Durante el siglo XIX, tras la fértil recogida de frutos de la nueva era industrial, la población europea creció extraordinariamente. Aumentó la producción, se crearon nuevos mercados y mejoraron las condiciones de vida, marcando un nuevo horizonte más allá de sus viejas fronteras. Nacía así una nueva política de expansión colonial con el nombre de imperialismo, que embarcó a las grandes potencias del momento, como Francia, Portugal, Rusia, Estados Unidos, Reino Unido y España. Esta última, que llevaba siglos siendo un importante reino de ultramar, se veía relegada prácticamente a la nada tras el año de 1898, perdiendo sus tierras americanas y orientales, aunque algún grupo de desconfiados luchase hasta sus últimas consecuencias, como "Los últimos de Filipinas".