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La opinión de la autora del reportaje...

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Foto rodaje
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La mayor parte de las personas que inician una dieta a lo largo de su vida no van a tener más consecuencias que la de lograr o no el objetivo que se habían marcado previamente. Sin embargo, hay un porcentaje de población, aquella que tiene una vulnerabilidad genética, en el que esa dieta va a ser el detonante de una enfermedad psiquiátrica grave, de un trastorno alimentario. De hecho, todos los trastornos alimentarios diagnosticados empiezan así, con una dieta restrictiva que intenta vencer una insatisfacción con la propia imagen corporal.

Vivimos en una sociedad en la que es difícil encontrar a alguien que no haya iniciado una dieta en su vida y en la que adolescentes y preadolescentes tienen fácil acceso a ellas y manejan múltiples informaciones sobre cómo perder peso para lograr la figura deseada. Por otra parte, es constante la asociación de delgadez con belleza y éxito en los medios de comunicación, en la publicidad y en la moda, así como la presión social, especialmente dirigida al sexo femenino, relacionada con el culto al cuerpo.

En ese contexto, personas especialmente vulnerables, pretenden obtener una mayor seguridad en su vida a través de la apariencia estética corporal buscando una delgadez con la que ‘compensar’ o en la que enmascarar los problemas sociales o familiares y las frustraciones de la vida diaria. Cuando la vida de una persona gira en torno al control del peso y aparece el miedo morboso al incremento del mismo es cuando se puede hablar de trastorno del comportamiento alimentario.

‘El problema es que no existe un hasta donde, no existe un tope. Bajas un poco llega la parte en la que te ves fantástica y toda tu vida es perfecta, como la de una famosa. Qué pasa? Que te entra el miedo. Vale, si paro qué pasa?’ explica una de las protagonistas de ‘El peso de la vida’ ingresada en una clínica por una recaída de anorexia nerviosa en la que ha perdido 16 kilos.

La existencia de una vulnerabilidad personal a padecer estos trastornos resulta determinante. La mayor frecuencia de aparición de la enfermedad se da en mujeres y durante la adolescencia. La proporción es de 9 chicas frente a un chico y éstas se caracterizan por un excesivo perfeccionismo y fragilidad, una autoestima baja e inestabilidad emocional.

Los especialistas insisten en que la detección temprana de la enfermedad es fundamental para abordar un tratamiento adecuado y conseguir una evolución favorable. Hay determinadas señales que pueden apuntar la existencia de un trastorno alimentario como la pérdida de peso brusca o progresiva, la evitación de comidas con todo tipo de excusas y también de cualquier cita social que implique comer, así como la obsesión por pesarse y por el ejercicio físico, principalmente en solitario.

La familia suele tener sospechas de la existencia de vómitos, sobre todo si aparecen callosidades en el dorso de la mano causadas por la provocación continuada del vómito, aumenta del consumo de agua y el uso de diuréticos, laxantes o pastillas adelgazantes. También cambia su forma de comer partiendo excesivamente los alimentos, apartando cualquier resquicio de grasa o escondiendo comida, y dando una respuesta agresiva ante cualquier comentario sobre su forma de comer.

Las relaciones familiares se vuelven muy conflictivas, sobre todo en temas relacionados con la comida y aparece una obsesión por la imagen corporal, admiración por la delgadez y constante comprobación sobre su cuerpo y su aspecto físico. También son frecuentes las autolesiones, la ansiedad y los engaños. Todo ello suele conducir a un aislamiento progresivo.

Pero lo primero que detectan todas las familias es un cambio en el ánimo de su hija o hijo, la aparición de una intensa irritabilidad, inestabilidad emocional y tristeza que, inicialmente, relacionan con los cambios propios de la adolescencia, la edad de mayor riesgo de aparición de estas enfermedades. No en vano, los especialistas alertan que uno de cada doscientos adolescentes padece algún tipo de trastorno del comportamiento alimentario en nuestro país.

Concha Inza Romea