"Hay algo magnífico en tener unas características tan musicales que, como poseído de una fuerza singular, se dominan fácil y alegremente las mayores masas musicales, construidas por los maestros con una incontable cantidad de notas y tonos de los más diversos instrumentos, en tanto se las interpreta en la mente y el pensamiento sin una especial conmoción anímica, sin los dolorosos golpes del entusiasmo apasionado, de la melancolía desgarradora. ¡Qué feliz se siente uno entonces ante el virtuosismo de los ejecutantes! ¡Sí, dejar que esta felicidad que brota del interior crezca sin peligro alguno! No quiero pensar en la dicha de ser un virtuoso. Pues entonces será aún más profundo mi dolor, que me aparta por completo del sentido de la música. También mi indescriptible torpeza en la ejecución de este arte sublime, que lamentablemente ya mostré desde la infancia, puede provocarlo"
Sean ciertas o no estas palabras que escribía E.T.A. Hoffmann años después de dejar de lado su faceta como intérprete, es indudable que en un punto de su vida llegó a dominar aquellas “mayores masas musicales” que sólo parecían estar reservadas a los grandes compositores. Muestra de ello son su sinfonía, sus sonatas para piano, su música religiosa, sus óperas, su numerosa música de cámara o, sencillamente, sus canzonettas. Obras de primer nivel que, pese a no llegar a la cima reservada a sus admirados Mozart, Beethoven, Salieri, Haydn, Händel o Gluck, en su momento tuvieron el tan deseado aprobado del público europeo y, en la actualidad, siguen representándose por todo el mundo. Y a conocerlas, cuanto menos, someramente, dedicaremos tanto este sexto capítulo -como el próximo- de Temas de Música.