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Mayo de 1475. Alfonso V de Portugal entra en Castilla, llegando con sus tropas a la ciudad de Plasencia, para apoyar la causa de la reina Juana. La guerra era inevitable. Los nobles van tomando partido por uno u otro bando y los ejércitos comienzan a formarse. Solamente una cosa está clara: la primera batalla va a tener por escenario Castilla La Vieja.
Al bando isabelino solo llegan malas noticias: en Extremadura, algunas de sus principales ciudades, como Trujillo, Mérida y, por supuesto, Plasencia, se han declarado rebeldes. Del sur de Murcia no hay noticias. Y en Castilla La Vieja los partidarios de Juana se hecen fuertes en plazas como Burgos, Toro o Zamora.
Isabel contaba con la fidelidad del principado de Asturias y del señorío de Vizcaya, y de ciudades como Segovía, Toledo o Ávila.
En el verano de 1975, Isabel y Fernando consiguen reunir un número bastante elevado de tropas, con las que el aragonés acuede a cercar Toro, en cuyas cercanías planta su campamento. Pero no hubo fortuna. Además, con Zamora tomada por el rey portugues, el ejercito isabelino corre el riesgo de caer entre dos fuegos. Así que, aconsejado por los nobles que le acompan, Fernando decide retirarse.

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