www.rtve.es /pages/rtve-player-app/2.17.1/js/
5553520
No recomendado para menores de 7 años  Acacias 38 - Capítulo 1235  - ver ahora
Transcripción completa

No seas pelmazo, Jose.

¿Cómo no voy a querer ir a los EE. UU.?

Me muero por ir a ese país, con sus bisontes,

sus gánsteres y sus apaches.

-No sé, no termino de verte muy convencida.

-¿Que no? ¿Que no estoy convencida?

Más que un misionero que se deja comer por su fe.

Díselo tú, Alodia,

dile a este incrédulo lo mucho que te he hablado

de la ilusión que me hace ir a Hollywood.

-Ya lo creo, señor.

La señora no habla más que de ese viaje.

Es como si viviera para ese viaje.

Exagera un cachito, ¿no? -Un poco, sí,

pero que quiero acompañarte,

sigue siendo una verdad como un templo.

-¿De verdad de la buena?

Pero, recoñe, Jose,

¿no fui yo quien le dijo a Alodia que cocinara comida americana?

-Eso. Y usted tuvo la idea de que el señor practicara el inglés.

-¡Y eso! ¡Además eso!

Si estamos aprendiendo inglés, es porque yo me empeciné.

¿Haría eso alguien que no quisiera cruzar el charco?

-Creía que a ti lo del inglés ni fu ni fa.

-Lo que me gusta es escuchártelo hablar a ti.

Dime algo, cariño mío,

dime algo en inglés,

que tú pronuncias muy bien.

-"I love you so much".

-Ole, ole. Signifique lo que signifique,

es como si escuchara al Señor anunciando un mundo nuevo.

-Como América.

-Eso es.

¿Crees que yo me perdería un mundo en el que todo el mundo habla así?

No veo la fecha de la partida.

¿De verdad que no echarás de menos España?

Piénsatelo.

Qué voy a echar de menos España, na. Como no sean las coquinas.

De España, solo te echaría de menos a ti.

Y tú vas p'allá.

Voy a ir preparando los baúles.

-Alodia,...

demasiado entusiasmo, ¿no te parece?

-Yo no sé, señor.

(LOLITA TARAREA)

Duerme como su padre.

-Es como si siempre hubiera estado con nosotros, ¿no?

-Yo ya no puedo pensar en una vida sin él.

-Somos muy afortunados, Lola, mucho.

-Tenemos mucha suerte.

-Lo tuyo te costó también.

Sí, tanto rechazo,

tanto puñetazo... Sí, Lola, a ti.

Al final, mira.

Mira a dónde nos ha llevado la vida.

No quiero ni pensar

en lo que tienen que estar pasando Genoveva y Felipe.

-Ella peor.

-¿Por qué?

-Te lo digo yo, que entre madres nos entendemos.

Solo una madre puede entender lo que es perder a una criatura.

-Bueno, sí, puede ser que...

él sienta otra cosa. -Culpa, cariño, culpa.

-Sí, culpa, culpa,

por la discusión que tuvo con Genoveva.

-Y hay más.

-Y también por...

ser consciente de que se casó con ella porque se quedó en estado.

-Y más.

Fui su criada, y luego su amiga, o algo así.

Sé lo que le pasa por la cabeza.

Tampoco pudo tener hijos con doña Celia.

-Cierto, tuvieron que adoptar.

-Y él sí podía, ¿entiendes?

Él puede tener críos, pero no los tiene.

-Parece más una maldición que una enfermedad.

-Algo así.

Yo no sé si volverá a intentarlo si se volverá a atrever.

Además, ese matrimonio sin la criatura...

Yo creo que él no le quiere a ella.

-Lola, ya está. ¿No? Ya está. -Sí, sí.

Nosotros, con nuestro Moncho precioso.

¿Ya sales?

-Sí. Camino, que no tiene el ajuar completo.

Yo no sé pensando en qué crecen las muchachas hoy en día.

Se ha dado cuenta ahora,

al volver de su luna de miel, que no tiene sábanas suficientes.

-Imperdonable, sí. ¿Y por qué tienes que acompañarla?

-Así la guío, como una profeta.

Sin mí, ese matrimonio se viene abajo.

-Si tú lo dices.

Por cierto, me han dicho que has estado de visita en la pensión.

-Sí. Bueno, querido, te dejo, que llego tarde.

-Que lo paséis bien.

Me vuelvo a la alcoba a leer el diario.

-Estupendo.

Casilda, ¿qué haces con esa facha?

-Nada, que voy a la compra.

-¿Qué haces con eso en la cabeza?

Pareces la madre de un cura de pueblo.

-Es por si llueve.

-No llueve.

-Pues pal sol. -Anda, quítate eso de la cabeza,

que todo el barrio va a decir que te has vuelto loca.

Ah, venga, vente conmigo,

hoy no hace falta que vayas por la escalera de servicio.

-No, señora, creo que ya no voy a salir.

-¿Y la compra? No se hace sola. -Luego la hago.

Me acabo de acordar de que me he dejao el puchero al fuego.

-¡Ay, qué cabeza!

Por eso llevo el pañuelo, pa atármela y no perderla.

-Casilda, Casilda.

Acabo de acordarme que anoche, y otra vez esta mañana,

he oído que llamaban a la puerta.

¿Quién era a esas horas tan tardías y tempranas?

¿Eh?

-Un mozo.

Traía un recao.

Pero llegó muy tarde y ha vuelto esta mañana.

-¿Qué recado?

-No se preocupe, no era para ustedes, se había equivocao.

Menudo ignorante.

Lo que yo decía, esta juventud, da igual ajuares u oficios,

no saben dónde tienen la mano derecha.

Volveré para el almuerzo. Ay, el puchero.

-Sí, Vaya usted con Dios.

¿Ya has terminado?

Apenas has dejado nada.

Del desayuno, digo.

Lo has comido con apetito, eso es bueno.

El doctor ha dicho que tienes que reponer fuerzas.

Claro. ¿Por qué iba a dejar de desayunar?

Ahora tengo que comer por dos.

Vete haciendo a la idea. Quizá coja unos kilos.

No te preocupes, lo adelgazaré después,

volveré a mi ser en cuanto dé a luz

y te resultaré irresistible. Te gustaré más que ahora incluso.

Cuando me veas con tu hijo en brazos, quiero decir.

Genoveva...

Fue un accidente muy grave...

(GENOVEVA TARAREA UNA NANA)

Permiso.

Veo que ha desayunado.

Y mucho.

El buen apetito siempre es el mejor síntoma.

Voy a hacerle una revisión somera. Doctor...

Me gustaría hacerle una consulta. Por supuesto. ¿Nos disculpa?

Sigue pensando que lleva al crío en su vientre.

¿Ha insistido usted en la explicación?

Sí.

Déjelo usted, no trate de imponérselo.

Sé que es angustioso, pero déjelo.

Es muy probable que la idea vaya calando en ella poco a poco.

¿No podría intentarlo usted?

Ni siquiera creo que haya sido buena idea decírselo

apenas recuperada la consciencia.

Pero ya no hay vuelta atrás.

Dejemos que la naturaleza siga su curso.

¿Qué hacéis, Felipe, amor?

Le decía al doctor...

Le decía a su marido que esperara en el pasillo

mientras le hacía la revisión.

El doctor sabe lo pudorosas que nos sentimos las mujeres en mi estado.

Sal, anda.

¿Me permite? Claro.

No te preocupes, que papá vuelve enseguida.

¡No te muevas tanto! Y patadas menos, ¿eh?

Tengo que agradecerle que se haya prestado a ayudarnos, doña Rosina.

-No hay de qué.

Y no es la primera vez que te echo una mano, ¿o no?

¿No te acuerdas ya?

-Fue Rosina la que concertó la primera cita con Ildefonso.

-Ah, claro.

Entonces, gracias de nuevo.

-No hay de qué.

No sabes lo orgullosa que me siento de que tu matrimonio haya cuajado.

Cuéntame, ¿os lleváis bien?

-Sí, bien.

-¿Solo bien? Una respuesta algo tibia

para alguien que acaba de volver de su luna de miel.

-Muy bien. Nos entendemos perfectamente.

Si me disculpan, voy a por el dinero de las sábanas.

-Coge bien de dinero, que la sedería a la que vamos es muy exclusiva.

-Siéntese, Rosina.

-No creo que a Ildefonso le duela el dinero de las sábanas,

usted ya me entiende.

¿Seguro que va todo bien? -Sí, todo bien.

Pero los dos son muy jóvenes,

y ya sabe, el matrimonio requiere de un tiempo de acomodo,

de adaptación.

-Dígamelo a mí, que me he casado dos veces.

Hay que hacerse a los hombres, son muy suyos.

Es más fácil formar un hogar, que ver desmoronarse el que tienes.

-No la entiendo, Rosina.

-Cuando se van los hijos, quiero decir.

Echo tanto de menos a mi Leonor... Se queda una como vacía por dentro.

Es como si se te cayera la casa encima, ¿verdad?

-Sobre todo a nuestras edades.

-Pero si estamos en la flor de la vida.

Mírelo así:

usted tiene una nueva oportunidad.

¿Quién me iba a decir a mí, cuando murió mi Maximiliano,

que tendría una nueva ocasión? Y ahí está mi Liberto.

-Tuvo usted mucha suerte, sí.

-La fortuna es importante, claro que sí,

pero se trata de estar atenta, de no dejar pasar las oportunidades.

-Supongo, sí.

-Por favor, se lo voy a decir clarito,

¿no ha notado que el indiano babea por usted?

-¿El indiano?

-¿Marcos? -No, el marajá de Kapurtala.

¡Pues claro, Marcos!

-No, Rosina, se confunde usted. Es un amigo de toda la vida.

Vamos, ni se me ocurriría nunca.

-A usted no, pero a él sí que se le ocurre.

El otro día estaba paseando con mi Liberto, y me fijé,

él estaba en el restaurante.

-Vino con su hija Anabel,

y mi yerno les invitó a sentarse en la misma mesa.

-Sí, pero yo vi cómo se la comía a usted con los ojos.

Se lo dije a Susana y se lo digo a usted:

no tengo el más mínimo interés. -No voy a insistir más,

no soy quien para meterme en la vida de nadie.

Solo una cosa más,

esta noche, cuando esté usted sola, entre las sábanas,

acuérdese de lo que le digo de las segundas oportunidades.

-Que Marcos no es una oportunidad, no para mí, que no lo es.

Mire que me extrañaría. ¿Está usted seguro?

-Como de que seis son media docena.

-No me hago a la idea.

Ha sido doña Bella quién más ha insistido

en que fuera usted haciéndose al idioma

y las costumbres de los EE. UU.

-Ya, ya, dime de lo que presumes y te diré de lo que careces.

Se ha mostrado tan servicial,

para que yo no sospechara que no se quiere ir.

Bellita es muy española, muchísimo, una barbaridad.

-Por eso ha llegado donde ha llegado.

Por su carisma y su raza.

-Echaba mucho de menos el terruño cuando vivíamos en la Argentina.

No había función en la que no improvisara

hablándole al público de su España natal.

La morriña, que dicen los gallegos. ¿Y en Nochebuena?

Se le caían las lágrimas como puños.

Para que me venga ahora a decir que se viene con mucho gusto

y que se pirra por las hamburguesas.

A otro perro con ese hueso.

Finge para darme a mí contentura, ya está.

-Padre, se está usted comiendo la masa de las croquetas cruda.

-Claro, sí, señor.

Me he pasao... toda la mañana caminando,

y caminando sin fijarme pa dónde andaba.

Dándole vueltas y más vueltas a la noria.

Y he tomado una decisión,

si Bellita no quiere venir a Hollywood,

yo no pienso obligarla. Aunque yo tenga mi sueño americano.

¿a ti también te gusta la masa de las croquetas fría?

-De toda la vida.

-Tú no puedes negar que eres mi hijo.

(RÍEN)

-Bueno, ¿y qué va a hacer usted entonces, va a dejarla aquí?

-¿Te has vuelto loco?

Vamos, ni al otro lado del río voy yo sin mi Bellita.

¿Qué hago yo en un sitio donde no pueda verla ni dormir a su lado?

-¿Va a renunciar usted a Hollywood?

-Más se perdió en la guerra.

-Pues hay que tener agallas. -Más que agallas,

cariño y apego.

-Nadie lo haría, pero puede que lleve usted razón.

Hasta yo me había hecho mis cerebritos con Hollywood.

Hasta había pensado en probar en la industria cinematográfica.

(Puerta)

Ya va.

-Nos han dicho que había vuelto usted.

He venido a asearme y cambiarme de ropa.

Lo sentimos mucho, ya lo sabe. Lo sé, amigo.

Lo sé.

Pasen.

-¿Cómo está Genoveva? Bien.

Esta mañana ha desayunado.

Y con ganas.

Siéntense.

-No querríamos molestar.

Supongo que querrá volver al hospital cuanto antes.

Ya saben que no molestan.

¿Hay algo más?

-Puede hablar en confianza, ya lo sabe.

Genoveva no aceptó

o no puede aceptar que hemos perdido la criatura.

-¿Qué significa eso exactamente?

No deja de tocarse el vientre.

Habla con él y le canta nanas.

No estará necesitada de atenciones, ¿verdad?

Hace lo mismo cuando yo no estoy. Me lo ha dicho el doctor.

¿Y usted?

¿Cómo está usted?

Nos dice que está bien, pero su rostro

y su actitud demuestran lo contrario.

Verán,...

nuestro matrimonio no es el que todo el mundo sueña.

Dudo de lo que ha hecho Genoveva,

de todo.

Pero... debo reconocer que,

después de que con Celia fuera imposible,

tener un hijo con ella me colmaba.

Les seré sincero:

me siento culpable.

Es cierto que...

Genoveva se mostró intratable y fue subiendo de tono,

pero... yo debería haberme controlado.

Perdí los nervios.

-Es una mujer fuerte, Felipe, se repondrá.

No saben lo que significa para mí su cariño y su comprensión.

Muchas gracias. -No hay de qué, Felipe.

(SERVANDO SE ASUSTA)

-A las buenas. -¿Eh?

-Que buenas. -¿Qué?

-Que hola.

-¿Se te ha caído el pelo?

-No, Servando, no se me ha caído.

-¿Y a qué taparte tanto?

-Parece mentira que un hombre de mundo como es uste

no sepa lo que está de moda.

-¿Y desde cuándo está de moda vestirse de tuareg?

-No pienso discutir con usted.

A lo que venía,

¿tiene usted una habitación para unas noches?

-¡Ja, pa tus señores!

¡Lo sabía! Mucho remilgo y mucha pamplina,

pero se han quedado prendados con nuestro servicio.

Aquí rebosamos categoría.

-Es para mí.

-¿Tienes chinches en tu cama del altillo?

-¿Puedo dormir aquí, sí o no?

-Mira, lo siento, pero no tenemos ni una cama libre.

Nuestra fama se extiende cual mancha de aceite.

Está por llegar el día en que una le pida algo a usted

cuando lo necesita y usted le resuelva la papeleta.

Buscaré otro sitio.

-Oye, habitación no hay, pero por curiosidad,

¿qué te obliga a buscar refugio?

-Ni ha saludado siquiera.

¿Le pasa algo?

-No lo sé.

Sé que calva no está.

Pasamos un rato muy agradable mi padre y yo.

-Nosotros también. -Muchas gracias.

Ya se lo he dicho a mi padre,

tiene usted uno de los restaurantes más acogedores que he conocido.

-Gracias.

Procuramos satisfacer siempre a nuestros clientes.

-Eso dice mucho de usted.

Aunque, me pareció que a nosotros nos daban un trato especial.

Por mi padre, no por mí.

-Me has pillado. Algo de razón llevas.

Tu padre te habrá contado

que nos conocemos desde que éramos unos miquitusos.

-Sí, tiene muchas anécdotas de su época en el pueblo.

Está feliz de haberla encontrado.

Dice que no recordaba los buenos tiempos desde que se casó.

-Yo tampoco me acuerdo mucho de ellos.

-La vida, que te va llevando.

¿No ha pensado nunca en volver a casarse?

-No, por el amor de Dios.

-Buenos días, doña Felicia y compañía.

-Buenos días. -Buenos días.

Permítame que me presente, doña Bella.

Soy Anabel, hija de Marcos.

-Encantada. Bella del Campo.

No sé si se lo ha dicho mi padre,

pero en México era usted más que adorada.

-Muy amable.

-Las dejo, señoras, que tengo mucho que hacer.

Con Dios. -Con Dios.

-Con Dios.

Anda, guapa y elegante.

Julio está prendadito de ella desde que la vio.

-Es guapa, sí.

Por cierto, Bellita,

¿sabe algo de nuestros recién casados?

He hablado con la naviera, mañana tocan puerto en Argentina.

-Debe de ser precioso llegar a una nueva tierra recién casados.

-Tiene que serlo y lo es,

pero no vea como echo de menos a mi Cinta.

-Y yo a mi Emilio.

¿Tomamos un café? -Vamos.

-Siéntese. -"¿No te da miedo?".

-¿Cómo no me va a dar miedo?

¿Usted sabe que en el barco no se ve la otra orilla, como en el río?

-A mí me lo vas a contar,

que perdí a mi esposa por no cruzar el charco.

Bueno, por eso y por un mulato. -¿Un mulato?

-Sí. Pero esta es una historia que ya te contaré otro día.

-El caso es que todavía tengo la esperanza

de que mañana no nos vayamos.

-¿Qué le pasaba a Casilda? ¿Iba a misa?

-No sé. O le dolerán las muelas y no quiere coger un aire, no sé.

¿Quieres otra habitación, a qué has venido?

No, no, casi se me olvida.

He estado en el mercado hablando con una chica que limpia

en una pensiones que hay al lado de la estación.

Pobre, estará llena de chinches. Aquellos son nidos de chinches.

-Lo que usted diga.

El caso es que me ha dicho

que su pensión se va a presentar al concurso.

-Si quiere ser humillada, no lo puedo evitar.

-Gane quien gane, que es lo que le venía a decir,

es que solo pueden participar

las pensiones que estén regidas por matrimonios.

-¿Matrimonios?

-Sí, ya me entiende usted,

eso que solo puede terminar en defunción.

-¡La leche!

-Pero, Servando, ¿adónde va?

-¡Rediez! No, tú eres muy joven, podrías ser mi hija.

Cosas mías.

Señoras.

-(RÍEN)

Como le decía, Oswaldo, ya sabe usted,

nuestro hombre de confianza en Argentina,

dice que las localidades para la primera actuación de mi Cinta

están agotadas.

-Será un gran éxito, Bellita, tiene a quien parecerse.

-Van a ser para ellos unos días de no parar.

Presentaciones, entrevistas, recepciones...

Una auténtica locura, pero una locura maravillosa.

-¿Usted cree?

Todavía me pregunto si Emilio

se adaptará en Argentina y a ser el marido de una artista.

No debe de ser fácil estar siempre a la sombra.

-Bueno, eso ya veremos, pero yo no me preocuparía.

Su hijo es un mozo bragado, que es cuanto necesita.

Hay que ser muy, pero que muy hombre para llevarlo con dignidad.

-Tengo muchas ganas de que vuelvan.

-Bueno, ahora soy yo la que le va a contar a usted mis miedos.

No sé cuándo volveré a verles.

Cuando regrese mi Cinta,

yo estaré en EE. UU.

y, no será fácil organizar un encuentro.

-Se van ya, ¿no?

-Mañana cogemos el tren y en dos días, el barco.

Y a partir de ahí, nada,

a hacer la travesía con Mister Golden de mis pecaos.

Vamos a dejar de hablar de Golden, que me hierve la sangre.

Yo no he hablado de él, fue usted.

-Ni yo voy a ocasionar que lo hagamos.

Bueno, cuénteme, ¿cómo le va a Camino?

-Bien, bien, está bien. Eso dice ella.

Pero ya la conoce, le cuesta mostrar sus sentimientos.

Pero se la ve contenta. -Bueno... Mire que me alegro.

Por ella y por Ildefonso,

que es muy buen muchacho y buen marqués.

(RÍE)

Tendrían que haber visto la cara de don Felipe, está descompuesto.

-¿A qué ha venío, a cambiarse?

-Debe ser. Ese hombre no va a encontrar consuelo.

Se lo digo yo, está hecho fosfatina.

-Doña Celia, su anterior mujer, no pudo darle ningún hijo.

-Si la trataba como a esta...

-¿Qué sabrás tú cómo la trata?

-Es la comidilla del barrio. Él la tiró.

-Fue un accidente. Discutieron, forcejearon, nada más.

Don Felipe quería tener esa criatura.

Ya has oído a Fabiana. -Alodia,

Laura tiene razón,

no se puede acusar a don Felipe de na.

-Pobre mujer. -Sí, pobre, menuda fama tiene.

Hasta la policía cree que ha podido matar a una mujer.

-Una mujer que todo el mundo dice que era la amante de su marido.

Y como es la amante de mi marido, la mato.

-Eso se llama crimen pasional.

-¡Se llama barbaridad! -¡Basta ya!

Tengamos la fiesta en paz.

La policía puede decir misa, pero no es quién pa juzgar a nadie.

Como nosotros.

Antes de condenar, dejemos que hablen los jueces.

Y a comer. -Usted no me engaña, Fabiana.

Es sabido que doña Genoveva no es santa de su devoción,

ni de usted ni de todo el barrio.

-Santos no somos ninguno.

-Eso, el que esté libre de pecao, que tire la primera piedra.

-Sean como sean y hayan hecho lo que hayan hecho,

lo único que cabe ahora es sentir compasión hacia los dos.

Perder a un hijo,

es la desgracia más grande del mundo,

y algo que te muerde, seas rico, seas pobre, seas bueno, seas malo.

Hala.

-Muy bien dicho.

¿Sabes qué es lo que más me gustaría?

Que de alguna forma, nos dijeras qué día vas a nacer,

así, tu padre y yo estaríamos preparados.

No te preocupes, que serás bienvenido llegues cuando llegues.

O bienvenida, eso también me gustaría.

Que me dijeran si vas a ser niño o niña.

A mí me gustan más los nombres de niñas.

"Solo son fantasías".

"No llevas ninguna vida en tu interior".

"Celia, no estás embarazada, es imposible".

"¡Basta! ¡Cállate!".

Tú no quieres tener un hijo.

¿Es eso, verdad? No.

Nunca has querido.

Lo que nos ha pasado es por tu culpa.

Celia, Celia, créeme. ¡Auxilio!

Celia. ¡Auxilio!

Lléveme lejos de este hombre.

No quiero volver a verle.

Quiere matar a mi hijo.

Todos quieren matarle. no lo permitiré.

¡No lo voy a permitir!

-Buenas tardes.

¿Viene a escuchar usted otra vez su corazoncito?

Tengo que estar más pendiente de usted.

No se preocupe, estoy de maravilla.

Le robo un momento a su marido.

¿Alguna variación?

¿No ha dado ninguna muestra de, si no aceptación,

sí al menos de comprensión?

Sigue pensando que lleva al niño en su vientre.

Voy a intentarlo. ¿Está usted seguro?

No creo que tengamos opción viendo que el delirio no remite.

Vaya con tiento, por favor.

Vamos a hablar un rato, ¿le parece? ¿No quiere escucharle?

Tengo la impresión de que hoy está especialmente contento.

Voy a ser claro con usted.

Cuando terminemos, me lo agradecerá.

Ha sido una fatalidad, no es su culpa, ni mucho menos,...

pero...

su hijo ya no está en su vientre.

Sabiendo lo mucho que puede doler la circunstancia,

debe usted pensar que no es el fin del mundo, ni mucho menos.

Es usted joven, fuerte,

está sana.

Logrará concebir de nuevo y, en la siguiente ocasión,

será gratificada.

Dile que no, que se equivoca.

Escucha al doctor, por favor.

Dile que no, que se equivoca.

Comprendo su dolor

pero de nada vale seguir negando la realidad.

Cuanto más lo niegue, más lejana estará la posibilidad

de volver a intentarlo.

¡Haz algo, Felipe, no dejes que siga mintiendo!

No miente,

no miente.

(LLORA)

¿No la ha visto usted?

-Hoy no, o por lo menos no me acuerdo.

No, hágame caso, si la hubiera visto se acordaría.

Lleva como un pañuelo envuelto en la cabeza,

como si fuera un bereber.

-¿Y por qué está haciendo esas cosas tan raras?

Servando me ha dicho que quería quedarse en la pensión unos días.

-Ya, lo he estado hablando con él. ¿Sabe usted por qué?

-No, pero cuando la coja por banda

ya me enteraré.

-Señá Fabiana, ¿queda un plato pa mí?

No me he echao na al coleto desde esta mañana.

-Anda,

coge un plato y siéntate,

que quedan un par de cazos en el puchero.

-¿Qué es ese revuelto que llevas en la panocha?

-Nada, cosas mías.

-Pues menos mal que no se contagian.

Te voy a echar el rancho con una condición,

que nos digas a qué viene envolverte la cabeza como un polvorón.

-No, Fabiana, no quiero hablar de ese asunto.

-¿No quieres hablar?, muy bien. -¡Aguarde, aguarde!

Eche y se lo cuento to.

-Cuéntamelo y te echo.

-¿Se acuerda uste de cuando me fui a África?

Pues... allí me entretuve con unos bereberes.

-¿Qué significa eso de "me entretuve"?

-Que eché los días con unos bereberes.

Nada malo, aunque sí que hubo sus más y sus menos.

-¿Es una historia picante?

-Uno de ellos, Izam se llamaba, se encaprichó de servidora.

-¡Es una historia picante! -Que no, y dale.

Se puso pesao.

Pero cuando ya se puso pesao, pesao, pesao,

yo resolví marcharme de allí.

No lo volví a ver, pero hace unas semanas empecé a recibir cartas

me debe echar de menos. -Mira con la rompecorazones.

-Yo ni le he contestado.

Pero hace unos días, ha llegado un telegrama diciendo que llegaba.

-¿Y te has vestío así pa recibirle?

-To lo contrario, me tapo la cara pa que no me reconozca.

-¿No le habrás dao pie pa tanto ahínco?

-¡Qué le voy a dar yo, señá Fabiana!

Yo soy una aventurera, sí, pero decente como la que más.

Es él, que es un pesao, un cabezota.

-¿Y no sería mejor decírselo y que se deje de tontás?

-No. Bueno, si me lo encuentro, ya veré qué hago.

Pero será mejor que no me lo encuentre.

Si le ve, no le diga na.

Ni tú tampoco, ¿eh?

-Ojalá hubiese vivido tantas aventuras como tú.

-¡Ni se te ocurra, culo de mal asiento!

Señá Fabiana, un trato es un trato.

-Siéntate, anda. Siéntate, siéntate.

¿Te gusta este jarrón aquí?

-(ASIENTE)

(Timbre)

¿Abres?

-Claro.

Madre. -Hola, hija.

Bellita me ha dado novedades sobre tu hermano.

-Sí, pase, por favor.

-Señora, un placer tenerla en casa. -Gracias.

-Se queda a cenar, ¿verdad?

Sería nuestra primera invitada al hogar conyugal.

-Me encantaría, pero tengo mucho trabajo.

Además, unos recién casados necesitan de su intimidad.

-Antes de que se vaya, querría pedirle un favor.

Mañana marcho a una jornada cinegética con mi señor abuelo.

Solo serán un par de días, pero quiero que cuide de Camino.

-No hace falta que me cuide nadie.

-No se preocupe,

su esposa estará cuidada y entretenida.

-Se lo agradezco. Voy a preparar el equipaje.

Con su permiso.

-¿Ya ha empezado a besarte en la frente?

-Es su costumbre.

-¿Y en los labios?

-¡Madre!

Ildefonso es muy formal.

Ha sido educado en la familia que ha sido educado, ya está.

-Pero... lo demás,...

es todo normal, ¿verdad, hija?

-Claro. ¿Cómo quiere que sea?

No voy a seguir hablando de eso con usted.

¿Quiere un café?

-Sí, un café rápido, tengo que volver al restaurante.

Lo siento.

Perdóname.

Perdón por lo que le he hecho a nuestro hijo.

Y perdón por no poder quererte.

Lo he intentado, pero sigo amando a Marcia.

Intento no pensar que podrías ser su asesina,...

la asesina de mi amor.

Sabes perfectamente que lo único que nos unía

era el hijo que estábamos esperando.

Me casé contigo para disfrutar de él.

Su falta...

es lo que me hace estar a tu lado.

Espero que puedas perdonarme...

porque yo no sé si podré hacerlo.

¿Qué hace con esas cazuelas?

-Guardarlas pal viaje.

-¡No puede llevarse a EE. UU. esas cazuelas tan viejas!

-Porque tú lo digas.

Me han acompañado desde Buenos Aires.

No es cuestión de que... Ay, Dios mío,

otra mudanza con el océano de por medio.

-Podría mandárselas a Arantxa. O dejárselas a Cinta.

Eso sería mejor idea, ¿no cree?

-Ni siquiera sabemos cuándo volveremos.

-No lo piense más, señora,

con eso solo conseguirá que la angustia aumente.

-Es mañana, Alodia, que es mañana.

-Lo sé, señora. Yo también tengo canguelo.

(Puerta)

-Reina mora, ¿dónde estás? -En la cocina, hijo.

-Aquí estás,

en la "kitchen", que dirían nuestros amigos americanos.

-Serán los tuyos, los míos no.

-Ve a deshacer el equipaje, Alodia.

-¿Qué?

-Que deshagas las maletas.

-¿Y eso?

-¿Te crees que me chupo el deo?

Nunca has querido irte.

-Pero tampoco dejarte solo con tanta india.

-Y con tanto bisonte.

-No estaré solo, estaré acompañado por ti.

-¿A qué se refiere?

-A qué va a ser, prima, que se quedan los dos.

-Ay, ¿eso es cierto?

-(ASIENTE)

Quien se va es aquí,... el hijo pródigo.

-¿Julio?

No le vamos a decir que no si quiere hacer carrera en Hollywood.

Buenas tardes.

Buenas tardes.

No sabe cuánto lo lamento.

Guárdese su compasión, no la necesito.

No es compasión, es afecto. Tampoco necesito su afecto.

Y no hable de mi hijo, es privado.

Permítame entonces que al menos le diga que me complace comprobar

que conserva su... genio. En realidad,

lleva usted razón: he venido por si necesita mis servicios.

Siempre en la brecha, ¿verdad?

Me lo tomaré como un cumplido.

Estoy a su disposición para lo que desee,

tanto en lo que se refiere a asuntos legales, como...

de cualquier otra índole.

Me conmueve su fidelidad y sus ganas de ser útil.

De hecho, sí que puede ayudarme.

Conllevará asuntos legales y... de otra índole.

Dígame de qué se trata y me pondré manos a la obra.

Cierre la puerta.

Dígame.

A partir de hoy, tendré un único objetivo,

destruir a mi marido:

Felipe Álvarez-Hermoso.

¿Qué tontuna es esa de que se va Julio y no nosotros?

-¿LO ve, padre?, le dije que le sorprendería.

-Templa, que ahora lo entenderás.

-Camino, quiero pedirte algo. -Claro, dime.

-Me gustaría que las intimidades de nuestra convivencia

quedarán entre estas cuatro paredes. -¿Alguna novedad?

-Pa chasco que sí pa mi desdicha.

Cuando os lo cuente, os vais a caer de culo,

así que mejor que os sentéis.

Est6oy harta de sus falsedades y de sus sonrisas hipócritas.

Pueden irse por donde han venido. Mejor que la hagamos caso.

No está en sí misma, no sabe lo que dice.

Nunca he estado más segura de mis palabras.

¡Fuera! -"¿Qué haces?".

-Reincorporarme, así no me aburro en casa.

-No creo que a Ildefonso le guste mucho, eres una mujer casada

¿Puedo pasar?

Si de verdad le importa mi estado, impídaselo.

Se trata de su esposo...

¡Soy yo la paciente y la que ha perdido un hijo!

No le quiero en mi habitación. Cálmate.

A riesgo de salir escaldado,

me gustaría proponerte de nuevo cenar juntos.

-Ha conseguido lo que hace escasos minutos pensaba que sería imposible,

hacerme sonreír.

-Yo también me encuentro a gusto con usted.

-Si necesita cualquier cosa de mí, lo que sea,

solo pídalo.

-Fabiana, estaba considerando

que llevamos como socios mucho tiempo,

y que deberíamos dar el siguiente paso.

Vaya. Fabiana,...

¿se quiere usted casar conmigo?

-"¿Quién es usted?".

-Busco a Casilda.

-Casilda no se encuentra en casa.

-Tal vez sea mejor que no esté, así podemos hablar a solas.

-"¿Qué pretende hacer exactamente?".

Arruinar su reputación profesional y social,

hundirle económicamente,

y en definitiva, convertir su vida en un infierno.

Muerto el amor, comienza la guerra.

  • A mi lista
  • A mis favoritos
  • Capítulo 1235

  • Compartir en Facebook Facebook
  • Compartir en Twitter Twitter

Acacias 38 - Capítulo 1235

07 abr 2020

Velasco acepta ser el aliado de Genoveva para destruir a Felipe. Las señoras van a hacerle una visita a Genoveva, pero las echa de la habitación. Son unas cotillas y envidiosas. Tiene tanto odio que hasta rompe su relación con Felipe. Éste no puede soportar la pena y la culpa que tiene por lo ocurrido con su hijo que llega a casa tan borracho que es Laura quien tiene que cuidarlo…

Llega la paz a casa de los andaluces, donde Jose y Julio explican a unas atónitas Bellita y Alodia que Golden ha decidido llevarse a Julio. Aunque es lo que ella quería Bellita se siente mal.

Anabel llega para tramar una complicidad celestinesca con Camino. Comienza una amistad, algo que le viene muy bien a la chica porque echa terriblemente de menos a Maite. Felicia sale con Marcos, pero desde una llamada le advierten que tenga cuidado con él.

Servando se comporta de manera extraña con Fabiana, pero acaba confesándole la verdad: solo pueden participar en el concurso de pensiones si se hacen pasar por casados. El bereber propone comprar a Casilda a sus señores.

ver más sobre "Acacias 38 - Capítulo 1235 " ver menos sobre "Acacias 38 - Capítulo 1235 "
Programas completos (1276)
Clips

Los últimos 3.898 programas de Acacias 38

  • Ver Miniaturas Ver Miniaturas
  • Ver Listado Ver Listado
Buscar por:
Por fechas
Por tipo
Todos los vídeos y audios

El administrador de la página ha decidido no mostrar los comentarios de este contenido en cumplimiento de las Normas de participación

comentarios.nopermitidos