Berry Gordy y sus ayudantes en la dirección de Motown estaban convencidos de la importancia de contar con una banda estable que dotara de continuidad formal a sus producciones, músicos experimentados, capaces de improvisar o sugerir ellos mismos los arreglos cuando los propios compositores los dejaban en el aire, como ocurría con frecuencia los primeros años de puesta en marcha de la discográfica. Berry Gordy encontró esos músicos en los clubes de jazz de Detroit donde acompañaban a figuras del jazz como Hank Jones, Kenny Burrell o Yusef Lateef. No le fui difícil convencerles de que firmaran en exclusiva con su flamante compañía: el circuito del jazz apenas daba para malvivir y el R&B y el soul se presentaban como la gallina de los huevos de oro, más en manos de un visionario que pretendía trascender las fronteras de la audiencia negra y convertir sus discos en el Sonido de la Joven América.