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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1320 (Parte 1) - ver ahora
Transcripción completa

Los médicos no nos están dando muchas esperanzas.

Yo diría que nos van preparando para lo que pudiera venir.

He decidido abandonar mi lucha contra Genoveva.

Sí que es una buena noticia.

He pensado en Laura al tomar esta decisión.

¿En Laura? ¿A qué se refiere? Temo por su seguridad.

Genoveva es muy manipuladora.

Podría darle la vuelta a la situación

y hacerle pagar a Laura por la muerte de Javier Velasco.

Señor arcipreste, la nulidad es un proceso muy largo.

Quiero decir, que ese documento podría estar extraviarse.

Gracias.

Si Antoñito y Lolita tienen problemas,

que los resuelvan ellos mismos.

El resto, que se meta en sus propios asuntos.

¿Quiere oír o no quiere oír mi propuesta?

Al parecer, hay quien piensa, Indalecia incluida,

que entre nosotros dos se ha encendido

la llama de la pasión.

Y nada está más lejos de la verdad. Ah, ¿no?

La ceremonia va a empezar.

No te retrases.

(RAMÓN) Por favor, abre los ojos, despierta.

¡Un médico, un médico, pronto!

Lola, abre los ojos.

¡Un médico, pronto! ¡Un médico!

-(SUSPIRA) -¡Eso es, así, así!

Sí, así, abre los ojos, hija. Abre los ojos.

Tú no te preocupes de nada.

Enseguida van a venir los médicos y te van a atender.

Hija, hija...

¡Un médico, por el amor de Dios! ¡Un médico!

Lola, hija, no te rindas.

Lolita, tú eres muy fuerte, no te rindas.

Eres una mujer que puede con esto.

¡Puedes con esto, hija!

¡Un médico, por favor! ¡Un médico!

Está en crisis. Una inyección, rápido. Se nos va.

(Sintonía de "Acacias 38")

Muchas gracias por haber venido.

Gracias.

-Haz un poder, chiquilla.

Lo siento, Fabiana, lo estoy intentando,

pero le juro que me hierve la sangre,

por muy emotiva que haya sido la misa.

-Pachasco que sí lo ha sido, sí.

Ya he visto cómo se te aguaban los ojillos

en un par de ocasiones.

-Pues como a todos.

Marcia se hacía de querer.

Esa señora tiene que pagar

por lo que hizo le hizo a mi amiga, seña Fabiana.

No es más que un lobo con piel de cordero.

-Templa, Casilda.

Ya sabes que la señora tampoco es santo de mi devoción.

Pero ahora más te valdría que te preocuparas

por las amigas que aún tienes vivas.

Marcia no va a volver de entre los muertos, hija.

-Mire, señora Fabiana, no es justo,

y no me van a hacer que piense lo contrario.

-Genoveva.

Las suyas, han sido unas palabras muy inspiradas.

Era lo que sentía.

Eso le iba a decir, se la veía muy sincera.

Sobre todo, cuando ha lamentado que la justicia

no haya sido capaz de atrapar al verdadero asesino.

Sabrían esforzado más

de haber sido Marcia española y rica.

Rezaremos por ella y por su descanso eterno.

No nos queda otra.

Eso es lo que pretendía transmitirle a la concurrencia.

Y lo ha hecho muy bien, ya le digo.

Ha cumplido usted con la finada y con el barrio.

La gente, estas cosas, las agradece.

Si está esperando a don Felipe,

creo que se ha quedado dentro, hablando con el párroco.

¿Le parecía disgustado?

Últimamente, siempre lo parece, ¿no cree?

Quizás se haya quedado recriminando a don Hilario

por haber dado la misa a petición de usted.

Era el funeral de un alma atribulada.

El párroco tenía obligación acceder a mi petición.

Sí.

Pero así ha quedado usted como libre de culpa.

Es que estoy libre de culpa.

Por favor, entiéndame, soy la primera en abogar por usted.

Pero todavía hay algunos

que piensan que es usted responsable,

tonterías, pero... Pronto se darán cuenta de su error.

Todos, incluido mi marido.

Su marido es muy cabezón, no hace falta que yo se lo diga.

Gracias por este acto.

Es muy reconfortante ver lo muy apreciada que era Marcia.

Los vecinos de Acacias siempre han estado muy unidos.

Propietarios y servicio por igual.

Felipe, ¿te importaría subir a casa?

Tenemos asuntos que tratar,

y ahora me parece el momento idóneo.

No tengo mucho tiempo.

No nos llevará mucho.

Te lo ruego.

Muy bien.

Vamos.

Vamos.

¡Casilda!

Ya estoy en casa.

¡Casilda!

¡Casi...!

Ay, siempre igual. ¡Casilda, ven!

Ayúdame con las horquillas. ¡Uy!

Se me escapan, tienen vida propia.

¿Será posible que haya llegado yo antes que ella de la Iglesia?

Qué raro. Las señoras somos las únicas

que tenemos algo que aportar en los corrillos.

Tenemos sensibilidad,

sobre todo, tratándose de un funeral.

¡Casilda!

(Puerta)

Mira, como se había atrevido a entrar por la puerta principal,

además de llegar tarde, la acorto a cachitos.

Que yo estoy en casa y tú no... ¡Ay! Jose, disculpe.

Pensé que era mi criada. -¿Se puede?

-Sí, sí, pase. No será una visita larga.

Solo vengo a por los chicharrones.

-Ay, esos chicharrones. Huelen fuerte, ¿eh?

-He venido antes, para ahorrarles el inconveniente,

pero no había nadie. -Sí, ahora también estoy sola.

La chisgarabís de Casilda no vuelve todavía del funeral.

Pero siéntese y charlamos un rato.

(SUSPIRA)

Don Jose...

Ha sido un acto precioso.

Estaba todo Acacias haciendo una piña.

-Nosotros no estábamos. Yo no estaba, claro.

-Me ha parecido un poco extraño.

-No me gusta ir a misa sin mi Bellita.

Además, doña Genoveva no termina de ser santo de mi devoción.

-Bueno, pero hay que convivir, don Jose, somos vecinos.

Hoy por ti, mañana por mí.

-No, yo no pienso matar a nadie.

No necesito que me arropen en la iglesia.

En fin, ¿tiene usted los chicharrones?

Tengo a mi Bellita con la boca hecha agua desde ayer.

-Enseguida le da usted satisfacción. Ahora los traigo.

-Voy a por ellos. -Muchas gracias.

Perdone las molestias.

Muchísimas gracias. Se va a poner de contenta...

¿Se puede saber qué está pasando aquí?

Jose..., que resulta que...

Que es un gran lector.

-Saetas.

-¿Saetas? -Sí, es lo que más me gusta leer.

Libros de saetas y cuentos de miedo.

-Sí, y como le he dicho que había muchos de Leonor aquí...

-Ya me ve, aquí estoy, buscando compendios de saetas.

-Y libros.

-De miedo, mucho miedo. -Eso es.

-¿Qué? ¿Cómo ha ido el funeral, Sabina?

-Bien.

Lo normal, lo esperado.

Ya sabes cómo son los funerales.

Un cóctel a partes iguales entre el comadreo y la hipocresía.

-¿Y de qué se hablaba? De don Felipe y sus señoras, ¿no?

-No sea descarado, abuelo.

Felipe ha tenido una vida agitada, sí.

Pero, por lo poco que sabemos, siempre de buena fe.

-De buena fe y mejores hembras.

-¡Ah!

Sí se ha hablado, sí. Se ha hablado mucho de don Felipe,

Pero también del "affaire" del hijo de los Palacios

y del derrumbe de Lolita.

-Pobre muchacha. -No hable así de Antoñito.

Y no ha sido un "affaire".

Sino la apariencia de un "affaire".

-Tú siempre defendiendo a tus amigos.

-Y qué casualidad que sus amigos siempre tienen problemas de faldas.

-Aparentes problemas de faldas.

Y dale con las apariencias.

Muy a menudo, lo que parece es lo que es.

Y tu amigo Antoñito ha metido la pata hasta el corvejón.

-Lo liaron, abuela, lo liaron.

-Si me dieran un chavo por cada vez que he escuchado eso...

-El caso es que el desliz de tu amigo

ha afectado a la salud de Lolita.

Y si hay alguien en este mundo, de verdad, que es un cacho de pan,

esa es Lolita, la mantequera.

-En eso te doy la razón.

Ya verás como la cosa termina en nada.

Un achuchón y poco más.

En un pispás la vemos por el barrio otra vez

soltando ocurrencias.

-No está tan claro.

Acabo de encontrarme con Paulina, la de la pescadería,

venía del hospital.

Y traía el alma en vilo.

-Bah, eso no significa nada.

A la gente le asustan los hospitales y todos se ponen en lo peor.

-Dice que Lolita estaba rodeada de una nube de médicos.

Intentaban reanimarla sin conseguirlo.

Paulina subía ahora a darles el parte a los Palacios.

-No me quiero ni imaginar

cómo se debe de estar sintiendo Antoñito.

Culpable es poco.

Se le estará cayendo el mundo encima.

-Y la cosa no acaba ahí.

Si el lance llega a la prensa, será un escándalo.

Si es que un hombre público y, para colmo, diputado,

no puede meterse en esas aventurillas.

-Y vuelta la burra al trigo. Que no son aventurillas.

-Eso cuéntaselo a los de la pluma.

-Bueno, volviendo al tema de las obras,

¿van a tener cerrado esto todo el tiempo?

El dinero no les va a llover del cielo.

-No, del cielo no.

El cielo está especializado en prometer y no dar.

Esperamos que el dinero nos llegue del suelo.

-¿Cómo?

-Bah, cosas de tu abuelo.

Chascarrillos. Si es que solo los entiende él.

Anda, ven conmigo.

Ven conmigo a la cocina.

Anda, ven.

Ven, que quiero que pruebes un postre que he hecho esta mañana.

Te vas a chupar los dedos.

Me preocupa tu abuelo. -¿Por qué?

-No sé, últimamente, dice muchas cosas sin sentido.

Lo acabas de oír. Deben de ser cosas de la edad.

-¿La edad?

-Sí.

La edad... La edad, hijo.

-Ya.

Lolita está en la flor de la vida.

Lolita es fuerte como una mula torda de Cabrahígo

y aguanta más que un regimiento de ganaderos.

Gracias, Servando. Gracias.

Y tenga usted en cuenta...

que a Lolita la parió su madre cogiendo higos

entre trago y trago del botijo.

Una persona así no puede ceder de esa manera.

Así se mueren las marquesas, y tampoco...

Gracias, Servando. De verdad, gracias.

Bueno...

(Puerta)

Ahí está mi marido.

Gracias a Dios que ya estás aquí, cariño.

-Servando.

¿Sabes si mi hijo está en la pensión?

-¿Está Lolita peor?

Yo estaba aquí tratando de consolar a su señora.

Antoñito se ha ido al hospital. Dime.

¿Está Lolita peor?

-¿Por qué ha ido Antoñito al hospital?

Porque Paulina, la pescadera... Nos ha adelantado noticias.

Malas noticias. Dime, por favor, si Lolita está peor.

Yo estaba intentándole decir a su señora

que a Lolita la parió su madre cogiendo higos

y entre trago y trago de un botijo.

Y, entonces, no es un motivo de exageración...

¿Quiere hacer el favor de marcharse, Servando, por favor?

Déjenos solos.

Yo solamente trataba de ayudar.

Bueno, pues ya tendrá usted tiempo de ayudar.

-Servando, necesito descansar.

Sí, señores. Con su permiso.

Carmen...

¿El niño está bien?

-Sí.

Y sin dar guerra.

Ay, Ramón...

No me lo estás poniendo nada fácil.

No sabía que venía para eso.

Sabes a lo que me refiero.

Tampoco te estoy pidiendo nada del otro mundo.

Te agradezco que hayas accedido a conversar conmigo.

Quisiera que tuviéramos una conversación

como dos personas civilizadas.

Si yo no fuera una persona civilizada,

ya habría corrido la sangre.

¿Eso es todo lo que puedo esperar de ti?

No seré yo quien te diga lo que puedes esperar o no.

Felipe, hemos pasado mucho.

Bueno y malo.

Es cierto que nos hemos odiado, pero también nos hemos amado...

Con locura.

Nunca he sentido tanto deseo por un hombre.

Lo sabes.

Pocos matrimonios tienen unos cimientos tan sólidos.

Tan gratificantes.

¿Por qué vamos a desperdiciar lo que nos ha sido dado?

Yo podría perdonarte.

No, no tiene tanto sentido tanta floritura.

Yo ya te he perdonado.

Si el perdón fuera mutuo...,

nuestro amor, el que ha de saltar chispas,

podría volver a prender.

¿No dices nada?

Felipe, yo te sigo queriendo.

Tan solo he venido a comprobar...

lo estúpida que puede llegar a ser.

¿De verdad, en tu soberbia, creías que podrías tenerme de nuevo?

No.

Jamás.

Pero me gusta verte así.

Rendida a mis pies.

Y humillada.

El dolor pasa...

Démonos tiempo.

Mil años no serían suficientes.

Pero quizá necesite menos para mandarte luego a la cárcel.

Y Dios lo quiera...

Al Cadalso.

Y te aseguro que disfrutaré cada uno de esos días.

Márchate.

Te juro por mis muertos, y muerta está Marcia,

que viviré para que no olvides tu culpa.

Para restregártela.

Y te juro que no podrás dormir.

La culpa te va a perseguir... hasta tu muerte.

Que no sea nada y todo se resuelva.

Nosotros lo queremos así también.

Y muchas gracias, Paulina, por venir a contármelo.

-¿Qué sabe la pescadera de Lolita que no sepamos los demás?

-Las dos se llevan bien, acaba de venir del hospital.

-¿Y?

-Lolita está muy mal.

No le han dicho nada en concreto a Paulina, pero...

-¿Qué es mal?

-De cierto, nada se sabe.

Los médicos están intentando averiguar

el origen de sus males.

Pero no consiguen reanimarla.

¡Madre del amor hermoso, qué calamidad!

¡Qué infortunio!

Qué tremendo pesar.

-Creo que lo mejor es mantener la calma

hasta que sepamos el origen de su padecimiento.

-Padecimiento, ya te lo digo yo,

el daño que le han hecho los mexicanos.

-Eso no lo sabemos, señora. -Tendrá otros males, no digo que no,

pero la puntilla se la han dado los mexicanos.

Un matrimonio indestructible como era el suyo...

Ay, señor mío.

Un matrimonio a prueba de bombas.

Si es que son los que más se han querido de Acacias.

Y, míralos, ahí están;

ella, en el hospital, en manos del señor.

Y él, aterido por el frío del pecado,

arrastrándose como un alma en pena.

-Doña Susana, está usted alzando la voz.

-Porque Dios está conmigo y no le temo a los hombres.

Lo diré y lo gritaré.

Los mexicanos han traído a este barrio la indecencia.

Ya han destrozado un matrimonio, y no será el único si les dejamos.

-Doña Susana, no hable tan alterada. No altere al personal, se lo ruego.

-Hablo como Dios me da a entender.

Y le aseguro que a Dios le entiendo. Vaya, si le entiendo.

-Lo único que pretendo decirle

es que no debería hablar así de todos los mexicanos.

-Pero si están todos cortados por el mismo patrón.

-Don Marcos y la señorita Anabel no, sin ir más lejos.

-Porque todavía no se han dejado ver.

Pero es que lo llevan en su ser. La maldad y el rechazo a Dios...

lo tienen todos los que son del otro lado del charco.

-Doña Susana, va a tener usted un disgusto.

Sosiéguese y piense un poco más las cosas.

-A mí tú no me das consejos. ¿Qué disgusto voy a tener?

A ver quién se atreve a decirle a una dama católica

qué está bien y qué está mal.

La verdad sea dicha por delante.

¡Son escoria, esos vendepatrias mexicanos!

-Señora, no les conoce usted de nada.

Hay de todo, como en la viña del Señor.

-¿Cómo? ¿Que no conozco?

¿Me estás llamando ignorante? -No, señora.

Lo que intento decirle es que es el odio quien habla, y no usted.

Esto no tiene nada que ver ni con Dios ni con la razón.

-Lo que yo te digo, Cesáreo,

hasta las criadas son capaces de dar lecciones.

¡A fregar, muchacha!

Que bastante tienes con servir a la raza del diablo.

-Yo sirvo a mi señor con mucho gusto, señora.

Él y su hija son de las mejores personas que conozco

y para las que he servido.

-Vendida, traicionas a tu país por servir a ese patrón.

Y seguro que hasta encahueteas para su hija.

-¿Quiere que le diga a don Marcos

que está insultando a su hija a voz en grito?

Don Marcos hace cualquier cosa por su hija.

-No.

No quiero seguir discutiendo con una mucama.

Eso sí que sería vergonzante.

(CASILDA) ¿Ha desayunao usted?

-Bueno, he tomado un café.

Por lo menos me ha asentado un poco el estómago.

-Si llego a saber que ha pasao toda la noche aquí

sin echarse nada el buche,

le hubiera traído unos mantecaos de los que preparo.

-Gracias, Casilda. Pero no creo que hubiese podido comerlos.

Y gracias... Gracias también por quedarte con Lola

en lo que yo bajaba.

-No tiene que darme las gracias.

Para mí, quedarme con su ex...

Para mí, quedarme con la Lola...

no es una obligación que requiera solicitud.

Somos buenas amigas.

-Sí, lo sé. Ya.

-Pobrecilla.

Siempre ha sabido de ande venía.

Y nunca lo ha olvidao.

Otra, al convertirse en diputá, se hubiera dado ínfulas.

Pero ya no.

Siempre ha sido una mujer sencilla.

-Sí.

Por esa y otras cuántas virtudes la quiero tanto.

-Obras son amores.

-¿Cómo?

-No he dicho na.

-Bueno, Casilda, insisto.

Gracias. Gracias por todo. Ya puedes marcharte.

-No...

Tendría que habérselo dicho antes.

La Lola me pidió que no la dejase con usted a solas.

-Casilda, te estás excediendo.

-Lo sé.

Y ya me gustaría poder cerrar la boca.

Pero no puedo.

Tengo la excusa de que estoy cumpliendo

la voluntad de mi amiga.

-Bueno, pues, cuando todo esto se solucione,

yo se lo cuento a Lolita, y ella seguro que agradece tu lealtad.

Mientras tanto, ¿te importaría dejarme a solas con mi esposa?

-No puedo.

¿Y si se despierta?

¿Y si se cabrea?

Eso no sería bueno para sus achaques.

-Casilda, estoy empezando a perder la paciencia.

-Pues piense.

Dele vueltas al majín.

¿No dice que la quiere?

Entonces, querrá lo mejor para ella.

¿No?

-Sí.

Puede que tengas razón.

-¿Lo ve?

¿Ve como rumiar un poquico ayuda?

Ella lo dice siempre.

Que hay que pensar...

y repensar... las cosas.

-Casilda, yo lo que quiero es cuidar de mi mujer.

No estoy diciendo que lo vaya a hacer mejor que tú ni que nadie.

Pero necesito sentirme útil.

Sentir que soy parte de su sanación, ¿lo entiendes o no lo entiendes?

-Visto así, parece hasta justo.

-No es justicia, es... consuelo lo que busco.

Consuelo para mí.

-Aun así,

si se despierta,

creo que preferiría ver a su padre.

O la seña Carmen.

No digo que no quiera que usted esté aquí,

digo que preferiría que la estuviera esperando en el pasillo.

-Casilda, vete.

-Está bien.

Voy a desayunar.

Pero volveré en un suspiro.

Antes de que se despierte.

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Acacias 38 - Capítulo 1320 (Parte 1)

01 sep 2020

Tras el funeral por Marcia, Felipe se comporta amable con Genoveva y esta se hace ilusiones de una posible reconciliación. Pero el abogado le deja bien claro que lo suyo ha terminado.
Liberto empieza a sospechar que Jose oculta algo, algo que conoce Rosina, y empieza a investigar de qué se puede tratar.
Miguel no cesa de molestar a sus abuelos con preguntas impertinentes. Sabina y Roberto lo esquivan lo mejor que pueden y se plantean un dilema ¿cómo exculpar a su nieto del robo?
La salud de Lolita no solo no mejora, sino que empeora. Antoñito va a visitarla al hospital y le declara su amor pensando que la mujer estaba dormida.
Los embates de Susana contra los criollos se acrecientan y Soledad no duda en salir en defensa de su señor. Y este se lo agradece.
Antoñito encuentra entre las pertenencias de Lolita una nota que le dejó Aurelio y el joven diputado sospecha que tiene relación con la trampa de las fotografías y con la seducción de Natalia.

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