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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1189 - ver ahora
Transcripción completa

Usted provocó que casi terminara bajo tierra.

¡¿Cómo me culpa de semejante barbaridad?!

Úrsula lo explica todo en esta carta, con pelos y señales.

Sé que su enfado se debe a un malentendido sin importancia.

Retráctese y aquí no ha pasado nada.

¡No me toque! ¡Ay!

-¿Ha vuelto a saber algo de Julio? ¿Le ha vuelto a ver?

-No. Desde el día de la discusión.

No sé qué hacer, ni qué decirle, ni cómo afrontar el tema.

Agustina me empujó ayer de muy malas formas.

¿Cómo?

Recibió una carta de Úrsula

en la que me acusaba de muchas barbaridades.

Cuando Agustina me empujó y me tiró al suelo,

temí por nuestro hijo.

Gracias a Dios, logré frenar el golpe seco contra el suelo.

Sabía que Marcelina ayudaría con la comida en casa de Bellita,

y quería advertirle de que no dijera nada sobre ese rumor.

-¿Se refiere a lo del hijo ilegítimo de don Jose?

El código penal prohíbe los duelos,

incluso pueden estar castigados con cárcel.

Pero eso es maravilloso, ¿no? -La mejor de las noticias.

Bueno,... no tanto.

Nadie aplica la ley porque se consideran asuntos de honor.

Chist.

El honor es sagrado para mí.

Antoñito no fue capaz de dar su vida cuando fue llamado a filas,

ahora la dará defendiendo su honor.

¡Cada género tiene sus obligaciones y debe cumplirlas!

¡Y si yo te digo que no te metas en asuntos de hombres,

no lo haces y punto!

Me vendría muy bien vivir algo más cerca.

-Vamos a ver...

si hay alguna habitación libre que podamos darle...

No, no, no.

-Carmen, hay que ir al hospital como una saeta.

-Voy a buscar un coche. -Dese prisa, por lo que más quiera.

"Supongo que se habrá sorprendido al recibir mi misiva".

"La maldición que lancé a su rostro antes de que acabase con mi vida,

sigue en plena vigencia".

"Antes de morir,

puse en marcha la rueda de mi venganza".

"Le juro desde la oscuridad en la que ahora me encuentro,

que nada podrá evitar que usted se convierta

en la mujer más desdichada de la tierra".

"Queridísima Bellita:

"Ha estado usted engañada con Margarita,

pero no es la única persona falsa en su vida".

"Debe saber que Felicia Pasamar

no ha cesado en sus desprecios hacia usted y hacia su familia".

"Considera a los Domínguez una familia de circo

y jamás permitirá que su hijo se case con Cinta,

cuya relación está aceptando

solo para que el chico tenga una distracción".

"Su hija es un 'mientras tanto' para Emilio".

"Felicia jamás permitirá esa boda".

"Ya es hora de que se resigne a ser la segundona".

"La señora Palacios era y es Trini".

"Usted no ocupa lugar en el corazón de su esposo,

tampoco en el de Lolita,

que siempre la ha cuestionado a sus espaldas

y que no para de decir lo mucho que la familia echa de menos

a su paisana".

"¿Sabe que Ramón va todas las semanas al cementerio

a llorar a Trini a sus espaldas?".

"Lolita sí que lo sabe y Marcelina también, que le sirve las flores".

"Ramón la engaña con una muerta".

"Qué cosa más triste, querida Carmen".

"¿Sabes que el hijo que va a tener doña Genoveva

es de tu presunto marido?".

(Sintonía de "Acacias 38")

(Puerta)

Carmen, querida, ya estoy de vuelta.

¿En qué te has entretenido?

Pensábamos que volverías al hospital con la ropa de recambio

para Lolita.

¿Qué te sucede, Carmen, has estado llorando?

-No pasa nada.

-No te inquietes por Lolita.

Ni siquiera hace falta que le lleves la muda.

El médico acaba de verla y dice que está bien.

Ha sido un susto,

y todo apunta a que dormirá esta noche en casa.

-Gracias a Dios.

-El doctor va a aprovechar para tenerla en observación

hasta que Lolita esté más sosegada.

Pero alegra esa cara, esta noche dormirá con nosotros.

Antoñito está con ella hasta que el doctor les autorice para salir.

En fin, Lolita está fuera de peligro,

pero mi hijo no termina de salir de una para meterse en otra.

A ver cómo solucionamos el brete de don Ildefonso.

¿Cómo puede ser ese hombre tan impulsivo?

-La juventud.

-La juventud y la poca sesera.

Hay que tener poco entendimiento para reaccionar de esa manera, ¿no?

Es sabido que los veteranos de guerra

cuando vuelven de la batalla

vuelven heridos no solo en sus cuerpos,

sino también en sus almas.

Y no olvidemos que don Ildefonso es uno de ellos.

¿Qué te pasa, Carmen?

Te noto ausente,

como si no te interesara lo que te estoy contando.

-Ramón,...

de ese duelo solo puede salir una desgracia.

-Tienes toda la razón, por eso no podemos tirar la toalla

e intentar de impedirlo hasta el último minuto.

(Se cierra la puerta)

Emilio, recoge las sillas.

Dentro no hay gente y tenemos que cerrar.

-Ahora mismo.

Menudo éxito el nuevo plato de la carta.

Y eso que no se decidía a incluirlo.

-No imaginé que el zancarrón encebollado fuera a gustar tanto.

Solo es un trozo de morcillo guisado.

-No se haga de menos, que nadie se resistió a mojar en la salsa.

Más de uno tuvo que pedir más pan.

-Di que sí.

Bellita, qué sorpresa verla en la calle.

Eso quiere decir que está recuperada.

-¡Señora, ¿qué hace?!

-¡Vamos a casa! -¡A esta mosquita muerta

le voy a arrancar hasta el último pelo!

-¡No trate así a mi madre, discúlpese!

-¡Ni muerta, antes me arranco la lengua!

-¿Qué pasa?

-Lo que pasa es que tu madre y tu hermano tienen muy poca vergüenza.

Son unos falsos,

fariseos, más falsos que Judas.

-No entiendo de qué habla.

Tiene que ser un error.

-Un error es haberle abierto las puertas de mi casa y de mi corazón.

¡Usted no quiere a nadie,

solo busca su beneficio, su interés y su conveniencia!

¡Pero eso se acabó!

¡No se burlarán más de mi hija, ni usted ni su hijo"

-¿De qué habla?

-Bellita, cálmese, no sabemos de qué habla.

-Pregúntale a tu madre y a tu hermanito.

Los dos intrigando contra mi hija.. -Señora, ni mi madre ni yo...

-Ahora no, Emilio, ¿no ves lo alterá que está?

Deja de dar el espectáculo y vámonos a casa.

-¡Que se entere todo el mundo

que es verdad lo que dice Úrsula en su carta!

-¿Qué carta, madre, qué dice?

-No sé, una carta de Úrsula, dice.

-Pero ¿Úrsula no está muerta? ¿Qué carta es esa?

¡Esta carta, esta!

¿No dices nada?

-No son más que falsedades e injurias.

¿Cómo das crédito a lo que ha escrito Úrsula?

-Porque algo aquí dentro me dice que es cierto.

Sé que me engañas desde hace tiempo.

Esta carta confirma lo que ya intuía.

Además, ¿qué gana Úrsula mintiéndome?

-No sé, pero todo eso es falso.

Lo único falso en esta casa eres tú,

y me duelen más tus negativas que los engaños.

¡Cada vez que recuerdo que casi te pillo en brazos de Genoveva!

-Pensé que ya habíamos aclarado aquello.

-Qué incauta fui perdonándote.

¡Lo único que hice fue darte alas para las siguientes!

¡¿Con cuántas mujeres más te habrás acostado

además de las que dice Úrsula?! -Con ninguna, Rosina, con ninguna.

Todo es mentira.

¡Cada negativa tuya es un puñal en mis entrañas!

¡Casilda, tráeme agua antes de que desfallezca!

-Ahora voy, señora. -Y un abanico.

-Mi amor, mi amor, por favor.

Tranquilízate, ¿eh?

Vamos a hablar tranquilamente.

¿Cómo has podido caer en una provocación tan burda?

-O tan real.

Úrsula te está manipulando después de muerta, ¿no te das cuenta?

-¡¿No tienes vergüenza?! ¡Deja en paz a los muertos!

¿Sabes qué te digo?

Mírame.

Si te casaste

con una mujer mayor es porque tú lo decidiste,

tú lo decidiste.

¡Yo te advertí que con la edad sería peor,

que con los años, la diferencia de edad se acentuaría!

-Eso no es cierto, Rosina.

Yo te sigo viendo con los mismos ojos.

¡Mientes! ¡¿Y por qué buscas el amor fuera de casa?!

-¡¿Qué hacemos hablando de tu edad?! Esto es absurdo.

-Señora, el agua y el abanico.

-¿Sabes qué?

Tu tía nos avisó, nos advirtió.

Nos dijo que pasaría.

¡Tanta diferencia de edad estaba abocada al fracaso!

¡Era una sentencia de muerte!

-Rosina, ya está bien. Ya.

Lo que tienes que hacer es apaciguarte

y no pensar en lo que no hay.

-No, lo mejor que podemos hacer es separarnos.

-¿Separarnos?

Haré como que no he escuchado nada, porque te amo de verdad.

-El amor se demuestra con hechos, no con palabras.

-Ya está bien, Rosina.

No quiero seguir hablando.

Cuando te tranquilices, hablaremos,

hasta entonces no pienso decirte nada más.

Pero escúchame,

piensa muy bien en tu próximo paso,

porque aunque he cometido errores, me estoy cansando de tanta ofensa.

-Señora, siéntese, siéntese.

(Suenan las campanas)

Casilda, ¿qué te pasa? No has tocao la leche.

-Me le levantao con el cuerpo del revés.

-Eso es que te ha sentao mal la cena.

-No, es que no he pegao ojo, que no he dormido, vaya.

-Anda, qué bien verles aquí sentaos.

Miren que les traigo.

-Ha hecho torrijas. Gracias, Fabiana.

-De la sartén al altillo.

-Qué pinta que tienen. -De una en una, agonías.

-Pa qué esperar.

-Casilda, ¿no quieres probarlas?

-No, señá Fabiana, es que estoy desganá.

Désela a Jacinto. -Agradecío.

-Casilda, ¿os habéis enterado de la trifulca de anoche?

-¿Qué trifulca?

-Parece ser que Bellita salió a la calle

y le arreó una bofetada a su consuegra.

-¿A Felicia? ¿Y eso a santo de qué?

-La malnacida de Úrsula,

que no solo le mandó una carta a Agustina,

también le escribió otra carta a doña Bellita

malmetiéndole contra Felicia.

-Con lo bien que estaban ahora las familias

con sus hijos prometidos.

-Poco ha durado la paz, que sabe Dios lo que pondría en esa carta.

-Fuera lo que fuera, seguro que no es verdad.

Esa mujer era más mala que mi dolor de muelas.

¿A quién más habrá escrito? -A un servidor.

-¿A ti?

¿A cuento de qué te ha escrito a ti?

-Eso he pensao, la tengo ahí.

-Venga ya, si apenas tenías relación con la finada.

-Pues ahí tengo la carta.

Señá Fabiana, estás torrijas están de muerte.

-Me alegra que te gusten, Jacinto.

-Por cierto, ¿qué tal con Julio? ¿Se va a trasladar a la pensión?

-No me ha dicho nada.

Estará pensando si le llegan las perras para pagar el cuarto,

pero, entre nosotros, no me parece buena idea

que se instale tan cerca de los Domínguez.

-Ni a mí.

Lo que le faltaba a doña Bellita, enterarse de que don Jose

tiene un ilegítimo por ahí suelto.

-No querría estar en medio cuando eso ocurra.

-No creo que llegue la sangre al río.

Don Jose es un señor de los pies a la cabeza

y sabrá arreglar ese asunto de la mejor manera.

-Será un señor, pero los pecaos de juventud

se han llevao por delante más de un matrimonio.

-Que no, mujer, que no,

seguro que ese mozalbete se va como llegó,

pero con el rabo entre las piernas. -Creo que don Jose es de otra pasta.

No lo veo yo dando la espalda a un hijo.

Este ha llegado en un momento poco adecuado.

-¿Qué hijo ni qué hijo?

Eso son habladurías de ustedes dos,

que creen que saben más que nadie. -Es que lo sabemos.

Me ha costado venir sin que mi madre me viera,

pero tenía que verte.

-¿Cómo pudo saber esa mujer que teníamos una relación?

-No lo sé,

pero la intención de Úrsula es hacer daño hasta después de muerta.

-¡Qué mujer más perversa!

-Y no solo ha escrito a mi madre, también escribió a doña Bellita.

Vino al restaurante y abofeteó a mi madre.

-¡¿Cómo?!

-Sí, malmetió contra ella en su carta

contándole una sarta de mentiras.

-¿Y dices que tu madre no ha visto esta carta?

-No, gracias a Dios la cogí a tiempo.

-Bien.

Puede que la carta de Bellita dijera mentiras,

pero lo demás es cierto.

Tú y yo nos amamos.

-Lo sé, por eso hay que destruirla.

Mi madre no debe leerla.

-Lo que me preocupa es cómo pudo saber Úrsula

que teníamos una relación. -No sé,

nada ha salido de este estudio,

a no ser que las paredes hablen y tengan oídos.

-Puede que alguien se lo haya contado, pero ¿quién?

No sé de nadie que nos haya descubierto.

-¿Y si lo ha contado por ahí?

Sabe Dios cuántas cartas ha escrito.

Tengo miedo, Maite, ¿qué vamos a hacer?

-Lo único que podemos hacer es mantener la calma,

¿de acuerdo?

-No lo sé. Si nos descubren,...

será nuestra perdición,

nos echaran del barrio... -Eso no va a ocurrir, Camino.

Tenemos que ser inteligentes,

y ante cualquier sospecha, adelantarnos,

¿de acuerdo? -No sé si podré actuar como si nada.

-Cada mirada, cada palabra, cada gesto...

La culpa me va a perseguir allá donde vaya.

-¿Te sientes culpable de amarnos?

-No. Lo siento, Maite,

la angustia y los nervios me hacen decir cosas que no siento.

-Camino, el miedo es un arma peligrosa,

anula la voluntad de las personas,

por eso debemos enterrarlo, para no ser descubiertas.

A partir de ahora, la tranquilidad es nuestro escudo,

¿lo entiendes?

-Maite, te necesito más que nunca.

-Y yo también, mi niña.

Aquí tiene su cambio. Muchas gracias.

-A las buenas, doña Asunción.

-Lolita, ¿qué hace usted en la mantequería?

-Ya ves, hija, a una, que se le cae a una encima.

Y no me gusta tener el negocio aparcao.

-No se preocupe por eso, dispongo de todo el día para hacerme cargo.

-Me pongo el delantal y enseguida te ayudo.

-Lolita, el médico dijo que necesitaba reposo,

por eso, Antoñito me pidió que me quedara aquí.

-Tonterías. Los médicos son unos exageraos

y mi señor esposo un señoritingo.

Ya te he dicho que estoy bien.

Si me quedo en casa, me comerán los nervios.

-Haga un poder,

si no es por usted, al menos por la criatura que lleva dentro.

-Por ese mismo estoy aquí,

para no darle el magín con el asunto del duelo de Antoñito,

que es peor que un día entero despachando.

-Si insiste en quedarse, advertiré a su familia.

-Mírala, más papista que el papa.

-¿Qué haces aquí abajo?

¿No te ha parecido suficiente el susto que nos hemos llevado?

Y tú,

¡qué poco seso demuestras dejándola campar por aquí como si nada!

-No la cargue con la muchacha, que no tiene culpa de na.

Deberías volver a casa a descansar,

que es lo único que te ha prescrito el médico.

-Le digo lo mismo que a Marcia,

no me encierro en la casa barruntando

el duelo de Antoñito.

-Hablas como una niña que solo piensa en ella.

-Pues sí, la verdad es que sí, que soy yo la que está preñá.

-Vete ahora mismo a descansar.

-De aquí no me muevo.

-¿Qué?

Claro que te irás. Te vas a ir ahora mismo.

-Usted no es mi madre para mandarme cosas.

Una ya grandecita pa saber lo que tiene o no qué hacer.

-Te equivocas.

Si supieras lo que tienes que hacer,

¡descansarías hasta que nazca ese niño

y no estarías por aquí trabajando!

-Eso dígaselo a otra,

que una mujer de Cabrahígo no se doblega por un susto de na.

Lolita, te voy a decir una cosa,

puede que no sea tu madre,

pero soy la esposa de tu suegro,

la señora Palacios, le pese a quien le pese,

y como tal, deberías acatar mi autoridad.

Y te diré más,

¡estoy harta de tu pueblo y harta de que las mujeres de Cabrahígo

sean las únicas que sirven para hacer algo!

Tú serás de la Conchinchina o de donde sea,

me da igual, pero me vas a obedecer

y sin rechistar.

-Carmen,

¿de dónde ha sacao ese carácter?

-¿Te hace gracia?

Te espero en casa.

Si en diez minutos no estás de vuelta,

será Ramón y tu marido quienes vengan a buscarte.

-¿Está enfadada por otra cosa o es cosa mía?

Qué berrinche que te has llevao con la dichosa carta.

-Te parecerá poco lo que pone ahí.

-To mentira,

lo único que quería Úrsula era enfrentarte

con tu familia.

Eso y arruinar las ilusiones de mi canelita.

-¿Has dicho mi familia?

¡Felicia no es mi familia y nunca lo será!

Hable por usted,

que yo pienso emparentarme con ella.

Eso está por ver.

Entérese bien que yo no voy a romper mi compromiso con Emilio.

Y si me tengo que escapar con él, lo haré, que le quede claro.

-Calma. Cinta, no eches más leña al fuego.

¿Madre abofetea a mi futura suegra y yo echo leña al fuego?

-Digo. Y poco fue,

tenía que haberla arrastrado.

Creer esas mentiras dice muy poco de usted.

¿Y qué quieres, que me quede callada como si na?

Mejor le iría. -¡Ya está bien!

Las dos haréis lo que yo diga,

porque ninguna está pensando con la cabeza.

-¡Eso díselo a ella, que yo lo tengo bien claro!

Tan claro que tiene que abofetear a la gente.

¡Y el coraje que me da a mí

haber tenido en buena ley a Margarita y Felicia!

¡No se puede confiar en nadie,

menos mal que esa carta me ha abierto los ojos!

-Y dale con la carta.

-Mira, Felicia es una impresentable y yo la tenía calá, ¿eh?

¿Cómo he podido ser tan tonta?

-Ya te caerás de la burra, ya te caerás

y verás qué equivocada estabas.

Y ahora vamos a dejar el temita,

no vayamos a tenerla y caigas enferma otra vez.

-Otro sofocón como este y no lo cuento.

Arantxa le abriría los ojos, lástima que no esté aquí.

Oye,

¿y eso que huele tan bien qué es?

Será el potaje que está haciendo Marcelina.

Dios bendiga a esa muchacha,

que yo los disgustos solo los curo con el panza llena.

-Lo que echaríamos de menos a Arantxa

si esa mujer no estuviera aquí.

Aunque los guisos de la portera son de otro estilo.

-Pero están igual de buenos, que estamos comiendo divinamente.

-¿Dónde vas, otra vez a la calle?

-No, me voy con Marcelina a la cocina,

que ella no me da bulla como vosotros.

Y de paso, pruebo el potaje.

-Vete, vete y cálmate, amor mío.

-Pero no te creas que así voy a olvidarme de la falsa de Felicia.

Padre, quiero a Emilio con toda mi alma,

tiene que ayudarme, por favor.

Yo sin Emilio me muero.

Tranquila, tranquila, que algo se nos ocurrirá.

(SUSPIRA)

¿Qué pasa?

No me mires así.

-Lo siento, Lolita,

pero creo que debería hacer caso a Carmen.

-¿Otra vez con lo mismo?

-Se lo digo por su bien.

¿Para qué dar disgustos a su familia

y poner en riesgo su embarazo?

-¿Eso es lo que piensas, que doy disgustos a mi familia?

-Lolita, acuérdese del susto que ayer se llevó su familia,

piense en ellos y no sea tan terca.

-De acuerdo.

Me iré para que estéis todos tranquilos.

-Me alegro que entre en razón.

-(SUSPIRA)

Uy... Marcia, hay una carta aquí.

-No lo había visto.

¿Quién la envía?

-A ver.

Para mí. ¡Uy, de Úrsula!

-No la abra, Lolita,

que estas cartas las carga el diablo, hágame caso.

-No te entiendo, ¿a qué te refieres?

-Varios vecinos han recibido cartas como esta,

y solo han servido para crear discordia entre amigos y vecinos.

Por su bien, ni la abra ni la lea.

-¿Qué querrá decirme a mí esa vieja bruja?

Rosina estaba fuera de sí

creyendo cada palabra que esa arpía escribió en esa carta.

Es un sin sentido.

Pensábamos que una vez enterrada, Úrsula sería agua pasada.

Menospreciamos su afán de hacer el mal.

Les juro que salvo el desliz que tuve con Genoveva,

jamás le he sido infiel a Rosina.

Ni siquiera de pensamiento. -No tiene que darnos explicaciones.

Sabemos que está profundamente enamorado de su esposa.

-Tanto o más que el primer día, pero sus constantes dudas me abruman.

Le comprendo perfectamente.

Demostrar lo evidente puede resultar agotador.

-Es lamentable que Rosina se haya dejado llevar

por las mentiras de Úrsula.

-No ha sido la única que ha recibido una misiva de ella.

Anoche, Bellita y Felicia tuvieron un enfrentamiento

por una carta similar dirigida a Bellita.

¿También era de Úrsula?

Con el único fin de injuriar y malmeter.

-No tenía noticia de esto que nos cuenta.

-Hizo lo mismo con el comisario Méndez.

Le mandó una misiva inculpando a Marcia de su propio asesinato.

Un acto digno de una mente retorcida como la de doña Úrsula.

Recuerdo que las monjas del convento donde estuvo Úrsula

declararon que pasaba horas escribiendo en su celda

como una enajenada.

-Esas son las cartas que tanto escribía.

Me inquieta la posibilidad de que enviara una carta a cada vecino.

Es su forma de vengarse de todos.

-Desde luego, intentar influir en las cosas desde la tumba...

es algo siniestro, como lo era ella.

-No pienso dedicarle ni un segundo más a ese endriago.

Debe estar relamiéndose viendo el sufrimiento que ha causado.

Tiene usted razón.

No vamos a seguirle el juego a una muerta,

así que cambiemos de tema.

¿Qué tal se encuentra su nuera, don Ramón?

-Bien, ahora está fuera de peligro,

aunque el susto no nos lo quita nadie.

Mi hijo lo ha pasado muy mal.

Ahora debe estar con ella en casa cuidándola.

Como debe ser.

Aun así, me preocupa

el absurdo duelo con Ildefonso, hay que impedirlo como sea.

-¿Han conseguido hablar con él?

-Antoñito lo ha intentado una vez más.

Incluso está dispuesto a suplicarle para evitar una desgracia.

-Si necesita compañía, yo me ofrezco a hacerlo.

-Así se lo transmitiré a mi hijo.

Lo mismo le digo.

Si necesita terreno neutral,

pongo mi casa para llegar a un acuerdo.

Yo, don Felipe, voy a aprovechar ese ofrecimiento,

tal vez tenga que acudir a usted.

Y es que, estando así mi esposa,

no me parece adecuado dormir con ella.

Las puertas de mi casa están siempre abiertas para usted.

Puede quedarse cuanto quiera.

-Esperemos que lo suyo no sea nada y se solucione cuanto antes.

-Les agradezco sus buenos consejos, pero no las tengo todas conmigo.

Tiempo al tiempo. Verá como esto queda en nada.

-# Mambrú se fue a la guerra,

# ¡qué dolor, qué dolor, qué pena!

# Mambrú se fue a la guerra,

# no sé cuando vendrá.

#Do, re, mi, do, re, fa,

# no sé cuando vendrá. #

-Buenas, Marcelina. Emilio, ¿cómo ha entrao usted?

-La puerta de servicio estaba abierta.

-Vaya, me la he debido dejar abierta cuando entré.

¿Se va a quedar a comer?

He preparado unos callos capaces de revivir a un muerto.

-No, gracias pero no.

No creo que el ambiente esté para comidas familiares.

-Lo dice usted por el rifirrafe de su madre con doña Bellita, ¿no?

-Sí. Estamos en boca de todo el mundo.

Ha sido muy desagradable.

Espero que la señora esté más calmada.

-To lo contrario,

se ha levantao despotricando contra doña Felicia,

y ni Cinta ni el señor la han hecho entrar en razón.

-Poca solución veo a este asunto.

¿Dónde se encuentra ahora? -En su cuarto.

Don Jose se ha tenido que imponer pa que repose,

que con tantas emociones va a acabar recayendo.

-Es urgente que mi madre y Bellita aclaren las cosas cuanto antes.

-Ya verá como doña Bellita levanta el ánimo en cuanto pruebe mis callos

y entierra to el resentimiento.

-Si es así, voy a tener que llevarme un poco para mi madre,

porque también está que trina.

-Esto está hecho, pero na de copiar la receta pa el restorán.

-Tranquila.

¿Podría avisar a Cinta y a don Jose?

-Claro que sí.

-Gracias.

-A propósito,

¿sabe que Julio tiene intención de alojarse en la pensión?

-No, no lo sabía. ¿Se lo han dicho a Jose?

-Entoavía no,

servidora no tiene confianza con el señor,

pero digo yo que alguien debería avisarle.

-Sí, algo habrá que hacer. Gracias.

-Aquí lo tiene usted.

¿Aviso también a la señorita Cinta? -No, todavía no.

¿Podría dejarnos a solas?

Gracias.

-¿Y?

Imagino que querrá hablarme del incidente de ayer.

-Poco hay que decir.

Usted y yo sabemos que todo es falso,

mi madre y doña Bellita han sido manipuladas por Úrsula.

-Qué falso es eso de que no hay muerto malo.

-Ya.

Don Jose, creo que debería saber

que Julio tiene intención de instalarse en Acacias.

-¿Cómo? Pero ¿no se iba a ir del barrio?

-Sí, pero se ve que ha cambiado de idea.

Tiene intención de quedarse en la pensión de Servando.

Tiene que hablar con él y enterarse qué pretende.

No creo que tenga malas intenciones,

pero es mejor prevenir que lamentar.

-Madre mía, ¡cómo se complica todo!

Parece que me ha mirao un tuerto.

Liberto se cree que por negarlo, le voy a creer.

Lo mismo hizo San Pedro con Nuestro Señor,

y no una, sino tres veces antes de que cantara el gallo.

-Todo esto es vergonzoso,

ni siquiera he podido terminar de servir el turno de comidas,

las miradas de la gente se me clavaban como puñales.

-Me he sentido tan mal al revivir el escarceo de Liberto,

ha sido peor que una puñalada.

-Todo el mundo hablaba de la bofetada que me dio Bellita,

eso sí que es humillación, para mí y para mis hijos.

-Casilda, la próxima tila cárgala más.

-Señor, si esa tila lleva más hierbas que el agua de san Juan.

-Obedece y no repliques.

Felicia, ¿de qué le hablaba? Ah, sí.

¿Y Emilio va a seguir en relaciones con la hija de la susodicha?

-Sobre mi cadáver.

Emilio no emparentará con una familia de salvajes

que utilizan la violencia a la primeras de cambio.

-Violentos, infieles... ¿Nadie se puede fiar de nadie?

-Le digo una cosa,

la única bofetada que he recibido en mi vida

fue con ocho años

y me la dio mi abuela por comer unos barquillos de su tienda

sin permiso.

-¡Eso sí que es autoridad!

-Y tanto, como que fue ella quien me enseñó a ser una mujer de bien.

Ojalá Bellita hubiera tenido una abuela como la mía.

De verdad, Rosina,

no sé cómo Bellita se comporta de esa manera,

con lo que me he preocupado por esa mujer.

-Yo me enfrentado a todo el mundo por Liberto.

Desde siempre he apostado por esta relación, y ahora esto.

-Además, si fuera verdad lo que dice Úrsula,

jamás habría aceptado que Emilio pretendiera a esa chica.

No entiendo como Bellita

puede creer lo que dice Úrsula en esa carta.

-Querida, Bellita nunca ha sido santo de su devoción,

quiero decir, usted siempre ha despotricado,

ha despreciado la vena artística de la familia.

-Pero eso fue hace tiempo.

-Ya, pero entiendo perfectamente

que Bellita haya podido creer las palabras de Úrsula.

Quiero decir, hay un antecedente con usted.

-Más o menos como en su caso.

Digo que si su marido le engañó una vez con Genoveva,

podría volver a hacerlo.

Úrsula es la que tiene la culpa.

Esa mujer era mala, pero no tonta,

¡sabía qué decir en cada carta!

-No puedo poner la mano en el fuego por su marido, pero sí por mí.

Y he de decirle que todo lo que Úrsula dice en esa carta

es mentira.

-Debería escuchar lo que dice doña Felicia.

Es posible que lo que ponía en la carta de don Liberto

sea mentira.

-¿Qué sabrás, estulta?

No te metas en mis conversaciones.

-Haga caso a la muchacha.

Creo que Liberto tiene razón negándolo todo.

-Ahora sí que... ¿Usted cree?

-(ASIENTE)

-(SUSPIRA)

¿Marcia?

¿Marcia?

-¿Qué haces aquí?

-Toma.

Para la mujer más bella del mundo.

-No deberías haberte gastado el dinero.

-Tranquila, la he cogido de un rosal

para asegurarme que no te disgustaría.

-Veo que me conoces bien.

Gracias.

-Y Lolita, ¿sigue convaleciente?

-Vino a trabajar esta mañana,

pero entró en razón y se fue enseguida.

-Bien hecho.

¿Sabes que el barrio anda como...

revuelto por unas cartas que mandó Úrsula antes de morir?

-Sí, eso parece.

-¿Qué pasa? ¿He dicho algo molesto?

-Yo también he recibido una de esas cartas.

-¿Tú?

¿Y qué te decía esa maldita mujer?

-Léela.

¿Seguro que no quieren más tila? -Por mí no.

-Llevamos ya unas cuantas, así que, mejor no.

-Estaré en la cocina por si desean alguna cosa.

-Le aseguro que estoy muy sorprendida

por la actitud de Ildefonso con el duelo.

Me cuesta creer que no haya habido

una provocación previa por parte de Antoñito.

-Yo solo sé lo que mi hijo me ha contado.

Vamos a dejar este tema, me da dolor de cabeza.

-Ya, no es para menos.

-Hablemos mejor de la exposición de su marido.

¿Han conseguido los resultados esperados?

-Pues sí, incluso los ha superado.

Liberto ha vendido varias obras de arte

y los comentarios han sido muy buenos,

aparte de alguna crítica por algún cuadro demasiado provocativo

en su contenido.

-El estilo tan moderno de Maite no es para todos los gustos.

Me pregunto que habrá en la vida de esa mujer

para inspirarse en temas tan prosaicos.

-La verdad es que no sé mucho de ella, Felicia.

Sé que es la hija

del hermano favorito de don Armando.

Liberto me preguntó hace días sobre su pasado

y poco le pude decir.

Esa mujer es un enigma para todo el mundo.

-¿Y no cree que Maite esté forzando esta imagen?

-No entiendo a qué se refiere.

-Hay algo en la actitud de Maite que no cuadra,

de ahí el interés de todos por su pasado.

¿Seguro que no hay algo que justifique que ella sea así?

-Pues no sé.

(LEE) "¿Sabes que el hijo que va a tener Genoveva

es de tu presunto marido?".

¿Supongo que no habrás creído ni una palabra de todo esto?

-La intención de Úrsula es sembrar la discordia entre los vecinos.

No permitiré que me salpique con su maldad.

-Menos mal.

Por un momento llegué a pensar que creerías a Úrsula,...

y eso sería el final.

-Nos iremos pronto de aquí y dejaremos todo esto atrás.

¿Has ido a la naviera? -Aún no.

He estado ocupado y no he encontrado el momento.

-¿Sigues indagando sobre quién te atacó?

Creía que acordamos que te olvidarías del pasado.

-Tranquila, lo sé.

N-o permitiré que te tomes la justicia por tu mano.

Antes prefiero ir a la policía y denunciarlo.

-No hace falta, de verdad, confía en mí.

-Vete tengo muchas cosas que hacer en la trastienda.

Nos vemos en la pensión.

-Buenas. -Buenas tardes.

Buenas, Marcia. -Buenas.

¿Tienes un poco del jabón ese que hace Lolita con los aceites?

Es lo mejor para limpiar la escalera.

-Sí, claro, ahora le corto un poco. -Bien.

-¿Y esa carta?

De Úrsula. Aún no la he leído.

-Jacinto, es mejor que no la abra.

-¿Y por qué no?

-Lo que ustedes me piden vulnera mi más profundo sentido del honor.

Lo comprendemos, por eso apelamos a su sensibilidad

para aceptar las excusas que Ramón ha presentado en nombre de su hijo.

-Mi hijo estaría dispuesto a retractarse en público

por sus inoportunas palabras.

-No me parece suficiente, su ofensa fue muy grave

y las palabras se las lleva el viento.

Esta férrea defensa de su honor es muy loable,

pero le recuerdo que le podría acarrear problemas con la ley.

No temo a la ley.

Piénselo bien, recurrir a esta práctica ilegal

cuando el asunto se podría solucionar

con unas excusas y un apretón de manos es bastante negligente.

-En breve, mi hijo será padre,

¿cree que su elevado sentido del honor

vale más que la vida de un hombre o el dolor de una viuda y su huérfano?

Marqués de los Pontones. -Adelante, señor.

-Ahora le acompaño. -Abuelo, ¿qué hace usted aquí?

-Señores.

Bastante he sufrido con tus aventuras en el Rif,

como para que te dejes matar por una zarandaja.

-Mi honor no es ninguna zarandaja.

-Lo es si te expones y te arriesgas a que te maten,

que de nada sirvió intentar evitar

que te manden al frente como hizo don Ramón con su hijo.

-Servir a la patria es lo más sagrado a lo que podemos aspirar.

-No digas tonterías,

no hay nada más sagrado que el marquesado de los Pontones,

del cual tú eres su único heredero.

Señores,

mi nieto acepta sus disculpas

y está dispuesto a pasar página en este lamentable malentendido,

¿no es cierto?

-Así sea.

Siempre le tiene que tocar a uno

hacer todos los trabajos físicos, leche.

Con lo bien que se me da pensar.

Jacinto, ¿me echas una mano con la leña que vengo deslomado?

-Con Dios.

-¿Y a este qué mosca le ha picado?

Bueno, la leche que me han dado.

Venga, vamos allá.

Hombre, ¿qué, tomando el aire?

-En eso estamos, y eso que el sol no calienta.

-¿Ha decidido si va a venirse a la pensión?

-Lamentándolo mucho, las perras no me dan pa tanto dispendio.

Me quedo donde estaba,

que es más barata y la cama está limpia y sin chinches.

-Ya. Digo yo que echará de menos su tierra, ¿verdad?

-Más a la gente que al terruño,

que allí no hay más que miseria y mucha necesidad.

-Pero allí estará su familia deseando verle.

-Figúrese. Como que hace casi dos años que entré en el cuartel.

-Pues coja un permiso y deles una alegría.

-Eso haré,

pero antes... tengo que resolver un asunto muy importante.

-Ya, ya, lo entiendo, lo entiendo. Bueno, yo me voy para dentro,

que luego dice la Fabiana que se queda fría la pensión.

A más ver.

-Lo mismo digo.

Adiós.

El chaval estaba cerril, que si el honor,

que si España,

menos mal que apareció el marqués,

que si no, no sé cómo hubiera terminado todo.

-El alivio que me da to esto,

que me veía yo sola criando a la criatura.

-Donde manda abuelo marqués, que se quiten los honores.

-Hijo, no hagas mofa de don Ildefonso

y piensa antes de hablar la próxima vez.

-No me regañe y entienda mi alegría.

Vamos a brindar por la gran familia Palacios,

que pronto se verá gratamente aumentada.

-¿Se puede saber que os pasa a vosotras dos?

He notado que andáis muy tensas desde que regresé de casa de Felipe.

-¿Tensa yo? Qué cosas dice, suegro.

-Cuando no se tiene nada que decir, lo mejor es no decirlo.

-¿Decir qué, Carmen? No te entiendo.

-Ya sabes el refrán, Ramón, a palabras necias, oídos sordos.

-¿Qué es lo que quieres...? -Mire, Carmen,...

no se haga usted la ofendida,

que aquí tos tenemos mucho que callar.

-Pues no lo calles y suéltalo,

y que no me tenga que enterar por la carta de una muerta.

-¿De qué carta habla?

-De esta mismo.

Estoy harta de los desplantes de la Carmen.

Que me tacha de chabacana y de desmerecer el apellido Palacios.

-¿Es cierto lo que dice Lolita?

-En cambio ella, con sus aires de señora,

le da mucho brillo al apellido, ¿no? Si hace na era una criada como yo.

-Lolita, pide perdón a Carmen,

porque sabes que lo que ha escrito Úrsula es mentira.

-Serán mentiras, suegro, pero con mucha verdad,

que cada vez que su señora menciona Cabrahígo, se le tuerce el morro.

Ahora dirá que es mentira.

-No, Lolita, no, si tienes razón,

estoy cansada de ser despreciada por no ser de ese pueblo,

parece que las únicas mujeres que merecen vivir

son las que nacieron allí.

-¿Yo he dicho eso? Usted está mal.

-Mal, porque por más que me esmere,

no logro quitarme la sombra de Trini.

Y enteraos todos, que yo no soy ella,

nunca lo seré ni quiero serlo.

-¿A qué viene ahora nombrar a mi difunta esposa ahora?

-Ramón,...

sé que vas cada semana a llorar a su tumba a mis espaldas.

-No quería que te sintieras mal por ello.

-Claro, y para ello, nada mejor que ocultármelo.

-Carmen, creo que estoy en mi derecho

a llorar a mis muertos, ¿o acaso tienes algún problema?

-Me parece bien que vayas al cementerio,

el problema es que soy la única que no lo sabía,

¡pero si hasta Marcelina está al corriente!

-Es absurdo que tenga que justificar esto.

-Peor es tener conocimiento de ello por una carta de Úrsula.

-¿Usted también ha recibido la carta?

-He callado hasta ahora porque no sabía si darle crédito

y, sobre todo,

porque no quería disgustarme, pero también tengo sentimientos.

-¡Ya está bien!

Esto tiene que acabar ya mismo.

Romped ahora mismo las dos esas cartas.

-Lolita, haz lo que te pide mi padre, por favor.

-Que lo haga Carmen primero.

-Carmen...

Así no hay quien esté tranquilo.

Ya está, se acabó la cena.

-Estoy superado, hijo, no sé qué hacer.

(Timbre)

-Voy a abrir.

Buenas noches, don Antonio. Una carta pa su padre.

-Gracias.

Era el portero. Una carta para usted.

-Es de Úrsula.

-Muy bien.

Perdona por venir a estas horas. Iba a retirarme.

Estaba tomando una infusión, ¿me acompañas?

Sí, claro.

Ha sido un día intenso

con todo el vecindario revuelto por las cartas de Úrsula.

Esa mujer ha expandido el mal con sus falsas acusaciones.

Precisamente, de eso quería hablarte.

Acaso, ¿tú también has recibido una carta?

Afortunadamente, Úrsula me pasó por alto.

Me refiero a la carta que recibió Agustina.

Vengo de hablar con ella...

y está muy arrepentida por haberse enfrentado contigo en el altillo.

No es para menos, fue muy desagradable.

¿Estarías dispuesta a recibirla y aceptar sus disculpas?

No sé si debería, Felipe.

Lo que hizo Agustina fue grave

y, más en el altillo, delante de todas los criadas.

No es fácil olvidar esa afrenta.

Piénsalo bien,

tú me pediste que fuera piadoso con ella.

Además, no podemos seguirle el juego a Úrsula.

¿Quieres que se salga con la suya?

De acuerdo, mañana hablaré con ella.

No hace falta que esperes a mañana, Agustina está aquí.

Agustina, pase.

Gracias por recibirme.

Señora,...

le ruego que me perdone.

No sé cómo he podido ser tan estúpida

como para creer en las mentiras de Úrsula contra usted.

Me dejé llevar por su maledicencia.

Con lo buena que ha sido siempre conmigo...

No se torture, Agustina, por supuesto que la perdono.

No pienso dar más pábulo a Úrsula.

Gracias, gracias, señora, es usted una bendita.

Gracias. Gracias.

"No quiero irme de este mundo sin purgar mis pecados".

"El silencio me condenará,

y por eso necesito que sepa la verdad, señor Palacios".

"Una verdad que he querido contarle varias veces".

"Alfredo Bryce y doña Genoveva

fueron los autores intelectuales de su intento de asesinato".

"¿Recuerda su terrible accidente de coche?".

"Estoy segura de que usted, un hombre muy inteligente,

comprendió en ese momento que ese accidente

no podía haber sido casual".

"Sepa que sus sospechas no estaban desencaminadas".

El señor Bryce ha engañado a todo el barrio.

Él estaba al corriente de lo que sucedía en el banco:

la bajada de las acciones, la falta de liquidez, la ruina...

-No tiene sentido, si Genoveva es la más activa en las protestas.

-No interrumpas.

-A saber por qué apoyaba a los vecinos o lo hacía creer.

Después de hablar con don Silverio Santana,

estoy convencido de que el señor Bryce

conocía la verdadera situación del banco.

"Todos los socios estaban al tanto".

"Si el señor Bryce ha llevado a los vecinos a la ruina,

ha sido voluntariamente o como parte de un plan".

"Doña Genoveva se hizo la víctima,

cuando en realidad era la cómplice de su marido".

"Fue ella quien orquestó el fraude del Banco Americano,

pues quería vengarse de todos aquellos

a los que hacía responsable de la muerte de Samuel".

"Y cuando usted estaba a punto de descubrir aquel fraude,

decidió matarlo".

"Su accidente...

fue provocado".

"Genoveva es una asesina".

"Creo que mi accidente no fue casual, fue provocado".

-¿Estás diciendo que intentaron matarte?

-No tengo pruebas,

pero todo cuadra:

una imprudencia que me impide regresar al barrio a tiempo

para evitar este desastre,

la desaparición de unos documentos

que prueban todo lo que estoy diciendo durante el accidente.

-¿Qué le pasa, padre?

¿Y si fuese verdad

que ella era la que movía los hilos de la desgracia de Acacias

y que Bryce no era más que un títere en sus manos?

¿No crees que debería mostrarle esta carta a Felipe?,

él es mi amigo.

¿Sabe si Julio se va a quedar por fin en la pensión?

-No, se va a alojar en una pensión del centro, la pensión León.

Seguro que hay cartas que ni sabemos que existen.

-¿No ha recibido ninguna la familia Pasamar?

-Gracias a Dios, no.

Puede haber una segunda ronda de cartas.

Menos mal que intercepté la carta de Úrsula a tiempo.

-Pero igual que lo supo Úrsula, puede que lo sepa otro vecino.

¿Tú crees que le iría con el cuento a mi madre?

-Si he aprendido algo desde que estoy aquí, en esta ciudad,

es que los cotilleos mueven el mundo.

Como vuelva a echar paja en el portal, se la va a comer,

¡se la va a comer!

Mal hombre de negocios, mal esposo,

mujeriego farandulero... Qué mal elegí marido.

-Rosina, escúchame, por favor. -Que no te quiero escuchar.

¡Estás siempre defendiendo a Lolita, pero tu esposa soy yo!

-Carmen, haz el favor de no sacar las cosas de quicio.

-Simplemente, estaba esperando que la primera persona

que me pidiese perdón fueses tú!

Señorita Camino, veo que usted y yo tenemos muy pocas cosas en común,

y entre ellas no se encuentra la más importante.

Me veo obligado a dejar de frecuentar su compañía.

-Hay que encarar este asunto cuanto antes.

-Muy bien. ¿Y cómo se hace?

-Con una asamblea vecinal.

-Hace un rato vino muy risueño.

¿Venía a romper contigo? -Debe ser que sí.

-¿Sin que tú lo propiciaras?

¿Qué es lo de Julio? Nada, amor.

(TARTAMUDEA) Me he equivocado, quería decir Ildefonso

y he dicho Julio.

Claro, como los dos nombres se parecen tanto... ¿Qué me ocultas?

Es usted Julio, ¿no? Sí.

Creo que Maite está seduciendo a mi hija.

Por favor, se lo ruego, si usted sabe algo, por favor, dígamelo.

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Acacias 38 - Capítulo 1189

29 ene 2020

Felipe trae a Agustina a casa de Genoveva y provoca la reconciliación entre las mujeres.

Ramón informa que lo de Lolita no es grave, ha sido solo un susto. Quiere volver a trabajar, pero Carmen se lo prohíbe.

Las cartas de Úrsula siembran la tensión en Acacias: Bellita se enfrenta a Felicia, Rosina está a punto de romper con Liberto, Camino se pone muy nerviosa y le comunica a Maite que la Dicenta sabía de su relación, Ramón sabe que Genoveva estaba detrás de su intento de asesinato…

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