida se habituará.

Qué mala fortuna.

Cayetana, qué alegría verte.

¿Por fin te has decidido a salir a la calle?

-¿Cómo te encuentras?

Disculpen, pero marchábamos a dar un paseo.

-No nos quite el placer de su compañía tan pronto, querida.

Hay tantas novedades que comentar contigo, Cayetana.

-Sí, ¿ya sabes lo de Trini y Ramón, que han vuelto al edificio?

Sí, algo he oído.

-¿Y la intención de don Clemente, ese mal hombre?

-Bueno, malvado y ruidoso. Ha conseguido lo imposible:

que echemos de menos a Trini.

No me mires así, Celia, solo estaba bromeando.

Fabiana.

¿Qué le parece este ramo?

-Flores en el altillo.

¿Y a qué se debe tamaño lujo?

-Que las tenía en el quiosco a punto de pasarse.

Y he pensado en traérselas para que le alegren el cuarto.

Para que le ayuden a superar estos días tan duros,

que está usted más mohína que las flores.

-Bien sabe Dios que se lo agradezco.

Sepa que servidora también tiene un regalo para usted.

-¿Para mí?

¿Y este pañuelo?

-Perteneció a su hija Manuela.

-¿Qué?

-Se lo ponía cuando faenaba con nosotras como criada.

Cuando se fue del altillo debió dejarlo olvidado.

Yo me lo encontré entre unos trapos viejos y me lo quedé de recuerdo.

-¿Y por qué me lo da ahora?

-Andaba haciendo limpieza entre mis cosas y me lo he vuelto a encontrar.

Pensé que estaría mejor con su madre.

-Se lo agradezco de corazón, Fabiana.

-Hemos perdido tanto en el camino, ¿verdad, Guadalupe?

-Bueno.

También hemos encontrado grandes amigos.

Hemos vivido muchas cosas, Fabiana.

¿Eh?

Cosas buenas,...

cosas malas.

-Sí, pero...

al final, parece que...

duelen más las penas. -Pero, ¿cómo que al final?

¿Cómo que al final, Fabiana? Levante usted el ánimo.

Que todavía nos quedan muchos años por vivir.

Y quiera Dios que sean dichosos.

Fabiana.

Usted no está bien.

Hoy la encuentro aún más mohína.

-No haga caso a esta vieja tonta.

He estado dándole vueltas a la mollera y...

no sé qué me apena más.

Si los duros días ya vividos o... lo que el lúgubre futuro me reserva.

-Bueno.

Es de entender que ande usted agitada por lo de su señora, pero...

no pierda el ánimo, Fabiana.

Se lo digo por experiencia, ¿eh?

Que Dios aprieta...

pero no ahoga.

Ea.

Felipe ha logrado que don Ramón recupere todos sus bienes.

-Sí, sí, es el mejor letrado de la ciudad.

Puedes estar muy orgullosa de él. -Y así lo estoy.

Pero puede que estemos cansando a Cayetana con tanta cháchara.

Sí, deberíamos proseguir con nuestro paseo.

-¿A qué tanta urgencia de nuevo, querida?

Si Cayetana está encantada con nosotras, ¿a que sí?

-A ver si con tu regreso vuelve la cordura al barrio.

Te sorprendería la de señoras a las que les ha dado por comprar

en los grandes almacenes, como si no tuvieran posibles.

-Yo no, eh, yo sigo fiel a mis costumbres.

De hecho, me estoy arreglando un vestido de postín donde Susana,

aunque no acabe de hacerme caso en mis indicaciones.

-Por tu bien, querida.

Si vieras el escote que me ha pedido para el vestido,

más propio de una mozuela

que de una viuda respetable.

-Es que yo me siento joven, Susana, y está bien que así sea.

Una mujer, cuando ya no se siente bella es como si se muriera

un poco por dentro.

-Por Dios. -¿Qué? Si es verdad.

Ay, Cayetana, lo siento, de verdad.

Pierde cuidado, no tiene ninguna importancia.

Disculpadme pero estoy un poco mareada.

Sí, vayamos a casa,

hay que ir poco a poco. Marchad ya.

Qué bonito paseo.

Es una lástima que te tengas que marchar a la chocolatería.

-Déjame por lo menos que me lleve un recuerdo de ti,

aunque solo sea para poder soportar el resto de la jornada

sin tu presencia.

-¿Y ese es el recuerdo que te quieres llevar de mí, un beso?

-A mí nada me alivia más que recordar el sabor de tus labios.

Dame un poquito más,

que la tarde es muy larga.

-Víctor, un poco de recato.

¿No te das cuenta que nos puede ver todo el mundo?

-Pues que miren lo que quieran.

Ya no tengo por qué ocultar lo que siento.

-Qué vergüenza besándose en plena calle.

-¿Lo ves? Te lo dije.

Qué bochorno.

-Templad, que soy yo.

Tan solo bromeaba.

Me alegra veros tan dichosos juntos. -Juntos en demasía.

Anda, déjate de arrumacos y vete a trabajar de una santa vez.

-Como usted quiera.

Señoras...

-¿Cómo, María Luisa? ¿Con tanto desdén le tratas?

-No es desdén, Leonor, sino juego.

De sobra sabes que bebo los vientos por él.

Además, que después de lo que hemos pasado en mi familia...

siento que ha aumentado mi estima por Víctor.

-No es para menos.

En esos momentos tan duros

Víctor se ha portado como hombre de ley.

-Pues sí,

como un verdadero hombre.

Mostrándonos su apoyo en todo momento.

Preocupándose de que no pasáramos necesidad.

De que mi padre y yo no nos derrumbáramos

ante semejante situación.

Apoyando a Trini, sabiendo callar su secreto.

-Y arriesgándose con eso a no sufrir

tu ira, que no es moco de pavo.

-Me gustaría poder demostrarle mi agradecimiento y amor

por todo lo que ha hecho con bonitas palabras.

-¿Y qué te lo impide?

-Mis pocas luces para tales cuitas.

Ya lo intenté ayer y solo me salió un "gracias" de lo más soso.

-Nunca te mostraste falta de labia.

-A la hora de tontear y responder a sus requiebros.

Pero si hablamos de mostrar mis verdaderos sentimientos...

me quedo muda. -Ya será menos, mujer.

-No te miento, Leonor.

Y creo que fue culpa de mi madre.

Ella me educó para callar, aparentar

y no mostrar mi debilidad.

Y ahora me está costando un horror comportarme de manera diferente.

-No sufras.

Si precisas a alguien que te enseñe a expresar tus emociones...

yo puedo ayudarte.

Soy muy experta en tales menesteres,

te lo puedo bien jurar.

-¿De verdad harías eso por mí?

Quiero hacerle algo muy especial a Víctor.

-Puedes contar con mi ayuda.

Le traigo esta tisana.

Le ayudará a asentar el cuerpo.

Dudo que una tisana lo logre.

Nunca debí hacerle caso.

Nunca debí haber salido a la calle.

Poco a poco, Cayetana.

No puede encerrarse aquí para siempre.

Enterrarse en estas paredes en vida.

¿Acaso a alguien habría de importarle?

A mí sí.

No debe dejarse vencer.

Debe seguir luchando.

Teresa, ¿no se da cuenta de que yo ya he sido derrotada?

Aún puede haber una solución.

No quiero ser pesada. Pues lo está empezando a ser.

¿Me va a hablar otra vez de ese maldito médico?

Así lo haré, hasta que logre cambiar de parecer.

El doctor Sampedro podría ayudarla, y mucho.

Permítame que lo dude.

Cayetana, no puede esconderse detrás de ese velo para siempre.

Se lo digo como amiga.

Y yo como amiga le digo que deje por favor de presionarme.

Apiádese de mi debilidad.

Estoy demasiado cansada ya.

¿No hay nada más que pueda hacer por usted?

(LLAMAN A LA PUERTA)

Vaya a abrir la puerta.

Humildad, no la esperaba.

¿Debería? Quedamos en hablar de unos temas del colegio, ¿no lo recuerda?

Ahora quizá no sea el mejor momento para eso.

No tema, que no tardaré en demasía.

Crea que no me resulta en exceso sencillo acudir hasta aquí.

Espere, por favor, en portería.

Dentro de poco daré aviso para que me ayude. Gracias.

A las buenas, doña Cayetana. ¿Cómo se encuentra hoy?

Humildad, viene a tratar unos asuntos del colegio.

No tengo ni ganas ni fuerzas para tratar esas cuitas.

La dejo al cargo, Teresa. Si me disculpan,

voy a descansar a la alcoba.

Pierda cuidado.

Sepa que la tengo presente en todas mis oraciones.

Y así se lo agradezco.

Pobre mujer.

Empecemos la reunión cuanto antes, Humildad.

Leonor. Perdona.

Si marchas para casa dile a tu madre que la espero

para las últimas pruebas del vestido.

-Descuide, doña Susana, ahora se lo digo.

-A la que no veo hace mucho tiempo por mi tienda es a ti, querida.

-No necesitaba ningún arreglo.

-Y si precisas ropa nueva, la adquieres en otros sitios.

De mi sastrería no ha salido el conjunto que llevas ahora,

por poner un ejemplo. -No.

Así es.

Lo compré en los almacenes "Nuevo Siglo", ¿le parece bien?

-Me parece perfecto, querida.

Es más, no me extraña.

¿Qué mejor lugar para encontrar conjuntos tan masculinos

como los que a ti te gustan?

Si no te molesta que te lo diga.

-Descuide, doña Susana, que cuando no hay malas intenciones

no puede haber ofensa.

Pero se equivoca.

Precisamente mi madre me comentaba el otro día

que vio a Celia con un vestido precioso y de lo más femenino.

Se ve que en los almacenes hay prendas para todos los gustos.

-Sí. Siempre que dicho gusto sea de lo más dudoso.

-Dudoso pero numeroso.

Doña Susana, cuídese de no quedarse sin clientela, eh.

Eh. Ven.

-A las buenas, doña Susana. ¿En qué puedo servirle?

-Bien lo sabes tú.

Cumpliendo lo que te pedí.

Dime que ya has averiguado dónde trabaja mi hijo.

-Pues si es un capricho yo se lo digo,

pero me temo que tengo bien poco que contarle.

Don Leandro anda con la mosca detrás de la oreja

y no me lo está poniendo nada sencillo.

-La culpa es mía por confiar en un inútil.

-Si es que ya no sé qué hacer para averiguarlo.

-Pues ya puedes ir buscando una solución

si quieres que cumpla mi parte del trato.

Y yo de ti me daría urgencia.

Que sepas que el portero del 34

también me está preguntando

por cuánto le saldría un uniforme.

Puede que lo esté considerando.

-Solo le ruego que me de un poco más de tiempo y que haga oídos sordos.

Bien, por estas que servidor se entera dónde trabaja don Leandro

aunque me vaya la vida en ello.

Aquí le traigo un cafelito.

A ver si le ayuda a aclarar las ideas.

-Gracias, hijo, falta me hace.

-Madre me ha dicho que están muy contento con usted

en su nuevo trabajo.

Incluso están ya pensando en ascenderle.

-Así me lo han hecho saber.

Esperemos que mis nuevos diseños no les defrauden y cambien de opinión.

-Eso no va a pasar. Dígame, ¿en qué está trabajando ahora?

-En un traje de caballero. Pero no sé.

Hay algo que no me satisface.

-Bien resultón.

Pero...

-¿Pero qué? Habla, ese "pero" me interesa.

Habla sin miedo.

-A mí me gustaría que la chaqueta fuera más entallada.

Y perdone si le molesta, que ya sabe que la ignorancia es muy atrevida.

Pero a mí los trajes anchos me resultan incómodos.

Supongo que al resto de jóvenes también.

-No, si tienes razón, quedaría más moderno, menos vulgar.

Agradecido. La verdad, Víctor,

es que has salvado mi diseño.

Se nota que tienes buen gusto y que entiendes.

-Hablaba desde mi experiencia de llevar traje.

Pero ha sonado la flauta, por casualidad.

-No seas modesto.

Quizás tengas talento para la sastrería

y más siendo hijo y nieto de sastre.

-Quite, que yo de telas y patrones no tengo ni idea.

-La técnica se aprende. El talento, no.

-Bueno.

El progreso en la materia de religión es notable pero

no deberíamos dormirnos en los laureles.

He pensado que deberíamos

repasar las materias ya dadas durante estas semanas.

¿Qué le parece, Teresa?

Sí, claro.

Sí, claro, ¿qué, querida?

Disculpe, estaba distraída.

Lo sé. Se nota que tiene la cabeza en otro sitio.

Está muy preocupada por doña Cayetana, ¿verdad?

Lo siento, discúlpeme.

Yo no debería haber insistido con que nos reuniéramos.

Volveré mañana. No.

Perdóneme a mí.

Puede continuar.

Le aseguro que contará con toda mi atención.

Teresa, por favor,

dudo que pueda lograrlo.

Déjeme al menos intentarlo.

Ha venido hasta aquí.

No quiero que su esfuerzo resulte en vano.

En realidad,...

no he venido solo para hablar de nuestra escuela.

Hay algo que me inquieta sobremanera

pero no sabía si debía contárselo o no.

Se ha incorporado un nuevo comisario donde Mauro.

¿En qué puede afectarme a mí tal nueva?

A usted no, pero... a Cayetana sí.

Ha revisado su caso y ha decidido apoyar a Mauro.

Es cuestión de horas que detenga a Cayetana.

Lo siento, de verdad, yo no sabía qué hacer

y más ahora que ella está tan afectada por sus quemaduras.

Pero la verdad es que me sentía en la obligación de informarla, Teresa.

Se lo agradezco.

Ha hecho lo correcto.

(GRITA)

Templa, Casilda, que soy yo.

-Pero bueno, Martín, ¿tú qué quieres,

quedarte viudo matándome de un susto?

-Eso ni lo mientes, que no podría vivir sin tus carnes.

-Bueno, pues ya las catarás luego en casa,

que este no es momento ni lugar. -Mucho me haces esperar, mi amor.

Anda,

cómo nos hemos despertado de lisonjeros esta mañana, truhán.

Ya echaba de menos que me prestaras tantas atenciones.

Que últimamente ni reparabas en mí.

-Y te pido mil disculpas por ello.

-Y ya se me ocurrirá alguna manera para que me compenses.

-La culpa la tenía mi trabajo en el cinematógrafo.

Si supieras lo dichoso y liberado que estoy ahora con mi nuevo trabajo...

-Anda, pues no sabía yo que te costaba tantos sofocos

lo de trabajar de mozo en el cinematógrafo.

-Eh... la gente de la farándula, que es muy especial,

y demasiado bohemia, a mi entender.

-Ya veo.

Entonces prefieres trabajar con las bestias que con ellos.

Bueno.

Pues dale las gracias al Pablico

por haberte dado la oportunidad.

Que de bien nacido es ser agradecido.

-Así lo haré.

-Yo ya se las he dado a doña Leonor,

que andaba la pobre con el corazón en un puño.

Porque el Pablico trabaja en demasía.

-Ahora ya tiene quien le ayude. -No lo dudo.

Que tú eres muy buen cumplidor.

-Y para que veas cuánto te diré que estoy intentando

limar asperezas con Servando.

-Anda, pues eso si que no me lo esperaba.

¿Y ya has hablado con él?

-Eh... apenas.

Solamente lo he visto en apuros con don Leandro

y he salido en su auxilio.

-Pues has hecho bien.

Que ese mastuerzo parece que tiene un don para meterse en líos.

Si es que eres más bueno que el pan con chocolate.

Este sí que es el hombre con el que yo me casé, Martín.

Y no el sieso de hace una semana.

Qué bien besas.

-Tengo muchos más.

-Bueno, pues ya me los cobraré.

Ahora coge ese cubo.

Vámonos para casa que aquí estamos dando el espectáculo.

Te lo subiré un poco de aquí.

A ver...

¿Y esa cara, Rosina? ¿Acaso no te gusta el vestido?

-No, no, sí, sí, está perfecto, como siempre.

Pero es que yo creí que ibas a agrandar un pelín el escote.

Mira, una cosa así.

-Y yo pensé que había quedado claro como el agua

que no te lo iba a hacer más grande que lo que el decoro indica.

-Por favor, Susana, solo se trata de unos... centímetros,

hija, no pasa nada. -Así de fina puede ser la línea

que separa el cielo del infierno. De tan solo unos centímetros.

-"¡Tía!".

"¿Dónde está?". -Mira,

Liberto nos puede ayudar a acabar esta discusión.

Tiene muy buen gusto. -No, no, de verdad,

preferiría que no entrara.

-Pero qué tontuna, mujer, si hay confianza.

Liberto, aquí, en el taller.

-Doña Rosina. Qué agradable sorpresa.

Precisamos de un juez.

-¿Ah, sí?

¿Y cuál es el motivo de la disputa?

Le estoy arreglando este vestido a Rosina

para una reunión muy importante que tiene de negocios.

-Pues sin duda triunfará en dicho encuentro.

Le sienta como un guante.

-Sin embargo, Rosina piensa

que debería abrirle un poco más el escote,

estropeando las hechuras y el remate tan bonito

que le iba a hacer. -Ya, pero bueno, tía,

con la habilidad que usted tiene, seguro que con otro escote

lo podría rematar de forma delicada. -Lo sé,

pero no es el quid de la cuestión. Es viuda,

y debe vestir acorde a su condición. -Sí, quizás tenga razón, Susana.

Olvídelo, olvídelo. -No, aguarde un suspiro.

Déjeme ver el escote de la discordia.

-Ya se ve. O sea...

-¿Y bien?

-Creo haber dado con la solución.

Tía, ¿me puede traer la muestra de encaje

que tenía ayer en el mostrador?

-Sí.

-Déjalo, Liberto. Ya, ya mismo.

-¿Por qué? Si tan solo quiero ayudarla con su vestido.

Es que no me perdonaría por nada del mundo

que por mi culpa no luciera hermosa en esa reunión de negocios.

-¿Te refieres a esta muestrecita? -(ASIENTE)

No le falta a usted razón, tía.

Como viuda, doña Rosina debe mantener las formas y ser recatada.

Pero como mujer joven que es también puede elegir una tela

que deje ver partes de su piel.

Que deje que el sol ilumine su pecho sin resultar indecorosa.

En la vida, querida tía, todo es cuestión de equilibrio.

De hallar el punto medio.

-Quizás tengas razón. ¿Has visto, Rosina?

Mi sobrino es un primor. Es más listo que el hambre.

Voy a por los alfileres para coger la tela.

Señora, le traigo su infusión.

¿Desea algo más de mí?

Lamento decirte que sí.

Sí necesito algo más de ti.

Entiendo.

¿Es ya el momento?

No podemos aguardar más. Mañana tienes que ir a comisaría.

Confesaré el asesinato de Úrsula.

Cuanto más tiempo pase más endeble resultará tu confesión.

Y podrían surgir dudas.

Descuide, señora. Sé bien lo que debo hacer.

Mañana acudiré a comisaría.

(LLAMAN A LA PUERTA)

Será mejor que vaya a abrir.

Señora, tiene usted visita.

Doctor Galván.

Qué alegría. -Espero no importunarla.

Usted nunca.

¿Desea beber algo? No, gracias,

no la entretendré mucho.

¿Ha tenido noticias de nuestro amigo común, el duque de Somoza?

No.

Y le agradecería que no mentara su nombre en mi presencia.

Lamento haberlo hecho. Como fue él el que nos presentó.

Creí que seguirían en contacto. Pues ya ve que no es así.

Descuide que no volveré a disgustarla

con su mención.

No sé si Teresa le ha hablado de un colega que le recomendé.

Sí.

El doctor Sampedro. No ha dejado de insistir

en que le visite. Y dígame, ¿va a darle capricho?

Por el momento no tengo intención.

Hace usted mal.

¿Tan peritísimo es?

El mejor en su especialidad. Solo puedo decir maravillas de él.

Como especialista en quemados,... sus técnicas son casi milagrosas.

Me temo, doctor, que no creo mucho en milagros.

Igualmente, más que en la técnica de su colega

estoy interesada en la suya.

¿Acaso desea ponerse bajo mis cuidados?

No. Yo no.

Solo querría saber cómo le están resultando a Teresa.

Ya sabe usted que le oculté que nos conocíamos

para que se sintiera más cómoda en su terapia.

Y yo no la he sacado de su error. Así sigue creyéndolo.

Y yo se lo agradezco. Dígame,

¿cómo están resultando sus cuidados?

Aún es pronto para saberlo.

Teresa necesita más terapia para poder encauzar su vida...

y resolver los conflictos que tanto la atormentan.

Lamento escucharlo. Pero, dígame, doctor,...

¿qué le pasa a Teresa?

¿Qué es lo que le atormenta de manera tan cruel?

(LLAMA A LA PUERTA)

Hombre. Señorita Sierra.

¿A qué debo su visita?

¿Acaso no lo sospechas?

Sé que te has salido con la tuya.

Y que estás a punto de detener a Cayetana.

Las noticias vuelan.

¿Puedo preguntarte cómo te has enterado?

Puedes preguntarlo, pero no vas a recibir respuesta.

No conseguirás que un juez la condene.

Cayetana saldrá libre. Y yo testificaré a su favor.

¿Y qué es lo que vas a decir ante el juez?

Que Cayetana no es la asesina.

Que el día del asesinato yo estuve junto a ella.

Sabes que eso no es verdad.

¿Acaso le importa lo que sea verdad o no?

Te lo he dicho una y otra vez.

Si vas contra Cayetana te estarás enfrentando a mí.

Teresa, eres tú la que parece no haber entendido algo.

Puedo desmontar tu declaración sin ningún esfuerzo.

Aquel día no estuviste junto a Cayetana.

Estuviste conmigo.

A parte de que tengo aquí la declaración de la propia Cayetana...

en la que afirma que estuvo toda la jornada sola.

Entonces solo me dejas una salida.

¿Acusarme de haber falseado las pruebas,

las declaraciones de los testigos?

Veo que a pesar de todo

mis advertencias no cayeron en saco roto.

Teresa,...

ha llegado el momento de que entiendas algo.

Mucho trabajo para uno solo. Mejor te echo una mano, compañero.

-¿Qué... estás haciendo? -¿No lo ves?

Ayudarte. Mejor será que te espabiles

si no quieres que te eche la bronca el jefe.

-Eso es poco probable. El jefe soy yo.

-Mira qué bien. Así no tengo que andar buscándote.

-Buscarme a mí, ¿para qué? -Para pedirte trabajo.

¿No dices que eres el jefe?

Para mí que vas a necesitar gente que te mueva el negocio,

que te veo muy parado.

-¿Quieres dejar de colocar las sillas?

-¿Por qué? Queda tarea, es tarde y tienes todavía la terraza sin montar.

En un tris tienes esto lleno de parroquianos.

-Ya lo sé, pero es que se da el caso que todavía no te he contratado.

-Eso tiene fácil arreglo. Me llamo Huertas López.

¿Me contratas?

Pase, Servando.

-Dejadme de mirar con esa cara de ajo pocho, que vengo en son de paz.

-Mire que me extraña.

¿No será una de sus tretas para burlarse otra vez de nosotros?

-Martín, deja que se explique.

-Yo solamente venía para agradecerte el capote

que me has echado con don Leandro,

que me ha pillado con las manos en la masa. Bueno, más que en la masa,

en los dibujos. -Es que se mete usted

en unos berenjenales muy gordos. -Se me ha antojado ahora mismo

que puede ser un buen momento para que acabemos

con nuestras rencillas

y hagamos las paces de una vez por todas.

-Vamos a ir a un cinematógrafo. Pero a uno muy peculiar,

distinto a los que ha visto hasta ahora.

-Has acertado de pleno, Liberto, me hace...

una ilusión tremenda ver películas.

-Bueno, pues vamos, no perdamos tiempo,

no sea que lleguemos tarde.

Cariño, yo ya sé que estáis todos pendientes de mi espalda.

Pero es que hacéis mal en estar tan desasosegados.

No lo creo.

Me vienen dolores de vez en cuando, sí.

Estoy recuperándome de una lesión.

Es lógico que me atice un pinchazo de tanto en tanto.

Pero el resto del tiempo estoy fetén.

Y si tan poca importancia tienen, ¿por qué no me has contado

que tienes esas molestias?

Ah, precisamente por eso, cariño, porque no tienen que preocuparnos.

¿Sabes que puedes quedarte tullido el resto de tu vida?

cariño, no seas ceniza. Lo sé muy bien,

por eso no estoy corriendo ningún riesgo.

No estoy haciendo ningún esfuerzo. Si me muevo menos que una estatua.

Estafermo perdido. Víctor,

ya que tienes algo de tiempo,

me gustaría que vieses estos dibujos que he hecho.

-Pero si ya le dije ayer que yo de eso no entiendo.

Pregúntele mejor a mi madre. -Me gustaría que echases un vistazo

y me dijeses cómo los ves.

Ayer me diste un consejo de lo más acertado.

-Ya. Pero es que yo, además de poner la terraza,

tengo otras cosas que hacer. Discúlpeme.

-Pero bueno, ¿otra vez usted?

Ya le dije que no quiero verla por este barrio.

-No te pongas mohíno, que traigo buenas noticias.

-Me da igual. Como si viene a decirme que nos ha tocado la lotería.

-No, pero casi.

La próxima semana tenemos otra película, y de las bien pagadas.

-Conmigo no cuente.

Ya le dije que me he retirado del negocio. Ahora tengo un trabajo nuevo

y mucho más decente. -¿Pero qué me estás contando?

Abanto, desustanciado. -Pues lo que oye,

que ya puede ir buscándose otro partenaire,

que aquí el que suscribe hace mutis por el foro.

-No, no, no, no, no.

No puedes marcharte ahora que estamos ganando tanto dinero.

No. -Señorita Dor,...

en la vida hay cosas que tienen mucho más valor que las pesetas.

-Cuénteme.

Teresa, he decidido ir a ver

al doctor Sampedro.

A ver qué puede hacer por mis quemaduras.

Pero eso es una noticia excelente.

A ver si es tan bueno como dice su reputación.

En cualquier caso, que haya tomado esa decisión

es un paso muy importante...

para su recuperación física y emocional.

Yo voy a apoyarla en todo.

Juntas superaremos este trance

y todos los que vengan.

Pero debemos ser fuertes. Y estar unidas por encima de todo.

Tenemos que pensar muy bien cómo puedo agradecerle a Víctor

todo lo que ha hecho por mi familia.

-Sí que se merece una sorpresa a lo grande.

Se ha portado como todo un señor.

-Lo que me da rabia es

ser tan cortada para algunas cosas.

Por más que me estrujo la mollera solo me sale un "gracias" y un beso.

-Pero si es que con un beso tuyo hasta le sobra el "gracias".

Pero sí, hay que pensar una idea de más enjundia.

Podríamos preparar una fiesta sorpresa.

Nosotros, los amigos, digo. Pablo,

Liberto, Víctor, tú, yo...

y la música.

-Ay, sí.

No dudaré en contar quién eres realmente.

Cómo llegaste al barrio, cómo poco a poco te fuiste ganando la amistad

de sus vecinos y cómo terminaste engañando a Cayetana

para descubrir quién es realmente. No te veo capaz.

Y dudo mucho que pudieras demostrar tales afirmaciones.

Eso ya lo veríamos.

En cualquier caso, no creo que Cayetana se tomara bien

esas confidencias.

Solamente tratas de confundirme.

Mi amistad con Cayetana es mucho más fuerte que todos los infundios

que puedes verter sobre nosotras. Yo no estaría tan seguro.

Cayetana es una mujer rencorosa, no tengas la menor duda.

¿Por qué no paras, por qué no dejas de atacarnos?

Lo hago todo por ti, Teresa. ¡Déjanos!

¡Olvídanos de una vez y deja de hacernos daño!

Ojala me lo pusieras más fácil, Teresa, pero estás cegada.

Cegada por Cayetana.

¿Alguna ha visto hoy a la Fabiana?

-No.

(LLAMA A LA PUERTA)

-No contesta nadie.

No nos estaba haciendo un regalo. Se estaba despidiendo de nosotras.

-Santa María. -¿Y dónde habrá ido?

-¿Esta película no será

algo subida de tono?

¿Esto qué es? -Ya verá como se divierte.

-Por Dios.

Esto es muy inadecuado para que lo vea una señora como yo,

deberíamos marcharnos. -Pero si es una fruslería.

Quedémonos a ver cómo acaba.

-Como quiera, pero me siento muy incómoda contemplando esto.

-Qué vergüenza. Se va a quedar en porretas.

Si me vieran las vecinas de Acacias contemplando esto en este sitio.

Ay, de verdad.

-Me alegra mucho su visita.

¿Qué es lo que le trae por aquí? -Si te soy sincero,

no es por cortesía por lo que he venido a verte.

-¿Qué pasa? ¿Sucede algo grave?

-No te molestaría si no considerara importante lo que debo contarte.

-Ay, señor. Es algo de enjundia lo que sucede.

-Esto es muy... muy desagradable para mí.

Debemos tratar un asunto muy delicado.

-Por favor, le ruego que me cuente qué es lo que ocurre.

Me está causando una gran intranquilidad.

-Ayer vi a Mauro abrazado a una mujer en comisaría.

A una mujer joven y esbelta.

-Disculpe que me presente sin que me haya llamado.

Pero estoy muy intranquila por Fabiana.

¿Se encuentra aquí, con ustedes?

No, y la verdad es que a mí también me extraña que no haya llegado.

Tiene faenas pendientes.

Su habitación está vacía.

No queda ninguna de sus pertenencias.

Estamos muy inquietas por ella.

¿Insinúas que se ha podido ir?

Yo también la notaba como descalentada estos últimos días.

Pero pensaba que su preocupación era por el aprecio que le tiene a usted.

No. Es algo más.

Temo por ella.

Y me barrunto que pueda estar pensando en hacer una locura.

-Péseme, Dios mío.

Me arrepiento de todo corazón de haberos ofendido.

Péseme.

Por el infierno que merecí, por el cielo que perdí.

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Acacias 38 - Capítulo 357

21 sep 2016

El Comisario Ignacio Valle informa a Mauro de que aprobará la detención de Cayetana. Teresa intenta convencer a Cayetana para que se opere de las cicatrices, pero ella duda. Fabiana ha decidido entregarse a la policía. Cayetana sale por primera vez a la calle acompañada de Teresa, pero pronto se arrepiente. Humildad informa a Teresa que la detención de Cayetana es cuestión de horas.

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  1. Eve

    Me gusta mucho el camino que va tomando la serie. Gracias por mantenrme enganchada. Cayetana es increible! Poner a su propia madre al descubierto... es mala de verdad! Es obvio que lo que le dijo Ursula a Faviana que Cayetana la odia es muy cierto! Teresa me está colmando la paciencia... Y a ver a que hora el tarado de Mauro descubre a Humildad y su falso estado de salud y su infiltrado en comisaría. Por favor no vayan a poner a Pablo en silla de rudas!!! Rosina genial! Susana y sus rabietas también! Pero el sastre ya está perdiendo protagonismo, mejoren su papel

    09 oct 2016
  2. Amador Merced Rivera

    Sólo algo del serial de hoy y es que Humildad y su sombrero le quedó bien gracias por el nuevo look,por lo demás muy buen capitulo y además se ven muchos adelantos y en armonía con todas las situaciones de mi barrio burgués de Acasias,saludos.

    23 sep 2016
  3. Zac

    Que triste que no permitan ver los capitulos en USA!

    21 sep 2016