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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1199 - ver ahora
Transcripción completa

"No calle ahora, se lo ruego".

Dígame lo que tanto ansío,

¿a quién le debemos Maite y yo nuestra desdicha?

-Antes cálmate un poco, estás muy alterada.

-Y así estaré hasta que sepa la verdad de una vez.

¿Quién denunció a Maite?

-Eh... No se trata de un hombre, sino de una mujer.

-Me lo temía, pero no quería creerlo.

Ha sido mi madre, ¿verdad?

¿Tu madre? No, nada ha tenido que ver Felicia.

La denunciante es una tal Concha López.

-¿Concha López?

-Sí, ¿la conoces?

-No, no me suena de nada ese nombre.

¿Qué más sabe sobre ella?

-Por lo que he averiguado, es una lavandera que vive en una barriada

a las afueras, en la calle del Molino Viejo.

-¿Qué tiene que ver una lavandera con Maite?

No tiene ningún sentido.

Tiene que haber algo más detrás de todo eso.

-Eso no puedo respondértelo.

Tan solo puedo intuir que, de alguna manera,

esta mujer conocía su secreto.

-No lo creo. Nada tenía que hacer en el estudio.

Yo no he escuchado ese nombre en mi vida.

-Entonces, ella sabrá por qué la ha denunciado.

-Debo preguntárselo personalmente.

Marcho en su busca. -No, Camino.

¿Qué pensará tu madre si se entera que estás investigando?

-Poco me importa.

-¿Y tampoco te importa perjudicar más a Maite con tus acciones?

Si te he dicho la identidad del denunciante es para tranquilizarte.

Es el abogado de Maite quien debe tomar cartas en el asunto.

Tienes que ser prudente.

Un paso en falso puede condenar a Maite.

-Está bien.

Descuide, no haré nada por encontrar a esa lavandera.

-Es lo mejor que puedes hacer, puedes creerme.

Ahora, perdóname, pero debo terminar de recoger varias obras más.

(Sintonía de "Acacias 38")

He ordenado a Agustina que coloque tu ropa en el armario.

Soy tan dichosa de que te instales en mi casa, que me cuesta creerlo.

Hemos pasado unos días maravillosos en la sierra.

Aunque estemos de vuelta de nuestra luna de miel,

aún no ha terminado.

Aunque parece que tu ardor se ha perdido por el camino.

No es eso.

¿Qué te sucede, Felipe?

Nada.

¿Pretendes que no me preocupe por mi esposo?

Si es así, pretendes un imposible.

Tu tristeza tiene que ver con el encuentro que hemos tenido.

Al ver a Santiago, has comprendido que Marcia sigue en estas calles.

Te equivocas, Marcia es agua pasada.

Daría media vida porque eso fuera cierto.

Marcia no merece otra cosa que nuestro olvido.

Es una vergüenza lo que hizo. ¿Cómo presentó así en nuestra boda?

Mañana regreso al trabajo,

debería revisar unos papeles antes de la cena.

No,...

no despertemos aún de nuestro sueño.

Pospón el trabajo, disfrutemos el uno del otro

sin más preocupaciones.

(SUSPIRA)

-¿Se lleva toas estas?

-Sí, Marcelina, llevo tanto tiempo metida en casa,

que quiero ponerme al día de lo que sucede en el mundo.

-Más novedades ha habido por estas calles,

y eso no sale en los papeles.

¿Sabe que ya han regresao don Felipe y Genoveva de su luna de miel?

-¿Sí? ¿Han estado en la sierra, no?

-Así es. Han tenido que pasar unos días fetén.

Ojalá mi Jacinto tenga algún día monis suficiente

pa llevarme a un balneario de postín.

-Seguro que sí, Marcelina.

-Aunque mejor sería que ese balneario no esté en el campo,

que mi Jacinto sería capaz de pasar el día observando a las ovejas.

O a los insectos, que también le privan.

¿Y de su niña, tenemos nuevas? -Sí, mañana actuará en Córdoba.

-Tiene que estar muy orgullosa de ella.

-Sí, Marcelina. Ojalá recuerde los consejos que le ha dado.

-De casta le viene el arte. Le irá a las mil maravillas.

¿Y criada nueva, han encontrao ya?

-Nones, Marcelina, hija.

He visto a un par de chicas, pero no termino de decidirme,

por no hablar de que no cocinaban ni la mitad de bien que tú.

-Me alaba en exceso. -Solo te hago justicia.

Bueno, te dejo, que Jose debe estar esperándome en casa.

Ahora baja él y te las paga. Con Dios.

-Con Dios.

-¡Uy, uy! Por Dios, que torpe soy.

-Deje, que yo le ayudo.

-Muchas gracias, joven.

Gracias, muchas gracias. -Aquí tiene.

-Qué casualidad, si es el paisano de mi esposo.

¿Cómo dijo que se llamaba? -Julio.

¿Cómo se encuentra, está bien? -Descuide, no ha sido nada.

Es usted muy amable.

Gracias. -No hay de qué.

Soy un gran admirador suyo.

Discúlpeme que aproveche para preguntarle,

pero he oído comentar que su hija está de gira.

-Así es, no le han engañado.

Cinta se dispone a triunfar por toda Andalucía.

-No lo dudo.

Con que tenga la décima parte del arte que tiene su madre,

llegará a la posteridad. -Muchísimas gracias.

Un día tiene que pasarse por nuestra casa a tomar un aperitivo.

Así mi esposo y usted podrán hablar de su pueblo.

-Muchas gracias, me encantaría.

-Quedamos entonces en eso.

Muy bien. Con Dios. -Con Dios.

Listo. Ya he terminado de colocar el género en el almacén.

-Te lo agradezco, Marcia.

Pero bien podríamos haberlo hecho las dos juntas mañana.

que mira que horas son. -No se apure.

Tampoco tenía nada mejor que hacer.

-Marcia, no quiero meterme en tus cuitas,

pero sabes que aquí me tienes si precisas alguna ayuda

o simplemente consuelo.

-Y yo se lo agradezco de corazón,

pero...

no vale la pena darle vueltas a lo que no tiene solución.

-Menos mal que está abierto.

-Por poco tiempo, Servando, ¿qué se le ofrece?

-Fabiana me encargó esta mañana

pimentón de la vera y se me había olvidado por completo.

Servando, que hay que usar la cabeza para algo más que para llevar gorra.

Aguarde un suspiro, me lo tengo en el almacén.

-¿Y tú cómo estás, Marcia?

-Bien.

-Pues ya es más de lo que se puede decir de tu esposo.

El pobre...

está molido.

Y no es por meterme donde no me llaman.

-Si no es su deseo, es sencillo,

guarde silencio.

-No sé por qué os habéis separado,

pero si sé que Santiago no se separó de tu lecho en todos estos días.

-Soy consciente.

No sé lo que habrá hecho, pero deberías ser más indulgente.

Sobre todo, después del numerito que montaste en la boda.

Pocos hombres aguantan eso de una esposa.

-¿Sabe qué, Servando? Tiene razón en una cosa,

no tiene ni idea de lo que nos está pasando.

-Si me lo contaras, pues ya lo sabría.

-No, no le contaré nada, ni hablaré mal de Santiago.

Tan solo quiero dejarle algo muy claro,

si hay una víctima en esta historia, soy yo y no él.

-Con Dios. -Con Dios.

-Aquí tiene su pimentón. ¿Y Marcia?

(Suenan las campanas)

¿Por qué ha preparado un desayuno tan copioso, Agustina?,

no esperamos a nadie más.

Lo sé, señora, pero como recién casados,

no merecen menos en su primer desayuno en casa.

No debería haberse molestado,

acostumbro a desayunar ligero.

¿Les agradó la cena que preparé ayer

y la manera en que organicé los armarios?

Sí, todo estaba correcto.

Si algo no estaba a su gusto, no dudé en decírmelo.

Me adaptaré a su forma de hacer las cosas, señora.

Ahora no tengo ganas de hablar de tales cuitas.

Lo comprendo, voy a calentarle la leche.

Gracias.

No voy a tolerar que me hable de esa manera irrespetuosa.

¿Ahora pide respeto? -Agustina, por el amor de Dios.

¡Es usted una miserable y una embustera!

¡Es usted una mala persona!

-Agustina, déjelo estar, se lo ruego.

Sé que usted no es así, Agustina,

sé que su enfado se debe a un malentendido sin importancia.

Así que olvidemos todo esto.

Retráctese y aquí no ha pasado nada.

¡No me toque!

Jacinto, a ti te buscaba.

¿Te puedes pasar luego por la pensión

para que me ayudes a colocar unas baldas?

-He quedao con don Antoñito pa enseñarle mi grito borreguero.

-¿Y a santo de qué precisa aprender el joven Palacios tal cosa?

-Pa calmar a su hijo.

Al parecer, la criatura solo se calma después de un buen "iepa-iá".

-Lo que hay que oír.

-Vaya uste a saber, si con tales inclinaciones,

el día de mañana el niño no se hace pastor.

-Pastor o borrego.

-¡Iepa-iá!

Jacinto, que no soy Antoñito,

te podrías haber ahorrado el berrido.

-No es eso, que mire quién viene.

-Pero si es el Cesáreo.

-El mismo que viste y calza. He venido en el tren nocturno.

-¿Tanto nos echaba de menos que ya viene de visita?

-¿Y Arantxa le acompaña?

No, ella se ha quedado en las Vascongadas.

Hemos decidido separarnos unas semanas,

darnos un tiempo para pensar en lo nuestro.

-¿Acaso se han tirado los trastos a la cabeza?

-No, no, no, pero la vida en ese caserío,

perdido de la mano de Dios, es muy dura.

Además, sus primas, y sobre todo sus maridos,

que son más cabezones que un buey.

Vamos, que no se lo han puesto fácil.

-Arantxa es una gran mujer,

pero entre sus familiares y que día tras día

me tenía que levantar temprano dar de pastar a las vacas,

segar la hierba, recoger boñigas

bajar las lecheras a los pueblos,

aquello era un mundo.

-Como en la ciudad no se vive en ninguna parte.

Y se lo dice uno de Naveros, que es quizá el mejor pueblo de España,

del mundo y parte del extranjero. -Ni caso, Cesáreo.

Todo es acostumbrarse a la vida campestre.

Yo la echo de menos. -Pa ti, Jacinto,

te la regalo.

No sé, quizás tras unas semanas,

decidamos retomarlo, pero...

ha sido muy dura la separación.

Bueno, en fin, ¿alguna novedad en el barrio durante mis días de ausencia?

-(RIENDO) Novedades, dice.

-Siéntese, que no se va a creer lo que ha pasado.

Buenos días. Buenos días.

Menudo desayuno nos ha preparado Agustina.

Ya le he dicho que no era necesario tal derroche.

Mujer, tan solo quiere agasajarnos.

¿Has descansado bien?

Yo he pasado una noche maravillosa.

Me alegro. ¿Has pensado qué vas a hacer hoy?

Creo que retomaré las actividades del grupo de apoyo

y el comité de mujeres.

Yo subiré al despacho a trabajar un poco.

¿No prefieres hacerlo en aquí?

Quiero mantener mi despacho como mi lugar de trabajo.

Tu casa es ahora esta, Felipe,

y aquí tienes sitio de sobra.

Lo sé, pero tengo muchos papeles y quiero traerlos poco a poco.

Buenos días, señor.

Veo que ya se ha levantado.

Si llego a saber el desayuno que me espera, lo hubiese hecho antes.

Oh.

Más cuidado, Agustina Cuánto lo siento, qué torpe soy.

No se apure.

Voy a por un trapo para limpiarlo.

Felipe,...

creo que Agustina no está preparada para llevar una casa como esta.

Tan solo ha derramado la leche. No es eso, la veo torpe,

despistada. Quizás sea mucha casa para ella.

Agustina tiene mucha experiencia

y ha trabajado con las mejores familias.

No lo dudo. Pero ¿hace cuánto?

Ya está mayor.

¿Tales reparos no tendrán que ver con lo que te pasó con ella?

No, por supuesto que no,

aquello está olvidado.

No fue más que un malentendido, causado por la maldad de Úrsula.

Me preocupa que no esté capacitada para cuidar de nuestro hijo.

Por eso no te inquietes, cuando llegue el momento

contrataremos a una tata y asunto resuelto.

Confío ciegamente en Agustina.

Estoy muy contento de tenerla a nuestro servicio.

Por supuesto, será como tú quieras.

Faltaría más. De acuerdo.

No me lo puedo creer.

Me están tomando el pelo. -Ojalá fuese así, Cesáreo.

-¿Doña Maite, en la cárcel y Marcia separada de Santiago?

-Y no olvide el bebé de Antoñito y de Lolita,

que no para de llorar.

Pa mí que ese muchacho va a ser tenor.

-Eso pronto lo arreglaran con mis berríos.

-Solo ha faltado un terremoto.

-No, no, calle, que ya lo hubo.

Pero calle, que el próximo lo mismo empieza en casa de los Domínguez.

-Y eso que he estado fuera unas semanas...

-Así es Acacias,

te das la vuelta un segundo y pasa una desgracia.

-Pobre Camino, debe estar apesadumbrada,

admiraba a su maestra. -Pa la familia Pasamar

ha sido un disgusto muy grande.

Y un mazazo grande para todo el barrio.

-Ahora me acercaré a ver a la muchacha.

-Antes de irse, Cesáreo, ¿qué planes de trabajo tiene?

-Cuáles voy a tener, recuperar mi puesto de sereno.

-Quizás no sea tan sencillo,

que lo ha podido perder a causa de las reclamaciones al ayuntamiento.

-No fastidie, Servando. Voy a ver a mi superior.

Espero que no sea así y pueda mantener mi puesto.

Con Dios. -Con Dios.

-Corre, hombre, corre. Anda que...

-Las vascas. -Ya te digo.

(RÍE)

Y Dolores.

Ea. Gracias por haber acudido a la entrevista.

Pronto tendrán noticias mías.

Con Dios.

-Buenos días.

No me digas más, ¿otras candidatas pal puesto de criada?

-Sí.

Y me temo que no van a ser las últimas que entreviste.

-¿Así que ninguna ha resultado de tu agrado?

No, eran buenas chicas, pero apenas sabían nada de cocina,

prácticamente ni romper un huevo, te digo.

-Por ahí no paso, que en esta casa somos de buen comer.

-Di que sí.

Sobre todo, después de haber tenido a Arantxa y a Marcelina.

-Veo que no va a resultar fácil encontrar criada.

En fin,...

consolémonos pensando en que hoy nuestra Cinta debuta en Córdoba,

será un éxito rotundo. -No merece otra cosa.

Pero ya sabes lo caprichoso que puede resultar el público.

Esperemos que caiga en gracia. Que aunque tiene mucho arte,

todavía debe adquirir tablas. -Va por buen camino, Maribelli.

Luego tenía pensado en pasarme a saludar a Felipe

y darle la bienvenida tras su luna de miel.

¿Tú qué tienes planeado?

-He quedado con las señoras a tomar el té.

Supongo que de paso veremos también a Genoveva.

(Llaman)

Deben de ser las otras candidatas que esperaba.

Ah, a quién sí vi ayer fue a tu paisano,

a ese muchacho, a Julio. -¿Ah, sí?

-Me lo encontré al lado del quiosco.

Fue muy amable al ayudarme a recoger unas revistas.

-Ah. Y...

no me comentaste nada anoche. -Se me pasó.

Me resultó un muchacho encantador.

-¿De verdad te lo pareció? ¡Qué alegría saberlo!

-¿Y por qué te alegra tanto? Si puede saberse.

-Mujer, me hace ilusión que los de mi pueblo caigan bien.

-Y tanto que caen bien,

que hasta he pensando en invitarlo a tomar algo.

¿Invitarlo, aquí?

Quiero decir, ¿a la casa, aquí?

¿Con nosotros?

-No, con los vecinos. Pues claro sí,

aquí, con nosotros. Y ahora déjame que abra.

Piense usted que ha habido mucha gente, muchas generaciones

que ha intentado aprender mi grito estudiando durante toda su vida

y no todo el mundo lo ha conseguido.

-Madre mía.

Piense que mi grito no es una cosa sencilla,

está lleno de matices y variantes.

-Jacinto, ¿podríamos ir al grano?

-Como quiera, pero piense que un principio había pensado

en dedicar una parte a contarle con detalle el origen y la historia

del "iepa-iá", pero luego pensé que nos llevaría mucho tiempo.

-No sabes cómo te agradezco que desistieras.

-No, lo he dejao pa el final. -Muy bien.

Atención. Como le iba diciendo,

el "iepa-iá" está lleno de tonos.

De... ¿No toma notas?

-Tranquilo, si esto no lo voy a olvidar.

-Pues atienda, porque tiene que aprender esto.

No es lo mismo hacer un "iepa-iá"

de júbilo, que uno que te hiele la sangre de pena.

Ni tampoco gritar "iepa-iá" enfadado que contento.

-¿No podríamos pasar al "iepa-iá", que hizo callar a mi niño?

-Pero se va a perder lo mejor.

-Intentaré cargar con la condena.

-Está bien.

El grito que calmó a su zagal

es el mismo que gritaba a mis ovejas rebeldes que no dejaban de berrear,

igual que su hijo.

-No me hace gracia que compares a mi hijo con un borrego.

-Un borrego con mucha mala uva, no lo olvide.

Atento, que ahí va.

"¡Iepa-iá!".

¿Eh?

Su turno.

Sin miedo.

-"Iepa-iá!".

-A ver...

Piense que ningún borrego va a tenerle respeto con ese grito.

-"¡Iepa-iá!".

-Mejor, mejor, pero no, ese ha sido aún peor.

Vamos a probar una cosa, don Antoñito.

Ah, imagínese que su hijo es un borrego que se escapa del rebaño...

-Deja de comparar a mi hijo con un borrego.

Hágame caso, inténtelo.

-"¡Iepa-iá!". -No, no, más fuerte.

"¡Iepa-iá!". -"¡Iepa-iá!".

-Coja aquí, coja. -"¡Iepa-iá!".

-"¡Iepa-iá!". -De aquí.

-"¡Iepa-iá!". -"¡Iepa-iá!".

-No, de aquí. "¡Iepa-iá!". -"¡Iepa-iá!".

-"¡Iepa-iá!". -"¡Iepa-iá!".

"¡Iepa-iá!". -¡Ahí!

-"¡Iepa-iá!". -Perfecto.

-Pero bueno, ¿qué estáis haciendo?

Parece que estáis sacrificando a un gorrino, por Dios.

-Yo que sé, Casilda, estoy buscando a mi borrego, que se me ha perdido.

¿Hs visto a tu hermana?

-No, madre, Camino no ha pasado por aquí.

-¿Qué estará tramando?

Ocúpate de todo, voy a ver si está en casa.

Camino, ¿dónde te habías metido?

Madre está muy preocupada.

Anoche llegaste a casa tardísimo y hoy has salido al alba,

llevas todo el día desaparecida. -Y así va a ser esta tarde.

He venido a por algo de dinero y me vuelvo a marchar.

-De eso nada, está a punto de empezar el turno de comidas.

-Me importa un comino el turno de comidas

y el restaurante.

-Mis prioridades ahora son otras.

Lo sé, y eso es lo que más me preocupa.

-Ya, ya lo veo, y eso es lo que más me preocupa.

-Ya sé quién denunció a Maite.

Se trata de una lavandera que vive en las afueras.

-¿Y estás tratando de localizarla?

-Esta mañana he estado en su casa, pero no había nadie.

Me han comentado que frecuenta unos lavaderos.

¿Por qué tamaña urgencia en encontrarla, Camino?

-Está bien claro, Emilio,

necesito saber qué se esconde tras esa denuncia.

Estoy convencida de que ha actuado bajo las órdenes de otra persona.

-¿De quién?

-¿No lo adivinas?

Nuestra madre.

Camino, me niego a creer que nuestra madre está detrás de esto.

-¿Por qué?

Es muy capaz de hacerlo, y lo sabes.

Deberías mantenerte al margen,

solo conseguirás empeorar las cosas.

No puedo, Emilio. ¿Por qué no me entiendes?

Si estuvieras en mi situación,

¿tú te quedarías de brazos cruzados sin ayudar a Cinta?

-No compares, no es igual. -No, claro.

Es exactamente lo mismo.

-¿No voy a hacerte cambiar de opinión?

-Empiezas a comprenderlo.

-Déjame entonces que vaya contigo a buscar a esa lavandera.

-¿Vas a ayudarme?

-Solo para demostrarte que estás equivocada,

que nuestra madre no está detrás de la denuncia.

-Ya veremos quién tiene razón.

-Eso sí, ahora no puede marcharme,

cuando acabe, buscaré una excusa para ir contigo.

-Gracias.

(SUSPIRA)

A los buenos días, señá Carmen.

-Buenas, Casilda, ¿qué te trae por aquí, qué necesitas?

-Na, en realidad na, tan solo quería saber cómo está Marcia.

-Ahora no está en la tienda,

la he mandado a entregar unos pedidos.

Pero puedo adelantarte que sigue igual de tristona y preocupada.

-Pobrecilla, vaya mal trago.

¿Qué habrá pasao entre ella y Santiago?

Si parecían tan felices.

-No sé decirte,

ahora, de lo que no queda duda es de que tiene que ser algo de enjundia.

Lo que no comprendo es que sea ella la ofendida,

sobre todo, teniendo en cuenta lo que sucedió en la boda.

-Sus razones tendrá, señá Carmen.

Marcia es una mujer de ley y más buena que el pan,

si ha reaccionado así, será por algo.

-Ya.

Esperemos que el regreso de Felipe de su viaje

no termine de complicarlo todo.

-Diga uste que sí, que no ganamos pa disgustos.

-Qué frío.

Buenas.

Carmen, párteme un poco de ese jamón tan rico

que tienes para cenar hoy.

Mientras no tengamos cocinera, no nos queda otra.

-No se queje, que tampoco es mala cena.

-Desde luego.

¿Qué me cuentas del niño de Lolita, cómo está la criatura?

-Está hecho un angelito,

sobre todo cuando duerme.

Lástima que sean tan pocas horas.

-¿Sigue llorando como un descosío?

¿Qué si llora? A todas horas.

¡A todas horas! Ese niño tiene unos pulmones admirables.

Los padres están tan desesperados,

que Antoñito está aprendiendo el grito de Jacinto

para tratar de calmarlo.

-Arrea, ahora me explico por qué oí tantos gritos en el altillo.

-Lo que hay que oír,

¿van a callar al niño con los gritos borregueros del portero?

-Mire, Bellita,

a mí, mientras funcione, me parece divinamente.

-Esa no es manera de calmar a un niño.

¿No será mejor hacerlo con una bonita nana

o una voz melodiosa?

Me alegra verle, don Ramón,

precisamente iba a pasarme por su casa.

Siéntese. -Gracias.

Le aseguro que estamos mucho mejor aquí.

En mi casa los llantos de mi nieto atruenan a cada momento.

-Ya veo por su rostro que no ha dormido mucho.

-Ni mucho ni poco, no he dormido nada.

Mi nieto se empeña en que recordemos su presencia

en cada instante del día.

-La llegada de un niño siempre es motivo de alegría,

pero también de lloros y pañales.

-Esa es una gran verdad. (BOSTEZA)

Discúlpeme.

Felipe, pronto lo comprobará en primera persona.

Por cierto, ¿le ha podido ver ya?

Yo no he ido a visitarle. -Sí, le vi un momento.

Tenía buen aspecto.

-Estoy inquieto por él,

espero que la separación de Marcia y Santiago

no afecte a su recién matrimonio.

-Sí, sí.

-Le encuentro algo mohíno, estimado amigo.

¿Está usted preocupado por el cierre de la galería?

-Lee en mí como en un libro abierto.

Sí, pero no me preocupa tanto el dinero

sino... que todo este escándalo pueda salpicarme.

-Ha sido una sorpresa para todos.

¿Sabe si Susana y don Armando están al tanto de lo sucedido?

-No, que yo sepa, pero tenían previsto venir dentro de muy poco.

No saben el disgusto que les aguarda.

-¿Sabe, Liberto?

A raíz de la detención de Maite,

he recordado aquella conversación que tuvimos

sobre dos caballeros del Ateneo que se amaban, ¿lo recuerda?

-(ASIENTE)

Se refería a la pintora, ¿no es así?

-Así es. Sí.

Estaba al tanto de sus inclinaciones.

Por ello me siento tan responsable de todo.

-No tiene porqué,

nada ha tenido usted que ver en su detención.

-¿O no es así?

¿No habrá sido usted quién la ha denunciado?

-En absoluto.

Piense lo que piense, yo jamás actuaría así.

-Entonces, su preocupación viene porque sabe más cosas

de este turbio asunto.

-Eh... -Perdone mi pregunta.

No quiero inmiscuirme en lo que no debo,

todo lo concerniente a este tema es extremadamente delicado.

-Se lo agradezco.

-Discúlpeme. -No se preocupe.

¿Quiere un café? -Sí, me vendrá bien.

El hotel era una absoluta maravilla.

Paseábamos por bucólicos parajes por el día,

para reponer fuerzas cenando frente a la chimenea.

Nuestro matrimonio no ha podido comenzar de mejor forma.

Cuanto me alegra escucharlo.

-Y eso que lo que sucedió durante la ceremonia

no presagiaba nada bueno,

ya sabe, el desmayo de Marcia en medio de la iglesia.

Pobrecilla,

ni Felipe ni yo se lo tenemos en cuenta.

Ha perdido la cabeza, está obsesionada con mi esposo.

Eso parece.

Por lo que he sabido, ha abandonado la pensión

y a su marido para instalarse en el altillo.

¿Estaba usted al tanto?

No.

Y aquí, ¿qué novedades ha habido?

He oído que su esposo ha tenido que cerrar la exposición

a raíz de la detención de Maite.

Sí, tanto a Liberto como a mí, nos avergüenza sobremanera

haber expuesto la obra de esa depravada.

Pero bueno, lo importante es que hemos rectificado a tiempo.

Doña Felicia,

siéntese con nosotras, estábamos poniendo al día.

¿Qué tal está su hija Camino,

sigue viéndose con ese muchacho, Ildefonso?

-Han roto relaciones. Ya sabe cómo son los jóvenes.

Vaya.

Y hablando de novedades, ya sabrá que Cinta actúa hoy en Córdoba.

-Sí, estamos muy orgullosos.

Ha iniciado gira por toda Andalucía.

(Llanto de bebé)

¿Qué es eso?

-Es el hijo de Lolita, que viene anunciando su llegada.

(Llanto de bebé)

-Uy.

Buenos días, Lolita.

(Llanto de bebé)

¿Este es el famoso llorón?

El mismo, ya ve que hace honor a su fama.

-Es igual que Antoñito.

-Parece que está dispuesto a dar la misma guerra.

(RÍEN)

-Genoveva, ¿qué tal su viaje?

Ay, estupendamente.

Les estaba contando a las señoras lo feliz que soy

desde que luzco esta alianza.

-Qué bonito es. -Sí.

(Llanto de bebé)

-No para, no para.

(Llanto de bebé)

(BALBUCEA)

Parece que se ha dormido.

-¿Eh?

-Que parece que se ha dormido, cariño.

-No lo digas muy alto a ver si...

solo está disimulando para luego gritar con más fuerza.

-¿Tu padre y Carmen dónde estarán?

Me extraña que no hayan llegado.

-Creo que se han ido a un hotel a pegar una cabezada.

No, mi padre iba al Ateneo

y Carmen creo que se quedaba en la tienda para ayudar a Marica.

-Hace bien, pobre Marcia.

¿Qué habrá pasao pa que abandone a su marido y se vaya al altillo?

-Al parecer, ni ella ni Santiago han dicho palabra al respecto.

-No, no, no, no, no, no.

No.

Para, para. -(ESTORNUDA)

¡Maldita sea tu estampa!

Se suele decir Jesús, cariño.

-Que Jesús nos ampare,

que con semejante estornudo se habrá despertado el niño.

(Llanto de bebé)

¡Con lo que me había costao dormirle!

(Llanto de bebé)

Qué caro va a salirme ese estornudo.

(SUSPIRA)

(Llanto de bebé)

-Ea, ea, ea, ea.

Agradécele a tu padre que te haya despertado.

-No pasa nada, yo voy a practicar lo que me ha enseñado Jacinto.

¡"Iepa- iá"!

¡"Iepa-iá"!

No funciona.

-Al contrario, yo creo que berrea con más fuerza.

¿Pa ese berrío has pasao la mañana en el altillo?

(Llaman)

¿Quién será ahora?

-Quizás sean los vecinos, para quejarse del escándalo.

-Cariño, ya sabemos que lloras muy bien,

pero no hace falta que lo sigas demostrando.

Ea, ea, ea.

(Se cierra la puerta)

Lolita, hija, que como te vi tan apurada, venía a interesarme por ti.

Y por el rorro. -Agradecía.

Sí, muy amable, Bellita.

Aunque no lo parezca ahora mismo, estamos muy felices con el niño.

-Ya había oído que el niño llora mucho.

-No la han engañao.

-También me han dicho

que pretendéis calmarlo con el grito borreguero de Jacinto.

-Así sería si Antoñito se lo hubiese aprendido bien

o hubiera prestado atención.

-¿Y os parece apropiado?

Dejadme a mí, que no hay nada como una bonita nana.

# A la nanita nana

# nanita ella, mi niño tiene sueño,

# bendito sea, bendito sea.

# fuentecita que corre...

-Bellita, Bellita.

...# clara y sonora...

# Ruiseñor que en el campo... #

-No es por molestarla, pero como siga cantando,

nos va a dejar sordos.

-Yo creo que la criatura no aprecia su arte.

Él es más de ¡"iepa-iá"!

¡"Iepa-iá"!

No me sale bien.

(Llanto de bebé)

Dale con más brillo, hombre.

Cuando yo era portero, los cristales se reflejaban que parecían espejos.

-Pues na, si tan bien se le da, por mí no se corte, dele.

-No te pongas bravo, que solamente intentaba ayudar.

-Si viene a darme clases, ahórrese el viaje.

-Y yo sin gafas.

¿Sabes algo de Cesáreo? No le he visto desde esta mañana.

-Yo tampoco, Servando.

-Eso me preocupa, tamaña ausencia.

Lo mismo se ha quedao sin trabajo porque han ocupado su plaza.

-No se ponga en lo peor.

Lo mismo lo ha solucionado y está celebrando.

-Eso me disgustaría más, precisamente,

que lo estuviera celebrando y no nos convide.

-A quién... Servando. -¿Qué?

A quien sí que he visto es a don Jose y al tal Julio

paseando por la tarde.

-No me digas.

-Sí, como lo oye.

-Sigue, sigue.

-Al parecer,

están haciendo buenas migas.

-Si es que la sangre tira mucho.

-Lo que no entiendo es por qué no le ha contao na a doña Bellita.

La mujer está en su derecho de saber la verdad sobre Julio.

-¿Y cuál es esa verdad, si puede saberse?

-(BALBUCEAN)

-A ver, ¿qué es eso que tengo que saber yo sobre el tal Julio?

No esperaba que madre nos diera permiso para salir juntos.

Has tenido muy buena idea al decirle que me acompañabas a pasear,

que necesitaba que me diera el aire.

-Me sabe mal engañarla,

pero no había otro remedio.

Si se entera de que te ayudo, se pondría hecha una hidra.

-¿Cuál de esas mujeres habrá denunciado a Maite?

-Templa, Camino, no sabemos si está aquí.

Si está, te aseguro que va a contar todo lo que sabe.

-Te ayudo con la condición de que no montes un escándalo.

-No me importa montarla con tal de ayudar a Maite.

-Al contrario, podrías perjudicarla.

-Debo averiguar quién la ha denunciado.

Aunque ya sabes que tengo mis sospechas.

-Deja de acusar a madre.

Ahora necesitamos ser discretos,

es la única manera de averiguar la verdad, ¿entendido?

-Sí, trataré de contenerme.

-Eso espero.

Aguar aquí.

Ahora vuelvo.

Buenas.

Discúlpenme,

estoy buscando a Concha López, ¿la conocen?

¿No? De acuerdo, muchas gracias.

Perdonen.

Discúlpenme un momento.

Me han dicho que por aquí podría encontrar a Concha López,

¿saben quién es o pueden decirme de alguien que...?

Muchas gracias.

-Espere.

-Disculpe.

-¿No me oye? Le he dicho que pare.

¡Espere!

-Quita, o te doy una tanda de repelones.

-Pero ¿qué ocurre?

-Es ella, Emilio, ella es Concha López.

-¿Te lo ha dicho ella? -No ha hecho falta.

Intentó escapar cuando vio que preguntabas por ella.

Y si no lo es, seguro que sabe algo, no podemos dejar que se vaya.

-Aguarde un momento, por favor.

Necesitamos que nos dé razón de Concha López.

-¿Y qué pasa si yo soy Concha López?

(Suenan las campanas)

Buenas tardes. ¿Es usted el comisario Méndez?

-Y supongo que usted es el padre Anrubia,

la persona que me ha citado con tanto secreto.

-Disculpe la urgencia,

pero acabo de llegar a la ciudad y precisaba hablar con usted.

-Aquí me tiene, ya puede decirme sobre lo que quería hablar.

-Acompáñeme, por favor.

Se trata de...

Úrsula Dicenta.

-¿Acaso puede aportar algo a la investigación sobre su muerte?

-Así es.

Estoy en posesión de la pista definitiva

que le ayudará a dar con su asesino.

Usted denunció a Maite, ¿por qué lo hizo?

-Tranquilízate, déjame a mí.

¿Quién le empujó a hacerlo?

¡¿Cuánto le pagaron por hacer tal fechoría?!

-A mí nadie me ha dao na.

Yo seré pobre, pero decente.

-Embustera. Seguro que ni siquiera conoce a Maite.

-Más me valdría no conocerla, esa mujer es una depravá.

Intentó engañar a mi niña. -¿La pintora?

-La mismísima, que engatusa a las niñas con sus chuminás de París.

-Se ha encontrado con Felipe, hace un rato le vi.

-Esperemos que la separación de Marcia y Santiago

no le afecte.

-Don Felipe no es un niño caprichoso,

sabrá mantenerse donde le corresponde.

-O eso o aquí se lía la de san Quintín.

Pronto se han olvidao de que este hombre ha dejado plantá a Arantxa

en un caserío.

-Nos hemos separado de mutuo acuerdo.

-¿"De mutuo acuerdo"?

-Por no decir: si te he visto no me acuerdo.

-No saben de lo que hablan.

Vivir en un caserío es muy aburrido, y por no hablar de la familia.

-Y como me aburro, cojo el petate y me voy, ¿verdad?

-No es así, fue Arantxa la que me animó a irme.

-No veo que le haya costado marcharse.

-Eso.

Antoñito, corre al 38 y avisa a Jacinto pa que venga, va.

-¿A estas horas? -Sí.

Tú dirás, o te aprendes el grito borreguero

o hay que ponerle una cama al portero.

-De cama al portero nada, habrá otra solución.

-Sí, dejarle llorar hasta los cuatros años

y volvernos todos locos.

-Antonio, vamos a buscar ahora mismo a Jacinto,

porque yo ya no aguanto más estos gritos.

-Tira, tira.

Don Liberto, ¿ha pasado algo?

-Tengo algo importante que contarle.

Antes dejé una carpeta en la mesa y ya no está.

Agustina, haga memoria.

Cuando limpió el despacho, ¿cogió algún papel, alguna carpeta?

No sé, señora, no recuerdo haber cogido nada.

"Iepa-ya".

-A ver.

-"Iepa-ya".

-"Iepa-yá".

-Camino, vámonos antes de que se haga tarde.

-¿Adónde? -A por los manteles.

¿Te has olvidado?

Cada vez pierde más la cabeza.

Ha sido un olvido de Agustina, no hagamos leña del árbol caído.

Esos papeles son importantes,

¿qué hubiera pasado si no los hubieras encontrado?

Nada, tú mismo lo habrías hecho tarde o temprano.

La caja estaba junto a la puerta.

Con papeles para tirar. Menos mal que nadie la ha bajado.

Deberías plantearte si merece la pena seguir manteniéndola en casa.

(RESOPLA) Reconozco que está perdiendo facultades.

Pero me cuesta despedirla,

lleva años trabajando a mi servicio.

Haz lo que te digo. No vamos a por los manteles.

-¿Cómo? -Calla y sígueme.

O me cuentan ahora mismo qué pasa con ese Julio

o se lo pregunto yo misma.

-Igual esto que le vamos a contar no le gusta mucho.

-¡Déjese de requiebros y desembuche!

-Eh...

Pues...

En realidad es... -Es, es...

Es, es... -Soy el padre Anrubia, el sacerdote

del convento donde Úrsula profesaba novicia.

-Intuyo que Úrsula se confesó con usted.

-En cuanto he sabido de su muerte,

han vuelto a mi cabeza aquellas terribles palabras.

-El asesinato de Úrsula tuvo lugar hace un mes,

¿por qué acude ahora a contármelo?

-He estado fuera todo este tiempo,

el mismo día de los hechos partí con mi orden al Vaticano,

donde el santo padre nos recibió en una audiencia privada,

entenderá que no he tenido acceso a los diarios españoles.

Acacias 38 - Capítulo 1199

12 feb 2020

La serie, ambientada a principios del siglo XX, está situada en una calle, Acacias, y nos muestra el devenir de sus habitantes.

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