'Acacias 38', nombre del portal señorial donde se desarrollarán las historias, es una serie diaria y coral, ambientada en 1899, que cuenta lo que sucede en un edificio de la burguesía de finales del siglo XIX situado en un barrio lleno de situaciones variopintas.

Realizada por TVE en colaboración con Boomerang TV, ‘Acacias 38’, una idea original de Susana López Rubio, Aurora Guerra, Miquel Peidró y Josep Cister, es una ficción cercana, cálida, luminosa y romántica en la que los grandes protagonistas son los sentimientos universales: el amor, los celos, las pasiones, las venganzas y los odios.

La nueva serie diaria cuenta con un reparto coral formado por más de 20 personajes principales a los que darán vida Sheyla Fariña, Roger Berruezo, David Muro, Iago García, Arantxa Aranguren, Carlos Serrano-Clark, Sara Miquel, Inés Aldea, Marc Parejo, Sara Herranz, Sandra Marchena, Mariano Llorente, Alba Brunet, Marita Zafra, Anita del Rey, Juanma Navas, Cristina Abad, Inma Pérez-Quirós, Amparo Fernández, Raúl Cano, María Tasende, Miguel Diosdado, Aurora Sánchez y Andrea López.

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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 1230  - ver ahora
Transcripción completa

Incluso he llegado a pensar que el tal Marcos

no ha venido a Acacias por casualidad.

-¿Qué trata de sugerir?

Yo creo que el indiano ha llegado a nuestras calles a buscarla.

Mister Golden

me ha vuelto a proponer que me vaya a Hollywood a hacer películas.

¿Eh?

¿Te apetece... irte a California?

¿Y el broche que te regalé?

-Está guardado.

Las criadas no podemos llevar adornos en la ropa de faena.

Me han pedido que le pidiera ingresar en el Partido Liberal.

-Yo nunca había pensado ocuparme de asuntos públicos

ni de gobierno.

-No quiero presionarle.

Usted ha de hacer lo que más le convenga.

Pero le pediría que se lo pensara antes de darme un no definitivo.

Hay una avería de las gordas en sus cañerías

y no van a tener agua hasta nuevo aviso.

-¿Cómo es eso de hasta nuevo aviso, cuándo va a ser eso?

-Pueden ser días o semanas. La cosa pinta muy mal.

¿Qué opinión teníais sobre Santiago?

¿Era un hombre de fiar o quizá un mentiroso?

Al parecer, así lo era. Y no era quien creíamos.

-Pero el que miente una vez puede mentir cientos.

Está un poco lejos, pero debería visitarla.

-Lo haré, pero no sé si resultará de mi agrado.

Yo quiero vivir en el mismo Acacias.

A mi prima le escriben más que a un ministro.

No para de recibir cartas misteriosas.

¿Quién se la habrá enviado? -Piénsalo, mi amor,

Que la pensión

tampoco está tan mal.

Y si necesitamos algo de casa, lo tenemos al lado.

¿Qué ha averiguado?

Viene apuntado todo en el informe.

Laura Alonso es una mujer con una vida de lo más interesante.

-"¿Sanatorio La Merced?".

Sí, quisiera hablar con una interna.

Su nombre es Lorenza.

Sí, estuve viéndola el otro día.

Recuerda que nos ofreciste la habitación gratis.

-Así es, vengan, les he reservado la mejor habitación

de la pensión. -¿Esto qué es?

Ocurrencias de Servando.

Prepárese, que este no da puntadas sin hilo.

Reconozco que nunca he confiado en la bondad de Genoveva.

Pero de ahí a que sea una asesina hay un trecho.

¿Y la carta que recibí de Becerra, qué opinan?

¿Debería entregársela al comisario?

-Eso podría condenar a su esposa.

Pero de no hacerlo

podría impedir que se hiciera justicia.

Ampliando tu vestuario.

Toma, estilo californiano. Mira, mira.

Vas a iniciar tu aventura americana como una reina.

¿Qué te parece?

Necesito saber exactamente qué haces en Acacias.

Y por nuestra antigua amistad, te ruego que me digas la verdad.

Debo pedirle algo más.

Si está en mi mano... Lo está.

Quiero que me consiga una entrevista con cierta persona.

No creo en las casualidades.

-Por el amor de Dios, ¿cuánto hacía que no nos veíamos?

¿Treinta, 35 años?

¿Cómo iba yo a saber que vives en la ciudad, en este barrio?

-Te lo ha podido contar alguien del pueblo.

-Nadie me ha contado nada. ¿A qué tanta desconfianza?

¿Te engañé cuando éramos jóvenes?

¿Entonces?

Me duelen tus sospechas. -Tengo que saber la verdad.

-¿Saber qué, Felicia, qué?

Esto es cómo un jarro de agua fría para mí.

-Eso suena a decepción, y solo se decepciona quien espera algo.

-Felicia, te equivocas, cada vez más.

Cuando te encontré, pensé que había sido

un pequeño milagro.

No por nada, solo que mi destino había querido

que mi regreso fuera más fácil al encontrarme con una amistad,

con una cara conocida al menos.

Y tú me acusas de haber venido con oscuras intenciones.

-Marcos, por favor,

la ciudad donde vivo, hasta el barrio donde vivo...

Es como si hubieras acertado en la diana con los ojos vendados.

-Jamás te engañaría, no a ti.

Sigo siendo aquel muchacho inocente que tú conocías.

-No lo pareces.

-¿Lo dices por mi posición, por mi aspecto?

He tenido suerte, eso es todo.

Ni siquiera había pensado en volver,

pero las circunstancias me obligaron a venir.

-Aquí. -Sí.

-A Acacias. -Sí.

Bueno, no, a Acacias no.

Mira, Felicia,

buscar acomodo aquí ha estado motivado por tu presencia,

no me duelen prendas en reconocerlo.

¿Por qué ir a otro sitio cuando en Acacias conozco a alguien?

Pero...

olvídalo, de verdad.

No me quedaré donde no sea bien recibidos.

(Sintonía de "Acacias 38")

Siéntate. Me alegra mucho que hayas venido a verme.

No me siento, que no sabe to lo que tengo que hacer.

Bueno, un poco. Venga.

Y soy yo la que se alegra de verle, como siempre,

el mismo don Felipe de siempre. O casi.

Ya, o casi.

¿Tiene uste de to?

Sí, gracias.

Mire que no es lo mismo solo, que acompañao.

To los días le pregunto a mi suegro por uste,

y me digo: "Tienes que ir a verle Lolita, que lo estará pasando mal".

Gracias por tus atenciones.

Pero entre el niño, el niño grande, la mantequería,

ya sabe, la casa sin barrer.

Pero me he dicho: de hoy no pasa que vayas a ver a don Felipe.

Y aquí estoy. No tienes por qué preocuparte.

Si es suerte o desgracia, no lo sé,

pero... me he llevado muchos palos en esta vida y...

Que se los ve venir. Algo así, sí.

Y si no los veo venir, pues los intuyo y me protejo.

Como al que le dan un cantazo y se esconde pa que le duela menos.

Yo no lo hubiera podido explicar mejor.

Mire que la cosa se las trae.

Que su mujer le haya partido el alma a la otra, es que...

Usted ya me entiende, don Felipe.

Demasiado bien te entiendo, sí.

Perdone, que a veces digo cosas que no tengo que decir.

Perdóneme.

Y Laura, ¿le cuida a uste bien?

Sí, muy bien.

Pues si no le cuida o si le cuida...

Que llámeme uste pa lo que necesite, que yo me planto aquí.

Gracias, Lolita, sé que lo harías.

Ea, esta mochuela se va a su olivo.

Ven cuando quieras, no tienes ni que avisar.

Campechano que es uste.

A más ver. A más ver.

(Puerta cerrándose)

(EXHALA)

¿Vas a estar mucho rato parada?

Lo siento, señor.

Le traigo una infusión.

Déjela reposar un poco, que el agua se lleve la sustancia.

Deje que le ayude con la chaqueta.

¿Le quito la corbata, señor?

Muy bien.

¿Quiere que le dé un masaje para el dolor de cabeza?

No, no te molestes.

No es molestia, señor. Siéntese. Ya verá cómo lo agradece.

Atiende a esos clientes, por favor.

El té ya estará listo.

Le quito los zapatos y le traigo las zapatillas.

Laura,... no es necesario que te excedas en tus obligaciones.

No me lo he tomado como una obligación, señor.

Usted necesita cuidados.

Mira, Laura, te agradezco tus atenciones,

pero ya te dije que no debes temer por tu empleo,

te quedarás con nosotros,

conmigo,... aunque te limites a limpiar y cocinar.

No me ofenda, señor, esto no lo hago con intenciones.

Solo quiero que sufra lo menos posible, eso es todo.

Bueno, voy a ver cómo va la cena.

Con su permiso.

(EXHALA)

¿Cómo va la cena?

-Estará lista en menos que canta un gallo.

¿Tiene usted gazuza, señora?

-No te creas. -Eso ya me preocupa más.

-¿Qué te parece el retrato?

-Qué bonito. -Y firmado por mí.

-Ya lo veo, ya. ¿Se lo va a regalar a Fabiana?

-Fue ella la que se empeñó en retratarse conmigo

el día de la boda.

Se lo voy a regalar porque como nos vamos,

me gusta pensar que se me recordará aquí.

-Hable usted con el señor.

-¿Con cuál?

¿Con el de la capilla o con el de esta casa?

-No, con don Jose.

Si le dice que no se quiere ir,

seguro que se echa para atrás. -Lo sé.

Precisamente por eso, no voy a decirle nada.

A él le hace ilusión; normal, ahí es na, Hollywood.

Ya le paré en una ocasión y me quedó un come come grande.

-Pero si usted va a estar a disgusto en esas tierras...

-Bueno, es igual.

Bueno, busca un papel vistoso para envolverle esto a Fabiana,

que debe estar al llegar.

-Apago eso, lo aparto, y le busco el papel.

-A las buenas. ¿Me había mandao llamar?

-Sí, pero no para que te presentaras por la puerta de servicio.

-La costumbre. Yo serví en esta casa, ¿sabe?

-Tú ya llevas muchos años como propietaria,

para comportarte como una chacha.

-Puede que algo de razón lleve uste,

pero tampoco es bueno olvidar de dónde viene una.

-No tienes tú letanías ni nada.

Toma, a ver si te gusta.

Pero si somos usted y una servidora.

-Digo, ya me había fijado.

Quería envolvértelo,

pero como has venido tan pronto, no me ha dado tiempo.

-¡Agradecía, señora! Lo voy a colgar en la pensión.

Se va a quedar la parroquia pasmá.

Y a Servando le va a pirrar, seguro, pero no lo dirá.

Por la pelusa, ya sabe uste.

-¿Y qué?

¿Sigue empeñado en hacer de la pensión la más elegante del reino?

-Y yo que lo dejo.

Mientras ande en ese fin, no está haciendo algo peor.

-Mujer, tampoco es tan malo querer progresar.

-Qué progresar ni qué progresar, si nos va a llevar a la ruina.

Él no quiere progresar, quiere es aparentar.

Pero ya caerá del guindo y se coscará

de que nadie puede ser lo que no es,

o dicho de otra manera, ca uno es

lo que es.

-La gente cambia.

-Servando no.

Bueno, sí, cambia, pero de gorro, y a peor.

Yo ya le he dejado por imposible.

A él y a todos los hombres, si me apura.

No hay que decirles na.

Cuanto más les dices, más se emperran.

-De alguna forma habrá que torearlos.

-Sin capote, que les revienta.

¿Los hombres quieren creer que son ellos los que citan,

templan y mandan? Pues que se lo crean.

-Fabiana, ¿y cómo te los llevas a banderillas?

-A la chita callando.

Dejándoles sitio.

Ellos tiran, tiran, tiran p'alante,

y nosotras les dejamos su sitio, les su dejamos sitio,...

pero solo el sitio por el que nosotras queremos que vayan.

-A banderillas.

-O pa chiqueros, donde una quiera.

Bueno, pues yo ya me marcho.

¿Le puedo dar un beso? Por lo del retrato.

-Digo, faltaría más.

A más ver, señora. -Con Dios.

Ay, ay, ay...

(Se cierra la puerta)

-Ya he dao con él. ¿Le vale este?

-Oye, Alodia,...

¿tú crees que a mi marido le gusta creer que domina?

-Le priva. Como a todos, ¿no?

-Sí, sí, lo de todos ya me lo sé. Pero a él también.

-¿Qué ha hecho usted con el retrato?

(SERVANDO SILVA)

(Se cierra la puerta)

Buenos días tengan ustedes. Buenos días nos dé Dios.

Acompáñenme.

Doña Rosina.

¿Han pernoctado ustedes bien?

-La pernoctación era gratis, ¿no? -Absolutamente.

Es un placer y un honor tenerles entre nosotros.

-Rosina lo dice porque no hace falta que seas tan obsequioso.

-Es costumbre de la casa,

nos glorificamos al hacer exquisito el trato

con nuestros insignes clientes.

¿Desean ustedes desayunarse? -¡Me comería un buey con su carreta!

-Lo siento, don Liberto, pero la guarnición se nos ha acabado.

-Muy ingenioso.

Me conformaré con un café y una rosquilla, gracias.

¿No te sientas, cariño?

-¿Ha venido Casilda? -¿Se refiere usted a su doncella?

No ha venido, pero la he escuchado hace un rato por la calle.

-Ve a buscarla.

-Sus deseos son órdenes para mí,

señora de Méndez-Aspe, viuda de Hidalgo.

Tienes que hablar con ellos.

-¡Tienes que hablar con ellos! No lo aguanto más.

-Solo quiere que nos sintamos bien tratados.

-¡Lo haré yo!

Hablaré con Servando y con Fabiana, con los dos.

La habitación es un asco, un asco.

-A mí me ha parecido muy limpia. -Sí, claro, muy limpia,

¡como un iglú!

Tengo los dedos tan fríos, que me baila la alianza.

¿Y las sábanas? Son como un cilicio.

Si tengo el pompis como si me hubiera tirado

por la cuesta de las Ánimas sentada en un saco.

-Un poco de paciencia, cariño. Con algo de suerte,

hoy volvamos a casa. -Fíate de la virgen y no corras.

Por si acaso, quiero mi brasero

y unas sábanas que envuelvan y no desuellen,

y un colchón que no esté tallado en mármol y...

-Rosina... -No he terminado.

Y... una marina para colgarla en la pared,

para que finjamos tener horizonte.

Viene. Díselo, díselo, díselo.

-Su fámula, señora.

-¿Qué me ha llamao?

-Trae mi taza de porcelana de Limoges.

-¡Señora, por Dios, que voy por rastrojo!

Me paso el día de la casa al caño y del caño a la casa.

-¡¿Quieres que me tome mi café en una de esas tazas?!

-Y tráeme el brasero, con su cisco.

-Que sí, señora.

Hablando de chorizo, ¿no tienes nada salado?

-Sí, señora tenemos un gran surtido de salazones.

Nos caracterizamos por tener unos desayunos pantagruélicos.

-Anda, no te hacía conocedor de la novela renacentista francesa.

-Este es un hotel de raigambre.

Gargantúa y Pantagruel no tienen secretos para nosotros.

Con su permiso. -¿Quiénes son esos?

-Unos gigantes, padre e hijo, conocidos por su voraz apetito.

-Y por sus grandes almuerzos.

-¿Gigantes?

¿No me estarás llamando gorda con lo de pantagruélico?

-No, señora, no me atrevería a reseñarlo;

aquí tratamos a todo el mundo por igual.

-(SERVANDO RÍE)

Veo que la señora tiene avidez de ejercicio esta mañana.

Me place. -Ya está bien, Servando, cállate

y déjanos desayunar,

a ver si le va a cambiar el humor a mi esposa.

-Espero que todo esté a su gusto.

-Ahora que lo dices... -Sí, todo bien, Servando.

El entorno, el trato, todo, ¿de acuerdo?

-Me place.

Voy a encargar a cocina que les hagan una "omelette de fromage".

Con su permiso.

-¿No le has dicho nada? Hola, soy tu esposa.

¡¿Podrías darme la razón por una vez en tu vida, ponerte de mi parte?!

-Hola, soy tu esposo. Tengamos la fiesta en paz.

-A los buenos días.

Vaya, mírenlos, levantaos y atendidos ya.

Les traigo estas flores para alegrar su alcoba.

No tenemos muchos lujos, como los hospedaos suelen ser viajantes...

-Rosina, ya.

-"¿Cómo que sí, sí, sí?".

-Te daba la razón, mujer. -¿Y por qué?

¿Qué te he dicho? -Que soy un ceporro.

-Muy bien. ¿Y por qué eres un ceporro?

-Perdóname ya, anda. -Te perdonaré cuando me demuestres

que sabes en qué has metido el cuezo.

-Lo de las ovejas, ¿no? -Uy.

-Aquí llega el tío Paco con las rebajas.

El brasero que os presté ayer,

ya está volviendo, que me lo ha pedío mi señora de malos humos.

-Mi gozo en un pozo, con lo calentitos que estábamos el chiscón.

-Tan calentitos, que ni te arrimaste a mí.

-¡No era por eso!

-Ya veremos, que a lo mejor hacemos las paces cuando te coja el frío.

-Ni paces ni leches.

¿Sabes por qué estoy enfadá contigo, gañán?

-Por compararte con una oveja.

-Ajá. ¿Y por qué no debes compararme con una oveja?

-Porque las mujeres son mejores que las ovejas, mucho mejores.

-¿Ves como no es tan difícil?

-Aunque... me barrunto yo...

A ver,...

que las mujeres sois mejores que las ovejas en muchas cosas, pero...

por decir alguna cosa, subiendo peñas no.

Tenías que haber visto a Remigia, cómo escalaba,

una araña.

Estaba la peña así, y a la que te despistabas, ya estaba arriba.

(BALA)

Que no miento, ¿eh?

-A ti te va a costar la vida remontar.

Ni aunque te ayude, que te ayudaré.

Servando, ¿podrías servirme más panceta?

-Dos lonchitas de panceta. De inmediato, señora.

Ahí está.

-Y más zumo de naranja. -Sí, cómo no.

-La señora zampa como un cocodrilo.

-Señal de que se siente a gusto, como en casa.

-Créame, la conozco: en su casa no come ni la mitad.

Menuda es. Como siga así, nos va a dejar la nevera tiritando.

-Esto es una inversión.

Mire, ya empiezan a entrar.

Muy buenas, caballero. Sea usted bienvenido.

No ha podido elegir mejor hotel que este, afín con su elegancia.

-¿Qué estás tramando, socio de mis pecaos?

¿Le echo café al señor o se le enfriará?

-No, sírveselo cuando venga,

que si está frío se quejará y lo necesito centrado.

(Puerta)

Creo que ya viene.

Tenga.

-(BOSTEZA)

Demostrado.

No puedo dormir cuando tú te levantas, princesa.

Es como si la cama se volviera escarcha.

¿Qué ha sucedido?

-Nada. -¿Nada? Algo será.

-Es igual.

Quiero que todo siga adelante. -¿Todo el qué?

Dime. ¿Qué cuentan los chafarderos?

-Nada, nada.

Alodia, para limpiar cristales.

-Después de que desayunen.

-¿Qué me estás ocultando, Bellita? -Que nada.

-No tengo más que ponerme el abrigo y bajo a comprar yo los papeles.

-En eso llevas razón.

No vale la pena seguir ocultándotelo.

Aparte de que somos un matrimonio.

-Y bien avenido.

En los EE. UU., una estampida

que ha terminado con la vida de no sé cuántos pecadores.

-Na. Los bisontes.

-¿Lo sabías?

-No hay mucho que estudiar: los bisontes, que son muy cabezones.

Tú no te preocupes, mi alma, que en Hollywood no hay bisontes.

-Es que los bisontes no son todo.

-También hay avalanchas, pero en el norte.

-Me refiero a la mafia.

Son los amos y dueños del lugar. -¿Verdad que sí?

Qué tipos, oye.

Con sus trajes a rayas, sus puros habanos...

Por no hablar de los autos que calzan,

más largos que un tranvía, señoriales.

Golden me habló una vez de que tenía en la cabeza

que yo interpretara a un mafioso.

Creo que lo haría bien, así.

Pero los mafiosos, añadíos a los bisontes...

-¡Por lo que más quieras, Alodia, no sigas preocupando al señor!

-No es mi querencia, pero bien que me acuerdo de Cesáreo,

que iba tan contento al caserío,

y se volvió muy rápido por lo de las vacas.

-Y eso que en las vascongadas no hay indios,

que no te he hablado de los indios aún.

-Dicen que hay "antofagastos".

-Antropófagos, Alodia, caníbales. Y con eso no se juega.

-Nosotros jugamos a las tabas con los huesos de los corderos.

¡Que es broma!

Ni caníbales ni nada. Se comen a los bisontes.

-¿De verdad que no te da miedo?

-¿Miedo? ¿No lo conquistaron los extremeños en su momento?

Pues los de Almería mejor.

José Domínguez, el Choco, conquistador.

Vamos.

Pero, señor, ¿ya con la pluma sin siquiera desayunar?

Los tribunales no esperan.

Vaya.

Y yo que le traía el desayuno para darle una sorpresa.

Deja la bandeja aquí, que sí que tengo apetito.

¿Ha descansado bien?

Como un príncipe.

No lo habría conseguido sin tu masaje.

¿Ve cómo podría ser si me dejara cuidarle?

¿Estás segura de que solo haces tu trabajo?

Claro, señor.

Me pareció que tenías mucha práctica.

No voy a mentirle,

he hecho cosas de las que no me siento orgullosa.

¿Qué cosas?

Cosas malas,

pero nunca fue por gusto, señor.

Laura...

¡Laura!

Laura.

Perdone, señor, me he quedado traspuesta.

Llevo rato buscándote. ¿Necesita algo?

Quería que me ayudaras a buscar una pluma que no encontraba.

Al no responder, pensé que te había pasado algo.

Qué tonta, señor, lo siento. ¿Necesita que le ayude a buscarla?

No, no. Ahora me voy a mi casa.

Señor, ¿puedo pedirle algo? Claro.

Necesito unas horas para atender unos asuntos.

Ve, no te preocupes.

Gracias, señor.

-"¿Seguro que no quieres sentarte?".

-No, señor, así estoy bien.

-Como quieras, habla entonces.

-Lo que yo le estaba diciendo,

que como yo sé que usted maneja muy bien a la señora,

y permítame que le diga que eso tiene su mérito,

he pensado que a lo mejor, solo a lo mejor,

usted sabría qué puede hacer mi primo

pa camelar de nuevo a la Marcelina.

-¿Ellos lo han hablado ya serenamente?

-¡Uy, sí, muy serenos los dos, si ninguno bebe!

-No, Casilda, serena...

Con tranquilidad, que si lo han hablado tranquilamente...

-Cada vez que lo hablan, mi primo mete más la pata

y ya está de barro hasta la ingle.

Entonces, habrá que tomar medidas más dulces.

-Tampoco es muy dao a eso, es más de cáscara amarga.

Como ha sido pastor de ovejas, ya sabe uste.

-Me refiero...

La dulzura. Con dulzura, con ternura, eso nunca falla.

Mira, Rosina y yo nos conocimos...

Bueno, conocer, conocer,

nos conocimos en un río, ¿de acuerdo?

Y cuando nos pasamos de la raya y parece que todo es irreconciliable,

la vuelvo a llevar a esa rivera,

tiendo la manta y... eso es magia.

Empezamos poco a poco a...

Mano de santo, te lo digo yo.

-Qué bonito.

Pa los señores parece tan sencillo...

Una mujer, un marido, un río...

Pero Marcelina y mi primo se conocieron en el altillo,

en la calle, qué sé yo.

Ahí no se puede tender una manta como si nada.

-Pues una joya. Eso sí que nunca falla.

Las mujeres caen rendidas ante un estuche de joyería.

-Inútil.

-Oye, Casilda... -Hablo del consejo.

El consejo es inútil.

Marcelina no se va a dejar camelar por bisutería,

y eso es lo máximo que podría comprar mi primo.

Y ahorrando.

-Pues sí que es complicado, sí.

Si los hombres y las mujeres viven en mundos distintos,

los pobres y los ricos, más aún.

No ha sido uste de mucha ayuda,

pero gracias por intentarlo. Con Dios.

-Con Dios.

-¿Le pongo otro?

-No, gracias, Felicia.

Si tomo otro café, me tienen que llevar al hospital.

-¿No vienen los señores hoy a la tertulia?

-Sí, de hecho, había quedado con don Marcos.

Ya debería estar aquí.

-Qué raro, con lo puntual que suele ser.

De hecho, siempre llega antes de tiempo.

-Eso es cierto. -No le habrá pasado nada, ¿verdad?

-Señor, que me olvidaba de lo más importante.

Esta nota me la dio hace un rato un mozo.

-Gracias.

Precisamente, es de don Marcos, que no puede asistir.

Y, la verdad, me extraña, suele ser muy cumplido.

(LOLITA LE HACE CARANTOÑAS)

Qué guapo.

Uy.

¿A que parece que hable? -Sí.

-Mira que ha salido espabilao.

¿Es espabilao o no es espabilao mi cachorro?

Sí, eres más listo que Lepe, Lepijo y sus siete hijos.

¿A que sí, don sonrisas? Sí.

-Tú lo dices por jugar con él,

pero ayer le estaba contando un cuento,

por entretenerme yo más que nada,

y no dijo ni pío hasta que no llegué a la moraleja.

Como si me estuviera escuchando.

-Uy. -Carmen, no seas exagerada.

Ya sabemos que es nuestro nieto y todas esas cosas,

pero apenas es un recién nacido.

-Pero bueno, mira el abuelo.

Te digo yo que esta criatura tiene una inteligencia sobresaliente.

Míralo.

-No es porque sea su madre, pero...

va a llegar a algo, a ministro, por ejemplo.

A rey no, porque no se puede.

-No ha dado Cabrahígo muchas dinastías, ¿no?

-No. -(MONCHO SOLLOZA)

Sí, tienes hambre, cariño.

Vamos a comer, a comer. Hale.

-Carmen, ¿tú crees que...

Antoñito se siente orgulloso de mí?

-Pues claro, hombre, eres su padre.

Sería un descastado si no.

-¿Y tú?

-Yo también, Ramón.

Como marido, como empresario y como cabeza de esta familia,

pocos, muy pocos podrían hacerlo mejor que tú.

-Pero... si tuvieras que compararme con Armando, ¿qué dirías?

-Con don Armando... Qué tonterías dices.

-Hablo en serio.

Mírame.

-No sé.

Armando y tú os movéis en esferas completamente diferentes.

Ni peor ni mejor, diferentes.

Cada uno en su sitio.

-Quieres decir que él es diplomático,

que viaja por medio mundo y despacha con el rey, ¿no es eso?

-Los dos lo hacéis lo mejor posible, pero cada uno en su campo.

Los dos os esforzáis, los dos sois admirables.

Sí, eso. ¿A qué viene tanta pregunta?

No me lo digas, todavía no le has pedido disculpas a Marcelina.

-¿Cómo lo sabe?

-A puntito estuve, pero en cuanto hablé, volví a meter la pata.

Me faltó... esto. -A que duele, ¿eh?

-Desde que se enfurruñó,

no he entrado en calor, ya me entiende.

-Le entiendo perfectamente. Con lo húmedo que es el caserío,

hay noches que daría mi chuzo por meterme con Arantxa

entre esas sábanas pegajosas. -En fin, corderas.

Digo... ¡mujeres, eso, mujeres! No voy a aprender nunca.

-Supongo que te has pensado bien lo del ramo.

-Según Casilda, era mejor una joya, pero el que da lo que tiene...

-Quiero decir que, si te has ido a comprar flores a otro quiosco,

Marcelina te va a hacer una ensalada con ellas

y te las vas a comer aunque te atragantes.

-¿Uste piensa?

-Lo importante es lo que va a pensar ella.

-Puede que lleve razón.

Le regalaré la ensalada a Fabiana pa que adorne la pensión

y a seguir rumiando cómo galantear a la parienta.

Con Dios. -Con Dios.

-A usted quería verle yo. -¿A mí?

-Creo que... le debo una disculpa.

-Vamos, comisario, yo también soy autoridad

y la autoridad no se disculpa.

-Voy a hacer una excepción en este caso.

Sobre todo, porque su sacrificio ha sido para nosotros de gran ayuda.

-Entre uniformes, ya se sabe.

Sacrificio, ¿por qué? -Su arresto era una trampa.

Se trataba de hacer pensar a la verdadera culpable

que no teníamos puestos los ojos sobre ella,

y así cometiera un error. Perdóneme también por no decírselo,

temía que se fuera usted de la lengua.

-Pelillos a la mar, comisario. Yo ya me olía algo.

Usted y yo somos estrategas, la estrategia contra el crimen.

Y entre estrategas, cuantas menos palabras, mejor.

-Ande, vamos a echar un café.

Yo convido.

-¿Me contará usted cómo va el caso?

-Todo lo que no sea secreto de sumario.

-Claro, claro.

Aunque... entre autoridades, ya sabe, ¿no?

-Ande, Cesáreo, pase usted.

¿Han comido ustedes bien?

-Delicioso, señora. Permítame felicitarla.

-Lo mejor, el postre.

Estaba paladeándolo y me decía a mí misma:

esto tiene que ser lo que le sirven al niño Jesús los ángeles.

En la gloria, digo yo.

-Muchísimas gracias, doña Susana.

Nada me complace más que unos clientes satisfechos.

Y más, cuando se trata de unos amigos cercanos como ustedes.

-Pienso hablar de este almuerzo en el Ateneo.

-¿Ya te vas? -Sí, si las señoras me lo permiten.

Tengo una reunión con lo más florido del ala conservadora

y no querría llegar tarde.

-Tienes una hora por delante.

-Sí,

pero voy a pasar antes por el domicilio de Ramón Palacios;

me gustaría que me acompañara.

-¿Ha consentido ya en integrarse en vuestras filas?

-Aún no, pero puedo oler a distancia a un político de raza.

Algo me dice que aceptará.

-Que haya suerte, don Armando. -Gracias.

Buenas tardes, señoras. -Buenas tardes.

-Con Dios.

-¿Ha aclarado ya la cosas con don Marcos?

-Le puse los puntos sobre las íes.

-Cuente, cuente usted. -No tuve pelos en la lengua.

Le emplacé a aceptar que había venido a rondarme.

-¿Y?

Lo negó todo.

Se finge inocente, pero, para que usted vea,

desde que hablamos, no ha vuelto a dar señales de vida.

-Pues mejor. -Eso mismo pienso yo.

Es un engorro, todo el día a mi vera.

-Aunque no parece usted muy contenta, si le digo la verdad.

-Vanidad de mujer, supongo.

-Ha cedido el hombre demasiado pronto, ¿no es eso?

Vamos, vamos, que usted se debe a sus hijos y a su negocio.

¿Han encontrado ya casa Ildefonso y Camino?

-En manos de don Liberto está. -Ah.

Quiera Dios que les provea de un hogar amplio

donde criar a esos nietos que usted ansía.

-Mañana aprovecharé la ofrenda a Nuestra Señora de los Desamparados

y rezaré un rosario por el matrimonio de mis hijos.

Es posible que haga una ofrenda por la fertilidad.

-¿No me diga?

Ahí estaré yo, como Dios es cristo.

Que con las cosas del cielo, nunca viene mal un refuerzo.

-Y que lo diga.

No me han dicho quién viene a verme.

Vaya, mira a quién tenemos aquí.

Me han dicho que usted quería que viniera.

Sí, estás aquí por mi voluntad,

pero los carceleros no me habían informado

de que me habías obedecido.

A mandar, señora. Ya lo creo.

Siéntate.

Muy modosita te encuentro.

Señora, preferiría que me dijera para qué me ha ordenado venir.

¿Te imponen las comisarías?

Voy a necesitar algunas explicaciones.

Todo va muy bien.

El señor se encuentra atendido y trabaja de sol a sol.

En la casa... Explicaciones sobre ti, Laura.

Lo sé todo.

Este contrato ya está listo para la firma.

-Muy bien, llamaré a los clientes para reunirnos y firmar.

Ya tengo ganas de quitarme de encima esa finca.

-¿Hay algo más en el orden del día?

-Sí, tienes que buscar en los archivos

la cesión de la patente de las cafeteras.

Era para doce años y tendremos que solicitar la renovación.

-Madre mía, se dice pronto.

Llevo ya diez años trabajando en el negocio de las cafeteras

y olvidado de mis inventos.

-¿Y te arrepientes?

-No.

Un poco.

-He estado pensando en lo que me dijiste ayer.

-No me lo tome en cuenta, yo digo muchas cosas.

-No, hablo en serio.

Querías que llegado el momento, Moncho, estuviera orgulloso de ti.

-Sí, pero como cualquier padre, imagino.

-Pues deberías de dejar de darle vueltas a la cabeza y no agobiarte.

Moncho tendrá muchas razones para estar orgulloso.

Te ganas la vida honradamente

con tu esfuerzo y tu ingenio, nadie puede pedir más.

-Eso está muy bien, pero... -Pero quieres más.

-Sí, claro.

Quiero que cuando Moncho sea mayor y diga por ahí

que es hijo de Antonio Palacios,

todo el mundo sepa de quién está hablando.

(Puerta)

En fin... Abra. Voy a buscar la cesión de patente.

-Don Armando, no hubiera podido usted venir en mejor momento.

Tenía ganas de hablarle. Pase, pase.

-¿Esas ganas de conversación significan

que va a entrar usted en política?

-(ASIENTE)

-¿Y cuál es la respuesta?

¿Cómo lo ha averiguado usted?

¿Importa mucho?

Vamos, no merece la pena flagelarse por lo que ya está hecho.

¿Qué quiere?

Pongámonos de acuerdo en cómo están las cosas en este momento.

Supongo que no me negarás que somos dos mujeres con problemas,

problemas serios.

Dos mujeres que necesitan ayuda

y que la necesitarán más en un futuro próximo, ¿sí?

¿Y qué hacen dos mujeres en apuros cuando el destino las reúne?

Se amparan la una a la otra, supongo.

¡Eso es!

Se ayudan, muy bien. Sabía que eras una chica lista.

Lo supe desde el primer momento. ¿Qué tengo que hacer?

No me tengas miedo, somos amigas, aliadas.

Te lo había dicho alguna vez, pero te mostrabas remisa.

Eres un poco rebelde tú.

Sin embargo, siempre supe

que acabarías haciendo lo que más te convenía.

No tenía ninguna duda.

Y ahora, sabiendo lo que sé,

menos aún, claro está.

A su servicio, señora.

Lo sé.

A mi servicio y al de nadie más.

(ASIENTE)

Como lo oyes, prima.

En cuanto esté instalado en América, me manda llamar.

-Mucho padre pa tan poco hijo, me parece a mí,

-¡Serás malaje!

-Quién te lo iba a decir. -Nadie, prima, esa es la verdad.

Hace unas semanas estaba cagadito

por lo que pasaría cuando Bellita se enterara,

y ahora, ya ves, me siento uno más de la familia.

-¡Ay, doña Bella, qué mujer! -De rompe y rasga.

-Y ahí donde la ves, es una leyenda, es hasta sacrificá.

-Prima, sin exagerar,

que tampoco es que sea yo un hijo que dé quebrantos.

-No lo digo por eso, alma de cántaro, lo digo por el señor.

-Se quejará.

No a todas las esposas se las llevan a Hollywood a pasear en coche.

-No es por echarte encima agua del botijo,

pero... lo de Hollywood no está tan claro.

-¡Anda que no!

Si te lo he dicho, prima, hasta yo mismo me embarco.

-La señora le ha avisado a don Jose

sobre lo comprometida que es la América.

Y no me extrañaría que el hombre se echase p'atrás.

-¿Mi padre? ¿Echarse atrás mi padre?

Qué poco le conoces. Mi padre...

se come Hollywood por los pies, y los peligros, de aperitivo.

-Pa ti la perra gorda, ya está. -Pos ea.

Prima, he estado pensando en una cosa,

y creo que una vez esté instalao,

no le será mu complicado buscarme faena de multitud.

-¿De multitud? -Figuración, lo llaman allí.

De hacer bulto, vamos.

La gente que me ha visto en los retratos de la boda

dice que soy muy fotogénico.

-¿"Fotogénico", eso qué es, Julio?

-Fotogénico, prima, que salgo bien en los retratos.

-Ah, eso es verdad, mejor que en persona.

-Pues ea, fotogénico.

He escuchado las voces y me he dicho: ese es Julio Jose.

Y aquí está, Julio Jose. Dame un besito.

-¿Ha venido con mi padre?

-Ahí lo he dejado, en el salón.

-Voy a darle a la mojá con él.

-Ve.

-¿Le ha metido el miedo en el cuerpo?

-Ni mijita. Cuanto más grande es la amenaza, más gracia le hace.

-Le hablas de asaltos a la diligencia,

y él sueña con verse en el pescante disparando.

-¿Y lo de los caballos salvajes?

-Si quiere ver el "quentoqui derbi".

No le ve inconveniente a na. -No está fácil la cosa.

-Ya no sé qué hacer.

¿Te quieres creer que le he dicho que cuando roban los trenes

las embarazadas suelen ponerse de parto?

Que él es muy medroso pa esas cosas,

pues va y me dice que eso se arregla pidiéndole al revisor negro

mucha agua caliente. -Es que es un cabezón.

-Lo tienes calao.

Ya no se me ocurre na que le imponga aunque sea un poco.

-¡Doña Bella, ya lo tengo!

Si no le convence usted con esto, no le convence con nada.

Venga.

Por favor.

Gracias por enviarme a la chacha.

No tuve que insistir mucho.

Sin embargo, el comisario ha dejado de interrogarme.

De hecho, ni viene a verme. También he hablado con él.

Gracias.

Mi trabajo es complacerla.

¿Se ha entendido con la chacha?

Más bien, me ha entendido ella a mí.

Y supongo que su entendimiento, nada tiene que ver con sus tareas, ¿no?

(SONRÍE)

Necesito que me cuente qué trama.

Para defenderla mejor.

Como el lobo del cuento.

No le atañe a usted.

Pues le contaré yo mis andanzas.

El comisario no viene a molestarla

porque su caso ha subido a más altas instancias.

¿Al juez?

Digamos que mis gestiones han dado los frutos deseados.

Va a ser puesta en libertad.

Doña Genoveva... va a ser puesta en libertad.

¿Cómo es posible?

Ha conseguido que el magistrado le permita esperar en casa

la incoación del sumario.

"Marcelina, ¿quieres ganarte unas perras?".

-"Ah, nunca le vienen mal a nadie".

-Cierra el restaurante esta noche y las tendrás.

-Miel sobre hojuelas.

Venga, a cenar, que me zamparía un león.

¿Ha hecho puntillitas Alodia?

-He pensado que a lo mejor os gustaría probar la comida americana,

para ir acostumbrándoos.

Ahí está.

-Yo esto no lo pruebo.

-"¿Qué horas son estas de volver al trabajo?".

-Marcos me dejó una localidad para un concierto de cámara.

-Una localidad al lado de la suya, supongo.

¿Sigue disgustada contigo? -Disgustada no, emberrenchiná.

-Tienes que hacer lo que me ha dicho don Liberto,

comprarle una joya.

-¿No puede ser otra cosa? -"¿No se ha enterado?".

Don Marcos está buscando piso en los barrios nuevos de las afueras.

-"¿Vosotras pensáis que Genoveva es culpable?".

-No sabría decirle, doña Susana.

-Pues si andamos con estas dudas,

a ver con qué cara la recibimos cuando regrese.

-Pues cuidado con Casilda, que ella quería mucho a Marcia

y es capaz de enfrentarse a ella.

Qué habitación.

La celda de una cartuja tiene más chispa, es feísima.

Y el frío que hace, es sacar un pie por la manta

y se te quedan las uñas moraditas, como al nazareno.

Espera, que tengo que comunicaros algo muy importante.

-Padre, que me espera don Jose.

-Y lo que yo tengo que deciros,

puede que cambie la vida de esta familia,

así que, haz el favor de sentarte.

A ustedes. Gracias por todo.

Acacias 38 - Capítulo 1230

27 mar 2020

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