El dios Urano, el Cielo y la diosa Gea, la Tierra, eran padres de los Titanes, las más poderosas deidades divinas. Cuenta el mito que Gea, ante la tiranía insoportable de su marido, pidió ayuda a sus hijos para acabar con él. Cronos, el hijo más joven aceptó el desafío. Castró a Urano con una hoz, separó el cielo de la Tierra y reinó entre los titanes. Pero aseguraba la profecía que la historia se repetiría y que del mismo modo que él había destronado a su padre el nuevo rey sería derrocado por uno de sus hijos. Para evitar los presagios Cronos fue devorando a cada uno de los hijos que tuvo con su hermana Rea para evitar cualquier rebelión posible, así hasta que Rea decidió huir con el último de sus bebés, Zeus, engañando al dios Cronos con una piedra envuelta en pañales que el dios se tragó satisfecho… Zeus creció en secreto, se hizo fuerte y decidió vengarse de su padre, una batalla épica tras la cual Zeus gracias a la poción mágica de la ninfa Metis provocó el vómito de Cronos liberando a sus hermanos. Es el mito que se esconde tras el cuadro Saturno devorando a su hijo de Goya. Zeus castigaba a su padre Cronos, Saturno, a ese dios del tiempo devorador de todo y Goya en sus pinturas negras grita con cada pincelada contra el tiempo y la muerte que le acechan, contra ese monstruo de ojos saltones del que no podemos escapar. O quizá, sí, escribe Sergio C. Fanjul en su último libro, Cronofobia, quizá podamos mirar de frente a lo eterno a través de lo efímero, como se mira un cuadro, se escribe un libro o se cuenta un mito. Hoy encendemos el fuego de la cueva para iluminar el miedo al paso del tiempo, para imaginar a la luz del fuego otro tiempo posible.
Con Jaime García Cantero ponemos coordenadas al concepto de los monstruos de Antonio Gramsci y en el túnel del tiempo recuperamos la voz del sapiens Dámaso Alonso.