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No recomendado para menores de 7 años  Acacias 38 - Capítulo 1236  - ver ahora
Transcripción completa

Dile a este incrédulo lo mucho que te he hablado

de la ilusión que me hace ir a Hollywood.

-Ya lo creo, señor,

no hace más que hablar de ese viaje.

El doctor ha dicho que tienes que reponer fuerzas.

Claro. ¿Por qué iba a dejar de desayunar?

Ahora tengo que comer por dos.

Volveré a mi ser en cuanto dé a luz

y te resultaré irresistible.

Me siento tan orgullosa de que tu matrimonio haya cuajado.

Cuéntame, ¿os lleváis bien?

-Sí, bien.

-¿Solo bien? Una respuesta algo tibia

para alguien que acaba de volver de su luna de miel.

Sigue pensando que lleva al niño en su vientre.

¿Ha insistido usted en la explicación?

Sí.

Déjelo, es muy probable que la idea vaya calando en ella poco a poco.

-Por favor, se lo voy a decir clarito,

¿no ha notado que el indiano babea por usted?

-¿Marcos? -No, el marajá de Kapurthala.

¡Pues claro, Marcos!

Si Bellita no quiere venir a Hollywood,

yo no pienso obligarla.

Aunque yo tenga mi sueño americano.

Hasta yo me había hecho mis cerebritos con Hollywood.

Hasta había pensado en probar en la industria cinematográfica.

Genoveva no aceptó

o no puede aceptar que hemos perdido la criatura.

-¿Qué significa eso exactamente? No deja de tocarse el vientre.

Habla con él y le canta nanas.

Bellita, ¿sabe algo de nuestros recién casados?

-He hablado con la naviera, mañana tocan puerto en Argentina.

-Debe de ser precioso llegar a una nueva tierra recién casados.

-Tiene que serlo y lo es.

Es que solo pueden participar las pensiones que estén regidas

por matrimonios.

-¿Matrimonios?

-¿Se acuerda uste de cuando me fui a África?

Allí me entretuve con unos bereberes.

Uno de ellos, Izam se llamaba, se encaprichó de servidora.

Pero hace unos días, ha llegado un telegrama diciendo que llegaba.

-¿Y te has vestío así pa recibirle?

-To lo contrario, me tapo la cara pa que no me reconozca.

Su hijo ya no está en su vientre.

¡Haz algo, Felipe, no dejes que siga mintiendo!

No miente.

(LLORA)

¿Ha empezado a besarte en la frente?

-Es su costumbre. -¿Y en los labios?

-¡Madre!

Sabes que lo único que nos unía

era el hijo que estábamos esperando.

Me casé contigo para disfrutar de él.

Espero que puedas perdonarme,

porque yo no sé si podré hacerlo.

-"Nunca has querido irte".

-Pero tampoco dejarte solo con tanta india.

-No estaré solo, estaré acompañado por ti.

-¿A qué se refiere?

-A qué va a ser, que se quedan los dos.

-Ay, ¿eso es cierto?

-Quien se va es aquí,... el hijo pródigo.

A partir de hoy, tendré un único objetivo,

destruir a mi esposo:

Felipe Álvarez-Hermoso.

Sigue sin decir nada. ¿Acaso le disgusta mi propósito?

De ninguna manera,

simplemente, aún me cuesta creerlo.

¿Acaba de asegurarme que está decidida a terminar con su esposo?

Eso he dicho, sí.

Y bien, ¿puedo contar con usted?

Le aseguro que será un auténtico placer ayudarla.

¿Puedo? No.

¿Qué es lo que pretende hacer exactamente?

Muy sencillo, arruinar su reputación profesional y social

hundirle económicamente...

En definitiva, convertir su vida en un infierno.

Habría dado mi vida por él sin dudarlo un instante.

Estaba locamente enamorada.

¿Y qué he recibido a cambio?

Desprecio y humillaciones.

Con razón dicen que te cuides de una mujer despechada.

Su marido se va a arrepentir de tan injusto proceder.

Téngalo seguro. Me las va a pagar con creces.

Muerto el amor, comienza la guerra.

Me alegra tal determinación.

Ya era hora de que se diera cuenta de que usted merecía algo mejor.

Nunca debió casarse con Felipe.

Es un error que pretendo enmendar de inmediato.

No dude que le ayudaré a lograrlo,

pero ya habrá tiempo de ajustarle las cuentas,

ahora, tenemos cuitas más importantes.

No estoy de acuerdo.

Hágame caso, Genoveva, la venganza es un plato que se disfruta frío.

El fiscal me ha anunciado

que el auto sobre el juicio por el asesinato de Marcia es inminente.

Debemos dedicarnos a preparar con todo celo su defensa.

No lo dudo, pero se equivoca en un detalle,

no hay motivo para posponer mis planes hacia Felipe,

ambos objetivos son perfectamente compatibles.

(Sintonía de "Acacias 38")

¿Acaso has perdido el oremus?

¿Qué tontuna es esa de que sea Julio quién se vaya a América?

-Ya le dije que le sorprendería, padre.

-No niño, no estoy sorprendida, lo que me he quedado es de piedra.

-Templa, que ahora lo entenderás todo.

Venimos de reunirnos con Golden.

¿Sabes lo que le he dicho?

Le he dicho que Hollywood me puede esperar sentado,

que no me voy a ningún sitio.

-Bueno, se habrá enfadado mucho.

-Enfadarse no es la palabra.

-Se ha puesto hecho un basilisco.

-Estaba tan colorado, que parecía un piel roja.

-A ver, contaba contigo para una gran producción.

Pero yo le he explicao bien explicao,

que tengo un gran motivo que justifique mi proceder.

-¿Qué motivo es ese?

-¿Acaso lo dudas?

Lo que más quiero en este mundo, mi esposa.

Al fin, al fin me he dado cuenta...

que tú no quieres marcharte.

-Pero estaba bien dispuesta a hacerlo,

a sacrificarme por tu dicha.

-Y te lo agradezco con toda mi alma.

Pero mi dicha no será posible si eso conlleva tu sufrimiento.

Tu risa es lo que llena mi vida, y no quiero más.

-Ay, truhán,

que vas a conseguir que me ponga a llorar de emoción.

-Descuide, señora, que yo ya me estoy emocionando usted.

-Bueno, ¿y Julio?

¿Cómo que se va? -(RÍE)

-Mi padre le insistió al señor Golden

para que me hiciera una prueba.

-Niña, le hemos enseñado los retratos

que nos hicieron en la boda de Cinta y Emilio

y los que nos hicimos los tres juntos.

-Bien hecho, que en esos retratos parece todo un galán.

A Mister Golden no le ha quedado otra que reconocer que el niño

es tan fotogénico o más que el padre.

-Bueno, no tanto, ¿eh?

Pero sí que comparte contigo la buena planta y el don de gentes.

-Además, le he dicho tres o cuatro frasecillas

de las que me enseñó Antoñito en inglés a Mister Golden.

-Bueno, por no hablar de la imitación de Tom Mix ese.

Mira, mira.

Míralo, míralo.

Golden se ha quedado con la boca abierta.

-Ay, mi primo, que va a ser toda una estrella.

Cuando se enteren en el pueblo...

-Ay, mi Jose, que no nos vamos.

-Ni a la vuelta de la esquina. Nos quedamos en Acacias.

Alodia, saca el jamón que tenía pal viaje y guarda las ollas.

Ponte a cortar como loca.

Tú, ven aquí. -Niño, ayuda a tu prima.

Creía que te ibas mañana.

-Sí, esa era mi primera intención,

pero mi abuelo quiere que la cacería comience de madrugada.

Me resultará más cómodo si paso la noche en su casa.

¿No te importa, verdad?

-No, lo que te resulte más conveniente.

-En ese caso, marcho ya. Volveré en unos pocos días.

Camino, quiero pedirte algo.

-Claro, dime.

-Me gustaría que las intimidades relativas a nuestra convivencia

quedaran entre estas cuatro paredes.

-Por supuesto, ¿por qué dices tal cosa?

He visto a tu madre muy interesada

en todo lo relativo a nuestro matrimonio.

No creo que sea conveniente causarle preocupaciones innecesarias.

-Descuida, alarmar a mi madre es lo último que quiero.

-Bien.

Adiós.

-Adiós.

Bueno, al menos me queda tarea pendiente en casa.

"¿Este es el cuadro que pintó de mí? -Sí, es tu retrato".

-¿Puedo verlo?

-Si ese es tu deseo, puedes verlo.

-Así es cómo te ven mi s ojos.

Esta eres tú para mí.

-Utilizaré mis labios

para otra cosa que no es hablar.

(Timbre)

Ya voy.

¿Qué has olvidado, Ildefonso?

-Me temo que no soy su esposo, estimada amiga.

-Anabel.

Ay, virgencita, necesito que me ayudes,

sácame de este embrollo.

Se ha encaprichao de servidora

y hay que ver lo insistentes que son los bereberes.

Lo que te iba diciendo,

¿no puedes hacer que se caiga,

que se rompa una pierna y se le quiten las ganas de verme?

No pido tanto.

Vale, mientras te decides, será mejor que me vaya escondiendo.

Ya sabes lo que dicen, fíate de la Virgen y no corras.

-¡Iepa-ia!

A las buenas. ¡Ay!

-Arrea, ¿ya estáis de vuelta?

-Pa chasco que sí. Venimos cargaos de viandas.

Leche y queso de mis ovejas,

chorizos y patatas de la tierra.

Y muchas cosas más.

-Tu primo me ha hecho traer provisiones pa medio año.

-Exagerá, que to esto nos lo metemos entre pecho y espalda

con los amigos, pa celebrarlo.

-Menudo festín nos vamos a dar.

¿Qué tal ha ido en el pueblo?

-A las mil maravillas. -Me lo he tenío que traer a rastras.

-He disfrutao como un niño correteando por el campo.

Necesitaba sentir de nuevo la naturaleza y ver a los animales.

-Tenías que haber visto cómo se abrazaba a las ovejas pa despedirse.

-La Antonia y la Pilarica, las nietas de la Remigia,

se han llevao un disgusto enorme al verme marchar.

Se pusieron a berrear como locas.

-Pues sí que habéis disfrutado en el pueblo, sí.

-¿Y por aquí, qué tal? ¿Alguna novedad?

-Pa chasco que sí, pa mi desdicha.

En cuanto os lo cuente, os vais a caer de culo,

así que será mejor que sentéis las posaderas.

¿Os acordáis de cuando marché de viaje a África?

Me ha sorprendido su visita, Anabel.

Gratamente, claro está.

-No crea que me ha resultado tarea sencilla venir a verla.

Tuve mucho que rogarle a su madre para que me diera su dirección.

-Discúlpela, mi madre es un tanto sobreprotectora.

-Ya me he dado cuenta.

Parece que usted y yo tenemos muchas cosas en común.

Mi padre no se queda atrás.

-Se nota que se criaron juntos en el mismo pueblo.

-Imagínese las hijas de los que se hayan quedado allí,

sus padres deben ser aún peor.

-¿Sabe? Ha conseguido lo que hace unos minutos parecía imposible,

hacerme sonreír.

-Yo también estoy muy a gusto con usted.

-Qué raro se me hace que me traten de usted, tutéame, por favor.

-De acuerdo. ¿Te das cuenta, Camino?

Si el destino lo hubiera querido,

nosotras podríamos haber sido hermanas.

Y quién sabe si al final no acabamos emparentadas.

-Sí, he podido apreciar el interés que sienten nuestros padres.

-Entre tú y yo, estoy intentando animar a mi padre

para que invite a tu madre a cenar.

Me temo que al pobre le falta valor,

ya fue rechazado una vez.

-Mi madre es un hueso duro de roer,

pero puedes contar con mi colaboración.

Ella siempre se refugia en el trabajo,

pero me encargaré de aligerar esa carga para que no tenga tal excusa.

(Suenan las campanas)

Buenos días.

-Buenos días.

Servando, ya podría echar una mano,

que siempre le cae a una preparar la pensión pa la nueva jornada.

-Oiga, que yo también estoy atareado.

Reviso que todo quede bien barrido.

-Uy, agradecía. O da el callo usted también

o va a tragarse una escoba.

-No se me ponga brava, que he estado preparando el desayuno

que han me han encargado los huéspedes de la cuatro y la siete.

-Más bien dirá que me ha visto prepararlos.

Por cierto, ya es la hora y no aparecen.

-Se les habrán pegado las sábanas.

-Pues nos podrían haber ahorrao el madrugón.

-Estaba yo pensando, Fabiana,...

que estaría bien que pudiéramos cerrar la pensión una semana

y que usted y yo nos fuéramos a otra pensión de nivel,

como esta, pero de clientes, ¿qué le parece?

-No estaría na mal dejarse cuidar, la verdad,

aunque solo sea por una noche.

-Y en el entretanto,

podríamos ir a dar un paseo por los jardines del Príncipe.

-Arrea, ¿y por qué iba a pasear con uste, si puede saberse?

-Es que...

-(ÁRABE) "Salam aleikum".

-Buenos días tenga usted también. ¿Qué se le ofrece?

-Venía buscando habitación para unos días.

-Pues mire, es su día de suerte.

Precisamente, hay unos huéspedes que se marchan hoy.

-Se equivoca, Servando, han alargao la estancia.

-Pues yo no tenía noticias de eso.

De todos modos, tenemos el cuarto del fondo...

-Está reservao.

Lo lamento, pero estamos completos.

-Bueno, pues seguiré buscando.

-Sí, será lo mejor, sí.

(ÁRABE) "As-salam".

-Adiós muy buenas.

¿Por qué ha mentido usted, Fabiana? No estamos completos.

-Sí lo estamos para ese hombre.

-De verdad, me sorprende en usted.

Usted siempre ha dicho que todos somos iguales a los ojos de Dios,

sin importar el color, y sobre todo, el parné.

Además, nos hubiese venido de perlas en la pensión.

Habría dado un toque exótico.

-Mire, Servando,

no ha sido por prejuicio por lo que no le he aceptado.

-Entonces, ¿por qué?

-Verde y con asas, pa proteger a Casilda.

-¿A Casilda, de qué?

-De ese hombre.

Está dormida. -¿Qué hacemos?

¿Nos marchamos? -No.

¿Y que se quede sin saber que hemos venido a visitarla? No.

-Aguardemos un poco a ver si se despierta.

-(TOSE)

Rosina, esperar a que se despierte, no despertarla nosotras.

-Era por ayudar un poco.

-¿Qué haces con los bombones que le hemos traído?

-Con algo habrá que matar el tiempo.

Y nos sabemos si el chocolate le va a sentar bien en su estado.

-Pobre Genoveva, lo que habrá llorado.

-Sí.

Debe de haberse quedado rota por dentro.

Qué desgracia tan grande,

perder a ese hijo, con la ilusión que le hacía a su esposo.

-Pobrecita.

Dinos, Rosina, ¿qué te ha dicho Liberto al respecto?

Es amigo de Felipe, algo le habrá dicho de sus intenciones.

Ahora que no hay niño,

¿qué pasará con su matrimonio?

Absolutamente nada, doña Susana.

En mi matrimonio, pasará lo que yo decida que pase.

Genoveva... -¿Cómo se encuentra?

-No sabíamos que estaba despierta.

Ya lo he notado.

Así podían chismorrear a mis espaldas tan ricamente.

-Mujer, cuide sus palabras.

-Veníamos a interesarnos por su estado.

Mentira. Lo que pretendían

era regodearse de mi desgracia.

Desde que llegué a Acacias decidieron amargarme la vida.

-Le aseguro que nuestras intenciones eran buenas, no queríamos...

¡Ya basta!

Estoy harta de sus falsedades y de sus sonrisas hipócritas.

Pueden irse por donde han venido.

-Oiga... -Déjala, Rosina.

Será mejor que la hagamos caso.

No está en sí misma, no sabe lo que se dice.

Se equivoca, nunca he estado más segura de mis palabras.

¡Fuera!

Le recomiendo resignación cristiana, no puedo desearle otra cosa.

Ya hablaremos cuando su espíritu se lo permita.

-"Enseguida les traen lo que han pedido".

-Madre. -¿Qué haces aquí, Camino?

¿Y tu esposo?

-Está de caza con su abuelo, ¿no se lo dije?

-Es verdad, lo había olvidado.

-Deme.

-¿Qué haces?

-Está claro, reincorporarme al trabajo,

así no me aburriré sola en casa.

-No sé si Ildefonso lo verá correcto, eres una mujer casada.

-Descuide, es algo que tengo hablado con él,

seguiré con mi vida normal.

Seguro que no le importa.

-Felicia. -Marcos.

-Camino.

Al pasar por el quiosco me he acordado de ti.

-Agradecida.

-De haber sabido que estabas aquí, también te habría traído una.

-No se preocupe, don Marcos. Voy a cocina...

a preparar el pedido, así puede conversar.

-Gracias, hija.

Puedes pasar, hay un nuevo plato que puede ser de tu agrado.

-Estoy seguro de ello.

De hecho, había quedado con Anabel para comer aquí.

¿No ha llegado aún? -No, no ha venido.

Parece que a tu hija le gustó nuestra cocina.

-Me dijo que nunca había comido platos tan deliciosos.

-Es una niña encantadora,

y parece tan lisonjera como su padre.

Por cierto, ¿tu búsqueda de la casa sigue igual?

-Así es.

Hemos encontrado algunas más que indicadas,

pero están lejos de Acacias.

No me importa esperar un poco más.

-Discúlpame, tengo que atender a esos clientes.

-Aguarda un momento.

He pensado que podríamos conversar tranquilamente sin interrupciones.

A riesgo de salir escaldado,

déjame que te proponga de nuevo cenar juntos.

-Eh... ¿Por qué no?

-En tal caso, ¿por qué no hoy mismo?

-¿Hoy mismo? No sé si podré.

-Bueno, hay muertes repentinas.

-(RÍE)

Le pediré a Camino que cierre el restaurante.

-Pues...

-Voy a poner esta flor en agua.

-Esperaré a Anabel dentro, si no te importa.

-Claro.

¿Qué hace levantada?

No soportaba estar más tiempo acostada.

Debería guardar reposo. Sigue débil.

Mi cuerpo está perfectamente, doctor mi mente no tanto.

Sobre todo, después de que usted me informara

de tan horrible noticia con tan poca delicadeza.

Lo lamento, pero no tuve otro remedio

que hacerla entender tan cruda realidad.

Crea que siento lo que están pasando usted y su marido.

¿Mi marido dice?

Ese desgraciado debe estar celebrando

que hayamos perdido a nuestro hijo. Debería calmarse,

no es bueno para su estado tal excitación.

Me calmaré cuando pueda volver a mi casa.

¿Cuándo me dará el alta?

Es pronto para decírselo.

¿Puedo pasar?

Si de verdad le preocupa mi estado, impídaselo.

Señora, se trata de su esposo.

¡Soy yo quien ha perdido un hijo!

No le quiero aquí.

Cálmate, no montes un espectáculo.

¿Eso es lo que te preocupa, que sepan qué clase de hombre eres?

Descuida, que lo diré bien alto: ¡un canalla!

¡Fuera de mi vista o no respondo!

¡Fuera!

Será mejor que haga caso a su esposa y se marche.

No está en condiciones de ver a nadie.

Ahora hablamos. Vale.

Ahora, cálmese, y déjeme que la reconozca,

si no, no podré mandarla a casa. No, de ninguna manera,

exijo que me trate otro médico.

Usted no va a volver a ponerme un dedo encima.

Cómo desee.

La que le viene encima a Felipe, no va a ser moco de pavo.

-Y que lo digas.

Si fue así de grosera con nosotras, ¿cuál será su actitud con su esposo?

-Sobre todo, teniendo en cuenta que le culpa de haber perdido a su hijo.

-En esa casa, va a arder Troya.

-Esperemos que su actitud de hoy sea solo fruto de su pena,

y que recapacite enseguida.

-Querida, a veces, de buena pareces tonta.

¿Te pareció Genoveva una mujer que fuese a arrepentirse?

-Carmen, no lo dudes,

le hará la vida imposible a Felipe.

Genoveva es una mujer fuerte y vengativa.

-Bueno, aun así,

deberíamos ser pacientes con ella y disculparle sus desplantes.

Su malhumor e irritabilidad son comprensibles en tal situación.

-Comprendemos su pena,

lo que ya nos cuesta aceptar es su mala educación.

-¿Y usted qué opina, Bellita? Está muy callada.

-Yo estoy con Carmen, queridas amigas.

Hay que ser comprensivas con esa pobre mujer.

Ha perdido a su hijo y, por lo que se ve, también a su esposo.

-Bueno... -Hacían muy buena pareja.

-Yo creía que ella sería la única capaz de hacer que Felipe

superara la muerte de Marcia.

-Qué va.

Creo que Felipe está gafado en sus matrimonios.

-Es cierto,

su unión con Celia también terminó en tragedia.

-Sin embargo, otras no pueden ser más afortunadas con sus esposos,

¿verdad, Bellita? -¿Por qué lo dice, Rosina?

-¿No te has enterado?

Nuestra anfitriona no se marcha a ninguna parte.

-Mi Jose se ha dado cuenta de que no me quería ir a Norteamérica

y lo ha cancelado todo.

-Su Jose vive para darle contentura a usted.

Le da en todo momento capricho.

-Yo, la verdad, es que no terminaba de creer que se marcharan.

Acacias tira mucho y ustedes ya son parte de esta calle.

-Se lo agradezco.

Me siento muy dichosa de poder quedarme.

-Aun así, parece preocupada, mohína.

-No puedo evitarlo, Carmen,

por otra parte,

lamento en el alma que Jose haya renunciado a su sueño.

-No ha renunciado, tan solo se lo traspasado a su hijo.

Tal vez sea Julio quien triunfe en el celuloide.

-Claro, nada da más alegría a un padre que ver triunfar a su hijo.

Y descuide, que si le queda algún resquemor, se le pasará,

cuando vea a su hija con Emilio volver de Argentina

llenos de laureles.

-Sí, ya verá como para su esposo,

quedarse para poder recibirlos,

le dará sentido haber abandonado su sueño.

-Por cierto, el sueño que comienza hoy es el de mi Cinta,

ya habrán atracado.

-(RÍEN)

Laura, debes prepararlo todo,

el regreso de Genoveva es inminente.

Pensé que la señora estaría más tiempo recuperándose.

No, no va a ser así.

Aun así, su estado es delicado.

Debes cuidarla con esmero,

Señor, habla como si usted no fuera a estar en casa.

Así es. Yo regresaré a mi casa.

La señora me ha apartado de su lado.

Me ha declarado su enemigo.

Perdone mi atrevimiento, pero ¿está usted bien?

No, Laura, no lo estoy.

Pero no debes de preocuparte por mí, sino por Genoveva.

El doctor quería tenerla una noche más en el hospital,

pero dudo que quiera.

Así que, si no regresa hoy, lo hará mañana.

De ahí la urgencia.

Descuide, lo dejaré todo preparado.

La casa debe estar perfecta. Don Felipe,...

si necesita cualquier cosa de mí,

lo que sea, solo pídalo.

Gracias, Laura.

Ponte a trabajar.

Pobre doña Genoveva.

Perder a un hijo, te desgarra por dentro.

-Felipe no está mucho mejor que ella.

Lolita iba a verle y tratar de animarlo.

-Hace bien en intentarlo.

-Me temo que se habrá quedado en eso, en un intento.

Conozco bien a mi amigo,

y Lolita va a conseguir poco con su gesto.

-Sí, señor, es bien posible, que pintan bastos para el desdichado.

-La vida le ha golpeado duramente de nuevo,

otra vez va a hundirse en la desesperación.

-Puede que tenga usted razón.

Esperemos que, como la otra vez, sepa salir a flote.

-Dios te oiga, Fabiana.

Te dejo, que Carmen debe estar esperándome en casa.

-Don Ramón, dele recuerdos a Carmen.

-De tu parte.

-Bueno, ya lo saben, en su próxima visita,

no duden en visitarnos.

Muchas gracias.

Muchas gracias.

-Con Dios.

-Con Dios.

(SUSPIRA)

-Vaya leche.

Fabiana, qué humos se gasta.

-¡Tómelo como un aviso, Servando!

Vuelva a ponerme la mano encima

y del mandoble que le doy, le dejo sin muelas.

-La creo, si me ha dejado bailando dos dientes.

-Está usted muy raro desde ayer, hombre.

¿A santo de qué vienen esas confianzas?

-Mujer, no son tantas,

que nos conocemos desde hace unos años.

-Si tanto me conoce,

ya tendría que haberse dao cuenta de que con una servidora,

tontás las justas. ¡Conmigo no se bromea!

-Vamos a ver, que mis intenciones no pueden ser más serias.

A ver, Fabiana, estaba considerando...

que llevamos como socios mucho tiempo,

y que deberíamos dar el siguiente paso.

Ay.

Fabiana,... ¿se quiere usted casar conmigo?

-¡¿Qué diantres está diciendo?!

Levántese ahora mismo.

Guárdese eso, guárdese eso, por Dios.

Adiós.

-Entonces, ¿qué me dice? -Le digo que se ha vuelto loco.

¡¿De dónde ha sacao usted esa idea tan absurda?!

-Vamos a ver, que no es tan absurda, yo se lo explico.

En el concurso de pensiones,

los negocios tienen que estar regentados por matrimonios.

Y que tenemos que pasar por la vicaria.

-¿Otra vez con el dichoso concurso?

-Bueno, bueno, pero ¿qué me dice, Fabiana?

¿O te puedo llamar Fabi de mis entretelas?

-Si aprecia en algo su pellejo, no lo haga.

Por Dios, jugar con este sacramento. ¡Me tiene usted hasta el moño!

-Ya, pero ¿eso es un sí o...?

-¡No!

-Me gustan con carácter.

No sé si ir a visitar a Felipe.

-Querido, él mismo te dijo que no quería visitas.

Quizá precise ahora estar solo.

-Puede que tengas razón.

-Claro que la tengo, como siempre.

(Puerta)

Casilda, abre la puerta.

Es un gusto tener criada para abrir la puerta una misma.

(RESOPLA)

"Salam aleikum", doña Rosina.

-Hola.

-Cariño, ven, ven.

-Disculpe, ¿quién es usted?

-Mi nombre es Izam. Usted debe ser don Liberto.

-También sabía mi nombre.

-Venía buscando a Casilda. -Si la ve, nos da aviso.

-Casilda no está en casa. ¿Para qué la busca?

-Tal vez sea mejor que no esté, así podemos hablar a solas.

¿Puedo pasar, por favor?

-Sí, pase, por favor.

Y bien, ¿hablar de qué?

-De su criada.

Me he enterado de que Casilda no tiene familia, salvo un primo,

y por eso quiero hablar con ustedes,

sus señores son lo más parecido a sus padres.

Sepan que quiero convertirla en mi esposa.

-¿Ha dicho en su esposa? -Con razón anda escondida.

-Sí, no teman,

puedo dar una buena dote por ella.

Mi padre era el jefe de una de las tribus más importantes

del desierto.

Ahora soy yo quién la lidera,

y necesito desposarme para darle un heredero a mi pueblo.

-Caramba con Casilda, al final va a dar el braguetazo.

Exótico y muy joven, pero braguetazo a fin de cuentas.

Puedo darles hasta veinte camellos.

-Ah, muy bien.

¿Y no puede cambiar tanta joroba por un automóvil?

-Rosina, por favor.

-Verá, camellos aparte, pero...

¿no sería mejor hablar con Casilda antes?

Ella no nos había contado nada.

-Aguarda, Liberto,

algo me dice que vamos a poder preguntarle muy pronto.

(Pasos)

Izam.

¿Qué hace usted aquí?

-De momento, dejarnos de piedra.

-Qué calladito te lo tenías. ¿Qué hiciste en el desierto aquel?

-Salga ahora mismo de aquí. No moleste a mis señores.

-Será mejor que sigamos hablando en otro momento.

-Sí, claro, será lo mejor. -Venga, a la puerta.

-Es increíble. -Y qué lo digas.

¿Veinte camellos? Por Casilda podemos sacarle 30.

-¡Rosina!

(Pasos)

¿Y esa carita tan triste que tiene mi faraona?

¿Qué te sucede ahora? -Nada, Jose.

-Algo será,

que me rompe el alma verte así.

Yo me alimento de tu sonrisa, ya lo sabes.

-Ay, Jose,...

que no sé si hemos hecho bien quedándonos en Acacias.

-¿No es lo que tú querías?

-Sí, cariño, y agradezco tu sacrificio.

Pero me siento muy mal por haberte llevado a renunciar a tu pasión.

-Yo solo tengo una pasión, y eres tú.

(Pasos)

-Perdonen que interrumpa, pero tienen visita.

-Buenas. Venía a despedirme.

-¿Te marchas ya?

-Mi tren sale en una hora.

-Qué duro se me hace despedirme de ti.

Ya ves,

llegaste a mi vida por la puerta de atrás, como aquel que dice,

pero te aseguro que te marchas por la puerta grande.

-No le olvidaré, padre.

Gracias a usted, voy a vivir el sueño americano.

-Y estoy seguro que serás muy dichoso.

-No os entristezcáis, que esto no tiene por qué ser un adiós,

tan solo un hasta luego.

-Bellita tiene razón.

Volverás convertido en una rutilante estrella.

Y si no, siempre podemos ir todos a visitarte.

-Yo prefiero que venga él,

que lo de cruzar el océano no me hace ni pizca de gracia.

-Le he escrito esta carta a Cinta, hagan el favor de dársela.

Me hubiese gustado despedirme de mi hermana en persona.

-Seguro que a ella también.

Le daremos la carta en cuanto regrese.

-¿Puedo pedirles algo más?

-Por supuesto, lo que quieras,

lo que sea.

Cuiden de mi prima Alodia.

-Descuida, ya es parte de la familia.

-Y tú, no me llores, no me llores,

que en na y menos estoy de vuelta

y llevándote a todos los estrenos del brazo.

-Me basta con que no tardes mucho en volver, primo.

-Por cierto,

avísenme cuando Cinta quede en estado de buena esperanza.

Nada me hace más ilusión en el mundo que ser tío.

-Descuida, hijo, ya te avisaremos.

-Julio Jose,

antes de que te marches, quería darte algo.

Alodia, por favor.

-¿Para mí? -Te he comprado unos presentes.

-No tendría que haberse molestado.

-Quiero que tengas un recuerdo mío

y que llegues a California hecho un pimpollo.

Mira.

Una chaqueta de galán, una pajarita de seda

y un sombrero de copa de lo más glamuroso.

-Bueno, ¿cómo me queda?

Hollywood se va a caer rendido a tus pies.

-No puede haber padre más orgulloso.

Nuestra Cinta, a punto de desembarcar en Argentina

y mi hijo, rumbo a Hollywood.

-Menuda familia de artistas que estamos hecho.

-Ah,

cuando regreses,

estarás a tiempo de ennoviarte con Anabel,

la hija de don Marcos. -Una cosa te voy a decir,

que si es tu propósito, no tardes mucho,

que esa niña tiene cara de echarse novio en tres días.

-Muy mal haría,

¿qué novio mejor podría tener ella que el hijo de Jose Domínguez?

(RÍEN)

-El hombre más bueno del mundo.

Ven p'acá.

Tú también, ¿no hemos quedado en que eres de la familia?

-Venga.

Jacinto, perdone, ¿ha visto llegar a mi señor a casa?

-Pues no. Le vi salir esta tarde, pero no ha regresao.

¿Sucede algo? -Espero que no.

Después de lo ocurrido, mi señor está muy afectado.

Quería asegurarme de que cena bien.

-Haces bien en preocuparte, que parece que le ha cagao la moscarda.

No paran de pasarle desdichas.

Aún no he tenido oportunidá de darle el pésame por la pérdida de su hijo.

Debe de estar desolao. -No se imagina hasta qué punto.

-Es de entender,

pero to pasa en esta vida.

Si encargan otro niño, el dolor se irá poco a poco.

-No sé yo si eso va a ser posible.

Su matrimonio parece herido de muerte.

Entonces, aún lo lamento más.

En estos casos, es importante tener consuelo el uno en el otro.

-Ya.

Voy a tirar la basura.

-Cierra después la puerta.

-Por supuesto.

Señor. Don Felipe.

Don Felipe, ¿qué hace aquí?

Nada.

Descansando un poco.

Va a coger una pulmonía, venga para casa.

Creo que he perdido las llaves.

No se preocupe, venga. Eh.

Puedo ir solo.

Solo necesito que me abra la puerta.

Uh...

(DON FELIPE TOSE)

Enseguida les traigo el postre, les va a encantar.

Hola, madre. -Hola, hija.

Qué risueña te veo hoy, ¿no?

-Nunca pensé que echaría tanto de menos mi trabajo en el restaurante.

Tener la cabeza ocupada es de gran ayuda.

-¿Gran ayuda dices? ¿Con qué?

-Con nada, en general, con todo.

Va muy elegante.

-¿Tú crees? ¿No me habré arreglado demasiado?

Tan solo voy a cenar con un viejo amigo,

quería ir discreta.

-Va usted discreta y guapa, tal como es.

(LEE) "Marcela Zamora".

Hacía una eternidad que no sabía nada de ella.

-Buenas noches, Felicia.

-Buenas noches, Marcos.

-Estás bellísima.

Esta noche no habrá en la ciudad hombre mejor acompañado.

-Gracias.

¿Sabes quién me ha escrito? -¿Quién?

Marcela. -¿Marcela?

-Marcela Zamora. -¿Marcela Zamora?

-Mi antigua amiga de la infancia, la de Santander, ¿no te acuerdas?

-Ah, sí, sí, sí. Ya ni la recordaba.

¿Y qué te dice?

-No lo sé, no la he abierto. ¡Qué ganas de saber de ella!

-¿Y no puedes esperar un poco?

Tengo mesa reservada y no quisiera perderla.

-De acuerdo. Qué impaciente eres.

Luego la leeré.

Camino, cierra el restaurante a la hora.

-Descuide, madre, sé arreglármelas sola.

-Gracias. -Pásenlo muy bien.

-Tenlo por seguro.

-Con Dios.

(TOSE)

Quiero contaros el motivo de mi reunión de hoy.

En el Partido Liberal

me han propuesto para que me presente en las próximas elecciones.

-La paciencia es una de las características más importantes

de mi pueblo.

Me quedaré por aquí hasta convencerte de volver conmigo

a jugar entre las dunas.

Pague a quien sea,

si hace falta, me prepara usted mismo la huída.

¿Está dispuesta a huir? Estoy dispuesta a todo.

He recibido una carta de una amiga de la infancia que no había leído,

de Marcela Zamora.

Si la dejé aquí. -Paz y tranquilidad, hombre,

que es lo que yo necesito a estas alturas de mi vida,

que ya he zascandileao mucho por ahí.

-Lo que necesita mi marido es una vida llena de emociones.

Mi Jose se moriría,

si lo único que tuviera que hacer para rellenar su día,

fuese sentarse junto a la estufa a leer.

-No me gustaría que usted se sintiera incómodo,

y creo que lo mejor será que hablemos de lo que ocurrió anoche.

-¿Y dicen cómo estaban? -Encantados.

Les esperaba el alcalde de Buenos Aires

con una banda de música.

-¿El alcalde, eso dice el telegrama? -Me da que hasta un desfile militar,

pequeño, eso sí.

-Les presento a Jacks, un gran amigo mío que ha llegado hoy a la ciudad.

-Es un honor conocerles.

-Jacks es diplomático del gobierno de su país, de Francia.

¿Cómo es eso de que mi padre es el único hombre que vale la pena

del barrio? -No hay ninguno que se le arrime.

-Ah.

"Recibí una carta de una amiga, de Marcela Zamora".

-"¿Y qué te contaba?"

-"No lo sé, la he extraviado".

-"No le des importancia, te volverá a escribir, ¿no?".

-"Sí, pero después de tanto tiempo, se me hace raro que...".

"¿Qué querría? -Seguro que nada importante".

"Yo que tú, me olvidaba de ello".

-¿Operadora?

Me gustaría hablar con un abonado de la provincia de Santander.

Su nombre es Marcela Zamora.

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Acacias 38 - Capítulo 1236

08 abr 2020

Felipe se despierta al lado de su criada Laura mientras Genoveva sigue en el hospital, pero no logra recordar nada de la noche anterior. Sus amigos le notan raro, pero él oculta qué le pasa y evita encontrarse con Laura. Genoveva pide a Velasco que tramite su salida del hospital.
Ramón anuncia que se presenta a las elecciones y todos los vecinos de apoyan. Antoñito se alegra mucho por su padre, pero siente celos al ver cómo todos alaban su valentía.
Marcos le roba a Felicia la carta de su amiga Marcela y a la vez encarga a su hija un regalo para la dueña del restaurante. Felicia echa de menos la misiva de su amiga y decide llamarla. ¿Se desvelará aquello que intenta ocultar Marcos?
Jose, ya con su hija y Emilio sanos y salvos en Argentina, decide entregarse a la vida tranquila. Pero Bellita tiene otros planes para él…
Fabiana ve triste a Servando por no poder competir en el premio de pensiones y decide ayudarle. Izem, el príncipe marroquí confiesa por qué está en Acacias: quiere desposar a Casilda.
Un amigo francés de Armando, Jacques, llega al barrio de vacaciones.
Laura fuerza un encuentro con Felipe para que enfrente la verdad: los dos yacieron la noche anterior. En mitad de la discusión regresa… Genoveva.

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