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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1356 - ver ahora
Transcripción completa

Usted suele acompaña a Genoveva, y esa mujer es ponzoña.

No quiero tener nada que ver con ella ni con sus compinches.

Una carta de la señorita Anabel.

-Les aseguro que solo tengo una esposa,

Susana, díganme dónde encontrarla y no me verán más.

Se ha marchado a buscarle.

Señorita.

Salió para alcanzarla antes de que cruzase la frontera.

¡Todavía llego a tiempo a coger el tren de vuelta!

Hemos pasado de ser los novios que unirían a nuestras familias,

a ser prácticamente unos proscritos.

No es justo.

No. No lo es.

Una víctima de su malvada esposa.

Querrá acogerla, consolarla, protegerla de mí.

Eso sí que se lo tragará.

Caerá en sus brazos solo para aliviar su culpa

por no haber terminado conmigo.

A partir de ahora, solo nos veremos cuando sea estrictamente necesario

y en el más absoluto de los secretos.

Dejadme. ¡Que me dejéis!

¡Que me soltéis!

(GRITA)

¡Soltadme! -¿Qué está pasando aquí?

Váyase de aquí, viejo.

Soltad de inmediato a la muchacha.

(RÍEN) -¿No me escucháis?

He dicho que la dejéis en paz.

Obedeced o juro que os arrepentiréis.

Será mejor que lo deje, don Roberto.

No te preocupes, que estos se van a tragar sus risas.

Lárguese de aquí, viejales.

¿Cómo que "viejales"? ¡Bastardos!

¡Corred, cobardes!

¡Corred!

¿Estás bien, Daniela?

(Sintonía de "Acacias 38")

No, Aurelio, no puede ser.

¿No lo deseas tanto como yo?

Sí, claro que ansío besarte.

¿Entonces?

Tu deseo se puede cumplir fácilmente.

Es tarde.

Debo volver antes de que mi padre se dé cuenta.

¿Tanto temes su cólera?

Sí.

Pero te seguro que no me rendiré tan fácilmente.

Estoy de acuerdo con lo que me has dicho antes.

Tú y yo nunca lo hemos tenido fácil.

Durante años, todo se ha confabulado para que no nos amemos.

¿Y no estás harta de todo eso?

¿No deberíamos empezar a oírnos nosotros y no a nuestros padres?

Anabel, te adoro desde crío.

Ahora eres una mujer, déjame amarte como tal.

Lo lamento en el alma, pero tendrás que esperar.

Debo marcharme.

No puedo arriesgarme al castigo de mi padre

si descubre que he vuelto a desobedecerle.

Está bien, está bien,

no insistiré más.

Te dejaré partir a cambio de una condición.

Que no me hagas esperar demasiado.

Te lo juro por lo más sagrado.

Pronto seré tuya.

Muy pronto.

¿Estás mejor, muchacha?

Sí.

Esos malditos pudieron conmigo.

Templa, nada ha pasado que tengamos que lamentar.

Gracias a usted.

No llega a aparecer... -No lo pienses.

No han logrado nada de ti.

Lo que se han llevado son unos buenos bastonazos que no olvidarán.

Tú tampoco has estado mal.

Menudo rodillazo se ha llevado ese canalla.

Me ha dolido hasta a mí.

(RÍEN)

Eso está mejor.

Una sonrisa ha vuelto a adornar tu cara.

Don Roberto, por curiosidad, ¿dónde aprendió a pelear así?

La vida es la mejor de las maestras para ciertos menesteres.

Pero lo mismo, podía preguntarte a ti.

Te has defendido como gato panza arriba.

De poco me ha servido.

Porque te superaban en número,

que si no, otro gallo hubiese cantado.

¿Podría darle un beso?

Gracias.

Gracias a ti, muchacha.

Ese beso le ha sabido a este anciano a gloria bendita.

Bueno, ¿qué, seguimos con la faena?

Venga.

(Suenan las campanas)

Adiós, queridos amigos.

Mi tren partirá de nuevo hacia Barcelona en breve

y no debo perderlo.

Siento que he vivido esta despedida unas cuantas veces ya.

Esperemos que esta sea ya la última, Rosina.

Confiemos que sí, si no, se va a marear de ir de un lado a otro.

¿Envió más telegramas a Zaragoza avisando a mi tía?

Sí, Liberto, lo que ya no sé es si mi esposa habrá podido leerlos.

Se lo podemos preguntar directamente a ella. ¡Miren!

¡Susana!

Esto por tenerme de un lado a otro.

Mi tía no cambia. -Se lo merece.

Y esto, por volver a mí.

El desayuno está dispuesto.

¿Y Anabel, no se ha despertado? -No, continúa en su cuarto.

Está enfadada por el castigo.

Ayer cogió una pataleta tan grande, que se quedó dormida, y así sigue.

Siempre que sea en casa,

que pase las horas como ella desee, despierta o dormida.

Ha demostrado ser una malcriada.

¿Me vas a contradecir de nuevo?

La verdad es que sí.

Y espero que esta vez me dejes terminar de explicarme.

Aunque no tienes en cuenta mi opinión...

Pero eso no quita para que sigas opinando.

Creo que Anabel ha aprendido la lección,

deberías levantarle el castigo.

Si piensas así de mi hija es que no la conoces como yo.

Es terca como una mula.

Pero es libre como un halcón,

no puede estar encerrada entre cuatro paredes.

Necesita salir como el respirar.

No volverá a desobedecerte si así se lo permites.

¿Te ha pedido que intercedas ante mí en su favor?

No, te equivocas.

Me tiene como su carcelera, no como su cómplice.

Ojalá Felicia siguiera con nosotros,

ella siempre sabía cómo conciliarnos.

Siempre.

No quiero sustituir a tu mujer ni lo pretendo,

pero en este caso puedo ayudarte.

Te lo agradezco, Soledad.

No podéis estar de uñas...

ni ella puede estar encerrada por los restos.

Sea un poco benevolente.

A veces,... más vale una caricia que un palo.

Te he echado mucho de menos. -Y yo a ti.

Esta camisa no está bien planchada.

Qué escándalo, a su edad... -Déjalos, se lo merecen.

Ya, pero nos podrían contar antes lo sucedido, ¿no?

Ya habrá tiempo de ello.

Ya habrá tiempo. Por favor, ahora no, Rosina.

Perdón, perdón, no quiero interrumpir el momento,

pero ¿está usté casado con la princesa prusiana, sí o no?

No, Rosina.

Todo no fue más que un paripé

para salvarle la vida a ella y a su familia.

Así es, Rosina.

Mi Armando se comportó de forma heroica con esa boda falsa.

Por desgracia, hubo que mantener la farsa más de lo deseado

para no ser descubiertos.

¿Y tú cómo lo has averiguado?

Me lo contó la misma la princesa de Holbein-Tiessen,

es una señora encantadora, por cierto.

¿Cuándo vio a esa mujer, tía?

Me estaba aguardando en la estación de Barcelona para explicármelo todo

antes de tomar el tren.

Sin saber que yo ya regresaba en su búsqueda.

Cuántos kilómetros hemos hecho en dos días.

Hemos viajado más que un tren de mercancías.

Pero valió la pena.

Ya estamos con los arrumacos.

Así no hay quien chismorree.

(SUSPIRA)

Me has hecho sufrir mucho con tus andanzas.

Lo sé, mi amor, pero estoy dispuesto a compensártelo.

Los kilómetros que hemos hecho estos días son solo el adelanto

del viaje que nos aguarda.

¿Viaje, qué viaje?

Susana, no pienso perder más tiempo en decírtelo,

después de la angustia de las últimas horas.

Renovemos nuestros votos, casémonos de nuevo.

Pero...

esta vez tendrá que ser lejos de Acacias.

¿Lejos? ¿Cómo de lejos?

En Nueva York. -¿Nueva York?

Tanto viajar le ha ablandado la sesera.

Rosina.

¿Qué me respondes, Susana?

No lo comprendo.

¿Cómo ha podido enterarse de los planes franceses?

Tengo mis recursos.

Benditos sean.

Saber de sus intenciones y de sus necesidades logísticas

nos resulta de lo más favorable.

Para empezar, nos permite concretar las exportaciones

con nuestro país vecino.

Siempre que esa información sea fiable.

Lo es, no lo dude.

Entonces, el carbón y los cereales son los insumos

que más rentabilidad nos reportarán.

Tenemos mucho que celebrar,

esta guerra va a hacernos aún más ricos de lo que imaginábamos.

Desgraciadamente, no todos son buenas noticias.

Me temo que mi relación con Marcos no pasa por su mejor momento.

Mientras detente la mayoría accionarial de la empresa,

no atenderá mis propuestas.

No tema.

Quizá esa mayoría no tarde en cambiar de manos.

Como acordé con su padre, don Salustiano,

yo seguiré con el plan.

Créame, don Marcos no tardará en entrar en vereda.

¿Qué?

¿Acaso he dicho algo inconveniente? No,

claro que no.

Solo estaba pensando en esos planes.

¿Hasta dónde está dispuesta a llegar

para que don Marcos le venda parte de sus acciones?

No hace falta preguntarlo.

Llegaré hasta donde sea preciso.

No lo dude.

Le agradezco que me haya comprado el barquillo.

No lo hagas,

llego a saber la sonrisa con la que me ibas a premiar,

y te traigo la cesta entera, hija.

También le agradezco que me haya invitado a pasear.

El placer ha sido mío. Me agrada mucho tu compañía.

Espero que este paseo sirva pa algo

y se te quite ese resquemor que me tienes, chiquilla.

No, no diga usté eso.

Una le aprecia todo lo que vale, que es un potosí.

¿Y las dudas y el resquemor?

Una criada como yo, no es quien para dudar de un señorito.

Criada o no, no lo hagas.

Te prometo que no he quedado ni con los de la tuna,

ni con el de la bota de vino.

Eso espero.

Y el vino y los estudios no son buenos compadres.

Ha hecho usté bien.

Quiero demostrarte que soy buena persona, no un golfo.

Usted no tiene que demostrarme nada.

Sí, sí que debo, Alodia,

y por una sencilla razón,

porque me importa lo que piensas.

Me gustaría que seamos amigos el tiempo que esté en casa de mis tíos.

Dios quiera que sea mucho.

Un tiempo que dedicaré en cuerpo y alma

en sacar mi licenciatura de medicina.

Si me permites,

tengo una clase importante, Alodia.

Discúlpame que no te acompañe a la casa.

No se preocupe.

Prométeme una cosa,

que repetiremos este paseo más veces.

Sí, seguro que sí. -Adiós, guapa.

Estas no son horas apropiadas de levantarse para una señorita.

Tampoco es apropiado que una criada hable en ese tono.

Perdón, no he dormido bien esta noche.

A mí también me ha costado conciliar el sueño,

sobre todo, después de tener que encubrir su marcha ante su padre.

Se lo agradezco.

Ya puede hacerlo.

Tuve que hacer magas y capirotes para que no la descubriera.

Y tendrá que agradecerme otra cosa más.

No le comprendo.

Ahora lo entenderá.

He logrado que su padre ceda con su castigo.

A partir de ahora, podrá salir de casa cuando le plazca.

No puede ser cierto.

Lo es, no miento.

Es usted un sol.

No sé cómo agradecérselo.

Hágalo mostrando más sensatez de aquí en adelante.

Su imprudencia de ayer casi lo estropea todo.

Se llega a enterar su padre,

y todo mi esfuerzo por ablandarle hubiese sido vano.

Descuide, Soledad, le prometo que ahora seré más cuidadosa.

Por cierto, necesito la llave de don Felipe,

he de entregársela cuanto antes.

Sí, ahora se la doy.

Ya no voy a necesitarla.

Pero antes,...

debe hacer algo más por mí.

¿Algo más? ¿No le parece suficiente?

Descuide, no es gran cosa.

Tiene que bajarle una nota a Aurelio, quiero citarme con él.

¿Puedo contar una vez más con su discreción?

Por supuesto.

Se lo agradezco.

Tráigame papel y pluma.

Y luego me ayudará a arreglarme para la cita.

Aquí tiene. -Gracias.

Permiso.

¿Esos indeseables le atacaron en plena calle?

Sí. Y ya me veía perdida de no ser por la intervención de su abuelo.

Por una vez, apareció justo a tiempo.

No sabe cuánto.

Si antes me quejo de él, antes la vida me calla la boca.

Entonces, ¿le salvó del asalto?

Me temo que lo que evitó fue mucho peor.

Desde que de Cesáreo se marchó,

estas calles han dejado de ser seguras.

El nuevo sereno es más asustadizo que un ratón.

Ojalá yo hubiese estado ahí

para darles a esos indeseables su merecido.

Para mi sorpresa, de eso ya se encargó su abuelo.

Me pareció todo un gladiador, por cierto.

Reunión de pastores, oveja muerta.

¿Qué hacéis ahí de cháchara?

Pues... hablábamos de tu hazaña, gladiador mío.

Les contaba cómo me salvó la vida.

Nos lo ha contado todo con pelos y señales.

¿Ah, sí? Mira que no fue para tanto.

No te quites méritos.

Perdonad un momento.

¿Puedes venir dentro conmigo? Tengo que comentarte algo.

Creo que le debemos una disculpa, don Armando,

nosotros tomándole por un sinvergüenza mujeriego,

y ha resultado ser un héroe.

Habla por ti, querido, yo nunca desconfié de él.

Lo importante es que todo ha acabado bien.

Aún no ha terminado, mi amor.

Sigo aguardando tu respuesta a mi propuesta de marchar a EE. UU.

y casarnos de nuevo. -¿No podría ser algo más cerca?

El párroco estaría encantado de casarnos una y mil veces.

Ya sabes que no nos marcharíamos allí solo para eso,

me han ofrecido un puesto de profesor

en una de las universidades del país.

Es una gran oportunidad. -Ya, Armando,

pero... vivir en una tierra extraña tan lejos de España.

No puede ser extraña si estamos juntos.

Sí.

¿Sí?

¿Sí qué?

Que sí, me marcho a Nueva York.

Estaría loca si dejara que nos separáramos de nuevo.

Me acabas de hacer el hombre más feliz del mundo.

Todo sea para que no vuelvas a casarte con otra princesa,

aunque sea falsamente y por hacerle un favor.

Un momento, un momento, ¿está hablando en serio, tía?

¿Se marcha a vivir a Nueva York?

Eso parece.

Pero, Susana, ¿qué va a ser de mí si te marchas?

Yo también te echaré de menos, Rosina, pero debo hacerlo.

No sé...

No me esperaba que tomara esta decisión.

Yo...

Tía, prométanos que no vamos a perder el contacto,

que nos escribirá mucho, por favor.

Y que vendrás a visitarnos.

Por supuesto, siempre os llevaré en el corazón.

Ay, querido sobrino,

te estoy tan agradecida por haberme respaldado

y soportado en mis zozobras este tiempo.

No diga eso.

Es la verdad.

Nunca he sido una mujer de trato fácil,

pero tu amor ha sido mi mayor bastión.

¿Y de mí no tienes nada que decir?

Claro, Rosina, mira que eres impaciente.

Si algo me va a costar de verdad

al tomar esta decisión, será separarme de mi amiga,

de mi confidente,

de mi hermana.

No imagino mi vida sin ti, Rosina.

No dejo de darle vueltas de cómo demostrarle a Marcelina

lo que la quiero. No tienes costumbre de pensar,

y luego pasa lo que pasa, que no se te ocurre na.

No es tan fácil.

Regálale un ramo de flores. Y se lo mando por correo, ¿no?

O por paloma, eso es cosa tuya.

Llegarían mustias, no puedo regalar flores mustias a una quiosquera.

¿Y si te la llevas a cenar a un restaurante de postín del centro?

¿Usted recuerda que Marcelina está en Barcelona?

Esto son ideas pa cuando vuelva.

Con mi sueldo no me daría más que pa un mendrugo de pan,

y con suerte, con salsa.

En ese caso, deberíais ir ya cenados desde casa.

A las buenas. -Buenas.

Servando, ¿ha visto a la seña Fabiana?

Andaba por ahí dentro, arreglando habitaciones.

Si la encuentras, échale una mano.

Sí, pa quitarle faena a usté, ¿no?

Quería comentarle sobre el sobrino de los Domínguez.

Por mucho que diga la Alodia, el muchacho es un bala perdía,

ahora se junta con los tunos.

¿Los tunos? Me parecen una fantástica compañía.

Siempre que lo que pretendas es correrte una buena juerga,

no estudiar.

Que una cosa es darle a los codos y otra empinarlos.

Los tunos solo hacen que pasárselo bien y rondar a las muchachas.

Ya, y así se tiran hasta los restos,

que muchos de esos visten canas

y siguen dándole a la zambomba sin oficio ni beneficio.

Más que tunos, son tunantes.

Y dale, estás faltando a unos desinteresados trovadores del amor.

Esos hombres no quieren amor, Servando,

quieren un si te he visto, no me acuerdo.

Voy a buscar a la seña Fabiana.

Eh...

Qué suerte tenerme como amigo, Jacinto.

Se me ha ocurrido una idea pa cuando vuelva la Marcelina...

Cuente, cuente.

Bueno, Roberto, quería...

felicitarte por tu heroico comportamiento.

Nunca una felicitación me ha causado mayor pavor.

Haces bien en temerme.

Después de la regañina que me echaste por mi intervención

cuando trataron de robar a Lolita, ahora tú haces lo mismo.

Habla más bajo, Sabina.

¿En qué estabas pensando?

En salvar a esa pobre muchacha de esos desaprensivos.

¿Acaso podía hacer otra cosa? -Sí, dar la voz de alarma.

Alertar a los vecinos...

para que los asaltantes se dieran a la fuga, y santas y muy buenas.

No era preciso que te exhibieras.

No pude contenerme.

Se rieron de mí como si fuera un viejo indefenso,

cuando traté de detenerlos.

Ya. ¿Qué es eso?

¿Hirieron tu orgullo?

Mujer, mira que Daniela estaba en peligro.

A ver, no seré yo quien te afee haberla salvado.

Pero otra vez, sé más discreto, por favor.

Descuida, lo tendré en cuenta.

Esperemos...

que si alguna otra vez necesita que la salven,

no sea el abuelo, sino el nieto.

Amigo.

Pues sí.

Mira que es raro lo poco que se está dejando ver Anabel,

la hija de don Marcos, no se la ve el pelo.

Ya. Es que las cosas están que arden por esa casa.

Si hubiera visto de qué humos subió don Marcos al altillo

pidiendo cuentas a Soledad por el paradero de la niña...

Y es que,...

al parecer, don Marcos ha castigao a la señorita

sin salir de la casa.

Los vecinos han escuchao peleas.

¿Qué habrá pasao pa que estén como el perro y el gato?

Vaya usté a saber, Soledad no suelta prenda.

-A ver si con otros tenemos más suerte.

El Adelantado, por favor.

Gracias.

A las buenas, don Felipe.

Buenas. ¿Está usté bien?

Perfectamente. Gracias por preguntar.

Don Felipe, verá,

es que la seña Fabiana y yo

estábamos hablando de que las cosas entre don Marcos su hija

andan revueltas, y nos preguntábamos si usté sabría el porqué.

¿Y por qué tendría que estar yo al tanto?

Nada, como, como...

le vimos hablar con Soledad

en casa de los Bacigalupe, pues...

Tan solo quería entregarme unas llaves.

Y de haberme contado algo en confidencia,

no lo iría pregonando por ahí.

Parece mentira que no me conozcáis.

-Buenas.

¿Sucede algo?

Don Felipe parecía serio, pero vosotras más.

Sí. Sucede que don Felipe nos ha echao un buen rapapolvo

y con más razón que un santo.

Esto nos pasa por chismosas, seña Fabiana.

Tratábamos de averiguar por qué don Marcos y su hija

andan a la gresca.

Pensábamos que don Felipe lo sabría.

-Ah.

¿Acaso están enfadados? ¿Por qué?

Ni pajolera idea. Pero no es asunto nuestro,

eso ya lo sabemos clarito clarinete.

Sea lo que sea, a mí me da

que algo tiene que ver el tal Aurelio Quesada.

Últimamente,

se le había visto en compañía de la hija de don Marcos.

Ahí va a tener razón, seña Fabiana.

Algo se cuece entre esos dos.

(Golpes)

(SOPLA EL POLVO) Con Dios.

No puedo creerlo, ¿marcha usted a Nueva York?

Así es. Partiremos esta misma tarde.

Arrea, ¿tan lejos tiene que irse?

Al menos, díganos que volveremos a verla por estas calles.

Eso espero, Lolita.

Me parte el corazón marchar.

Ha sido toda una vida en este barrio.

-Pa chasco que sí.

Si tanta pena te da, no te vayas.

Ya te he dicho que no puedo, Rosina.

Mi lugar es junto a mi esposo.

Además, también me apetece emprender esta aventura.

Quién lo iba a decir,

ha resultado ser toda una aventurera, Susana.

Hasta yo estoy sorprendida.

Con razón dicen: a la vejez, viruelas.

Que sea para bien.

Eso vamos a intentar.

Armando está decidido a juntar a toda la familia allí:

Leandro,

Juliana,

y quizá, Víctor y María Luisa.

Primero iremos nosotros,

y ya se incorporarán los demás si logramos convencerles.

Ojalá que sí.

Aunque a mi suegro le va a dar un soponcio

si se entera que sus hijas se marchan tan lejos.

Eso sí,

a cambio de marchar, he impuesto a Armando una condición.

Que dé por terminada su carrera diplomática.

Ahora solo podrá dedicarse a sus clases y a hacerme dichosa.

Brindo por ello. Sea.

Por doña Susana. -Por doña Susana.

Lo lamento mucho, pero tengo que marchar,

he dejado a Moncho con mi suegro. -Claro.

Te acompaño, Lolita.

Pero descuide, que luego bajaremos a despedirla como merece.

Le deseamos la mejor suerte del mundo.

Gracias.

La que se merece.

Cuida de ese niño.

A más ver. -Con Dios.

Yo también debo marchar, doña Susana.

Quiero que sepa que a pesar de nuestras diferencias,

la aprecio mucho.

La echaré mucho de menos. Yo también,

doña Genoveva.

Con Dios. Con Dios.

Nos hemos quedado solas.

¿Y qué hacemos ahora? ¿Tú qué crees?

Pasear juntas del brazo por estas calles,

como todas las tardes, como siempre.

(Música melancólica)

(Frenazo)

(Continúa la música)

(Continúa la música)

(Continúa la música)

(Continúa la música)

(RÍEN)

(SE ASUSTA)

(Continúa la música)

Este será nuestro último paseo.

Nunca se sabe.

Ay, nos vamos sin pagar.

Vamos. -Uy.

(Se abre la puerta)

Se me rompe el corazón al pensar que Susana se va.

A mí también, Lolita,

que a pesar de sus rarezas, siempre la he tenido en la más alta estima.

Forma parte de nuestras vidas, es casi como familia.

Sí, es verdad.

Carmen,...

te estaba esperando.

¿Qué quieres?

Nada malo, no temas.

Quiero hacerte entrega de un presente

que creo que esta vez te va a gustar.

Ay, Ramón,...

es precioso, pero no deberías haberte molestado.

Te equivocas, sí que debía.

Y esto es solo el principio.

Bien dicho, suegro.

Me voy a ver a Moncho.

Esta noche...

vamos a ir a cenar al Metz.

Y no solo vamos a cenar,

también nos vamos a quedar a dormir, ya está reservado.

¿En el Metz? -Sí.

A ese hotel, tú solo tienes que entrar como la señora que eres.

Uy, muy meloso te muestras.

Pero si crees que con eso voy a olvidar todos tus desplantes y...

Carmen,...

te amo más que a mi vida.

Y no me perdono no habértelo demostrado cada segundo.

Sin ti no soy nada.

¿Me perdonas?

¿Cómo no te voy a perdonar?

Ay, Ramón.

Díganme, ¿qué tal ha ido la reunión con la discográfica?

Puedes, Alodia, ha resultado un rotundo éxito.

El director de la discográfica parecía satisfecho.

¿Cómo podría no estarlo?

Está seguro de que la reedición de sus éxitos va a ser una locura.

Esperemos que no se equivoque.

No es bueno hacerse tantas expectativas,

que trae mal fario. -Anda ya.

Tratándose de ti, no podría ser de otra forma.

Alodia, el libro y el disco saldrán a la venta a la vez,

y lanzarán a mi faraona de nuevo a lo más alto del Olimpo artístico.

La señora tiene razón,

¿no estará vendiendo la piel del oso antes de haberlo cazado?

Cuidado, que cualquiera diría que me acabas de llamar oso.

No, no, usted perdone.

Perdonada quedas, muchacha.

Dime, ¿dónde está mi sobrino?

En la facultad. Tenía clase.

Iba a quedarse en la biblioteca estudiando.

Este muchacho, que aplicado es.

(RÍE) Sí, sí.

Y también despistado.

Ya me dirás cómo pretende estudiar si se ha dejado los libros.

Pobrecito. Se los acerco yo a la facultad.

¿Cómo vas a ir hasta allí?

Además, seguro que no le hacen falta.

Tu sobrino es tan listo que se los sabe de memoria.

Que no, malaje,

que esos no son los únicos libros que tiene.

Seguramente se habrá llevado otros. -Claro, será eso.

Alodia, marchemos a la cocina

a que me prepares una tisana y algún dulce,

que vengo desfallecida.

Ahora mismo, señora.

Ramón, qué buen gusto tienes. Me encanta, es precioso.

Cuanto más lo miro, más me gusta. -Como yo a ti.

Qué gusto da verles reconciliaos.

Suegro, si me hubiese hecho caso antes...

Gracias, Lolita. Te agradezco tus consejos.

Pero que Carmen y yo hayamos hecho las paces,

no es la única buena noticia que nos ha brindado el día.

-¿Ah, no? -No, ahora iba a contároslo.

Me han llamado del Ministerio de la Guerra.

¿Qué le han dicho? ¿Algo de Antoñito?

Que ha culminado su misión diplomática

y no va a viajar a Guinea ecuatorial.

¿Habla en serio? -Pues claro.

Muy pronto tendrás a Antoñito de nuevo en casa.

Carmen, que su marido hoy no deja de darnos alegrías.

Carmen, tenemos que cambiarnos,

porque después de despedir a Susana iremos al Metz

y no podemos llegar tarde. -Bueno, tómese el cafelito,

que le da tiempo.

Yo me voy a ir cambiando.

Así sí.

Le dimos cuartos para que comprara libros nuevos

y estos han visto ya mucho mundo.

Qué peste a vino.

(EXHALA)

En este templo del saber es donde Ignacio Quiroga

pasa el tiempo estudiando.

Este sinvergüenza se va a enterar de lo que vale un peine.

Gracias, no esperaba que vinieran todos a despedirnos.

No podíamos faltar.

Con usted se va una parte de todos nosotros.

Cuídese mucho, doña Susana.

Vamos a añorarla con todo el alma.

Pues sí. Por favor, no deje de escribirnos.

Y tenga mucho cuidado con los pieles rojas.

Servando, no creo que haya indios en Nueva York.

Eso mismo le dijeron al tal Custer y mire cómo acabó.

Descuide, que sí saben lo que les conviene,

no se meterán con doña Susana.

Señora, ahora que usté se marcha, ¿quién me va a reñir a mí,

a quién le voy a preparar los higaditos de pollo en salsa?

Ay, Casildilla. -No te preocupes, Casilda,

que para eso está Rosina.

Liberto. -¿Miento?

Cuídese mucho, querida tía, por favor.

Sí.

Y vosotros también.

Esto no te lo perdono en la vida.

Ya puedes volver enseguida,

si no quieres que vaya a las Américas a por ti.

Llegó el momento de marcharse, no vayamos a perder el tren.

Sí, pero antes quiero decir algo.

Mi corazón se queda aquí,...

con vosotros.

Siempre llevaré Acacias conmigo, siempre.

Aquí he reído, he amado,

he sufrido,...

pero siempre rodeado de las mejores personas que he conocido,

todos vosotros, mis vecinos, mis amigos, mi familia.

(SUSPIRA)

Jamás os olvidaré, a ninguno.

Pero...

una nueva vida nos aguarda en América, ¿qué le voy a hacer?

(RÍEN)

Vamos, amor.

Vamos.

(Aplausos)

En momentos así, lo único que se puede decir es ¡iepa-ia!

¡Jacinto!

(CASILDA SUSPIRA)

No me puedo creer que no vayamos a ver a doña Susana por Acacias.

Yo tampoco. Nos conocemos de tantos años...

Toda una vida.

Pa chasco que sí.

Mi señora está desolá.

Esperemos que lo de hoy no haya sido un adiós, sino un hasta luego.

Seguro que sí.

En seguro que pronto viene de visita.

No sé yo, Casilda, que Nueva York no está a la vuelta de la esquina.

Seña Fabiana, con los barcos que hay hoy en día, eso es un paseíto.

Sí, eso que se lo digan a los del Titanic.

Por Dios, no diga eso ni de chanza.

A las buenas, Soledad.

Estamos dándole a la sin hueso,

hablando de la marcha de doña Susana,

llega a tiempo de unirse, venga.

¿Qué tal van las cosas por tu casa?

¿Siguen enfadaos el padre y la hija?

Por suerte, después de la tempestad ha llegado la calma.

Me alegro.

Al final no nos dijiste por qué andaban a la gresca.

No, no os lo dije.

Me temo que vamos a seguir con la duda, Casilda.

Soledad, aquí la encuentro.

Un paquete pa usté.

Ah. Gracias.

¿Queda café?

Da pena servir tan buen vino a nuestros clientes.

¿Y si lo guardamos para nosotros?

Quita, pocas ganas me han quedado de brindar contigo.

¿Sigues enfadada porque salvara a Daniela?

Y eso que no te he comentado que me premió besándome en la mejilla.

Pues sí que tenía que estar agradecida la muchacha, sí.

Oye, si quieres,...

tú también puedes besarme.

Anda, quita. Quita, que tenemos trabajo.

Venga.

¿Saben dónde está Daniela?

No, le he dado la tarde libre para que se le pase el susto de ayer.

¿Querías algo de ella?

De eso no me cabe duda.

No, nada, tan solo quería interesarme por ella,

saber que estaba bien.

Tendrás que esperar a mañana para saberlo.

Vete tú también a descansar.

¿No quieren que les ayude con las cenas?

Quita, nos bastamos y nos sobramos solos.

Se te ve cansado.

Pues no lo estoy.

Nadie lo diría, con esas ojeras que tienes.

Ya estás tardando en irte.

Vamos, a descansar.

Sí, hijo.

Está bien. -Hala.

Gracias, Amelia.

Será mejor que vuelva a la pensión,

que miedo me da dejar a Servando tanto tiempo a solas.

Ya. A mí aún me queda faena.

Que desolá o no por la marcha de su amiga, la cena no la perdona.

Pues si sobra algo me lo bajas, que me da pena tirar comida.

En casa de mi señora nunca sobra de na,

mi señora puede comer por dos y por tres.

Hala, vamos.

¿Viene usté, Soledad?

No, me voy a quedar para tomar el café.

A más ver.

Fausto Salazar.

Por lo que te conozco, estabas intentando quitarte de en medio

a nuestro nieto a toda costa.

Lo que me temo es que él también se haya marchado

con la mosca tras la oreja. -¿Y qué querías? No es ningún tonto.

Bueno, sea como sea, ya estamos solos.

¿Qué queráis comentarme que no te agradaba que pudiera escucharnos?

No quería hablar de los Bacigalupe en su presencia.

¿No has notado...

nada nuevo en la antigua novia de Miguel?

¿En Anabel? -Sí.

No, nada.

Bueno, sí que parece que ahora frecuenta más a la tal Natalia.

Pero tampoco es de extrañar,

por lo que sé, son amigas desde niñas.

Ya.

Pero me temo que no sea la única de los Quesada

con la que pasa el tiempo.

¿Te refieres al malaje de Aurelio?

Exactamente.

Me han llegado rumores sobre esos dos que no me gustan una miaja.

Y menos le van a gustar a nuestro nieto.

Cuenta.

Cómo ves, cumplo con mis promesas.

Dije que pronto vendría a verte.

Aquí estoy.

Sí, pero las horas de espera se me han hecho eternas.

Llevo esperándote todo el día con la esperanza de verte aparecer.

Te lo repito, te amo.

Y me da igual lo que opine la gente nuestros padres,

nuestras familias, el mundo entero.

Aurelio, jamás he amado a otro hombre como te amo a ti.

¿Se acabó entonces tu resistencia?

¿Acaso aún lo dudas?

Soy tuya.

"¿A qué hora se va a la universidad?".

-"Se ha marchao a las ocho de la tarde,

pero mañana se iba a las cinco o así".

-"Qué variable el horario vespertino".

Nunca me convenció la explicación de un paro cardiaco,

así que... he puesto en marcha una investigación.

¿Quién podría querer matar a doña Felicia?

Felicia no tenía enemigos, pero yo sí.

-"Estamos organizando una fiesta de inauguración".

Quedamos en mantener las apariencias.

Su deber es invitar a los vecinos,

otra cosa es que ellos decidan venir o no.

Es una estrategia, Aurelio, ¿no lo ves?

¿Qué te parece si abres tu propio negocio?

¿Mi propio negocio, de qué?

De lo que quieras.

Venía a invitarles a la inauguración de mi nueva casa.

Ya nos había comentado doña Rosina,

se han mudado ustedes al 38.

Así es.

Por eso hemos organizado un ágape de bienvenida.

Qué moza no se deshace por un coro de tunos cantando, ¿eh?

La verdad es que a Marcelina le gusta la música.

Pues claro, por eso mismo, para sorprenderla cuando vuelva.

¿Nadie tiene fósforos pa el campeón?

¿Qué propones?

Encontrarnos en el cruce que hay en el camino a los establos.

¿Y cómo sé que acudirás y no me darás plantón?

Te prometo que estaré allí.

¿Ha pasado algo?

Eran del Ministerio de la Guerra.

Les acaban de dar un parte de un accidente de....

un político expedicionario cuyas iniciales responden a...

A. P. R.

Antonio Palacios Ruzafa.

Ay, mi Antoñito.

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Acacias 38 - Capítulo 1356

28 oct 2020

Unos borrachos atacan a Daniela en mitad de la noche, pero la aparición de Roberto ahuyenta a los atacantes y la muchacha queda fascinada por la destreza del abuelo.
Los vaivenes de Susana y Armando llegan a su fin y ambos se reencuentran con un romántico beso en mitad de la calle Acacias. Armando propone a Susana irse a vivir a Nueva York.
Soledad encubre a Anabel y logra que Marcos le levante el castigo a la muchacha.
Aurelio y Genoveva acuerdan las exportaciones de la empresa a la luz de lo descubierto por Natalia.
Alodia se ilusiona tras el paseo con el joven Ignacio.
Ramón reconquista a Carmen con una romántica noche en el Ritz.
Soledad recibe un misterioso paquete que esconde una banda anarquista, es una amenaza.
Anabel acude nuevamente a las caballerizas con su amado Aurelio, y se entrega a él.

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