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La ciudad del recuerdo

  • Según estimaciones, en el cementerio de La Almudena, el mayor de España, se han realizado más de 4 millones y medio de inhumaciones
  • Una epidemia de cólera obligó a realizar los primeros enterramientos en 1884, cuando aún estaba en construcción la Necrópolis proyectada
  • Maravilla Leal, una joven de 20 años que se quitó la vida, fue la primera enterrada, en lo que hoy es el Cementerio Civil. Cuatro días después se produjo el primer enterramiento en la parte católica, el del niño Pedro Regalado
  • El cementerio reúne un extraordinario patrimonio artístico, con cerca de 300 tumbas protegidas
  • En sus 120 hectáreas de extensión descansan los restos mortales de personalidades de todo tipo, políticos, científicos, literatos, deportistas, artistas…Protagonistas destacados de la historia reciente de España
  • En 1973 se puso en marcha el Crematorio, el primero de España. Aquel año se incineraron 44 cadáveres, actualmente se realizan en torno a 7.000
  • #CRcementerio

Por
Crónicas - La ciudad del recuerdo

FICHA TÉCNICA:

  • Guion: JUANTXO VIDAL
  • Realizador: JOSÉ LUIS ARAGÓN
  • Imagen: JOSÉ MANUEL FREAN
  • Sonido: IGNACIO VILLANUEVA
  • Montaje: MARÍA TAFUR
  • Sonorización: ISABEL GARCÍA
  • Grafismo: ANTONIO VALENTÍN
  • Postproducción: JOSÉ MARÍA GINÉ
  • Ambientación musical: BEATRIZ HENAR
  • Producción: ANA PASTOR – LOURDES CALVO
  • Documentación SSII - TVE

Es una extensión enorme. 120 hectáreas. Tanto, dicen, como el casco viejo de Segovia. Es una ciudad dentro de otra ciudad, el mayor cementerio de España y uno de los mayores del mundo, el cementerio de Nuestra Señora de La Almudena. La necrópolis abarca también el Cementerio Civil, el Hebreo y el crematorio.

Se estima que en sus más de 130 años de historia se han producido en torno a cuatro millones y medio de inhumaciones, más de cuatro millones y medio de personas fallecidas descansan en las explanadas de la ciudad de los muertos.

Cada año se realizan 6.000 inhumaciones, poco más de la mitad son ya en urnas de cenizas, restos humanos procedentes del crematorio. Aunque el cementerio parece repleto, los actuales gestores estiman que readaptando las partes más antiguas, aquellas en las que han expirado las concesiones para enterramientos, aún tendrá capacidad para dos décadas. Actualmente, las unidades de enterramiento, panteones o nichos, se conceden por un plazo de 75 años, antes eran 99.

Tras dos décadas de gestión privada, el Ayuntamiento de Madrid aprobó la remunicipalización de sus servicios funerarios. Desde septiembre de 2016 la Empresa Municipal creada al efecto gestiona el cementerio de La Almudena, junto a otros 13 cementerios, dos crematorios y dos tanatorios de la capital. Se abre así un ciclo nuevo para una necrópolis de historia e historias extraordinarias.

En los orígenes, fue el cólera

Fue el rey Carlos III quien en 1787 dictó una Cédula que prohibía los enterramientos en las Iglesias, y recomendaba, por razones de salud e higiene, trasladar los cementerios a los exteriores de las ciudades. La orden no fue del agrado de las autoridades eclesiásticas ya que ponía en riesgo una parte importante de los ingresos que percibían como únicos gestores, hasta entonces, de los actos funerarios. Así que la Iglesia no puso mucho empeño y el asunto se demoró casi un siglo, hasta que el Ayuntamiento de Madrid decidió sacar a concurso el proyecto para la construcción de un cementerio en las afueras de la capital. Se denominaría Necrópolis de Este. Desde entonces la historia del Cementerio de La Almudena puede resumirse en varias fechas:

-1.877 – De los 6 proyectos presentados para la construcción de la Necrópolis del Este gana el firmado por los arquitectos Fernando Arbós y José Urioste que se embolsarían las 5.000 pesetas del premio.

-1.884 – A los pocos años de iniciarse las obras de la Necrópolis, una epidemia de cólera obliga a construir en la zona anexa un cementerio provisional que comenzaría a llamarse Cementerio de Epidemias aunque oficialmente fue denominado Nuestra Señora de La Almudena.

El 9 de septiembre tiene lugar el primer enterramiento, aunque no será en el Cementerio de Epidemias sino en un terreno contiguo debido a que la persona enterrada, una joven llamada Maravilla Leal, se había suicidado y la Iglesia negaba exequias a los suicidas. En torno a la tumba de Maravilla fue conformándose el Cementerio Civil.

El 13 de septiembre se produce el primer enterramiento en el Cementerio de Epidemias. Se trata de un niño llamado Pedro Regalado. Poco antes el cementerio había recibido la bendición, para lo que fue necesario un acuerdo: el Ayuntamiento pagaría a la Iglesia 5 pesetas por cada enterramiento de adulto y 2’50 por cada niño.

Las tumbas de Maravilla Leal y Pedro Regalado son las únicas de concesión perpetua, por orden de Alfonso XIII. El Cementerio Civil y el denominado Cementerio de Epidemias son, por tanto, las partes más antiguas de la actual necrópolis de La Almudena.

-1.922 – Se inaugura el Cementerio Hebreo, pegado al Civil.

-1.925 – El 17 de julio se inaugura la Necrópolis del Este, casi medio siglo después de la puesta en marcha del proyecto (los procesos de expropiación de terrenos y varios conflictos laborales habían ido ralentizando las obras). El nuevo cementerio mantiene la estructura original de los arquitectos Arbós y Urioste, con base de forma basilical de cruz griega, pero levemente modificado por el arquitecto municipal Luis García Nava, quien dotó al conjunto de un estilo más modernista y amplió el número de sepulturas. Estimaba que tendría capacidad hasta el año 2.000. Se equivocó.

-1.955 – 30 años después de su inauguración la necrópolis se quedó pequeña y hubo que ampliarla. El Cementerio de La Almudena alcanzó así su actual configuración.

-1.973 – Comienza a funcionar el crematorio del cementerio, el primero instalado en España. Durante el primer año se realizaron 44 incineraciones, ahora están en torno a 7.000, una media de 18 a 20 incineraciones cada día en los tres hornos con que cuenta.

Patrimonio cultural. Arte e historia

“Una visita al este cementerio es como entrar en una enciclopedia”, nos decía Javier Jara. Él y Paloma García Zúñiga impulsan la Asociación Cementerios que trabaja con empeño en la difusión y conservación del patrimonio funerario y que han solicitado para el Cementerio de La Almudena la declaración de Bien de Interés Cultural. Ellos han sido nuestros guías, con ellos hemos recorrido una parte de la extensa enciclopedia, porque es mucha la cultura que acumula el Cementerio de La Almudena.

Arte funerario: belleza doliente

La propia configuración del cementerio es una obra de arte. El pórtico modernista, con ladrillos que le aportan un aspecto neomudejar, tiene sobre el arco central las dos últimas obras del escultor Mateo Inurria: el Cristo del Perdón recibe a los visitantes y San Miguel Arcángel, con la balanza para pesar las almas, los despide. Otro escultor célebre en su tiempo, Emiliano Barral, dejó numerosas obras en el Cementerio Civil, entre las que destaca el mausoleo de Pablo Iglesias. Barral, que en vida alcanzó notoriedad y prestigio, cayó en el olvido más injusto tras su temprana muerte cuando participaba en la defensa de Madrid al poco de iniciarse la Guerra Civil. Pero tal vez la obra más destacada de cuantas se reúnen en el cementerio sea la tumba de Santiago Núñez; un sencilla lápida sobre la que se tiende la figura doliente de su viuda, Pilar Rubio, esculpida en mármol por Mariano Benllure. Pilar falleció en 1956, veinte años después de su esposo. Fue enterrada junto a él.

Junto a panteones con figuras talladas por reputados cinceles, otros muchos brillan desde el anonimato de sus autores. Así ocurre con la tumba de Enriqueta Menéndez, Vda. de Fano, en la que reposan también desde hace más de un siglo los retos de su hija Julia. Nadie puede asegurar quien esculpió la extraordinaria figura desconsoladamente tendida sobre la sepultura. No pasa inadvertida. Como también llama la atención la tumba de Amando Álvarez, con su figura yaciente esculpida en mármol y sus dos pequeñas perras pequinesas a sus pies. Dicen que cuando falleció, en 1951, las dos perras desaparecieron y las encontraron, días después, junto a la sepultura de su amo. Y así quedaron inmortalizadas en la escultura que se encargó para el panteón. En la tumba del domador José María González “Junior” son dos caballos los reproducidos en bronce junto al que fuera director del Gran Circo Mundial. Este panteón es además el único del cementerio que puede iluminarse por la noche, gracias a una pequeña placa solar.

Hay cerca de 300 tumbas protegidas en el cementerio por su valor artístico. Están recogidas en el Plan General Urbano de Madrid. Seguramente podrían ser bastantes más. Y de toda la necrópolis, la que tal vez conserve mayor encanto es la parte más antigua, el Cementerio de Epidemias, con su zona de párvulos, tumbas de niños, de nombres en diminutivo (Paquito, Rosita…), con sus ángeles tristes, sus flores de piedra… Muchas no han soportado el paso del tiempo y el peso del olvido. Es una parte muy deteriorada, lo que hasta parece favorecer su fascinación. Ocurre lo mismo con algunos grandes panteones que se elevan en la zona, edificios magníficos que sostienen a duras penas la dignidad de sus nobles moradores, construcciones de renombrados arquitectos abocadas al abandono y la ruina.

Ojalá no sea demasiado tarde y se plantee la rehabilitación de esas zonas tan llenas de encanto y tan dañadas. De hecho, los nuevos gestores del cementerio tienen previsto un plan de inversiones para, entre otras cosas, restaurar las partes más deterioradas.

Un tesoro en cocheras

En un pabellón que se eleva cerca de la capilla, ocultos a los ojos de los visitantes, descansan 9 vehículos fúnebres, 9 carruajes extraordinariamente ornamentados, construidos a comienzos del pasado siglo para ser tirados por caballos, posteriormente montados sobre chasis metálicos y motorizados. Prestaban servicio a lo más granado de la sociedad madrileña, aristócratas, políticos, militares, artistas… Desde hace más de 5 décadas permanecen anclados en el pabellón. Uno de ellos a punto estuvo de utilizarse en 1986 para portar los restos de Enrique Tierno Galván, pero la elevada temperatura que alcanzaba el motor desaconsejó su uso. Recientemente han sido restaurados por alumnos de la Escuela de Bellas Artes. Ahora estas otras joyas del arte funerario aguardan impasibles la posible puesta en marcha de un Museo de Arte Funerario para mostrar su contundente, luctuosa y barroca belleza.

Junto a las 9 carrozas fúnebres hay aparcado otro vehículo, una diligencia de las que empleaba el Ayuntamiento de Madrid para el transporte de los operarios del cementerio, cuando el camposanto era un lugar alejado del núcleo de la capital, un lugar de acceso complicado. A diario, se recogía a los empleados en la zona de Ventas para trasladarles a la necrópolis. Finalizada la jornada, se les devolvía al punto de partida.

Una diligencia en el Cementerio - José Luis Andrés Álvarez / Jefe Departamento de Cementerios - Empresa Municipal

La Historia escrita en lápidas

Pocos lugares como los grandes cementerios para escarbar en la Historia. El de La Almudena es buen ejemplo de ello. Reúne a políticos, científicos, literatos, artistas…a personajes de todo tipo que han protagonizado la historia más reciente de España.

El Cementerio Civil fue durante años el refugio de la heterodoxia, el último territorio de librepensadores e inconformistas de distinto signo. Hay numerosas tumbas con simbología masona y llama también la atención la profusión de lápidas con nombres extranjeros, personas que no profesaban el catolicismo. Allí están enterrados los tres primeros presidentes de la Primera República española, Estanislao Figueras, Francisco Pí i Margall y Nicolás Salmerón. Están también los restos de numerosos dirigentes comunistas y socialistas, entre estos últimos destaca el mausoleo de Pablo Iglesias, fundador del PSOE y de la UGT, levantado en 1.930, cinco años después de su muerte. A su lado, bajo una losa de mármol blanco, descansan los restos de Dolores Ibárruri, “Pasionaria”. No muy lejos, casi pasa desapercibida la tumba de otro ateo ilustre, Pío Baroja. Bastará un breve paseo para encontrar las sepulturas de personalidades como Giner de los Ríos, Arturo Soria, Marcelino Camacho o Julián Grimau. En el muro situado frente al pórtico de entrada, donde antiguamente estaban los osarios, una placa recuerda a las víctimas de la represión franquista. Allí acabaron los restos de muchas de ellas.

Y es que durante los primeros años de la dictadura, entre 1.939 y 1.944, una parte de la muralla del cementerio se utilizó como paredón de fusilamiento. Cerca de 3.000 personas murieron allí, víctimas de la represión. Entre ellas, 13 jóvenes mujeres que pasaron a la historia como “Las 13 Rosas”. Fueron ejecutadas la noche del 5 de agosto de 1.939, junto a otras 50 personas. En el lugar, una placa, a la que nunca faltan flores, recuerda los hechos. Un homenaje para tantos a quienes la lucha por la libertad les costó la vida.

Hay más monumentos que conmemoran hechos históricos, uno recuerda a los Héroes de Cuba y Filipinas, otro a los Caídos de la División Azul. También tienen su recuerdo las 80 personas fallecidas en el incendio del Teatro Novedades, en 1.928.

En la ruta por la Historia, el visitante puede encontrarse con las tumbas de dos Premios Nobel, Santiago Ramón y Cajal y Vicente Aleixandre, dos mentes brillantes como las de otros insignes enterrados también en La Almudena, Benito Pérez Galdós, Juan de la Cierva, Dámaso Alonso o Enrique Tierno Galván… Y luego están las sepulturas de los héroes populares, de los ídolos de los estadios y los ruedos, de las figuras de los escenarios. Aquí hay que situar al panteón más visitado del cementerio, el de la familia González-Flores, donde reposan los restos de La Faraona, El Pescailla y su hijo Antonio. Es un capítulo con una extensa lista de nombres, por citar algunos: Antonio Chenel Antoñete. José Cubero El Yiyo, Alfredo Di Stéfano, Fernando Martín, Estrellita Castro, Enrique Urquijo, Lina Morgan, Tony Leblanc, Fernando Rey

Los nuevos gestores del Cementerio de La Almudena quieren poner en valor el patrimonio cultural de la necrópolis, abrirla al conocimiento de los ciudadanos, que forme parte de las rutas histórico-artísticas de la capital. Sobran elementos de interés, en muchos casos tan extraordinarios como desconocidos.

Descubrir el Cementerio - Fernando Sánchez González / Gerente - Empresa Municipal de Servicios Funerarios

Vida en la ciudad de los muertos

Es un océano de sosiego, una extensión de silencio, roto en ocasiones por el rumor mecánico del autobús urbano de la línea 110 que recorre más de 4 kilómetros -12 paradas- entre tumbas. Un caso único.

Apenas hay visitantes. El número de personas que se acercan al cementerio ha disminuido notablemente en las últimas décadas. Así que la vida prácticamente se reduce a los cortejos fúnebres que recorren las avenidas de la necrópolis y al trabajo de los distintos operarios que allí trabajan. En su mayor parte son Oficiales de Cementerios, empleados de la empresa municipal. Ellos se encargan de preparar los panteones y nichos para los enterramientos, de realizar reducciones de tumbas para hacer espacio a nuevos enterramientos, de depositar los féretros, incluso de esparcir cenizas en el Jardín del Recuerdo (un espacio para depositar restos incinerados). Es un trabajo duro que realizan por cuadrillas. Ahora no llega a 40 el número de Oficiales, han llegado a ser el doble, pero el número de inhumaciones se reduce conforme crecen las cremaciones. Exceptuando las inhumaciones en nichos, en el cementerio la mayor parte se realizan aún en tierra. Escavando. Son sepulturas anteriores a la década de los 90, cuando se dejó de enterrar en tierra y comenzó a utilizarse rasilla para separar los féretros de un panteón.

Junto a los empleados municipales trabajan otros de contratas que realizan las tareas de limpieza de vías y jardinería. También es contratado el Servicio de Vigilancia. Un Vigilante Jurado patrulla permanentemente por el cementerio en turnos de 12 horas, día y noche. “Hacemos de todo –nos decía Luis, con quien compartimos ronda nocturna-. Prestamos las primeras atenciones cuando alguien tiene algún percance, somos guías para los muchos que se pierden, hemos tenido que ejercer hasta de bomberos para apagar alguna hoguera”. Y además deben controlar que nadie acceda saltando los muros, deben evitar los actos de vandalismo, los robos de ornamentos fúnebres…Mucha labor para un solo vigilante en la metrópolis de la muerte.

También están los autónomos. Encontramos, encorvado sobre una lápida, a Leonardo. Es maestro tallador. A golpe de maza y cincel inscribe en el granito el nombre de un difunto, fecha de nacimiento y de muerte. Suelen ser sobre 40 caracteres; dos horas y media o tres de trabajo, a otros les cuesta más pero Leonardo es un tallador experto, más de 20 años de oficio, controla diferentes tipos de letras y es capaz de tallar en piedras diferentes, él prefiere el mármol. Son pocos, así que no le falta trabajo.

Telefunken es casi tan conocido en el cementerio como el ángel Fausto que corona el tejado de la capilla. Se llama Francisco Lucena, pero todos le llaman Telefunken desde que trabajó en la fábrica de electrodomésticos como vigilante nocturno. Tiene 92 años y aún acude, día sí, día también, a limpiar tumbas, adecentarlas a base de agua y cepillo. También hace, si se precisa, alguna pequeña chapuza de albañilería o un retoque de jardín. No había cumplido los 20 cuando comenzó a ofrecer sus servicios como limpiador de tumbas; ahora lleva unas 200, ha llevado más. Cobra la voluntad. Antes había más limpiadores como él, pero la de Telefunken es una especie en declive, en extinción. Todos estamos en vías de extinción. Es lo que tiene la vida.

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