Escritor checo en lengua alemana, Ernst Weiss había nacido en Brno, en Moravia, en 1882 y moriría en París, en 1942. Amigo de Kafka y, sobre todo, confidente y ferviente admirador de Stefan Zweig, con el que mantuvo una permanente y continuada relación epistolar durante años, formaría parte del triste grupo de célebres autoinmolados por causa del nazismo. Weiss se suicidaría pocas horas más tarde de que las tropas alemanas entraran en París, el 15 de junio de 1940. Vivía allí como exiliado desde 1934 y tomó la misma determinación que en distintos momentos tomaron también Stefan Zweig, en Brasil, y Walter Benjamin, en Port-Bou, en la frontera franco-española. Los tres eran judíos y, aunque Zweig se hallara teóricamente muy lejos, a salvo de la temible Europa de aquellos años, es de suponer que su angustia por imaginar un mundo en manos de Hitler no era menor.
Médico de formación, novelista, autor de numerosos relatos y poemas, dramaturgo, Ernst Weiss sería rescatado en Alemania en 1963 a través de la publicación de su novela más famosa, la espléndida El testigo ocular, que dejaría inédita a su muerte. Los elogios críticos que recibiría en aquel momento serían unánimes y desde entonces no dejaría de difundirse a través de traducciones en numerosos países.