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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1198 - ver ahora
Transcripción completa

-Piénsatelo.

Por favor, dime que te lo vas a pensar.

Olvidaremos...

y haremos lo que tú quieras.

Nada se nos ha perdido aquí, ni a ti ni a mí.

-Nada se me ha perdido a mí en ninguna parte, y menos contigo.

-Está casado, Marcia, por no hablar de que es un señorito.

-Un señorito que tiene más dignidad que tú, vamos, tiene dignidad.

-Espera que regrese de su luna de miel a ver si te escoge a ti.

-¡Más de lo que he sido en tus manos y las de Genoveva!

-Ya sabes lo que quiero decir.

Vámonos, Marcia.

Vámonos. En un tiempo, todo esto no será sino un mal sueño.

-Es que no era un mal sueño,...

hasta que tú y Genoveva lo convertisteis en una pesadilla.

-Fue Andrade quien me trajo,...

pero esto ya no importa, ni Andrade ni Genoveva, he cambiado, Marcia,

lo has visto, ya no soy el que era.

Cambié al conocerte, al vivir contigo.

Te lo he dicho y te lo repito:

te quiero.

Te quiero.

-Esta farsa ya se terminó.

Métete esto en la cabeza de una vez:

yo jamás,... y escúchame bien,...

jamás volveré a ser tuya.

-¿Te fías de un esclavista, un negrero,

¡un traficante de mujeres, y no te fías de mí?!

Es que no lo entiendo.

¿Qué hizo Andrade para que su palabra tenga tanto valor?

-Hizo muchas cosas malas,... pero una buena:

me abrió los ojos sobre ti.

Ya no hay vuelta atrás, Santiago.

Se acabó.

Vete.

¡Vete!

-(LLORA)

(Sintonía de "Acacias 38")

Sí. Deme un momentito, por favor.

Me va a salir artritis de tanto esperar.

Nada, dile a ese agonías que te lo pensarás.

Padre, me van a llamar Aristóteles de tanto pensar,

al final...

-Ea, se acabó.

Tira para delante, hija.

¿Sí?

Caballero, que sí, que sí, que nos vamos de gira.

Me alegro que usted también se alegre.

¿Los detalles?

Sí, le llamo más tarde para darle todos los detalles.

Todos complacidos, entonces. Muchas gracias.

Con Dios.

¡Uy, madre! Muchísimas gracias, de verdad.

Chiquilla, no me achuches tanto que me va a dar otro soponcio.

No sé cómo agradecérselo.

Les escribiré todos los días, les llamaré,

no sé, lo que ustedes... Tú marcha tranquila, canelita,...

y no te preocupes por nosotros, estaremos bien.

A tu madre la tendré como oro en paño.

-Ea, a pencar,

que si vas a hacer esa gira, habrá que llenar maletas,

no sabes dónde te has metido, chiquilla.

-¿Qué hacía en el estudio cuando fuimos a detenerla?

-Con el debido respeto, ya se lo dije:

fui a tomar mi clase de pintura como tantos otros días.

-Si doña Maite no estaba en el estudio,

¿cómo entró usted?

¿Tenía la confianza suficiente como para que le hubiera dado las llaves?

-No, estaba la puerta abierta.

-Al ver que su maestra no estaba allí, lo discreto hubiera sido

que se hubiera dado media vuelta y saliera por donde vino.

-Precisamente, porque la puerta estaba abierta,

pensé que la había dejado así para mí,

que había salido a hacer un recado de poca monta y enseguida volvería.

-Ya.

Y entonces llegamos nosotros.

-Sí, dándome un buen susto, por comentar.

-¿No vio usted nada...

raro?

-Raro ¿cómo qué?

-No sé,... raro, cosas de...

persona rara.

-Bueno, Maite es una artista,

puede que lo que usted considere raro,

no lo sea para ella, o para mí.

-Le tenía usted aprecio. No hay más que escucharla.

-Mi hija no hace migas con cualquiera,

es una muchacha muy retraída.

-Maite se ganó mi aprecio a pulso, señor comisario.

-Verá, señorita,...

me estoy esforzando por no ser crudo en mis preguntas,

pero tengo que hacerlas.

¿Notó usted alguna conducta... digamos que...

extraña en las ocasiones en las que estuvo a solas con ella?

-No le entiendo.

-En la intimidad, cuando se quedaban a solas ustedes dos.

¿Tuvo la señorita Zaldúa alguna conducta impropia?

-¿Qué considera usted impropio? -Perdón, señor comisario,

mi hija no sabe de esas cosas.

-Todo el mundo sabe de esas cosas, señora.

¿No ha leído los panfletos que lanzan los anarquistas?

-¿Yo?

-Los lanzan en cada esquina y en las puertas de las iglesias.

-Son ilegales.

-Como el tabaco de contrabando,

y todo el mundo lo fuma.

El amor libre es la consigna de esos alborotadores.

-Lo tenía que decir usted con todas las letras.

Madre del amor hermoso. -En fin, señorita, al grano,

¿hubo algo que le hiciera sospechar a usted que su maestra, doña Maite,

se interesaba por las muchachas jóvenes?

-Comisario, mi hija solo quería pintar.

-No he dicho yo lo contrario.

-Como usted comprenderá, yo estaba al tanto

de sus idas y venidas a clase.

Nunca hubo una distracción, siempre cumplió con el horario.

Iba, daba su clase... y volvía al restaurante a trabajar.

-Señorita Pasamar, ¿cómo era su relación con doña Maite?

-Por favor, ya le he dicho que mi hija no tiene nada que ver

con ese sórdido asunto.

Además, ya ha visto que le ha contestado amablemente

sobre los hechos,...

lo demás son especulaciones,... y muy sucias.

-Muy bien.

Gracias por su colaboración.

Buenas tardes.

-Con Dios. -Con Dios.

-Necesito tomar el aire.

-Madre te ha librado de un buen enredo.

Lo que haces está penado.

-Como el tabaco, ya lo he escuchado.

-Camino, no seas injusta.

-Nada de esto hubiera pasado si ella no se hubiera metido.

No tengo nada que agradecerle.

(Risa)

-Ahí lo llevas.

-Venga, a recoger, que ya está la cena.

-Me tengo que llevar las 10 últimas.

-Servando, a que le castigo 10 noches sin cenar.

-Oiga, oiga, ese guiso huele mejor que yo cuando me baño.

-Patatas a la riojana, pero sin chorizo.

-¿Cómo puede ser a la riojana sin chorizo?

-Con pimentón, ¿a que lleva? -A espuertas.

-¿Lo ve? A la riojana, pero sin chorizo.

-Cocinao con mucho cariño pa mi marío,

el mejor partero aficionao desde san José.

-Portero y partero,...

pero tampoco tiene mucho mérito.

Lo único que incomoda es la mujer, que se pone nerviosa para parir.

Las ovejas tienen más temple y paren como conejas,

que tienen aún más temple.

-La que estará nerviosa de verdad será doña Genoveva.

-Ni que fuera su primera luna de miel.

-Eso es como montar en velocípedo, que no se olvida nunca.

-Y da gustirrinín, y risa.

-Pa chasco que sí.

Y ahora, como están en el monte, se pue reír to lo que quiera,

que nadie la va a escuchar.

-Pero prima, habrá servicio en el hotel.

-Esos no cuentan.

Han tenío suerte, sí, que si llegan a ir a San Sebastián,

allí son de empirigotaos...

Se cambian de traje hasta pa meterse en el mar.

-Ahora entiendo lo de "traje de baño".

-Bueno, va, ¿y cuándo vuelven doña Genoveva y el abogao?

-Mañana, según doña Rosina.

-Sí, según ella, que no arranca las hojas del almanaque por no gastar.

-Servando, vuelven mañana.

Y miedo me da.

-Por Marcia y don Felipe, claro.

-Por Marcia, don Felipe y sus correspondientes,

que siempre he dicho yo que no hay que meter cuchara en plato ajeno.

-¿Usted? Pero si usted rebaña del plato de tos.

-¿Y cómo está Marcia?

-Bien, lo que se dice bien, esta mañana no estaba.

(Se abre una puerta)

-Buenas noches.

-Marcia, ¿qué ha pasao?

-¿Puedo dormir hoy aquí arriba?

-Marcia, ese... ese es un paso muy largo y...

casi mejor que nos cuentes qué te ha pasado y nosotros te aconsejamos

mejor que un cura, mujer.

-No quiero hablar, Servando, perdóneme.

Solo necesito un techo, nada más. -Antes era la seña Fabiana

quien asignaba habitaciones, ahora...

-Es igual que no esté la seña Fabiana ni la seña Agustina.

Marcia dormirá en mi cuarto. No te angusties.

Venga, vamos, dame esto.

(BALBUCEA)

(Llantos de bebé)

-No, otra vez no.

-Calla, Carmen, calla, es un sueño. -¿Qué hace?

(BALBUCEA)

-Camino.

¿Qué haces aquí?

-Perdone que le moleste,... ¿puedo pasar?

-Sí, claro,... adelante.

-Gracias.

-Siéntate. -No, no se preocupe,

será solo un momento, tengo que volver al restaurante.

-Tú dirás.

-Verá, me... preguntaba si...

si había hablado con el abogado de Maite, si hay novedades.

-No. Lo siento.

Pero no te preocupes, si llega algo a mis oídos,

serás la primera en saberlo. También tengo que decirte

que no me parece muy prudente que te presentes en mi casa para preguntar.

Se supone que nadie debe saber de esto, y mucho menos mi esposa.

Lo entiendes, ¿no?

Esto... podría traerme serios problemas domésticos y sociales.

-Ella no está aquí ahora, ¿verdad?

-No, por suerte no.

Ayer sí que estuvo enclaustrada en casa todo el día,

pero hoy ha reunido fuerzas y ha ido a hacer una visita,

pero todavía sigue muy afectada.

-Siento mucho causarle problemas, pero le aseguro que soy una tumba.

-Se agradece.

-¿Le importa que nos sentemos?

-Claro.

-Según tengo entendido, Maite está a la espera de juicio

y antes de que este se celebre, el juez tiene que llamar

a los denunciantes, ¿es así? -Sí, hay que ratificar

la denuncia ante el juez, es el procedimiento, ¿no?

-Cuando acudan al tribunal,...

¿me podría decir quién o quiénes la han denunciado?

-¿Y eso qué más da? Ya ha sido admitida a trámite.

-Todavía hay posibilidades de que el juez no quede convencido.

-Siento decirte que no lo creo.

Verás, el juzgado de primera instancia ha estudiado el escrito

y lo ha considerado plausible.

-Es falsa, no hay testigos que tengan la certeza

de los cargos de los que se le acusa.

-No lo sé. -Pero yo sí,

y sé que podría conseguir que se retractaran de ellos

si supiera su identidad. -Camino, te voy a ser muy sincero:

yo no sé si en algún momento voy a conocer su identidad,

pero te aseguro que si lo averiguo, jamás te lo voy a decir.

-¿Por qué?

-Muy sencillo:

no quiero comprometerte más de lo que ya lo estás,

y tampoco quiero comprometerme a mí.

Podrían acusarme de cualquier cosa, incluso de complicidad.

Camino, están los ánimos muy alterados.

Recuerda cómo se puso tu hermano cuando se enteró que te acompañé

a comisaría para que la vieras.

-Me haría un gran favor. -O no.

¿Quieres un consejo?

Mantente al margen.

-No lo entiende.

No puedo.

-Y yo no puedo hacer nada más.

Si me disculpas,...

Rosina puede aparecer en cualquier momento.

Lo siento.

-Con Dios.

-Con Dios.

(Llanto de bebé)

-No he pegao las pestañas en toa la noche.

Eso no me pasaba a mí ni en las fiestas de la Candelaria,

que cada mozo lleva tres bombos pa no quedarse sin música,

mientras les den estacazos.

-Ya tienen que hacer ruido. -Ya, pero menos que este solista,

aunque ni su padre ni sus abuelos han pegao ojo tampoco.

Y me extraña que alguien en el barrio, en la ciudad,

incluso ustedes.

-Tienes que estar reventada. -Partía, como los bombos.

¿Y Antoñito no te ha ayudado? Sí, sí me ayuda,

pero ahora lo está pagando.

Está en su habitación.

-A ver si va a estar malita la criatura.

-Que no, si Antoñito ya ha traído al médico, pero dice que no le pasa na,

y yo no me quiero preocupar, aunque sea pa hacerle caso a la eminencia.

-Pues este no, ¿eh?

Y no tiene mala voz, que yo de eso sé un poco,

así que cuando puedas, ponlo a estudiar solfeo.

¡Madre!

-No pasa na, yo también hago chiste aunque no los diga ahora.

-Confiemos en el doctor, chiquilla.

Ahora nos perdonarás, Lolita, pero tenemos que irnos.

Uy...

Sí, es que salgo hoy mismo de gira.

Vamos a recorrer todas las ciudades de Andalucía.

Anda, enhorabuena.

-Sí, seguro que tienes mucho éxito. -Eso no hace falta ni decirlo,

que de casta le viene al galgo. -Gracias.

-Y ten cuidado, ¿eh?

Ten cuidado con los hombres, bueno, cuidado en general.

-No va sola, ¿qué se piensa usted?

No, si me han buscado una carabina y todo.

Una amiga de la familia, que no la dejará sola ni a sol ni a sombra.

-Me parece muy atinado. -Sí, como una piedra en el ojo,

¿verdad, Cinta? -Eso, tú dale aire.

-Yo ya no digo esta boca es mía.

¿Y por qué no se quedan una miaja y repasamos el barrio?

Pasemos al salón, que estamos más cómodas, venga.

Cariño, ya, míralas, míralas.

Míralas, míralas, míralas. Venga, venga, venga, venga.

(Llanto bebé)

-Hale. Ahora te pongo unas sábanas limpias en la cama.

Ya verás como esta noche vas a dormir como un lirón.

Además, estás de suerte,...

la almohada de la seña Arantxa no tiene muchas chinches.

Bueno,...

¿me vas a contar qué ha sucedío con Santiago?

-Nada, Casilda.

-Nada no, que hemos tenío que tirar de la almohada de la seña Arantxa.

¿Es porque apareciste en la boda de don Felipe?

Porque apareciste y porque te desmayaste,

pa tener el cuadro completo.

-Amiga,...

no tengo ánimos para hablar, se ha portado muy mal conmigo,

muy mal.

-¿Y pa tener el cuadro completo?

-Casilda, me ha defraudado. No voy a decir nada más.

-Está bien,...

no te preocupes, ya me lo contarás cuando te venga de dentro.

Voy a coger las sábanas.

Te las pongo y enseguida me bajo, que doña Rosina estará buena.

-Como siempre, ¿no?

-No, como siempre no, peor.

Se ha tomao a la tremenda el asunto de la pintora

y en esa casa los disgustos los pago yo,

con intereses. -¿Qué es lo de la pintora?

-Ya te lo contaré con pelos y señales.

(Llaman a la puerta)

-¿Podemos hablar?

No permitiré que mi mujer... viva aquí.

-No soy tu mujer,... ni pienso volver contigo.

-Te puedes quedar con la habitación de la pensión,

yo me buscaré algo.

-No quiero que me ayudes.

No la necesito. -No te estoy pidiendo

nada a cambio. -Me da igual.

¿Qué quieres, que esté agradecida por tu sacrificio?

Pues no lo estoy, ni lo voy a estar.

Solamente verte me pone enferma.

Aquí estoy entre amigos, que es lo que necesito.

Vete.

¡Vete!

-Ya, ya, ya. Pasen, pasen, acomódense.

(Llantos de bebé)

Bueno, Rosina, cuéntenos: ¿cómo va el enredo de su amiga la pintora?

-No, no, no. -Ni ha sido ni es mi amiga,

si acaso inquilina, bueno, de mi marido.

Estamos disgustadísimos.

¿Quién podría haberse imaginado algo así?

Solo espero que sobre esa mujer caiga todo el peso de la ley.

-Siento mucho que todo haya salido así.

-Mire, doña Rosina, usted no le dé más vueltas.

Yo me acuerdo el Venancio, cuando se subía a un taburete,...

Lolita, Lolita, lo hemos entendido, ¿eh?

Pero si no les he dicho que se puso enfrente de una vaca rubia,

de una vaca rubia pa cogerle... Lo entendemos, lo entendemos.

-Sé que me entienden, pero no pueden hacerse cargo

de mi profundo bochorno. Ayer no quería salir ni de casa.

-Buenas. Señoras y señorita.

Ya he encargado los tapones en la botica, para próximas visitas.

Pero si es una ricura, mire qué cosa más chiquitita.

Sí, y la madre también es una ricura y me deja dormir por las noches.

Bueno, a veces.

-Si empezamos a quejarnos... -Me quejaré

mientras me queden fuerzas, Maritornes.

-Toma. Un poquito con el papá, hala.

Ahí, ahí. Ya te lo he dicho una docena de veces, cariño.

Todos los machos por parte de padre, hasta los cuatro años llorando.

-Eh, eh, eh, ¿cómo que llorando hasta los cuatro años?

-Amor mío, ya te lo había dicho, no me escuchas.

-No, me habías dicho que lloraban, pero no que era un concurso

de resistencia. Espero haberme quedado sordo antes.

Déjame, que a mí me gusta así. Ya, ya, mi amor, ya.

Mi amor.

(Llantos de bebé)

-Por Moncho, por mi nieto.

-Eso es, por mi hijo. -Por Moncho.

-Por Moncho. -Sentémonos, amigos.

No se puede decir que haya sido un alumbramiento muy plácido,

pero sí muy esperado.

-Hombre, como que nos dio plantón tres o cuatro veces.

-No, si ya me contó Jacinto, ya, pero me dio un relato

tan pormenorizado del asunto, que tuve que dejarle

con la palabra en la boca porque me mareaba.

-Si no hubiera sido por Jacinto... -Que Dios se lo pague.

-Págueselo usted, que está más a mano.

-Sí que habrá que darle una recompensa, hijo.

-Habrá que hacerlo. Yo me encargo.

Es tan maravilloso ser padre, no sé,...

Es tan bonito simplemente quedarte así mirándolo.

-Mirándolo, sí,

ahora escuchándolo...

Porque el niño ha salido un poco llorón.

-Y es solo el principio, que Lolita me ha dicho que puede estar así

hasta cuatro años. -Anda la osa,

como las olimpiadas esas.

-Ya verás que con el tiempo echas de menos los llantos infantiles.

-Sí, sí, seguro que sí.

-Hablo en serio,

aun se me hace un nudo en la garganta cuando me acuerdo

de los llantos de Milagros. -¿Mi hermanita?

Pero si era una santa, lloraba menos que Agustina de Aragón.

-Nosotros ya no podemos tener descendencia,

pero por cómo me lo están poniendo, no sé si alegrarme.

-Don José, ¿está listo?

-Cómo no. Bueno, me marcho,

que Cinta sale enseguida y tenemos que despedirnos.

-Yo voy a acompañarla a la estación.

-Sí, hombre, sí. Nadie te lo va a impedir.

-Con Dios. -Con Dios, don José.

-Con Dios. Vamos, tira.

-¿Será cierto lo que cuentan de Zaldúa?

-Con una jovencita.

-Me temo que sí. -Quién nos lo hubiera dicho.

-A ver, tan extravagante y tan bohemia...

-Tenía sus propias ideas, sí, pero...

-Y tiene, que no se ha muerto.

-Socialmente no sabría qué decirle, Liberto.

-No se imaginan cómo se lo ha tomado Rosina.

-Sí, nos lo imaginamos, Rosina se toma a la tremenda

hasta el agujero de las rosquillas.

-Lo siento, Liberto, y también por la galería.

-Solo espero que todo esto se aclare y no llegue la sangre al río.

-A ver, si demuestran que lo ha hecho,

no se va a ir de rositas. -No,

de rositas seguro que no, eso ya se lo digo yo.

-Ay.

Ay, hija mía.

Te veo y me tintinean hasta los anillos.

¿Qué te recuerda, José?

-El chucuchú del tren. -A mí, atontado,

a nosotros, con 200 años menos.

-Que sí, mujer, si era una broma.

-¿Solo llevas esa maleta? -Sí, el baúl con el vestuario

lo enviamos en el mercancías.

-Ah, mejor que mejor, así podemos coger el tranvía.

-Ten cuidado, Cinta, porque si es así de roñoso ya de novio.

Me gusta el tranvía.

No te subas al tren sin buscar a doña Dolores, ¿eh?

No sé si la voy a reconocer, madre.

Sí, es muy fácil, ¿a que sí?

Lleva un clavel en la cabeza,

y toca una botella de anís con el tenedor: racarrán, racarrán,...

-Eso es en Navidad, animal.

A diario es más discreta.

-Bueno, si exceptuamos las pestañas.

Seguro que te rozan aunque te sientes enfrente de ella.

-Chiquillo, de viaje no se las pone. -No.

-No te voy a decir nada. Apuesto a que sí.

Solo un par de tontadas: no recibas en el camerino

ni aceptes invitaciones. No lo haré, madre.

Y si alguien del público te dice alguna grosería...

Sí, sí, me aguanto y sigo adelante.

Le tiras el zapato como si fuera un puñal.

-O las castañuelas, juntas o en ráfaga.

-¿Te acuerdas del itinerario?

Primero Córdoba, luego Lucena y después Sevilla.

Han puesto carteles de "No hay billetes".

Mira,... como en tus bolsillos.

-No dejes de llamar.

José, ¿y el paquete? -Rediez.

Aquí está.

-Acaba de llegar.

Es de Arantxa. -Sí, unos quesos de tetilla

y una botella de pacharán. -Te quedas con los quesos,

el pacharán se lo das a Emilio. Sí, madre.

¿Algo más?

Sí. Que te quiero mucho.

Y yo a usted.

-Venga, que perdemos el tren.

Cuide de madre, y no le dé disgustos.

Prometido.

-Anda, José,... vámonos a la cocina,

que esto sin jamón es más drama.

-Creía que no lo ibas a decir.

-Prepara también la mesa dos.

Vienen unos clientes a mediodía.

Y ya que no lo preguntas,... que sea para cuatro, por favor.

-Buenas. -Buenas.

-Camino, ¿tiene un momento? -Estoy muy apurada.

-Solo será un minuto. -Lo siento.

Está bien, solo un minuto.

-Acabo de enterarme de la detención de Maite.

-Se trata de un error,... eso o una delación falsa.

Su abogado lo arreglará en breve.

-Espero.

Solo quería decirle que lo siento, sé lo mucho que la aprecia usted.

-Gracias.

-He estado pensando mucho en usted,...

bueno, en nosotros.

-Ya se lo expliqué, Ildefonso. -Lo sé,

pero se dicen muchas cosas al calor de una decepción.

Me preguntaba si lo que dijo es irrevocable.

Tal vez,... no sé, podría llegar a perdonarme.

-Mis sentimientos no han cambiado.

-Me arrepiento mucho, créame. Estaba muy ofuscado.

Camino,... puedo esperar,...

el tiempo lo cura todo,... y hasta crea cariño.

Y si usted no tiene más pretendientes, no sé,

tal vez se pueda arreglar.

-No, no se puede arreglar, Ildefonso.

No se puede arreglar porque... -Perdone, Ildefonso.

Creo que es mejor que no insista en este momento.

Ocasiones habrá. -Claro, lo entiendo.

No es el momento, como usted bien dice.

Lamento haber importunado.

Con Dios. -Con Dios.

-No es justo que no me haya dejado decírselo.

La verdad le haría menos daño. -A él quizá,

pero a ti más.

-¿Un poquito más de mosto? -Echa.

-No te irá a sentar mal tanto gorrino, ¿eh?

Mira que el embuchado es indigesto,

y llevas tragando desde que se fue la niña, hace cinco horas ya.

-No me lo recuerdes. -Si yo sé cómo te sientes,

que yo también como para olvidar.

Yo solo digo que el embuchado es muy fuerte.

-Hay que ver. Parece que fue ayer cuando nació

y ahí la tienes, ya por esos mundos de Dios.

-De Dios y de aprovechados, maldita sea mi alma.

-Si pudiéramos evitarle los sinsabores.

-Se los evitaríamos.

-No hay nada como los hijos, José.

-Nada.

-¿Te imaginas que hubiéramos tenido alguno más?

-¿Yo? Tú ya sabes que tengo menos imaginación

que el cabestro de la manada.

-Pero te haces una idea, ¿no?

-Vaga.

-Uno más. Con uno más que hubiéramos tenido,

ahora todavía andaría por aquí.

-¿Ah, sí?

¿Y... qué harías?

¿Qué harías tú si anduviera por aquí?

-¿Qué más da? No anda por aquí.

-Bueno, por ejemplo...

Y cuando digo por ejemplo, es por ejemplo.

Tú imagínate

que hubiéramos tenido un hijo secreto.

-Uy. Te habrías enterado. ¿No te acuerdas del parto?

Anda que no pegué voces. -Ya, no, no, bueno, tú no, yo,

imagínate que lo hubiera tenido yo.

-¿Secreto?

-Sí, como... la receta del adobo de tu madre.

-¿Qué?

-¿Qué harías, qué...?

¡Bueno, has empezado tú! -José.

-¿Qué? -Que has empezado tú.

Yo te he hablado de tener más hijos y tú de tener hijos secretos.

-Pero ¿qué dices? A mí no me enredes, no.

-¿Por qué pensabas en hijos secretos?

-¡Que no, que yo qué sé! Una cosa lleva a la otra,

¡yo qué sé! -Perdonen, señores, ¿se puede?

-Claro, claro, Marcelina, pasa, hija.

-Discúlpenme, quería decirles una cosa.

Saben que me encanta cocinar pa ustedes, son mu agradecíos,

y eso lo diré aquí y donde haga falta.

-¿Pero?

-Mi marío, que me echa de menos. Bueno, y también mis guisos.

-Tienes que dejarnos, ¿no?

-Así es, doña Bellita,

pero no se preocupe, que ahora mismo me pongo a buscarles una cocinera.

-Yo lo haré.

-O entre las dos.

-Nada, hija,

cuida de tu hombre, aunque el pastor diga cosas raras.

-Así haré.

Y... otra cosa.

¿Le importaría que...

me lleve un cazo de los de servir la sopa?

-Chiquilla, ¿un cazo?

¿No tienes cazos en tu casa?

-Sí, sí, si tener, tengo, pero este sería de recuerdo:

el cazo con el que cociné pa la más grande.

-Mira que me han pedido a mí cosas a lo largo de toda mi trayectoria,

pero jamás un cazo, hija. Llévate el que quieras, mi alma.

-Muchas gracias. -Gracias a ti,...

por habernos ayudado todo este tiempo.

-Ha quedado más limpio que los chorros del oro.

-A la señora le va a encantar cuando vuelva.

Mucho le tira a usted doña Genoveva.

-Me tiene aprecio.

-¿Segura?

¿Le ha perdonao el feo que le hizo usted delante de to el servicio?

-Es muy noble, la señora.

Lo hemos hablado y vuelve a ser como antes.

-A ver si es verdad.

-Ahora que me acuerdo, doña Genoveva y yo

nos enfadamos el día de la boda.

-Si algo sé, Agustina,

es que las criadas y las señoras no se enfadan,

el enfado es siempre de ellas.

-Doña Genoveva estaba nerviosa por saber si el novio

había salido ya para la iglesia, y yo fui a mirar.

Seguía allí,...

en el despacho.

Parecía...

desolado.

-Y usted se lo dijo a la doña, ¿no?

-No se lo tomó a bien.

Fui una simple, pero no creo que se acuerde.

-Las lunas de miel, Agustina, no limpian la memoria.

-Me trató bien durante el convite.

Seguro que todo vuelve a ser como antes.

-Dios la escuche.

-Me voy para la cocina, a seguir con la faena.

-Le acompaño.

(Llantos de bebé)

(Suena el timbre)

-Me habían dicho que querías verme. -Sí, Jacinto, pasa,

gracias por venir.

Esperamos a que venga mi marido, que viene ya. Siéntate.

-(RÍE) Menudos pulmones se gasta el zagal, ¿eh?

-No, Jacinto.

Por las barbas de san Pedro, ni que fuera un vendedor de crecepelo.

-Calla, calla.

Que se ha callao. Cariño, que se ha callao.

-A lo mejor Carmen le ha estrangulado.

Creía que en Cabrahígo teníais las tragaderas más anchas.

(Llanto de bebé)

¿Ves? No le ha estrangulado, a lo mejor

ha sido ella quien se ha suicidado.

-¿La seña Carmen no puede calmarle?

Raro, las mujeres suelen tener mano.

-Ha estado un rato haciéndole carantoñas y cucamonas, pero nada.

Ha intentado hacer una voltereta y casi pierdo a otra madrastra.

No hay manera. -Eso es como el cabrito que se...

-Cabrito tú, Jacinto. -A ver, sin faltar.

Yo de cabrito na, borrego sí, y a mucha honra.

-No discutáis, no vaya a ser que lo oiga Moncho

y quiera meter baza. -Vamos a calmarnos.

Creo que tengo la solución.

-Si esa solución no incluye un cesto y un convento...

-Mira que eres animal, que no, es mucho más sencillo.

Lo hemos tenío delante to el tiempo y como si na.

¡Jacinto!

-Ah, no, no, no, yo no pienso llevar al crío a ningún convento.

-Otro que tal baila, que no, que no. A ver,...

¿qué le calmó el primer día?

-Pobrecito mío, todavía tenía las cuerdas vocales blandurrias.

-No, Jacinto, Jacinto y su grito borreguero.

-A eso no puedo decir que no, porque parecía que se reía y to.

-Que se reía, el bendito.

-Mi amor.

-¿Qué?

-Tú no estarás pensando en que Jacinto viva aquí con nosotros, ¿no?

-Pos cosas más raras se han visto, pero no,

la Marcelina no lo permitiría. -¿Y yo sí lo permitiría?

-Nadie tiene que vivir aquí. -Pues tú me dirás.

-Cariño, lo tengo to pensao. Tú relájate, que es más sencillo,

solo habrá que poner un poquico de tu parte.

-Mientras Jacinto no viva aquí, hago lo que quieras.

-Que sí, que sí, que la cosa es esta:

Jacinto te va a enseñar su grito borreguero,...

sin vivir aquí.

Viene, te da clases particulares y se va.

-Bueno, bueno, que no es tan fácil, que son muchos años de majada.

Aunque sí es verdad que siempre me ha gustao ser profesor.

-Qué bien, si es que encima es vocacional.

-Tampoco creo que le haya enseñao ese grito a mucha gente.

-Tampoco creo que nadie quiera aprenderlo.

-Hazlo por tu hijo. Y por mí.

-Madre mía. -Gracias.

Ea, hala.

(Llantos de bebé)

-Pupilo.

Don Antoñito,

aprendiz, alumno.

¿Empezamos ya?

Yepayaaaaa.

-¿Dejar el Ejército?

-Lo estoy pensando.

-Espero que lo dejes según el reglamento,

no desertes y te hagas bandolero.

-Ganas no me faltan,...

pero no, buscaré trabajo, que estoy falto de monís

y aquí no hay rancho.

-Tú por el dinero no sufras.

-Ni en sueños.

-Bueno.

-Así me gusta.

Eres más orgulloso que don Rodrigo en la horca.

-A mí la faena no me asusta, así que trabajaré en lo que sea y donde sea.

-Igualico que tu padre, qué orgullo, hijo mío.

-No sabrá usted de algo, ¿no?

-Preguntaré por ahí. Lástima que no seas una mujer.

-Oiga, que no está bonito decirle eso a un hijo.

-No te mosquees, yo te lo explico.

Bellita y yo estamos sin mucama... y se me ha ocurrido esa chanza.

En fin,...

tengo que marcharme, que si llego tarde,

mi mujer me crucifica a preguntas.

-Como al nazareno del pueblo.

-Pero con más mala uva.

(RÍEN)

Ven a mis brazos, chavea.

Volveré en cuanto pueda.

-No se eternice.

-Como el nazareno. -Eso es.

"Debes venir...

Inmediatamente".

-Ha dejado usted la puerta abierta,...

y luego los guardias no me creen.

-La he dejado a conciencia para que se vaya un poco el polvo.

¿Y tú qué, vienes a buscar algo?

-No, en realidad... vengo dando esquinazo a mi madre y...

sin pensarlo he acabado aquí.

-He traído de la galería toda la obra de Maite.

Bueno, todavía tengo algunos que recoger.

-Lo suponía.

¿Y qué va a hacer con ellos?

-Todavía no lo sé.

Lo que sí sé es que de seguir más tiempo en la galería,

aumentarían las murmuraciones que hay sobre ella.

-No los tire, por favor.

Son... la pasión de Maite, toda su vida.

Créame, aunque no me pueda entender, pero solo yo sé lo que hay detrás

de cada trazo, de cada pincelada.

No los tire, por favor.

-Camino,...

¿quería saber la identidad del denunciante?

La he averiguado.

-Carmen, ¿cómo va la mantequería, qué vais a hacer con ella?

-Pues le hemos estado dando muchas vueltas y...

hemos decidido abrir. -Ah, pero ¿Lolita va a trabajar?

-Si por ella fuese, pero no.

No, no, Antoñito no lo permite, así que probablemente me encargue yo.

-¿Y cómo está la criatura?

-Ay, sin novedad. -No sé cómo no se deshidrata.

-Señoras. -Buenas.

-Eh, eh, ¿dónde vas, dónde andas? -A la naviera, a ver si me dan algo

por devolver los pasajes. El vapor zarpa en horas.

-¿Lo has intentado ya?

-Por supuesto, pero se niega, ni siquiera me escucha.

-Tú no te rindas, hombre.

-Oye, si quiere, me la cargo a la espalda y corro hasta Cádiz.

-Hombre, no diría yo tanto, no. Esto, esto...

Santiago, ¿y por qué Marcia no quiere marchar contigo?

-Esto no es lo importante, sino que no tiene arreglo.

Por lo menos no se ha marchado con un mulato,

que es lo que me hizo mi Paciencia.

Todavía hay esperanza. -No conoce a Marcia.

(Ruido de motor)

-Bienvenidos, pareja.

Que sepan que les hemos echado mucho de menos.

-Y tienen muy buen aspecto, lo que no arregle una luna de miel...

Gracias. ¿Y qué, cómo ha ido el viaje?

Bien, bien, muy bien.

-Estás muy alterada. -Y así voy a seguir

hasta que sepa la verdad. ¿Qué hombre ha denunciado a Maite?

-Me temo que no se trata de un hombre, sino de una mujer.

-Ha sido mi madre, ¿verdad?

Felipe, Marcia no merece otra cosa que nuestro olvido.

Fue una vergüenza, ¿cómo se le ocurrió presentarse así

en nuestra boda?

-Uno de estos días tiene que pasarse por nuestra casa

a tomar el aperitivo, así mi esposo y usted hablan de su pueblo.

-Muchísimas gracias, la verdad que yo encantado.

-Ea, entonces quedamos en eso. Muy bien, con Dios.

-Con Dios.

-Digo yo que deberías ser un poco más indulgente,

sobre todo después del numerito que montaste en la boda de don Felipe.

Vamos, que no cualquier hombre aguanta eso de una esposa.

-¿Sabe qué, Servando?

Tiene razón en una cosa:

no tiene ni idea de lo que nos está pasando.

Agustina no está preparada para llevar una casa como la principal.

Tan solo se ha derramado un poco de leche.

No es eso, la veo torpe, despistada,

quizá sea mucha casa para ella. Agustina tiene mucha experiencia,

ha trabajado en las mejores familias.

Sí, ya lo sé, pero ¿hace cuánto?

-Camino, me niego a creer que nuestra madre

está detrás de esa denuncia. -¿Por qué?

Es completamente capaz de hacerlo.

-¿No voy a hacerte cambiar de opinión?

-Empiezas a comprenderlo.

-Está usted preocupado por el cierre de la galería.

-Sí, pero no me preocupa tanto la inversión realizada, sino,...

sino que todo este escándalo pueda salpicarme de algún modo, ¿sabe?

Ha perdido la cabeza, está obsesionada con mi esposo.

Pues eso parece.

Según tengo entendido, ha abandonado la pensión, y también a su marido,

y se ha instalado en el altillo. ¿Estaba usted al tanto?

No.

No comprendo por qué no le ha contao nada a doña Bellita,

está en su derecho de saber la verdad sobre Julio.

-¿Y cuál es esa verdad que tengo que saber?

-Eh...

(RÍEN)

-A ver, ¿qué tengo yo que saber sobre ese tal Julio?

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Acacias 38 - Capítulo 1198

11 feb 2020

La serie, ambientada a principios del siglo XX, está situada en una calle, Acacias, y nos muestra el devenir de sus habitantes.

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