Dinero una ficción para expresar la avaricia y el poder humanos. Riqueza para algunos y condena para el que no lo posee. Riqueza que dicen que no asegura la felicidad, pero que sin embargo la condena de no tenerlo asegura la necesidad en un mundo construido con monedas, billetes y acciones empresariales, tan frágiles como el aire y convertido en algo necesario, como el aire también.
Dinero que se roba, con el que se corrompe, con el que se trafica, con el que se negocia en blanco o en negro, con el que se compran dignidades y voluntades, dinero con el que se adquieren y ocultan verdades.
Dinero invento antiguo, que el progreso no ha querido sustituir, instrumento perfecto para intercambiar –dicen- bienes y servicios, imperfecto porque cuando todo acaba, se queda en la parte terrenal de éste mundo, en el espacio tangible; el dinero es cosa de vivos, aunque pueda comprar una buena tumba cuyo epitafio repetido infinidad de veces sea ‘Aquí murió un rico’, intento sin éxito para que el dinero traspase el umbral de lo divino y desconocido.
Dinero, anotación en un extracto digital, columnas numéricas que cambian el valor constantemente, con balance positivo para los mismos, aquellos que no necesitan y detestan la renta mínima esa aspirina que intenta curar la miseria y la necesidad en el mundo rico.
Dinero para asfixiar la economía emergente, la empresa familiar, la tienda del barrio, la industria que fabrica humeante día y noche, dinero cuyo dueño es aquel que no tiene interés alguno en fabricar o vender nada, solo producir plusvalías con las vidas de los otros.
Dinero, la ficción más grande jamás contada, una función a la que estamos todos invitados y como en un buen argumento, tiene que existir un personaje que represente al mal.