Un Goya por reflejar el dolor

  • Anaya, Cuesta, Echegui y Hayek compiten por el Goya
  • La primera es todo un prodigio interpretativo
MIGUEL CASTRO (DÍAS DE CINE) 

Elena Anaya, Inma Cuesta, Verónica Echegui y Salma Hayek compiten por el Goya a la mejor interpretación femenina con unos personajes caracterizadas por distintas capacidades para afrontar el dolor: ya sea por padecer un torturador encierro expresado en las interpretaciones de Elena Anaya e Inma Cuesta; por la impotencia que le genera al personaje de Verónica Echegui las adversidades que la acechan en el día a día del ejercicio de su vocación; o por tener que soportar las consecuencias del terrible accidente de su marido en el creado por Salma Hayek.

Son todas ellas interpretaciones dramáticas que hay que valorar por distintos motivos: el peso del personaje en el conjunto de la película; la forma de componer el mismo y su evolución; la originalidad y creatividad desarrollada por la actriz mediante la voz, la mirada, los gestos, el dominio de las pausas, de los silencios. Todo ello puede dotar de singularidad al personaje, pero no depende sólo de la creación de la actriz sino también, y mucho, del guión y de la labor del director.

Echegui, el mayor peso interpretativo

El mayor peso interpretativo de las cuatro candidatas lo tiene Verónica Echegui ya que aparece en la gran mayoría de las secuencias del biopic sobre Vicky Sherpa, Katmandú, un espejo en el cielo. Se trata del viaje de una catalana a Nepal para convertirse en profesora. Una mujer tenaz, permanentemente en lucha contra un medio desconocido, tan hostil que la desespera con absoluta facilidad y hace que, cada día, suponga un esfuerzo tal que la lleva al límite de sus posibilidades, estallando en el llanto en numerosas ocasiones.

Verónica es capaz de lanzar a la cámara la impotencia e inadaptación que siente el personaje, pero el gran problema es que lucha contra un guión poco elaborado que la obliga a mantener ese rictus en excesivas secuencias. Es un personaje que emana tanta angustia e insatisfacción que aparece como un torbellino estresado en un lugar que, aunque aparezca lleno de miseria, emana paz y exotismo. El principal enemigo del personaje de Verónica Echegui es que su composición genera pocas emociones y mucha incomprensión al espectador.

Nada de esto es un problema creado por la actriz, sino un hándicap con el que lucha hasta la extenuación en cada plano.

En las otras tres candidatas juega en contra el hecho de que no aparezcan en tantas secuencias en sus películas, y en su beneficio que los guiones están mucho mejor construidos sus personajes.

Hayek, sin sobreactuaciones

Salma Hayek se presenta de forma titubeante en el comienzo de La chispa de la vida de Alex de la Iglesia. Tal vez las peores secuencias de un disparatado sainete lleno de crítica social, que crece enormemente en interés según avanza su metraje. Lo mismo ocurre con la interpretación de Salma en el papel de Luisa, que tiene que vivir un auténtico combate moral contra el mundo: comenzando con su propio marido, envuelto en una situación límite; y continuando con la bandada de buitres que quieren sacar tajada del kafkiano accidente.

Luisa es un personaje con matices, con dudas, que toma decisiones contra reloj que irán definiendo su forma de entender la vida, y que, en cada momento, Salma resuelve ajustadamente sin amaneramientos, ni sobreactuaciones. Además, juega a su favor que simboliza una dignidad que escasea en un mundo donde todo parece estar en venta.

Cuesta, notable interpretación

El personaje de Inma Cuesta (Hortensia) se alimenta del de María León (Pepita) en La voz dormida, y viceversa. De alguna manera es más protagonista el de María León, la principal candidata al Goya como actriz revelación, ya que en esta categoría ha sido presentada por la productora de la película. Esto es lo único que se puede cuestionar en contra de una interpretación llena de dramatismo, de dolor, que se manifiesta en forma de coraje ante el opresor y al mismo tiempo de miedo paralizante en la intimidad de la celda; que inunda en cada gesto la pesadilla carcelaria de postguerra que vive Hortensia.

Inma Cuesta es capaz de generarnos esa horrible mezcla de sensaciones que puede tener una mujer embarazada que sabe que al dar a luz será ejecutada. Notabilísima interpretación que sería la gran favorita si en esta edición de los Goya, el personaje de Inma Cuesta, Hortensia, no tuviera que batirse con el de Elena Anaya, Vera Cruz en La piel que habito de Pedro Almodóvar.

Anaya, un prodigio

Basta una frase para describir lo que expresa con la mirada Elena: la opresión de estar dentro de un cuerpo que no le pertenece, el dolor que ello le genera. Tiene tanta fuerza esta idea que sólo el hecho de enfrentarse a ella sería considerado como un ambicioso reto profesional para cualquier actriz. Hay muy pocas actrices en el mundo con la audacia de enfrentarse a un papel que les obliga a rechazar su propia identidad, su propio cuerpo, para hacerlo ajeno.

Pero lo más difícil es que el papel, en todo momento le reclamaba la más pura esquizofrenia: sentir como un hombre en un cuerpo de mujer, evolucionar hasta aceptar esa identidad y acabar traicionándola de nuevo. Sólo el hecho de que nos creamos que debajo de la cara de Vera Cruz se encuentra la mirada de Vicente es ya un prodigio interpretativo que debió de dejar absolutamente extenuada a la que considero la candidata que más merece en esta edición, el premio a la mejor interpretación femenina.

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