En 2013, la escritora francesa Lydie Salvayre, que ganaría poco después el Premio Goncourt por su novela No llorar, publicaría un libro titulado simplemente “7 mujeres”. Para ello elegiría a siete escritoras que serían Emily Brontë, Marina Tsvetaeva, Virginia Woolf, Colette, Sylvia Plath, Ingeborg Bachmann y Djuna Barnes. Todas ellas tenían en común haber hecho de la escritura una necesidad absoluta, vital. Sedientas de amor, o bien sedientas de lo absoluto, las siete eran intransigentes, imprudentes, tercas, luchaban contra un mundo que las perturbaba, en ocasiones hasta llegar a la misma muerte. Se asomaban siempre al borde de peligrosos y vertiginosos precipicios literarios que les llenaban de una mezcla de pavor y fascinación. En su breve, o más dilatada existencia, en sus obras dejadas tras de sí, irían descubriendo que, para ellas, escribir y vivir era la misma cosa.
Autora de una de las más representativas e impresionantes obras del siglo XX, Ingeborg Bachmann (Klagenfurt, 1926 – Roma, 1973) forma parte junto a Peter Handke y Thomas Bernhard del gran triunvirato de narradores austríacos de la posguerra mundial. Por otra parte, junto a la expresionista de los años 20 Else Lasker-Shüler, junto a Nelly Sachs y la tardíamente recuperada Gertrud Kolmar, son todas ellas las poetas más importantes en lengua alemana del siglo pasado.