Alfonsa de la Torre gana el Premio Nacional de Literatura, en la modalidad de poesía, en 1951, con su libro Oratorio de San Bernardino. Tiene 36 años, está asentada en la plenitud de su voz lírica y es la primera mujer en lograrlo. Levantemos la copa, celebremos un libro que no sólo recrea el grupo escultórico de la portada del Oratorio de los santos Andrea y Bernardino en Peruggia, en Italia, una obra renacentista de Agustino del Duccio, sino también un plano mucho más intimista, en una indagación frente al espejo, con un culturalismo anticipado a corrientes poéticas posteriores -sobre todo, en los años 60 y 70-, pero con una llama religiosa que no elude elementos morales de ruptura, con el ambiente imperante, desde una transgresión que se sitúa en el temblor natural del deseo y en su conquistada libertad personal. Oratorio de San Bernardino lo escribirá Alfonsa de la Torre durante una de sus temporadas en Italia, un país en el que se encontrará a sí misma, a través de la hermosura artística y una temperatura sensorial de las costumbres y el espíritu. Para Adriano del Valle, cuando se publica en 1950, estamos ante “el más importante libro de poemas aparecido en los últimos cincuenta años”. Gregorio Marañón, por su parte, escribirá: “Extraordinario Oratorio. ¡Qué magnífica, profunda y delicada poesía! Muchos de estos versos ya no se me olvidarán, mientras viva”. Estamos ante el nacimiento de una potencia íntima y verbal de calado que, sin embargo, permanecerá envuelta en ese claroscuro oscilante de la memoria, hasta que su poesía fulja de nuevo, como una de las autoras importantes de la segunda generación poética española de posguerra.