Es una mañana de 1476, la cabeza te pesa, las ideas se te enredan y el ánimo se te escapa entre los dedos. Ante el desconocimiento científico, sin un diagnóstico moderno para tu malestar, la respuesta podría haber sido esta: tienes una piedra en el cerebro, la piedra de la locura. Las llamadas extracciones de la piedra de la locura fueron una práctica pseudomédica que mezclaba creencias religiosas, superstición y una pizca de anatomía mal entendida. Se creía que los problemas mentales o de comportamiento estaban causados por una piedra alojada en el cerebro, la solución, una intervención quirúrgica aterradora. Como prueba de la eficacia del tratamiento el curandero mostraba al paciente una pequeña piedra ensangrentada en la palma de su mano que habría extraído de su bolsillo. Es la escena que refleja, entre otros lienzos, el cuadro "El cirujano" de Jan Sanders van Hemessen que puede contemplarse en el Museo del Prado. La medicina, a lo largo de la historia ha estado plagada de remedios extravagantes, prácticas cuestionables y una buena dosis de superstición disfrazada de ciencia. Pero más aún los pintores han sido cronistas médicos inadvertidos, registrando, sin ser conscientes de ello detalles anatómicos que hoy nos permiten hacer diagnósticos retrospectivos. Reyes con trastornos genéticos, pandemias, amputaciones renacentistas o síndromes disfrazados de milagros. Hoy enciende el fuego de la cueva el médico molecular y divulgador científico Álvaro Carmona, gracias a su libro Le seré sincero, no pinta bien, publicado por Crítica, descubrimos cómo la historia de la medicina puede hallarse en un gesto congelado por la pintura.
Con Jaime García Cantero aprovechamos para reflexionar sobre las pseudociencias y las Leyes de la estupidez de las que hablaba el pensador italiano Carlo María Cipolla, y en nuestro túnel del tiempo nos reencontramos con el gran sapiens José Luis Sampedro.