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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capitulo 1278 - ver ahora
Transcripción completa

(VOZ RONCA) Entonces,

¿ese Puerta es un envenenador, como Margarita?

-No. Por lo que he podido averiguar,

se trata más de un timador que otra cosa.

-Hemos descubierto el engaño antes de que la cosa pase a mayores.

Me has dado una copa envenenada. Genoveva, estás muerta.

(Disparo)

¿Tú?

Ha llegado tu final, Velasco,

(TOSE)

el final de los hombres que abusan de las mujeres,

que las desprecian y las humillan.

Vosotros sí que no valéis nada.

Pensé que jamás volvería a verte.

-No he dejado de pensar en ti ni un segundo.

Tú... eres lo mejor que me ha pasado en la vida.

-El partido ha convocado mañana una reunión con los diputados

para ver qué estrategia seguir. -Antonio, hijo,

no puedes ni imaginar lo orgulloso que me siento

de verte convertido en un hombre tan maduro y responsable.

¿Cuánto te debo para cerrar nuestra relación?

Esto ha sido un favor recíproco y puntual.

No hay deudas entre nosotras.

-Podríamos empezar las obras por la noche.

-Sí.

La nocturnidad siempre ha sido muy buena aliada.

-Lo haremos como medida preventiva,...

así no interferirá

con el negocio diurno y podremos hacer como si nada.

Y dígame,

¿cómo funciona ese tónico tan milagroso y tan caro?

Debe tomarse una vez al día antes de cenar,

para notar al día siguiente una elevación del ánimo

y con más pelo a la mañana siguiente.

-¿Tan rápido es su efecto?

-Los resultados pueden verse antes de media noche.

-Me lo llevo.

No recuerdo haber estado en un sitio tan lujoso.

Ya recordará, no se exija tanto.

Aunque para lujo, nada mejor que usted.

-"¿Dónde lo has comprao?".

-Pues estaba yo tan tomándome un café con Servando

en la pensión, cuando entró un hombre con gran labia

y una gran percha, dispuesto a cambiarnos el espíritu

y la pelambrera.

-No se van a creer de lo que me acabo de enterar.

-Coge aire primero, muchacha.

-Es sobre el doctor Puerta.

-¡A ese ni lo mientes!

-Lo he encontrado.

¿No cree que ha llegado el momento de sincerarse?

Está bien,

le diré la verdad.

No podía esperar más para verte. Estaba deseando ponerte al día.

Las dos vamos a ser muy dichosas.

Dígame,

¿quién es usted?

Soy tu esposa, Felipe.

Me llamo Genoveva Álvarez-Hermoso.

¿Mi esposa?

¿Quieres ver el certificado de matrimonio?

Marido y mujer ante Dios, los hombres y la ley.

No, no es necesario.

Es solo que...

me extraña, y a la vez me fascina.

Espera.

Es de nuestra boda.

Estás bellísima.

Es una lástima no recordarlo.

Todavía guardo el vestido.

Un día te lo tienes que poner, para que yo vuelva a verte con él.

Cuando quieras lo vestiré para ti. Ahora mismo, si es lo que deseas.

No, espera.

Siéntate.

Quiero que me cuentes cómo nos conocimos.

Es una larga historia.

Mejor aún,

me embelesa escucharte.

A ver cómo te digo esto, que no quiero ocultarte nada:

no eres mi primer marido.

¿Has estado casada antes?

Dos veces.

¿Dos veces?

¿Nada más y nada menos?

Entonces, soy tu tercer marido.

(ASIENTE) Pero al que más he amado.

Es un alivio escucharlo.

Háblame de los anteriores.

El primero fue Samuel Alday, él fue quien me trajo al barrio.

Un buen hombre metido en negocios que le superaron,

se arruinó,

y quiso arreglarlo asociándose con quien no debía,...

y acabó muriendo en lo que pudo ser un ajuste de cuentas.

Lo siento.

Era una buena persona, puedes creerme.

¿Lo amabas?

Mucho.

Hasta que te conocí, no creí que pudiese volver a amar a un hombre.

Tú viniste a salvarme.

Pero te casaste con otro hombre.

Me has dicho que soy tu tercer marido.

Así es.

Un error,...

quizá el mayor error de mi vida,... Alfredo Bryce.

La muerte de Samuel me dejó en la ruina,

entonces, apareció Alfredo,

un banquero que me llenó de atenciones

y me hizo confundir el agradecimiento con el amor.

Era un hombre insaciable y feroz.

¿Te trató mal?

Trató mal a todo el mundo,

trató de arruinar a los vecinos y quedarse con su dinero.

Ahí fue cuando tú y yo nos acercamos,

tú tratabas de defenderlos.

Es verdad, nunca recuerdo que soy abogado.

El mejor.

Dime una cosa,

¿cómo conseguí que dejaras de ser una mujer casada

y te lanzaras a mis brazos?

Alfredo murió.

Me quedé viuda por segunda vez.

¿Dos maridos muertos?

¿Significa que estoy en peligro?

(RÍE)

Ya sabes, tienes que cuidarme

o la prensa te presentará como la viuda negra.

Tendrás que amarme.

Más que a mi propia vida.

Teniendo en cuenta que somos marido y mujer,

tal vez no esté de más que te pida...

que visitemos nuestro dormitorio.

No sabía cómo sugerírtelo.

(Sintonía de "Acacias 38")

Es un placer venir a verte,

pero en esta ocasión, lo es más si cabe.

-¿He vuelto en mal momento?

-No, no, ella es Anabel.

Anabel, ella es una amiga pintora. -Soy Teresa.

Encantada. -Lo mismo digo.

-¿Vecina del barrio?

-Sí,

pero ahora, algo más,

tu hermanastra.

-¿Qué?

-Mi padre acaba de llamarme para darme la noticia

y venido a contártelo.

Ahora somos hermanas.

(RIENDO) -¿Doña Felicia casada?

-Mi padre y su madre se han casado en secreto.

-Menuda noticia inesperada.

Cuéntame quién es tu padre y desde cuándo conoce a doña Felicia.

-Mi madre y don Marcos son del mismo pueblo se conocen desde la infancia.

-Llevaban casi veinte años sin verse.

-Estuvieron a punto de casarse.

-Antes de que mi padre emigrara a México y allí naciera yo.

-¿Y han recuperado su amor?

Qué bonito.

Al final, el amor siempre triunfa.

-No ha sido tan fácil.

Una vez allí, doña Felicia tuvo algunas dudas.

Mi padre tuvo que cogerla en volandas y llevarla al altar.

Fue un rapto.

-Como en la Edad Media.

-Pero con final feliz, que ya están casados.

(RÍEN)

Ya viene don Jose. ¿Quiere unas pastas?

-¿No se enfadará don Jose?

-Estás como invitado,

y don Jose se enfadaría si a los invitados no les trato bien.

-Pues vengan esas pastas.

¿Se pueden poner los pies en la mesa?

-No seas bruto, Jacinto.

-Pa mí, cuerpo de rey es eso, sentarme con las piernas estiradas.

-Cuando don Jose era torero,

se preciaba de ser el mejor con el estoque.

Tú verás si quieres poner los pies sobre la mesa y que él te los baje.

-Mejor no, que el estoque es el estoque.

-Buenas tardes, Jacinto. -Hola, don Jose.

-Siéntate.

¿No está a tu gusto el café?

-Es que...

con una taza tan pequeña...

-Ah.

Tráele una taza más grande, por favor.

-Un de desayuno, como la que tengo en el altillo.

-Ya voy.

-¿Puedo?

-Las que quiera. -Pues mira.

Pa luego.

-He sabido que le ha comprado un tónico crecepelos a un vendedor.

-(ASIENTE) A un doctor reputao.

¿Usted también quiere?

-Yo quiero que lo localices.

-Vamos a acabar to el barrio con guedejas de león. (RUGE)

Hasta don Ramón si se presta a ungirse con el tónico.

-¿Así es bastante o te traigo el cubo de fregar?

-Así es bastante, gracias.

Y trae más pastas, que están muy ricas, si no le importa.

-¿Va a poder encontrar al vendedor?

-En cuanto ponga un pie en la calle.

Avisaré a los porteros.

Pocas cosas hay en la vida que se le escape

a una red de porteros bien engrasada.

-Si lo encuentras hoy mismo, le daré dos pesetas.

-Y más pastas.

Que no son pa mí, que son pa los porteros que colaboren.

-Una caja entera, si quieres.

-Me pongo en marcha. Manos a la obra.

Ya verá, ni los espías del káiser alemán son tan eficaces.

Me llevo esto y luego se lo traigo a Alodia.

Hale.

Buenas, don Liberto.

Me han dicho que me ha mandao llamar.

-Genoveva quiere hablar con nosotros.

Así es, de algo muy importante.

Muchas gracias por venir.

Tome asiento, Fabiana. ¿Quiere tomar algo?

-No, se lo agradezco.

-Bueno, pues ya estamos los tres.

Me muero de ganas de escuchar lo que tiene para contarnos.

¿Doña Rosina no viene? No está.

Pero descuide, yo le informaré de lo que nos cuente.

Está bien. Y disculpen las prisas.

Quiero informarles de las instrucciones

del doctor con respecto a Felipe,

para que informen al resto de los vecinos.

-Cualquier cosa que pueda servir para ayudarle, cuente con nosotros.

-Claro, dudo que nadie quiera hacer daño a don Felipe.

Lo sé. Por eso me atrevo a pedirles lo que les voy a pedir.

El doctor me ha recomendado que no forcemos su memoria,

que no le atiborremos a información que le cueste procesar.

¿A qué se refiere?

A que no estemos todo el día hablándole del pasado,

debemos dejar que los recuerdos vengan a él.

-Pero ¿así, sin contarle nada?

Así es.

Si él no pregunta, no hay que contarle nada.

Y si pregunta, me lo dicen a mí,

para que yo maneje cuánta información se le da.

-Claro. Y supongo que eso incluye a lo sucedido con Marcia,

a su frustrado viaje a Cuba para buscar a su esposo,

y al juicio contra usted.

Ajá. Incluye eso, expresamente.

Yo creo que él debe saber todo eso.

No de inmediato, desde luego.

El médico que ha tratado a Felipe ha sido muy tajante:

nada de sobresaltos.

-¿Y debe seguir en la inopia?

Debe ir recuperando la que fue su vida poco a poco.

Les advierto de algo:

si Felipe sufre trastornos,

culparé a quien haya incumplido las órdenes de los médicos.

Por eso, les pido que se lo comuniquen a los vecinos

y criados de Acacias.

¿Y hasta dónde se supone que debe saber?

De momento, le he desvelado que estamos casados.

Les adelanto que nada podía hacerle más feliz,

se ha llevado una muy grata sorpresa.

Vamos, que cree que ha llevado una vida feliz y sin contratiempos.

Lo que han pedido los médicos.

Estoy totalmente en contra de todo esto,

pero...

dadas las circunstancias, no tengo más remedio que aceptar.

¿Y usted, señora Fabiana?

No me gustaría que volviera a hablarle a mi esposo de esa criada,

de Marcia.

-Descuide, no lo haré.

Y avisaré a los criados para que ninguno cometa una indiscreción.

Celebro que lo hayan entendido. Mi esposo y yo se lo agradecemos.

¿Qué ha pasao? -Todo en orden, don Jose.

Le dije que iba a encontrar al doctor del crecepelo.

Uno de los porteros me avisó de dónde estaba y le envié un recado.

-Si aparece, te daré tus dos pesetas, no te preocupes.

-Y la caja de pastas. Para los porteros.

-También, que lo prometido es deuda. A mí como si te la comes tú entera.

¿Qué le has dicho a ese hombre?

-Para que viniera, le he dicho que le íbamos a comprar

una caja entera de tónico crecepelo.

-Has hecho bien.

Aquí tienes el dinero para pagárselo.

-¿Usted no viene conmigo?

-¿Yo?

Qué dices, de eso nada.

No quiero que nadie sepa que estoy preocupado con la caída del pelo.

-Claro, que usted es famoso.

Marcho, no vaya a ser que llegue él antes que yo.

-Y yo, pa que no me vea nadie.

Figúrate que me sacan en las revistas ilustradas.

Nos veo cuando te haya dado el crecepelos.

Supongo que se lo contará a usted don Liberto.

Fabiana ha sido la encargada de decírselo a los criadas.

Doña Genoveva les ha contado las indicaciones de los médicos.

Lo que no entiendo es que el doctor diga que es mejor no decirle nada.

Recuperaría antes la memoria si la gente le habla de su pasado.

No se crea, es que la mente humana es fabulosa.

Hay veces, que para conseguir lo que uno quiere,

hay que decir lo contrario.

-A las buenas noches.

¿Tiene café?

Tenía café, hasta que se lo ha bebido todo don Antoñito,

pero mañana a estas horas, le encargo un café,

como que me llamo Servando Gallo.

Siéntese conmigo. Cuénteme, ¿cómo va su adaptación al barrio?

-Muy bien, no podía ser de otra manera.

Es un barrio muy acogedor.

Y domicilio de un diputado en Cortes, nada más y nada menos.

-Un diputado que todavía no se ha estrenado en el hemiciclo.

-Ya llegará el momento.

Disculpen que les interrumpa. Es que...

tengo aquí un tónico que me ha dejado Jacinto para el pelo.

No me hace falta, que tengo una buena mata,

pero no está de más cuidarse.

Échate un poco, que se te marca el rodapié ya.

¿Por dónde se me marca el rodapié?

-¿Arriba a la derecha?

-¿Por aquí?

-Como en todos los lados.

Discúlpenme un segundito...

Buenas noches.

-Buenas noches.

Aquí traigo la caja de frascos que me pidió.

¿Tiene el dinero? -Sí, sí.

Aquí tiene.

-¿Está seguro que quiere una caja entera?

Que son muchos frascos.

-Claro que sí, es un producto milagroso.

Ya noto que me crece el pelo. -¿Le crece?

-Sí, sí, mire, mire.

-¡Ahí está!

¡Ahí está! ¡Ese, deténganlo!

(Pitidos de silbato)

Crecepelo, hay que ver las paparruchas que creen algunos.

-Cuando uno va perdiendo pelo,

es capaz de creerse lo que sea,

se lo digo yo, que voy teniendo una edad.

-Tiene usted una buena cabellera, digna de un señor diputado.

-Bueno...

-Siempre me ha llamado la atención ese mundo, cuénteme,

¿cómo se ve la política desde dentro?

-Es un mundo complicado, hay que andar con mil ojos.

No solo con los adversarios,

también con compañeros de partido.

-¿Sí? -Sí, sí.

Estuve hablando con un diputado, Alfonso Baeza,

y me advirtió de que don Eduardo Dato

no le quita ojo a los nuevos diputados.

No permite ni el más mínimo error.

-Eso es bueno, que los veteranos vigilen a los jóvenes.

-Es bueno mientras no frene el crecimiento personal.

Pero dejemos de hablar de política.

¿Por qué no hablamos de algo más interesante?,

como los avances con su amada.

Ahí van, poco a poco pero sin pausa.

Anabel Bacigalupe es más difícil de conseguir

que la aprobación de don Eduardo Dato.

-¿Le doy un consejo? -Por supuesto.

Si le apetece ir con Anabel al monte,

dígale que se quedan por aquí, en el barrio,

al final, irán al monte.

Pal cuartelillo que va.

-Yo iré a poner la denuncia.

Tengo que recuperar el dinero, que el que le has dado es mío.

Iba con bravata, ¿eh?

Pues que se las guarde pal patio de la cárcel, que la va a necesitar.

A ver si allí vende sus tónicos el sinvergüenza.

-Disculpe, don Jose, pero ¿qué ha pasado?

-Que era un estafador, Jacinto.

-¿Estafador? -Claro.

-No es posible. ¿Y qué hago con tantos crecepelo?

-Tíralo por una alcantarilla, que no sirve para nada.

-A mí me está creciendo el pelo en la coronilla.

-¿Qué dices? -Mire.

-¡Anda ya!

Por si acaso, guarda un frasco.

Voy a ponerle la denuncia a ese mangurrián.

Qué sucia está la casa.

Espero que no se me escape nada que no deba decir delante de Felipe.

-Pues ya sabes, no digas nada,

que quien tiene boca, se equivoca. -¿Y para qué he venido?

-No creo que sea tan difícil,

lo único que tienes que hacer es no hablarle de cuestiones del pasado.

-Pero no podré hablarle de nada,

ni de los Palacios, de Celia y su muerte,

ni de Tano, ni de Marcia, ni de la muerte de Marcia,

ni de Genoveva, ni de su boda, ni del juicio...

No puedo hablar de nada.

-No exageres.

-Hablo del tiempo, del buen día que hace.

-Ahí viene.

Amigos,

qué alegría verles después de tanto tiempo ingresado.

No se levanten, por favor.

El honor y la dicha de verle tan repuesto es nuestra, don Felipe.

Repuesto y contento, que hoy se ha levantado de un humor excelente.

No es de extrañar, con los cuidado de mi amada esposa.

Una pregunta quería hacerles,

anoche hubo revuelo de policía en la calle.

¿es que ocurrió algo? -Sí, se lo puedo decir.

Parece que arrestaron a un estafador.

-Un vendedor de crecepelo que había engañado a algunos incautos.

Don Jose Domínguez entre ellos.

A usted y a mí no nos pillan en una estafa así.

Una de las cosas de las que me alegré al despertar,

es de no haber perdido el pelo

en los años que se borraron de mi mente.

Como ven, ha conservado el pelo y la pasión por los chistes malos.

-Cuéntenos, ¿va a dedicarse de nuevo a la abogacía?

Doña Rosina, por favor, que estoy de luna de miel.

¿Se dan cuenta de lo que se le ha ocurrido?

Como ayer le dije que estamos casados,

dice que está de luna de miel.

Es como si llevara solo un día de matrimonio, ¿no les parece?

Razón lleva. Por que es la hora del desayuno,

si no, propondría un brindis por los novios.

Eso tiene solución.

Aunque tendrá que ser con té.

Mejor que nada...

Qué bien, se le ve tan feliz, don Felipe.

Y lo estoy, doña Rosina, lo estoy.

¿Quién me iba a decir que tendría una esposa tan bella y cariñosa?

(Música)

Buenos días, Cesáreo.

-Ahora sí que lo son,

vaya sonrisa que llevas.

-¿Se me nota mucho?

-A la legua, ilumina toda el barrio.

¿Es que celebras algo, Camino?

-No, nada, que esta mañana me asomé a la ventana y lucía el sol.

-Eso pasa la mayor parte de los días.

Pero si te hace dichosa, nada me place más que verte feliz.

-Gracias, Cesáreo. Y pase un buen día.

-Lo mismo le digo.

Camino...

-¿Sí?

Ande con ojo, ayer detuvieron a un estafador en el barrio.

Si alguien quiere venderte crecepelo, dile que no.

-¿Cree que lo necesito?

-Con Dios. -Con Dios.

Anabel.

-Buenos días, hermana.

-Me acercaba a tu casa a preguntar por tu padre y mi madre.

-No sé nada de ellos.

Esperemos que estén disfrutando de la felicidad más absoluta.

Y no esperaba que hoy salieras de casa,

en plena luna de miel...

-¿Qué?

-¿Te crees que no me di cuenta de que tu amiga pintora era Maite?

-Chist.

Muy perspicaz eres tú.

-Se te pone cara de enamorada al hablar de ella,

figúrate cuando la tienes delante.

-Espero poder disimular delante del resto de la gente.

-¿Damos un paseo y me cuentas hasta el último detalle del reencuentro?

-Tendrás que esperar,

comprenderás que quiera volver a casa para estar con ella.

-Perfectamente, lo que no sé es cómo has salido y la has dejado a solas.

-Debo pedirte algo.

Debes ser muy discreta, nadie puede saber que Maite está aquí.

-Te doy mi palabra.

Ya fui indiscreta una vez, con Ildefonso, y aprendí la lección.

-No quiero perder a Maite, por nada del mundo.

-Te ayudaré en todo lo que necesites.

Vamos, te acompaño hasta tu casa, así camino un rato.

Dime cómo ha sido el reencuentro.

-Reservado para mayores de edad.

¿Y piensan ustedes hacer un viaje?

Si mi esposa lo desea...

Como en casa, en ningún sitio.

No entiendo esa moda de viajar.

A mí me encantaría hacerlo más, pero Liberto es como usted,

muy apegado al hogar.

-El barrio es un mundo pequeño,

lo que ocurre fuera, se ve aquí cada día:

ambición, odios,

venganzas... Don Liberto,

ni que fuera la ciudad sin ley.

No, pero casi, no hay pasión que no hayamos vivido.

Cuénteme eso. Con gusto.

No hagas caso, Felipe,

la vida en Acacias es aburrida y apacible.

Sigan de tertulia,

se ve el aprecio de mi esposo hacia ustedes.

Voy a traer unas pastas, es lo que tiene estar sin criada.

Es una pena no recordar lo ocurrido estos años.

Lo que veo de Genoveva

me lleva a querer recordar cada instante a su lado.

-Qué bonito escuchar esas palabras en estos tiempos,

en los que parece que la gente quiere que se apruebe

el divorcio para casarse y descasarse una y otra vez.

(Puerta)

Vaya, parece que se nos va a llenar la casa.

-Por nosotros no se apure, nos vamos.

-No podemos hacerle un feo a las pastas.

-En otra ocasión será, tenemos asuntos que atender en casa.

Con Dios, amigos. Les acompaño a la puerta.

Felipe, tienes más visitas.

Han venido Servando y Fabiana a ver cómo te encuentras.

Sean bienvenidos. -No queremos molestar.

Solo hemos venido a presentarle nuestros respetos

en nombre de los criados.

Muchas gracias.

Se lo agradeceré uno a uno a medida que les vaya viendo.

Y deseamos que recuerde todo lo ocurrido en estos años,

de lo bueno y de lo malo, que lo ha habido.

Y mucho.

¿Ha ocurrido algo malo?

Eso era lo que me quería contar Liberto.

La vida en Acacias no puede ser más serena, como ya te hemos dicho.

Servando se refiere al mundo: volcanes en erupción, terremotos...

Y el barrio.

Ayer mismo detuvieron a un estafador.

Niñerías, Servando, niñerías.

-Lo dicho, don Felipe,

que todos deseamos que se recupere lo antes posible.

Gracias, Fabiana.

Y ya hablaremos de todo lo sucedido en el barrio.

Le daré una crónica completa,

no perderá detalle.

Felipe tiene que descansar, les acompaño a la puerta.

Sí. Con su permiso.

Entonces ¿lo del doctor Puerta era una estafa?

-Ni tónico crecepelo ni nada que se le parezca:

sería una infusión de hierbas del campo.

-Pues pa mí que me está creciendo el pelo por aquí.

-Sí, hombre, las ganas que tienes.

Pues yo seguiré aplicándomelo,

al menos, hasta que Marcelina venga de Barcelona.

Que, además,

le voy a comprar un regalo con las dos pesetas que me ha dao.

-Lo prometido es deuda. Y la caja de pastas.

Ahora te la da Alodia, en la cocina.

-Así da gusto. Con su permiso.

-Ea,

ya está puesta la denuncia al estafador ese, el tal Puerta.

Espero que le den su merecido.

¿Te ha visto el médico?

-Jacinto ya se ha llevado las pastas.

-Muy bien.

Señora, ya ha oído al médico,

silencio absoluto.

¿Quiere un Té?

No. ¿Un café?

No.

¿Quiere volar?

Un pájaro.

Más o menos...

No.

Una abeja.

Ah, ¿la infusión de miel que le ha mandado el médico?

Ahora se la traigo.

No.

Se la llevo a su dormitorio.

-Alodia, Alodia.

¿Ha dicho el médico si recuperará la voz pronto?

-Que no se sabe, que silencio absoluto

y muchos padrenuestros en bajito.

-Pues sí que estamos buenos.

Buenos días.

Está usted radiante hoy.

-¿Y ayer y antes de ayer?

A ver si me va a decir que parecía un trapo de fregar.

-Ayer y antes de ayer, también, pero menos.

Y mañana mejorará todavía más. -¿Y hasta cuándo seguiré mejorando?

-Eso no se sabe,

hay científicos en los EE. UU. estudiando su caso,

concretamente, en Alabama.

-Es usted un zalamero. -Solo cuando me dan motivos.

¿Vuelve de paseo? -Sí, muerta de sed.

-¿Aceptaría que le invitara a una limonada?

-Está bien, además tengo algo que celebrar.

-Me hará feliz saber la causa.

-Mi padre se ha casado en secreto, como si fuera un jovenzuelo.

Supongo que puedo celebrarlo con un amigo.

-Después del beso, esperaba que me considerara algo más que un amigo.

-Si me recuerda el beso, me va a sonrojar.

-Me temo que necesito mucho más que eso para sonrojarla.

-El beso fue un premio, no se los regalo al primero que me encuentro.

-Sé bien que no.

Dígame, ¿qué debo hacer para ganarme otro?

-Llevarme paseo hasta el quiosco del estanque

e invitarme a esa limonada, se me hace la boca agua.

Aunque no le aseguro el beso, ya veremos.

-¿Y quién ha sido la afortunada que se ha casado con su padre?

-Doña Felicia. -¿La antigua dueña del restaurante?

El amor conquista el barrio. Eso merece una celebración mayor.

¿Qué le parece si mañana comemos juntos?

-Mucho corre usted.

Hoy una limonada. ¿Quién sabe lo que ocurrirá mañana?

Se ha ido con ella del brazo, Sabina.

-¿Y qué esperabas? De tal palo, tal astilla.

Ha salido a su padre y a su abuelo,

si ve a una moza guapa, no es capaz de resistirse.

-No lo dirás por mí.

-¿No? ¿Te recuerdo cómo me rondabas?

Parecías un pavo real.

-Fue hace tantos años, que ni me acuerdo.

Fue cuando Napoleón, ¿no?

-¿Y te arrepientes?

-¿De haber echado a los franceses de España?

Debimos dejar que hicieran funcionar la guillotina

y echarles después.

-Sabes que no hablaba de los franceses, eres un embaucador.

Pero yo sé que me quieres como el primer día.

-Ya me he acostumbrado a tus rarezas.

-¿Rarezas?

Quién habló, que la casa honró.

-Sí, rarezas, que eres más rara que un perro verde.

La verdad es que la joven es guapa, y juntos hacen buena pareja,

pero no sé, me preocupa Miguel.

Esa joven, Anabel, es hija de un indiano, mucho para él.

-Tu nieto es abogado

y nuestros sacrificios nos ha costado darle estudios.

¿No será él mucho para ella?

-Ya sabes que esa gente solo piensa en el dinero y en la clase social.

-Deja de preocuparte por eso y preocúpate

por lo que va a pasar cuando acabemos nuestro trabajo

y nos tengamos que marchar del barrio.

-¿Crees que no lo había pensado?

-Más nos vale que nuestro nieto no se enamore de verdad de esa moza.

-Miguel es un joven espabilado, no se dejará atrapar así.

-De verdad, parece mentira,

¿no te enteras de que no sois vosotros los que tomáis la decisión?

Si ella quiere,

lo dejará escapar, si ella no quiere,

se quedará para siempre.

-Eso me hiciste a mí.

-No, yo te dejé marchar,

pero no hubo manera,

qué pesado, no había forma de que te fueras, Napoleón.

Estaba riquísimo.

¿Siempre me ha gustado tanto el cocido?

Por lo menos, desde que yo te conozco.

Eres muy buena cocinera.

No debe ser normal en las señoras acostumbradas a tener servicio.

Yo no siempre tuve servicio, de niña fui pobre.

Cuéntame eso.

Mi familia no tenía dinero, mi padre era un simple agricultor.

Yo me fui a trabajar a Francia,

en el camino conocí a Samuel y mi vida cambió.

No llegué a Francia y puse rumbo a Acacias.

Tendré que agradecérselo a Samuel Alday cada día de mi vida.

Gracias a su encuentro contigo estás a mi lado.

Yo también se lo agradezco.

¿Era mejor marido que yo?

Esa pregunta es peliaguda.

Era un buen marido, pero no mejor que tú.

Tú me has dado cariño

y tranquilidad.

Tengo la sensación de que hemos sido muy felices.

Por supuesto.

Y lo seremos durante muchos años.

Hasta que la muerte nos separe. Así lo prometimos ante Dios.

Y es una promesa a la que no pienso faltar.

Me reconforta oírlo.

Y dime una cosa,...

¿nunca hemos pensado en tener hijos?

Ya tienes uno, Tano. ¿Le recuerdas?

Sí. Sí, claro, Tano, Tano.

¿Sigue estudiando en Inglaterra?

No, ahora es médico. Vive en Viena.

Todo un hombre.

Algún día me gustaría ir a visitarle.

Claro, ese viaje sí que me gustaría hacerlo contigo.

¿Está al tanto Tano de lo que me ha ocurrido?

No, reconozco que no sabía cómo decírselo.

¿Por qué no le escribes?

Buena idea.

No sé por qué pensaba que aquí habría papel.

Ahora está en el despacho. Te lo traigo.

Aquí tienes.

Gracias.

¿Me ayudas con la carta?

Claro.

Claro que sí, corazón mío.

Mira que eres guapo.

Y con esa nariz tan bonita, como la de tu abuelo,

y no como la de tu padre,

que parece que el soneto de Quevedo se lo escribieron a él.

-(LOLITA RÍE)

Ande, suegro, cántele una nana a Moncho, a ver si se duerme.

-Cantarle no, que puede entrar cualquier clienta,

me escuche y me muero de la vergüenza.

-Es verdad, con lo mal que canta usted...

-¿Yo? Pues bien que mi nieto se queda dormido cuando le canto.

-Lo hace aposta pa que se calle.

-¿Has oído, Moncho?

Tu madre me ha perdido el poco respeto que me tenía.

-Suegro, tiene que dejar de preocuparse por don Felipe.

Acabará acordándose de todo lo que sucedió.

Y nadie del barrio le va a hablar mal de usted.

-Liberto me ha dicho que Genoveva le tiene en un estado de irrealidad,

que solo le cuenta lo que a ella le interesa, que lo maneja a su antojo.

-Tiene que hablar con ella.

-¿Y de qué? -Pues de la verdad.

Que usted lo único que quiere es volver a tener una relación cordial,

que no se va a meter en su matrimonio,

y que solo busca el bien de don Felipe.

-¿Es eso lo que a ella le interesa?

Porque ella le cuenta su verdad, no la verdad.

-Hasta que no lo haga, no lo sabrá. Si quiere, hablo yo con ella.

-De eso nada, si alguien tiene que hablar, soy yo,

y en persona.

-Pues deje de fustigarse.

No podrá hacer nada por él hasta que se quite el candao de su esposa.

-Llevas razón.

Ahí está Antoñito.

Parece muy serio.

-Es diputado, los diputados son serios., ¿no?

-¿Todo bien, hijo? -Sí, sí.

Bueno, digamos que el diputado Baeza no deja de meterme el miedo

con las exigencias de don Eduardo Dato.

-¿Has hecho algo malo? -No.

No ahora, pero mi juventud...

no fue honorable para un diputado.

-Tus pecados de juventud...

-Espero que la prensa no los descubra.

-¿Y si los descubre?

Que lo de la Estatua de la Libertad no es fácil de ocultar.

-Pues Eduardo Dato me mandaría funcionario de tercera al Sahara.

-Ay, señor.

-No hablar de ello es la mejor manera de olvidar aquello.

-Sí, tiene razón,

hay que mirar hacia delante y olvidar el pasado.

(TARAREA CON VOZ RONCA)

-Señora, le ha dicho el doctor que esté en silencio.

En mi pueblo hay una señora que conoce todas las plantas,

seguro que hay alguna para las cuerdas vocales esas.

-No quiero volver a escuchar hablar en esta casa de curanderos

ni de hierbas, ni de potingues, ¡¿entendido?!

Y tú, Bellita,

haz el favor de obedecer al doctor y no forzar la voz.

Te tienes que recuperar antes de la actuación.

¿Que basta qué?

¿Suspender la actuación?

-Sí.

-No.

Mira, si mañana por la mañana al levantarnos,

sigues sin voz, suspendemos.

-No, ahora.

-¡Qué no! No nos vamos a precipitar,

y ya está. ¿Y si recuperas la voz?

¿No te acuerdas de aquella actuación en Cabra, en Córdoba?

Dos horas antes no podía ni hablar, y después cantaste como los ángeles.

No te entiendo.

-Creo que la señora quiere decir que entonces tenía veinte años.

-Sí, pues claro.

Pero las cuerdas vocales no tienen edad.

Chiquilla,

¿tú sabes a qué nos enfrentamos si suspendemos?

Que no, ya está, esperemos a mañana.

(Puerta)

-Voy a abrir.

¿Y te fías de Anabel

después de su indiscreción con el tema de Ildefonso?

-Dice que le sirvió de lección.

-Bueno, habrá que concederle el beneficio de la duda.

-Además, no nos queda más remedio,

no fui yo la que le dijo quién eras, lo dedujo ella sola.

-¿Cómo?

-Por mi mirada de amor.

Dice que no era difícil darse cuenta.

-Tendremos que ensayar para que no se nos note.

-Yo no quiero que no se me note,

quiero que todos sepan que estoy enamorada de ti.

-¿Y lo estás?

-¿Lo dudas?

-No, pero me gusta que me lo digan.

-Pues lo estoy.

¿Cuándo nos vamos a París?

-Pronto, cuando esté todo arreglado.

-Pronto no. Hoy mismo, mañana como muy tarde.

-¿Y tu madre? ¿Y tu herencia?

A mi madre se lo diré por carta.

Y mi herencia...

Voy a renunciar a ella.

-¿Cómo?

¿Por qué?

No es un tema que me preocupe,

pero la herencia te corresponde legalmente.

-Siento que no es así.

No fue mi esposo en realidad, el matrimonio no se consumó.

-Por sus heridas de guerra. Heridas que tú no causaste.

No cargues con culpas que no son tuyas.

-No me sentiría cómoda con ese dinero.

-Tienes mucho talento, eres una gran artista,

y la gente querrá comprar tus cuadros,

pero eso no ocurre de un día para otro, tendrás que formarte.

-Necesitaría poco dinero. -París es muy caro.

El dinero de Ildefonso te servirá para vivir libremente

y no aceptar encargos que te aparten de tu objetivo.

-Bueno, no sé, tal vez tengas razón.

Pero...

me da miedo que ese asunto retrase nuestro viaje

y que te vayas sin mí.

-No lo haré.

Además, yo también tengo asuntos que resolver en España.

-¿Profesionales?

-Sí, profesionales y económicos.

Pronto estará todo arreglado y nos iremos juntas.

-¿Juntas para siempre?

-Para siempre.

Dinero en carteles, devolución del precio de las entradas,

pagar a los músicos...

Quiero esperar hasta el último momento para suspender,

pa que Pepe Caro vea que no queda más remedio.

¡No te entiendo!

Esto es un lío.

Te dije que te hicieras con una pizarra.

-Que no queda más remedio. ¿Cómo voy a cantar con esta voz?

¿Eh? Cuanto más tarde, peor.

-Ha llegado el correo.

-Facturas, facturas, facturas...

Vaya, mira, una carta de la niña.

Y facturas y más facturas.

Y más facturas.

Vas a tener razón,

tú no puedes cantar, y cada vez tenemos más gastos.

Voy a llamar a Pepe Caro.

Operadora.

-Jose... -Pon...

-Espera.

-¿Qué ocurre?

Doña Genoveva.

Don Ramón, cuánto tiempo sin verle.

Necesito comentarle algo.

Dígame, soy todo oídos.

He sabido que don Felipe se ha instalado al principal.

Como debe ser, se trata de mi esposo.

Me hace feliz que esté allí y que se hayan olvidado los problemas.

Lástima que no sean los problemas lo único que se ha olvidado

y que haya mucho lo que se ha quedado perdido en el pasado.

Nada que merezca la pena rescatar.

No soy quién para juzgar nada de lo referente a su matrimonio, pero...

hay algo entre Felipe y yo que me interesa aclarar.

Él debe saber que yo no fui el responsable

de la muerte de doña Celia.

A eventos como ese se refieren los doctores

cuando dicen que hay que dejar que Felipe

recupere los recuerdos sin forzar.

Pero eso nos separa, y los dos somos grandes amigos.

Realmente es una pena, pero ¿no querrá que Felipe empeore

por llevar la contraria a los médicos?

No, claro que no.

Deje entonces que la cabeza de mi esposo marque los tiempos.

Pero la verdad solo podría ayudarle, no perjudicarle.

Don Ramón,...

siento decirle que me resulta imposible hacer lo que me pide.

Me duele verle marchar tan afligido.

Esto supone una pesada cruz para mí.

Por eso voy a ayudarle. La última vez que nos vimos,

estaba en la cárcel. -Lo recuerdo.

No me siento orgulloso de aquello. -No entremos ahí.

-¿Por qué me mandó llamar? -Mañana vas a ser un gran diputao.

-Mañana tomo posesión del cargo.

-Felicidades, hijo. -Unos mozos

traerán las pertenencias de la señora

y usted se encargará de colocarlas.

-No tengo ninguna habitación preparada.

-Felicia no necesita ningún cuarto para ella sola,

compartimos lecho. -¿Está enfadado?

No sé qué decirle, don Ramón.

Se ha mostrado muy serio cuando le he hablado del reencuentro.

Genoveva me ha puesto al tanto de nuestra situación.

¿Por qué huele a cocido?

-Se me ha antojado que probéis mis guisos.

Me da rabia que solo la gente que puede pagarse el cubierto,

cate mi cocina.

Los vecinos estarán escamaos por mi ausencia.

Me extraña que Rosina y Susana no hayan subido a cotillear.

-No quiero resultar pesada, pero le tengo mucho cariño a Camino.

Me gustaría que las dos limasen asperezas.

Aprovechando que estamos aquí reunidos,

me gustaría preguntarles algo que llevo días pensando.

¿Qué quiere usted saber?

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Acacias 38 - Capitulo 1278

03 jul 2020

Tras haber sido sorprendidas Camino le pide a Anabel que no le cuente a nadie que Maite ha vuelto. Camino quiere marcharse a París con Maite pero antes tiene que resolver unas cosas en Acacias.
Jose le encarga a Jacinto que localice al vendedor de tónicos y prepara una trampa para el doctor Puerta y la policía lo detiene. Aun así Bellita no sabe si recuperará la voz antes de la actuación y acaba cancelándola.
La relación de Miguel y Anabel sigue estrechándose, lo que no le hace ninguna gracia a Sabina, que no acaba de fiar de la joven.
Felipe cree toda la verdad que le dice Genoveva y el matrimonio se besa con pasión. Genoveva alecciona a los vecinos antes de que visiten a Felipe, Liberto tiene mucha rabia por el control de Genoveva sobre la amnesia de Felipe. Ramón solo le pide un favor, que le diga que él no fue el culpable de la muerte de Celia. El abogado encuentra un pañuelo con las iniciales de Marcia.

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  1. lourdes castillo

    Lástima no poder seguir disfrutando de la serie Acacias38. Desde Venezuela seguí cada capítulo on line pero ahora bajo suscripción se me hace imposible.

    07 jul 2020