Enlaces accesibilidad

Hizbulá saca músculo político en el Líbano

  • El Partido de Dios hace caer el Gobierno con un chasquido de dedos
  • Su líder Nasralá tiene todas las llaves para la formación de un nuevo ejecutivo
  • La incógnita es si además de usar el músculo político empleará el militar

Por
El líder de Hizbulá, Hassan Naralá, en una reunión con el líder druso, Walid Jumblatt.
El líder de Hizbulá, Hassan Naralá, en una reunión con el líder druso, Walid Jumblatt.

Hizbulá ha vuelto a sacar músculo y en el Líbano todo el país se anda con mucho ojo cuando el Partido de Dios se revuelve. De momento, sólo ha enseñado su músculo político pero, con un simple chasquido de dedos, el jeque Nasralá ha derribado  el gobierno de Saad Hariri.

Primero, dimitían los 10 ministros de la coalición 8 de Marzo, liderados por los chiíes, pero eso no era suficiente. Según establece la Constitución libanesa, es necesario que dimitan un tercio más uno de los ministros –treinta en este caso– para hacer caer al ejecutivo.

La puntilla se la daba a Hariri el ministro de Industria, Addnan Sayyed Husein, hasta ese momento considerado un aliado del presidente Suleiman.

Todo porque HIzbulá quiere que el gobierno libanés deje de colaborar con el Tribunal Especial para el Líbano –respaldado por la ONU– que se encarga de investigar el asesinato, en 2005, del ex primer ministro, Rafic Hariri (padre del actual jefe del ejecutivo)

Es vox populi que varios dirigentes del grupo opositor, que tachan a ese tribunal de “instrumento en manos de Israel para dividir al país”podrían estar implicados. Y precisamente este lunes está previsto que el tribunal anuncie sus acusaciones en una vista preliminar.

Bofetada en la cara

La jugada es una bofetada en la cara del primer ministro Hariri y pone de manifiesto que ni el jeque Nasralá ni el buró político de Hizbolá dan una sola puntada sin hilo.

Se produjo el día que debía haber sido una jornada de gloria para Saad Hariri, cuando el premier libanés se reunía con el presidente de los Estados Unidos, Barak Obama.

La Casa Blanca pretendía con ese encuentro dejar claro su apoyo a Hariri, una ocasión especial que Nasralá aprovechó para mandar su propio mensaje a los aliados de la coalición proocidental: que no hay gobierno al que apoyar si Hizbulá no quiere.

Se lo ha dicho a la cara, nada menos, al principal y más poderoso de esos aliados. Tras el movimiento de la organización chií, Obama se reunió con un traje vacío, con un primer ministro sin gobierno.

El presidente Suleiman ha pedido a Hariri que continúe de forma interina hasta que se forme un nuevo ejecutivo. En esas circunstancias, lo normal hubiera sido que éste regresara a su país lo antes posible, pero el primer ministro siguió adelante con su gira internacional.

Primero, reunión con el presidente francés, Nikolás Sarkozy y después puso rumbo a Turquía. Movimientos que indican la búsqueda de apoyos internacionales para su coalición que, para la mayoría de los analistas, lleva mucho tiempo herida de muerte.

La llave del Gobierno

Ahora, el siguiente paso es la formación de gobierno, una tarea para la que Hizbolá tiene la llave que abre todas las cerraduras. Hay que recordar que ya la mantuvo bloqueada durante meses tras las elecciones de 2009, a pesar de haberlas perdido.

En esta ocasión el partido de Dios presentará un candidato que, según los acuerdos de Taif que pusieron fin a la guerra civil, debe ser un musulmán suní.

Los parlamentarios de Hizbolá necesitarán más apoyos. Es imprescindible el de los drusos de Walid Jumblat, que se han distanciado de la coalición gubernamental, y también el de algunos independientes, algo que parece bastante probable porque el Líbano no puede permitirse más meses de estancamiento político.

Las próximas semanas serán cruciales para un país que siempre está al borde del abismo. Lo estuvo en 2008, cuando Hezbolá sacó sus milicianos a la calle en un episodio más del enfrentamiento entre los partidarios de la coalición proocidental 14 de Marzo y la oposición, liderada por el grupo chií y respaldada por Siria e Irán.

Esos disturbios pusieron de manifiesto que cuando el jeque Nasralá se cansa de enseñar el músculo político empieza a usar el músculo militar. También recordaron a muchos que el fantasma de la guerra civil sigue suelto en el Líbano.