En una ocasión, el célebre novelista israelí David Grossman, que en su día utilizó como personaje para su novela Véase: amorVéase: amor al gran escritor y artista polaco Bruno Schulz, autor de dos grandes y únicas obras maestras dejadas en vida, El Sanatorio de la ClepsidraEl Sanatorio de la Clepsidra y Las Tiendas de Canela FinaLas Tiendas de Canela Fina, y uno de los creadores más potentes y originales del pasado siglo, representante además de la tragedia de ese mismo siglo XX sucedida en suelo europeo y resumida en su propio y terrible final -su asesinato despiadado a manos de los nazis- explicó las razones por las que lo escogió como inspiración obsesiva y central: “He escrito Véase: amorVéase: amor, entre otras cosas, para vengar aquella muerte. La muerte en sí, la ofensa de lo arbitrario y gratuito. A lo mejor la venganza no es un motivo noble para escribir. ¿Pero qué importa? Quería componer un libro que sacudiera las estanterías de nuestras bibliotecas. Un libro que equivaliera a un instante fugaz en la vida de un hombre. No una vida entendida como perezoso y repetitivo transcurrir del tiempo, como esclava dócil en la provisionalidad y la tiranía de la naturaleza. No. Quería una vida como la que Bruno Schulz me había mostrado en su narrativa: viva a la enésima potencia, atrapada apenas transcurrido el instante que la había originado”.